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Michel Onfray: Los libertinos barrocos

Egodiceas

 Herminia Luque Ortiz

  

   En enero de 2009 se publicó en España la traducción del libro de Michel Onfray Les libertins baroques (Los libertinos barrocos)[1]. Como hasta ahora, ha sido la editorial Anagrama la encargada de la publicación y con una celeridad pasmosa (no es ninguna ironía: sencillamente no es lo habitual en el género de ensayo). Esta obra de Onfray es la tercera parte de su particular Contrahistoria de la filosofía, que comienza con los (discutidos) orígenes de la filosofía en la antigua Grecia.

   Conocer el pensamiento de Onfray no es difícil. Él mismo hace un estupendo resumen en su obra La fuerza de existir. Manifiesto hedonista[2], también publicado por Anagrama. Aquí declara, de un modo contundente, su vocación sistemática. En modo alguno es un pensador fragmentario o que elija sus temas al albur de las circunstancias. Ha elegido, nada menos que rehacer la historia de la filosofía desde el punto de vista hedonista. Él lo dice así: “Insisto en mi postura teórica y existencial: el hedonismo, a pesar de los malentendidos, nombra esa visión del mundo que propongo en treinta libros”[3]. El hedonismo informa en el autor una ética, una política, una estética, una erótica, una epistemología y una metafísica. Y, por supuesto, una historia de la filosofía.

   Onfray quiere desmontar el a priori platónico que, según él, domina el conjunto de la filosofía. Es decir, darle una buena patada en el trasero al filtro idealista de la historiografía clásica. Él lo expresa de este modo: “Recapitulemos: la historiografía dominante puede dividirse en tres tiempos, a saber, el momento platónico, el tiempo cristiano y el idealismo alemán. Es el lenguaje administrativo de los programas oficiales del liceo: Platón, Descartes y Kant”[4]. Onfray, frente al idealismo, reivindica la inmanencia absoluta. Un proyecto filosófico, el hedónico, que es a la vez un proyecto vital. No es en absoluto baladí que el libro esté precedido por un texto sobre sus vivencias en el orfanato de los salesianos. Para él, todo discurso es “una justificación de sí”[5]. Y ante todo se articula mediante una razón corporal. Los elementos biográficos, dice, no deben ser en absoluto escamoteados como de ordinario se hace en el campo filosófico. Su contrahistoria de la filosofía, alternativa a la hegemónica  historiografía idealista, está, conformada por tanto por una razón corporal y una lógica inmanente, materialista. Una filosofía, afirma, que debe ser entendida como egodicea.  

  A la luz de este pensamiento debemos leer el libro dedicado a los libertinos barrocos. Michel Onfray enumera las características del filósofo libertino con los siguientes asertos. En primer lugar, el autor señala su filiación montaigneana[6]: el libertino barroco conoce la obra de Montaigne. Onfray dice que apenas se puede encontrar una idea libertina que no exista, de forma implícita o explícita, en los Ensayos de Michel de Montaigne.

   El libertino barroco, además, reflexiona teniendo como horizonte las guerras que religión que han ensangrentado Francia y también (lo que es más discutible, en mi opinión) a la vista del descubrimiento del Nuevo mundo, lo que le proporciona un relativismo  y un perspectivismo metodológicos. Así, el libertino barroco “recurre a un método escéptico”[7]. Piensa desde la duda, que es la que remueve las aguas estancadas de las certezas tradicionales. En consecuencia, el libertino reivindica una libertad filosófica total y crea una razón moderna. Una razón que, a la par, recibe el modelo científico de la nueva ciencia (uno de los filósofos libertinos, Gassendi, es más conocido  por su producción científica que por su obra filosófica), y reactiva sabidurías antiguas, en especial el legado de Epicuro, creando una moral epicúrea inmanente.

   El libertino barroco “trata a su cuerpo como cómplice”, en tanto la tradición judeocristiana parece haberse especializado en repudiarlo y maltratarlo. El cuerpo es la primera instancia del conocimiento. En contra de lo que comúnmente se piensa, el libertino barroco no es inmoral ni amoral, sino que crea una moral utilitarista que tiende a lo bueno y elude lo malo, pero que evita cuidadosamente una definición absoluta del Bien o del Mal. No es, por tanto, una moral prescriptiva.

   Ahora bien, Onfray se encarga de recalcar que el libertino no es ateo. Resultaría anacrónica una etiqueta así. Con matices, los libertinos creen en Dios, pero separan con decisión los ámbitos de la fe y de la razón, la filosofía y la religión.

   Los filósofos etiquetados por Onfray como libertinos son de muy distinta entidad. El primero que trata, Pierre Charron (1541-1603), el amigo de Montaigne, ha sufrido una fortuna adversa. Cuando no se lo cataloga como teólogo contrarreformista militante, es insultado y vilipendiado, como lo hace un jesuita, coetáneo suyo, en un libro que tuvo gran difusión en su época. Para Onfray, en cambio, a él le debe, por ejemplo, Spinoza muchas ideas de su ética; y Descartes, su idea de la duda metódica, en gran parte; y Pierre Bayle la idea (revolucionaria en su tiempo) del “ateo virtuoso”. Charron es, para Onfray, el inventor de una sabiduría laica. El acérrimo defensor de la autonomía de la filosofía frente a la teología. No reniega en absoluto de la religión (es sacerdote y predicador) sino que reivindica esferas distintas para mundos distintos, el religioso y el filosófico. En su tratado De la sabiduría propone una sabiduría alegre, lejos tanto de las pasiones tristes como de los excesos de la voluptuosidad. El pensador, tachado comúnmente de escéptico por tomar como divisa la frase “Je ne sais” (No sé), en realidad utiliza la duda como técnica de pensamiento. Es, como en Descartes, una duda que cumple función heurística, pero que no se enroca en sí misma, no es en absoluto una duda paralizante. Para Onfray, Charron abre el Grand Siècle de los libertinos: alternativa o sucesivamente epicúreo, materialista, escéptico y hedonista.

   La Mothe le Vayer (1588-1672) es quizá el libertino más desconocido para el público español, incluso el especializado. A pesar de ser uno de los integrantes de la “tétrade libertine” junto con Gabriel Naudé, Diodati y Pierre Gassendi[8] y ser encuadrado dentro del llamado “libertinismo erudito”[9], no deja de ser un autor “menor”. El propio Onfray habla del “fárrago de sus obras”, escritos heterogéneos y a menudo en los formatos más tradicionales, sobre los que no destaca siquiera la figura del autor, tachado de discreto y hasta de misántropo…La obra de La Mothe parece un “gabinete de curiosidades”, un batiburrillo de cosas que sin embargo logra una coherencia al expresar la certeza de que no existe una única certeza. No obstante, el escepticismo no alcanza a la religión, por lo que se califica al pensador de “cristiano escéptico”. La razón no lucha contra la monarquía ni contra la religión, sino que aspira a la paz política y privada, a que cesen las masacres religiosas y pueda instaurarse una época más feliz…Entretanto, hay que servir al rey (escribe varias obras para la educación del Delfín, el heredero de la corona de Francia) y a la religión. Aunque ésta le sirva, a su vez, como por ejemplo con su  Pequeño discurso cristiano sobre la inmortalidad del alma, para asegurarse un puesto en la Academia de Francia…En el diálogo De la filosofía escéptica reivindica un goce de vivir no exento de un carácter acomodaticio, aunque siempre dentro de un  cuerdo escepticismo.

   El siguiente libertino estudiado es Saint-Evremond (1613-1703). Onfray lo coloca bajo el título “Saint-Évremond y el amor de la voluptuosidad”, para describirlo como un hombre de acción (es militar), gran conversador y personaje mundano (un animador de salones literarios como el de Marion de Lorme o Ninon de Lenclos[10], interlocutor de La Rochefoucauld), temible tanto por su espada como por su pluma. En su obra se muestra como un “discípulo infiel de Epicuro”. Un hombre que ama la vida y en todas sus formas. Pero también un escritor sorprendente y un filósofo que se atreve a arremeter contra Descartes (En la obre El hombre que quiere conocer todas las cosas no se conoce a sí mismo) y que escribe Sobre los placeres….a pesar de que nunca se propuso escribir un libro para su publicación. Sus escritos, con el formato usual de cartas, expresan un mundo conversacional, hecho de agudeza y mundanidad, indisolublemente ligado al Ancien Regime. Para Onfray, el epicureísmo galante de Saint-Évremond, su culto al justo medio y a la tranquilidad (en sus últimos años) es el perfecto reverso de un Pascal senequista que condena todo lo que huela a diversión…El personaje se define con la frase que ha escrito en Sobre la moral de Epicuro: “aprecio más una hora de vida bien vivida que el interés por una mediocre reputación”.

   Pierre Gassendi (1592-1655) sí es más conocido, si bien por su faceta como científico que como filósofo propiamente dicho. En el comentario bibliográfico del autor, Onfray exclama: “¡pobre Gassendi!¡Qué poco espacio le concede la historia de la filosofía!”. En parte debido a él mismo, ya que se lanza a dos guerras perdidas: a la lucha contra el aristotelismo escolástico y contra el mismísimo Descartes. De ninguna de ellas saldrá indemne y por ambas será ninguneado. No obstante, Onfray señala un hecho curiosísimo: Gassendi tiene como divisa el lema sapere aude. Es un dictum horaciano, extraído de las Epístolas, pero que se hará universalmente conocido de la mano de Inmanuel Kant, en 1784, en su celebérrimo artículo ¿Qué es Ilustración?[11] Pero siglo y medio antes, Gassendi lo había convertido en el eje de su pensamiento. Y el filósofo “lucha ya en su época por la razón pura y critica con dureza la razón impura de la irracionalidad del momento: ataca la astrología, rechaza la alquimia, desestima (sic) a los Rosacruces, se opone a la Cábala cristiana y asume la defensa de la observación, la deducción en astronomía, en matemáticas y en física…” En ningún otro autor se muestra mejor que en Gassendi “el carácter propedéutico de la mayoría de los libertinos barrocos en relación con la Ilustración, es decir, en lo que atañe al uso libre de la razón libre, la confianza que se deposita en la razón dentro de los límites concedidos a su potencia y sus capacidades….” Y, cómo no, la posibilidad de emprender una lectura matematizada del mundo que sustituya a la lectura teológica omnicomprensiva.

   Cyrano de Bergerac (1619-1655) cierra el número de los pensadores libertinos franceses. La realidad histórica de Cyrano ha quedado sepultada bajo el personaje literario creado por Edmond Rostand: un escritor talentoso y narigudo que sacrifica su amor por la felicidad de la bella Roxana. Pues enamorada ésta de un hermoso tontorrón, Cyrano le proporcionará a su rival amoroso versos con los que logrará conquistarla.  Como mucho, la faceta del Bergerac del XVII que no había sido condenada al olvido era la de descriptor de mundos fantásticos como los refleja en su Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y su Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol, publicados póstumamente. Estos libros no son pura comicidad sino una auténtica anamorfosis filosófica: una modificación de la perspectiva real y cotidiana para acceder a una comprensión más certera, aunque no exenta de sorpresas, del mundo vivido. El resultado es una visión panteísta, unos años antes de la invención de la palabra en su acepción contemporánea e incluso unos años antes que el panteísmo ontológico de Spinoza…

   Lo que resulta más chocante en el libro de Onfray es la inserción, junto a este grupo de philosophes, franceses de pura cepa, la figura de Baruch Spinoza (1632-1677). Ciertamente el criterio geográfico no es el aglutinante esencial de ese grupo de muy distinta catadura, por otra parte. Pero sí resulta que pase por alto la adscripción al racionalismo más pimpante bajo el que usualmente se etiqueta…Claro que a Onfray las etiquetas tradicionales le importan más bien poco.  Lo cierto es que la reunión en un apartado con Cyrano de Bergerac bajo el epígrafe “Los filósofos panteístas” no ayuda demasiado a clarificar el asunto. Pero Onfray tiene claro que el panteísmo spinoziano forma parte de un proyecto eudemonista, auténticamente hedónico. En su obra capital, la Ética[12], sólo publicada después de su muerte, Spinoza acomete un programa de “salvación personal”. Para conseguirla “hay que llegar a alcanzar la conciencia de uno mismo, de Dios y de las cosas. Saber quién se es, lo que se es, cómo se piensa, qué afecciones nos trabajan, la forma en que nos habitan las pasiones, de qué manera nos acosa el deseo; después, saber cómo nombrar a Dios, qué es, ciertamente, pero sobre todo qué no es, su relación con la naturaleza, la realidad; finalmente, saber qué define lo real”.

   La colocación del filósofo de origen sefardí junto con el grupo de los libertinos (con el que mantuvo tan sólo una relación casual: Saint-Évremond, exiliado en Holanda, coincide con Spinoza, en un encuentro fallido; no hablaban, al parecer, el mismo lenguaje filosófico…) resulta desde luego problemática; “una cuestión espinosa” diríamos, si no fuera un chiste tan malo. Pero Onfray no ceja en ese empeño en reescribir la historia de la filosofía desde su particular óptica.

   En resumen, para Michel Onfray, los libertinos son el perfecto laboratorio de la Razón moderna, de donde saldrá modelada en sus aspectos más significativos. La Ilustración, por tanto, actuaría como el medio difusor de ese laboratorio de ideas libertino. Como podemos apreciar (la etimología, como el algodón, no engaña), libertino es el hijo de la libertad[13]. De un acto de libertad que en la Antigüedad remitía al estatuto jurídico de la persona (el no ser esclavo, a pesar de ser hijo de alguien que sí lo ha sido), se ha pasado en la Edad Moderna a un conjunto de significados que atañen a la libertad de pensamiento y acción del individuo. Si bien, en el camino, se le ha ido pegando la indeseable broza de tantas connotaciones negativas…Cuando a finales del XVIII Mirabeau escriba una novela titulada El libertino de calidad[14] estará sancionado, en las postrimerías de la Edad Moderna, el uso habitual del término. Y, sin embargo, el sujeto moderno, hijo de la necesidad o naturaleza, se piensa a sí misma como un proyecto ineludible de libertad. Con el cuerpo como palanca, no como enemigo irreductible. Exactamente como los libertinos.

   En Los libertinos barrocos, el autor tiene el gran acierto de señalar la genealogía de la razón moderna y por ende el sujeto moderno. Señalar a los libertinos como elemento propedéutico de la Ilustración resulta enormemente clarificador y estimulante a mi modo de ver. Pero no puedo dejar de hacer una acotación personal sobre el pensamiento de Onfray. Su proyecto hedónico, impecable en su formulación epistemológica,  muestra su flanco más débil, a mi modo de ver, en la débil articulación de su proyecto filosófico con un proyecto ético que englobe aspectos que excedan los límites de la individualidad y las relaciones personales inmediatas. Articular un proyecto político y social desde el puro hedonismo resulta, cuando menos, paradójico. Asimismo, desde el punto de vista antropológico, Onfray parece eludir un principio netamente humano, el otro polo de tensión de la naturaleza humana[15]. Pues si uno de esos polos es la búsqueda del placer, el otro, igualmente fuerte y arraigado en su naturaleza, es la búsqueda de la excelencia. Esa naturaleza descontentadiza, a la búsqueda de nuevos horizontes vitales e intelectuales, ese reto perpetuo que el ser humano lanza sobre sí y sobre el resto de la humanidad, ese anhelo de superación y perfección imposible, son tan reales y están tan presentes en el hombre como el deseo de placer y la evitación del sufrimiento, o cualesquiera de las mecánicas del placer que consideremos. La propia obra de Onfray, extensísima a pesar de su relativa juventud (nació en 1959), intensa, muy trabajada, parece desmentir un principio hedónico llevado a rajatabla. (No es que escribir sea una tortura, pero a veces se le asemeja).

    De lo que no cabe ninguna duda es que el proyecto filosófico de Onfray, irreductiblemente personal, posee una fuerza y un atractivo inigualables.  Y la lectura de Los libertinos barrocos, como no podía ser de otro modo, resulta sumamente placentera.

 


[1] Michel Onfray, Los libertinos barrocos. Contrahistoria de la filosofía, III. Barcelona, Anagrama, 2009. 312 páginas.

[2] Michel Onfray, La fuerza de existir. Manifiesto hedonista. Barcelona, Anagrama, 2008. 228 pp.

[3] Ibídem, p.83.

[4] Ibídem, pp. 58-59.

[5] Ibídem, p. 71.

[6] A Montaigne dedica una parte sustancial del tomo segundo de su Contrahistoria. Cf. Michel Onfray, El cristianismo hedonista. Contrahistoria de la filosofía, II. Barcelona, Anagrama, 2007.

[7] Michel Onfray, Los libertinos barrocos, p.30.

[8] Cf. Carlos Gómez Rodríguez, Escepticismo, erudición y libertinismo en La Mothe Vayer. Revista Endoxa, año 2003, nº17, http//e-spacio.uned.es

[9] Ibídem. Según este autor, el libertinismo “no es un sistema filosófico, ni tan siquiera un corpus doctrial sistematizable”. Sin embargo, los autores adscritos a él “coinciden en la práctica de una cuidadosa erudición al servicio de la crítica antidogmática, antiteológica…Suele destacarse también (…) su actitud autónoma y libre frente a toda una dogmática avalada por la tradición y el consensus gentiun

[10] Cf. Benedetta Craveri, La cultura de la conversación. Madrid, Siruela, 203, p. 278.

[11] Cf. VVAA, ¿Qué es Ilustración? Madrid, Tecnos, 1999. Estudio preliminar de Agapito Mestre. La definición de Kant de Ilustración no carece de eficacia periodística…Es contundente y apela a una metáfora fácilmente visualizable (la salida de la minoría de edad). De ahí su fortuna y su entrelazamiento con el lema horaciano.

[12] Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid, Alianza, 2007. Introducción, traducción y notas de Vidal Peña.

[13] Cf. el interesantísimo prólogo de Mauro Armiño a Cuentos y relatos libertinos (Madrid, Siruela, 2008), donde se refiere a esa etimología y cómo, en puridad, le debemos a Calvino la “resurrección” de esa palabra con toda su carga peyorativa.

[14] Mirabeau, El libertino de calidad. Barcelona, La sonrisa vertical, 1984.

[15] Entiendo por naturaleza humana también la cultura (o lo que habitualmente entendemos por ella en sentido amplio), no porque sea un añadido a la naturaleza del hombre, sino porque es la auténtica  naturaleza humana. Así, por ejemplo, sin el lenguaje, construcción cultural por antonomasia, no podríamos entendernos como propiamente humanos.

 

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