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Reseña: Marco Díaz Marsá Ley y Ser. Derecho y ontología crítica en Foucault (1978-1984). Colección de Análisis y Crítica. Editorial Escolar y Mayo, Madrid 2016. (En adelante citamos como LS1).

Simón Royo Hernández

Tematizar la relación entre Derecho y Ontología en Foucault constituye la problematización del legado postrero de un autor que se confronta con las mayormente frecuentes lecturas sociológicas a que ha dado lugar. La línea de trabajo alternativa a un cierto uso frecuente que aquí tenemos bien expuesta se sitúa bajo un presupuesto filosófico, un planteamiento que planea sobre la actividad misma del pensamiento contemporáneo e incluso de la labor filosófica en general. Dicho presupuesto, que se justifica a lo largo del libro, sobre todo en su segunda parte, es el de que, cuando hablamos de filosofía, nos referimos principalmente a la ontología, y que, por tanto, todo gran filósofo es primordialmente un ontólogo. En ello residiría la especificidad de la filosofía una vez fragmentados los discursos y proliferado un sinnúmero de disciplinas humanísticas, siempre en aumento inflacionario pese a la crisis del sector, de nuestras sociedades postindustriales.

De todos es sabido que en el Foucault de los años 70 es el hecho de la dominación el eje de sus investigaciones siendo el derecho uno más entre los mecanismos de dominación de cada poder estudiado, el derecho es una ficción que solamente enmarca el ejercicio del poder soberano o disciplinario. Por ese motivo el presente libro que reseñamos se centra en el período 1978-1984, porque precisamente el pensador que pidió que no se le considerase invariable, durante ese período, cambió radicalmente su consideración de la esfera del derecho hasta llegar a una configuración de la misma que aquí se trata de rescatar.

Por tanto, un libro titulado Ley y Ser indica ya con un signo copulativo que el Derecho no va a ser considerado como un espacio derivado, óntico, como la superestructura de una infraestructura o como canalizador de las relaciones de dominación, sino que va a ser tematizado en sus implicaciones de copertenencia con la ontología a partir de las limitaciones y normatividades no normalizadoras que acontecen a partir de aquello que Foucault denominase lo intolerable. Si hemos leído bien habremos de concluir que hay un principio de limitación del poder exterior al poder mismo, un principio que no es meramente el fáctico-liberal proveniente del mercado sino que anida en el poder-ser mismo y se establece como relación formal entre iguales heterogéneos. De ahí que Kant, Arendt o Heidegger sean el contenido latente de este Foucault, el último Foucault, que apelará a límites conforme a la dignidad y lo intolerable. El ser alcanza unos límites y los límites definen al ser en la forma de una copertenencia o retroalimentación presidida por el límite infranqueable de un incondicionado, nada más y nada menos que la Libertad, la cual, como el Ser, no puede determinarse, so pena de confundirla con un ente y cosificarla. De modo que la relación entre Ley y Ser no puede ser determinada entitativamente, ni de modo liberal ni de modo revolucionario, no puede en principio ser vista por los sentidos pero puede ser pensada por la inteligencia, para luego resituarla en el lugar político que corresponde con una ontología de la actualidad.

Como cualquiera que haya trabajado ocasionalmente en algunas de las mismas cuestiones planteadas en este libro sobre Foucault es de valorar todo lo que hace que sea más complejo de lo que cualquier resumen de su contenido podría sugerir, por eso, esta reseña, no equivale de ningún modo al libro ni puede suplirlo, aunque pueda ser ya una preliminar indicación y mostración de las coordenadas de su contenido. Es posible por tanto asegurar de antemano al lector que va a descubrir en cada sección del libro algo que no pueden anticipar las premisas aunque la conclusión venga sugerida ya por el título de la obra. Estamos ante una competente lectura de Foucault que inevitablemente habrá de ser tenida en cuenta a la hora de dirimir entre los comentarios y desarrollos más pertinentes y acertados acerca del último período del pensador francés y su significación filosófico-política.

Díaz-Marsá resalta con insistencia la cuestión documental, con rigor y detenimiento, la constatación de que hasta finales de los años 70 Foucault habría tratado de la cuestión de lo jurídico entendida en cuanto ficción e instrumento de dominación, pero la constatación no menos importante de que a partir de 1978 hasta su muerte el filósofo se habría aproximado a lo jurídico y al derecho desde otra óptica, extrayendo en ese otro momento, de esa área, sus virtualidades positivas o, más bien y mejor dicho, atendiendo entonces a su fondo ontológico antes que a sus determinaciones ónticas. Lo que el propio pensador francés presentó como “modificaciones” en su segunda navegación por esas aguas que tematizaban el espacio de lo jurídico es lo que ha dado título al primer libro del profesor Díaz-Marsá2, cuyo último capítulo ya presentaba el proyecto de Ley y Ser que ahora tenemos entre las manos, un proyecto expuesto, desarrollado y completado, en este su segundo definitorio libro sobre la cuestión.

Las modificaciones impresas por el Foucault tardío a su pensamiento son reproblematizaciones nuevas de cuestiones tratadas con anterioridad a otros niveles de emergencia. Tal es el caso del derecho y lo jurídico que ahora se presentan como límites del poder y de la dominación, como estrategias de la libertad en lugar de como mecanismos del poder. Por eso no es de extrañar que también se encuentre en este período una subjetivación que ya no es mera sujeción sino auténtica práctica de libertad. El derecho “lejos de comparecer como un elemento perteneciente a la dimensión de la utopía o de la ideología, o como un instrumento de dominación, se revela más bien como una realidad imprescindible para evitar la constitución de estados de dominación” (LS, p.40). En consonancia con Nietzsche el filósofo francés habría hecho hincapié en que la justicia no equivale a la inexistencia de relaciones de poder, ya que, no todo poder es malo, remite más bien al equilibrio entre fuerzas plurales y simétricas contrapuestas, a una correlación de fuerzas.

Será sobre todo a través de los textos en los que Foucault realiza pronunciamientos acerca de su actualidad a través de los cuales Díaz-Marsá construye su propuesta de considerar la posibilidad de armar a partir de Foucault una cierta defensa del Estado social de Derecho lo cual no quiere decir que esa defensa haya sido emprendida de un modo explícito por el propio Foucault, tratándose de un pensador tenido errónea y frecuentemente por neoliberal en su etapa final. El Foucault de la legalidad incondicionada puede entreverse, argumenta el profesor, con ocasión de su defensa en 1977 de Klaus Croissant, nada más y nada menos que uno de los abogados de la banda Baader-Meinhof, acusado de cómplice del grupo terrorista -a juicio del autor de esta reseña y de Deleuze y Guattari pero no de Foucault- por un Estado terrorista alemán que asesinaba a sus miembros en la cárcel. Y es al hilo de una reflexión sobre el derecho de asilo que emergerá el Foucault de unos derechos más que universales del hombre, mayormente inalienables, los derechos ante lo intolerable, el que hoy nos hace saltar ante el drama de los refugiados. En este punto quien aquí reseña sería más bien partidario de asignarle a Foucault un posicionamiento antes ontológico-anarquista que ontológico-social, ya que si el hombre que se alza es irreductible y sin explicación (an-arché), es decir, es, sin por qué (LS, p.523), estaríamos más cerca de la interpretación de Foucault de Reiner Schürmann que de otras; pero esa será una discusión que habrá de llevar más adelante el autor de esta reseña con el autor del libro reseñado. No es momento para comenzarla sino tan solo para señalarla y apuntarla. Y en cualquiera de los dos casos se tratará de un Foucault no ajeno ni a unos derechos que limiten al poder ni a un entramado ontológico.

Lo intolerable y la experiencia que suscita constituyen una especie de ley no escrita, más profunda y más amplia que la de los derechos del hombre y del ciudadano pero de algún modo fundante de ellos, luego, sería ese fondo sin fondo de la indignación la fuente de todo el permanente derecho universal incondicionado a detestar el abuso de poder en todo lugar donde se detecte tal ejercicio. Lo absolutamente inaceptable aparece aquí como patrimonio común compartido y como fuente de toda racionalidad moral y toda ética, motivo de que la consigna general del Foucault de este momento sea la de levantarse contra todo abuso de poder sea cual sea este y provenga de donde provenga, en palabras de Foucault citado por Díaz-Marsá, se estaría hablando de una ciudadanía internacional “que tiene sus derechos y sus deberes y que nos compromete a levantarnos contra todo abuso de poder, sea cual sea el autor, cualesquiera sean las víctimas” (LS, p.50; Y Modificaciones, p.135). La teodicea biopolítica que cuantifica el sufrimiento humano y planifica estratégicamente los daños colaterales es radicalmente rechazada por la acción común frente a lo intolerable que desvela ese dolor inaceptable, y así, el sufrimiento humano se declara incuantificable, inmedible, infinito o absoluto, frente a todas las negociaciones que los Estados y los Mercados realizan, en modo análogo a las campañas militares y burocráticas, cuando ejercitan su poder.

De este modo lo que Foucault plantea según Díaz-Marsá, serían, como venimos exponiendo, dos nociones de derecho, la primera la de una ficción jurídica que enmascara la dominación biopolítica, y, la segunda, un derecho irreductible a la dominación que se reivindica en Ley y Ser como herencia de la Ilustración y baluarte del Estado constitucional de Derecho. A la articulación de un entramado de poder con el mínimo de dominación posible y el máximo de libertad sin atender a lo que desde tales coordenadas pudiera ser recaer en lo utópico, es decir, recaer en la pretensión de un mundo de completa eliminación y disolución de las relaciones de poder, esto es, a cierto realismo político, sería a lo que apelan Díaz-Marsá y Foucault. Hay entonces un fuerte realismo político y un firme principio de realidad operando en la idea de un mundo de poderes contrapuestos bien regidos por el derecho. La ley es aquí una relación formal entre iguales en dignidad y de contenido heterogéneo. El Estado del bienestar fue por ello defendido por Foucault como preferible a todo Estado totalitario, lo cual, no lo sitúa como totalmente benigno, ciertamente, sino quizá como contrafuerza de un Mercado mayormente peligroso y amenazador.

La polémica sobre el Foucault lector de Hayeck puede que sea estéril, como indica Díaz-Marsá, pero su recurrente replanteamiento requiere contestación. Se nos indica entonces que de acuerdo con el análisis del tardocapitalismo realizado por Foucault, en el neoliberalismo “la ley se concebirá como una ley puramente formal, como mera forma del juego económico de la sociedad” (LS, p.60), lo que es ligado por Díaz-Marsá a que simultáneamente Foucault acomete “una aguda crítica sobre el funcionamiento de la justicia en las sociedades actuales” (LS, p.61), acusándola de quedar relegada a la producción de orden. Es difícil discernir aquí la nueva consideración de la legalidad en el último Foucault de la crítica al derecho legitimador de la dominación del de antaño. El que se trate de un poder plural y ajeno al de los totalitarismos no le hace más benigno, “la seguridad está ahora por encima de la ley” (LS, p.61), con lo cual, Díaz-Marsá sugiere que lo que hace Foucault al analizar el tardocapitalismo y su ideología neoliberal no es una apología sino más bien una crítica.

Foucault habría llegado al “establecimiento de un límite propiamente jurídico (no económico) irrebasable para el poder de un modo incondicional (…). El derecho se determina como realidad, no como ficción, y como instrumento de una limitación real del poder” (LS, pp. 65-66). Con lo cual, la veta kantiano-heideggeriana del pensador francés habría de salir triunfante, en esta sólida interpretación, sobre la veta nietzscheano-marxiana y otras de sus influencias. Si la primera veta le empujaría hasta una defensa del Estado de derecho socio-liberal, la segunda le habría empujado más en el pasado hacia una contestación marxiano-anarquizante contra la dominación. En ambos casos quien se levanta contra la dominación o reivindicando los derechos universales no es nadie en concreto, sino, lo que, como bien resalta Díaz-Marsá, el filósofo denomina una ciudadanía internacional, esto es, una pluralidad en unión formal y no de contenido (otros hablarán de multitud de singularidades) que estará siempre atenta a saltar frente lo intolerable. La vida, la libertad, la subsistencia, etc, que necesitan toda existencia humana operan aquí como condiciones de posibilidad y remiten a unos derechos humanos como principios de limitación de aquello que impida y amenace el existir en general, más aún, que amenace el existir en condiciones dignas, unos derechos que estarán por encima de toda soberanía, ya sea ésta política, económica o religiosa. Con ello Díaz-Marsá nos presenta al último Foucault como un pensador que abre posibilidades para una defensa crítica del Estado social de Derecho.

La pregunta por la ontología de lo jurídico se responde a partir de la constatación de que hay derecho y de la explicitación de sus condiciones de posibilidad. La primera constatación es insuficiente porque el que haya derecho no garantiza que lo jurídico no sea una ficción, ya que, las ficciones también existen fenomenológicamente en cuanto entes y producen efectos. Pero si lo que hay es una ontología de lo jurídico, entonces, el derecho será algo más que un fenómeno derivado y se podrá postular y demostrar su carácter originario. El modo como Díaz-Marsá trata de demostrar la presencia de una ontología de lo jurídico en el último Foucault es a través de la profundización de la vía de lo intolerable abierta por el pensador francés, que es pormenorizadamente considerada.

En la constitución de ese ente que somos nosotros, en nuestro ser, se encuentra implícito el impulso ante lo intolerable, el saltar frente a lo insoportable, algo que es un acontecimiento impresentable e irrepresentable como tal, pero que comparece en ese derecho a levantarse frente a lo que de ningún modo puede admitirse. El ser del derecho que nos atraviesa no es la cosa jurídica sino más bien su fuente, un brotar que se manifiesta en el sentimiento de lo inadmisible y, por tanto, que aparece como condición de posibilidad de la crítica y de la sublevación.

En el último Foucault hay una normatividad no normalizadora que remite, ya sin humanismos, a los derechos humanos, una normatividad que no debe ser confundida con la normalización disciplinaria que anteriormente había combatido Foucault. “No se intenta entonces prohibir comportamientos, al menos no es el objetivo general, o establecer para los mismos un cuadro detallado de prescripciones; se trata más bien de dejar hacer” (LS, p.79). Pero ese dejar hacer se asemeja más al laissez faire del liberalismo que a la Gelassenheit de Heidegger y conforma, por tanto, una normatividad reguladora socioliberal, que si bien permite cierta pluralidad, está presidida por un principio de orden socio-económico. Al parecer, Foucault, en consideración de Díaz-Marsá, iría también más allá de esa normatividad reguladora al considerar que la instancia suprema no puede ser la economía sino que ha de ser la subjetividad, una subjetividad no sujeta al orden socio-económico: “Las leyes aquí, como codificación de esta instancia normativa formal extrema, pueden presentarse como garantía universal, desconectadas de un marco cuadriculado de vigilancia y corrección total y sin vínculo con una red de control global” (LS, p.81). Parece como si Foucault entonces hubiese asimilado e integrado en su pensamiento último esa ley moral en mí de la que hablara Kant y la esgrimiese a su manera, entendida como impulso de los gobernados a sublevarse ante lo intolerable y límite frente al Estado y al Mercado: “La ontología de la actualidad foucaultiana se inscribe así en la tradición crítica kantiana” (LS, p.97). En ese sentido, como hemos indicado con anterioridad, el último Foucault nos parecería, a diferencia del autor del libro que reseñamos, más bien anarquista, antes que socioliberal, liberal-demócrata o social-demócrata, aunque Kant no sea precisamente Bakunin, si bien el segundo se basaba en el primero, a diferencia de Marx tras el que se encontraba Hegel, pero esa discusión que tenemos pendiente con el autor está fuera de lugar en estas líneas. Y hay que tener claro que el Kant que subyace a este libro tiene que ver sobre todo con una constelación de pensamiento que lo reenvía más bien a Heidegger y Arendt, en una trabazón rigurosa que no debe ser confundida con otras lecturas del filósofo de Köningsberg.

El profesor Díaz-Marsá dedica los dos últimos capítulos a la crítica de las interpretaciones neoliberales de Foucault y a resituarlo en un ámbito que habilita para la necesaria confrontación con las hipótesis que lo acercan hacia el Estado liberal. Por ese motivo, el extenso capítulo cuarto lleva por título: “La ontología foucaultiana como contrafigura crítica de la ontología liberal”. La ontología de actualidad en Foucault se preguntará por las condiciones de constitución y de transformación del presente y no será por tanto una defensa de lo establecido sino más bien una participación en su transformación. Y por eso, el último Foucault, criticará el orden neoliberal establecido y abrirá la vía para una reivindicación crítica de un Estado social de Derecho de índole muy distinta y no confundible ni con los antiguos Estados totalitarios ni con los actuales Estados neoliberales. El Foucault que aquí se nos aparece es un pensador de su tiempo preocupado por el declive del Estado del bienestar, de modo que se cita la lección 7 de El nacimiento de la biopolítica, para resaltar una preocupación de Foucault “en el sentido de un retroceso en la actualidad del Estado del bienestar, comprendido como Estado social de derecho cuyos objetivos sociales universales no serán otros que el pleno empleo y la distribución de los bienes sociales” (LS, p.167). Un Foucault muy diferente al de antes y al que otros han querido ver.

Imposible exponer mayormente las argumentaciones y rigurosa documentación con la que se justifican y apuntalan las consideraciones antecedes, meramente mencionadas, y otras que no contamos con espacio de resaltar, ni siquiera fugazmente, en el espacio de una reseña. Baste con lo antecedente para poner de manifiesto la necesaria incorporación de este libro al haber de los más reputados estudios foucaultianos contemporáneos. Y baste también para demostrar igualmente la necesidad, imperiosa, para todos aquellos que quieran alcanzar cierta clarificación sobre el pensamiento ontológico-político del último Foucault, de dialogar agonísticamente con la obra que presentamos, que vivamente recomendamos y que apenas hemos comenzado a estudiar con detenimiento tras una primera y fructífera lectura.


 


 

1 Reseña ligeramente aumentada respecto a la recientemente publicada en la Revista Isegoría Nº 57 (2017): http://isegoria.revistas.csic.es/index.php/isegoria/article/view/1003/999

2 Marco Díaz Marsá Modificaciones. Ontología crítica y antropología política en el pensamiento de Foucault. Madrid, Escolar y Mayo, 2014. Capítulo 5: «La libertad como condición ontológica: implicaciones para la articulación de lo político con lo jurídico-estatal».

3 Como indica Díaz-Marsá en su atinado comentario al texto de Foucault ¿Es inútil sublevarse? (1979). Textos que confrontamos para emplazar al autor a discusión con: Reiner Schürmann «Se constituer soi- même comme sujet anarchique». Les Études philosophiques nº4, 1986, pp.451-471. Publicado originalmente en inglés, en: «On Constituting Oneself an Anarchistic Subject». New School for Social Research. New York 1986.

 

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