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CREACIÓN SIN RUPTURA

Ernst Cassirer, interpretado por Oswald Schwemmer

 Birgit Recki[1]

Traducción de  Luis Martínez de Velasco

 

   La obra de Ernst Cassirer quedó prácticamente en el olvido más absoluto durante mucho tiempo. Este pensador, del que Jürgen Habermas ha afirmado que fue el último sabio de este siglo, pasó en la filosofía alemana de posguerra por ser “uno de tantos neokantianos” y se llegó a creer con demasiada seguridad lo que había de pensarse acerca de la totalidad de esta escuela. La obra de Cassirer apareció ante el público en 1929 con ocasión de su discusión en la ciudad de Davos con Martin Heidegger, frente a cuya radicalidad rupturista Cassirer aparecía como un vestigio del siglo anterior.  

   Aquel sabio sin pretensiones, que en el campo del pensamiento era un debutante y, como tal, mantenía un esfuerzo especial para la comprensión y la preservación de la cultura, no consiguió conectar su compromiso filosófico a favor del humanismo y la ilustración con el gran público juvenil. Eran aquellos años  en lo que rechazar con grandes gestos la cultura occidental en su totalidad resultaba más atractivo que aunar esfuerzos para garantizar su continuidad. A pesar de su solidez especulativa, el pensamiento de Cassirer apenas llegaba a lectores apresurados y en la anchura de su formación histórico-espiritual y su cautela hermenéutica venía a ponerse de manifiesto la representación simbólica de que la cultura no es algo que se desarrolle rápidamente. El lector sin prisas pronto se ve recompensado con visiones nuevas allí donde no parecían poder esperarse. 

   Tras pormenorizados estudios de las teorías de los conocimientos filosófico y científico- natural, Cassirer investigó en la segunda década del siglo sobre la continuidad del pensamiento europeo, sobre todo sobre sus ideas más relevantes sobre ciencia, arte y política. Apoyándose en tan sólido fundamento, escribe en los años 20 su magna obra sobre aquellas realidades en las que vivimos hoy: se trata de la cultura, que Cassirer intenta investigar en su obra Filosofía de las formas simbólicas yque concibe siempre en su plural constitución como un sistema variable de elementos donadores de sentido. 

   El concepto funcional de lo simbólico que subyace bajo el análisis de los símbolos culturales proviene, sin duda alguna, del lenguaje tomado como modelo, pero también ofrece la posibilidad de captar aglutinamientos de sentido en el marco de cualesquiera generalizaciones interdisciplinares. El hecho de que, décadas después del fin de la guerra, permaneciese esta memorable aportación de un coetáneo en la estela de importantes escuelas de pensamiento es difícil de entender y, a la vez, fácil de explicar. Una vez emigrado con su familia en 1933, Ernst Cassirer murió en 1945 como ciudadano sueco y profesor invitado en Nueva York sin haber vuelto a pisar suelo alemán. En el desasosiego del exilio a lo largo de su vida su obra no gozó de ninguna edición completa, lo que explica que quedara fuera del foco de atención. Pero en el año 1995, en el cincuentenario de su muerte, comenzó a cambiar tan triste panorama. A los actos conmemorativos y las publicaciones extraordinarias provenientes de diversos especialistas siguieron monografías y ediciones completas de índole científica. Pero por encima de todo, pudo ser puesto a la vista del público el primer tomo del voluminoso legado dejado por Cassirer, editado en la Universidad Humboldt a cargo de John Michael Krois y Oswlad Schwemmer. El libro que publicó el co-editor Schwemmer dos años después de este preludio editorial permite conocer que su interés iba más allá de cualquier atractivo vinculado al hecho del aniversario de Cassirer.  

   En realidad la recuperación de Cassirer no ha hecho más que comenzar. El libro de Schwemmer es un estudio erudito que ha de ser contemplado, antes de nada, como un acceso imparcial a la obra de Cassirer. Aunque tres de los cinco amplios capítulos son artículos que ya vieron la luz en otras recopilaciones, Schwemmer logra componer una verdadera monografía a base de intercalar una serie de inteligentes comentarios. Desde luego, su pretensión no es desarrollar exhaustivamente la obra de Cassirer, sino más bien lograr expresar a través de ella los problemas más esenciales y acuciantes. Ahora bien, esta autolimitación no hace sino ir en provecho de la enorme exactitud de su interpretación. Mediante un espléndido conocimiento de los textos Schwemmer consigue perfilar el pensamiento de Cassirer situándolo a la altura de Wittgenstein, Heidegger, Husserl o Whitehead, pero no sólo eso. Incluye su investigación en el conjunto de los grandes enfoques en torno al siglo, lo que viene a corroborar la tesis principal de su libro, tal y como expresa el título. Con esto Schwemmer posibilita conocer aquel significado antropológico que ya  puso Cassirer de manifiesto en los años 20. Lo que Schwemmer viene a poner de relieve es, por encima de cualquier otra consideración, el sentido práctico-poético de la actividad humana tal y como se plasma, por un lado, en todas aquellas formas culturales que expresan  un conocer y un comprender aparentemente sencillos y, por otro, en todos los trabajos relevantes tanto artísticos como científicos. Este tipo de interpretación, que Cassirer acentúa desde un punto de vista programático, representa asimismo la razón de su interés por la historia del Renacimiento, donde la filosofía se establece como el paradigma del hombre creador. Schwemmer aspira a desentrañar, en el marco de una explicación tan iluminativa como sistemática, el núcleo central de la filosofía de Cassirer, a saber, el concepto de significación simbólica. Con ello consigue explicar a fondo, ya incluso desde la percepción más elemental como elemento organizador de sentido, cómo algo sensible puede ser portador de significado.

   En una primera aproximación a la dificultad inherente al hecho de pensar los fenómenos básicos de la conciencia productiva, que Cassirer desarrolla en estrecho contacto con Goethe, Schwemmer pone claramente de manifiesto cómo en el acto mismo de trabajar se consigue la convergencia de una conciencia abierta al mundo con el cercioramiento de su producir. Sin embargo, hace aquí su aparición el vigor del hermeneuta. Schwemmer dispone de una clara conciencia del problema así como de un largo aliento. Al margen de pequeños detalles que se le pueden discutir, Schwemmer consigue reconstruir de un modo impresionante la filosofía de Cassirer en toda su radicalidad y coherencia, haciendo así visible el sentido sistemático de su obra. Por fortuna, esta interpretación tan esclarecedora no queda empañada ni siquiera en sus detalles por la ambigüedad de unas segundas intenciones apenas encubiertas: Schwemmer aspira francamente a distanciar a Cassirer de su testigo principal, Kant.  

No obstante, esta posición no llega a ser completamente convincente. Desde luego insiste con mucha razón en que, según el planteamiento filosófico de Cassirer, el espíritu no puede prescindir del mundo, sólo que, si se mantiene desde el principio una interpretación así, entonces parecería que Kant no hubiese añadido en su crítica de la razón una refutación del idealismo.   

Tampoco logra convencer Schwemmer en aquellos pasajes en los que reflexiona sobre una ética implícita en Cassirer, en donde motivos universales éticos ilustrados y políticos liberales de cuño kantiano, interpretados a partir de una serie de conceptos no tomados del propio Cassirer, sino de Alisdair McIntyre y Charles Taylor, acaban convirtiéndose en motivos comunitaristas avantt la lettre.  

Y, por último, resulta un tanto extraña la sugerencia de Schwemmer de que en los momentos en que revisa las posiciones históricas de Cassirer cree verlo situado entre un modelo renacentista de creación y el fuerte formalismo racional del pensamiento ilustrado kantiano, y ello a la vez maravillado y cautivado. La verdad es que ni una cosa ni la otra. Como excelente conocedor de toda la obra de Kant, Cassirer, a partir de su análisis de la razón, tenía meridianamente claro el significado de la metáfora en la acción y la creación universales. En el pretendido alejamiento de Cassirer con respecto a Kant queda fuera de atención cuánto debe su teoría poiética de la cultura a la primacía de la razón práctica propia de la filosofía transcendental kantiana. A pesar de que Cassirer, en un fundamental acto de abandono del monismo de la razón pura, dejó de ser un neokantiano dogmático, en los lineamientos esenciales de su pensamiento no dejó de ser un kantiano. Y eso fue precisamente lo que hizo de él un pensador de la modernidad europea. 

  

 


 

[1] Birgit Recki es profesora de Filosofía en la Universidad de Hamburgo y especialista en el pensamiento de Ernst Cassirer. Escribió esta reseña sobre el libro de Oswald Schwemmer  Ernst Cassirer. Ein  Philosoph der europäischen Moderne. Akademie Verlag, Berlin, 1997 (265 páginas). Dicha reseña apareció un año después en la Berliner Zeitung.

 

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