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EL MONO QUE LLEVAMOS DENTRO

El comportamiento de los antropoides ilumina el comportamiento humano.

 Frans de Waal, El mono que llevamos dentro, Tusquets, Barcelona 2007; original inglesa de 2005; traducción de Ambrosio García Leal. Citas e imágenes procedentes de esta edición.

 L.F.C.

 

 PRELIMINARES

 

La versión estándar del origen del hombre 

Hace unos pocos millones de años, un mono, debido quizá a cambios climáticos, se hizo bípedo. Pasaron los años a miles y millones, y en ese transcurso aquel mono dejó de existir para dar nacimiento a varias especies bípedas, algunas de ellas con mayor capacidad craneal, algunas de ellas capaces de fabricar herramientas. Este fue el resultado de millones de años. Luego, todo se fue acelerando, hasta llegar a la única especie que queda hoy de ese movimiento bípedo, el Homo sapiens. La capacidad técnica, la inteligencia, la cultura, el lenguaje, las instituciones sociales... todo esto ha surgido paulatinamente a lo largo de miles y hasta millones de años. No podía ser de otra manera. Sin embargo, no deja de sorprendernos y  llenarnos de admiración que la naturaleza albergara en su seno una criatura en la que ella misma se hace explícita. 

La tesis de Darwin sobre el origen del hombre marca la posición de la biología moderna al respecto, y se puede resumir en una palabra: continuismo. El hombre ha surgido del seno de la naturaleza como cualquier otra especie, y sus cualidades son resultado del desarrollo de cualidades presentes en el mundo animal. Nada hay en el hombre que no esté en los animales, si bien en un grado menor.  

¿Es esto cierto? Es decir, ¿hay una diferencia meramente cuantitativa entre ellos y nosotros? ¿Puede entenderse el proceso de hominización como un desarrollo acentuado de las disposiciones presentes en los monos? ¿O más bien hay un salto cualitativo y, en último término, el origen del hombre no puede explicarse por el puro progreso de las capacidades de los simios? Esta cuestión está sin respuesta, y es conveniente en un tratamiento científico global del tema no descartar una de las alternativas para tomar partido por la otra. En las investigaciones en biología, antropología y etología de los últimos decenios, podemos comprobar que las científicas han ido acercando las dos alternativas, sin que ello equivalga no obstante a una respuesta. Poco a poco, el Homo sapiens, que se creía infinitamente separado del resto de los animales, ha empezado a divisar en ellos la raíz de muchas de sus conductas, y este libro es un elocuente testimonio de ello. 

La tesis de Darwin, compartida por De Waal, la resume éste en la idea de que la humanidad se asienta en los instintos sociales que compartimos con otros animales. El hombre comparte un fondo común de conducta con los grandes monos, testimonio de un mismo pasado. No tenemos la exclusiva de la amistad, el cariño, el perdón, la risa, la homosexualidad, la guerra, etc. Nadie que conozca la vida de los grandes monos puede dudar de ello. Lo que nos ha hecho humanos es, sobre todo o al menos en un lugar muy destacado, el desarrollo y la institucionalización de esos mismos instintos sociales. Su análisis nos proporciona una idea del origen del hombre mucho más útil que la de los restos fósiles.  

La idea que se desprende de esta tesis es que el hombre no nació separándose de la naturaleza para dejarla atrás, como si ésta fuera un mecanismo ciego que debemos superar. Esto es confundir naturaleza y evolución. La evolución, como producto ante todo de la selección natural, sí es un mecanismo ciego, tan ciego como las leyes que rigen la forma de los copos de nieve o el próximo número de la lotería. Pero el hecho de que en la naturaleza viviente algunas de las cosas más importantes ocurran por un mecanismo ciego no quiere decir que la naturaleza también lo sea. Para empezar, porque la naturaleza es el ámbito donde se hace posible la selección natural y, con ella, la evolución. La naturaleza es más que la selección natural, y no se puede igualar a ésta, del mismo modo que aunque el agua tenga la forma de la botella, no es la botella. No hay que leer aquí un tono místico o animista, sino la sobria constatación de que naturaleza y evolución no son lo mismo. Por eso es por lo que tampoco tiene sentido pensar que los seres humanos, para serlo, nos hemos liberado de la naturaleza, como si ésta fuera un mecanismo ciego que sólo puede oponer obstáculos a nuestra supuesta libertad. 

La debilidad de los etólogos

 Los estudiosos del comportamiento animal adolecen de una debilidad confesada en sus escritos: cada vez ven más similitudes entre los animales y nosotros. ¿Cómo consiguen ver así? Por un procedimiento conocido y criticado: primero antropomorfizan la conducta de los animales y ven en ellos, por ejemplo, envidias, robos, venganzas y actos de justicia y reconciliación. Emplean su experiencia para interpretar la de los animales. En segundo lugar, se produce el viaje de vuelta: olvidan el primer paso y dicen: ¿cómo es posible no ver que este afán de venganza o de justicia - por ejemplo- no está también en nuestra propia naturaleza? Y les parecen admirables las afinidades que van descubriendo, sin advertir que ellos mismos las habían sembrado. Los etólogos conocen este problema, saben que son propensos a él, y procuran evitarlo. Pero el cariño o la pasión que sienten por los animales a menudo les impide alcanzar un juicio mesurado.

Sin embargo, cuando se estudia la conducta de los grandes monos, esta dificultad adquiere un cariz  por completo distinto. Y es que resulta evidente, es decir, salta a los ojos, que el comportamiento de estos animales no se puede ni considerar si no es como realización de un pensamiento complejo que lo sustenta y le da sentido. En otras palabras, que a su conducta subyace toda una psicología a la que nosotros, tan próximos genéticamente a ellos, tenemos cierta capacidad de acceso. Y si bien el etólogo ha de cuidarse de la antropomorfización, no puede apartarla, porque con ello se cerraría el acceso al campo de estudio de los grandes monos.  

La cuestión de la naturaleza humana 

Si entre estos simios y nosotros el etólogo se ve impelido a establecer un terreno común, nuestra visión del comportamiento humano también cambia. Esta es la riqueza que la etología regala al hombre, y consiste en iluminar la raíz natural de muchas de nuestras conductas. Frans de Waal es uno de sus representantes más agudos y equilibrados, y encarna muy bien el estadio histórico al que ha llegado la etología.[1] Esta disciplina ha superado la etapa de autojustificación, la etapa de antropomorfización a ultranza, y también el sociobiologismo radical, así como la visión edénica del mundo animal, tan frecuente y casi inevitable en las obras de las primeras investigadoras, que prácticamente dedicaron toda su vida a la observación de campo en condiciones muy difíciles (pensamos sobre todo en Dian Fossey y Jane Goodall). Disponemos ahora de un corpus de observaciones muy considerable, de animales tanto en libertad como en zoológicos, lo que ha permitido descartar muchas de las ideas previas que flotaban en el ambiente científico y en general en la sociedad. Este libro de  De Waal se dedica insistentemente a ello en cada uno de sus capítulos, dedicados a los temas clásicos de los estudios etológicos: el poder, el sexo, la violencia y el altruismo.

Con las nuevas investigaciones sobre el comportamiento animal, va adquiriendo contornos más nítidos la vieja cuestión de la naturaleza humana.

El recurso a la naturaleza humana ha sido la base del derecho natural, pero también su talón de Aquiles, pues no se disponía de ninguna idea precisa acerca de ella. Por ejemplo, ¿es monógama la naturaleza humana? ¿Está en la naturaleza humana la homosexualidad?, etc. Recurrir a ella ha sido muy a menudo una pura manipulación ideológica, dado que nadie sabía en qué consistía. El estudio de la conducta animal nos permite un acercamiento a la cuestión mucho más desprejuiciado e interesante. Y lo que vemos en nuestros primos hermanos chimpancés y bonobos son unas afinidades muy grandes, hasta el punto de poder afirmar que compartimos unos patrones comunes de conducta. Sabemos ya que la importancia afectiva del sexo no es algo idiosincrático del Homo sapiens; sabemos que la voluntad de poder está marcada a fuego no sólo en el hombre, sino en estos monos flexiblemente jerárquicos; sabemos también que la compasión y la ternura no son exclusivo patrimonio humano, etc. El libro de De Waal examina todo estos aspectos. Con estos conocimientos se hace más fácil percibir, por contraste, dónde se sitúa la especificidad humana, qué conductas fueron desarrolladas y reforzadas en el proceso de hominización.

 

CONSIDERACIONES BÁSICAS 

No fue hasta los años veinte del pasado siglo que se descubrió la existencia de los bonobos (Pan paniscus). Hasta entonces habían pasado a la comunidad científica por chimpancés (Pan troglodytes). El estudio del comportamiento de ambas especies ha permitido llegar a dos conclusiones generales de gran importancia para nosotros: 

(1) En primer lugar, la conducta de los antropoides es casi tan imprevisible como la nuestra. No hay dos individuos con igual comportamiento, y tampoco puede saberse con certeza de un individuo cuáles serán sus reacciones. Nuestro origen común, tal como admite hoy casi toda la comunidad científica,  se dejaría ver en la capacidad que todos tenemos de aprender conductas nuevas y transmitirlas, de cambiar de comportamiento según las circunstancias y, en definitiva, de mantener un cierto grado de autonomía en nuestra vida diaria. La organización social de estas especies no llega nunca a ser tan rígida como para que al individuo le baste dejarse llevar por la fuerza de las cosas. En otras palabras, la genética no escribe todo el guión. Cada individuo tiene que labrarse su porvenir. Esto puede sorprender de chimpancés y bonobos, pero es lo que indican múltiples y minuciosas investigaciones desde hace más de treinta años. Aunque nos restringimos a estas dos especies, el resto de los grandes monos (gorilas, orangutanes) también se caracteriza por la extraordinaria flexibilidad de su comportamiento. 

(2) En segundo lugar, la conducta de chimpancés y bonobos puede considerarse como los extremos cuyo medio sería la conducta del Homo sapiens, nuestra especie. Poseemos rasgos de la organización social tanto chimpancé como bonoba. Puesto que las comparaciones de ADN entre los cuatro grandes monos y el hombre permiten establecer un árbol evolutivo donde el orangután sería el más antiguo, seguido del gorila, el hombre y, finalmente, bonobos y chimpancés (cfr. figura 1), podemos pensar que la vida social de estos dos últimos es una realización extrema de las potencialidades de la vida social antropoide contenida ya en nuestros ancestros. Por tanto, constituyen un buen espejo donde mirarnos.   

 El mérito del libro de Frans de Waal consiste en aportar ejemplos de conducta chimpancé y bonoba que sólo se pueden interpretar como afines a la humana. Por ejemplo, la cara de satisfacción de los bonobos cuando copulan. Esto únicamente a modo de ejemplo, 

 y uno de los menos importantes. El peligro de antropomorfizar la conducta animal, de entenderles proyectándonos en ellos -peligro casi insoslayable en científicos dedicados muchos años a su observación- no constituye al fin un obstáculo insalvable capaz de derribar las ‘evidencias’ que levanta el observador. Para ello Frans de Waal dispone ya de un corpus de observaciones acumuladas por los etólogos durante más de cuarenta años, que él utiliza continuamente. Estamos lejos de considerar a los chimpancés una especie de seres rousseaunianos, como empezó haciendo Goodall durante algunos años, pero también tenemos pruebas de que no son seres  hobbesianos a tiempo completo. Para De Waal, la versión hobbesiana del hombre como ser cien por cien egoísta no se mantiene, como tampoco en chimpancés y bonobos. No todo en ellos y en nosotros es puro egoísmo. Existen también sentimientos, como el de la compasión, que ellos asimismo experimentan.

En lo que sigue, realizaremos un recorrido pormenorizado por la obra en cuestión, sirviéndonos de amplios extractos que, no obstante, de ningún modo pueden sustituir la escritura ágil, amena e inteligente del autor. 

 

LA JERARQUÍA 

El tabú del poder 

 “Dada la obvia «voluntad de poder» —como la llamó Friedrich Nietzsche— del género humano, la enorme energía invertida en su expresión, el temprano establecimiento de jerarquías entre los niños y la desolación infantil de hombres adultos caídos de su pedestal, me intriga el tabú con el que nuestra sociedad envuelve este asunto. La mayoría de los libros de texto de psicología ni siquiera mencionan el poder y la dominancia, salvo en lo referente al maltrato. Todo el mundo lo niega. En un estudio sobre el poder como motivación, se interrogó a algunos ejecutivos acerca de su relación con el poder. Reconocían la existencia de un ansia de poder, pero nunca aplicable a sí mismos. Ellos disfrutaban más bien de la responsabilidad, el prestigio y la autoridad. Los buscadores de poder siempre eran los otros.

Los políticos son igualmente reacios a reconocer su afán de poder. Se presentan como servidores públicos, que sólo quieren el poder para fijar la economía o mejorar la educación. ¿Recuerda el lector haber oído a un candidato admitir que anhela el poder? Obviamente, la palahra «servidor» tiene un doble sentido; ¿alguien cree que es sólo por nuestro bien por lo que los políticos se lanzan al ruedo de la democracia moderna? ¿Lo creen así los propios candidatos? ¡Qué inusual sería tal sacrificio! Es reconfortante trabajar con chimpancés: son los políticos honestos que todos anhelamos. Cuando el filósofo Thomas Hobbes postuló la existencia de un irreprimible afán de poder, dio en la diana tanto en lo que respecta a los hombres como a los chimpancés. Observando con qué descaro compiten los chimpancés por la posición, es fútil buscar motivaciones ulteriores.” (61) 

El mundo chimpancé 

“Entre los chimpancés, la jerarquía lo impregna todo. Si traemos dos  hembras al edificio, como hacemos a menudo para efectuar pruebas, y les asignamos la misma tarea, una se pondrá enseguida a ello mientras que la otra se quedará atrás. La segunda hembra apenas se atreverá a aceptar recompensas y no tocará el puzle, ordenador o lo que se use en el experimento. Puede tener tantas ganas de participar como la otra, pero cede el paso a su «superior». No hay tensión ni hostilidad, y en el grupo pueden ser las mejores amigas. Simplemente, una hembra domina a la otra”. (63) Entre los chimpancés hembra, el poder depende de la personalidad y de la edad, y no puede ser arrebatado. Entre los machos, el poder siempre puede ser arrebatado.

“Veo un corte profundo reciente en el labio superior de Socko, el segundo macho en rango. Sólo otro macho puede haberle hecho eso: Bjorn, el macho alfa, más pequeño que Socko, pero muy listo, irascible y mezquino. Mantiene a raya a los otros chimpancés mediante el juego sucio. Ésta es la conclusión a la que he llegado al cabo de los años, después de ver la técnica de combate de Bjorn y las heridas que inflige a sus víctimas en sitios inusuales como el vientre o el escroto. Socko, un grandullón desmañado, no puede competir con él, así que debe someterse a ese pequeño dictador. Pero, por fortuna para Socko, su hermano menor, que está dando el último estirón, está ansioso por aliarse con él, lo que muy pronto va a crearle problemas a Bjorn.- Aquí, en el centro Yerkes, presenciamos una reñida lucha masculina por el poder político, la interminable saga de la sociedad chimpancé. En última instancia, estas luchas son por las hembras, lo que implica que la diferencia fundamental entre nuestros dos parientes primates más cercanos es que uno resuelve los asuntos sexuales mediante el poder, mientras que el otro resuelve las luchas de poder por medio del sexo.” (29) 

Las observaciones de De Waal confirman la crueldad de los chimpancés, mucho más allá de las aún tímidas afirmaciones de Goodall. Devoran vivos otros monos, incluso congéneres. Pero también lo hacen las hienas, los leones, los langures... La idea de que los animales son pacíficos y sólo matan para comer está lejos de ser cierta. Wilson, el gran entomólogo y sociobiólogo, afirma: “al lado de las hormigas, que perpetran asesinatos, escaramuzas y batallas campales de manera rutinaria, los hombres son pacifistas sosegados”. (36) 

Sin embargo, al mismo tiempo, existen sistemas de control. De Waal nos cuenta una anécdota al respecto sobre los chimpancés: “[Zoo de Arnhem]. Estábamos expectantes al borde del foso que rodeada una isla arbolada. Nuestra preocupación era una chimpancé recién nacida llamada Roosje (“Rosita” en holandés), que había sido adoptada por Kuif. Puesto que no tenía leche propia. habíamos adiestrado a Kuif para que diera el biberón a Roosje. El plan había funcionado más allá dc nuestras previsiones más optimistas. Un logro menor para un antropoide era un enorme éxito para nosotros, o así lo veíamos. Pero ahora intentábamos reintroducir a la madre con su nueva hija en la colonia de chimpancés en cautividad más grande del mundo, que incluía a cuatro machos adultos peligrosos. Para intimidar a sus rivales, los machos cargan con el pelo erizado, lo que los hace parecer más grandes y amenazadores. Desafortunadamente, éste era el estado en que se encontraba Nikkie, el resuelto líder de la colonia. Los chimpancés machos son feroces. y tan fuertes que pueden doblegar a una persona con facilidad cuando se enfadan, quedan más allá de nuestro control. Así que el destino de Roosje estaba en manos de sus congéneres. Por la mañana habíamos hecho desfilar a Kuif por delante de todas las jaulas de noche para evaluar la reacción del grupo. Todos conocían a Kuif pero Roosje era nueva. Cuando Kuif pasaba por la jaula del macho alfa, algo atrajo mi atención. Nikkie estaba agarrándola por debajo, a través de los barrotes, lo que la hizo saltar con un estridente aullido. Su objetivo parecía ser el punto donde Roosje colgaba del vientre de Kuif . Puesto que sólo Nikkie actuó así, decidí efectuar la introducción en el grupo por etapas, liberando a Nikkie en último lugar. Sobre todo había que evitar dejar a Kuif sola con él. Yo contaba con sus protectores en el grupo.

En libertad, los chimpancés matan ocasionalmente a crías de su propia especie. Las teorías de algunos biólogos sobre estos actos de infanticidio presumen que los machos compiten por fecundar a las hembras. Esto explicaría su constante competencia por el rango, así como la eliminación de las crías ajenas. Puede que Nikkie contemplara a Roosje como una cría extraña de la cual no podía ser el padre. Esto era poco tranquilizador, pues no podía descartarse que asistiéramos a una de aquellas horripilantes escenas comunicadas por los etólogos de campo. Roosje podía quedar hecha trizas. Puesto que había estado ocupándome de ella durante semanas, ayudando a alimentarla y dándole el biberón yo mismo, estaba lejos de ser el observador desapasionado que normalmente prefiero ser.

Una vez en la isla, la mayoría de los miembros de la colonia saludó a Kuif con un abrazo, mirando al bebé de soslayo. Todo el mundo parecía estar pendiente de la puerta tras la que Nikkie esperaba sentado. Algunos jóvenes se colgaron en tomo a la puerta, dándole patadas y esperando a ver qué pasaría. Durante todo este tiempo, los dos machos de más edad se mantuvieron junto a Kuif mostrándose en extremo amigables con ella.

Al cabo de una hora, soltamos a Nikkie. Los dos machos se alejaron de Kuif y se situaron entre ella y el amenazador macho que se aproximaba, cada uno con el brazo en el hombro del otro. Esto era una imagen para enmarcar, pues habían sido arehienemigos durante años. Y ahí estaban, unidos contra el joven líder, quizá temiendo lo mismo que temíamos nosotros. Nikkie, con el pelo erizado, tenía un aspecto de lo más intimidatorio, pero se arrugó cuando vio que los otros dos no estaban en disposición de apartarse. La increíble determinación que debían transmitir los guardaespaldas de Kuif ahuyentó a Nikkie. No podía ver sus caras, pero los chimpancés leen en los ojos tanto como nosotros. Más tarde, Nikkie se aproxilnó a Kuif bajo la mirada vigilante de los otros dos machos. Era todo amabilidad. Sus primeras intenciones quedarán siempre en el misterio, pero dimos un enorme suspiro de alivio y me abracé con el cuidador que me había ayudado a adiestrar a Kuif”. (36-38) 

Estas observaciones sirven para insistir en que la selección natural no implica moral alguna: “la confusión entre proceso y producto ha llevado a algunos a creer que, en tanto en cuanto la selección natural es un proceso de eliminación cruel y despiadado, por fuerza tiene que producir criaturas crueles y despiadadas. Un proceso detestable debe producir comportamientos detestables, o así se pensaba. Pero la olla a presión de la naturaleza ha creado tanto peces que se lanzan sobre cualquier cosa que se mueva, incluidos sus propios alevines, como cetáceos con vínculos sociales tan fuertes que todo el grupo queda varado en la playa si uno de sus miembros se desorienta. La selección natural favorece a los organismos que sobreviven y se reproducen, pura y simplemente. Cómo lo consiguen es una cuestión abierta. Cualquier organismo que prospere haciéndose más o menos agresivo que el resto, más o menos cooperativo o más o menos compasivo propagará sus genes. El proceso no especifica la vía hacia el éxito más que el interior de un apartamento vienés nos dice qué clase de músico se asomará a su ventana”. (43-44) Ilustración de esto es, por comparación con los chimpancés, la vida de los bonobos. 

El mundo bonobo 

Los chimpancés están obsesionados por los grados jerárquicos, no así los bonobos. La ‘sociedad’ chimpancé es dura, cruel y competitiva, todo lo contrario que la bonoba, que destaca por su pacifismo. Ellos marcan los extremos entre los que se podría situar la nuestra.

Los bonobos constituyen una excepción, porque en la mayoría de los mamíferos hay dominancia masculina, mientras que en ellos quien domina es la hembra. Las hembras son las que emigran a otro grupo, no los machos, que permanecen siendo toda su vida ‘hijos de mamá’ y sólo ascienden de rango si su madre es poderosa, compartiendo la suerte jerárquica que le quepa a su progenitora.

Lo más llamativo de los bonobos es que utilizan la sexualidad como expresión de afecto y para calmar las tensiones: “a veces la sexualidad de los bonobos es sutil. Una hembra joven intenta pasar por una rama donde un macho aún más joven le cierra el paso. El macho no se aparta, quizá por miedo a caer, y la hembra empeora las cosas al pellizcar con sus dientes la mano con la que él se agarra a la rama. Pero, en vez de recurrir a la fuerza, la hembra se da la vuelta y frota su clítoris contra el brazo del macho. Ambos son inmaduros, pero ésta es la manera que tienen los bonobos de resolver los conflictos, una táctica que comienzan a aplicar pronto en la vida. Tras este contacto, y ya calmada, la hembra pasa por encima del macho y continúa su camino por la rama”. (28) 

La jerarquía flexible 

El principio básico en la organización de los grandes monos es la jerarquía flexible. Frente a la jerarquía de los insectos sociales, que es inmutable, la de los grandes monos está siempre en cuestión, dado que los rangos no se adquieren de una vez por todas. Su consecución es fruto del sexo y de la fortaleza física, pero también del azar, de la inteligencia general y de la inteligencia emocional: capacidad para entablar relaciones, aliarse con otros, urdir estrategias, etc. En una palabra, el principio de jerarquía flexible abre el terreno a la política.

Las cosas son distintas si dejamos los grandes monos: “los monos no antropomorfos tienden a respaldar a los ganadores, lo que implica que los individuos dominantes rara vez encuentran resistencia. Al contrario, el grupo les ofrece una mano amiga. Por eso sus jerarquías son tan estrictas y estables. Los chimpancés, en cambio, apoyan unas veces al perdedor y otras al ganador. Un agresor nunca puede estar seguro de si el grupo le ayudará o se volverá en su contra. Esta es una diferencia fundamental entre los antropoides y los otros monos. La tendencia de los chimpancés a alinearse con el más débil crea una jerarquía inherentemente inestable en la que el poder es mucho más precario que en las jerarquías de monos no antropomorfos”. (84) 

“Pero las estrategias complejas propician los errores de cálculo. Por eso hablamos de «habilidad» política: no se trata tanto de quién eres como de qué haces. Estamos exquisitamente sintonizados para responder rápidamente a cualquier nueva configuración del poder. Si un negociante quiere obtener un contrato de una gran empresa, se entrevistará una y otra vez con toda clase de gente, de lo cual compondrá un cuadro de rivalidades, lealtades y celos dentro de la compañía visitada, como quién quiere qué posición, quién se siente excluido por quién, y quién está de capa caída o con un pie fuera. Este cuadro es al menos tan valioso como el esquema organizativo de la compañía. Simplemente no podríamos sobrevivir sin nuestra sensibilidad a la dinámica del poder”. (64) 

Para simios como nosotros, es muy importante explicitar la jerarquía social, de modo que cualquiera conozca nuestro rango y nosotros el de los demás, pues esa es la forma de saber a qué atenerse y evitar tensión psíquica, enfrentamientos o decepciones. No hay más que pensar en lo incómoda que es una situación ante alguien de quien desconocemos su rango o posición social: ¿le hablaremos de usted, le tutearemos? ¿Se trata del director, de un alto ejecutivo, del señor de la limpieza, de un delincuente? Si la jerarquía no se expresara de alguna forma -tanto en los monos como en nosotros-, la convivencia sería psíquicamente desastrosa y energéticamente ruinosa. La selección natural habría acabado por liquidar semejantes comportamientos.

 Las maneras que tenemos de hacerlo son muy variadas y algunas muy sutiles: la vestimenta, la talla, la edad, el tono de voz, la manera de moverse, etc.  

Una nota: en nuestra sociedad, es común la experiencia de un alto cargo que es mera figura decorativa, de un administrativo que es en realidad quien dirige la oficina, etc. Uno de los aspectos más curiosos y sorprendentes de las observaciones de De Waal es que en las sociedades simias también ocurre que la estructura social reconocida, la jerarquía estatuida y visible, no corresponde al cien por cien con el poder efectivo. 

¿Qué ventajas evolutivas supone, en general, la jerarquía? Si pensamos que, por regla general, los grados jerárquicos gozan de una relativa estabilidad -todo mono sabe en un momento dado quién es más importante que él y quién le está subordinado-, una estructura de este tipo ahorra mucha energía que, de otro modo, se dersperdiciaría en peleas incesantes. No obstante, tiene también desventajas, aunque no resulten decisivas: “la suerte que pueden correr los que están arriba es un coste inevitable del afán de poder. Aparte del riesgo de lesiones o muerte, ejercer el poder es estresante. Esto puede demostrarse midiendo los niveles de cortisol, una hormona del estrés, en la sangre. No es una tarea fácil en el campo, pero Robert Sapolsky ha pasado años anestesiando papiones con dardos en la sabana africana. Entre estos primates altamente competitivos, los niveles de cortisol se relacionan con la gestión individual de las tensiones sociales. Como en las personas, resulta que esto depende de la personalidad. Algunos machos dominantes tienen mucho estrés simplemente porque no aprecian la diferencia entre un desafío auténtico y una conducta neutra por la que no deberían inmutarse. Estos machos son nerviosos y paranoicos. Después de todo, si un rival pasa por delante de uno puede ser sólo porque necesita ir de A a B, no porque quiera incordiar. Cuando la jerarquía es inestable, los malentendidos se acumulan, lo que destroza los nervios de los machos que ocupan los escalones superiores. Puesto que el estrés deprime el sistema inmunitario, no es inusual encontrar en los primates de alto rango las úlceras y ataques cardiacos que suelen aquejar también a los altos ejecutivos”.(56) 

Siguiendo el razonamiento biológico habitual, diremos: dado que los grandes monos viven en sistemas jerárquicos flexibles, esto ha de tener un valor adaptativo. ¿Qué ventajas evolutivas presenta, pues, un sistema tan difícil de mantener, que lleva en sí la inestabilidad propia de individuos dominados que quieren dominar? Y la explicación puede ser que de este modo las cualidades de los individuos gozan de más oportunidades para abrirse camino, o bien que la posibilidad siempre presente de una revuelta contra el líder impide el poder despótico de éste. “Si los que están más abajo en la escala social convienen en trazar una línea colectiva en la arena y amenazan con consecuencias graves si los que están en lo alto de la jerarquía la pisan, tenemos el rudimento de lo que en términos legales se denomina Constitución. Obviamente, las constituciones de hoy están repletas de conceptos refinados, demasiado complejos para ser aplicables a grupos humanos pequeños donde todo el mundo se conoce, y menos aún a las sociedades antropoides. Pero no deberíamos olvidar que la Constitución estadounidense, por ejemplo, nació de una revolución contra la corona inglesa. Su maravillosa prosa, «Nosotros, el pueblo...», habla con la voz de las masas. Su predecesora fue la Carta Magna inglesa de 1215, en la que los súbditos del rey Juan amenazaron con sublevarse y matar a su opresor si no cejaba en sus apropiaciones excesivas. De nuevo, el principio es la resistencia colectiva contra un macho alfa despótico”.(85)  

Más que la posible exageración de De Waal, lo que importa aquí es que se indica una conducta que se trasluce en las constituciones y se pretende remontar al fondo común de los comportamientos de los grandes monos. El origen de las constituciones o de la revolución americana no es ni puede ser, evidentemente, la conducta simia aducida por el autor, pero la fuerza de su argumento no reside en esto, como ocurre también con la sociobiología. No se trata de que las realizaciones humanas se hayan de explicar como excrecencias rutilantes de las conductas típicas del mundo animal, sino de que etólogos y sociobiólogos poseen la sensibilidad que les permite captar en múltiples facetas de nuestro comportamiento el fondo animal. Conocer ese fondo animal vale, como mínimo, para establecer unos cauces predeterminados en nuestras conductas, pues contra nuestra propia naturaleza no se puede luchar. Esa es al menos la convicción implícita de estos científicos. Piensan que nuestro fondo animal, y muy especialmente el tipo de conductas que compartimos con los grandes monos, no permiten cualquier tipo de institución social o de vida en grupo, sino que restringen su variabilidad, pues nuestra naturaleza siempre se impondrá por encima de cualquier medio no genético que ideemos para desviarla. Esto no implica que no podamos desarrollar drogas destructivas de la identidad personal, o técnicas de lavado de cerebro, pero sí que será muy improbable que formemos una sociedad de suicidas, por ejemplo, o de incestuosos. Y que, en caso de hacerlo, no tendrá continuidad. Pero no sólo eso, sino que será ya muy improbable el hecho de que el Homo sapiens, como otro animal cualquiera, esté interesado en modelar sociedades con formas de vida apartadas de su propia naturaleza. ¿O es que nos interesa una vida en la que no disfrutemos de la comida, del sexo o de las relaciones sociales? Los animales siguen su naturaleza y, en el caso de los grandes monos, con grandes posibilidades de variación. De Waal indica que el comportamiento de estos monos es tan flexible que podemos conseguir que un grupo de chimpancés se comporten pacíficamente sin gran preocupación por la jerarquía, y que un grupo de bonobos peleen por el rango, es decir, podemos cruzar sus patrones de conducta. Todo depende de variar las circunstancias. Y nos comunica algo más sorprendente, el hecho de que cuando estos grupos así educados se incorporan a otros grupos de su misma especie, lejos de abandonar sus comportamientos modelados por nosotros, los perpetúan (por eso es ya lugar común hablar de la ‘cultura’ de los chimpancés, por ejemplo). 

La función de control y el origen de la judicatura 

Todo grupo organizado jerárquicamente necesita ejercer una función de control para mantener la estabilidad de los rangos. La voluntad de poder de sus individuos, estimulada por la selección natural, no puede ser la única tendencia, porque impediría toda jerarquía estable en los grandes monos, dado que por muy fuerte que sea un individuo, no podrá nada contra la alianza de varios, aunque sean débiles (y así lo señala también Rousseau). En otras palabras, Hobbes no tiene aquí la última palabra (aunque, desde luego, tampoco Rousseau).  

El origen de la judicatura se puede trazar ya en las sociedades de chimpancés y bonobos: “Los chimpancés dominantes interrumpen las peleas defendiendo al débil del fuerte, o mediante una intervención imparcial. Pueden situarse con el pelo erizado entre los contendientes hasta que dejan de gritar, dispersarlos con una carga intimidatoria o, literalmente, separarlos con ambos brazos. En todas estas acciones, su principal objetivo parece ser poner fin a las hostilidades antes que favorecer a alguna de las partes... Podría pensarse que los chimpancés tienden a apoyar a sus parientes, amigos y aliados. Esto vale para la mayoría de miembros de la colonia, pero no para el macho que la controla.... el rol de control no tiene por qué corresponder al macho alfa... el grupo tiene voz y voto para decidir quién lo lleva a cabo. Si el arbitraje es un paraguas que protege al débil del fuerte, entonces atañe a la comunidad entera. Sus miembros respaldan al árbitro más efectivo, proporcionándole la amplia base necesaria para garantizar la paz y el orden. Esto es importante, porque hasta la más mínima riña entre dos crías puede acabar en algo mucho peor. Las peleas juveniles inducen tensiones entre las madres, porque cada una tiende a proteger a su cría. En una pauta no descrita en los parques infantiles humanos, la llegada de una madre a la escena encoleriza a una segunda. Disponer de una autoridad superior que se haga cargo de estos problemas de convivencia, con la seguridad de que lo hará con un máximo de equidad y un mínimo de fuerza, es un alivio para todos.

Así pues, lo que vemos en el chimpancé es un estadio intermedio entre las jerarquías rígidas de los monos no antropomorfos y la tendencia humana a la igualdad. Por supuesto, la igualdad perfecta no existe, ni siquiera en las sociedades a pequeña escala. Y la nivelación de la jerarquía humana es una lucha continua, por la sencilla razón de que estamos hechos para luchar por el rango. En la medida en que se logra, el igualitarismo requiere que los subordinados se unan y miren por sus intereses. Los propios políticos pueden dedicarse a la lucha por el poder, pero el electorado se fija en el servicio que prestan. De ahí que los políticos hablen más de lo segundo que de lo primero.

Cuando elegimos líderes, de hecho les estamos diciendo: «Podéis permanecer ahí arriba siempre que os encontremos útiles». La democracia satisface así de manera elegante dos tendencias humanas a la vez: la voluntad de poder y el deseo de mantenerlo bajo control”. (86-87) 

Raíces de la democracia en el sistema jerárquico de los simios 

“¿Se llegó a la democracia a través de un pasado jerárquico? Hay una influyente escuela de pensamiento según la cual partimos de un estado natural hostil y caótico que se regía por la «ley de la selva», del cual escapamos acordando normas de conducta y delegando el apremio de su cumplimiento en una autoridad superior. Esta es la justificación usual del gobierno vertical. Ahora bien, ¿,y si hubiera sido justo al revés? ¿Y si la autoridad superior fue primero y la igualdad hubiera venido después? Esto es lo que parece sugerir la evolución de los primates. Nunca hubo caos alguno: partimos de un orden jerárquico cristalino y luego encontramos maneras de nivelarlo. Nuestra especie tiene una vena subversiva.” (91)

Frente a ello, ninguna sociedad simia es igualitaria, sólo más o menos tolerante. “La democracia es un proceso activo: reducir la desigualdad requiere esfuerzo. Que los más agresivos y dominantes de nuestros parientes más cercanos exhiban mejor las tendencias sobre las que se asienta en última instancia la democracia no tiene por qué sorprender si contemplamos la democracia como nacida de la violencia, como ciertamente así ha sido en la historia humana. Es algo por lo que luchamos: liberté, égalité y fraternité. Los poderosos nunca nos la han regalado; siempre hemos tenido que luchar por ella. La ironía es que probablemente nunca habríamos llegado a este punto, ni desarrollado la necesaria solidaridad de base, de no haber sido animales jerárquicos de entrada.” (92) 

Política chimpancé: la lucha por el rango 

Uno de los rasgos más impresionantes del mundo chimpancé es lo que podemos llamar su ‘política’. Por ello nos referimos al mundo de alianzas y pactos que tejen continuamente. Es muy común que el macho más alto en la escala jerárquica (el macho alfa) pueda ser desafiado y hasta destronado por la alianza de otros dos machos de menor rango. Pero se dan incluso casos de maquiavelismo, como el que nos cuenta de un chimpancé mayor que se alía con uno más  joven para que éste destrone al macho alfa, y conseguir así gobernar al joven pasando por ser su ‘mentor’. Se da además la circunstancia de que este macho viejo no era la primera vez que realizaba esta estrategia. Casos así son el día a día en toda colonia chimpancé observada por los etólogos. Nada, por supuesto, que pueda apreciar un visitante ocasional al zoo. A partir de aquí, se puede realizar una extrapolación al mundo humano que, si no correcta, al menos es sugerente y nos abre otras vías de comprensión: “en consecuencia, los machos están hechos para pelear, con una tendencia a sondear a los rivales en busca de puntos débiles y una cierta ceguera para el peligro. Correr riesgos es una característica masculina, igual que esconder la propia vulnerabilidad. En el mundo primate, a uno no le interesa parecer débil. No sorprende, pues, que en la sociedad moderna los hombres vayan al médico menos a menudo que las mujeres y les cueste revelar sus emociones incluso cuando todo un grupo de apoyo los anima a hacerlo. La sabiduría popular dice que a los hombres se los socializa para ocultar sus emociones, pero parece más probable que estas actitudes provengan del hecho de estar rodeados de rivales dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad de derribarlos. Nuestros ancestros deben de haber notado la más leve cojera o flaqueza en los otros. Un macho de alto rango hará bien en camuflar sus desventajas, una tendencia que quizá se haya hecho innata. Entre los chimpancés no es inusual que un líder herido duplique la energía de sus cargas intimidatorias para crear la ilusión de que está en perfecta forma”. (57-58) 

La selección natural ha marcado distintas estrategias para los dos sexos: “las ventajas de acceder a un rango elevado deben de ser enormes; de lo contrario, la selección natural nunca habría favorecido esta ambición temeraria. El afán de poder es ubicuo en el reino animal, desde las ranas y las ratas hasta los pollos y los elefantes. Por regla general, el rango elevado se traduce en alimento para las hembras y apareamientos para los machos. Digo «por regla general» porque los machos también compiten por el alimento y las hembras por los apareamientos, aunque esto último se ciñe sobre todo a las especies, como la nuestra, en que los machos colaboran en la crianza. Toda evolución gira en tomo al éxito reproductivo, lo que significa que las distintas orientaciones de machos y hembras tienen pleno sentido. Un macho puede incrementar su progenie si logra aparearse con muchas hembras y mantener lejos a los rivales. Para la hembra, esta estrategia no tiene sentido, porque aparearse con múltiples machos no le reporta en general ningún beneficio.- Las hembras apuestan por la calidad antes que la cantidad. La mayoría de ellas no viven en pareja, por lo que elegir al compañero sexual más vigoroso y sano es todo cuanto necesitan. De este modo, su descendencia podrá heredar buenos genes. Pero las hembras de especies cuyos machos forman pareja con ellas están en una situación diferente, lo que las lleva a preferir machos gentiles, protectores y buenos proveedores. Por otra parte, el éxito reproductivo de una hembra depende de la cantidad de alimento que ingiere, especialmente si está preñada o lactando, cuando el gasto calórico se multiplica por cinco. Puesto que las hembras dominantes pueden reclamar para ellas más o mejor alimento, crían hijos más sanos y fuertes. En algunas especies, como el macaco rhesus, la jerarquía es tan estricta que una hembra dominante no tiene más que parar a una subordinada con los carrillos repletos. Las bolsas de los carrillos permiten a los monos transportar el alimento a un lugar seguro. La dominante agarra la cabeza de la subordinada, le abre la boca y le roba la cartera. La otra no ofrece resistencia, porque si no cede la comida se ganará un mordisco.- ¿Se explica el instinto de dominación por los beneficios de estar en los escalones superiores de la jerarquía? Contemplando los enormes caninos de un papión macho o la mole y la musculatura de un gorila macho, uno ve máquinas de combate evolucionadas para derrotar a los rivales en la persecución de la única moneda reconocida por la selección natural: la descendencia producida. Para los machos, esto es un juego de todo o nada, pues el rango determina quién sembrará su semilla por todo el campo y quién no sembrará nada”. (56-57) 

De las luchas desarrolladas por alcanzar mayor rango jerárquico, a veces ni siquiera los etólogos son capaces de sacar una conclusión clara. Da la impresión de que los monos tampoco lo tienen claro del todo. Lo que sí parece exacto es que hay algo que a lo largo de la interacción social queda establecido: cada individuo ha clavado su pica en Flandes, por decirlo así, y ha mostrado hasta dónde es capaz de llegar, algo que tomarán muy en cuenta los demás miembros del grupo (cuya memoria, por cierto, y estamos hablando de los grandes monos, es muy grande). 

 

SEXO 

Una estrategia evolutiva: el sexo como placer 

La sexualidad es una estretegia reproductiva esencial para una grandísima cantidad de especies, pero en el caso de los grandes monos, al menos, tiene también otras ventajas. Ciertamente, la clonación tiene la ventaja de replicar diseños genéticos que han funcionado bien en el pasado sin tener que desbaratarlos al mezclar nuestros genes con los de otra persona. Sin embargo, ¿cómo sería nuestra vida sin la sexualidad? “Imaginemos el mundo radicalmente nuevo que habitaríamos, lleno de individuos asexuados y de aspecto idéntico. Se acabarían los chismorreos sobre quién le gusta a quién, quién se divorcia de quién o quién engaña a quién. No habría embarazos no deseados, ni artículos de revista estúpidos sobre cómo impresionar a tu ligue, ni pecados de la carne, pero tampoco pasión amorosa, ni películas románticas ni estrellas del pop convertidas en símbolos sexuales. Podría ser más eficiente, pero también sería el más aburrido mundo imaginable.

Por fortuna, las desventajas de la reproducción sexual quedan más que compensadas por los beneficios. Una bella demostración de esta tesis la proporcionan los animales que emplean ambos modos de reproducción. Tómese uno de esos áfidos [o pulgones] que se encuentran en las plantas domésticas, por ejemplo, y examínese con un microscopio. Dentro de su abdomen translúcido puede verse un enjambre de minúsculas hijas, todas idénticas a la madre. Durante la mayor parte del tiempo, los áfidos simplemente se clonan. Pero cuando el tiempo empeora, como en otoño e invierno, este método no es el mejor. La clonación no les permite librarse de mutaciones genéticas aleatorias, la mayoría de las cuales causa problemas. Los errores se acumularían hasta inundar la población entera, si no fuera porque los áfidos se pasan a la reproducción sexual, que proporciona combinaciones nuevas de genes. La descendencia producida a través del sexo es más robusta, del mismo modo en que, por ejemplo, un perro o un gato mestizo suelen tener mejor salud que los de pura raza. Al cabo de muchas generaciones, la consanguinidad se parece a la clonación, y el resultado es la acumulación de defectos genéticos.

El vigor del llamado ‘tipo salvaje’ (el producto de la remezcla sexual de la baraja genética) es bien conocido. Por ejemplo, soporta mejor las enfermedades, pues es capaz de responder a la evolución continua de los parásitos. Las bacterias necesitan sólo nueve años para sumar las 250.000 generaciones por las que ha pasado nuestro linaje desde que nos separamos de bonobos y chimpancés. El rápido recambio generacional de los parásitos fuerza a sus huéspedes a renovar sus defensas. Sólo para rechazar el ataque de los parásitos, nuestro sistema inmunitario necesita actualizarse constantemente. Los biólogos conocen esto como la hipótesis de la reina roja, por el personaje de Alicia en el país de las maravillas, que en un célebre pasaje decía: «Tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio». Para personas y animales, la carrera se hace a través de la reproducción sexual.

Pero esto sólo explica por qué existe el sexo, no por qué lo practicamos tan a menudo. ¿Acaso no nos reproduciríamos igual de bien con sólo una fracción de nuestra actividad sexual? Esto es lo que la Iglesia católica tiene presente cuando afirma que la única finalidad del sexo es la reproductora. Pero el aspecto placentero del sexo parece contradecir esta idea. Si su única función fuera la reproducción, seguramente el sexo no necesitaría ser tan grato. Lo miraríamos como los niños a las verduras: recomendables, pero no apetecibles. Por supuesto, esto no es exactamente lo que la naturaleza tenía guardado para nosotros. Alimentados por miríadas de terminaciones nerviosas en lugares conocidos como zonas erógenas (ocho mil sólo en el diminuto clítoris) conectadas directamente con los centros cerebrales del gozo, el deseo y el placer sexuales se llevan a cabo en nuestros cuerpos. La búsqueda de placer es la principal razón por la que la gente practica más el sexo de lo estrictamente necesario para la reproducción.

El descubrimiento de que uno de nuestros parientes primates más cercanos tiene unos genitales que parecen al menos tan bien desarrollados como los nuestros y practica aún más sexo «innecesario» que nosotros convierte la sensualidad en un rasgo mayoritario dentro del trío de parientes cercanos que estamos considerando. Los chimpancés son la excepción. Su vida sexual es pobre en comparación con la nuestra y la de los bonobos, tanto en libertad como en el zoo. Si se comparan chimpancés y bonobos cautivos con el mismo espacio, alimento y número de parejas disponibles, los bonobos inician un contacto sexual una vez cada hora y media por término medio, y con una diversidad de pautas de conducta mucho mayor que la de los chimpancés, qué sólo tienen un contacto sexual cada siete horas. Así, en las mismas condiciones, los bonobos son mucho más sexuales.

Pero nada de esto responde la cuestión de fondo: ¿cuál es la razón del hedonismo sexual que compartimos con los bonobos? ¿Por qué estamos dotados de apetitos sexuales más allá de lo estrictamente necesario para fecundar un eventual óvulo, y más allá de los apareamientos potencialmente fértiles? Los lectores pueden objetar que sus preferencias en materia de parejas sexuales son menos variadas, pero estoy pensando en nosotros como especie. Hay heterosexuales, hay homosexuales y hay quienes se relacionan con parejas de ambos géneros. Además, estas clasificaciones parecen arbitrarias. Alfred Kinsey, el pionero de la sexología norteamericana, situaba las preferencias sexuales humanas en un continuo, y opinaba que el mundo no se divide en cabras y ovejas, sino que nuestras distinciones usuales son obra de la sociedad y no clases naturales.

La opinión de Kinsey viene respaldada por estudios interculturales que indican una enorme variación en las actitudes hacia el sexo. En algunas culturas, la homosexualidad se expresa libremente, y hasta se fomenta. Acuden a la mente los antiguos griegos, pero también están los aranda de Australia, donde los solteros hacen vida marital con un menor hasta que se casan con una mujer, y las mujeres se frotan mutuamente el clítoris. Entre los keraki de Nueva Guinea, el contacto homosexual forma parte del rito de paso de la pubertad de todo adolescente, y hay otras culturas en las que los jóvenes practican la felación a otros varones para ingerir esperma, lo que se supone que incrementa su virilidad. Esto contrasta con las culturas que rodean a la homosexualidad de miedos y tabúes, especialmente entre los varones, quienes reafirman su masculinidad a base de subrayar su heterosexualidad. Ningún varón heterosexual quiere que se lo tome por homosexual. La intolerancia fuerza a todo el mundo a dividir su sexualidad y escoger una parte, aunque debajo de esta división pueda existir una amplia variedad de preferencias y hasta individuos sin ninguna preferencia en absoluto.

Subrayo este componente cultural para plantear que la cuestión evolutiva de cómo pudo haber surgido la homosexualidad quizá tenga la mira desviada. Se argumenta que, como los homosexuales no se reproducen, deberían haberse extinguido hace tiempo. Pero esto sólo es un enigma si suscribimos las prácticas de catalogación modernas. ¿Y si las preferencias sexuales declaradas son meras aproximaciones? ¿Y si nos hemos dejado lavar el cerebro para aceptar un esquema dicotómico? ¿Y qué decir de la premisa de que los homosexuales no se reproducen’? ¿Es realmente así? Son capaces de hacerlo, y en la sociedad moderna muchos han estado casados en alguna etapa de su vida.” (102-104) Chimpancés y bonobos nos enseñan que la orientación sexual, aunque sea innata, no tiene una polarización blanco/negro, sino que admite escalas. 

Sexo bonobo 

Sólo en nuestra especie el sexo es un asunto íntimo y privado, en las demás especies es una cosa pública. De esta forma se evitan los celos que provoca una pareja compartida sexualmente por los otros, pero tiene el inconveniente de que el sexo ya no sirve para apaciguar las tensiones grupales, como hacen los bonobos. Éstos, en efecto, son conocidos como especialmente promiscuos, pero hay que entenderlo debidamente: para los bonobos calmar a alguien o calmarse una a sí misma es cuestión de sexo. Del mismo modo que nosotros intercambiamos palabras afectuosas, besos, abrazos o golpecitos en el hombro, ellos emplean el sexo, incluidos frotamientos, masturbaciones y besos con lengua. “...no tienen pudor, recato ni inhibiciones, aparte de no querer problemas con sus rivales. Cuando dos bonobos copulan, a veces un inmaduro monta sobre ellos para observar de cerca los detalles, o bien otra hembra adulta se suma a la fiesta y presiona su hinchazón genital contra uno de los actores. El sexo es más a menudo objeto de participación que de disputa. Una hembra puede tumbarse de espaldas y comenzar a masturbarse al aire libre sin provocar siquiera un pestañeo. Mueve sus dedos rápidamente arriba y abajo de su vulva, pero también puede dedicar un pie a la tarea mientras con las manos espulga a su cría. Los bonobos tienen una gran habilidad para llevar a cabo varias tareas al mismo tiempo.” (98) 

La cópula frontal de los bonobos desmiente la idea de que en la naturaleza el sexo sólo se da para la procreación. “Estimo que tres cuartas partes de su actividad sexual no tienen nada que ver con la reproducción (al menos no directamente): a menudo involucra a parejas del mismo sexo o tiene lugar en la fase infértil del ciclo menstrual femenino. Y luego están las muchas pautas de conducta erótica no copulatorias, que incluyen no sólo el beso con lengua, sino la felación y el masaje genital, observado a menudo entre los machos. Un macho con la espalda recta y las piernas abiertas presenta su pene erecto a otro, que lo toma con la mano y efectúa un suave frotamiento de sube y baja.” (100) Sin embargo, hay que tener en cuenta que la alta frecuencia de los actos sexuales entre los bonobos también se explica por su corta duración. La cópula dura unos 14 segundos de media. 

El tamaño de los testículos puede constituir un índice, entre las doscientas especies de primates, de promiscuidad. A más promiscuidad, mayor de tamaño de los testículos, puesto que cada macho ha de fertilizar muchas hembras. Los chimpancés, por ejemplo, tienen unos testículos diez veces más grandes que los nuestros, y los bonobos aún mayores. Sin embargo, los gorilas presentan unos testículos diminutos en relación con su tamaño corporal, dado que no son promiscuos y el macho que domina puede estar seguro de ser el padre de una numerosa prole. Se ha estudiado que no menos de un 8 por ciento de los varones asiáticos tiene una variante común del cromosoma Y, que sólo se transmite por vía paterna, lo que indica que son descendientes de un mismo padre, quizá Gengis Jan. El dimorfismo sexual también se reduce cuando los primates no están organizados en harenes, como los gorilas. No necesitan destacar extraordinariamente sobre las hembras, como pasa en numerosas especies animales (gorilas, ciervos, leones, elefantes marinos, etc.). El peso corporal de las hembras es aproximadamente un 80 por ciento del de un macho entre los chimpancés, y es incluso algo menor en bonobos y seres humanos. 

Sexo y paz 

La frecuencia del contacto sexual puede estar relacionada con la actitud pacífica, a través de la hormona oxitocina: “los neurólogos han descubierto algunos hechos interesantes en relación con la oxitocina, una hormona común en los mamíferos. La oxitocina estimula las contracciones uterinas (se administra regularmente a las parturientas) y la lactancia, pero es menos sabido que también inhibe la agresión. Si se inyecta esta hormona en una rata macho, su proclividad a atacar a las crías disminuye de manera drástica. Aún más interesante es que la síntesis de esta hormona en el cerebro masculino se dispara tras la actividad sexual. En otras palabras, el sexo produce una hormona afectiva que, a su vez, inspira una actitud pacífica. En términos biológicos, esto podría explicar por qué las sociedades humanas en las que la intimidad física es común y la tolerancia sexual elevada suelen ser menos violentas que las sociedades con otra mentalidad. Puede que la gente de las sociedades sexualmente liberales tenga unos niveles de oxitocina más altos. Nadie ha medido la oxitocina en los bonobos, pero apuesto a que están llenos a rebosar.” (113) 

Origen de la familia y del machismo 

La estrategia promiscua de los bonobos no pudo funcionar entre los australopitecos y los primeros Homo, dado que para que los machos se ocuparan de las madres y sus crías en la sabana necesitaban saber de quiénes eran padres: “aquellos antepasados nuestros eran presas y no predadores. Debieron de haber vivido atemorizados por las hienas, diez clases de felinos y otros animales peligrosos. En este entorno amenazador, las hembras con retoños eran las más vulnerables. Incapaces de escapar corriendo de los predadores, no podrían haberse aventurado muy lejos del bosque sin protección masculina. Puede que bandas de ágiles machos defendieran al grupo y ayudaran a poner a salvo a los pequeños en situaciones de emergencia. Esto nunca habría funcionado si hubiéramos mantenido el sistema social del chimpancé o el bonobo. Los machos promiscuos son poco dados al compromiso. Sin posibilidad de distinguir su propia progenie entre la ajena, tienen pocos motivos para ocuparse de la infancia. Para conseguir que los machos se implicaran en el cuidado de la prole, la sociedad habría tenido que cambiar.” (116) De estas y otras observaciones concluye el autor que la familiar nuclear humana es única entre todas las especies, y aquí sitúa también el origen del machismo. 

“La organización social humana se caracteriza por una combinación única de: l.° Vínculos masculinos; 2.° Vínculos femeninos, y 3.° Familias nucleares. Compartimos la primera característica con los chimpancés y la segunda con los bonobos, mientras que la tercera es exclusivamente humana. No es accidental que en todas partes la gente se enamore, tenga celos, conozca alguna forma de pudor, busque la privacidad sexual, persiga una figura paterna además de la materna y valore los emparejamientos estables. La relación íntima entre macho y hembra que implica todo esto, que los zoólogos llaman «vínculo de pareja», está implantada en nuestros huesos. Creo que esto es lo que nos distingue de los antropoides más que ninguna otra cosa. Incluso los hedonistas «salvajes» de Malinowski tendían a formar unidades familiares en las que ambos progenitores cuidaban de los niños. El orden social de nuestra especie gira en torno a este modelo, que proporcionó a nuestros ancestros un fundamento para la construcción de sociedades cooperativas a las que ambos sexos contribuían y en las que ambos se sentían seguros.

Se ha considerado que la familia nuclear se originó a partir de la tendencia masculina a acompañar a las hembras con las que se habían apareado para mantener a raya a sus rivales infanticidas. Este convenio se habría ampliado para incluir la colaboración paterna en la crianza. Por ejemplo, el padre podría haber ayudado a su compañera a localizar árboles con fruta madura, capturar presas y compartirlas, o cargar con sus retoños. Él mismo podría haberse beneficiado del talento de su compañera para el uso de herramientas de precisión -entre los antropoides, las hembras superan a los machos en esta habilidad- y de su recolección de bayas y frutos secos. La madre a su vez podría haber empezado a ofrecer sexo a su protector para impedir que se fuera con cualquier otra hembra atractiva que pasara por allí. Cuanto más invertían ambas partes en este convenio, mayor era el compromiso adquirido. Por eso se hizo cada vez más importante para el macho que los hijos de su pareja fueran suyos y sólo suyos.

En la naturaleza nada es gratuito. Si las hembras de bonobo pagan su convenio social con hinchazones casi continuas, las mujeres lo pagaron con una libertad sexual disminuida Y la motivación del control masculino sólo aumentó cuando nuestros ancestros dejaron la vida nómada para hacerse sedentarios y comenzaron a acumular bienes materiales. Además de genes, ahora eran riquezas lo que se legaba a la siguiente generación. Dada la diferencia de tamaño entre los sexos y la exigente cooperación masculina, cabe pensar que la dominancia masculina siempre ha caracterizado nuestro linaje, y que probablemente la herencia siempre ha sido patrilineal. El afán de todo padre de asegurar que los ahorros de su vida cayeran en las manos debidas —las de su progenie— hizo inevitable la obsesión por la virginidad y la castidad. Desde esta perspectiva, el patriarcado puede verse simplemente como una hipertrofia de la colaboración masculina en la crianza.

Muchas de las restricciones morales a las que estarnos acostumbrados, incluidas las que harían que los bonobos dieran con sus huesos en la cárcel si vivieran entre nosotros, se concibieron para salvaguardar este orden social particular. Nuestros ancestros necesitaban machos cooperativos que no representaran una amenaza para las hembras y sus retoños y que estuvieran dispuestos a echar una mano a sus parejas. Esto significaba la separación entre las esferas pública y privada y los emparejamientos exclusivos. Necesitábamos poner riendas a una tendencia promiscua ancestral que debió haber subsistido por un tiempo y todavía pugna por liberarse. El resultado fue no sólo una supervivencia más asegurada, sino un mayor crecimiento de la población en comparación con los antropoides. Las hembras de chimpancé dan a luz sólo una vez cada seis años, mientras que las de bonobo, que viven en un entorno con mayor abundancia de alimento, lo hacen cada cinco años. Esta tasa de natalidad es la máxima que pueden permitirse las hembras antropoides, porque amamantan a sus hijos y cargan con ellos durante cuatro o cinco años. Las hembras de bonobo vuelven a quedar preñadas tan pronto que pueden acabar amamantando a dos crías a la vez. Sin cochecitos de niño ni aceras, una hembra de bonobo puede andar por las ramas con un bebé colgando del vientre y un hermano mayor cabalgando sobre su espalda. Esto parece una carga difícilmente soportable. Los bonobos han llevado el sistema de crianza uniparental al límite.

La ayuda paterna permite acortar la lactancia, lo que explica por qué nosotros colonizamos el planeta entero y los antropoides no. Pero, puesto que los machos sólo están dispuestos a cooperar en la crianza de su propia progenie, el control de la sexualidad femenina se convirtió en su lucha constante. En los últimos tiempos hemos visto una expresión extrema de este control masculino bajo el régimen de los talibanes en Afganistán. Su departamento para la preservación de la virtud y la prevención del vicio imponía una pena de azotes en público a las mujeres que dejaran ver su cara o sus tobillos. Pero en Occidente tampoco faltan las leyes reguladoras de la conducta sexual, aplicadas siempre con más rigor a las mujeres que a los varones. Es nuestro familiar doble estándar, que lleva, por ejemplo, a que las mutualidades sanitarias cubran el Viagra pero no la píldora del día después. En todas las lenguas, los calificativos dedicados a las adúlteras son mucho peores que los dirigidos a los adúlteros. Allí donde una mujer es una «marrana», un hombre no pasa de ser un «mujeriego» [modificado LFC].

Curiosamente, la evolución humana ha cooperado bien poco en el mantenimiento de la pureza reproductiva de la familia. Imaginemos que unos visitantes extraterrestres desentierran un cinturón de castidad e intentan figurarse para qué servía. El artilugio de hierro o cuero se ciñe a las caderas de la mujer y cubre el ano y la vulva, dejando aberturas demasiado pequeñas para el sexo pero suficientes para otras funciones. El padre o marido se quedaba la llave. No hace falta ser un científico para comprender por qué los cinturones de castidad resultaban más tranquilizadores para las mentes masculinas que los códigos morales. La hembra humana es sólo moderadamente fiel. Si la fidelidad hubiera sido una meta de la naturaleza, el apetito sexual femenino se habría restringido a la fase fértil del ciclo menstrual, que sería detectable de manera externa. En vez de eso, la naturaleza ha creado una sexualidad femenina casi imposible de controlar. El argumento común de que los varones son polígamos y las mujeres monógamas por naturaleza está tan lleno de agujeros como un queso suizo. Lo que vemos en realidad es una discordancia entre nuestra organización social, que gira en torno a la familia nuclear, y nuestra sexualidad

Las pruebas de grupos sanguíneos y ADN llevadas a cabo en los hospitales occidentales sugieren que alrededor de uno de cada cincuenta niños no es hijo de padre oficial. En algunos estudios la cifra es considerablemente mayor. Con todos estos hijos de mamá pero no de papá por ahí, no sorprende que la gente insista tanto en destacar el parecido con el padre. De hecho, es significativa la frecuencia con que las propias madres dicen «igualito que su padre». Todos sabemos cuál de los dos progenitores necesita seguridad.

Pocas sociedades toleran abiertamente los escarceos extraconyugales, aunque unas pocas lo hacen, como los indios barí de Venezuela, que tienen un sistema algo parecido al de los bonobos. La parte bonobo es que las mujeres tienen relaciones con múltiples varones, lo que confunde la paternidad. La parte humana es que esto permite a las mujeres asegurarse la ayuda masculina. Los barí creen que, una vez concebido el feto, usualmente por marido y mujer, tiene que nutrirse con semen, de manera que tanto el marido como los otros amantes de la mujer contribuyen a su buen desarrollo. (Esto puede sonar estrafalario a nuestros oídos modernos, pero las pruebas científicas de que el óvulo es fecundado por un solo espermatozoide no son anteriores al siglo XIX). Una vez nacido, el bebé no se considera el producto de un solo padre biológico, sino de varios. La paternidad compartida tiene algunas ventajas en las sociedades con una elevada mortalidad infantil. Es difícil para un único padre proveer adecuadamente a su familia; el hecho de que varios hombres asuman dicha obligación contribuye a la supervivencia de la criatura. Se puede decir que las mujeres obtienen asistencia en la crianza por medio de tratos sexuales con más de un hombre.

Aunque la familia nuclear no siempre se ajuste a la concepción de los biólogos occidentales (un varón que ayuda a su pareja a cambio de su fidelidad), la idea básica se mantiene: las mujeres buscan tanta protección y asistencia como pueden obtener, y los varones buscan sexo. A veces las mujeres consideran que sus hermanos son más fiables como proveedores que sus parejas, pero la pauta más típicamente humana con diferencia es el intercambio de sexo por manutención entre un varón y una mujer con hijos dependientes.” (117-119) 

Paternidad y contención sexual. Impacto de la familia nuclear 

Entre los bonobo, la paternidad no existe. “Al describir esta sociedad es difícil evitar una terminología concebida para nuestra propia vida sexual, como «promiscuo», «libre» o «hedonista», y esto suena como si estos antropoides estuvieran haciendo algo incorrecto o hubieran logrado una emancipación inusitada. Ni una cosa ni la otra. Los bonobos simplemente hacen lo que hacen porque así sobreviven y se reproducen de manera óptima en el entorno en que viven.

Nuestra evolución tomó otro rumbo. Al incrementar la certeza de la paternidad, allanamos el camino para una implicación masculina creciente en el cuidado de la prole. En el proceso, tuvimos que limitar el sexo fuera de la familia nuclear; hasta nuestros testículos reducidos nos cuentan una historia de compromiso aumentado y libertad recortada. Un sistema reproductivo así no puede tolerar el libre cambio de pareja. De ahí que la contención de la sexualidad se convirtiera en una obsesión humana, hasta el punto de que algunas culturas y religiones eliminan por norma partes de los genitales femeninos o equiparan el sexo en general con el pecado. Durante buena parte de la historia occidental, los seres humanos más puros y dignos de imitar fueron el monje célibe y la monja virgen. Pero la supresión de la carne nunca es completa. Es revelador que los sueños de los ermitaños, que vivían a pan y agua, tuvieran que ver más con voluptuosas doncellas que con suculentos manjares. Para los machos, el sexo siempre es lo primero, como demuestran mis chimpancés cada vez que una hembra exhibe la hinchazón genital. Por la mañana están tan ansiosos por salir corriendo del edificio y empezar una jornada de actividad y diversión que uno puede mostrarles cualquier fruta que normalmente les encanta y la ignorarán por completo. La mente repleta de testosterona es singular en su propósito.” (132) 

“La obsesión masculina por el sexo puede ser universal, pero aparte de esto diferimos drásticamente de nuestros parientes cercanos, Hemos retirado el sexo del dominio público y lo hemos recluido en nuestras chozas y dormitorios, para practicarlo únicamente en el ámbito familiar. No cumplimos estas restricciones a la perfección, ni mucho menos, pero son un ideal humano universal. La clase de sociedades que construimos y nuestros valores son incompatibles con el estilo de vida bonobo o chimpancé. Nuestras sociedades están organizadas para aquello que los biólogos llaman «crianza cooperativa», esto es, una multitud de individuos que trabajan juntos en tareas que benefician al conjunto. A menudo las mujeres supervisan conjuntamente a los menores, mientras que los varones acometen empresas colectivas como la caza y la defensa del grupo. De este modo, la comunidad consigue más de lo que puede aspirar a lograr cada individuo por sí solo, como conducir una manada de bisontes hacia un precipicio o tirar de pesadas redes repletas de peces. Y esta cooperación depende de que todos los machos del grupo tengan la oportunidad de reproducirse. Todo varón debe participar de los beneficios del esfuerzo cooperativo, lo que implica una familia a la que llevar el botín. También implica que todos deben confiar en todos. Sus actividades a menudo los apartan de sus parejas durante días o semanas. Sólo si hay garantías de que a nadie le pondrán los cuernos, los hombres estarán dispuestos a partir juntos para cazar o hacer la guerra.

El dilema de cómo promover la cooperación entre rivales sexuales se resolvió de un solo golpe con el establecimiento de la familia nuclear. Este convenio brindó a casi cada varón la opción de reproducirse y, por ende, incentivos para contribuir al bien común. Así pues, en el vínculo de pareja humano se encuentra la clave para el increíble nivel de cooperación que distingue a nuestra especie. La familia, y  todo lo que la rodea, nos permitió elevar las alianzas masculinas a un nuevo nivel, desconocido en otros primates. Nos preparó para empresas cooperativas a gran escala que nos permitieron conquistar el mundo, desde tender vías de ferrocarril por todo un continente hasta formar ejércitos, gobiernos y corporaciones globales. En la vida diaria podemos separar los dominios social y sexual, pero en la evolución de nuestra especie están estrechamente entrelazados.

Lo que nos atrae tanto de los bonobos es que no tienen ninguna necesidad de separar ambos dominios: mezclan felizmente lo social con lo sexual. Podemos envidiar a estos primates por su «libertad», pero nuestro éxito como especie está íntimamente ligado al abandono del estilo de vida bonobo y a un control más férreo de la expresión sexual abierta.” (133) 

Violación y maltrato 

“Si pensamos en seres humanos y antropoides, es mejor contemplar el acto sexual involuntario como una opción para cualquier macho que desee a una hembra y sea capaz de controlarla. Los bonobos machos no tienen esta opción porque las hembras no se dejan dominar. Los chimpancés machos son diferentes, y forzar a las hembras a copular sí está a su alcance. En cautividad esto es raro, gracias a la eficacia de las alianzas femeninas. He visto a machos que intimidaban a hembras no dispuestas a copular con ellos, pero casi siempre se llega a un punto en el que otras hembras acuden al rescate e interrumpen colectivamente los avances masculinos no deseados. También en las sociedades humanas la violación y el acoso sexual son menos comunes allí donde las mujeres cuentan con el apoyo de sus iguales.

Pero, en libertad, las hembras de chimpancé son vulnerables, porque a menudo deambulan solas. Un macho puede sortear las tensiones con sus rivales llevándose a una hembra en estro de «safari». La pareja se traslada a la periferia del territorio comunitario, donde permanece varios días, en ocasiones incluso meses. Esto es peligroso, porque la cercanía de los vecinos aumenta el riesgo de ataques funestos. La hembra puede seguir al macho de manera voluntaria, pero a veces tiene que hacerlo a la fuerza. No es raro que el macho golpee a la hembra y la obligue a mantenerse cerca de él.

La ilustración más reveladora de esto es el descubrimiento de herramientas para disciplinar a las hembras en una comunidad de chimpancés. En el bosque de Kibale, en Uganda, algunos machos han adquirido el hábito de golpear a las hembras con garrotes. La primera observación fue un ataque del macho alfa, Imoso, a una hembra en estro llamada Outamba . Los etólogos de campo vieron cómo Imoso golpeaba cinco veces con fuerza a Outamba con un palo que blandía en la mano derecha. Exhausto, se tomó un minuto de respiro y luego, volvió a golpearla, esta vez con dos palos, uno en cada mano. No contento con ello, se colgó de una rama sobre su víctima y comenzó a darle patadas. Al final, la hija pequeña de Outamba no pudo aguantar más y acudió en ayuda de su madre, golpeando la espalda de Imoso con sus puños hasta hacerle desistir.

Aunque se sabe que los chimpancés emplean ramas y palos para golpear a los leopardos y otros predadores, los ataques con armas a congéneres se consideraban característicamente humanos.” (123) 

Antecedentes de la prostitución: sexo por comida 

“La autoconfianza de una hembra [bonoba] joven fluctúa con el volumen de su hinchazón genital. Si está en su punto álgido, no dudará en aproximarse a un macho con comida, y copulará con él mientras le arrebata un buen manojo de brotes y hojas. Apenas le dará opción de quedarse con una brizna para él. En cambio, si no puede ostentar una hinchazón genital llamativa, se limitará a esperar pacientemente hasta que él esté dispuesto a compartir su comida con ella.

En libertad se han observado escenas similares. Científicos japoneses que atraían a los bonobos a un claro de la selva ofreciéndoles caña de azúcar, observaron que las hembras adolescentes acosaban a los machos portadores de comida presentándoles de manera repetida sus hinchazones. A veces el macho se retiraba e intentaba evitarlas, pero ellas persistían hasta que se avenía a copular, lo que, con seguridad, implicaba compartir su alimento. Los observadores señalaron que las hembras jóvenes parecían saber que obtendrían un «pago» por su acto sexual. Daba la impresión de que los machos se veían forzados a realizar estas transacciones, pues las hembras jóvenes no les resultan especialmente atractivas.

Este intercambio de sexo por comida también se ha observado en los chimpancés. Robert Yerkes, uno de los pioneros de la primatología, experimentó con lo que describió como relaciones «conyugales». Si se arrojaba un cacahuete entre un macho y una hembra, se constataba que las hembras con hinchazones genitales tenían más privilegios que las hembras sin esa herramienta de trueque. Las primeras invariablemente reclamaban para sí el regalo. En la naturaleza, los episodios de caza van seguidos a menudo de la cesión de carne a hembras en estro. De hecho, la presencia de hembras en tal estado puede incitar a los machos a cazar para incrementar sus posibilidades de aparearse. Un macho de bajo rango que captura un colobo se convierte automáticamente en un imán para el sexo opuesto, lo que le proporciona una oportunidad de intercambiar carne por sexo antes de que lo descubra otro macho de rango superior.

Esto es bastante diferente del quid pro quo entre los bonobos. En vez de los machos, son las hembras quienes intentan sacar partido de este intercambio, en particular las jóvenes. Esto tiene sentido dado el poder de las hembras adultas, que hace innecesarias las transacciones sexuales.” (126) 

El infanticidio 

El infanticidio es algo practicado por algunas especies (p. ej. los leones) como modo de eliminar la descendencia de machos menos poderosos y de imponer la propia progenie: “Los langures machos, después de apropiarse de un harén de hembras, tienen por costumbre matar a todas las crías engendradas por su antiguo dueño. Se las arrebatan a sus madres y les clavan sus largos caninos”. (110) Entre los bonobos no hay infanticidio, porque la promiscuidad de las hembras hace indistinguible la paternidad, mientras que sí se da en chimpancés y gorilas. “No sorprende, pues, que después de haber dado a luz, las hembras

de chimpancé eviten las congregaciones numerosas durante años. El aislamiento quizá sea su estrategia primaria de prevención del infanticidio. Sólo reanudan sus hinchazones genitales hacia el fin del periodo de lactancia, al cabo de tres o cuatro años. Hasta entonces no tienen nada que ofrecer a los machos que buscan sexo ni una manera efectiva de hacerlos desistir de sus intenciones infanticidas. Las hembras de chimpancé pasan gran parte de su vida viajando solas con sus crías dependientes. Las hembras de bonobo, en cambio se reincorporan a su grupo en cuanto han dado a luz y vuelven a copular a los pocos meses. Tienen poco que temer. Los machos de su especie no están en disposición de saber qué crías son suyas. Y puesto que las hembras tienden a dominarlos, atacar a sus retoños sería una empresa arriesgada.” (112)

Modelos de belleza 

“La atracción masculina por las mujeres jóvenes se considera universal. Una verdadera industria de estudios ha prosperado en torno a la teoría de que todo hombre ansía una mujer juvenil, de piel lisa, pechos turgentes y fertilidad máxima, y que toda mujer es una buscadora de oro a la que sólo le interesan los hombres como proveedores. En apoyo de esta idea se aportan respuestas a fotografías y cuestionarios, mientras que, por supuesto, las únicas elecciones que realmente importan son las que se hacen en la vida real y, más concretamente, las que llevan a la procreación.

Los psicólogos evolucionistas afirman que los varones tienen presente un estándar físico preciso cuando buscan pareja. El zapato que debe calzar toda cenicienta es una cintura que represente el 70 por ciento del contorno de la cadera. Conocida como la razón cintura-cadera, esta cifra del 70 por ciento se supone programada en los genes masculinos humanos. Pero esto implica presuponer una preferencia masculina inmutable, mientras que el punto fuerte de nuestra especie es precisamente su adaptabilidad. Encuentro esta idea de una preferencia sexual uniforme tan creíble como la vieja pretensión comunista de que un mismo tipo de automóvil pintado de un mismo color alcanza para la nación entera.

La belleza está en el ojo de quien mira. Lo que hoy nos parece bello puede no haberlo sido siempre. Por eso Peter Paul Rubens nunca pintó una Twiggy. Un análisis reciente de las misses América y chicas Playboy (sí, a esto ha llegado la ciencia) ha socavado la tesis de una razón cintura-cadera cincelada en piedra. Lo que muestra es un amplio abanico de razones cintura-cadera, del 50 al 80 por ciento, en estos iconos de la belleza modernos. Si la razón cintura-cadera preferida ha variado tanto durante el siglo que acaba de terminar, puede imaginarse cuánto más lo habrá hecho a lo largo de nuestra historia”. (126-127)

 

VIOLENCIA 

Los chimpancés son xenófobos. Ejercen una violencia desmedida contra los miembros que no son de su grupo. Su violencia intragrupal se encuentra limitada por mecanismos de control. Forman bandas de machos que expanden su territorio exterminando a machos vecinos. Dentro de su grupo, sellan rápidamente la paz. No así las hembras, que no ejercen violencia fuera del grupo, pero cuyas peleas internas se resuelven mucho menos que en el caso de los machos: a menudo, los resentimientos quedan latentes, y las venganzas se preparan pacientemente a la espera de que llegue la ocasión adecuada. Los machos se reconcilian, pues, mucho más fácilmente que las hembras entre sí. No así los bonobos, que tienen una estructura social distinta; en ellos, es justo al revés. ¿Y en el caso del ser humano?

“Uno de los escasos estudios sobre la manera en que ambos géneros arreglan sus desavenencias se centraba en los juegos infantiles. Se vio que las niñas juegan en grupos menores y son menos competitivas que los niños. Ahora bien, la duración media de los juegos femeninos era corta, porque a las niñas no se les daba tan bien resolver sus disputas como a los niños. Ellos reñían todo el tiempo y debatían las reglas como pequeños abogados, pero esto nunca ponía fin al juego. Tras cada interrupción, simplemente continuaban. Entre las niñas, en cambio, una riña solía significar el fin del juego, porque no hacían nada por restablecer la cohesión del equipo.

La naturaleza de las disputas también difiere. Digamos que el individuo A camina hasta B, y B responde dándose la vuelta y actuando como si A no existiera. Es inimaginable que un niño vea esto como un altercado; si lo ignoran, simplemente busca otra compañía. Para dos niñas, en cambio, un encuentro de esta clase puede ser encarnizado, y reverberar durante horas o días. Un equipo finlandés se dedicó a observar las peleas en el patio de una escuela y contabilizó muchos menos altercados entre las niñas que entre los niños. Esto era lo esperado, pero cuando preguntaron a los escolares al final del día si habían participado en alguna riña, encontraron frecuencias aproximadamente iguales en ambos sexos. A menudo la agresión femenina apenas resulta visible. En su novela Ojo de gato, Margaret Atwood contrastaba los tormentos que se infligen las chicas unas a otras con la competencia franca entre los chicos. Su protagonista se quejaba así:

«Pensé en decírselo a mi hermano y pedirle ayuda. Pero ¿decirle qué exactamente? Cordelia no hace nada físico. Si se tratara de chicos que me acosan o se burlan de mí, él sabría qué hacer, pero los chicos no me causan problemas. Contra las chicas y sus indirectas, sus murmuraciones, estaría indefensa».

Esta clase de agresión sutil no se desvanece fácilmente, como comprobaron los investigadores finlandeses. La discordia entre las niñas era más duradera que entre los niños. Si se les preguntaba cuánto tiempo podrían estar enfadados con alguien, los niños pensaban en términos de horas, a veces días, mientras que las niñas declaraban que podían seguir enfadadas ¡de por vida! Los rencores erosionan las relaciones, como explicó una entrenadora de natación a propósito de su paso de entrenar mujeres a entrenar varones. El trabajo con el sexo opuesto le resultaba mucho menos estresante. Si dos chicas tenían alguna desavenencia al principio de la temporada, era poco probable que la situación se enmendara antes de su conclusión. El enfrentamiento se iría enconando día tras día, minando la solidaridad del equipo. Los chicos, en cambio, reñían continuamente; pero por la tarde tomarían una cerveza juntos, y al día siguiente apenas recordarían su enfrentamiento.

Para los varones, la rivalidad y las hostilidades no son un obstáculo para las buenas relaciones. En You Just Don’t Understand, la lingüista Deborah Tannen informa sobre conversaciones hostiles seguidas de charlas amigables entre hombres. Éstos usan el conflicto para negociar su rango, y de hecho les encanta rivalizar, incluso con los amigos. Cuando las cosas se calientan, los varones suelen encontrar una manera de rebajar la tensión con un chiste o una disculpa, y esta alternancia entre camaradería y hostilidad tibia les permite mantener los lazos. Por ejemplo, los hombres de negocios pueden gritar e intimidar en una reunión, para luego ponerse a bromear y reír durante una pausa. «No es nada personal» es una puntualización masculina típica después de un agrio intercambio.

Si comparamos el conflicto con el mal tiempo, podemos decir que las mujeres intentan evitarlo, mientras que los hombres compran un paraguas. Las mujeres son mantenedoras de la paz, los varones pacificadores. Las amistades femeninas se contemplan a menudo como más profundas e íntimas que las masculinas, que se adaptan mejor a la acción, como ir juntos a eventos deportivos. En consecuencia, las mujeres ven el conflicto como una amenaza a conexiones estimadas. Como Mama y Kuif en la colonia de Arnhem, evitan las confrontaciones a cualquier precio. Las mujeres lo hacen muy bien, como evidencian los lazos duraderos que establecen, pero la profundidad de sus relaciones también implica que, en caso de desavenencia, son incapaces de decir «no es nada personal». Todo es intensamente personal. Esto hace que la reparación tras la discordia, una vez ésta ha aflorado a la superficie, les resulte más difícil que a los varones.” (160-162) 

“Así pues, la tendencia  a reconciliarse es un cálculo político que varía con la especie, el género y la sociedad. Paradójicamente, la agresividad dice poco de la pacificación: el género más agresivo puede estar más dotado para hacer las paces que el género más pacífico.” (158-159) 

Es interesante constatar cómo la dinámica del chivo expiatorio se da también en los animales: “colóquense dos ratas en una rejilla de hierro a través de la cual se les da una descarga eléctrica, y en cuanto sientan el dolor se atacarán una a otra”. (168) 

Los rituales de reconciliación son el producto de una habilidad social adquirida más que de un instinto: “Los monos dorados lo hacen cogiéndose de la mano, los chimpancés con un beso en la boca, los bonobos con el sexo, y los macacos de Tonkín abrazándose y chasqueando los labios. Cada especie sigue su propio protocolo de pacificación. Tomemos, por ejemplo, algo que he visto una y otra vez en los antropoides pero nunca en los otros monos: después de que un individuo ha atacado y mordido a otro, vuelve para inspeccionar la herida. El agresor sabe exactamente dónde mirar. Si el mordisco ha sido en el pie izquierdo, el agresor se dirige sin titubear al pie izquierdo de la víctima —no al derecho o al brazo—, levanta e inspecciona el pie dañado y luego comienza a limpiar la herida. Esto sugiere una comprensión de causa y efecto del estilo de «si te he mordido, ahora debes tener un corte en el mismo sitio». También sugiere que los antropoides se ponen en el lugar del otro y advierten el impacto de su comportamiento sobre el prójimo. Incluso podemos especular

que se arrepienten de sus acciones, igual que nosotros. El naturalista alemán Bemhard Grzimek tuvo ocasión de experimentar esto después de haber tenido la suerte de sobrevivir a un ataque de un chimpancé macho enfurecido. Cuando su rabia pasó, el animal parecía muy preocupado por Grzimek. Se le acercó y, con los dedos, intentó cerrar y presionar los bordes de las peores heridas. El impertérrito profesor le dejó hacer”. (151) 

 

BENEVOLENCIA 

Hay benevolencia en el mundo animal, pero la consolación sólo es propia de los monos antropoides. 

“Hay muchos más ejemplos de bonobos que vislumbran las necesidades ajenas. Uno es el de Kidogo, que padecía una anomalía cardiaca. Era débil, sin el vigor y la autoconfianza de un bonobo macho adulto normal. El día que llegó a la colonia del zoo de Milwaukee, Kidogo estaba completamente confundido por las órdenes cambiantes de los cuidadores en un edificio con el que no estaba familiarizado. No sabía adónde ir si la gente le instaba a trasladarse de una parte a otra del laberinto. Al cabo de un rato, otros bonobos fueron en su ayuda. Se acercaron a Kidogo, lo tomaron de la mano y lo llevaron adonde querían los cuidadores, mostrando que comprendían tanto las intenciones de éstos como el problema de Kidogo. Pronto el recién llegado comenzó a recabar su ayuda. Si se sentía perdido, emitía llamadas de angustia y enseguida acudían otros para calmarlo y hacerle de guía.

Que los animales se ayuden mutuamente no es una observación nueva, ni mucho menos, pero no deja de ser intrigante. Si todo lo que importa es la supervivencia del más apto, ¿no deberían abstenerse de todo aquello que no represente un beneficio individual? ¿Por qué ayudar a otro a seguir adelante? Hay dos teorías principales. La primera es que dicha conducta evolucionó para ayudar a la familia y la descendencia y, por ende, a individuos genéticamente emparentados, con lo que el asistente también está obrando en beneficio de sus propios genes. Esta teoría de «la llamada de la sangre» explica, por ejemplo, el sacrificio de las abejas, que dan su vida por la colmena y su reina cuando pican a un intruso. La segunda teoría se basa en la lógica de «si tú rascas mi espalda, yo rascaré la tuya»: si un individuo apoya a los que le devuelven el favor, ambas partes salen ganando. [...]

Ambas teorías conciernen a la evolución del comportamiento, pero ninguna nos dice mucho sobre sus motivaciones. La evolución depende del éxito de un rasgo a lo largo de millones de años; las motivaciones surgen del aquí y ahora. Por ejemplo, el sexo sirve a la reproducción, pero cuando los animales copulan no es por el deseo de reproducirse. No conocen la conexión; los impulsos sexuales están separados de la razón de ser del sexo. Las motivaciones tienen vida propia y por eso las describimos en términos de preferencias, deseos e intenciones, y no de valor de supervivencia.

Consideremos a los bonobos que ayudaron a Kidogo. Ninguno de ellos era pariente suyo, ni podía esperar mucha compensación de un individuo debilitado. Puede ser que Kidogo simplemente les cayera bien o que se compadecieran de él. [...] el comportamiento de ayuda seguramente no evolucionó en los bonobos para beneficio de individuos de otras especies. Aun así, una vez que se instaura una tendencia, nada impide que vaya más allá de su origen. En el año 2004, Jet, un perro labrador negro de Roseville, en California, saltó delante de su mejor amigo, un niño que estaba a punto de ser mordido por un crótalo, y se llevó el veneno de la serpiente. Con toda justicia, a Jet se le consideró un héroe. No estaba pensando en él mismo: se comportó como un altruista genuino.

Esto ilustra los riesgos que los animales están dispuestos a asumir. La agradecida familia del niño se gastó cuatro mil dólares en transfusiones de sangre y veterinarios para salvar a su perro. Un chimpancé de zoológico fue menos afortunado y perdió la vida en un intento fallido de rescatar a una cría de su misma especie que había caído al agua por la torpeza de su madre. Puesto que los chimpancés no saben nadar, meterse en el agua requiere mucho valor”. (176-177) 

Empatía y facultad mimética 

La empatía está relacionada con la capacidad de imitación: “Cuando era niño, imitaba de manera involuntaria los movimientos corporales de otros, en especial si yo era parte activa, como en los deportes. En algún momento me di cuenta de este comportamiento e intenté suprimirlo, pero no pude. Tengo una fotografía mía durante un partido de voleibol en la que estoy saltando y actuando como si golpeara la pelota, aunque en realidad quien lo hace es uno de mis hermanos. Tan sólo estoy representando lo que pienso que él debería hacer. Esta tendencia se aprecia con facilidad cuando los padres dan de comer a sus pequeños. Mientras acercan una cuchara llena de papilla a la boca del bebé, los adultos abren su propia boca cuando se supone que la criatura debe abrir la suya y, a menudo, incluso efectúan movimientos de deglución. De modo similar, cuando los niños ya mayores hacen de actores en la escuela, los padres asistentes susurran las palabras que se supone deben decir sus hijos.

La identificación corporal es corriente en los animales. Un amigo mío se fracturó una vez la pierna derecha. Al cabo de unos días su perro comenzó a cojear y arrastrar la pata trasera derecha. Un veterinario lo reconoció a fondo y no encontró ninguna anomalía. Cuando, semanas más tarde, a mi amigo le quitaron el yeso, el perro volvió a caminar normalmente. De modo similar, en la colonia de Arnhem, una vez Luit se lastimó una mano tras una pelea y comenzó a apoyarse sobre la muñeca en vez de en los nudillos, lo que le hacía caminar de manera estrafalaria. Poco después, todos los jóvenes de la colonia comenzaron a caminar de la misma manera y siguieron practicando este juego durante meses, hasta bastante después de que Luit hubiera vuelto a apoyar su mano normalmente. Katy Payne ha descrito una identificación corporal más inmediata en elefantes: «Una vez vi a una madre elefante interpretar una sutil danza de trompa-y-pata mientras, sin avanzar, miraba cómo su hijo perseguía un ñu que huía. Yo misma he danzado así mientras contemplaba las hazañas de mis hijos; uno de ellos, no puedo resistirme a contarlo, es un acróbata de circo».

Los monos se rascan si ven a otro hacerlo, y los antropoides bostezan si se les muestra un vídeo de un congénere bostezando. Nosotros hacemos lo mismo, y no sólo en relación con nuestra especie. En una ocasión asistí a un pase de diapositivas con imágenes de animales bostezando y me vi rodeado de una audiencia de bocas abiertas. Yo mismo era bastante incapaz de mantener la mía cerrada. Un equipo de la universidad de Parma, en Italia, descubrió que los monos tienen células cerebrales especiales que se activan no sólo cuando el mono agarra un objeto con la mano, sino cuando ve a otro hacerlo. Por eso se conocen como neuronas espejo. Los animales sociales se relacionan a un nivel mucho más básico de lo que habían sospechado los científicos. Estamos equipados para conectar con los que nos rodean y entrar en resonancia con ellos, incluso emocionalmente. Es un proceso por entero automático. Si se nos pide que miremos fotografías de expresiones faciales, involuntariamente copiamos la expresión que vemos. Lo hacemos incluso cuando la foto se muestra de modo subliminal, esto es, sólo durante unos milisegundos. Aunque no seamos conscientes de la expresión, nuestros músculos faciales la evocan.” (182-183) 

La otra cara de la empatía: la crueldad 

Como vemos, uno de los rasgos más importantes y llamativos de los grandes monos es su capacidad de sentir empatía, de ponerse en el lugar del otro. Esto lleva a comportamientos tiernos y compasivos, pero también a una crueldad refinada, como nos relata De Waal: “la misma capacidad de entender al prójimo también permite herirlo de manera deliberada. Tanto la compasión como la crueldad dependen de la capacidad de imaginar cómo afecta el propio comportamiento a los otros. Los animales de cerebro pequeño, como los tiburones, ciertamente pueden herir, pero no tienen la menor idea del daño que causan. El volumen cerebral de los antropoides es un tercio del nuestro, lo cual los faculta para la crueldad. Como los niños que arrojan piedras a los patos de un estanque, los antropoides a veces infligen dolor por pura diversión. En un juego, para atraer a unos pollos separados por una valla, unos chimpancés juveniles de laboratorio les echaban migas de pan. Cada vez que los inocentes pollos se aproximaban, los chimpancés los golpeaban con un palo o los pinchaban con un alambre. Este juego de Tántalo, en que los pollos eran lo bastante estúpidos como para colaborar (aunque podemos estar seguros de que para ellos no era en absoluto un juego), fue inventado por los chimpancés con la única finalidad de combatir su propio aburrimiento, y lo refinaron hasta el punto de que un individuo se encargaba de lanzar el cebo y otro el golpe”. (16) 

Reacciones al dolor ajeno: las neuronas espejo 

“Ya en 1959 se publicó un artículo con el provocativo título de «Reacciones emocionales de las ratas al dolor ajeno», donde se demostraba que las ratas dejan de apretar la palanca de su dispensador de comida si cada vez que la presionan la rata de al lado recibe una descarga eléctrica. ¿Por qué las ratas no se limitan a ignorar al animal que salta de dolor sobre una rejilla eléctrica y continúan procurándose comida? En un experimento clásico (que yo no repetiría por razones éticas) los monos mostraron una inhibición aún más fuerte. Un mono dejó de responder durante cinco días y otro durante doce días después de ver que un compañero recibía una descarga cada vez que tiraban de un asa para procurarse comida. Estos monos estaban literalmente pasando hambre para evitar infligir dolor a otros.- En todos estos estudios, la probable explicación no es la preocupación por el bienestar del prójimo, sino el sufrimiento causado por el sufrimiento ajeno. Esta respuesta tiene un enorme valor de supervivencia.” (183)  

“Hemos sido programados para no querer ver ni oír el dolor ajeno. Por ejemplo, los niños pequeños a menudo lloran y corren hacia sus madres en busca de consuelo cuando ven a otro niño caer y llorar. No están preocupados por el otro niño, sino abrumados por las emociones que expresa. Sólo más adelante, cuando los niños son capaces de distinguir entre el yo y el otro, separan las emociones vicarias de las propias. El desarrollo de la empatía comienza sin tal distinción, quizá de manera similar a la vibración inducida en una cuerda por la vibración de otra cuerda. Las emociones tienden a despertar emociones correspondientes, desde la risa y la alegría hasta el bien conocido fenómeno de una habitación llena de niños pequeños llorando. Ahora sabemos que el contagio emocional reside en partes del cerebro de tal antigüedad que las tenemos en común con animales tan diversos como las ratas, los perros, los elefantes y los monos.” (184) 

Los etólogos han llegado al momento en que pueden delinear al menos una teoría de la mente antropoide. La capacidad que tienen de saber lo que otro quiere, de captar sus intenciones, los distingue del resto de los animales, y un ilustre ejemplo es la conducta de consuelo.“[Los investigadores] no encontraron nada parecido a lo que vemos en los chimpancés. Los monos no antropomorfos no proporcionan consuelo ni a sus propios hijos cuando son mordidos. Los protegen, desde luego, pero sin los abrazos y caricias con los que las madres antropoides calman a sus crías alteradas. Esto humaniza el comportamiento de los antropoides. ¿Qué es lo que nos separa a antropoides y humanos del resto de los primates? Parte de la respuesta quizá resida en una mayor autoconciencia, porque hay una segunda diferencia que se conoce desde hace aún más tiempo. Los antropoides son los únicos primates, aparte de nosotros, que reconocen su propio reflejo en un espejo.” (189) Los delfines y los elefantes también se caracterizan por una gran empatía. 

Sin embargo, los resultados de la etología no se compadecen con los famosos experimentos de Stanley Milgram de los años sesenta[2], en los que se comprueba que numerosos sujetos obedecen a un experimentador sin atender lo más mínimo al dolor ajeno. Esto indica que la presión civilizatoria, el poder que ejerce la sociedad, es muy capaz de borrar, al menos temporalmente y en el momento decisivo, toda conmiseración de origen genético. El precio, sin duda, es una enorme disonancia cognoscitiva. 

El papel de las emociones en la vida 

“Imaginemos un mundo poblado por criaturas como el superlógico señor Spock de Star Trek. Si ocasionalmente surgiera una emoción, nadie sabría qué hacer con ella. Al atender sólo al contenido lingüístico, pasarían por alto los cambios en el tono de voz y nunca practicarían el equivalente humano del acicalamiento: la conversación banal. Carentes de toda conexión natural con los otros, la única forma que tendrían estas criaturas de entenderse con el prójimo sería a través de un arduo proceso de preguntas y respuestas.

Toda una literatura centrada exclusivamente en el aspecto despiadado de la evolución nos ha retratado como habitantes de un universo autista. Se nos dice que la benevolencia es algo que la gente sólo ejerce bajo presión y que la moralidad es poco más que una fachada, una delgada funda que esconde una naturaleza egoísta. ¿Pero quién vive en un mundo así? Un grupo de pirañas que se muestran amables sólo porque quieren impresionar nunca desarrollará la clase de sociedad de la que dependemos. Las pirañas, que no se preocupan unas de otras, carecen de moralidad tal como la conocemos.

La clave es la dependencia mutua. Las sociedades humanas son sistemas de apoyo en los cuales la debilidad no tiene por qué significar la muerte. El filósofo Alasdair MacIntyre abre su libro Animales racionales y dependientes con una reflexión sobre la vulnerabilidad humana. Durante muchas fases de la vida, sobre todo en la infancia y en la vejez, pero también entre ambas, nos encontramos en las manos cuidadoras de otros. Somos seres inherentemente necesitados. Entonces, ¿por qué la religión y la filosofía occidentales prestan tanta más atención al alma que al cuerpo? Nos retratan como cerebrales, racionales y dueños de nuestros destinos; nunca enfermos ni hambrientos de comida o sexo. Nuestros cuerpos y emociones sólo se reconocen como debilidades.

Durante un debate público sobre el futuro de la humanidad, un respetado científico auguró que en un par de siglos adquiriríamos un pleno control científico de nuestras emociones. ¡Parecía estar deseando que llegara ese día! Pero sin emociones difícilmente sabríamos qué decisiones tomar en la vida, porque las elecciones se basan en preferencias, y éstas son, en última instancia, emocionales. Sin emociones no conservaríamos recuerdos, porque son las emociones las que los hacen relevantes. Sin emociones permaneceríamos indiferentes a los otros, que a su vez permanecerían indiferentes a nosotros. Seríamos como barcos que navegan sin detenerse.

La realidad es que somos cuerpos nacidos de otros cuerpos, cuerpos que alimentan otros cuerpos, cuerpos que se relacionan sexualmente con otros cuerpos, cuerpos que buscan un hombro en el que apoyarse o llorar, cuerpos que viajan largas distancias para estar cerca de otros cuerpos, etcétera. ¿Valdría la pena vivir la vida sin estas conexiones y las emociones que despiertan? ¿Cuán felices seríamos, sobre todo si se tiene en cuenta que la felicidad, también, es una emoción?” (192-193) 

Emociones y ética: Bentham, Kant 

“De acuerdo con MacIntyre, nos hemos vuelto olvidadizos de hasta qué punto nuestras preocupaciones básicas son las de un animal. Celebramos la racionalidad, pero cuando los impulsos aprietan le damos poco peso. Como sabe cualquier padre que ha intentado infundir sensatez en un adolescente, el poder persuasivo de la lógica es sorprendentemente limitado. Esto vale especialmente para el dominio moral. Imaginemos que un consultor extraterrestre nos insta a matar de inmediato a todo aquél que contraiga la gripe. Se nos dice que, al hacerlo así, mataríamos a mucha menos gente de la que moriría si se permitiera que la epidemia siguiera su curso. Cortando la gripe de raíz, salvaríamos vidas. Por muy lógico que pueda parecer, dudo que muchos de nosotros optaran por semejante plan. Esto es así porque la moralidad humana está firmemente anclada en las emociones sociales, con la empatía en el centro. Las emociones son nuestra brújula. Tenemos fuertes inhibiciones contrarias a matar miembros de nuestra propia comunidad y nuestras decisiones morales reflejan estos sentimientos.

La empatía es intensamente interpersonal. Se activa por la presencia, las maneras y la voz de los otros, antes que por ninguna evaluación objetiva. Leer sobre las tribulaciones de alguien que pasa una mala época ciertamente no es lo mismo que compartir habitación con esa persona y escuchar su relato. La primera situación puede generar alguna empatía, pero de un tipo fácil de desoír. ¿Por qué? Para unos agentes morales racionales, entre ambas situaciones no debería haber diferencia. Pero nuestras tendencias morales evolucionaron en interacción directa con otros a los que podíamos oír, ver, tocar y oler, y cuya situación entendíamos tomando parte en ella. Estamos exquisitamente sintonizados con la marca de señales emotivas procedentes de las caras y posturas de los otros, con las que nuestras propias expresiones entran en resonancia. La gente de carne y hueso se mete en nuestra piel como nunca lo hará un problema abstracto. El concepto «empatía» deriva del alemán Einfühlung, que se traduce como «sentir dentro».

He puesto mi ejemplo de la gripe para mostrar que rehusamos el mayor bien para el mayor número de gente —una escuela de filosofía moral conocida como «utilitarismo»— si ello viola las inhibiciones básicas de nuestra especie. El otro enfoque, la afirmación de lmmanuel Kant de que llegamos a la moralidad por «razón pura», plantea problemas aún mayores. Esta cuestión fue explorada por un joven filósofo con inquietudes neurológicas, Joshua Green, quien se dedicó a registrar la actividad cerebral de gente dedicada a resolver problemas morales. Un dilema era el siguiente: estamos al volante de un tranvía sin frenos que se acerca a toda velocidad a una bifurcación, y vemos a cinco operarios en la vía izquierda y sólo a uno en la vía derecha. Lo único que podemos hacer es decidir la trayectoria del tranvía accionando un conmutador. No hay tiempo para frenar. ¿Qué haríamos? La respuesta es simple. La mayoría de la gente giraría a la derecha para no matar a más de un obrero. Ahora bien, supongamos que estamos en un puente sobre una vía recta sin bifurcaciones y vemos un tranvía que va a toda velocidad hacia cinco operarios. Al lado nuestro, en el puente, hay un hombre corpulento. Podríamos empujarlo para que cayera frente al tranvía y lo frenara lo bastante como para que los cinco obreros se salvaran. Resulta que la gente está mucho más dispuesta a matar a una persona cambiando la dirección del tranvía que enviando a alguien deliberadamente a la muerte. Esta elección tiene poco que ver con la racionalidad, porque ambas soluciones son lógicamente equivalentes: se salvan cinco personas a expensas de una. Kant no habría apreciado ninguna diferencia.

Tenemos una larga historia evolutiva en la que agarrar a alguien con nuestras manos desnudas tenía consecuencias inmediatas para nosotros y nuestro grupo. Los cuerpos importan, de ahí que todo lo relacionado con ellos despierte emociones. En el escáner, Greene descubrió que las decisiones morales, como empujar a alguien desde un puente o no, activan áreas cerebrales implicadas tanto en las emociones propias como en la evaluación de las emociones ajenas. En cambio, las decisiones morales impersonales, para las que la evolución no nos ha preparado, activan áreas que también intervienen en las decisiones prácticas. Nuestro cerebro trata la maniobra de cambio de vía como cualquier problema neutro, como qué comeremos hoy o cuándo tendremos que salir de la oficina para no perder nuestro avión.

La toma de decisiones morales se rige por emociones. Activa partes del cerebro que se remontan a la transición de los reptiles de sangre fría a los amables, cariñosos y solícitos mamíferos que somos. Estamos equipados con una brújula interna que nos dice cómo deberíamos tratar a los otros. A menudo las racionalizaciones vienen después, cuando ya hemos llevado a cabo las reacciones prefijadas de nuestra especie. Puede que la racionalización sea una manera de justificar nuestras acciones ante los otros, que pueden estar o no de acuerdo, de manera que la sociedad entera puede llegar a un consenso sobre un dilema moral determinado. Aquí entra la presión social, la aprobación o desaprobación que tanto nos importan, pero todo esto probablemente es secundario a la moralidad «visceral».

Esto puede chocar al filósofo kantiano, pero concuerda con la convicción de Darwin de que la ética se derivó de instintos sociales.” (193-194) 

La reciprocidad: ayuda y venganza 

“Cuando a Confucio le preguntaron si hay una sola palabra que pueda servir de prescripción general para la vida de uno, tras una larga pausa dijo: «reciprocidad». Este principio elegante y abarcador es un universal humano, y los biólogos tienen un antiguo interés en sus orígenes. Todavía recuerdo el revuelo cuando, en 1972, junto con estudiantes de la Universidad de Utrecht, analizamos «La evolución del altruismo recíproco» de Roben Trivers. Sigue siendo uno de mis artículos favoritos porque, en vez de simplificar la conexión entre genes y comportamiento, presta plena atención a las emociones y procesos psicológicos. Distingue diferentes tipos de cooperación basándose en lo que cada participante pone y obtiene. Por ejemplo, la cooperación que se compensa de inmediato no se considera altruismo recíproco. Si una docena de pelícanos forma un semicírculo en un lago somero para hacer acopio de pececillos con sus patas palmeadas, todas las aves se benefician cuando recogen la pesca juntas. Dada la retribución inmediata, esta clase de cooperación está ampliamente extendida. El altruismo recíproco, en cambio, tiene un coste que antecede al beneficio, lo cual es más complicado.

Cuando Yeroen respaldó la candidatura de Nikkie al rango de macho alfa, no podía saber si tendría éxito. Era una apuesta. Una vez alcanzado el objetivo de Nikkie, sin embargo, Yeroen enseguida patentizó sus deseos, apareándose delante de las narices de Nikkie. Por razones obvias, ningún otro macho habría intentado algo así, pero Nikkie dependía del apoyo del viejo macho, así que debía dejarlo hacer. Esto es reciprocidad clásica, una transacción que conviene a ambas partes. Tras haber analizado miles de alianzas en las que los aliados se apoyan mutuamente en las disputas, concluimos que los chimpancés alcanzan niveles elevados de reciprocidad. En otras palabras, apoyan a quienes les apoyan.

Los chimpancés también aplican la reciprocidad en sentido negativo. La venganza es el reverso de la reciprocidad. Nikkie tenía el hábito de pasar cuentas no mucho después de una derrota ocasional provocada por una alianza.”(199-200) 

Origen de la ayuda mutua en la carne y su reparto 

 “Uno de mis dibujos favoritos de Gary Larson muestra a un grupo de hombres primitivos, azadas en mano, que vuelven del bosque cargando una zanahoria gigante sobre sus cabezas. El texto dice «Vegetarianos primitivos volviendo de la matanza». La zanahoria era lo bastante grande como para abastecer a todo el clan. Esto es profundamente irónico, dada la improbabilidad de que los vegetales tuvieran algún papel en la evolución del modo de compartir el alimento. Los frutos y hojas que recolectan los primates en el bosque son demasiado abundantes y demasiado pequeños para ser compartidos. El compartir sólo tiene sentido cuando se trata de un alimento muy apreciado, difícil de obtener y disponible en cantidades demasiado grandes para un solo individuo. ¿Cuál es el centro de la atención cuando la gente se reúne alrededor de la mesa? ¿El pavo del Día de Acción de Gracias, el cerdo girando en el espetón o la fuente de ensalada? El compartir se remonta a nuestros tiempos de cazadores, lo que explica por qué es raro en otros primates. Los tres primates más dados a compartir de manera pública (esto es, fuera del ámbito familiar) son los humanos, los chimpancés y los monos capuchinos. Los tres adoran la carne, cazan en grupo y comparten la pieza, incluso entre machos adultos, algo que tiene sentido si se piensa que los machos efectúan la mayor parte de capturas.

Si el gusto por la carne está en la raíz del compartir, es difícil eludir la conclusión de que la moralidad humana está remojada en sangre. Cuando damos óbolos a pedigüeños desconocidos, enviamos dinero a masas hambrientas o votamos medidas en beneficio de los pobres, seguimos impulsos que comenzaron a tomar forma cuando nuestros ancestros se congregaron por primera vez alrededor de un poseedor de carne. En el centro del círculo original hay algo deseado por muchos, pero cuya obtención requiere una fuerza o habilidad excepcional.-El compartir la comida conduce por sí solo a la investigación de la reciprocidad.” (201) 

El sentimiento de injusticia 

Tienen un sentido de la justicia, como demuestra el experimento con los monos capuchinos: “Colocamos dos monos uno al lado del otro e hicimos veinticinco intercambios seguidos con ambos, primero con uno, luego con el otro, y así sucesivamente. Si ambos recibían rodajas de pepino, esto se llamó equidad. En esta situación, los monos intercambiaban todo el tiempo, y comían felizmente su pepino. Pero si a uno le dábamos uvas y al otro seguíamos dándole pepino, las cosas tomaban un giro inesperado. Esto se llamó injusticia. Las preferencias alimentarias de nuestros monos se ajustan a los precios en el supermercado, así que las uvas están entre las mejores recompensas. Al advertir el aumento de sueldo de su compañero, los monos que antes habían estado dispuestos a trabajar por una rodaja de pepino se declararon en huelga. No sólo se mostraban reacios a colaborar, sino que parecían agitados, hasta el punto de arrojar las piedras ya veces incluso las rodajas de pepino fuera de la cámara de prueba. Un alimento que en condiciones normales nunca rehúsan se había vuelto menos que desechable, ¡se había vuelto detestable!” (212) “ Todos sabemos cómo se siente uno al ser desfavorecido, razón por la cual ningún padre osaría ir a casa con un regalo para uno de sus hijos y nada para el otro. Toda una escuela de economistas está convencida de que las emociones (que los economistas, curiosamente, llaman «pasiones») desempeñan un papel fundamental en la toma de decisiones. Las más intensas tienen que ver con el reparto de recursos. Estas emociones nos mueven a actuar de maneras que parecen irracionales de entrada (como dejar un empleo porque nos pagan menos que a otros), pero que a largo plazo promueven unas reglas de juego y unas relaciones cooperativas niveladas.

Esto se pone a prueba con el llamado juego del ultimátum, en el que una persona recibe, digamos, cien dólares para repartírselos con otro. El reparto puede ser al cincuenta por ciento, pero también puede haber otras divisiones, como noventa-diez. Si el otro acepta el trato, ambos ganan dinero. Si rehúsa, ninguno se lleva nada. El que reparte el dinero debe ser comedido, porque los compañeros de juego suelen rechazar las ofertas demasiado ventajistas. Esta manera de actuar contradice la tesis económica tradicional de que las personas son agentes optimizadores racionales. Un optimizador racional debería aceptar cualquier oferta que le reportara un beneficio no nulo, porque una mínima suma siempre es mejor que nada. La gente no piensa así: simplemente nadie quiere que otro se aproveche de uno mismo... Nuestros monos reaccionaban de la misma manera, desechando un alimento bien jugoso. El pepino es bueno si no hay otra cosa, pero tan pronto como veían que otros estaban comiendo uvas, el valor de los vegetales bajos en azúcar caía en picado.” (213) 

Problemas de una moral universal 

Nuestra moralidad se basa en la emoción, más allá de lo racional, y siempre ha tenido problemas para ser universal, concepto que la emoción desconoce. “En el curso de la evolución humana, la hostilidad entre grupos fomentó la solidaridad intragrupal hasta la emergencia de la moralidad. En vez de limitarnos a mejorar las relaciones a nuestro alrededor, como hacen los antropoides, recibimos enseñanzas explícitas sobre el valor de la comunidad y la primacía que deberían tener los intereses comunitarios sobre los individuales.

Así pues, la profunda ironía es que nuestro logro más noble, la moralidad, está evolutivamente ligado a nuestro comportamiento más infame, la guerra. Fue la guerra la que proporcionó el sentido de comunidad que requería la moralidad. Cuando la balanza se inclinó hacia los intereses compartidos, en detrimento de los intereses individuales conflictivos, dimos una vuelta de tuerca a la presión social para asegurarnos de que todo el inundo contribuyera al bien común. Desarrollamos una estructura incentivadora de aprobación y castigo, incluyendo castigos internalizados como la culpabilidad y la vergüenza, para alentar lo bueno y desalentar lo malo para la comunidad. La moralidad se convirtió en nuestra principal herramienta para reforzar el tejido social.

El bien común nunca abarcó más allá del grupo, lo que explica por qué las reglas morales raramente mencionan lo foráneo: la gente se siente autorizada a tratar al enemigo de maneras inimaginables dentro de su propia comunidad. Ampliar el dominio de aplicación de la moralidad más allá de los límites comunitarios es el gran desafío de nuestro tiempo. Al confeccionar una lista de derechos humanos universales

—aplicables incluso a nuestros enemigos, como pretende la Convención de Ginebra— o debatir la ética del uso de los animales, estamos aplicando un sistema que evolucionó por razones intragrupales más allá del grupo, incluso más allá de nuestra especie. La expansión del círculo moral es una empresa frágil. Nuestra mejor esperanza de éxito se basa en las emociones morales, porque las emociones son desobedientes. En principio, la empatía puede imponerse a cualquier regla sobre cómo tratar a los miembros de grupos ajenos. Por ejemplo, cuando Oskar Schindler mantuvo judíos fuera de los campos de concentración durante la segunda guerra mundial, había recibido órdenes claras de su sociedad sobre cómo tratar a aquella gente, pero sus sentimientos se interpusieron.

Las emociones caritativas pueden llevar a actos subversivos, como el de un guardián que cumplía la orden de tener a pan y agua a los prisioneros de guerra bajo su custodia, pero que ocasionalmente les pasaba un huevo duro. Por pequeño que fuera, su gesto quedó grabado en la memoria de los prisioneros como un signo de que no todos sus enemigos eran unos monstruos. Y luego están los muchos actos de omisión, como los de soldados que podían haber matado prisioneros sin ninguna repercusión negativa para ellos, pero decidieron no hacerlo. En la guerra, la inhibición puede ser una forma de compasión.

Las emociones triunfan sobre las reglas. Por eso, al hablar de modelos de conducta moral, hablamos de nuestros corazones y no de nuestros cerebros; por mucho que el corazón como asiento de las emociones sea una idea obsoleta, como puntualizaría cualquier neurólogo. A la hora de resolver dilemas morales confiamos más en lo que sentimos que en lo que pensamos. El enfoque cerebral del señor Spock es lastimosamente inadecuado. Esta idea se expresa de modo inmejorable en la parábola del buen samaritano, que trata de nuestra actitud hacia los necesitados. Un hombre yace medio muerto a un lado del camino de Jerusalén a Jericó. La víctima es ignorada primero por un sacerdote y luego por un levita, ambos personas religiosas familiarizadas con la letra pequeña de todo lo escrito sobre ética. Estos hombres no querían interrumpir su marcha por un desconocido, así que cambiaron de lado y pasaron de largo. Sólo el tercer transeúnte, un samaritano, se paró, vendó las heridas del hombre, lo subió a su burro y lo puso a salvo. El samaritano, un paria religioso, se compadeció. El mensaje bíblico es que se debe desconfiar de la ética que se rige por un libro en vez del corazón, y tratar a todo el mundo como si fuera nuestro vecino.

Si la moralidad hunde sus raíces en el sentimiento, es fácil estar de acuerdo con Darwin [...] sobre su evolución, y discrepar de quienes piensan que la respuesta está en la cultura y la religión. Las religiones modernas sólo tienen unos cuantos milenios de antigüedad. Es difícil imaginar que la psicología humana fuera radicalmente distinta antes de que surgieran las religiones. No es que la religión y la cultura no tengan papel alguno, pero está claro que los sillares de la moralidad anteceden a la humanidad. Los reconocemos en nuestros parientes primates más cercanos, siendo la empatía más conspicua en el bonobo y la reciprocidad en el chimpancé. Las reglas morales nos dicen cuándo y cómo aplicar estas tendencias, pero las tendencias mismas han estado ahí desde tiempo inmemorial. (225-227) 

 

NI HOBBES NI ROUSSEAU: LA NATURALEZA HUMANA (Y ANIMAL) 

“La brutalidad y el afán de poder del chimpancé contrastan con la amabilidad y el erotismo del bonobo (una suerte de doctor Jekyll y mister Hyde). Nuestra propia naturaleza es un tenso matrimonio entre ambos. Nuestro lado oscuro es tristemente obvio: se estima que sólo en el siglo XX, 160 millones de personas perdieron la vida por causa de la guerra, el genocidio o la opresión política. Aún más escalofriantes que estas cifras son las expresiones más personales de la crueldad humana, como el horrendo incidente que acaeció en 1998 en un pueblo de Texas. Tres varones blancos invitaron a un negro de cuarenta y nueve años a subir a su camión, pero, en vez de llevarlo a casa, lo transportaron a un descampado y, después de darle una paliza, lo ataron al vehículo y lo arrastraron durante varios kilómetros por una carretera, hasta arrancarle la cabeza y el brazo derecho.- Somos capaces de tales atrocidades a pesar, o precisamente a causa, de nuestra capacidad de imaginar qué sienten los demás. Por otro lado, cuando esa misma capacidad se combina con una actitud positiva, nos mueve a enviar alimento a los que pasan hambre, a jugarnos el tipo por rescatar a extraños -como sucede en los incendios o terremotos-, a llorar cuando alguien nos cuenta una historia triste, o a sumarnos a una partida de búsqueda cuando desaparece el hijo del vecino. Somos como una cabeza de Jano, con una cara cruel y otra compasiva mirando en sentidos opuestos. Esto puede confundirnos hasta el punto de simplificar en exceso nuestra imagen de nosotros mismos: o nos proclamamos «la culminación de la creación» o nos retratamos como los villanos por excelencia.- ¿Por qué no aceptar que somos las dos cosas? Ambos aspectos de nuestra naturaleza se corresponden con los de nuestros parientes primates más cercanos.” (17)

“...también somos criaturas intensamente sociables que dependen unas de otras y necesitan la interacción con sus semejantes para llevar vidas sanas y felices. Próximos a la muerte, la incomunicación es nuestro castigo más extremo. Nuestros cuerpos y mentes no están hechos para la vida en solitario. Nos deprimimos de manera irremediable en ausencia de compañía humana, y nuestra salud se deteriora. En un estudio médico reciente, voluntarios sanos expuestos al virus del resfriado y la gripe eran más proclives a enfermar cuantos menos amigos y familiares tenían a su alrededor.- Las mujeres aprecian de manera natural esta necesidad de conexión. En los mamíferos, el cuidado parental es inseparable de la lactancia. A lo largo de los 180 millones de años de evolución de los mamíferos, las hembras que respondían a las necesidades de sus retoños se reproducían más que las madres frías y distantes. Dado que las mujeres descienden de una larga línea de madres que cuidaban, alimentaban, limpiaban, transportaban, confortaban y defendían a sus hijos, no debería sorprendernos encontrar diferencias de género en la empatía humana. Éstas aparecen bastante antes de la socialización: el primer signo de empatía —llorar en respuesta al llanto de otro bebé— es, de hecho, más típico de las niñas que de los niños, y más adelante la empatía sigue estando más desarrollada en el sexo femenino que en el masculino. Esto no quiere decir que los varones carezcan de empatía o no necesiten el contacto humano, pero lo buscan más en las mujeres que en otros varones. Una relación a largo plazo con una mujer, como el matrimonio, es la manera más efectiva de alargar la vida para un varón. La otra cara de esta moneda es el autismo, un desorden de la empatía que dificulta la conexión con los otros, y que es cuatro veces más frecuente en los varones que en las mujeres.” (17-18) 

La descripción de Hobbes, por sesgada, no responde a la realidad: “¿Que nos caracteriza mejor, el odio o el amor? ¿Qué es mas importante para la supervivencia, la competencia o la cooperación? ¿Nos parecemos más a los chimpancés o a los bonobos?

Estas cuestiones son una pérdida de tiempo para las personalidades bipolares que somos. Es como preguntarse si una superficie se mide mejor por su longitud o por su anchura. Aún peor es considerar sólo un polo a expensas del otro. Sin embargo, esto es lo que ha estado haciendo el mundo occidental durante siglos, al presentar nuestro lado competitivo como más auténtico que nuestro lado social. Pero si la gente es tan egoísta como se supone, ¿cómo es que forma sociedades? La visión tradicional es la de un contrato entre nuestros ancestros, que decidieron vivir juntos «sólo por conveniencia, lo cual es artificial», como dijo Thomas Hobbes. Se nos contempla como solitarios que unieron sus fuerzas a regañadientes; lo bastante inteligentes como para juntar recursos, pero carentes de una atracción auténtica por nuestros congéneres.

El viejo proverbio romano «Homo homini lupus» (el hombre es un lobo para el hombre) resume esta visión asocial que continúa inspirando al derecho, la economía y las ciencias políticas. El problema no es sólo que este dicho es una mala representación de nosotros, sino también un insulto para uno de los cooperadores más gregarios y leales del reino animal; tan leal, de hecho, que nuestros antepasados tuvieron la sabiduría de domesticarlo. Los lobos sobreviven abatiendo presas más grandes que ellos, como caribúes y alces, y lo hacen trabajando en equipo. Cuando vuelven de la caza, regurgitan carne para alimentar a las madres, a los jóvenes y, a veces, a los enfermos y viejos que se quedaron atrás. Como los hinchas de un equipo de fútbol cuando cantan, ellos refuerzan la unidad de la manada aullando a coro antes y después de la caza. La competencia no está ausente, pero los lobos no pueden permitirse darle rienda suelta. La lealtad y la confianza tienen prioridad. El comportamiento que mina los cimientos de la cooperación se amortigua para prevenir el desmoronamiento de la armonía social, de la que depende la supervivencia. Un lobo que dejara prevalecer sus limitados intereses individuales pronto se encontraría persiguiendo ratones en solitario.

Los antropoides conocen la misma solidaridad. Se ha comunicado que los chimpancés del parque nacional de Taï, en Costa de Marfil, cuidaban de los compañeros heridos por leopardos, enjugaban su sangre con la lengua, eliminaban cuidadosamente la suciedad e impedían que las moscas se acercaran a la herida. Protegían a los heridos y se desplazaban despacio para permitirles seguir la marcha del grupo. Todo esto tiene pleno sentido si se piensa que los chimpancés viven en grupo por una buena razón, al igual que los lobos y los seres humanos. No estaríamos donde estamos hoy si nuestros ancestros hubieran sido socialmente distantes.

Lo que yo veo, pues, es lo opuesto de la imagen tradicional de una naturaleza «de garras y dientes ensangrentados», en la que el individuo es lo primero y la sociedad, un mero añadido. Uno no puede participar de los beneficios de la vida en grupo sin poner algo de su parte. Todo animal social alcanza su propio equilibrio entre el interés individual y el comunitario. Algunos son relativamente ariscos, otros casi amables. Pero hasta las sociedades más duras, como las de papiones y macacos, limitan las fricciones internas. La gente suele pensar que, en la naturaleza, la debilidad supone de forma automática la eliminación, un principio popularizado como «la ley de la selva». Pero, en realidad, los animales sociales cuentan con una tolerancia y un apoyo considerables. De no ser así, ¿qué objeto tendría vivir juntos?

Yo solía trabajar con un grupo de macacos rhesus en cuyo seno nació una hembra mentalmente retardada, Azalea, que siempre contó con una gran aceptación. Dado que Azalea tenía un triplete de cromosomas, su condición venía a ser como el síndrome de Down humano. Normalmente, los macacos rhesus castigan a cualquiera que viole las reglas de su estricta sociedad, pero a Azalea se le permitían los mayores deslices, como amenazar al macho alfa. Era como si todo el mundo se hiciera cargo de su irremediable ineptitud. De manera similar, un grupo de macacos de los Alpes japoneses incluía a una hembra congénitamente tarada llamada Mozu, que apenas podía caminar y en absoluto trepar, porque le faltaban las manos y los pies. Estrella de los documentales de naturaleza japoneses, Mozu fue tan plenamente aceptada por su grupo que tuvo una larga vida y fue capaz de criar cinco hijos.

Ya está bien de tanta supervivencia del más apto. Hay mucho de eso, por supuesto, pero no hay necesidad de caricaturizar la vida de nuestros parientes primates como un constante mirar por encima del hombro. Los primates se encuentran muy a gusto en compañía de otros. Llevarse bien con los demás es una aptitud capital, porque las posibilidades de supervivencia fuera del grupo, a merced de predadores y vecinos hostiles, son ínfimas. Los primates forzados a vivir solos no tardan en encontrar la muerte. Esto explica por qué dedican tanto tiempo —hasta el 10 por ciento de la jornada— al mantenimiento de sus lazos sociales a base de acicalar a otros. Los estudios de campo han mostrado que las monas con mejores conexiones sociales tienen la prole de mayor supervivencia.” (229-231)

Su postura, pues, es de equilibrio entre los extremos hobbesiano y rousseauniano: “Esto también se aplica a las tendencias sociales conflictivas, como la competencia y la cooperación, el egoísmo y la sociabilidad, la discordia y la armonía. Todo se equilibra alrededor de un grado óptimo. Ser egoísta es inevitable y necesario, pero sólo hasta cierto punto. Esto es lo que quiero decir cuando afirmo que la naturaleza humana es una cabeza de Jano: somos el producto de fuerzas opuestas, como la doble necesidad de velar por los propios intereses y la de congeniar. Si pongo el énfasis en lo segundo es por la insistencia tradicional en lo primero. Ambos factores están estrechamente interconectados y contribuyen a la supervivencia. Las mismas capacidades que promueven la paz, como la reconciliación, nunca habrían evolucionado en ausencia de conflicto.” (234) En el caso de los humanos, y remedando a Aristóteles, “pertenecemos a una categoría de animales conocida por los zoólogos como «gregarios obligados», lo que significa que no tenemos otra opción que mantenernos unidos. Por eso el temor al ostracismo acecha en las esquinas de toda mente humana: ser expulsado es lo peor que puede sucedernos. Así era en los tiempos bíblicos, y así sigue siendo hoy en día. La evolución ha implantado en nosotros la necesidad de pertenecer y ser aceptado. Somos sociables hasta la médula.” (233) 

Esto le lleva a una posición política: “Se piense lo que se piense de un sistema político, si no es capaz de promover el bienestar físico de sus ciudadanos es que tiene un problema. Así como el comunismo se hundió porque su ideología no se ajustaba al comportamiento humano, el capitalismo inmoderado quizá sea insostenible en su celebración del bienestar material de unos pocos en detrimento del resto. Niega la solidaridad básica que hace soportable la vida. También va contra una larga historia evolutiva de igualitarismo, que a su vez tiene que ver con nuestra naturaleza cooperativa. Los experimentos con primates demuestran que la cooperación se deshace si los beneficios no se reparten entre todos los participantes, y el comportamiento humano probablemente obedece al mismo principio”. (245) 

 

12+1 ACTIVIDADES DIDÁCTICAS SUGERIDAS 

A continuación se describen algunas actividades interesantes para hacer en Bachillerato. Seguro que darán mucho juego. Renuncio a aquí a detallarlas demasiado, pues cada profesora/o o alumna/o sabrá hacerlo mejor de lo que pueda indicar. Están divididas por capítulos, al hilo de la explicación que se ofrece en el texto. 

SOBRE  JERARQUÍA 

1) ¿Quién es el que más manda en tu casa o en tu clase? ¿Y el que menos? 

2) Comprueba si el poder está distribuido con el rango o si a veces manda más alguien que se considera que está “por debajo”. No lo hagas en abstracto, sino en un lugar determinado: la clase, el insituto, tu casa, tu grupo de amistades, en algún comercio, etc. 

SOBRE  SEXO 

3) Elaborar una encuesta anónima en el que la gente evalúe su sexualidad: 10=homosexualidad absoluta 0=heterosexualidad absoluta. 

4) ¿Crees que mujeres y hombres buscan lo mismo en el sexo?  

SOBRE  VIOLENCIA 

5) Analiza una riña entre chicos y otra entre chicas. Averigua si hay diferencias. 

6) En caso de una disputa familiar, ¿quién es la persona que hace de conciliadora? 

7) ¿Te resulta fácil o difícil olvidar una riña, un encontronazo, etc.? ¿Eres de las que lo olvidan o de las que lo guardan? 

SOBRE LA BENEVOLENCIA 

8) Relata casos de altruismo que conozcas de personas y animales. 

9) Reliza sin que los demás lo sepan alguna conducta especial, como bostezar, rascarte, tocarte el pelo, etc. y comprueba si algunos te imitan. 

10) Recuerda algún caso en que la alegría, la tristeza o e nerviosismo de alguien “se te pegó”. 

11) Proyecta fotos de caras alegres en la pared de la clase y observa las caras de los compañeros, a ver si también hacen gestos de alegría o imitan de algún modo el rostro que ven. Haz lo mismo con caras tristes, o con gente haciendo deporte, etc., observando a los compañeros a ver qué hacen. 

12) Realiza el juego del ultimátum con moneda artificial: decidle a un pequeño grupo de la clase que cada uno tiene 100 euros, pero que tiene que compartirlos con otro (que se le asignará al azar). El trato al que llegue es cosa suya, pero si el otro rechaza el trato, los dos se quedarán sin nada. Anotad los tratos a los que se llegue (90-10; 50-50; 99-1, etc.) 

13) Realiza un reparto injusto y anota las reacciones que observes.

 

Luis Fernández-Castañeda Belda, noviembre 2007


 

[1] Obras de Frans de Waal disponibles en castellano: La política de los chimpancés (1993); Bien natural: los orígenes del bien y del mal en los humanos y otros animales (1997); El simio y el aprendiz de sushi: reflexiones de un primatólogo sobre la cultura (2002).

 

[2] Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram

 

 

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