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LIBROS DE HOY: CONTRA EL DESÓNIMO: Jacqueline de Romilly: El tesoro de los saberes olvidados. Península, Barcelona, 1999. 205 pp.(por Luis Fernández Castañeda Belda)

(Sí, ya lo sé: horrible palabra inventada, esta de desónimo. Debería decir "contra el desánimo", pero entonces no podría recoger el dESOnimo que se experimenta ante la ESO (educación secundaria obligatoria), la nueva enseñanza pactada en nuestro Parlamento hace pocos años. Muchos profesores dudan de la utilidad de su trabajo, algo que con la ESO no ha hecho más que aumentar. Para combatir un poco ese desánimo de eso y de lo otro -desánimo compartido por los docentes de medio mundo, no hay más que preguntar en Francia, Inglaterra u Holanda, por ejemplo-, es muy recomendable este libro. En él se puede encontrar una justificación muy valiosa de la labor docente.)

Jacqueline de Romilly fue la primera mujer que enseñó en el Collège de France, y también enseñó griego en la Sorbona. Ha publicado numerosas obras sobre la Grecia clásica, pero el libro que hoy traemos a colación, El tesoro de los saberes olvidados, no tiene una relación directa con la Hélade, al menos en apariencia (y en esa apariencia lo dejaremos). "Quisiera ... mostrar aquí que incluso cuando el recuerdo parece haber desaparecido y haberse borrado por completo, queda mucho más de lo que se cree. Algunos han penetrado en nosotros y se han asimilado hasta el punto de que no se reconoce ya su existencia."(23) La autora profundiza en la idea de que la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo, señalando que la mente de quien ha olvidado no está en la misma situación que la de quien nunca aprendió. La persona que tras su paso por las aulas comienza a olvidar "todo", a veces incluso justo después de haber hecho el examen, olvida menos de lo que cree. La prueba es que no le costaría mucho volver a estudiar el tema en cuestión, aunque hayan pasado los años. Esta situación mental es para la autora el objetivo de la educación, porque -y esto es lo importante- es el único suelo donde puede crecer el sentido crítico. No se puede distinguir -discriminar- si no es porque la mente no sólo ha adquirido el hábito de hacer distinciones, sino que ha hecho ya muchas, y están en estado latente. Derivando ‘cultura’ de ‘cultivo’, podemos plantear una imagen nada original. La mente inculta es como una tierra plana, sin roturar. Se siembra, pero cualquier inclemencia dispersa la semilla. Sólo dará un trigo escaso y débil. La mente culta es como una tierra cultivada, arada en profundos surcos, donde la semilla que se ha lanzado puede esconderse y, con el tiempo, germinar. Cualquier cosa que le suceda a alguien con sentido crítico será como un emigrante que llega a un país bien equipado: tiene posibilidades de prosperar. Sin sentido crítico, no hay prosperidad posible, porque da igual lo que suceda: todo se olvida, todo queda barrido por un tiempo que se sucede en oleadas de presentes imperiosos. Está, pues, amenazada la memoria, y lo está en primer lugar, para Romilly, por la pobreza de vocabulario: "existen recuerdos cuya reaparición en la conciencia es directamente función de las palabras y de la riqueza del vocabulario ... el recuerdo se presenta, a cada instante, de un modo difuso: le toca entonces al lenguaje fijarlo y darle su forma precisa y bien dibujada" (70/1) Pero no sólo aparece el lenguaje como el autor indirecto del sentido crítico y el gran moldeador de la memoria, sino también como el medio donde adquirir experiencias que de otro modo jamás tendríamos: "El alumno que haya seguido los cursos, aun modestamente, habrá añadido a los recuerdos de los cuentos que hechizaban su infancia toda la herencia de la experiencia humana. Habrá conquistado un imperio con Alejandro o Napoleón, habrá perdido una hija con Victor Hugo, habrá luchado solo en los mares como Ulises o como Conrad, habrá vivido el amor, la rebeldía, el exilio, la gloria. ¡No está mal como experiencias!" (93) Desde luego que no, sobre todo considerando los pocos años que permanecemos vivos en relación con todo lo que podríamos experimentar. Habiendo adquirido -gracias al lenguaje- estas experiencias, ocurre que nuestra modesta vida cotidiana se ilumina, se nimba de recuerdos, de alusiones, de connotaciones, en una palabra, se enriquece insospechadamente. Aumenta así la calidad de vida. Tomar una taza de té con una magdalena no es sólo tomar una taza de té con una magdalena para quien haya leído a Proust, y así con todo. La educación, pues, aumenta la calidad de vida de una forma que gracias a Romilly podemos expresar con claridad, y que hasta ahora nunca se ha tenido en cuenta en los programas educativos de los partidos políticos. Sólo se discute qué asignaturas son más útiles para el futuro profesional, o cuáles son los mínimos imprescindibles, pero nunca se selecciona lo que merece ser sabido en función de la calidad de vida que puede proporcionar. Pero vamos aún más allá. La autora nos habla del "placer de descubrir a tu alrededor seres que se parecen a ti y han conocido las mismas experiencias" (103) En efecto, estos recuerdos nebulosos que aureolan nuestra existencia cotidiana, son también los que al salir a luz nos unen a personas antes desconocidas, en las que descubrimos una secreta afinidad. Es un proceso íntimamente feliz. La cultura une, y la calidad de vida que proporciona no es sólo de puertas adentro, sino también de puertas afuera: nos relaciona mejor con los otros, porque siempre une haber compartido experiencias. Quien ha leído y semiolvidado Hamlet, por ejemplo, podrá compartir con los demás, por alejados que estén en el mundo, una experiencia. El libro de Romilly insinúa cómo fabricar un mundo compartido, que es quizá el mejor índice de la calidad de vida. Todo lo contrario de esa pintada que hemos visto estos días en televisión: "Vivir sin convivir", algo propio de las bestias del campo, pero no de seres humanos. La labor docente queda así justificada con más argumentos de lo que cabría esperar al principio.

 

 

 

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