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Finkielkraut, A.; Sloterdijk, P: Los latidos del mundo. Diálogo. Traducción de Heber Cardoso, Amorrortu, Buenos Aires, 2008.

 

Podía haber sido un libro muy interesante, ya que tenemos a un pensador alemán y a otro francés, los dos significados, los dos con repercusión mediática e implicados en la actualidad. Sin embargo, el contexto de sus conversaciones queda bastante desdibujado, siendo difícil en ocasiones seguir las referencias implícitas de sus discursos. No polemizan entre ellos, sino que se van dando relevos, ofreciéndonos perspectivas varias de los problemas que tratan, de los que haré una lista no exhaustiva ni ordenada: la cuestión judía, el terrorismo y el 11 S, el imperio americano, la inmigración y el mestizaje, trayectorias personales desde el 68, la posición de Sartre, crítica a los radicales de izquierda, la desaparición de la opinión pública, las fronteras, el victimismo políticamente correcto de Europa, mesianismo y apocalipsis, etc. El menú es suculento, como se puede apreciar, y las intervenciones de Sloterdijk son para mi gusto lo mejor, porque siempre resultan sugerentes e incitan a seguir pensando con categorías nuevas, por mucho que lo que él diga nos parezca a veces exagerado, como exageraba Baudrillard. Finkielkraut está en buena parte del diálogo empeñado en aplicar la filosofía de Levinas y a la vez delimitarla frente a la política, pero no sería éste el lugar más oportuno para hacerlo. No obstante, lo que dice de la cuestión judía está hilado muy finamente. También hay que tener en cuenta que el diálogo tuvo lugar hace 6 años (2003, por la edición original), y entonces estaba áun muy reciente el atentado a las torres gemelas y la respuesta bushiana del “eje del mal”. Los autores interpretan de varias maneras el 11 S y el terrorismo, criticando en general la pasividad decadente de Europa y señalando también el riesgo de que los americanos adopten un victimismo del que los europeos son especialistas, convirtiéndose entonces en nuevos hijos de Eneas (esto es, en europeos), y teniendo que dejar aparcado el proyecto americano. Pues ellos están seguros que hay un proyecto americano, que resumen en el eslógan “democratización del lujo”, y que en general defienden. Sin entrar en el diálogo como tercero en discordia, sus análisis nos hacen ver que Estados Unidos no es una nación más ni puede interpretarse con las categorías que empleamos para, por ejemplo, las naciones europeas. Esta miopía está demasiado extendida entre los antiamericanos, e incluso entre algunos analistas políticos.

Finkielkraut apuesta por un humanismo fuerte y sin complejos, y en la página 181 se despacha a gusto: “lo que falta en la Europa agobiada de Historia y enamorada de su milagro ... es el vigor o la lucidez necesarios para aceptar la idea de que la guerra no siempre es la peor solución, sino que a veces puede ser la mejor e incluso, en raros casos, la única”. ¡Toma ya! No comment. Y perla de Sloterdijk: “la capacidad de insultar es lo único que sobrevivirá de la izquierda clásica” (p. 222). Podemos admitir que ambos autores son resabiados del 68,  incluso resentidos. En el diálogo desgranan sus casos, y reconocen haber sido víctimas de un radicalismo de izquierdas. Tomaron conciencia de ello y corrigieron el rumbo. Sería fácil criticarlos por ello, sería incluso obsceno, y no lo hará aquí quien sólo tiene la ventaja (?) de no haberlo vivido. Sin embargo, ese balance de la izquierda clásica es inaceptable. No todo se reduce a la culpable ignorancia del Gulag, a la superioridad moral que pretende y a la denuncia rastrera (“la denuncia moralizante es un juego de lenguaje inventado por los jacobinos en el período de radicalización de la Revolución. Habían comprendido que para sobrevivir en la turbulencia permanente era preciso calumniar antes que los otros. La calumnia es la primera arma del pueblo o, mejor dicho, de los amigos del pueblo [alusión al periódico revolucionario L’ami du peuple de Marat] ”, Sloterdijk, p. 65).

Ambos pensadores están de acuerdo en el diagnóstico de la sociedad del espectáculo que lanzó Debord (aunque no lo mencionan), y que hoy se ha agudizado. En palabras de Sloterdijk: “En estos momentos, la psicosis de masas mediática ha reemplazado totalmente al sentido común, ese maravilloso órgano de uso democrático de la inteligencia colectiva...se puede decir que la sociedad contemporánea en su totalidad ha sido calcada de la forma del circo romano... Si hoy algo ya no funciona en el sistema mediático mundializado, la causa es esta conversión cada vez menos secreta, cada vez menos decente, del espacio público en circo... Mientras no se haga un análisis radical de ese funcionamiento del espacio público, la democracia seguirá siendo un concepto vacío” (pp.59-60, 65-66)

 

Luis Fernández-Castañeda, junio 2009

 

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