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Lipovetsky, el seductor

Herminia Luque Ortiz 

Gilles Lipovetsky, La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo, Barcelona, Anagrama, 2007.

 

   En el verano de 2005 conocí a una persona que a su vez conocía a Lipovetsky: la escritora Lourdes Ventura[1]. Ella describió al ensayista francés Gilles Lipovetsky (París, 1944) como absolutamente genial. Y seductor. Un auténtico encantador de serpientes, por utilizar una frase tópica pero eficaz. Lo que concuerda, en gran medida, con la experiencia de la lectura de sus libros. En ellos (he leído, además de éste, La era del vacío y La tercera mujer, también editados por Anagrama) Lipovetsky muestra los poderes de la seducción de una prosa fluida y vivaz, en la mejor tradición prosística francesa. Despliega una persuasión de estirpe bossuetiana (hoy aún se puede leer al hipercatólico Bossuet en razón de su exquisita prosa, no de su argumentación  militante) que complementa con una  abundante documentación y la ración justa de datos.

    En este libro, Lipovetsky disecciona la sociedad que llama del hiperconsumo.  La fase III del capitalismo de consumo (la I iría desde de 1880 hasta 1950 y vendría determinada por la aparición del consumo de masas; la II, comprendería las tres décadas posteriores; y la III arrancaría desde finales de los años setenta o principios de los ochenta hasta nuestros días).  En apariencia, en esta nueva fase del capitalismo, nada ha cambiado. Vivimos en el mundo de la publicidad y del supermercado, el televisor y el coche. No obstante, se ha producido un cambio cuyo eje -invisible pero real- es el deseo del consumidor. Un consumidor compulsivo que desea objetos cada vez mejores y más depurados tecnológicamente pero también desea bienes inmateriales (bienestar psíquico, plenitud interior…). La felicidad, en fin. La paradoja radica ahí: ¿cómo conseguir la felicidad en medio de una orgía de deseos siempre insatisfechos? ¿Puede aspirar, entonces,  el turboconsumidor a una  felicidad exterior a esa esfera del consumo desaforado, ya que no parece hallarse dentro de la misma? Como escribe el autor, la civilización de la hipermercancía “ha acentuado los deseos de ser uno mismo, los desacuerdos con uno mismo y con los demás, la dificultad de existir como sujeto”. 

   Pero al contrario que otros ensayistas agoreros (el último George Steiner[2], el acre Sloterdijk), Lipovetsky  no está dispuesto a regodearse en los aspectos más deprimentes  de las sociedades consumistas. Aún reconociendo sus lacras,  el autor  se empeña en discernir lo positivo y lo negativo que éstas poseen. Cualquier ciudadano medianamente informado podría, del mismo modo, enumerar objetivamente los logros de estas sociedades: la esperanza de vida de sus habitantes (la más alta jamás habida en la historia de la humanidad), el éxito reproductivo de sus habitantes y sus relativamente buenas condiciones de salud (por hablar en términos de “parque humano”, al modo de Sloterdijk), el incremento constante de los bienes materiales (éxito atemperado por una distribución poco igualitaria de la riqueza) y de las condiciones de confort o calidad de vida, la disminución drástica del analfabetismo y las posibilidades crecientes de acceso a la información y al saber especializado…Y, no por citarlo en último lugar, el menor de los logros: la mejora en las condiciones de vida de las mujeres, con una declaración teórica de igualdad de derechos y la consecución de cotas igualitarias y de excelencia en distintos campos profesionales hasta hace medio siglo impensables.

  Lipovetsky no puede, sin embargo, dejar de poner el dedo en la llaga: por qué las opulentas sociedades occidentales generan tanta sensación de infelicidad. El paraíso no está en Jauja, sino, como siempre, en otra parte. Lacerante paradoja de una sociedad que exporta y extiende sus éxitos y sus fracasos en un contexto de globalización absoluta.

   Frente al denuesto de una sociedad materialista que ya lideró el más lúcido (y/o el más antipático Rousseau) y que siguieron puritanos, marxistas e intelectuales de múltiples pelajes, Lipovetsky no deja de modular una suave alabanza de la sociedad del hiperconsumo. Al fin y al cabo es una sociedad hedonista, que abomina el dolor y hace lo que puede en cuanto a su disfrute. Moviéndose siempre en los límites nunca superpuestos del placer y del confort (cima y llanura, respectivamente, de la acción placentera). La decepción hipermoderna  apenas si sería el ángulo muerto, la borra, la coda inexplicable de una sociedad que goza de múltiples y variadas ventajas. Las horas placenteras superan, con mucho, al cómputo de las horas repletas de dolor. Y aunque la felicidad no fuera una simple suma de placeres y felicidades minúsculas, tal vez pudiera parecérsele en algo.

  Uno de los aspectos más sorprendentes del lúcido análisis de Lipovetsky de esta sociedad del hiperconsumo es el de las nuevas funciones que el consumo tiene en ella.  Para nuestro autor, el consumo no está tan ligado con el status social como lo estuvo en otras épocas. En el pasado, el lujo, el consumo de objetos suntuarios existía como elemento diferenciador  de las clases sociales dominantes, ya que sólo a ellas les estaba permitido. En la actualidad, el consumo no está dirigido a los otros, a ser como los otros o más que los otros; los productos consumidos no son emblemas de una categoría social sino descriptores del gusto personal del consumidor, el cual busca afirmar su propia subjetividad a través del consumo de determinados productos o de determinados servicios. Es lo que Lipovestsky llama (para escándalo de algún filósofo, supongo) la función ontológica del consumo. Lo que puede parecer descabellado, cobra visos de realidad cuando se comprueba la capacidad cada vez menor de sistemas políticos e ideológicos, de adscripciones culturales y religiosas para generar identidades sólidas que cementen a los individuos en  su propia subjetividad y en la colectividad también.

  Otra de las funciones del consumo que destaca el autor en esta fase del consumo hiperdesarrollado es la de proporcionar al individuo una mayor soberanía individual. O al menos una sensación de control y de dominio en la parcela que le es dado ejercitarlo. Es una percepción sagaz que refuerza esa individualización antes señalada pero que la desliza hacia una parcela convergente con uno de los ideales más acendrados de la Ilustración. Si el individuo ilustrado aspira ser moral e intelectualmente autónomo, con igual contundencia podríamos afirmar que el anhelo troncal es el gobierno de su vida en los aspectos económicos, higiénicos, sociales, hasta en los psicológicos o afectivos con perfecta y total autonomía. Lipovetsky expresa así ese potencial del consumo:

(…) el consumo funciona como palanca de “potencia más”, vector de apropiación personal de lo cotidiano: no ya teatro de signos de distinción, sino una tecnología de autonomización  de los individuos frente a las obligaciones del grupo y multitud de coacciones naturales. Lo que impulsa la espiral del consumista ya no es tanto el deseo de representación social como el deseo de gobernarse a uno mismo, de ampliar la capacidad organizadora del individuo.

 

  En otro sentido, el autor lanza sus diatribas contra un consumo medicalizado de la salud. Aquí parece coincidir con el Savater más respondón ante las exigencias de lo que  llama “la tiranía medicinal de la salud”[3]. El filósofo español no se cansa de proponer un hedonismo particular por encima de imposiciones e intereses estructurales, sean del estado paternalista o de la industria con logotipo farmacéutico. Para Lipovetsky asimismo, la obsesión por la salud lleva a un sometimiento a la maquinaria tecnocientífica en quien delega la potestad para actuar sobre su cuerpo y lo convierte, ironía suprema,  en un consumidor sin poder. El paciente, dice, sólo puede consultar y cuidarse. Y desde ese momento se convierte en objeto de una práctica médica que en realidad no controla. No por casualidad el título del parágrafo es Gobierno del cuerpo y desposesión.  Esa desposesión se extendería también a la mente. A la vez que se busca de una forma compulsiva el control del cuerpo se pretende controlar “desde el exterior” sus estados psicológicos. Las sustancias químicas se convierten en una suerte de panacea a la que se recurre lo mismo para eliminar los desarreglos más característicos de principios del milenio (insomnio, ansiedad…) que para producir estados afectivos “por encargo”. La consecuencia para Lipovetsky es “cierta impotencia subjetiva, dado que el sujeto renuncia a todo esfuerzo personal y se abandona a la omnipotencia de productos químicos que trabajan en él sin él” (aquí, y en el  pasaje siguiente,  se puede detectar cierto dualismo inconfesado; nuestro autor hablará después del hipermaterialismo médico y los valores postmaterialistas, diciendo que el primero y no los segundos rigen nuestra época en esa búsqueda compulsiva de salud, placer y felicidad).

   Los rasgos del capitalismo posfordiano, en suma, serían no tanto los característicos de la macroeconomía (globalización mercantil, éxito arrollador de las multinacionales, generalización de las tecnologías de la información y las nuevas formas de comunicación social) sino otros aspectos como la exasperación de la lógica-moda que lleva a la diversificación de los productos, a una incesante renovación de los mismos hasta límites impensables, y las nuevas estrategias de mercadotecnia que hacen que el consumidor sea el verdadero centro de la producción y no la producción masificada en sí misma como ocurría en las épocas precedentes. El consumo se inserta entonces en las prácticas de ocio, con algunas de sus facetas con un carácter exclusivamente lúdico (de ahí el éxito de los centros comerciales) y ese mismo carácter lúdico es el que tiñe la nueva publicidad. Una publicidad irónica, cómplice, que apela a los aspectos emocionales del consumidor y que más que lo informa o lo adoctrina, lo seduce. La seducción es, en fin, una de las mayores estrategias de este capitalismo sentimental.

  Por último, me detendré en uno de los aspectos que trata este libro, bien es verdad que de forma episódica, pero que me interesa especialmente (he investigado y he escrito sobre ello en los últimos años[4]): el deporte. Reconoce Lipovetsky que el deporte es “una esfera particularmente significativa del universo competitivo hipermoderno”. En este contexto deportivófilo, las prácticas que conllevan el esfuerzo personal y la superación o deporte se convierten en “acontecimientos sociales de primera magnitud”. El deporte excita, desata las pasiones colectivas. Nunca hubo tanto deporte dispuesto para el consumo televisivo; nunca, como ahora, el deporte se incrustó en la médula emocional de un país al completo. Pero si el deporte funciona como una combustión de dos elementos tan dispares como son la identificación y la incertidumbre, no es menos cierto que esto es en su conformación como deporte-espectáculo. En la sociedad hedónica, el deporte puede convivir con el dopaje más desaforado tanto como una actitud de inactividad física generalizada. Cuanta más relevancia parece tener el deporte, más se relajan las disciplinas corporales. La sociedad del hiperconsumo aúna los excesos de la inactividad corporal con los excesos en el consumo de modelos (de imágenes) de excelencia. Y dictamina: “Por detrás de las avanzadas del perfeccionismo vemos el triunfo de la pereza”. El bucle hedónico del consumo no podía, claro está, cerrarse de otra forma.


 

[1] Lourdes Ventura es una autora más que notable. Obras suyas son La mujer placer (con prólogo de Gilles Lipovetsky, Bevilacqua, 2004) y La tiranía de la belleza (Plaza y Janés, 2000).

[2] El Steiner más cenizo se materializa en Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (Siruela, 2007). Ese libro motivó  un artículo (publicado en El País) de Jorge Wagensberg. Y hasta todo un libro suyo El gozo intelectual (Tusquets, 2007) puede entenderse como una réplica a la “tristeza” intelectual de George Steiner.  

[3] La expresión está tomada de la obra de Fernando Savater El valor de elegir (Ariel, 2003) pero las diatribas contra “el estado terapéutico” o “el estado clínico” se repiten en otras obras suyas como El contenido de la felicidad o Humanismo impenitente.

[4] Cf. no—sport.blogspot.com; en prensa, No sport. El sudor vacío, de quien esto escribe.

 

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