Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

Comunidades de la Caverna

Philo-Chat News-filosofía

 

John Stuart Mill: La esclavitud femenina

(1869), traducción y prólogo de Emilia Pardo Bazán, Artemisa, Madrid 2008. (texto citado según la edición de www.cervantesvirtual.com)

 

En 1851, cuando Stuart Mill contaba con 45 años de edad, pudo por fin casarse con Harriet Taylor, tras veinte años de una íntima amistad. El marido de Harriet había muerto hace dos años, y ellos, tras respetar aquel matrimonio y no dar nunca ocasión al más mínimo reproche, decidieron que había llegado el momento. En Taylor, Stuart Mill encontró a la compañera ideal, es decir, y en su propio criterio, a alguien igual a él, sobre quien no se sentía superior ni inferior. Siete años después moría Harriet, y desde entonces veneró su memoria el resto de su vida, hasta el punto de pasar largas temporadas en Aviñón, ciudad donde murió su esposa y donde a él mismo le sorprendería la muerte en 1873.  Cuatro años antes de morir, cuando Stuart Mill ha dejado atrás tantas cosas, decide escribir un libro sobre la situación de la mujer. (En 1851 Harriet Taylor había escrito ya The Enfranchisement of Women, que podríamos traducir como “la liberación de la mujer”, “el derecho a voto de las mujeres” o “los derechos civiles y políticos de las mujeres”). En la redacción de su obra, Mill recordaría las conversaciones que en aquella época mantuvo con ella al respecto. No en vano: en 1867, Mill fue el primer miembro del Parlamento que defendió el derecho de voto de la mujer. No le faltaba, pues, experiencia, y de la mejor calidad. El libro que escribe es de una belleza sobrecogedora, y quedará como un monumento del espíritu humano. Muy inteligente y  muy acertada estará Pardo Bazán al introducirlo en España. Si tuviéramos que enumerar sus virtudes, en primer lugar hablaríamos de su brevedad. La escritura de Mill se caracteriza por ir directamente al grano sin concesiones de ningún tipo, en un estilo sencillísimo, tremendamente ajustado. No dice más de lo que se piensa, en todo caso queda la sensación de que ha pensado más de lo que dice, y de ahí esa concisión y ese rigor lógico que hacen del texto un modelo de inteligibilidad. En segundo lugar, lo que verdaderamente sorprende a quien lo lee es que no espera que tras esa apariencia un tanto seca, formal y lógica, se expresen y analicen tantos sentimientos profundos, tal saber de la vida. Parecería que la insistencia en la claridad y en la lógica no es compatible con la profundidad de la experiencia vital. Creíamos que la experiencia de la vida no encuentra forma del todo lógica, y que lo lógico no llega a la experiencia de la vida. Creíamos esto hasta leer a Stuart Mill, de ahí la sorpresa. Por la misma senda será capaz de marchar Bertrand Russell, de quien fue padrino justo antes de morir. En tercer lugar, la belleza del libro viene no menos de una rara independencia de espíritu, algo excepcional en todas las épocas, que en este caso se muestra doblemente, al tratar un tema tan opuesto a los sentimientos predominantes. Por fin, lo que da mayor valor a la obra es el modo tan circunstanciado en que apoya su tesis de que la pretendida inferioridad de la mujer es resultado de su deficiente e interesada educación. No es cuestión de naturaleza, pues, sino de cultura. 

El origen de la esclavitud femenina se deriva para Mill de la superioridad física del hombre. Este es el antecedente más remoto de la sujeción de la mujer: “Este régimen proviene de que, desde los primeros días de la sociedad humana, la mujer fue entregada como esclava al hombre que tenía interés o capricho en poseerla, y a quien no podía resistir ni oponerse, dada la inferioridad de su fuerza muscular”. Mill nos abre los ojos a la superioridad física como factor determinante de la sociedad, incluso cuando la época, como el siglo XIX, aparenta haberla dejado atrás como factor de legitimidad. Él no se engaña acerca de su influencia ubicua, pero admite que con el tiempo la relevancia de la superioridad física en las instituciones sociales se ha ido aminorando. Eso ha ocurrido con todas las instituciones, nos viene a decir, excepto con la de la sujeción femenina, que “ha durado hasta el día [de hoy], mientras otras instituciones afines, de tan odioso origen, procedentes también de la barbarie primitiva, han desaparecido; y en el fondo esto es lo que da cierto sabor de extrañeza a la afirmación de que la desigualdad de los derechos del hombre y de la mujer no tiene otro origen sino la ley del más fuerte”. ¿Cómo es esto posible? No hay que olvidar que 36 años antes de estas palabras, Inglaterra había sido el primer país en abolir la esclavitud. ¿Por qué lo que ha acabado por erosionar toda institución basada en la pura fuerza bruta, no ha funcionado con la mujer? Stuart Mill responde: precisamente por eso, porque  el dominio sobre la mujer es el último reducto que le ha quedado al hombre para ejercer su poder, un poder que ha perdido total o parcialmente en todas las demás esferas. En la familia y sobre su mujer, cualquier hombre tiene asegurada la supremacía. “El paleto ejerce o puede ejercer su parte de dominación, como el magnate o el monarca. Por eso es más intenso el deseo de este poder: porque quien desea el poder quiere ejercerle sobre los que le rodean, con quienes pasa la vida, personas a quienes está unido por intereses comunes, y que si se declarasen independientes de su autoridad, podrían aprovechar la emancipación para contrarrestar sus miras o sus caprichos”. Establecido este poder, la posibilidad de rebelarse contra él es absolutamente remota. Gran parte de la supuesta psicología femenina, del modo de ser de la mujer, no es algo que le venga de naturaleza, sino el resultado de tener que vivir bajo ese poder. Pues “no hay medio de conspirar contra él, no hay fuerza para vencerle, y hasta militan en el ánimo del súbdito muy poderosas razones para buscar el favor de su dueño y evitar su enojo”. Por eso, por desgracia, la esclavitud femenina durará “más que todas las restantes formas injustas de autoridad”, y la extrañeza inicial se troca en lo contrario: “todavía me asombro de que a favor de la mujer se hayan alzado protestas tan fuertes y numerosas”.

Si una mujer intentara rebelarse, en primer lugar destrozaría su vida hogareña. Pero es que además carece (en el momento en que escribe Mill y hasta fechas recientes) de derechos civiles, y no hay ninguna instancia en la sociedad que la proteja con efectividad: “la mujer es la única persona (aparte de los hijos), que, después de probado ante los jueces que ha sido víctima de una injusticia, se queda entregada al injusto, al reo. Por eso las mujeres apenas se atreven, ni aun después de malos tratamientos muy largos y odiosos, a reclamar la acción de las leyes que intentan protegerlas; y si en el colmo de la indignación o cediendo a algún consejo recurren a ellas, no tardan en hacer cuanto es posible por ocultar sus miserias, por interceder en favor de su tirano y evitarle el castigo que merece”. Estas palabras, 140 años después, conservan por desgracia su actualidad. Las leyes que se han puesto en marcha contra la violencia doméstica en España son en gran parte ineficaces, por mucho que marquen la pauta a seguir. En resumen, concluye Mill, “todas las condiciones sociales y naturales concurren para hacer casi imposible una rebelión general de la mujer contra el poder del hombre”. Por eso el divorcio es un tema importante, si se lo considera como recurso defensivo de la mujer: “mientras una condena por lesiones, o si se quiere por reincidencia, no dé a la mujer, ipso facto, derecho al divorcio, al menos a la separación judicial, los esfuerzos para reprimir la «sevicia grave» con penas, quedarán sin efecto por falta de querellante o de testigo”. 

Pasa ahora el autor a indagar los medios en que se perpetúa esta esclavitud. El más importante es la educación. A las mujeres se les da una educación especial destinada a mantenerlas sujetas, dependientes e inútiles para toda labor social de relevancia. A la mujer se la educa, “desde la niñez, en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente contrario al del hombre; se le enseña a no tener iniciativa, a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y ceder a la voluntad del dueño”. Esta perversión choca para Mill con el carácter del mundo moderno, en el que si hay algo seguro es “que el hombre ya no nace en el puesto que ha de ocupar durante su vida”, sino que él mismo ha de construirse su vida según le dicte su pensamiento y le permitan sus fuerzas y circunstancias. El credo individualista del autor sale aquí a relucir. Ya no es solamente el sapere aude enarbolado por Kant como divisa de la Ilustración, no se trata sólo de pensar por uno mismo, sino de vivir por uno mismo. Esta es la ampliación liberal del pensamiento ilustrado. Por eso, dado el carácter de este tiempo, dice Mill, “la subordinación de la mujer surge como un hecho aislado y anómalo en medio de las instituciones sociales modernas: es la única solución de continuidad de los principios fundamentales en que éstas reposan; el único vestigio de un viejo mundo intelectual y moral, destruido en los demás órdenes, pero conservado en un solo punto, y punto de interés universal, punto esencialísimo”. 

La otra cara de la sujeción, y no menos lúgubre, es la alabanza: “los mismos enemigos de los derechos de la mujer son los que más la encomian, dándola por superior al hombre, y esta confesión ha acabado por llegar a ser fastidiosa fórmula de hipocresía, destinada a cubrir la injuria con un floreo ridículo”. ¿Han perdido toda actualidad estas palabras? 

Ahora bien, Mill es hijo de su tiempo y, sentadas estas bases, su visión es tradicional: “cuando el sostenimiento de la familia descansa, no sobre la propiedad, sino sobre lo que se gana trabajando, me parece que la división más conveniente del trabajo entre los dos esposos es aquella usual en que el hombre gana el sustento y la mujer dirige la marcha del hogar”. Quizá sería pedirle demasiado pensar de otra manera. Sin embargo, esto no implica ceder ni un ápice en cuestión educativa, porque la mujer, aunque no ejerza una profesión fuera de casa, ha de estar preparada para ello dado que ignora lo que le deparará la vida. Aquí Mill es inflexible. Si, además de ser amas de casa, quieren ejercer una profesión, ¡que lo hagan!, pero eso sí, sin descuidar las tareas domésticas: “nada debe oponerse a que las mujeres dotadas de facultades excepcionales y propias para cierto género de ocupación obedezcan a su vocación, no obstante el matrimonio, siempre que eviten las alteraciones que podrían producirse en el cumplimiento de sus funciones habituales de amas de casa”. En este caso, 140 años no han pasado en vano, pero tampoco estamos tan lejos, dada la doble jornada laboral de la mayoría de las mujeres trabajadoras. 

En el capítulo XVIII, Mill muestra una apertura de mente envidiable. En síntesis, se resiste a creer nada de lo que se dice de la mujer, dado que hasta ahora, por la sujeción en que viven, han permanecido calladas o han disimulado. Piensa (cap. VI) que hasta que las mujeres no se decidan a hablar, las cosas no cambiarán: “tenemos el derecho de afirmar que el hombre no ha podido adquirir acerca de la mujer, tal cual fue o tal cual es, dejando aparte lo que podrá ser, más que un conocimiento sobrado, incompleto y superficial, y que no adquirirá otro más profundo mientras las mismas mujeres no hayan dicho todo lo que hoy se callan, todo lo que disimulan por natural defensa”. “Creo absolutamente imposible que al presente decidamos lo que las mujeres son o no son, y lo que pueden llegar a ser, dadas sus aptitudes naturales; pues en vez de dejarlas desarrollar espontáneamente su actividad, las hemos mantenido hasta la fecha en un estado tan opuesto a lo que la naturaleza dicta, que han debido de sufrir modificaciones artificiales, y, digámoslo así, jorobarse moralmente. Nadie puede afirmar que, si se hubiese permitido a la mujer como se permite al hombre abrirse camino; si no se la pusiesen más cortapisas que las inherentes a las condiciones y límites de la vida humana, límites a que han de sujetarse ambos sexos, hubiese habido diferencia esencial o siquiera accidental entre el carácter y las aptitudes de los dos. Me ofrezco a demostrar que, de las diferencias actuales, las más salientes, las menos discutibles, pueden atribuirse a las circunstancias, y de ningún modo a inferioridad o diversidad de condiciones”. En este texto programático, llaman la atención dos cosas. La primera es que el discurso es de un hombre y dirigido a los hombres: se trata de ver qué es la mujer. Preguntárselo a ella no es algo que se plantee, dado que Mill cree que en el estado en que viven, difícilmente hallará una respuesta adecuada, ya sea por la horrible educación que han tenido y que ha moldeado su mente, o porque prefieren callar o disimular como estrategia. La segunda es que Mill piensa que quizá no haya diferencias sustanciales entre hombres y mujeres. La conjunción de estas dos ideas es muy potente. Por un lado, la cuestión de la naturaleza de la mujer resulta inabordable. No podemos acudir a un estado de naturaleza, como hacía la ciencia política barroca e ilustrada, y ni siquiera a una tribu primitiva. En todas partes hay sujeción de la mujer. (Si bien la leyenda de las amazonas provocará investigaciones muy difundidas en la incipiente antropología del siglo XIX, con Bachofen y el matriarcado a la cabeza). Vayamos a donde vayamos, encontramos que la sociedad correspondiente ha moldeado de tal modo a los individuos, que resulta imposible separar un estrato puramente natural. No se sabe, pues, cuál es la naturaleza de la mujer (ni la del hombre, cabría añadir, aunque aquí hay más espacio de debate, dado que él ha sido el dominador). Siendo ésta la situación, es inútil cimentar las características supuestamente femeninas en la naturaleza de la mujer. Tanto más fácil para la tesis de Mill: ¿no sería más sensato intentar derivar esas supuestas características de su estado de dominación? A ello se entrega el autor en los sucesivos capítulos. 

Y de nuevo aparece una curiosa dicotomía. Sentando ideas tan avanzadas, Mill, hijo al fin de su tiempo, vuelve a manidas elucubraciones de la psicología decimonónica sobre la mujer: “realmente las cosas en que los hombres sobrepujan a las mujeres son aquellas que exigen mayor perseverancia en la meditación, y, por decirlo así, el don de machacar sobre una idea, mientras las mujeres desempeñan a la perfección todo lo que exige rapidez y listeza. El cerebro de la mujer se cansa primero, se rinde más pronto, pero no bien se aplana cuando ya vuelve a recobrar sus facultades y su elasticidad preciosa. Repito que todas estas ideas son meras hipótesis; con ellas sólo aspiro a señalar derroteros a la investigación”. Hoy día se están realizando muchas investigaciones sobre el “cerebro femenino”, y sin duda con el tiempo se obtendrán resultados compartidos por la comunidad científica, pero por lo que se sabe, los tiros no van en la dirección que señalan Mill ni la psicología femenina decimonónica, la de la donna è mobile. Más bien el contraste entre lo que se va viendo y lo que decían ellos lleva a pensar en las ideas decimonónicas sobre la mujer como un medio más de dominación y de afirmación de la superioridad. Ni siquiera Mill pudo librarse de esa influencia, él, que compartió todas sus ideas con Harriet Taylor y confesó agradecido que sin ella su pensamiento no habría sido el que es. No obstante, es demasiado lúcido como para no calificar todo eso de mera hipótesis, como hemos visto. Más adelante resume:  “he dicho que no es posible saber hoy qué es natural y qué artificial en las diferencias mentales que actualmente se notan entre el hombre y la mujer; si realmente hay alguna que proceda de la naturaleza, y cuál sería el verdadero carácter femenino, quitadas todas las causas artificiales de diferenciación”... Y concluye: “creo en conciencia [que] no existe en la mujer ninguna tendencia natural que diferencie su genio del masculino”. 

¿Por qué la mujer no tiene ansias de celebridad?, se pregunta Mill. Porque su situación le ha impedido pensar en tal cosa. “Yo no creo en absoluto que ese rasgo de carácter se derive de su naturaleza primordial, antes bien opino que es un resultado previsto y fatal de las circunstancias”. Más aún, la mujer que aspira a cierta celebridad es tomada por persona descarada. No es extraño, pues, que no abrigue tales expectativas aquella “a quien le está vedado atenderse a sí misma” y se limite a cumplir “su tarea de abnegación” posponiendo todo por ella. 

Mill no aprecia posibilidades actuales de que la mujer mejore por sí misma su situación. Será el hombre el que tenga que hacerlo: “no es dable esperar que las mujeres se consagren a la emancipación de su sexo, mientras los varones no estén preparados para secundarlas o ponerse a su cabeza”. Hasta qué punto esto ha sido históricamente así, es algo que dejaremos en suspenso, no sin antes señalar dos cosas: en primer lugar, parece sospechoso aquello de que los varones tengan que estar preparados, pues lo mismo se ha dicho siempre ante todo cambio social. Con el sufragio femenino se levantaron voces diciendo que la sociedad no estaba preparada, y lo mismo sucedió con la ley del divorcio de la democracia, y con la ley del matrimonio homosexual. Para algunos, la sociedad nunca parece estar preparada. Es una mera táctica de aplazamiento. En segundo lugar, no parece que haya habido muchos hombres a la cabeza de los movimientos reivindicativos de la mujer. En la situación actual, concluye Stuart Mill, sólo podemos sentir compasión de la pobre mujer que intente cambiar las cosas: “el día llegará; pero hasta que llegue, ¡compadezcamos a la mujer generosa capaz de iniciar la redención de sus compañeras de cadena!”. Más que “compadezcamos” debería haber escrito “apoyemos”, ¿no? 

La esclavitud femenina no sólo corrompe a la mujer, también al hombre: “representaos la perturbación moral del mocito que llega a la edad viril en la creencia que, sin mérito alguno, sin haber hecho nada que valga dos cuartos, aunque sea el más frívolo y el más idiota de los hombres, por virtud de su nacimiento, por ley sálica, por la potencia masculina, derivada de la cooperación a una función fisiológica, es superior en derecho a toda una mitad del género humano sin excepción, aun cuando en esa mitad se encuentren comprendidas personas que en inteligencia, carácter, educación, virtud o dotes artísticas le son infinitamente superiores”. La sujeción de la mujer acaba produciendo varones arrogantes, despóticos e infantiles. Cuanto más les frustre el entorno, más se desahogarán en casa con su mujer, y aquí ve Mill el origen del maltrato femenino, empleando el concepto de represión avant la lettre: “con los demás hombres, sus iguales en derecho, reprimirán la impertinencia, porque temerán que les manden, y con razón, a paseo; ya se desquitarán con las mujeres, cuya posición las obliga a tolerarles, y se vengarán sobre una desgraciada esposa de la represión y moderación que se impusieron a cada instante fuera de casa”. Paradójicamente, la sujeción de la mujer y su condición de víctima potencial de malos tratos ha tenido un efecto beneficioso para la humanidad, del que demasiado poco se ha dicho nunca: “como más expuestas a ser víctimas de la violencia, las mujeres pusieron todo su conato en atenuarla y corregirla, moderando sus excesos; apartada de las guerras, la mujer se inclinó a la suavidad y maña para congraciarse con el hombre, sin recurrir a luchas ni a medios coercitivos”. Ella sería el principio de la diplomacia. 

Finalmente, en los últimos capítulos Mill repasa con una hondura psicológica sorprendente los efectos de la esclavitud femenina en la vida de pareja. Constituyen quizá los capítulos más agudos e interesantes de todo el ensayo. La repercusión de la esclavitud femenina en la vida de pareja no es en absoluto positiva, como puede suponerse. La mujer no entiende los esfuerzos del hombre por ser útil a la sociedad, por hacerse un nombre, por contribuir con su esfuerzo a la mejora general. ¿Cómo iba a entenderlo a quien se le ha enseñado lo contrario: no aspirar a nada en la sociedad, no jugar ningún papel útil fuera del hogar? A la mujer y al hombre les interesa una relación equitativa, les interesa la igualdad, o debería interesarles, porque su gran ventaja es que proporciona una vida en pareja plena, el paraíso en la tierra. Sin duda Mill está pensando en su relación con Harriet Taylor cuando escribe las palabras con las que cerraremos estas líneas, y que deben quedar como horizonte en nuestra la lucha por la igualdad: “¡Cuán dulce pedazo de paraíso el matrimonio de dos personas instruidas, con las mismas opiniones, los mismos puntos de vista, iguales con la superior igualdad que da la semejanza de facultades y aptitudes, desiguales únicamente por el grado de desarrollo de estas facultades; que pudiesen saborear la voluptuosidad de mirarse con ojos húmedos de admiración, y gozar por turno el placer de guiar al compañero por la senda del desarrollo intelectual, sin soltarle la mano, en muda presión sujeta! No intento la pintura de esta dicha.- Los espíritus capaces de suponerla, no necesitan mis pinceles, y los miopes verían en el lienzo la utopía de un entusiasta. Pero sostengo, con la convicción más profunda, que ese, y sólo ese, es el ideal del matrimonio; y que toda opinión, toda costumbre, toda institución que lo estorbe o lo bastardee sustituyéndolo por otro menos alto, debe perecer y ser borrada de la memoria de los hombres, como vestigio de la barbarie originaria”. 

*          *          *

 Las ventajas de Internet nos han permitido encontrar el ensayo de Harriet Taylor (http://www.pinn.net/~sunshine/book-sum/ht_mill3.html). Publicado originalmente en la Westminster Review en 1851, Mill lo reeditó en 1859 dentro de los dos volúmenes de Disertaciones y debates, y esto dio pie a que muchos creyeran que era obra suya. Sin embargo, Mill dejaba claro en el prefacio que “el siguiente ensayo es de ella en sentido eminente, pues mi participación no pasó apenas de ser su editor y amanuense” (CV, XXI, 393-4). En 1868 se volvió a publicar bajo el nombre de la autora. El estilo del ensayo es claro, conciso, y muy efectivo. Indica una mente despejada y una capacidad de razonamiento poco comunes, y no podemos sino inclinarnos a compartir las alabanzas que le dedicó Stuart Mill. Su lectura nos convence de que el núcleo central del ensayo de Mill fueron las ideas de su mujer, a quien le dedicó sin duda un emocionante homenaje escribiéndolo.

Taylor indica que el origen de la sujeción femenina es la superior fuerza física del hombre. Se niega a entrar en al discusión de las diferencias psíquicas entre el hombre y la mujer, y aboga por una educación similar a la del hombre. Insiste en que la libertad es para los dos sexos, e implica que la mujer no debe pensar que su única esfera de acción es procrear. En su crítica, aparece la formulación de la mujer como adorno y como reposo del guerrero, que tendrían una larga trayectoria. Yendo incluso más allá que Mill, afirma que en la relación actual de desigualdad entre los sexos, ni siquiera el hombre mantiene su virilidad. Y es que uno de los rasgos más originales de su pensamiento feminista -recogido por Mill pero enunciado con mucha más rotundidad por ella- es que la desigualdad perjudica a los dos sexos. En el caso del hombre, lo convierte en un ser que a poco de casarse, asegurada una profesión, no necesita hacer nada más en la vida, y se estanca espiritualmente, frenado por el lastre de su mujer que, desde siempre, ha aprendido a no aspirar a nada. La desigualdad, pues, lleva a un estancamiento vital de la pareja y, en general, de la sociedad. También expresa con más ahínco y nitidez la idea de que si las mujeres no han luchado por la igualdad no es porque no lo hayan deseado, sino porque ni siquiera se les pasó por la cabeza la posibilidad de ella, dado el régimen al que están sometidas. El ensayo de Taylor, por otra parte, se escribe en un momento muy apropiado: el movimiento sufragista norteamericano acaba de echar a andar, y la autora busca apoyarlo y que sirva de ejemplo también para Inglaterra.

Luis Fernández-Castañeda, noviembre 2008

  

 

 

VOLVER A PORTADA