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De una economía del conocimiento a una sociedad del aprendizaje

Diana Itzel Ramírez Hernández

Universidad Popular Autónoma de Puebla

 

*Stiglitz, J. & Greenwald, B. (2014) Creating a Learning Society: A New Approach to Growth, Development, and Social Progress. New York: Columbia University Press.

 

Un hecho indudable es que, tanto Stiglitz como Greenwald, no querían quedarse atrás en un movimiento que está causando interés en nuestros días: la sociedad del aprendizaje (posiblemente este término sea una resignificación de la afamada sociedad del conocimiento propuesta en 1993 por Peter Druker en Post-Capitalism Society). Agradecidos por la influencia y el magisterio de Kenneth J. Arrow (en su vertiente neoclásica), los autores comienzan la aventurada y justificada tarea de dar a conocer tanto los elementos como las condiciones de su propuesta en el fascinante libro: Creating a Learning Society. A New Approach to Growth, Development, and Social Progress (La creación de una Sociedad del Aprendizaje. Un nuevo enfoque para el Crecimiento, el Desarrollo y el Progreso Social).  

El punto de partida es la «localización del conocimiento», nada sencillo, por otra parte, si se considera la producción como el eslabón fundamental. No es casualidad, por tanto, que entre las varias teorías que retoman los autores se destaque el precario trabajo colaborativo que se da entre los países. Esto implica que, dentro de las economías de mercado, el aprendizaje no tenga cabida y, por lo tanto, se malentienda la finalidad de la generación del capital como simple producción. 

El distanciamiento de los países, según los autores, afecta a los mercados financieros al centrarse en los bienes manufacturados y no en el capital intelectual que suscribe a estos, a saber, este capital que se exportan no es el bien de la industria manufacturera sino, más bien, el aprendizaje. Sin embargo, la primera barrera sería considerar que el aprendizaje está inserto en otros sectores, alejando así, tanto el verdadero capital móvil de la industria  como el comercio. 

De los intereses más genuinos a este respecto se encuentran las leyes de la propiedad intelectual que, al no estar bien diseñadas —y considerarse como un elemento importante dentro de la industria—, ralentizan la innovación (término del que hoy en día se sigue entendiendo el significado, pero no la implicación). Por tal motivo, los pasos siguen siendo tentativos, la brechas más grandes y el interés más aislado. 

Más allá de crear una economía de aprendizaje para generar así una sociedad del aprendizaje, se requiere alejarse de las creencias cotidianas y cambiar la mentalidad con respecto al aprendizaje o, como decía un buen sabio, nada habrá cambiado, mientras no cambien los dioses. Se requiere, entonces, apostar por estructuras internas en aras de una ulterior ventaja comparativa. De ahí el mensaje palmario de los autores: «El aprendizaje está afectado por el entorno económico y social y la estructura de la economía, así como las inversiones públicas y privadas en investigación y educación». 

Sigamos con el desarrollo. Los desequilibrados ingresos per cápita de los países desarrollados y los que se encuentran en vías de,  son atribuidos a la diferencia en el conocimiento. El reto y el desarrollo comienza, pues, en aprender a aprender. De ahí que los autores se percaten de la inexorable transformación hacia una sociedad del aprendizaje. Según sus investigaciones, la búsqueda incesante de esta sociedad estriba en su afamada relación con el bienestar humano, tema que será delegado a los economistas y a los científicos sociales para que amplíen la investigación. 

Aunado a esto, el libro deja entrever al gobierno como el principal responsable en esta promoción y gestión. He aquí su premisa: «La creación de una sociedad del aprendizaje debe ser uno de los objetivos del mandatario de la política económica». Si en este momento, los autores se cuestionan la absoluta falta de participación de éste atendiendo a la ausencia de innovación en el trabajo, tendremos la respuesta de su notoria responsabilidad. Por el contrario, asumiendo y compartiendo la responsabilidad (Estado y empresa), las políticas públicas y privadas, nacionales e internacionales, deberían comenzar a ponerse de acuerdo para generar la primera condición sólida antes de hablar de la sociedad del aprendizaje. 

De las preguntas interesantes que los autores nos dejan, podrían resultar estas: ¿Cuáles son las instituciones que promueven una sociedad del aprendizaje? ¿Cómo regular la propiedad privada de tal forma que se convierta en la ventaja comparativa de un país? Dentro de las posibles respuestas se podría resaltar la necesidad  de enfocarse en la dotación de factores (capital-labor-ratios): dejar fluir el aprendizaje podría causar un efecto positivo en la ventaja comparativa. Una red de colaboración de aprendizaje y conocimiento debería ser por lo demás el resultado de la habilidad de aprender de los competidores y las capacidades futuras –lo que estaría sometido, a su vez, a los juicios valorativos de cada país. Dicho lo cual, y a pesar de ser una perspectiva de aprendizaje complicada, resulta muy interesante porque permitirían repensar las ventajas comparativas y la propiedad intelectual. 

Este posible repensamiento de las industrias obliga a posicionarse en la vanguardia para saber lo que otros están haciendo. Es decir, saber de sus mejores prácticas con respecto a la productividad y cómo incrementarlas, de modo que la encomienda sería encontrar la sistematización de ambas estrategias. Como era de esperarse, la tecnología no se queda atrás en esta propuesta. Estar a la vanguardia ha sido la primera apuesta de todos los mercados. Entrar al círculo virtuoso: manejar tecnología avanzada provee más oportunidades y tener mayores oportunidades mejora la habilidad de aprender. Lo interesante, sin embargo, no es la invitación sino descubrir cómo se está logrando entrar en este círculo y cómo se afronta la implicación que esto conlleva. 

Entre los aspectos relevantes poco estudiados y muy dados por sentado en los mercados se encuentra estratégicamente el capital humano. En estos momentos, por ejemplo, se está constatando un impedimento en su incremento debido a la falta de investigación que se promueve al respecto, y este desequilibrio en la inversión está generando un factor de desconfianza en la polémica eficiencia. Una pregunta interesante ante esta situación sería: ¿de qué forma el capital humano está favoreciendo las condiciones para incentivar —dentro de las industrias— una cultura de formación que permita que el aprendizaje resulte una inversión necesaria para la creación de la sociedad del aprendizaje? 

El libro, sin lugar a dudas, tiene un basamento teórico de economías y economistas que han dado un giro copernicano a los países desarrollados. Sin embargo, quedaría una obra magnífica y completa si se explicara —­y no solo se considerara— la implicación sociológica. Entender las macro-estructuras y micro-estructuras sociales (por ejemplo, considerar a la empresa como una mini-sociedad dentro de la sociedad civil) podría disminuir la brecha, entender los mercados y generar ventajas comparativas centradas en el aprendizaje, lo que, a su vez, podría desarrollar un capital social producto de las mismas industrias a partir de la sociedad del aprendizaje

Y para terminar, ya sólo resta hacer una invitación a una inminente traducción para el público hispano-hablante, cuya finalidad también conceda la adaptación de las premisas y tesis de este libro, es decir, una posible tropicalización para América Latina.

 

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