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¿Tiene sexo la mente?: Londa Schiebinger

La pregunta  capciosa

Herminia Luque Ortiz

   El título de este libro es equívoco. No se trata de un libro de divulgación científica, al estilo de libros que tratan de captar al potencial lector con títulos ingeniosos como ¿Enferman las mariposas del alma?[1]. O, peor todavía, ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas? [2]. El subtítulo (sólo presente en la portada interior pero no en la cubierta) es un poco más ajustado: Las mujeres en los orígenes de la ciencia moderna[3]. Aunque tampoco precisa el arco temporal, que hubiera podido establecerse en los siglos XVII y XVIII, ya que la autora se centra en esos siglos.

  La elección del título hay que relacionarla con la frase del filósofo cartesiano François Poullain de la Barre, quien en 1673 escribe: La mente no tiene sexo. Este filósofo es autor de tres tratados interesantísimos[4] que hacen hincapié en la igualdad de los sexos y en la necesidad de educar a las mujeres. Puesto que poseen la misma razón, le bon sens racionalista por qué no ha de dárseles una educación para perfeccionar esas potencialidades. Poullain lo dice así: “Lo que a mí me gustaría es que se instruyera a las mujeres con tanto esmero como a los hombres, porque ello sería muy útil y a nadie perjudicaría”.[5]

  Londa Schiebinger  especifica en la introducción que el propósito de su libro ha sido indagar en “la persistente querella entre la ciencia y lo que la cultura occidental ha definido como feminidad”. En el siglo XVII surge la ciencia, creando una nueva forma de acercarse al conocimiento del mundo, pero sobre todo creando nuevos cauces y nuevas instituciones para la expresión de ese saber científico. Es un momento crucial en el que se podía haber optado por incluir a las mujeres dentro de ese proyecto. Pero se las recluye en la alteridad. Las mujeres son otra cosa, no forman parte de ese novedoso mundo de la ciencia matematizada y experimental. La teoría de la complementariedad  viene a sancionar desde la ciencia el hiato existente entre los sexos.

  La autora estudia la cuestión atendiendo a varios aspectos. Así dedica un primer capítulo a repasar los distintos marcos institucionales, desde las instituciones de raigambre medieval (monasterios y universidades) hasta las academias y los salones, centros de una “cultura de la conversación”  muy notable.[6] En los dos siguientes capítulos estudia los dos ámbitos en los que se producen las excepciones (esas mujeres interesadas por la ciencia), que son la esfera aristocrática y la esfera artesanal. Los capítulos siguientes muestran un carácter más ecléctico, dedicándose el cuarto a los saberes tradicionalmente femeninos, como la partería o la cocina, y el quinto a la fortuna de la alegoría femenina de la ciencia; es decir, a la suerte que ha tenido la representación de la ciencia en figuras femeninas. Esa alegorización es habitual en los siglos XVII y XVIII, pero desaparece en el siglo siguiente a la vez que se desprestigian los logros del saber provenientes de personajes femeninos, sean estos reales o míticos.  Resulta curioso constatar que en el frontispicio de la Encyclopédie de Diderot y D´Alembert figuren, en efigie femenina, la Verdad y la Razón, reinando sobre las ciencias, también figuras femeninas. Pero el icono de la ciencia del siglo XX y parte del XIX será masculino: el científico solo en su laboratorio.

   Los últimos capítulos del libro de Schiebinger, del sexto al décimo, realizan un excursus sobre el género femenino en el saber desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII: desde las teorías de la mujer como hombre imperfecto hasta “el triunfo de la complementariedad”. Según esta teoría, los sexos son diferentes, complementarios, con una funcionalidad específica cada uno, pero evidentemente lo masculino es tomado como lo superior, como la medida de valor. Y lo femenino se verá desplazado hasta quedar desplazado de las nuevas virtualidades de la ciencia. El caso de Kant, paladín de la Ilustración, es paradigmático. El filósofo alemán sanciona, desde parámetros ilustrados, la idea de que la mujer está hecha para el hombre; a pesar de que esto contradice su máxima de que las personas deben ser tratadas como fines, nunca como medios. En las Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime se burla suavemente diciendo que la atracción de los encantos femeninos no decrece porque desconozcan la teoría de la atracción newtoniana. Kant relaciona, como será norma en la centuria siguiente, a la mujer con el sentimiento, pues su filosofía “no es razonar sino sentir”[7].

   Volviendo al  título del libro de Londa Schiebinger diremos que es equívoco porque el texto no tratará de resolver la pregunta. La da ya por resuelta en el ánimo del lector. Y la cita de Poullain no hará sino confirmar esa idea. Aunque resulte errónea: a la luz de los actuales conocimientos de las neurociencias podemos decir que Poullain estaba equivocado. Hasta donde podemos saber, la mente sí tiene sexo: el cerebro es femenino o masculino porque está en un cuerpo femenino o masculino; y por tanto la mente (el producto de ese cerebro particular) estará condicionado por esa realidad. Este postulado irrita a muchas pensadoras feministas, que no quieren ni oír hablar de diferencias entre cerebros femeninos y masculino (la neuropsiquiatra[8] Louan Brizendine enerva a más de una con su obra El cerebro femenino en la que defiende la idea de que los cerebros masculino y femenino son diferentes “por naturaleza”). Pero si existe un dimorfismo biológico indiscutible, unas diferencias fisiológicas innegables (órganos sexuales, volumen muscular, peso y altura…etcétera) por qué negar las del cerebro. Según Natalia López Moratalla[9] existen diferencias en la corteza cerebral y en el sistema límbico de los cerebros masculino y femenino. Aunque señala: “(…) el dimorfismo sexual en las áreas relativas a la inteligencia sí supone que ambos tienen diferentes sustratos neurales de la inteligencia”.

El cerebro es aún el órgano intransferible y personal como ya no lo son la mayoría de los órganos, desde la piel a los riñones, pasando por las córneas o el corazón[10]. Siendo la sede del conjunto de procesos que llamamos mente, hay cierto recelo a admitir diferencias entre los sexos. Un recelo comprensible pues la ciencia se ha servido de ese dimorfismo, se ha apoyado en las diferencias biológicas de los sexos para justificar las estructuras patriarcales más opresivas y condenar a las mujeres a una inferioridad, disfrazándola de esa consabida “diferencia”.

   Lo verdaderamente relevante, en mi opinión, es que esas diferencias no sean la coartada para la desigualdad. Desigualdad jurídica, desigualdad laboral, desigualdad en cualesquiera de los aspectos sociales y económicos. Pero no podemos negar la existencia de una razón situada[11], inserta en los parámetros de un cuerpo concreto, dentro de unas coordenadas espaciotemporales determinadas. No hay una razón extracorpórea: la razón es fruto siempre de un ser pensante, con un cuerpo y, por ende, un sexo concreto. El pensamiento se produce en individuos particulares, hombres o mujeres, con experiencias comunes y distintas. Como nos muestra Damasio[12], descartado el error de Descartes, (el dualismo  cuerpo/mente más pimpante)  no nos queda otra que afirmar que la mente surge de la actividad de los circuitos neurales y “el cuerpo contribuye al cerebro con algo más que el soporte vital y los efectos moduladores. Contribuye con un contenido que es una parte fundamental de los mecanismos de la mente normal”.

   Habría que contradecir a Poullain y por tanto contestar la pregunta capciosa en un sentido afirmativo: sí, la mente tiene sexo. Si bien en lo fundamental le seguimos dando la razón al “ardiente  cartesiano”: la educación de las mujeres se ha revelado no sólo como posible (en poco más de un siglo de extensión de la educación a las mujeres) sino absolutamente necesaria. La razón, Monsieur Poullain (la inteligencia) no es patrimonio de los varones sino de la humanidad entera. La mente tiene sexo. Pero esto no sirve para establecer una humanidad de primera y otra humanidad de segunda categoría. Aunque en los inicios de la ciencia moderna  se perdiera una oportunidad para la igualdad y se ratificara el prejuicio. El libro de Londa Schiebinger nos muestra a la perfección las condiciones precisas de esa oportunidad perdida.

 


 

[1] Francisco Mora, ¿Enferman las mariposas del alma? Cerebro, locura y diversidad humana. Madrid, Alianza, 2004.

[2] Allan y Barbara Pease, ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas? Booket, 2008.

[3] Londa Schiebinger, ¿Tiene sexo la mente? Las mujeres en los orígenes de la ciencia moderna. Madrid, Cátedra, 2004.

[4] Uno de ellos: Poulain de la Barre, De la educación de las damas. Madrid, Cátedra, 1993. Presentación de Celia Amorós. Introducción y traducción de Ana Amorós.

[5] Ibídem, p. 65.

[6]  Benedetta Craveri, La cultura de la conversación. Madrid, Siruela, 2004.

[7] Londa Schiebinger, op.cit. pp. 388-89.

[8] Louan Brizendine, El cerebro femenino. Barcelona, RBA, 2007.

[9] Natalia López Moratalla, Cerebro de mujer y cerebro de varón.  Madrid, Rialp, 2007.

[10] Cuando el cuerpo es cada vez más “impersonal y transferible”, hecho de fragmentos de una carne susceptible de ser cercenada, modificada e intercambiada a voluntad. Cf. Herminia Luque Ortiz, La carne. El cuerpo fragmentado. (inédito).

[11] Cf. Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico. Madrid, Taurus, 1990.

[12] Antonio Damasio, El error de Descartes. Barcelona, Crítica, 2008.

 

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