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 70 aniversario de la muerte de Stefan Zweig

Quemar antes de leer

Josep Pradas

 

Stefan Zweig es un autor que nunca defrauda. Cada obra suya constituye una gran experiencia para cualquier lector, una experiencia no sólo literaria sino también moral, emocional, histórica, política, poética y filosófica. Sus biografías, las de amplio alcance y las de menor envergadura, sus novelas, sus dramas y sus obras de reflexión son documentos esenciales para la memoria ética y de la conciencia de Europa. Con todo, la obra de Zweig más comprometida con esta tarea es El mundo de ayer[1], relato pormenorizado de esa memoria ética que abarca desde el declive de la inocencia europea, al acabar el siglo XIX, hasta los momentos culminantes del desarrollo del mal absoluto, a manos de Hitler, en 1939.

El mundo de ayer es un libro especial entre los de Zweig. El narrador vienés, que había cultivado el género biográfico hasta alcanzar una sublime maestría en la descripción de caracteres, situaciones reales y tramas políticas, se enfrenta aquí a la necesidad de escribir sobre él mismo y a su pesar, como medio desesperado para no perderse. En 1940, a sus casi sesenta años y alejado de todo lo que dos años antes aún era un mundo habitable aunque duramente desbaratado, Zweig comienza a revisar su propia vida porque intuye que también está a punto de resquebrajarse, sumido en la depresión que le causa no poder estar en Europa y ser plenamente europeo, no poder escribir y no poder ser más que un exiliado en cualquier lugar. En 1941, Zweig se ha establecido en Petrópolis (Brasil) después de vagabundear por toda América, dando conferencias, y el 22 de febrero de 1942 se suicidará junto a su segunda mujer, Charlotte (Lotte) Altmann, su joven secretaria desde 1933 y con quien se había casado en 1939, un año después de divorciarse de Friderike von Winternitz. Es el resultado de la destrucción completa de ese mundo que había sufrido una primera quiebra en 1914 y que a partir de 1939 entraba en un proceso de desintegración absoluta, con una brutalidad que nadie antes de 1914 podía haber imaginado. Es el fin de una vieja concepción del mundo, ese mundo de ayer atacado por nuevos bárbaros que instrumentalizan la violencia más cruda amparados en una supuesta cultura superior, una concepción del mundo basada en el poder del más fuerte. Consciente de ello, Zweig escribe El mundo de ayer en ese breve espacio de tiempo entre el inicio de la guerra y el final de su vida, como una especie de testamento que acaba con un esencial encargo: no olvidéis el pasado.

 

Un mundo apacible

Zweig había nacido en la aletargada Viena de finales del siglo XIX, en 1881, hijo de una familia acomodada, dedicada a la industria ligera, judía y asimilada a las formas cosmopolitas de ese país que equidista de todos los lugares de Europa. La primera parte de su libro redunda en esa época feliz en la que aparentemente no pasaba nada. El último conflicto importante en Europa se había liquidado rápidamente, en 1871, con la disolución del Imperio francés y la emergencia de Prusia como potencia europea. Entre 1871 y 1914 no cesaron los conflictos entre los estados europeos, que competían por un mapa de colonias, pero esos conflictos se dirimían en lugares demasiado lejanos del centro del mundo del joven Zweig, Viena. Los Balcanes no quedaban lejos en el mapa, pero sí mentalmente en una época en que las noticias tardaban más de un día en confirmarse. Y la mentalidad de la gente tendía a aceptar aquellos pequeños sobresaltos como episodios accidentales y pasajeros, mientras lo esencial del estado de cosas persistía inalterable, como la resistente ancianidad del emperador Francisco José, emblema de un mundo apacible y ajeno a los conflictos sociales que otros países debían soportar en su propio territorio.

De ese periodo de aparente tranquilidad durante su infancia y su primera juventud, Zweig resalta el hecho de que la situación económica había hecho progresar a todos los estratos sociales en casi toda Europa, que el ascenso de la pequeña burguesía también había supuesto mejoras en las condiciones de la clase obrera, cosa que traía de cabeza a los marxistas, que debieron revisar sus previsiones de una posible pero aún lejana movilización social a causa de la revitalización del capitalismo durante el último tercio del siglo XIX. Estos cambios económicos sembraron de dudas la supuesta infalibilidad del materialismo científico de Marx, y abrieron la puerta a los revisionistas del marxismo ortodoxo. Esta corriente revisionista tuvo mucho peso en Alemania y en Austria, aunque en éste último país el marxismo estuvo más ligado al kantismo y al psicoanálisis que al revisionismo propiamente dicho.[2]

Pero en esa aparente estabilidad Zweig percibe que hay un lado oscuro: las potencias europeas sostienen conflictos coloniales, el Imperio austrohúngaro sobrelleva conflictos nacionales, los Balcanes son un polvorín y la industria pesada europea mantiene una sobreproducción de armamento a la que ha de dar salida. Hasta 1914, los países europeos probaron la eficacia de sus armas en campos de tiro reales, aunque alejados de la Europa civilizada: ensayaron en campos de pruebas coloniales, o en los Balcanes, si bien lejos del lujo parisino, la apacibilidad vienesa o la sobriedad berlinesa.

Zweig no se olvida tampoco de la situación de las comunidades judías en la Europa de finales del XIX, que había evolucionado hacia una progresiva integración en los países y las culturas de acogida, hasta el punto de alcanzar posiciones de prestigio social, poder económico y poder político. Basta recordar a Disraeli en Inglaterra o Walter Rathenau en Alemania. Pero sobre todo eso hay un aspecto que Zweig tiene por esencial: los judíos centroeuropeos son los primeros en desarrollar una cierta conciencia europeísta, ya que no están ligados a las fútiles tensiones nacionales que separan a alemanes de franceses, por ejemplo; por esta razón, no hay que olvidar la contribución de la comunidad judía al carácter cosmopolita de la cultura europea, a ese inicial empeño superador de barreras lingüísticas y fronterizas. Al menos, hasta 1914.

De ese periodo, Zweig recuerda con amargura los años de estudiante, aburridos y poco estimulantes para una sensibilidad creadora como la suya. Después llega el explosivo encuentro con el arte de la escritura, del que nunca se separará. Aquí cambia absolutamente el tono de su exposición, es un momento de entusiasmo y optimismo. Escribe, viaja y entra en contacto con espíritus creativos como el suyo, futuros maestros de la literatura y la música alemanas y europeas: Hofmannsthal, Rilke, Hauptmann, Richard Strauss, etc.

Más tarde se produce el seísmo que destruye todo ese mundo aparentemente inamovible. Como suele decirse, el siglo XX comenzó en 1914. El verano de ese año dio al traste con todo ese castillo de naipes que era la Europa prebélica, y cambió la vida de los jóvenes europeos para siempre. Fue una generación perdida. Aquellos que tenían entre 20 y 30 años en 1914 vivieron una experiencia trágica de la que no tuvieron tiempo de recuperarse: apenas habían reconstruido su existencia cuando vivieron otro final de verano desastroso, en 1939, en que debieron tomar nuevamente las armas o las maletas, y dejarlo todo atrás. Y Zweig es el ejemplo más trágico de esta generación perdida.

Su descripción del cambio vital que supuso la I Guerra Mundial es un impresionante ejercicio de memoria histórica a diferentes niveles, desde el más abstracto de las relaciones políticas, de los conflictos sociales e ideológicos, hasta el más concreto de la vida de las personas, que Zweig disecciona detalladamente, tanto en lo que se refiere a su experiencia personal y familiar como cuando habla de sus amigos y conocidos.

En frecuentes ocasiones se refiere a Rilke, un tipo extremadamente sensible que hoy suspendería todas las pruebas escolares de competencia social, que se vio súbitamente uniformado y a punto de ir al frente para compartir trinchera y calamidades con gentes del todo incompatibles con esa sensibilidad poética que le mantenía distante de la mayoría de las personas que son capaces de compartir una cerveza en una taberna. Suerte la de Rilke tener amigos con cierta capacidad de influencia, que le buscaron una salida digna a la situación y le evitaron entrar en campaña. La guerra y la bestialidad están reñidas con la sensibilidad poética, y Zweig no duda en presentarnos a Rilke como el auténtico héroe de este episodio. Este tipo alérgico a cualquier uniforme militar, alérgico al polvo y a la soldadesca, alérgico incluso a un coloquio demasiado animado, éste es el modelo a seguir y no el heroico soldado que va a defender a su patria de no se sabe qué o quién. Si el mundo estuviese poblado de más tipos como Rilke, seguramente sería mucho más agradable habitarlo.

 

De nuevo la barbarie

La transición del mundo de ayer al mundo de hoy (sí, ese mundo que vio la luz después de 1918 aún condiciona nuestro presente, a través de categorías de las que no nos hemos podido desprender, a pesar de todos los intentos, siempre infructuosos, de establecer una paz y una justicia mundiales), fue dolorosa pero proporcionó un breve respiro a Zweig entre 1920 y 1933, y le permitió centrar sus esfuerzos intelectuales en progresar hacia su madurez como escritor. Zweig confiesa que sólo a partir de 1920 se sintió autor de obras auténticas, que fue entonces cuando halló un sentido trascendental que le impelía en su tarea de escritor. Ese sentido trascendental consistía en su gran empeño por conseguir la unidad europea en una atmósfera de paz y de cultura cosmopolita.

He aquí la clave: el cosmopolitismo europeísta. Y el plan era comenzar por la cultura. Ser europeo era un propósito cultural, un intento de superar las diferencias nacionales en las artes y en la literatura. La narración de Zweig de los contactos que mantuvo durante la I Guerra Mundial con escritores enemigos constituye un episodio más de la heroicidad intelectual contrapuesta a la heroicidad de las trincheras. Pero la heroicidad no pasó de ahí, de esos encuentros furtivos mantenidos en Suiza bajo la atenta mirada de espías de todas las potencias enfrentadas en aquella absurda contienda montada por unos nacionalistas radicales. Resultado final: millones de muertos y lo que es peor, la siembra de las semillas del odio que dos décadas después dejaron una nueva y más prolija cosecha de sangre.

¿Hasta qué punto era Zweig consciente de la futilidad de las fuerzas intelectuales cuando se pone en marcha la maquinaria de la guerra? Quizás entre 1918 y 1933 no lo fue totalmente. Las páginas que recorren esos años están llenas de optimismo. Un optimismo que se derrumba cuando llega al poder ese pintorcillo austriaco, resentido y perturbado, en enero de 1933. Acaso pensaba Zweig que el fascismo es una enfermedad que se cura leyendo, según la tópica idea de que la cultura contribuye a la emancipación humana. La idea de que la lectura humaniza es justa en conjunto, pero incluye unas cuantas deprimentes excepciones, y esas pocas excepciones encontraron eco y difusión en la sociedad alemana gracias a un fenómeno exclusivo del siglo XX: la cultura de masas. Ni Zweig ni muchos de sus contemporáneos advirtieron que la naciente cultura de masas iba a ser aliada del poder nacionalista y totalitario, en lugar de sumarse a sus anhelos cosmopolitas.

Las masas populares, en plena crisis económica, se perfilaban como potenciales enemigos del poder económico. Partidos socialistas y comunistas y sindicatos aspiraban a liderar las protestas sociales y las reclamaciones populares ante las instituciones políticas controladas por la burguesía. Pero el partido nazi alemán, y en cierta medida también el fascismo italiano, robaron el protagonismo a los movimientos de izquierdas. Una vez asumido el poder, los nazis explotaron refinadamente todos los mecanismos de manipulación de la opinión pública, tanto en sentido negativo (censura) como en sentido positivo (generación de información). Atrapada en esta red, la cultura de masas deviene instrumento del dominio político. El asunto es de otro calado, empero, si lo enlazamos con Zweig y su optimismo respecto de los potenciales de la cultura. En una carta a su primera mujer, Friderike, fechada poco después de la toma del poder por los nazis, Zweig advierte que “el hecho de que Goebbels revise toda la prensa alemana, implica que no aparecerá ni una línea mía o que de mí hable”[3]. Se trataba de una operación de censura contra un autor que ya alcanzaba entonces la categoría de popular, traducido a numerosas lenguas, seguido masivamente en toda Europa y sobre todo en los países de lengua alemana.

Zweig era, sin duda, un fenómeno de masas. Antes del nazismo, Zweig vendía con gran éxito sus obras en Alemania y en toda Europa. Con el III Reich, ser judío y liberal conducía directamente a la condena oficial, sin opciones para sortear la censura, salvo en un sola ocasión, cuando se representó en Berlín una ópera de Richard Strauss con libreto de Zweig. Por cierto, Zweig nos presenta a este compositor sospechoso de confraternizar con los nazis y el antisemitismo bajo una perspectiva que rompe con esa idea: simplemente intentaba sobrevivir en ese nuevo entorno hostil.

 

Lectores peligrosos

El gran apego de Zweig hacia la cultura ilustrada explica por qué le resultó insufrible conocer el destino que tuvieron sus libros en manos de los nazis: ser prohibidos y ser quemados en la calle, como muchos de otros autores alemanes y extranjeros, proscritos porque no encajaban en la nueva cultura dominante. En mayo de 1933 se quemaron públicamente, ante la Universidad de Berlín, numerosos ejemplares de diversos autores judíos o simplemente incompatibles con el credo nazi: Thomas Mann, Freud, Robert Musil, Zweig. Raymond Aron, que entonces estudiaba en Berlín, asistió al espectáculo, y comentó a propósito: “las llamas simbolizan la barbarie del poder”. Freud, mucho más irónico, dijo: “¡Qué progreso! En la Edad Media se me hubiera arrojado al fuego a mí mismo; ahora se queman mis libros”[4]. Zweig estaba en Austria cuando sus libros ardieron en Berlín. Una carta de su mujer da cuenta de cómo recibió la noticia: “El primer día no se efectuará ninguna protesta y en mi opinión deberían protestar los que se han librado de la quema de los libros. Por ti ha protestado ya la opinión pública [...] Además todo esto se está llevando a cabo demasiado tarde. El Penclub hubiese tenido que convocar antes su congreso si quería conseguir algo. Todos los directivos se hubiesen tenido que juntar y hacer un viaje a Berlín.”[5]

La estrategia de la quema de libros se ampara, sin duda, en la premisa de que hay libros peligrosos que deben ser prohibidos o, de algún modo, debe limitarse su accesibilidad. Por otro lado, tal premisa supone otra: que hay libros beneficiosos de obligada lectura. El caso del Emilio de Rousseau ilustra muy bien esta duplicidad: fue publicado en París en mayo de 1762, y pocos días después fue denunciado en la Sorbona y condenado por el Parlamento; un mes después, las autoridades de Ginebra ordenaron la quema pública del texto y el encarcelamiento del autor si se atreviese a entrar en la ciudad. A pesar de las prohibiciones oficiales, la quema de este libro resultó ser estimulante para los lectores ilustrados, y la edición de copias ilegales prosperó en toda Europa, incluida la clerical y beata España. Además, propició la aparición de numerosas alternativas pedagógicas, es decir, anti-Emilios amparados en la cultura oficial, cristiana y aristocrática, y mucho menos peligrosos para la cultura dominante. Pero si nos apartamos de esta perspectiva, en realidad no hay libros peligrosos: ni el fascismo se evita leyendo a Stuart Mill, ni leyendo el Mein Kampf se convierte uno en nazi. En realidad, más que libros hay lectores peligrosos.

Paradójicamente, el nazismo fermentó en una clase social, la media-alta, que había ido a la universidad y leía a los clásicos; esos lectores habían elevado al máximo los ideales de la cultura ilustrada, pero eran lectores peligrosos, resentidos por las circunstancias históricas que les había tocado vivir[6]. La lectura de Homero, Julio César y otros venerables autores les había ayudado a consolidar sus rencores hacia la democracia y su cultura de humanismo y tolerancia.

Sin embargo, ¿es la Ilíada un libro peligroso? Ciertamente, contiene dosis de violencia que harían palidecer a Tarantino. En realidad, su peligro reside en la mente de sus potenciales lectores situados en un determinado contexto histórico y cultural. La predisposición al nazismo induce a interpretar en clave nazi cualquier texto, sobre todo si se desliza por terrenos fronterizos, esos que parecen estar más allá del bien y del mal. Y eso puede pasar con cualquier libro. Por ejemplo, de uno tan ideológicamente inocente como El origen de las especies de Darwin, se derivó una corriente de pensamiento, el darwinismo social, que concebía la competencia por la riqueza y la propiedad como un mecanismo para poner a prueba la adaptación de los humanos a la vida social, de manera que los pobres debían ser tenidos como débiles y se debían evitar políticas de protección social, en tanto que la naturaleza no protege a los débiles, sino que favorece su eliminación del entorno. Cualquier propuesta de ayuda a las clases sociales más bajas, las que se hallan en la base de la pirámide, era considerada como una medida inútil por artificial: los de abajo están en su lugar y no pueden estar más arriba, dadas las condiciones que la naturaleza impone. Estas ideas que hoy son inadmisibles en una sociedad democrática, fueron expuestas por el sociólogo americano William Sumner, profesor en Yale entre 1872 y 1909, y sus libros no se consideraron entonces peligrosos, sino coherentes con el sentir de la clase dominante. Si la calificación de un libro ha de depender sólo de la cultura dominante, cosa que más allá de la coyuntura histórica es puramente contingente, nada justifica la quema ni la prohibición de libros, ni siquiera tratándose del Mein Kampf.

 

Superioridad cultural

El episodio de la quema pública de los libros de Zweig remite a otro aspecto de relevancia: es un acto de deslegitimación realizado desde una cultura que se tiene por superior, como símbolo inequívoco de su victoria definitiva sobre la cultura derrotada (derrota que es efecto de su propia decadencia como cultura originada por una raza también decadente). Se queman todas aquellas manifestaciones culturales (libros, cuadros) que son molestas, incómodas o peligrosas para la existencia de la cultura dominante, legitimada por el hecho de ser coherente con el orden político vigente, al que da cobertura ideológica. La cultura del nuevo hombre, el hombre superior que se manifiesta a través también de una forma racial, no puede admitir los valores morales e ideológicos de la vieja cultura, declarada decadente por ser demasiado humanista. Ciertamente, Zweig era más peligroso por su humanismo que por su judaísmo, al fin y al cabo diluido en ese gran magma llamado cosmopolitismo.

La nueva cultura nazi sólo admitía valores arcaicos, esos que aparecen en la vieja cultura griega, muy convenientes para conformar una moral heroica y belicista. Le era útil la distinción entre naturalezas superiores e inferiores, distinción que fue usada en los tiempos micénicos y durante la polis arcaica para justificar que gobernaran los pocos mejores (los aristoi) sobre los numerosos comunes (el demos). Y esta similitud encaja en el hecho de que los altos jerarcas nazis y oficiales de las SS fueran personas instruidas, con formación universitaria, familiarizadas con la lectura de los clásicos griegos y latinos, autores versátiles que pueden manifestar tanto este punto de vista aristocrático como el punto de vista humanista más afín a Zweig. Sin duda, la cultura nazi se decantó por ese punto de vista aristocrático que santifica las diferencias entre hombres superiores e inferiores, culturas superiores e inferiores. Por ello no dudó en repetir un instrumento muy común en todas las manifestaciones históricas de la cultura dominante: la quema de libros.[7]

Ray Bradbury convirtió este acto sacro (porque la quema de libros siempre se hace en nombre de algo más sagrado, pero también porque el libro que se quema es a su vez algo sagrado para quienes estiman los libros) en un clásico de la literatura distópica del siglo XX. Su Fahrenheit 451, publicado por entregas en la revista Playboy, en 1953, cuenta cómo la cultura dominante de una época futura se deshace de aquellas manifestaciones culturales que le son molestas. Pero si queremos ir a un genuino episodio clásico, hemos de remitirnos a Protágoras. El destino de sus obras es un buen ejemplo de cómo una filosofía que podía haber abierto un camino de emancipación por la vía de la cultura política (por supuesto, lejos de los parámetros de la moderna Ilustración europea pero con interesantes puntos comunes), fue proscrita y neutralizada por el poder político cuando éste cayó en manos de elementos tradicionalistas, que justificaron su acción como defensa de una determinada visión del mundo que corría peligro.

El inicio de la persecución contra Protágoras tuvo lugar tras la lectura pública de sus reflexiones sobre las dificultades para conocer con certeza el mundo de los dioses. Su moderado escepticismo es exponente de una concepción de la cultura abierta al mundo, tolerante con las diferencias, lo que podría llamarse una cultura liberada de las rígidas formas arcaicas; y por ello no gustaba a los sectores aristocráticos atenienses. Aunque no hay seguridad sobre la cronología de estas lecturas, se supone que fueron realizadas cuando aún vivía Pericles, desencadenando una persecución que sólo tuvo efecto tras la muerte del estadista y cuando el ambiente social en Atenas ya no era tan tolerante con los sofistas. En 423, Aristófanes había representado Las Nubes, donde los sofistas y Sócrates ya aparecen como responsables de la crisis ateniense. Entre 421 y 420, en ocasión de una nueva estancia de Protágoras en Atenas, es acusado de impiedad, aunque la acusación no prosperará hasta el 411, poco antes o poco después del golpe oligárquico de los Cuatrocientos.

Su caso fue uno más de la larga serie de procesos de eisangelía (alta traición por cuestionar los dioses de la ciudad)[8] iniciados contra los intelectuales y artistas en la Atenas dominada por un demos desencantado y por aristócratas resentidos: Anaxágoras, el escultor Fidias, Aspasia, Diógenes, Sócrates e incluso Aristóteles sufrieron algún tipo de persecución o acoso, unos con mayor fortuna que otros[9]. No obstante, el hecho de que los Cuatrocientos anulasen el procedimiento de eisangelía[10] explica la versión de Filóstrato sobre la posibilidad de que Protágoras hubiese sido condenado directamente por la Asamblea sin mediar juicio alguno.[11]

A raíz de aquellas lecturas públicas en que se ponía en cuestión el conocimiento humano acerca de los dioses, Protágoras acabó “desterrado de Atenas. Y los atenienses quemaron sus libros en el ágora después de ordenar por medio del pregonero que los entregaran todos los que los habían comprado”[12]. Las circunstancias que rodearon la muerte de Protágoras son controvertidas, pero todo hace suponer que el barco en que viajaba, huyendo de Atenas, naufragó y el sofista pereció ahogado.

Este episodio de la quema de los libros de Protágoras puede enmarcarse en la contienda entre la visión arcaica del mundo y la visión democrática, que sacudió periódicamente a los atenienses hasta la llegada de los macedonios. No hay que olvidar por ello que la concepción del mundo en que se ampararon los sofistas también tuvo su oportunidad de ser cultura dominante y desplazar a la cultura decadente de los aristócratas en ese momento vencidos. Luego, el péndulo de la historia hizo lo propio, y los aristócratas se tomaron la revancha y ocuparon nuevamente el lugar de predominio, al menos durante dos décadas. Y en este momento de revancha se sitúan tanto el proceso contra Protágoras como el juicio contra Sócrates, a quien tomaron por sofista. En ambos casos se trata de una acción de raíz popular en defensa de unas creencias ancestrales, pues ambos, tanto Protágoras como Sócrates, tocaron las fibras sensibles de Atenas.[13]

 

Los riesgos de la tolerancia

Al margen de esto, hay que hacer constar que entre una cultura, la sofista, y otra, la aristocrática, sucesivamente dominantes, hubo una diferencia sustancial: cuando la cultura sofista imperó en Atenas no silenció a las otras culturas, sino todo lo contrario, pues el relativismo debía admitir la presencia de todas las perspectivas culturales en ese espacio común del ágora, todas ellas en un mismo nivel en tanto que representaciones del mundo. Fue precisamente la libertad de hablar y expresarse en el ágora lo que sentó las bases de la crítica contra los sofistas y su posterior desplazamiento del dominio cultural. Fue la otra cultura dominante la que los silenció y quemó sus libros.

Del mismo modo, fue la cultura democrática imperante en los decisivos años 20 y 30 del siglo XX la que permitió el desarrollo y la implantación de las bases culturales e ideológicas del nazismo, mediante la proliferación de periódicos antisemitas y ultranacionalistas, medios de propagación del resentimiento alemán contra la cultura democrática. Fue también la libertad de prensa, nacida de las revoluciones burguesas, la que permitió a mediados del siglo XIX la forja del mito de la dominación judía y la asunción pública de que era necesario poner freno a esos planes de dominación mundial, como Umberto Eco explica de forma novelada en su reciente libro El cementerio de Praga.[14]

En el caso de Zweig, su personal punto de inflexión puede situarse en marzo de 1938. La poca esperanza que quedara en el ánimo del escritor vienés acabó hundida cuando se produjo la Anexión de Austria por la Alemania nazi sin que las potencias democráticas europeas hicieran nada para evitarlo; al contrario, se lo tomaron como un mal menor, pensando que Hitler se saciaría con ese pequeño pero anhelado bocado (pues Hitler era austriaco). A partir de aquí, Zweig ha de exiliarse, pierde la nacionalidad, se alegra incluso de la muerte de su madre dado que así se evitará tener que padecer todo lo que desde ese momento padecieron los judíos austriacos, a los que se aplicó la misma ley que regía los destinos de los judíos alemanes desde 1935.

El inicio de la II Guerra Mundial atrapa a Zweig en Londres, que lo ha acogido como refugiado y apátrida. Sin embargo, desde septiembre de 1939 se convierte en un extranjero enemigo, alguien que despierta recelo y desconfianza. Y se ve obligado a viajar de ciudad en ciudad, sin sus libros y sin la vida que quedó en Salzburgo y en Viena, ahora en manos de los nazis. Y desde su refugio en Petrópolis (Brasil) escribe este libro denso y lúcido. Tras su lectura, uno se queda con la impresión de haber pasado a lo largo de la vida de Zweig como un espectador en un teatro, que asiste a una representación de personajes vivos, que respiran cerca de él.

Eso ocurre en El mundo de ayer: que ves salir a escena a los actores, prestos a representar el drama de sus vidas. Ese drama acabó, como lo hacen todos. Pero Zweig no pudo presenciar ese final, no pudo soportar el peso de haber dejado su ser en Austria y en Europa y tener que vagar de exilio en exilio, paseando el lastre de su cuerpo sin ánimo. La depresión le llevó al suicido, junto con su segunda mujer, el 22 de febrero de 1942. En su carta de despedida de su primera esposa, Friderike, ese mismo día, escribe:

 

Querida Friderike:

Cuando recibas esta carta yo me sentiré mucho mejor que antes. Ya viste cómo estaba en Ossining y cómo después de haber pasado una temporada buena y sosegada mi depresión se hizo mucho más aguda... sufría tanto que no era capaz de concentrarme. Y luego, la seguridad _única seguridad que teníamos_ de que esta guerra va a durar años, de que pasarían muchísimos años más antes de que nosotros, dada nuestra situación especial, pudiéramos volver a instalarnos en nuestro hogar; cuán deprimente todo ello nos resultaba. Petrópolis, al principio me gustaba mucho, pero no tenía los libros que necesitaba y la soledad, que me había causado un efecto sedante, había empezado a ser intolerante, opresiva. La idea de que mi obra cumbre, El Balzac, no llegaría nunca a terminarse al no poder disfrutar de dos años de vida sosegada y de todos los libros que precisaba, me resultaba muy dura, y me desesperaba también esta guerra, que todavía no ha llegado a su punto culminante. Me sentía demasiado fatigado para soportar todo eso. Tú tienes a tus hijas, y con ellas un deber que cumplir, te interesan muchas cosas y mantienes una actividad inquebrantable. Estoy seguro de que tú llegarás a ver otros tiempos mejores, y me darás la razón: que comprenderás cómo yo, con mi hígado negro, no he querido esperar más. Estas últimas líneas son para ti, en mis últimas horas. No puedes imaginar la plácida alegría que me ha invadido desde que he tomado tal decisión. Exprésales mi afecto a tus hijas, y no me compadezcas. Ten presentes al buen Joseph Roth y a Rieger, y no olvides lo mucho que yo siempre me alegré por ellos de que no tuvieran que sufrir las duras pruebas por las que nosotros hemos pasado.

Mucho afecto y cariño, y levanta el ánimo sabiendo que yo quedo tranquilo y feliz.

Stefan[15]

 

 

  

 

Josep Pradas (Castellón, 1965) es licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona (UB, 1996). Desde 1996 hasta 2005 formó parte del equipo de la revista barcelonesa de cultura _Lateral_ (último número publicado en (http://www.circulolateral.com/revista/creditos.html). En 2005 inició su colaboración con la revista electrónica de filosofía _Astrolabio_ (http://www.raco.cat/index.php/Astrolabio), asociada al Seminari de Filosofia Política de la UB (http://www.ub.edu/demoment/ ).

Edita libros digitales a través del sitio web de bubok (http://jpradas.bubok.es/), donde ha publicado un ensayo, _De la demagogia al populismo_ (http://www.bubok.es/libros/13021/De-la-demagogia-al-populismo), así como varios textos infantiles y escolares. Es autor del blog "Filosofía para la buena vida" (http://phylosophyforlife.blogspot.com/) y del blog escolar “El blog de les ciències” (http://materialsdeciencies.blogspot.com/).

Desde septiembre de 2011 colabora semanalmente en el programa de radio "Espurnes" (Ona Bitlles, 107.0 FM, http://www.onabitlles.com/Seccio/).

Desde enero de 2012 colabora en el blog de neurociencia “Escuela con cerebro” (http://escuelaconcerebro.wordpress.com/). Desde 2006 ejerce interinamente la docencia en la enseñanza secundaria pública y, eventualmente, como maestro en escuelas de primaria.

 


 

[1] Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona, El Acantilado, 2002.

[2] Para un análisis pormenorizado, véase el clásico de George Lichtheim, El marxismo. Un estudio histórico y crítico. Barcelona, Anagrama, 1971, págs. 322 y ss.

[3] Carta a Friderike Zweig, 14 de marzo de 1933, en Zweig, S., Correspondencia. Barcelona, Editorial AHR, 1957, pág. 306.

[4] En cuanto a la suerte que corrió Freud en su encuentro con los nazis, es interesante el artículo de E. Ruiz García, “Finis Austriae”, publicado en El País, 12 de marzo de 1988, conmemorando el 50 aniversario de la Anexión de Austria por los nazis. Este artículo puede encontrarse digitalizado en esta dirección web: http://phylosophyforlife.blogspot.com/2011/12/hemeroteca-articulo-sobre-freud-y-la.html (datado en 22 de diciembre de 2011).

[5] Carta de Friderike a Zweig, fechada en 23 de mayo de 1933, en Zweig, Correspondencia, op. cit., pág. 307.

[6] Sobre el alto nivel cultural de los jerarcas nazis resulta muy interesante la entrevista a Katrin Himmler, sobrina nieta de H. Himmler y politóloga, publicada en el diario barcelonés La Vanguardia, el 1 de julio de 2011. Puede consultarse en versión digital en lavanguardia.com. Cuando Mark Roseman, en su impresionante estudio sobre la reunión de Wannsee, titulado La vil·la, el llac, la reunió. Barcelona, La Magrana, 2002, caracteriza a los participantes convocados por R. Heydrich, escribe: “Todos ellos eran muy influyentes y la mayoría instruidos. Dos tercios habían cursado estudios universitarios, y más de la mitad estaban doctorados, la mayoría en derecho” (pág. 108, traducción mía), esto es, “quince hombres educados que se reunieron para hablar del genocidio” (pág. 17).

[7] Para un detallado recorrido por el fenómeno de la quema de libros, véase el reciente libro de Fernando Báez, Nueva historia universal de la destrucción de los libros. De las tablillas sumerias a la era digital. Barcelona, Destino, 2011.

[8] Para una descripción en detalle de este procedimiento judicial, establecido en tiempos de Solón, ver Aristóteles, Constitución de los atenienses 43 4 y 59 2.

[9] En el caso de Anaxágoras, Fidias y Aspasia, perseguidos aún en vida de Pericles, Plutarco señala que detrás de ello hay un fondo de competencia política contra su protector, Pericles, a quien sus adversarios desean desgastar con rumores y conflictos de orden doméstico. Plutarco sospecha, además, que para conjurar estos conflictos, Pericles avivó la guerra con Esparta, a modo de cortina de humo (Plutarco, Pericles 31-32).

[10] Aristóteles, Constitución de los atenienses 8 4.

[11] Filósotrato, Vida de los sofistas I 10, 3 (DK 80 A 2).

[12] Diógenes Laercio, Vidas IX 52.

[13] Antonio Tovar defiende una posición radicalmente contraria: Sócrates estaría absolutamente enfrentado a la sofística, “no estaba sin duda lejos de aquellos atenienses que quemaron en el ágora los escritos de Protágoras”, atenienses que obraron así porque veían peligrar la religión  heredada, según cuenta en su Vida de Sócrates. Madrid, Revista de Occidente, 1966, cap. VIII, págs. 236-237.

[14] Umberto Eco, El cementerio de Praga. Barcelona, Lumen, 2010.

[15] Carta de Stefan Zweig a Friderike Zweig, fechada el 22 de febrero de 1942, en S. Zweig, Correspondencia, op. cit., págs. 400-401.

 

Bibliografía

 

Aristóteles, Constitución de los atenienses. Madrid, Gredos, 1995.

 Báez, F., Nueva historia universal de la destrucción de los libros. De las tablillas sumerias a la era digital. Barcelona, Destino, 2011.

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