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Internet y lo real. Reseña de Javier Echeverría: Entre cavernas. De Platón al cerebro pasando por Internet

Luis Fernández-Castañeda

 

Quinientos años después de que Colón descubriera el Nuevo Mundo, parece haber surgido otro que podemos denominar mundo digital. Desde la implantación mayoritaria de Internet hacia mediados de los noventa han pasado veinte años, tiempo suficiente para hacer balance. Si los conquistadores (españoles, portugueses, ingleses, holandeses, franceses) forjaron América a sangre y fuego más que descubrirla, si la soñaron e inventaron al margen y en contra de “lo que allí había”, los aventureros de Silicon Valley sólo han tenido que limitarse a esto último, sin ninguna resistencia, porque  “allí” no había nada ni nadie. El mundo digital no estaba poblado por civilizaciones ajenas, no era el solar patrio de ningún ciudadano, carecía de todo terreno. La ciencia, la tecnología y el capital lo han ido formando paso a paso. 

¿En qué consiste? ¿Se puede pensar desde los conceptos heredados, o necesitamos otros? Y si lo segundo, ¿cuáles? A día de hoy, poco claro hay al respecto. Los estudios adolecen de apocalipticismo,  proselitismo, o incluso mesianismo. Todos están de acuerdo en que es un tema importante, pero nos faltan conceptos certeros y visiones globales. Esto último es lo que intenta el reciente libro de Javier Echeverría. El autor desarrolla una posición filosófica desde la que poder reflexionar sobre este nuevo mundo.  

En la investigación médica, llegó un momento en que se supo con certeza que pensamos con el cerebro y no con el corazón. Lo que sentimos, deseamos e imaginamos, lo que vemos y oímos, en una palabra, todo, pasa en el cerebro. Se llega así a una paradoja: veo un pájaro, pero lo veo en mi cerebro (o es mi cerebro quien lo ve, o lo veo gracias al cerebro). Entonces, ¿cómo puedo estar tan seguro de que hay un pájaro fuera del cerebro? Es inútil pensar en solucionar el enredo, y también resulta inútil cualquier acción, porque en ambos casos seguimos en el ámbito del cerebro. Obviamente, no podemos dejar el cerebro a un lado y echar una mirada fuera de él. Tampoco tiene sentido decir “mi” cerebro, como si hubiera de cierto otros, o pudiera ser una posesión mía, o una característica mía. La existencia de la realidad, de otras mentes, del diablo o de Dios, la mía propia, son creencias del cerebro. Incluso la idea de cerebro es una creencia del cerebro. ¿Y si no hubiera cerebro? Toda la investigación neurológica se basa en la creencia de que existe el cerebro. Pero hay que recordar que “Pienso, luego existo” no presupone el cerebro. Considerar, por tanto, que estamos encerrados en nuestro cerebro y que esta situación es análoga a la caverna platónica, como propone el autor, no resulta forzoso. 

Sin embargo, pensar que pensamos con el cerebro y que todo pasa por él o en él, parece inevitable, dado que de momento, que yo sepa, no hay otras explicaciones disponibles que gocen de suficiente crédito. 

Echeverría parte, pues, de que no hay modo de acceder a la realidad exterior; más aún, de que se trata de una idea abstracta que sólo existe en nuestro cerebro. Podemos llamarla el mito de la realidad exterior. Encerrados en nuestro cerebro, del que no hay salida, el mito es creer que existe un exterior. Por qué nació este mito, por qué hemos sentido la imperiosa necesidad de soñar un fuera, un más allá, y llamarlo realidad absoluta, realidad en sí misma, o realidad exterior, no viene ahora al caso. Contentémonos con nuestra condición cerebral, con este nuestro estar entre cuatro paredes craneales. Deshagámonos de la pregunta por la realidad, de esa obsesión que nos empuja a salir de nosotros mismos -como si fuera posible- , y atengámonos a nuestra situación. 

Una vez aceptada nuestra condición intracraneal y la imposibilidad de una exterioridad para nosotros, es obvio que el mito platónico de la caverna queda desautorizado. La virtud del dispositivo ideado por Platón consistía en mostrar que vivimos engañados y que hay una auténtica realidad. Su primera parte puede ser correcta. Ciertamente, estamos como prisioneros en una caverna. La segunda no: no hay ninguna salida a una realidad exterior, a una realidad absoluta, como él sostiene. Si este relato ha impregnado la imaginación filosófica a lo largo de la historia, una de las causas pudiera ser que en él se caracteriza a la filosofía como saber liberador.  Los prisioneros están seguros de encontrarse frente a la realidad, pero se engañan. El descubrimiento de un mundo nuevo capaz de dar razón del mundo de los prisioneros revela el engaño que estos sufren y ofrece una vía de salida a lo que entonces aparece efectivamente como prisión. En este mundo sensible, mundo engañoso y prisión, están sembradas las semillas de lo que nos permitirá salir de él. No otra cosa encuentra Descartes cuando reflexiona sobre el cogito y se topa con Dios, y antes que él San Agustín cuando lo descubre como el núcleo más íntimo de su intimidad. En estos tres casos la salida lo es a una realidad suprema, más allá de la cual no puede haber nada. 

Sin embargo, ¿y si la salida de la primera caverna, en lugar de llevarnos a la realidad suprema, nos condujera a una segunda caverna, y ésta a otra, indefinidamente? La solución maximalista desaparece ahora a favor de un laberinto donde ninguna caverna da razón de la “anterior” o tiene por qué darla, y donde la salida al Bien no está en absoluto garantizada, no siendo más que otro mito.

La alegoría platónica posee un potencial crítico que parece desaparecer en el momento en que se rechaza el dualismo de los dos mundos, la posibilidad de salir de la caverna, o que la caverna desemboque en el mundo de las ideas. Parece, pues, que el mito de la caverna, desprovisto de su fulgurante salida al mundo de las ideas, pierde todo su empuje. Si ya no hay una auténtica realidad allí fuera, y aquí todo pueden ser engaños, pierde sentido cualquier idea de saber o de liberación. Eso es lo que parece, pero las cosas no son tan simples. 

En primer lugar, como se desprende de las palabras del autor, la filosofía es la voluntad de trascender toda caverna hacia la siguiente. Las cavernas o mundos en los que estamos no son lugares de paso, sino que nos constituyen. Intentar comprenderlos es intentar saber cómo estamos hechos, lo cual presupone que estamos hechos. El engaño consiste en creer ingenuamente que no estamos fabricados, que no somos productos. Alcanzar un saber sobre esto es lo que particularmente nos atañe, porque no nos conformamos con nuestra situación. Buscamos saber al menos cómo hemos sido hechos, con el objeto de no existir pasivamente, sino de actuar más allá y en otro sentido de lo que se espera de nuestra hechura (a esto llamamos oscuramente libertad). Buscamos ser, y no estar siendo sidos por lo que nos hizo. Engaño sería permanecer en una caverna sin pasar a otra, y real lo serían todas ellas, aunque de modo distinto. Cada caverna sería una prisión sólo para aquél que desistiera de recorrer las demás, y ninguna sería un engaño salvo para aquel que pensara que esa es toda la realidad. En lugar de una liberación total, como promete Platón, lo que la filosofía consigue son liberaciones parciales, según va desentrañando las diversas cavernas por las que transitamos y que nos constituyen. De este modo, Echevarría está en la línea de fuerza de la filosofía platónica, contra lo que en un primer momento pudiera parecer. 

Solo que la situación ha cambiado mucho desde los tiempos del ateniense, y si hoy se caracteriza por algo es por la explosión inocultable de la complejidad. El mundo aparece más diverso, complejo, plural e irreductible de lo que podían imaginar nuestros más inmediatos antepasados. Echevarría cree que la postura más sensata para afrontar esta situación es el pluralismo, que se encarga de defender y explicar a lo largo del libro. Sin necesidad de repetir o analizar aquí sus argumentos, interesa destacar que la opción pluralista lleva aparejada casi inevitablemente un concepto relacional de ser que implica lo siguiente: no tiene sentido hablar de una realidad absoluta (la de “allí afuera”, la del mundo de las ideas de Platón), pero sí de grados de realidad. Cuanto más imaginemos y habitemos en una caverna, entorno o mundo, tanta más realidad tendrá para nosotros. No es, pues, necesario postular una realidad suprema que dé razón de esta, que fue el camino, hoy intransitable, recorrido por platónicos y monoteístas. A cambio, hay que afirmar el pluralismo ontológico, la idea de innumerables cavernas, cada una de ellas con un grado diferente de realidad.

La hipótesis pluralista es vieja como la noche y, obviando la Antigüedad, fue defendida por Giordano Bruno, Fontenelle y, sobre todo, Leibniz, en quien se basa el autor, gran conocedor de su obra. Una posición, desde luego, que encaja mucho mejor en el actual panorama de la investigación científica, caracterizado por múltiples campos de estudio, cada uno de los cuales tiene su propia legalidad y manera de ser.  

Pero hay que entenderlo bien: pluralismo no es relativismo. El pluralismo no dice que todo vale, dice que lo que vale no es una única cosa, sino varias. Decir varias no es decir todas. Para llegar al pluralismo antes han tenido que fracasar todos los intentos de definir lo real o, si se prefiere, de definir el ser. No sabemos lo que es “ser” o “real”, tomado así en absoluto. Y no sólo es que no lo sabemos o que quizá no podamos saberlo, sino que la pregunta está equivocada en la medida en que se apoya inconfesadamente en el mito de la realidad exterior. Si nos deshacemos de este prejuicio de lo real como lo existente “allí fuera”, desaparece entonces la pregunta por el ser en absoluto o por la posibilidad de conocerlo, es decir, desaparecen las ontologías y epistemologías tradicionales.  

No hay que preguntar ya si eso es real o no, sino qué importancia tiene en nuestro caso, cómo incide en nosotros, en qué grado nos afecta. Descubriremos muchas formas de presencia, de importancia y de incidencia para nosotros, y esto es lo que importa. En lugar de obsesionarnos por separar lo real de lo irreal, delimitaremos los ámbitos, los campos de juego, los distintos terrenos. Aparecen así varios entornos (cavernas), cada uno con unas características propias, en los que somos y nos movemos. El autor distingue tres principales: el entorno físico-químico, el social y el tecnológico. Son tres mundos con sus modos de ser y de relación. El entorno físico-químico está constituido antes que nada por nuestro cuerpo, que es condición primera de nuestra existencia. El entorno social está constituido por la interacción de los cerebros entre sí, y tiene un modo de existencia que no es igual al del primer entorno. Finalmente, el entorno tecnológico o digital forma exclusivamente  un mundo de signos, que también tienen su peculiar modo de existencia, que algunos llaman “virtual”. Pero lo virtual no se opone a lo real, sino que es un grado de realidad distinto del que tiene el entorno natural, por ejemplo. E incluso dentro del mismo entorno virtual, hay también grados distintos de realidad. De este modo, no es necesario desarrollar una ontología propia de lo virtual, como si fuese algo distinto de lo real. Todo ello se detalla en el libro. Cómo se relacionan estos mundos entre sí es asunto que el epílogo consigna a un trabajo ulterior.

El nuevo mundo digital no es entonces sino una caverna más, todo lo importante que se quiera, dentro de esta pluralidad infinita de mundos. Esta es, a grandes rasgos, la posición del autor.

 

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La cosmovisión que procede del pluralismo ontológico encuentra en nuestra época un nicho muy favorable. La renuncia a un principio único supone una relajación benéfica en todos los ámbitos del espíritu. Sin ánimo exhaustivo ni jerarquizador:

-El Yo deja de entenderse como un principio único de unificación que en la práctica sólo podía proceder amputando manifestaciones vitales del sujeto que resultan discordantes de cierta línea general. Hay varios yoes.

-La identidad deja de ser una construcción que amenaza ruina y por tanto requiere un mantenimiento continuo, comportando un desgaste interminable de energía y una preocupación ubicua, tanto en los individuos como en los pueblos. En su lugar, la identidad pasa de ser un modelo único a ser un multimodelo mucho más capaz de recoger la variedad con la que los diversos yoes pueden identificarse.

-La focalización en un principio ontológico único, modelo además de racionalidad,  deja de tener sentido. Ya no hay que buscarlo, exponerlo o desarrollarlo, ya no nos vemos forzados a constreñir todo al molde prefabricado del principio único, ni a considerar que lo que llamamos razón se agota en ese ideal monotemático.

-Desaparece la tensión por lograr un único principio explicativo en epistemología, dado que cada mundo o entorno tiene los suyos, que pueden o no diferir de los demás, pero que en todo caso emanan de una legalidad que metodológicamente hemos de considerar propia y autónoma. 

Como síntesis de todo ello, los enfoques monistas o monoteístas aparecen como singularmente inadecuados para dar cuenta de lo que hay, más aún, como fracaso histórico que desembocó al fin en el camino pluralista.  

El triunfo silencioso del pluralismo determina en gran parte los problemas y las posibilidades de la sociedad actual. Por un lado, la imposibilidad de un modelo general de realidad supone desorientación, fuente de nostalgia malentendida, involución, problemas identitarios, crisis de valores, etc. Por otro, liberación de fuerzas y energías en los individuos, nuevos modos de relación, aumento de la tolerancia y fragmentación del poder dentro del sistema democrático. El pluralismo ha venido para quedarse, y uno de los efectos del nuevo entorno digital que aquí se analiza es precisamente que ha surgido un mundo nuevo a añadir a los antiguos, haciendo aún más difícil mantener cualquier monismo. La defensa de Internet es incompatible con el monismo ontoepistemológico. El mundo digital expresa la esencia pluralista del mundo, que no es sino muchos mundos.

 

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Sin embargo, el autor no parece tener en cuenta (aunque ciertamente lo consigna a una reflexión posterior) que la relación entre las distintas cavernas puede ser una relación de poder, y lo que se juega en ello es qué se considera real (como nos enseñó Foucault).

La confusión entre lo real y lo que  no lo es empezó -digamos por mor del relato- con la anécdota de los pájaros de Zeuxis, con la fidelidad óptica de la pintura holandesa, se agravó con el invento del cine, rompió moldes con la televisión y, finalmente, con el advenimiento del mundo digital se experimenta una total reversión: ahora el mundo real parece no serlo tanto como el digital. De igual modo, los habitantes de X se amoldan a lo que los turistas esperan de ellos, que no es sino la confirmación de la falsa idea previa que tenían de X, el bucle se cierra y la antigua realidad queda presa de ideas, imaginaciones, leyendas, mitos. Y entonces deja de ser real a la antigua usanza, para ser real en la medida en que imita lo ideal, como quería Platón (aunque pervirtiendo el profundo sentido de la teoría de las ideas, desde luego). La antigua realidad queda desalojada por mandato del mundo digital, que se erige en la auténtica realidad, siendo la primera su material moldeable... o un desecho en caso contrario, pero nunca de nuevo lo que fue. Internet define el ser, el mundo de las ideas, y el antiguo mundo pasa a ser pura materia moldeable. No hay aquí una pluralidad de mundos pacíficos en coexistencia admirable, como pensaba el bueno de Leibniz, sino que un mundo ha fagocitado a otro, se lo ha comido.

La nueva tecnología no se ha limitado a poner en candelero la cuestión de qué es real, sino que ha deglutido la vieja realidad, cosa que no había pasado con el tren, el teléfono, y apenas con la televisión. En toda la historia de la tecnología, una realidad luchaba con otra, pero nunca se había dado el caso de que una realidad desrealizara a otra. El teléfono no afantasmaba la conversación cara a cara, la televisión no inutilizaba la radio, el tren no tornaba inútiles los pies... hasta que llegó Internet y su cohorte. Desde entonces, el mundo material no parece ser más que una inmensa mina de datos. La investigación sobre los Big Data es el intento de fiscalizar la existencia como nunca ha sucedido. Podría decirse que el terrorismo ha sido un gran estímulo para su desarrollo, aunque el principal parezca ser el mercado. Los individuos aún esperan que su rastro se difumine entre tantos millones de habitantes; aún mantienen la ilusión de su invisibilidad, de su materialidad. No es así, y no será así. Y como no están seguros del todo, esperan al menos que lo suyo, lo que hacen, no le importe en realidad a nadie. Y aquí tienen razón: en esa realidad antigua, no le importa a nadie, pero en la realidad de hoy, en la digital, sí, y mucho. Empezando por los individuos mismos, que necesitan tener un perfil en las redes sociales, darse a conocer; siguiendo por el mercado, y acabando por el poder político. 

La idea de que el mundo es una pluralidad de pluralidades y de que en cada mundo se esconden innumerables otros mundos es sin duda una idea grandiosa y afín a la democracia, pero carece de fuerza explicativa y de potencia transformadora.

 

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¿Qué es real? Veamos esta pregunta desde un ángulo inesperado. Siglos antes de que Descartes luchara contra la duda, lo hicieron los místicos. En la misma época cartesiana lo hacían. Pero no se trata de dudas sobre la fe, no al menos en primera instancia, sino dudas sobre lo que se siente, lo que se ha visto, lo que se cree haber oído. Ángela de Foligno (Libro de la experiencia) lucha de principio a fin con la duda. No es una duda metódica como la del francés, sino vital. En ella le va la vida. Se trata de saber si eso que ha oído, eso que siente, es Dios, o es divino; si procede de Él o del demonio. El relato es excepcional, porque a pesar de su fragmentación, o precisamente por ella, podemos entrever que la lucha por disipar la duda no llega nunca a decidirse. En un pasaje antológico, incluso Dios le dice que nunca llegará a decidirse el resultado de la lucha para que ella no quede por encima y no crea que abarca a la divinidad o que la puede comprender. Lo trágico de la situación es que lo que Dios le dice no se distingue del desespero. La indecisión y la duda podrían provenir de las palabras de Dios, pero también de que no hay salida racional. En el primer caso hay un atisbo de luz, en el segundo lo mejor sería olvidarse de Dios y emprender otro camino. En definitiva: la imposibilidad de vencer la duda puede tener una raíz divina o puede ser simplemente un signo de la imbecilidad de todo el planteamiento. Y lo peor de todo: en esta mujer libre, que no debe a nadie pleitesía, las dos “soluciones” se entremezclan, en un final horrible: la nada absoluta. Nada que puede ser el lugar por antonomasia del nihilismo, o la más paradójica presencia de Dios. En Ángela, las dos cosas a la vez. Por eso es horrible el final, si es que esto se puede considerar un final.

Qué diferente la marcha triunfal cartesiana, el triunfo espectacular del cogito, pero qué frío también. En Descartes todo son experimentos  mentales, solo él está caliente al lado de la estufa. En Ángela de Foligno son gritos en la basílica de Asís “y por qué, y por qué, y por qué”. Necesita triunfar sobre la duda. Si solo era una mujer histérica, desequilibrada y necesitada de afecto amoroso y sexual, nada le hubiera resultado más fácil que creerse sus visiones. Pero precisamente es la voz de la razón (que Cohen, Religion der Vernunft, identifica con Dios) la que le habla en primera persona (a ti) -como en Eckhart- y le impide alcanzar completa seguridad. Es su razón la que le pone en aviso, una y otra vez, no importa lo impresionantes que sean sus raptos. Para esta mujer, saber si es real lo que experimenta, lo es todo. No es un experimento mental ni una cuestión para reflexionar un rato y luego pasar a otro tema: su vida entera depende de ello. Pues bien, en la ontología pluralista que defiende  Echevarría no ha lugar a esa tortura: es real lo que yo creo que es real. Pero ¿qué creo que es real?

El pluralismo desactiva por completo la potencia del concepto de lo real. Dado que no hacemos más que pasar de una caverna a otra, dado que no hay un fuera que sea lo real absoluto o la famosa cosa en sí kantiana, la realidad más bien es una cuestión de grados y de modalidades. Pero esto no es suficiente, no basta. Si hay muchas realidades, muchos modos y grados de ser real, lo mejor será prescindir de la palabra real, ya que su concepto parece abarcarlo todo, máxima extensión y mínima intensión, como el concepto de ser. Afirmar que hay una pluralidad de mundos y de realidades es tan gratuito como lo contrario, y tan unitario y monista como la posición que critica. “Nada vale” se anula a sí misma, pero “todo vale” es tan gratuito como “no todo vale”. ¿De qué le hubiera valido esto a Ángela de Foligno?

 

 

Javier Echeverría: Entre cavernas. De Platón al cerebro pasando por Internet, Triacastela, Madrid 2013.

Ángela de Foligno: Libro de la experiencia, edición de Pablo García Acosta, Siruela, Madrid 2014.

 

 

 

 

 

 

 

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