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Mónica Gómez Salazar: Pluralidad de realidades, diversidad de culturas, Universidad Nacional Autónoma de México, México 2009.

 

De una recensión se espera una calificación de la obra y, queriendo     hacerlo con la máxima concisión, diré: se trata de un libro valiente. Y de una forma de hacer filosofía sin perder de vista los aspectos fundamentales de la realidad. Estas dos cualidades definen a la obra y a la autora.

Es común que los que profundizan en algún tema metafísico o epistemológico, centrados como están en esos problemas, se olviden por completo de otros. Hablan del ser y de la nada, pero no de que un quinto de los habitantes del planeta tienen en conjunto menos dinero que la persona más rica de la Tierra. ¿No hay conexión entre ambos temas? La autora no estaría dispuesta a dejar una cosa por la otra. Para ella, todo tiene que entrar en relación. Si no, no es filosofía que merezca la pena. Por eso aborda, de un lado, el problema del llamado multiculturalismo, evitando el relativismo y, de otro, deduce consecuencias políticas de ese abordaje. Finalmente, detalla este recorrido centrándose en el caso de una ley federal que pretende compensar a las comunidades indígenas mexicanas por la explotación de sus conocimientos sobre determinadas plantas. Con ello demuestra que puede hacerse una filosofía comprometida con el conjunto de la existencia, y no con tan sólo una parte, y actuando así muestra una responsabilidad que marca un camino y supone una esperanza.

La trayectoria intelectual de Wittgenstein resulta apasionante, porque él vivió en primera persona, vio realizarse en sí mismo, en sus pensamientos, esa metamorfosis que va de un lenguaje único a una pluralidad de lenguajes. Es como si dentro de un mismo físico se hubiera producido el cambio de la mecánica clásica a la ondulatoria como quien después de largo tiempo comprende que ha de abandonar lo que creía y que esas creencias no volverán (y así fue en unos cuantos casos, como nos cuentan los anales de la física). Wittgenstein quiso que se editaran juntos el Tractatus y las Investigaciones filosóficas, para dejar constancia de una lucha tremenda que se saldaría con la idea de los juegos de lenguaje. Como se sabe, este cambio de orientación daría lugar a gran parte de la llamada filosofía analítica. La conclusión es una de las convicciones de nuestra autora: “no hay una única manera correcta de entender y vivir en el mundo”. (p. 104) Esto implica que no podamos recurrir a un criterio de justificación racional universal: lo que a unos les parece bien, a otros les parece mal, y ambos están justificados racionalmente. ¿Protágoras? Para escapar al relativismo, hay que tener en cuenta que todas las maneras de entender y de vivir en el mundo están afectadas por las mismas restricciones: las restricciones que impone la Realidad que, ésta sí, no diferencia entre visiones del mundo. (Por ejemplo, la gravedad nos afecta a todos, la concibamos como la concibamos o aunque no la concibamos en absoluto). “Dicha restricción permite que los miembros de las diferentes comunidades compartan una base conmensurable, necesaria para la comparación y comprensión de las diferencias que las constituyen”. (p. 11) “En este sentido, las restricciones que la Realidad impone garantizan una base semántica común a los lenguajes de los diversos mundos”. (p. 37) Pero lo más importante viene a continuación, cuando en el marco de una crítica a Rorty establece que “a partir de las restricciones que la Realidad determina comprobamos que no sólo disponemos de razones, a través de ellas accedemos a un compromiso ontológico que nos compele a actuar correctamente”. (p. 48) Saber que nadie tiene una justificación racional universal, pero que al mismo tiempo compartimos unos mismos condicionantes, implica que nuestra acción no puede pretender ignorar o dominar la pluralidad cultural. El respeto al pluralismo se basa pues en que no hay ningún criterio racional universal por el que una cultura sea inferior o superior a otra, que a su vez se basa en que no hay un juego de lenguaje privilegiado, que a su vez se basa en que la Realidad se puede tomar de muchas maneras (to ón légetai pollajós, el ser se dice de muchas maneras, Aristóteles). De muchas, pero no de todas, porque la Realidad impone límites.

En coherencia con esta posición, la autora denuncia la idea de unos derechos humanos universales como algo arbitrario: “la idea de hacer coincidir las necesidades, las capacidades y los valores de los miembros de diferentes comunidades en unos ‘derechos humanos universales’ nos parece arbitraria”. (p. 50)  Más que arbitrario resulta que “en estos derechos sólo se reconocen individuos supeditados a algún Estado, no sujetos en ejercicio de su autodeterminación” (p. 51), que es lo que debería ser. Sólo como miembros de un Estado, como ciudadanos, tienen teóricamente garantizados esos derechos. Pero es conocido que los Estados restringen el derecho de ciudadanía según “un dualismo de pertenencia-no pertenencia a una comunidad” (p. 54) que resulta arbitrario. “Hay, pues, una deformación en los principios liberales actuales, que fuerzan la pertenencia a un Estado a través del nacimiento o del parentesco”. (p. 62) Lo que no se respeta es que el individuo pertenezca a la comunidad que quiera, y tampoco que en las decisiones políticas que afectan a una comunidad participen al menos ellas mismas. Si esto último no se cumple, la autonomía del sujeto es pura quimera: “Para que un sujeto sea autónomo, la comunidad cultural de la que es miembro debe poder participar en la formulación y revisión crítica de las decisiones políticas que guíen las acciones colectivas de su comunidad”. (p. 80) ¿Por qué? Porque el sujeto es miembro de la comunidad gracias a la comunidad misma, y si ésta no tiene derechos, tampoco los tendrá él o ella. Frente a muchos teóricos de los derechos humanos, para la autora los derechos del individuo no excluyen, sino que implican los derechos de la comunidad de la que forma parte. “Si admitimos que la constitución de un Estado-nación implica la aceptación y el respeto de los derechos humanos y reconocemos que los sujetos, ciudadanos de un Estado, se constituyen en relación con la comunidad cultural de la que forman parte, los derechos de los ciudadanos necesariamente deben estar relacionados con los derechos de la comunidad cultural de la que son miembros”. (p. 81-2) No tener esto en cuenta es lo que causa esa impresión de arbitrariedad y limitación  en la declaración universal de los derechos humanos.

En la última parte del libro se analiza el caso mexicano como ejemplar. Se trata de un Estado-nación creado históricamente por encima y más allá de las numerosas comunidades culturales que lo integran, con el resultado de que la unidad de la nación excluye todo reconocimiento de derechos a esas comunidades. Como mucho, el Estado hace concesiones a las comunidades. Pero ¿y si, como en el caso analizado por la autora, la compensación en dinero por su conocimiento terapeútico de alguna plantas no entra en los esquemas de esa comunidad? ¿Y si no aceptaran semejante compensación? ¿Y si no fuera cuestión de dinero? ¿Y si exigieran, por ejemplo, participar en la toma de decisiones políticas que afectan a su comunidad, como es el caso?

El individuo debe tomar conciencia de que sus propias prácticas reproducen las instituciones sociales injustas. Toda solución basada en nuevas leyes, nuevos gobernantes o nuevos derechos reconocidos no pueden bastar para acabar con la dominación de unas culturas sobre otras, ya que se mantienen por la práctica diaria de sus miembros. “El camino hacia una sociedad mexicana más justa depende de que los ciudadanos no nos prestemos a ser agentes de injusticia”. (p. 109) Sólo si el individuo decide asumir su propia responsabilidad se abre un rayo de esperanza, y no sólo para México.

Sin duda, mucho es lo que nos sugiere la autora, y la brevedad de su exposición nos deja a la espera de nuevas contribuciones. En primer lugar, señalaría que ella muestra un modo de hacer filosofía que debería ser mucho más practicado, y que debería explicitarse y discutirse. En segundo lugar, la idea de unas mismas restricciones impuestas por la Realidad a toda cultura, y la idea de una base semántica común que permite rechazar la tesis relativista de la inconmensurabilidad, pueden ponerse en relación fructífera con la teoría de la traducción, la teoría de la acción comunicativa de Habermas, etc. En tercer lugar, la capacidad de extraer compromisos éticos de las posiciones delineadas no es usual en filosofía, y deberíamos comentarlo y discutirlo. En cuarto lugar, el problema de los derechos políticos de las diferentes culturas y comunidades aparece enfocado no sólo como un tema de filosofia política, sino solidario con el conjunto del planteamiento, lo que invita a renovada discusión. En quinto lugar, la apelación a la responsabilidad individual de todos como único freno efectivo de la dominación es ya de por sí un tema candente. Gracias a la autora por abrirnos estas vías, que esperamos que ella misma y muchos otros prosigan.

 

Luis Fernández-Castañeda, mayo de 2009

 

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