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UN ESTUDIO FILOSÓFICO SOBRE EL NACIMIENTO

       AUTO-RESEÑA

 

          Fernando Ojea

 

 

    Hace cuatro años apareció el primer volumen (de una serie de tres) de una investigación filosófica sobre el nacimiento: Sentido del nacimiento y origen del sentido, Arena Libros S.L., Madrid, 2008). Le siguió el segundo (El nacimiento y la pregunta fundamental de la filosofía, Arena Libros S.L., Madrid, 2010), concluyendo la trilogía con la reciente publicación, a cargo de la misma Editorial, de Nacimiento y filiación (Arena Libros S.L.Madrid,  2012. Cada uno de estos estudios es susceptible de una lectura independiente; la obra, sin embargo, tiene un hilo conductor: dar cuenta del problema filosófico del nacer, abordado en cada caso desde una perspectiva distinta.

    La justificación de haber emprendido este trabajo viene ya reflejada en las palabras con que comienza la Introducción al primer libro: “Bien podemos considerar tres momentos fundamentales en la existencia: el venir a ser, el decurso del ser de esta manera advenido y el dejar de ser. Con otras palabras: el nacimiento, el desarrollo de la existencia nacida y la muerte. Sin embargo, por un curioso destino del que habría en cualquier caso que dar razón, la reflexión filosófica de que somos deudores se ha ocupado de los dos últimos marginando de manera casi sistemática al primero. La concepción que inaugura con Descartes la filosofía moderna se basa en la conciencia de sí como garantía de solidez de los cimientos de toda construcción metafísica. En Kant tiene carta de nacimiento la posteriormente denominada antropología filosófica donde la pregunta por la naturaleza humana, libre ya de los supuestos que ahogaban su autonomía, comienza su andadura; pero el sujeto continúa concibiéndose como continuación del cogito, ahora como razón pura que fija libremente sus fines. La singular situación de este mismo sujeto en el escenario ontológico alcanza su desarrollo culminante con Hegel, donde la certeza del mundo aparece incorporada a la conciencia de sí, es decir, donde toda alteridad se recoge en la inmanencia del saber absoluto. Poco después comienza la crítica a la modernidad y, con ella, la crítica a la conciencia como eje de reflexión sobre el sujeto. De Nietzsche a Heidegger –pasando por disciplinas no expresamente filosóficas- se trata de desalojar a la conciencia de su lugar fundamentador, mostrando cómo otros fenómenos más originarios del sentido (el devenir de la vida como voluntad, la facticidad de la existencia, etc.) constituyen el dominio donde se resuelve toda posible inteligibilidad del sujeto cartesiano. Pero así como la conciencia cartesiana ignora la trascendencia filosófica del originario momento  del venir a ser, las diversas descalificaciones de ese sujeto lo abordan desde la misma ignorancia, es decir, desde la crítica a la conciencia meramente ulterior que soslaya el hecho inaugural en que sin embargo se funda. Todo ocurre en efecto, una vez más, como si nos encontráramos con un sujeto cuya evolución tardía, donde se registra la conciencia, usurpase arbitrariamente su lugar al momento fundacional que le da origen y que no es otro que el acontecimiento del nacer”.

A continuación pasamos a señalar brevemente el contenido de cada uno de los tres textos.

 

    El primer libro lleva como subtítulo: Una reconstrucción filosófica del pensamiento de Freud. El tomar como punto de partida del análisis la obra de Freud se debe a que, a falta de anteriores trabajos del todo sistemáticos sobre el carácter ontológico del nacimiento –a excepción, entre otros pocos autores, de Hannah Arendt que ha dejado no obstante sin desarrollo expreso magníficas indicaciones de las que desde ya somos deudores- ha sido un autor no proveniente de disciplina filosófica alguna quien se ha ocupado –desde el terreno singular de su trabajo científico- tanto del nacer como de su inmediato desarrollo en nuestra existencia,  ofreciéndonos las más sugerentes indicaciones para comenzar nuestro análisis fenomenológico. Muy pronto, sin embargo, nos encontramos con las limitaciones del despliegue conceptual del mismo Freud quien, atenido a una base puramente empírica (el hecho biológico y psicológico) se mantiene por debajo del alcance de los conceptos esenciales que nuestro análisis se propone justamente perseguir y articular. Pero nos da,  sin embargo,  las indicaciones fenoménicas suficientes para conducirnos hacia nuestro objetivo.

    En la Primera Parte tomamos en especial consideración la angustia del nacimiento que, según Freud, se produce por un desbordante exceso de excitaciones provocadas en el organismo a raíz de su brusca exposición a la intemperie. Mas el propio concepto de excitación (carga de energía,  anómalamente acumulada en la angustia) supone un “exterior” para su ansiada des-carga y,  en consecuencia,  un “interior” desde el cual trascenderse el organismo que somos hacia su eventual satisfacción. Estos dos conceptos (interioridad y exterioridad) nos remiten inmediatamente tanto a una fractura interna en el nacido que lo separa inevitablemente de sí mismo –como de su propia satisfacción incesantemente aplazada por su exigida renovación- como a un brusco alzamiento en un horizonte imprevisible donde buscará colmar, ahora, sus inéditas necesidades. De esa manera, tanto la división del organismo  –interioridad: expectativa de sí mismo más acá de sí mismo- como el despliegue imprevisible de un horizonte exterior son indispensables para dar cuenta de la aparición del nacer. Aquí no sólo resulta determinada topológicamente su estructura, mediante la determinación de una primaria interioridad/ exterioridad, sino, además, su peculiar dinámica, es decir, su inevitable orientación hacia el fin que le aguarda en la trascendencia.

    Por la exposición en el horizonte indeterminado, en efecto,  el neonato no sólo aparece aborbido en el fin sin más –hacia el que se halla precisamente orientado- sino, además, separado de sí mismo como del propio fin que  aparece, ahora, capturado en la indeterminación angustiante del horizonte. En la exposición a la intemperie de lo ajeno y en la simultánea división –herida- interior que da lugar a lo propio hallamos, pues, la primera caracterización ontológica del fenómeno del nacer.  

    Este ser-origen que caracteriza al nacer lo instituye como comienzo: no como prolongación de un estado  anterior –prolongación, por ejemplo, de la situación embrional en el seno materno- sino como rigurosamente inédito en su carácter de inicio, como ruptura con todo imaginable antecedente,  como absoluta explosión inaugurante del sentido. Pero el ser inédito comienzo lo constituye a la vez en comienzo de lo inédito. Imprevisible comienzo de lo imprevisible. Toda cadena natural de causación se interrumpe aquí súbitamente estallando con el nacer.

    Tras determinar la estructura originaria del nacimiento la Segunda Parte de este primer trabajo se propone establecer las inmediatas fases sucesivas del mismo: la primera (fractura orginaria) implica dos momentos: desde la primaria absorción o alzamiento en el horizonte, el neonato, al no poder sostenerse indefinidamente en su inhópita imprevisibilidad,  ensaya un retorno a sí mismo (primer momento); mas, tras resultarle imposible hacer pie en el “a dónde” de ese supuesto retorno (ya que precisamente él mismo “no es nada”)  se ve nuevamente remitido al horizonte donde encuentra, ahora,  atrapado su propio fin (segundo momento). En adelante, tanto el fin sin más como su propio fin implicado en él le resultarán definitivamente inalcanzables.

La segunda fase de su desarrollo la constituye lo que llamamos el des-tiempo: el vehemente intento de conquistar instantánea  y absolutamente el fin que huye indefinidamente en el horizonte; mas como este intento de apropiación coincidiría con la propia muerte (con la cesación de todo fin, por su propia naturaleza inalcanzable, y en consecuencia de la orientación hacia el mismo que lo constituye como nacido) arribará finalmente a la tercera fase: esta última consiste en sacrificar la conquista instantánea del fin, aplazar diciplinadamente su satisfacción (conquista del fin) obteniendo a cambio la estratégica distancia que le permitiese cultivar el objeto y emprender una ilusoria conquista progresiva del fin en él; a esta última fase la llamamos el contra-tiempo.

    La temporalidad de las tres fases indicadas pasa a ser la siguiente: la del tiempo originario se hallará centrada en el porvenir como el fin mismo que huye inatrapable en la indeterminabilidad del horizonte donde el neonato aparece inmediatamente absorbido; la del des-tiempo, lo hará en cambio en un presente que aspira a eternizarse con la ilusoria conquista instantánea de todo fin; en cuanto al contra-tiempo, éste sólo se nutre del pasado: ha logrado sepultar las representaciones del mismo a que se había asociado el impulso del des-tiempo  -las representaciones asociadas a la constitución de los más primarios impulsos- sin eliminarlas; de esta manera, permanece esclavo del pasado, sometido a las claves en las que se habría formado originalmente todo deseo.

    Al cabo de estas dos primeras dos Partes el análisis dedica un Capítulo no sólo a establecer brevemente las características esenciales del método fenomenológico empleado sino, también, la manera en que éste, junto a la hermenéutica con la que íntimamente se asocia, ha tenido su ejecución efectiva en las descripciones e interpretaciones llevadas a cabo sobre el fenómeno del nacimiento.

La Tercera Parte de este primer libro intenta una primaria articulación –por lo tanto en absoluto exhaustiva- de una ontología de la sexualidad, sirviéndose de los conceptos anteriormente establecidos. Se muestra allí de qué manera la sexualidad, cuyas condiciones comienzan a la vez que el propio nacer, se hace –tras un intento de reconstrucción de la concepción freudiana de la misma- filosóficamente inteligible. Ante todo, a pesar de insistir en la existencia de una sexualidad infantil,  Freud localiza el término natural del desarrollo sexual en la fase genital (tras describir las dos fases anteriores -oral y anal- ); intentamos mostrar, sin embargo, que  si el sentido de la incipiente sexualidad del neonato lo detenta la genitalidad, no cabe manera alguna de ver cómo ella resignificaría todo su pasado y nos vemos forzados a aceptar que la sexualidad se halla, desde el punto de vista ontológico, plenamente presente desde el nacimiento mismo. Tomando así como base la estructura previamente establecida del nacer, encontramos la solicitud específica de la atracción sexual en la fascinación (o encantamiento) producido no ya por determinado objeto, sino por el fin mismo (que confiere sentido a toda eventual objetividad), fin que sólo se presenta en su carácter inalcanzable: el origen de la sexualidad viene a resultar así, antes que basada en determinado objeto y detentado por las características (igualmente objetivas) del mismo, el reclamo surgido desde una pura ausencia. Nos limitamos a señalar los Capítulos que constituyen esta última Parte del libro: Cap.I: Necesidad natural y exigencia sexual. Cap.II: El primer hechizo del nacimiento. Cap.III: El abismo inconmensurable entre objeto y fin. Cap.IV: La esencia del placer sexual. Cap.V: La sexualidad y el desarrollo de la existencia nacida.

 

    Vayamos al segundo libro: El nacimiento y la pregunta fundamental de la filosofía. Este se propone mostrar la vinculación que la pregunta esencial de la filosofía tiene con el nacimiento como origen decisivo del sentido. Tomamos el registro histórico de esa pregunta de la reformulación heideggeriana de la ya anticipada por Leibniz: ¿por qué es el ente y no más bien la nada? De inmediato destacamos los supuestos incluidos en su formulación expresa. El “y no…” de la disyunción excluyente entre ente y nada atestigua una inmediata exclusión recíproca de ambos; en tanto que el “y no más bien…” (o bien el ente, o bien la nada) una suerte de intercambiabilidad entre ellos, una supuesta comunidad de sentido que descalificaría, a la inversa que lo anterior, la alteridad absoluta que habría de constituir la nada para el ente. Indicamos enseguida que la concepción subyacente en la formulación heideggeriana de la pregunta no hace sino presentar “la nada” como un mero derivado del ente, como el resultado de haberse eventualmente procedido a la destitución absoluta del mismo. Sin embargo, la nada ha de aparecer de manera originaria como la absoluta alteridad al ente, alteridad sólo desde la cual éste útimo habría de constituirse originalmente como tal.

    De lo que se tratará, pues, es de dar con una manifestación efectiva de la nada no subordinada al ente, sino arraigando en su propio seno como su más decisiva posibilidad esencial. Procedemos enseguida a mostrar cómo es en el nacimiento mismo –en la imprevisibilidad (nada) que le es aneja como imprevisible acontecimiento de lo imprevisible- donde puede anidar esa nada haciendo, así, posible la originaria aparición del sentido. De inmediato nos disponemos a reformular, a partir de la estructura del nacer, la pregunta fundamental de la filosofía: ¿cómo viene originalmente el ente a sí mismo desde la nada? A la que respondemos que lo hace como lo que le atraviesa y trasciende; viendo simultáneamente cómo es la estructura mismo del nacimiento –abismo (nada) de la propia división que le atraviesa y exposición a una intemperie abismal (nada) que le trasciende- lo que hace posible ese originario “venir el ente a sí” que responde a la pregunta fundamental. Llamamos nacimiento del acto al venir imprevisiblemente lo nacido a él mismo desde la nada que pasa a atravesarle con su abismalidad, y acto de nacimiento al hallarse abierto el nacido a la imprevisibilidad del horizonte que lo desborda o trasciende.

      La Segunda Parte del libro se centra en el análisis de la inevitable convivencia del nacido en el seno de la pluralidad -y de la estructura y orientación que dicha convivencia adquiere como existencia política. El objetivo es estudiar la configuración esencial de nuestra actual existencia política para destacar,  en ella,  la respuesta histórica que implícitamente da a la pregunta fundamental de la filosofía. Las intercambiables alternativas políticas de nuestro tiempo aparecen así como amalgama y dogmatismo. La primera se caracteriza por la planificación más exhaustiva del porvenir –porvenir en que se constituye nuestro acto de nacimiento- teniendo como objetivo eliminar, en éste, toda huella de la imprevisibilidad propia de nuestra existencia nacida; enseguida, sin embargo, se vuelve sobre el pasado –nacimiento del acto- para, procurando eliminar el abismo de su hundimiento producido incesantemente por el nacer –por la imprevisibilidad desde la cual se constituye el nacer como inédito comienzo- re-escribir todo asomo de imprevisibilidad a nuestras espaldas neutralizando,  así, la posibilidad de haber efectivamente comenzado (nacido). La segunda opción política en que nos detenemos –dogmatismo- comienza, en cambio, por llenar el abismo que supone nuestra inédita aparición de nacidos –de ser acto de nacimiento- consagrando una dogmática fuente arcana que habría prescrito el destino de toda existencia bajo su oscuro designio. Naturalmente, su activa preocupación inmediata será cuidar de que el porvenir no se aparte de ese destino cuyo camino se hallaría rigurosamente prefijado. 

    Enseguida, el análisis de las relaciones que ambas políticas guardan con la justicia y la muerte aclaran de una manera más precisa de qué manera ellas se encuentran empeñadas en desfigurar la verdadera esencia del nacer –dando de esa manera respuesta, desde la praxis de nuestra actual realidad histórica, a la pregunta fundamental de la filosofía.

    La Tercera parte de este segundo volumen se encarga, en fin, de mostrar de qué manera la pregunta fundamental de que habíamos decidido tratar se vincula con el quehacer que constituye la filosofía. He aquí los epígrafes que constituyen ésta. El Cap.I de esta Tercera parte: El origen de la filosofía. La filosofía aparece como una decisión histórica radicalmente innovadora, que desciende a la soledad de los fenémenos despojados de toda legitimación mítico/religiosa para intenrar dar respuesta a los problemas que sólo ellos, por sí mismos, nos plantean. El fin de la metafísica y el supuesto fin de la filosofía. Aquí se critica toda consideración que identificase sin más metafísica y filosofía: la primera constituye una determinada alternativa de desarrollo que, tras más de dos milenios, alcanza hoy su consumación y decadencia, mientras que la filosofía puede salir incluso más vigorosamente renovada desde la crisis misma de toda metafísica. La supervivencia de la filosofía. Nada garantiza, sin embargo, que la filosofía haya de subsistir más allá de la metafísica. Pero ello sólo ocurriría si el hombre, rigurosamente desatendiera la proto-respuesta inevitable que está en su origen, y que es la manifestación del sentido desde la alteridad aboluta (nada) que lo atraviesa y trasciende, y se burlase de esta manera el cumplimiento de la exigencia que de ello brota –y que es inaugurada por todo auténtico preguntar. Nos limitamos a continuación a indicar los epígrafes que finalizan el trabajo: Cap.II: La estructura del nacimiento y la esencia de la filosofía. Cap.III: La repetición. CapIV: Antes y después de la filosofía. Cap.V: La eficacia de la filosofía.

 

  El tercer libro (último aparecido con que se cierra la trilogía), Nacimiento y filiación,  pretende  trascender toda perspectiva aislada del nacer para abordar el análisis de su inevitable antecedente y consecuente: el haber nacido de padres y el estar destinado a la vez a ser padre o madre. Su asunto es la filiación que reúne a progenitores y descendientes. Ello exige tratar no sólo acerca de la estructura esencial de esa filiación sino, además, de las alternativas correspondencias en su seno entre padre e hijo –y viceversa.

La Primera Parte comienza considerando las nociones de don y devolución: el hijo sólo inicia su efectivo desarrollo como nacido a partir del precipitado de la existencia de los progenitores, precipitado que se le aparece inmediatamente como su mundo; ello se muestra como don, al que corresponde a su vez una devolución: el desarrollo de su existencia destinado a fecundar lo recibido –devolución- para desembocar finalmente en la muerte concebida como apertura al Otro-nacido-porvenir.  En éste último sentido, la muerte no aparece, a diferencia de su milenaria concepción metafísica, ni como inevitable salto hacia una existencia superior, ni –acercándonos a un tiempo más reciente y como consecuencia del desmoronamiento de toda metafísica- como algo que caería por completo fuera del sentido: la muerte es en cambio un momento incorporado al propio nacer y a su inevitable destino de trascendencia.

    De inmediato se considera el despliegue de lo que denominamos el don: por parte de la progenitura, sus dos momentos  son el sacrificio y la herencia. El primero consistiría en un repliegue de la iniciativa paterna (de su protagonismo unilateral sobre el sentido) que libera la indispensable apertura (libertad)  para la promoción y afirmación de la iniciativa del hijo; la segunda, como la exposición del desarrollado sentido paterno a la intemperie de su cuestionamiento para que el hijo, recogiendo los estímulos más adecuados lleve las posibilidades recibidas hacia un inédito cumplimiento. El padre, a su vez, recibirá del hijo la benéfica totalización y relativizacion de su existencia remitida,  de esa manera,  a su irreductible finitud de nacido, así como será desafiado a raíz del cuestionamiento de aquél a re-inaugurar su propio porvenir.

    Si lo dicho pertenece a lo que llamamos la correspondencia verdadera en el seno de la relación filial, se analiza a continuación el virtual desarrollo de su alternativa desfiguradora.

    Nos ocupamos después del siguiente problema –al que intentamos dar  solución- : cómo es posible, habiendo ya establecido al nacer como fuente soberana de todo sentido, que éste haya de contar para su aparición y desarrollo con el inevitable antecedente paterno/materno.

    La Parte a que nos referimos concluye con una primera aproximación a la presencia específica de lo materno en el hijo –a diferencia de lo paterno. De esta manera, si el padre aparece como representante de la ley manifiesta y como posibilidad, en consecuencia, de la incorporación y  despliegue del hijo en el seno del mundo (simbólico), la madre lo hace, en cambio, como el secreto aliento en que ha de soportarse la propia afirmación del hijo y que habrá de dar el correspondiente vigor a todo curso por-venir de su deseo.

  La Segunda Parte, retoma una vez más las nociones de amalgama y dogmatismo tal y como se estructura y orienta nuestra actual convivencia,  intentando mostrar de qué manera se opera en esas alternativas políticas la desfiguración de toda auténtica relación filial.  De esta manera, se nos muestra que la equivalencia amalgámica (producto de la previsión más exhaustiva del porvenir)  convierte a la vez en equivalente la diferencia masculino/femenino extendiéndose,  de esa manera,  a la de lo paterno y lo materno; así como el dogmatismo, buscando oponerse de manera extrema a la amalgama afirma en cambio la excluyente diferencia absoluta donde se hace prevalecer unilateralmente lo masculino en perjuicio de lo femenino (o bien lo segundo en perjuicio de lo primero): lo cual se extiende a la vez a una singular desfiguración de la relación filial en las sociedades donde esta estructura y orientación políticas de la convivencia prevalece.

  Acudimos después a algunos textos de Franz Kafka, autor cuya relación conflictiva con el padre es notoria, para mejor aclarar lo ya analizado sobre la relación filial y mostrar, al cabo, de qué manera se hallan en nuestro autor indicaciones cuya interpretación nos ayudarían a transitar hacia una salida fecunda de los problemas planteados en nuestra existencia filial. (Una indicación adicional: aquí aparece un fenómeno curioso que nos ha sido dado analizar: el peso con que la estructura de toda relación filial, una vez iniciada su recíproca correspondencia -padres/hijo- gravita sobre todo intento de resolver su conflictividad hasta el punto de presentarse a menudo como insuperable; y, por otro lado, la inevitable implicación de los términos de la relación en el seno de esa estructura, lo que siempre permite, a pesar de su alternativa configuración ya devenida, la apertura de un inédito camino hacia la transparencia).

Finalmente, ensayamos un retorno a la reflexión sobre el carácter específico de lo materno, destacando su universalidad.

    La Tercera Parte, intenta trasladar lo ganado por el análisis de la filiación al contexto de la producción filosófica; toda filosofía tiene en efecto su paternidad y está a la vez destinada a la descendencia. El primer Capítulo, que se propone tratar acerca de la relación padre-hijo en toda concreta producción filosófica,  aborda las siguientes cuestiones, cuyos epígrafes nos limitamos a señalar: El nacimiento del acto y el acto del nacimiento –las dos caras del nacer- en la “sucesión” de las filosofías. El sentido de lo clásico. El momento fenomenológico de la ruptura y el momento hermenéutico de la transformación. Progenitura inmediata y progenitura remota. Husserl y Heidegger. El segundo Capítulo, que considera ahora lo materno en la producción filosófica, comprende a su vez: La subterránea presencia de lo materno. La ley no expresa en Heidegger. La especificidad de la ley materna.

 

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