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SI YO TUVIESE A FERLOSIO...(Por Luis Fernández-Castañeda. Madrid, mayo de 2002).

 

Rafael Sánchez Ferlosio: La hija de la guerra y la madre de la patria, Destino, Barcelona 2002.

 

Si yo tuviese a Ferlosio no le hubiera hecho una entrevista plagada de vicios periodísticos como la de Arcadi Espada en El País (suplemento ‘Babelia’, 4 de mayo de 2002). Que conste que el trabajo de este periodista es entretenido, pero sólo acierta a dar un retrato desmadejado y en el fondo inane del pensador. ¿En el fondo? Yendo más allá, parece que el objetivo fuera desactivar a Ferlosio: sí, es bonísimo escritor, pero un crítico feroz del mundo, tan feroz que ya se pasa. Para ello, se establecerá dogmáticamente en la entrevista lo bueno que es, pero lo que se le preguntará habrá de versar sobre el tema polémico de Afganistán, hasta que se vea que se ha pasado, acabando por citarle a uno de los críticos norteamericano más feroces, Noam Chomsky, para que el lector vea cómo éste le cae bastante bien, y concluir así el reportaje dando una imagen del lobo Ferlosio. Aparece en El País, donde nunca le han silenciado, donde se aprecia y proclama su valor literario, pero desactivándole políticamente al darle una imagen un tanto fiera. Ellos dirían que es un intelectual válido para la causa del ‘progresismo’, pero sólo como aliciente marginal, pues los que lo han leído saben bien que no se puede compatibilizar fácilmente, por su radicalismo y libertad crítica, con los partidos de izquierda. (De la derecha, ni hablar). En efecto, basta con ojear lo que dice de un tal G. y su porconsiguiente (p. 125, y, en la página anterior, empieza por Aznar). Este es el lugar que los medios le han prediseñado a Ferlosio, lo quiera o no. No me extraña que tanto él como muchos otros sean alérgicos a las entrevistas, pues tienen la sensación, fatalmente corroborada luego, de que les van a embutir en un traje que no es el suyo, pero que conviene a intereses políticos del medio correspondiente. Y yo me pregunto: ¿tan internalizado tiene A. Espada el ideario de El País, que hizo esta entrevista con toda libertad de conciencia, o más bien es el único que ha medido la distancia entre lo que él hizo y lo que apareció publicado?

 

Datos: nada más empezar, se nos alerta que el encuentro no es fácil, pues “transige difícilmente con la retórica de las entrevistas”. Unas líneas más arriba se nos advierte del “tenso carácter” del personaje. De hecho, “cuando se negoció ésta [la entrevista], anunció que estaba ‘muy monográfico’. Era su manera cordial, pero firme [como corresponde a un ‘tenso carácter’], de decir que sólo hablaría del Bombardeo [¿y esa mayúscula?]. Sin embargo, Espada le saca a pesar de todo el tema de El Jarama, el de otra novela donde aparece su padre, y 11 preguntas sobre su quehacer como escritor y articulista. Y si responde, aunque seguramente con desgano, a las tediosas cuestiones de El Jarama, ¿por qué Espada no insistió más en su quehacer literario, cuyas 11 preguntas con sus respuestas ocupan poco más de una columna completa de las aproximadamente 6 de que consta la entrevista? ¿Por qué, si al cabo accedió a contestar al tostón sobre El Jarama, etc., no le planteó cuestiones mucho más interesantes que tampoco tenían que ver con el tema “monográfico” pero sí con el libro que acaba de publicar? ¿Acaso es tan fiero Ferlosio como lo pintan?

 

Pero lo más curioso es la explicación de Espada sobre la aversión de nuestro autor a las entrevistas. En primer lugar, dice, “es ...  un investigador muy minucioso de las relaciones de dependencia entre las palabras- y las entrevistas cortan por lo sano.” Esta frase me deja tan perplejo que la voy a traducir para entenderla mejor: ‘Ferlosio mira a las palabras con lupa, mientras que las entrevistas las toman a grosso modo y, claro, así no se puede dialogar’. Es decir, Ferlosio es de aquellos cuya actitud ante el lenguaje hace que sea un sujeto que no colabora en las entrevistas. Es un entrevistado difícil, del que muchos saldrían huyendo. En segundo lugar, nos dice A. Espada, “es un hombre que abomina del yoyeo”, una persona a la que no le gusta hablar de sí misma. ¿Y? ¿Es que el único objetivo de la entrevista es el yo de Ferlosio? Quizá no ha leído la p. 101 del libro que ‘reseña’: “nada he podido nunca reconocer por mío ni distinguir como propio en mis entrañas que no fuese a la vez función y resultado de empeños exteriores, encarnizados en algún combate de quién sabe quién y contra quién”. Y unas líneas más arriba: “Un campo de batalla de cien heteronomías enfrentadas resulta, en cambio, una buena alegoría del único sujeto que conocen mis propias experiencias.” Es decir, que en absoluto frustra la entrevista el hecho de que a Ferlosio no le guste el yoyeo, más bien la facilita, porque permite centrarse en esos “empeños exteriores”, en esas circunstancias y estados del mundo que le -y nos- constituyen.

 

Datos: la entrevista comienza de forma abrupta e incomprensible con una pregunta sobre terrorismo que, de entrada, no viene a cuento. Si lo que se pretende es hablar del libro que ha publicado, nos encontramos con que las únicas preguntas que se le formulan son éstas: respecto al atentado a las torres gemelas, guerra, bombardeo, terrorismo, presos de Guantánamo, etc., 24; sobre los pecios y su quehacer literario, 9; sobre un libro donde aparece su padre, 1; sobre su aborrecimiento de El Jarama, 9; sobre su publicación de artículos, 2; sobre Chomsky, 3.Y ahí acaba la entrevista. Antes de todo ello, se nos dice en la introducción que es “uno de los grandes de la literatura universal” (?) e, inmediatamente antes de la primera pregunta, nos llama la atención sobre “ese pudor con que rebaja el veneno que todo hombre cargado de razón expande”. Pero en el mismo libro que se comenta leemos: “nada hay más peligroso para uno que estar cargado de razón ni nadie más peligroso para los demás que el que está cargado de razón”. (p. 213) ¿Qué ocurre? ¿No se ha leído el periodista el libro, no comparte lo que dice Ferlosio, o ni siquiera se ha dado cuenta de la incongruencia? Si se trata de esto último, entonces es que se ha leído a Ferlosio sin leerlo, más aún, ni siquiera se ha leído a sí mismo, porque, efectivamente, una de las cuestiones que le plantea es ésta: “‘P. Nada más peligroso que el cargado de razón’, como usted escribe, aunque a propósito de los americanos”. Vamos a ver. Si Espada sabe aquí lo que dice, ¿por qué dijo que Ferlosio estaba “cargado de razón”? La única explicación plausible es que maneja el lenguaje de un modo laxo e irreflexivo, justamente lo único que pretende no hacer Ferlosio. Con ello no solamente marra el objeto de la entrevista, sino que malentiende a su entrevistador de una forma original, desde el origen. Parece tomar simplemente pie en Ferlosio para ponerle contra las cuerdas en la cuestión de El Jarama, que a él manifiestamente le molesta, que no estaba dentro de lo que se había negociado tratar; parece tomar pie en él para hacerle la típica pregunta de si ha leído una de las más recientes novelas de éxito, aferrándose a la excusa de que allí se menciona a su padre y, sobre todo, parece tomar pie en él para la cuestión de Estados Unidos y Afganistán, sometiéndole a un interrogatorio absurdo que ahora comentaremos. En resumen: parece pasar -y pisar- sobre él.

 

 ¿Y del libro? Del libro nada. No se dice nada de los dos magníficos ensayos sobre la educación secundaria (“Borriquitos con chándal” y “Monografías iniciáticas”), no se dice nada de sus múltiples reflexiones sobre los mass media, y ni se toca el tema del ensayo que da título al libro: la guerra como madre de toda patria. En lugar de eso, le pregunta si la acción norteamericana en Afganistán es guerra o terrorismo. Como su respuesta no le satisface,  vuelve a hacerle la pregunta, esta vez formulada a secas: “¿Guerra o terrorismo?” Y, después de cinco preguntas más, de nuevo a la carga: “Bien: ¿guerra o terrorismo?”. ¡Dios mío, qué paciencia la de Ferlosio! Toda esta parte acaba con otra ridícula andanada políticamente correctora: cómo es posible que Ferlosio diga que Bin Laden se alegró de lo que hizo en Nueva York igual que Truman de lo que hizo en Hiroshima y Nagassaki. Como esto no le cuadra al periodista, y parece escandaloso y digno del papel de prensa porque llama la atención, le hace una serie de preguntas a Ferlosio, que nosotros vamos a transcribir sin las respuestas de éste, pare que se vea que sobran. Sr. Ferlosio, podría usted haber callado, porque en realidad nadie le escuchaba, simplemente le estaban poniendo en el lugar diseñado para usted. “P. En su ensayo sobre el bombardeo se ocupa usted de las reacciones de repugnancia que provocó el vídeo donde Bin Laden celebraba entre risas la muerte de miles de personas.- P. Y añade que también en el Pentágono celebrarían el éxito de la bomba atómica sobre Hiroshima. ¿De veras imagina usted las risas de Truman aquel día?- P. Una cosa es la firmeza, y el orgullo, y otra la risa.- P. Yo no creo que se pusieran a reír.- P. Hiroshima con champán supera todo lo imaginable.”

 

Con lo que llevamos dicho, el paciente lector puede hacerse cargo del vicio periodístico que corrompe la entrevista. Una lectura apresurada de la obra del entrevistado, algo quizá inevitable en el periodismo, debería llevar aparejada una actitud abierta y muy receptiva del personaje al que se requiere, en lugar de oponerle el plano sentido común y lo políticamente correcto para que el entrevistado se despache quizá incluso con boutades que, no por llamativas y periodísticamente rentables, hacen justicia a la obra del autor e incluso al autor mismo. Si se busca la declaración estruendosa, la postura polémica, el “cacaculopedopís” (p. 73), la entrevista está sentenciada. Muchas veces el entrevistado sabe cómo comportarse para hacerle el trabajo fácil al periodista. Sabe que basta que acepte el traje que le llevan, que se embuta en esas costuras aunque le aprieten, y que diga algo gracioso. Eso les ocurre, por ejemplo, a muchos grupos musicales que ya son en sí mismos una marca de imagen registrada, un producto de marketing. Ferlosio también lo sabe, pero no actúa en consecuencia, porque él no tiene nada que publicitar. Por eso a cualquier periodista estándar debe de parecerle difícil entrevistarle.

 

Pero basta ya de entrevistas. Acerquémonos al libro. Su unidad sólo se la presta la actualidad. Nos encontramos con una serie de temas que han ido apareciendo en los medios durante los últimos años: la reforma de la enseñanza secundaria, la polémica sobre los libros de texto de historia en el bachillerato, el ascenso de Berlusconi, el atentado a las torre gemelas, la polémica del español en América, los programas de cotilleo, la manipulación en los telediarios, la propuesta de ‘patriotismo constitucional’, las justificaciones de la campaña contra Serbia y contra Afganistán, el impacto de las nuevas tecnologías, etc., etc. De enumerarlos todos, tendríamos que incluir un índice detallado de la obra más extenso que el editado. Parece ser que algunos materiales del libro fueron publicados en su día en forma de artículo, de modo que nos hallamos más bien con una recopilación, aunque ampliada. Ferlosio vive en la actualidad, en ella ha hecho su morada. El libro está dividido en cuatro partes. La primera incluye los dos ensayos citados sobre educación, entre otros. La segunda contiene más de cien ‘pecios’ que tratan de temas diversos. La tercera, “Campo de Marte”, contiene siete trabajos centrados en la guerra, el patriotismo y el nacionalismo. La cuarta es un poema que con su pesimismo realista trasciende el libro entero, y que aún nadie se ha atrevido a analizar.

 

Lo primero que hay que advertirle al lector desprevenido es que Ferlosio es un filósofo, aunque sea también un literato (las Industrias y andanzas de Alfanhuí [1951] resultan deslumbrantes y reveladoras; a mi juicio, mucho más que El Jarama [1956], aunque desde luego con menos proyección social). Sus ascendientes intelectuales son vastos, con claros predominios. Entre ellos destacan Weber, Adorno, Benjamin y Arendt. Pero también hay alusiones a Hegel, Marx, Engels, Homero y Aristóteles, por ejemplo. Sin embargo, todo esto y mucho más es en Ferlosio cultura plenamente asumida y asimilada. Lo que hace con esta herencia adquirida con denuedo es emplearla en una crítica de la actualidad que nos deja verdaderamente perplejos. Porque Ferlosio capta el uso cotidiano que hacemos de la lengua y lo somete a una disección inmisericorde, terreno en el que sólo Agustín García Calvo puede parangonársele (salvada sea mi ignorancia). Obsérvese cómo comienza el libro: “Parece que sigue estando en discusión la dualidad entre la enseñanza pública y enseñanza privada. Al distinguir la segunda con la sola determinación de ‘privada’ se pasa en silencio el rasgo en que habría que haber puesto antes el acento: ‘de pago’. Como tal discusión se ha centrado en la reivindicación del derecho de la libertad de enseñanza, se ha dejado de lado este factor principal: que los papás y mamás que reclaman la libertad de elegir para sus hijos la enseñanza que crean conveniente tienden a mandarlos ‘a colegios de pago’.” (p. 17) A partir de un supuesto implícito omitido en la discusión pública -que la enseñanza privada es de pago-, Ferlosio expone todo lo que tal omisión implica. Este es su, diríamos, proceder canónico. Lo completa con otro que consiste en el recurso a la historia, o más bien la súbita aparición de la historia en la esencia de la actualidad, aquello mismo que Benjamin comprendió en los años veinte del siglo pasado y que dio por fruto Calle de dirección única [1926 ] y La obra de los pasajes [1927-1940]. De su visita a las estatuas ecuestres de Turín (la ciudad donde se colapsó la mente de Nietzsche), nos cuenta: “me sentí de súbito totalmente agotado bajo la imponente carga de experiencia del ayer acumulada y concentrada en unas pocas horas, y, aunque a la vez absolutamente insomne, pedí ser llevado directamente al Hotel Términus, que estaba, tal como es de rigor, anejo a la estación, y, sin poder tan siquiera aflojarme la corbata, me tendí en la cama y apagué la luz, y me quedé inmóvil, con las manos debajo de la nuca y los ojos abiertos hasta la exoftalmia, clavada la mirada, creyendo acaso ver en el grasiento techo, rayado por la luz de cebra de la persiana mal cerrada y a los rítmicos golpes de un semáforo fijado en amarillo intermitente que subía desde la acera, una tras otra las sombras instantáneas de todos los caballos que había visto o incluso hibridaciones de los unos con los otros en una combinatoria interminable y sin que mínimamente me sobresaltase el repentino estruendo de los trenes que a intervalos cruzaban la estación, hasta las cinco y media de la madrugada, en que salía el primer expreso, que tomé sin vacilar, con esa controlada rigidez mecánica del borracho aún consciente de que puede medir mal sus movimientos y perder en cualquier momento el equilibrio, de tan conmocionado y sobrecogido como estaba por el estupor de haber visto en el solo giro de una tarde mucho más de cuanto habría creído posible o soportable llegar a ver en este mundo.” (pp. 130-1)

 

Para lograr este tipo de crítica hace falta una sensibilidad especial hacia el lenguaje, un empuje que no es otro que el de la poesía: querer nombrar verdaderamente las cosas. Y así, acto seguido, en el pecio que sucede a éste de donde procede la cita, anuncia su actitud lingüística como defensa de los nombres comunes frente a los propios: “(Nominalistas) Sospechoso es tanto empeño en infamar de flatus uocis el claro y limpio soplo de los nombres comunes que sólo el fétido aliento de sus nombres propios de persona, de perro o de caballo ha conseguido confundir y envenenar”. (ibid.) Y añade en el siguiente pecio: “(Positivistas) De los nombres propios pretenden hacer palabras y de los comunes cosas o fetiches.” (ibid.) No es nueva su actitud, sino conscientemente asumida desde el principio de su producción. Compárese con este fragmento del antepenúltimo capítulo de Alfanhuí, donde los nombres de que se habla no son precisamente de persona, perro o caballo: “Alfanhuí sabía algo de todo aquello y conocía muchas hierbas con sus nombres y sus virtudes. Pero ahora buscaba mejorar su conocimiento y se quedaba con los ojos pegados a la vitrina y sacaba los tarros, y los olía y desgranaba las hierbas en su mano y preparaba infusiones y extraños alambiques cuando nadie le veía. Pensaba también en los nombres de las hierbas y se los repetía una y otra vez, como buscando en ellos el sonido de viejas historias y, lo que cada planta, entrando por los ojos, había dicho en la vida y en el corazón de los hombres. Porque el nombre que se dice, no es el nombre íntimo [¡no ‘propio’!]de las hierbas, oculto en la semilla, inefable para la voz, pero ha sido puesto por algo que los ojos y el corazón han conocido y tiene a veces un eco cierto de aquel otro nombre que nadie puede decir. Una y otra vez repetía Alfanhuí los nombres y los había mejores y peores. Había nombres tontos que nada decían y los había misteriosos, en los que estaba todo el monte sonando.”

 

¿Por qué esta actitud filosófica, coherentemente ejercida a través de los años, basada en una escritura minuciosamente revisada, de un castellano perfecto, no ha cuajado en un gran libro filosófico? ¿Por qué la mayor parte de lo publicado (pues confiesa haber escrito veinte o cincuenta veces más) son ‘sólo’ “pedazo[s] o fragmento[s] de la nave que ha naufragado o porción de lo que ella contiene” (‘pecio’, según el diccionario de la RAE)? Por esta pregunta me gustaría empezar la entrevista, si yo tuviese a Ferlosio.

 

Luis Fernández-Castañeda

13 de mayo de 2002

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