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MANUAL DE SUPERVIVENCIA EN EL CAPITALISMO AVANZADO(por Luis Fernández-Castañeda Belda)

Lou Marinoff: Más Platón y menos Prozac, Ediciones B, Madrid 2001. Traducción de Borja Folch. Título original: Plato not Prozac!, 1999.

¿Cuándo es el momento de reseñar un libro? Cuando ha pasado de moda sin haber sido aún olvidado. Dejemos transcurrir las recensiones periodísticas, la aparición del libro en su edición de tapa dura-portada sugerente-y-alto precio, hasta que el pesado ejemplar degenere en una ligera edición de bolsillo en mal papel y portada cutre, pero barato, tal como aquí se muestra en la ilustración. Habremos conseguido la suficiente distancia crítica, y nadie nos molestará replicándonos al calor del lanzamiento editorial. Ese es el momento.

Más Platón y menos Prozac de Lou Marinoff es el buque insignia de un nuevo movimiento terapéutico cuya originalidad consiste en reivindicar las virtudes curativas de la filosofía. Como toda obra de conquista, busca a menudo la frase fácil, el lema publicitario, las sugestiones rebeldes y la cercanía de lo cotidiano. Trata con ello de hacerse un sitio en el mercado de los libros de autoayuda, hoy floreciente también en España, donde goza de un lugar reconocido y reconocible en los estantes de los grandes almacenes. Pues bien, este libro es uno de los más dignos representantes de su género, porque huye de difusos misticismos para enfrentar los problemas más comunes de la vida cotidiana, presentando -si no he contado mal- 32 casos concretos. Parte siempre de situaciones conflictivas vividas por personas normales, y resulta muy fácil ponerse en su lugar y comprender el problema desde dentro. Una vez allí, el recurso a la filosofía se capta con facilidad.

"Hemos confiado en que la tecnología mejoraría nuestras vidas y nos daría respuestas fáciles a todo. Además, nuestra sociedad adopta con ansia todo tipo de excusas que convierten la responsabilidad personal en algo indeseable [...] ¿Acaso hay forma mejor de librarse de una pesada carga que encasillar toda clase de infelicidad o mala conducta como una enfermedad, fruto de la genética, la biología o las circunstancias, y que por consiguiente escapa a nuestro control? [...] parapetarse en este punto de vista no hace más que proporcionar una sensación vacía de no ser culpable y una falsa sensación de esperanza al hallar respuestas fáciles. Mas las respuestas fáciles no existen. La única manera de obtener una solución real y duradera a un problema personal consiste en abordarlo, resolverlo, aprender de él y aplicar lo que se aprenda en el futuro. Éste es el meollo del asesoramiento filosófico, lo que lo distingue de la infinidad de terapias disponibles." (p. 66-7) Aun sin descartar el componente genético, histórico y psicológico de las enfermedades del alma, Marinoff ve su esencia en su raíz filosófica, y por eso su cura tiene que ser necesariamente a través de la filosofía. Pues sin duda, incluso aunque el mal que nos afecta no provenga de una ‘disonancia existencial’, lo que sí hace es provocarla. En general, muchos de los problemas de los pacientes -y aquí no vamos a llamarlos "problemas psicológicos"- se derivan de las contradicciones que ellos mismos descubren en su vida. Su alma racional, por decirlo con Aristóteles, padece de las irreconciabilidades que advierte y ha de soportar. ("Se hallará en conflicto. Padecerá lo que los psicólogos llaman una ‘disonancia cognitiva’. Los consejeros filosóficos lo llaman ‘disonancia existencial’. La gente corriente tal vez lo llame ‘sentimientos confusos’" p. 321-2). Su esencia racional le lleva a intentar conciliarlas, limarlas, etc.; todo, con tal de poder restaurar la razón en el mundo (en su mundo). Es por esta razón por la que el hombre sufre, por la que se inquieta, por la que surge el problema y por la que busca solución. Es la razón la que queda herida, postergada, olvidada, imposibilitada para regir la vida del sujeto, y su cura tiene que ser forzosamente una cura de raíz filosófica. Este enfoque expresa una profunda fe en la naturaleza racional del hombre. Sin razón no surgiría problema alguno, tampoco el sufrimiento que lleva aparejado, ni su intento de solución. Se trata, pues, de implantar la Ilustración en el mundo. "En Occidente, parece que los filósofos nos encarguemos de la exploración filosófica para que el resto de ustedes no tenga que preocuparse de nada. La fuerza impulsora del asesoramiento filosófico es que devuelve a la gente corriente la importancia de la introspección filosófica personal." (p. 107) Su intento cabría llamarlo neoilustrado, aunque el prefijo podría quitarse: de lo que él trata, una vez más, es de que cada uno piense por sí mismo, y hacia ello se encamina su terapia. Sólo que en lugar de quedarse en debates académicos de gran altura, Marinoff desciende a la vida y necesidades de las personas tomadas una a una. Si se hubiera hecho esto antes, hoy hablaríamos de la Ilustración con menos escepticismo y sobre todo con menos abstracción. Pisaríamos más la tierra.

El malestar en la cultura, diagnosticado por Freud, y cuyas consecuencias no acabamos de pagar -hooligans, inseguridad ciudadana, terrorismo, etc.-, provoca, antes que estos efectos tan llamativos, una incapacidad para ser feliz que el hombre moderno interpreta erróneamente como un problema personal. No es personal, sino que hay algo en nuestra cultura que nos impide ser felices. Ahora bien, puesto que la cultura no puede ser cambiada por un individuo, éste deberá aprender a disminuir su malestar. ¿Cómo? Tomándose las cosas con filosofía, según la intención de Marinoff. Esto no consiste en restarles importancia, sino en "adoptar un amplio punto de vista filosófico para contemplar la situación en que se halla en su globalidad" (p. 84); de hacerlo así, uno "será capaz de reconciliarse consigo mismo y seguir adelante". (ibid.) La gente llega a la consultoría filosófica después de haberse estrellado con el problema, esto es, después de haberlo analizado y de haberse quedado enredada en las distintas opciones de respuesta. Lo que el terapeuta o asesor filosófico, como prefiere Marinoff, se ofrece a dar, no es la solución, sino un modo de ver el problema que ayude al sujeto a salir del bloqueo en que se encuentra. Y lo característico de esta terapia es que el sujeto se cura a sí mismo en virtud de su misma fuerza raciocinante, gracias a su anhelo racional. La luz que se le abre al paciente es la de una forma racional de ver el asunto que antes no había alcanzado porque no se le había pasado por la cabeza. Es como si el paciente, a punto de acabar un rompecabezas, se diera cuenta entonces de que hay en él un hueco clamoroso, pero no dispone de más piezas. Todo lo ha dispuesto para la solución, pero ésta no llega. Entonces actúa el asesor filosófico dándole las pautas para reordenar de otro modo sus fichas, de manera que el rompecabezas se complete. El problema consistía en creer que faltaba una pieza, por el hecho de seguir unas pautas racionales comunes que aquí no han servido. Cuando el asesor filosófico le enseña que hay otro modo de componer las figuras, el paciente no suele tardar mucho tiempo en reordenar su rompecabezas y encontrar una solución. Es su propio anhelo por encontrar solución lo que le saca del pozo donde está sumido. Lo característico del asesor filosófico es que recurre al corpus de la filosofía de todos los tiempos -incluida la oriental- para entresacar un modo de ver las cosas que pueda resultarle útil al paciente. El tipo de filosofía que recomiende variará con la personalidad del paciente y la naturaleza del problema planteado.

Toda gran filosofía nos saca de los cauces ordinarios de entender las cosas, aquellos que acaban por no servirnos de nada. El asesor filosófico es esa persona que -aparte de otras cualidades- posee un conocimiento de la tradición filosófica más profundo que el resto de la sociedad, merced al cual puede orientar a otras personas en esa deconstrucción y reconstrucción terapéuticas de la razón. De esta forma colabora en la ilustración general de la sociedad. Llegará un día, piensa sin duda Marinoff, en que su figura sea imprescindible, un día en que a todos les parezca sumamente extraña, incomprensible y prácticamente bárbara aquella afirmación de que "la filosofía no sirve para nada", y esa otra de que "su inutilidad es su grandeza". Llegará un día en que la gente no sólo no olvidará la filosofía que estudió en bachillerato, sino que realizará cursillos de fin de semana y másters sobre filosofía para cultivo de su propio espíritu, como terapia imprescindible y como enriquecimiento personal.

Ya estoy oyendo las innumerables réplicas a esta postura. Por un lado, de parte de las instituciones terapéuticas consagradas socialmente: no están demasiado lejos aún los días en que la psicología consiguió imponerse como institución social. Por otro lado, de parte de los filósofos. Y, por otro, de parte de la misma comprensión que una sociedad tiene de sí misma (me refiero aquí sobre todo a la Europa mediterránea): en efecto, todo el mundo tiene problemas, pero cada uno se los soluciona por sí mismo como puede, pareciéndonos infantil tener que recurrir a un "hermano mayor" si no es por enfermedades psicológicas graves y reconocidas. Nuestros mismos sistemas sanitarios excluyen el pago de semejantes tratamientos, en lo que son un reflejo de la opinión más extendida. No es así, desde luego, la sociedad norteamericana. Para ella, las cosas deben funcionar y, si no funcionan, es toda ella la que debe intentar solucionarlo. Los problemas personales, derivados de la indefensión y aislamiento de la conciencia individual en que la Reforma situó al individuo, llevan por fortuna a un intento de solución colectiva, algo que normalmente no ocurrió en Europa, sobre todo en los países donde la Reforma no llegó a cuajar. Basta echar una ojeada al directorio de asesorías filosóficas que incluye el libro para advertir que este movimiento terapéutico surgió en Alemania y se ha implantado sobre todo en países reformados: Holanda, Noruega, Reino Unido (aunque también Francia, Israel, Turquía), aparte de Estados Unidos y Canadá.

Por el lado de la filosofía, el principal obstáculo proviene del modo en que Marinoff trata la tradición recibida. El autor parece contar con un recetario compuesto de fragmentos filosóficos, como si hacer justicia a la filosofía fuera recoger de aquí y de allá todo lo que nos parezca interesante y guardarlo en la recámara para usarlo en el momento oportuno. Él replicaría, sin duda, que no se trata de hacer justicia a la filosofía, sino de utilizarla. Su objetivo es práctico. Y para utilizarla en el sentido terapéutico que pretende, lo que hace falta es que el sujeto la entienda y la pueda aplicar a su caso concreto. Se trata siempre -no conviene olvidarlo- de una filosofía aplicada, del mismo modo, nos dice, que hay matemáticas o física pura y aplicadas, ambas con un status reconocido, en las universidades.

Pero la filosofía, oiremos, no ha abdicado y no está dispuesta a convertirse en un manual de supervivencia altocapitalista. No está dispuesta a aceptar el chantaje de que de hecho hay problemas prácticos que es necesario solucionar y que por tanto lo primero es solucionarlos. Que lo primero es construir individuos espiritualmente sanos. Que lo primero es que las cosas funcionen. Funcionen ¿para quién o qué? ¡Para el individuo! -se nos dirá-. ¿Y a esto ha quedado reducida la filosofía? ¿A un lubricante inyectado en el engranaje social para que las cosas funcionen? ¡No! se nos dice. ¡No comprendéis! Es algo mucho más práctico e inmediato que todo eso. Se trata de que el individuo pueda solucionar sus problemas, algo que redundará en beneficio de todos. Seamos sinceros: ¿de qué sirve el legado filosófico si no es para utilizarlo constantemente? El sentido heroico de la filosofía, fruto de la excelencia de espíritu, del afán de lucidez y superación, y de una amplia clase media acomodada, ha cedido su lugar a los problemas e insatisfacciones de la vida cotidiana. Por lejos que hubiéramos llegado, aun arrastrándonos a los pies de la cabaña de Wittgenstein en Noruega o a la choza del pensador de la Selva Negra, o quizá entre los pedruscos del Sinaí o las pagodas de Benarés, todo se hubiera vuelto al final un problema cotidiano. La filosofía, pues, ha aterrizado definitivamente. Ya no hay motivo para retirarse de Éfeso, como Heráclito, o para huir de la pólis como Empédocles, y los intentos de la fenomenología de Husserl y la filosofía de la existencia de Heidegger por echar pie a tierra y que la filosofía se sitúe por fin en el suelo de lo humano -qué lejos estamos de Hegel- han quedado atrás. No es posible ya pontificar sobre lo humano. Esta idea, que es la raíz más profunda de la Ilustración, implica que la filosofía se tiene que desarrollar en dos frentes: por el lado puro, en los cafés filosóficos; por el lado aplicado, en las asesorías filosóficas. No se trata, por tanto, de que Marinoff haga de la filosofía un superpegamento que con una gota todo lo pega en diez segundos para que siga funcionando como antes. No se trata de que degrade una sacrosanta tradición cultural, más aún, la columna vertebral de la misma, para que agache la cerviz ante el capitalismo y se ponga a su servicio. No se trata de que por mucho que diga lo que hace es curar individuos para que vuelvan a integrarse en el sistema de producción, prestándole unos grandes servicios al capitalismo postmoderno, donde el hombre-USA sufre menos material que psicológicamente y por tanto las terapias no son un capricho, sino un elemento esencial del tablero de juego. (Cf. Boltanski y Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Madrid 2002). Se trata de que, aunque sea así, Marinoff también tiene razón. Cualquiera que lea la sección dedicada a los cafés filosóficos y al diálogo socrático propuesto por Leonard Nelson y explicado por nuestro autor, pensará "¡Si Sócrates levantara la cabeza!". Pues bien: no tienen razón ni aunque la tengan. Es cierto que, por ejemplo, resulta ridículo pensar en "el hecho de que un grupo de reflexión, integrado por individuos normales y corrientes, pueda formular una definición de la esperanza de categoría mundial durante un solo fin de semana" (p. 437). Parece esto más bien burda propaganda. Sin embargo, obsérvese cómo enfoca el tema de "los cafés filosóficos": "Si a usted le basta con la cultura sensacionalista (bustos parlantes en televisión, películas superficiales, libros inmediatos, vidas desechables) tiene preparada una dieta para no pensar, lista para su consumo diario. Pero si busca algo más, tiene que investigar mucho más a fondo. En el mundo de nuestros 57-canales-y-ninguno-bueno, esa búsqueda de algo mejor está desembocando, cada vez más, en los grupos de discusión filosófica informal." (p. 422-3) Lo que se está señalando aquí es el futuro: la vocación filosófica de todo ser humano aumenta en nuestras sociedades y busca nuevos cauces que no van a dejar intacta a la filosofía, todo lo contrario. Pero tampoco van a dejar intacta a la sociedad, en contra de una crítica demasiado radical y abstracta al proceder de Marinoff como mero engrasador del capitalismo. Pues préstese atención a los temas de sus cafés filosóficos (esas reuniones de quien quiera para discutir un tema sin emplear citas ni argumentos de autoridad): "Escogemos temas como la raza, el sexo, la justicia, la religión, la libertad, el dinero, las drogas, la educación y otros, que son cada vez más difíciles, si no imposibles, de examinar de forma abierta y sincera en una sociedad cada vez más políticamente correcta". (p. 426) Es decir, que los cafés filosóficos tienen un potencial subversivo comparable a los salones dieciochescos: son las cocinas donde se hornea la nueva mentalidad ilustrada. Se sustituye la opinión pública cocinada por los medios de comunicación de masas por una opinión pública elaborada artesanalmente entre los que participan en el café. Se goza de una libertad ajena a toda servidumbre política, académica o confesional. Se va allí a hablar sobre un tema, "eso" es todo. No es que los periódicos o las televisiones, las universidades y los institutos de investigación, los foros de discusión política y las instituciones políticas y religiosas, etc. no sirvan, sino que la vida se escapa a borbotones por sus entresijos, y acaban por momificar todo lo que tocan. Necesitamos de todos esos dispositivos sociales (aunque yo exceptuaría la religión), pero al café vamos liberados de todo ello, aligerados de peso. Ese es el ambiente de la filosofía que, como todos sabíamos mientras la estudiábamos en la Facultad, se desarrollaba mucho más en el bar que en las aulas. (Sin las aulas hubiéramos sido burros parlanchines, pero sin el bar hubiéramos sido simplemente burros). Y ese sigue siendo el ambiente de la filosofía hoy, y quizá también lo fue en el París medieval, la Viena imperial, la Jena romántica y la Atenas clásica. Sugiero al lector, pues, que sepa ver detrás de todos los defectos de la obra de Marinoff (de su tono propagandístico, de sus simplificaciones casi escandalosas, de su moralina puritana y de su eclecticismo filosófico irresponsable hacia la cuestión de la verdad), que sepa ver detrás de todo ello, digo, el planteamiento de una cuestión palpitante acerca del sentido de la filosofía y de sus cauces futuros.

Luis F. Castañeda

21 de mayo de 2002

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