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Reseña: "Javier Fisac Seco : Dios es de derechas. Nazismo, franquismo y catolicismo: una alianza contra la libertad. Sepha Edición y diseño S.L. Málaga, 2009".

Javier Fisac Seco. Junio de 2009

 

 “Dios es de derechas” es el primer resultado de un trabajo de investigación sobre “Erotismo, religión y poder”, que se irá completando con otros trabajos y una exposición sobre el proceso de emancipación de la mujer en la Historia, bajo el subtítulo: “La mujer: de madre a sujeto de derechos”.

Desde hace unos 5.000 años, por arrancar a partir de los imperios egipcios y mesopotámicos, los dioses monoteístas han reinado y gobernado junto a las clases dominantes, cuyos intereses eran antagónicos de los pueblos a los que explotaban y sobre los que reinaban. Es lógico pensar que las leyes que dictaban esos dioses no fueran contra los intereses de quienes gobernaban, que, evidentemente, no podían ni pueden ser los mismos del pueblo sobre el que gobiernan. Esta asociación entre Poder y Dios, que nos puede parecer tan normal hoy día que casi nadie la cuestiona, es una evidencia histórica. Hasta tal punto que los papas, cuando las revoluciones liberales derriben el Antiguo Régimen, pongan el grito en el cielo porque los nuevos gobiernos han separado la Iglesia del Estado.

Cuando hablamos de dioses se hace necesario establecer una primera diferencia entre politeísmo y monoteísmo. La conclusión que se sigue de esta diferencia es que ya estamos hablando en términos políticos. De democracia o de totalitarismo. Lo democrático es laico, decía la revista “Leviatán” en 1934, luego lo totalitario es religioso. O en palabras del filósofo Schleiermacher si “La experiencia religiosa es un sentimiento de dependencia absoluta”, entonces, concluirá Eric Fromm, esto es así porque los individuos se someten a poderes autoritarios exteriores a él e interiorizados en él.

Pero por qué razones el pueblo se ha dejado dominar y se sigue dejando dominar por dioses que habían sido creados para tenerlos sometidos a un poder autoritario. A esta pregunta ya han respondido W. Reich, E. Fromm y Marcuse, por lo que no voy a repetir sus argumentos que podemos encontrar en sus libros e indirectamente en el prólogo de este libro y en la bibliografía. No voy a entrar, porque mi investigación se ha centrado en otros aspectos escasamente investigados.

Aspectos originales porque autores tan destacados como Sternhell en “El nacimiento de la ideología fascista”, Hannah Arendt, en “Los orígenes del totalitarismo” o Sabine en su “Historia de la teoría política” no han tenido en cuenta la relación de la ideología clerical católica con el totalitarismo político.

La ideología totalitaria, contenida en el monoteísmo antes de las revoluciones liberales, se venía gestando, como reacción contra el individuo, el sufragio universal, la forma democrática de gobierno, los derechos individuales, la separación entre la Iglesia y el Estado…etc, en el pensamiento hegeliano, en la reacción intelectual de los pensadores católicos y cristianos, como Burke, Chateaubriand, Hardenberg (Novalis), Muller, Haller, De Bonald, de Maestre, Balmes, Donoso Cortés…etc. Sorprende que se cite a Hegel, un ideólogo oficial del militarismo prusiano, para posicionar en él el origen del totalitarismo como una reacción contra los logros de las revoluciones norteamericana y francesa, y que no se cite a Pío VI, contemporáneo de la Revolución y de Napoleón, quien antes que Hegel, y que todos los autores citados, puso en marcha la contrarrevolución ideológica del totalitarismo. Una reacción que se irá desarrollando a lo largo del siglo XIX y que se pondrá en práctica en el XX en los Estados fascista, nazi y sus modelos de dictaduras militar-clericales como la salazarista en Portugal, o la franquista en España.

Este trabajo, como ya han podido imaginar, trata de establecer dos hechos: desvelar el carácter totalitario de la ideología religiosa monoteísta, especialmente de la católica por su influencia en el totalitarismo europeo, y establecer, si existe relación entre esa ideología religiosa totalitaria y las políticas totalitarias que en los años treinta del siglo XX consiguen triunfar, después del largo proceso de gestación a lo largo del siglo XIX.

En este libro, como ya he dicho, no voy a tratar de dioses cuya existencia no conocemos. Eso sería un lamento especulativo. De los que sí voy a tratar es de los llamados dioses monoteístas porque éstos sí podemos decir, incluso los ateos, que existen. Existen porque se identifican con el poder; existen porque poseen enormes riquezas; existen porque tienen privilegios; existen porque legislan; existen porque mandan y bendicen ejércitos; existen porque tienen una moral que informa el superyó, el principio de la realidad, en términos freudianos o la tradición, la cultura dominante, el qué dirán; existen porque la mujer ha sido, y sigue siendo, históricamente despreciada, humillada y sometida; existen porque el placer ha sido perseguido, llevado a los tribunales, condenado e incinerado vivo, en nombre de dios, sus leyes y sus mandamientos. Estos dioses, que consideran que el individuo no es un fin en sí mismo sino un instrumento a su servicio para alabarlos, ensalzarlos y glorificarlos,  ya nos están indicando su carácter autoritario. Y todo lo totalitario es la negación de lo humano, del individuo.

Claro que si sustituimos la palabra dios por la expresión “corporativismo religioso clerical”, empezaremos a entender el sentido de la idea de dios y el sentido que tiene la vida para esta corporación. Podría haberme limitado a calificar esta corporación de “nobleza clerical” pero era y es, algo más que un estamento privilegiado, gracias a lo cual sobrevivió al desplome de su mundo medieval: era, sigue siendo, una estructura organizativa autónoma asociada al poder absolutista pero con autonomía propia.

En torno al fenómeno religioso se fueron creando templos que estaban dotados con grandes propiedades y dirigidos por una casta sacerdotal que acabó siendo un estado dentro del estado, más fuerte que la nobleza militar en cuanto que era un colectivo más sólido y con capacidad de movilizar al pueblo contra los poderes políticos cuando éstos amenazaban su poder. Con las grandes culturas urbanas se consolidan estas jerarquías religiosas que, siempre que el estado sirva a sus propios intereses, estarán al servicio del poder, del que forman parte. Así la religión, como un fenómeno basado en la creencia de seres supranaturales que intervienen, de alguna manera, en los fenómenos físicos, humanos y políticos, el mundo demoníaco que lo amenazaba todo, devino en creación de una casta sacerdotal privilegiada y en factor legitimador del poder de ésta y del estado al que servían.

Este rasgo, que es muy importante para entender la permanencia del fenómeno religioso católico se trata en el libro.

Otro aspecto de los orígenes del fenómeno religioso se desarrolla a partir de la inseguridad que los hombres manifiestan ante los fenómenos de la naturaleza, las leyes físicas y el devenir social y político. El hombre religioso es un hombre absolutamente indefenso frente al poder y a las leyes físicas, al cosmos, del que recibe agua o sequías, alimentos o hambre, dolor y enfermedades o bienestar. Todo parece proceder de fuera del hombre, nunca de sí mismo, porque la idea de hombre como individuo y sujeto de derechos no existe. Se carece de conciencia de sí mismo, como se carece de conciencia de ser sujeto de derechos y de tener capacidad para entender los fenómenos que los aterrorizan desde la ciencia y la razón. Todo lo que no se entiende, todo lo que los supera, está fuera de ellos. Y lo que está fuera de ellos tiene que ser superior a ellos. A eso empiezan a llamarle dios, con diferentes nombres. Y eso, ese dios, acaba siendo una casta social, el sacerdocio, con sus templos y riquezas, que se sucede así misma y que hará de la defensa del fenómeno religioso la defensa de sus propios intereses como casta y como poder político y económico. En toda cultura, en todo estado, desde la antigüedad hasta hoy existen templos, castas religiosas, sacerdotes, monjes, jerarquías vinculadas al estado.

Hay quienes consideran, de buena fe, tal vez, que las “Bienaventuranzas” son una especie de declaración de derechos. Lo que ocurre es que, primero, las bienaventuranzas no son proclamadas por el pueblo en una revolución propia, sino que son valores propuestos por dios o sus representantes. Y esto ya resulta sospechoso. Que el dios que está unido indivisiblemente al Poder que los explota les proponga un modelo de conducta como ese.

No voy a citar a Nietzsche porque además de ser sospecho de totalitario, no es necesario, pero las “Bienaventuranzas” lo que proponen a quienes sufren miseria económica, explotación política y persecución por la justicia es que no se rebelen, porque si no se rebelan de ellos será el reino de los cielos. Se supone que la justicia, la riqueza y la alegría serán un premio en el más allá, si permanecen sumisos durante la vida. Porque si se revelan contra las injusticias humanas pierden la condición de bienaventurados. Divina paradoja, no cabe la menor duda.

 No sabría distinguir si lo que proponen con las Bienaventuranzas es la obediencia pasiva o la activa. En cualquier caso lo que recomiendan es sumisión y resignación ante lo que desde el exterior se nos venga encima. Para la Iglesia los fieles sólo tienen deberes, nunca derechos. En los diez mandamientos están perfectamente recogidos en dos bloques: los deberes para con dios y los deberes para con la Iglesia. Lo pueden ustedes leer en un libro tan accesible como el catecismo sin necesidad de tener que leer la Biblia, el Nuevo Testamento o “Camino” de Balaguer. Este es otro rasgo del carácter autoritario, según Fromm.

Lo  que queda claro es que las bienaventuranzas no son derechos sino una doctrina que propone una forma de conducta basada en la aceptación del orden social injusto a fin de mantener ese orden social. Un orden social en el que una minoría, la clase dominante, somete, en su exclusivo beneficio, a una mayoría la clase dominada. En el que el hombre somete y explota a la mujer y en el que hasta el placer sexual, que como enemigo del alma es una maldición, está desprestigiado, produce sentimiento de pecado y de vergüenza, es penado, condenado y perseguido para mayor gloria de dios y para proporcionar un inmenso placer a los poderes clerical, político y militar que, por ser autoritarios, son sadomasoquistas.

La libertad política e individual, los derechos humanos, por el contrario, no nos proponen la resignación sino la exigencia y el ejercicio de unas libertades individuales ya, ahora, aquí y si fuera posible y dependiera de nuestras fuerzas, en todo el mundo. La libertad individual es un gesto de rebelión frente a dios. El comienzo de la emancipación individual. Durante siglos la humanidad ha vivido, y para millones de personas, sigue viviendo, sin derechos porque estos dioses sólo exigen obligaciones hacia ellos.

Durante dieciocho siglos, si contamos desde los comienzos del cristianismo, los dioses monoteístas lucharon por conquistar el poder, defenderlo y extenderlo. El cristianismo, una vez asociado al poder imperial luchará contra cualquier poder emergente para mantener su posición. Se fragmentará en varios espacios geopolíticos por razones de poder; se asociará a los monarcas bárbaros, godos, visigodos y francos, establecerá alianzas con unos contra otros y así durante toda la edad feudal, para dominar. Y en el Renacimiento desencadenará guerras contra las naciones emergentes y sus dioses monoteístas, nacionales y cristianos en unas guerras devastadoras a lo largo de dos siglos. En este período se incluyen las persecuciones, destrucción y aniquilamiento de cuantos tenían opinión propia. Todo por una cuestión de poder.

De manera que, aunque Sabine diga lo contrario en su libro “La Historia de la Teoría Política” y por esa razón no califique nunca la ideología católica de totalitaria y no establezca ninguna relación entre esa ideología y las políticas totalitarias del siglo XX, toda religión monoteísta es una teoría del poder autoritario que elabora una doctrina de salvación, una mitología, reelaborada a partir de las mitologías precedentes, y unos valores, una moral, al servicio del Poder. Esta es la principal conclusión de este libro que arranca del siglo de las Luces y se desarrolla a lo largos de los siglos XIX y XX, donde se investigan las características de la ideología religiosa y su influencia sobre los movimientos políticos totalitarios y las dictaduras clerical-militaristas que se instauraron en el siglo XX.

Que la religión es una teoría del Poder ya nos lo cuenta Moisés en el “Exodo” y el “Levítico”; lo ratifica Pablo de Tarso, y lo repiten San Agustín y el papa Gelasio VI, en el siglo V, Gregorio VII, Inocencio III en en su bula “Venerabilem”, Egidio Colonna, representante del papa, en su libro “De ecclesiastica potestate, Campanella, quien en el contexto de las guerras de religión de los siglos XVI y XVII propone en su libro “De monarchia cristianorum, De regimene Ecclesiae y De Monarchie Hispanica una monarquía mundial bajo la autoridad pontificia; los jesuitas defienden la teoría del origen divino del poder: Suárez en su “Tractatus de legibus ac deo legislatore” y Mariana en “De rege et regis institutione”.

Teoría que pusieron en práctica creando un Estado jesuita en el Paraguay dirigido por ellos.

Siglos después, en noviembre de 1885: León XIII nos lo repite en su encíclica Immortale Dei . Este mismo papa en la “Rerum novarum”, nos propone un modelo de sociedad basado en: el corporativismo frente a los sindicatos de clase; la coexistencia de clases en el Estado fascista y nacionalista, bajo la dirección y control de la Iglesia y el Estado frente a la lucha de clases, un concepto marxista, anarquista e internacionalista; la integración de todas las clases en el Estado, preferiblemente católico, como será el franquismo, y lo veremos en el Fuero del Trabajo y los concordatos;  la resignación económica de los trabajadores porque lo natural es la miseria a pesar de que los socialistas y comunistas digan, engañando a los trabajadores, que pueden desterrarse de la faz de la tierra; un modelo de familia patriarcal, autoritaria, antifeminista y homófoba frente al individuo y sus derechos.

Una ideología, una concepción del orden social y político, ratificada por el papa contemporáneo de Mussolini, Hitler y Franco, Pío XI en su propia encíclica la “Quadragesimo anno” con la que, cuarenta años después,  conmemora y exalta la Rerum novarum .

Recordando este papa que León XIII dijo en su cita encíclica que “La concordia de clases engendra la hermosura y el orden de las cosas; y que por lo contrario, de una lucha perpetua, de la lucha de clases, necesariamente ha de surgir la confusión y la barbarie”, añade que “Al hablar de la reforma de las instituciones, principalmente pensamos en el Estado; no porque de su influjo haya de esperarse toda la salvación sino porque, a causa del vicio del individualismo que hemos señalado, las cosas han llegado ya a tal punto que, abatida y casi extinguida aquella exuberante vida social que en otros tiempos se desarrolló en las corporaciones o gremios de todas clases, han quedado casi solos frente a frente los particulares y el Estado. Semejante deformación del orden social lleva consigo no pequeño daño para el mismo Estado, sobre el cual vienen a recaer todas las cargas que antes sostenían las antiguas corporaciones, viéndose él abrumado y oprimido por una infinidad de cargas y obligaciones.” No estoy leyendo el “Mein Kampf”, se lo juro, estoy leyendo a Pío XI, conmemorando, orgullosamente, a León XIII.

En 1929 se firmaba el tratado de Letrán por el que, además de constituirse el barrio romano del Vaticano en Estado teocrático independiente y de recibir enormes beneficios económicos por parte de la Italia fascista, el fascismo dejaba en manos de la Iglesia católica la educación, la moral, la familia, el matrimonio…etc. El modelo será imitado por la España franquista diez años después.

En 1933, Pío XI firmaba un concordato con Alemania, gracias al cual Hitler será internacionalmente reconocido y su posición política fortalecida tanto dentro de Alemania como fuera. Un acontecimiento importante porque en esos momentos Hitler estaba aislado. Acababa de llegar al poder apoyado, no en sólo en sus propias fuerzas que eran enormes pero insuficientes, sino por la derecha católica y cristiana. Von Papen y Hindenburg. Con cuya coalición y consentimiento pudo formar su primer gobierno.

 El 14 de marzo de 1937, después de que los obispos españoles hubieran apoyado la sublevación militar contra la República y cuatro meses antes de que estos mismos obispos firmaran y difundieran la Carta colectiva, en la que se calificaba  de cruzada y de guerra de civilizaciones la guerra civil española y un año antes de que se apruebe el “Fuero del Trabajo de los españoles” en el que se invoca la religión y el totalitarismo como fundamentos ideológicos del nuevo Estado, Pío XI publica la encíclica “Mit brennender Sorge” sobre la situación de los católicos en Alemania. En ésta encíclica no critica la ideología totalitaria ni el régimen nazi, que se limita a calificarlo de pagano porque lo que le dolía es que no fuera católico.

Sólo se queja de los incumplimientos del concordato. El 28 de agosto de ese mismo año Pio XI reconocía el Gobierno de Franco como el Gobierno representante de España. Poco después enviaba a su embajador o nuncio, Antoniutti, ante el Gobierno de Franco. Nunca volvió a decir nada sobre el régimen nazi, y en 1937 la Bestia aún no había despertado. Aún quedaba por comenzar la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se limitó a invocar la paz.

Veremos cómo, en el caso que nos toca a nosotros, el Vaticano por intermedio del cardenal Tadeschini, su embajador ante la España republicana, alienta a las derechas y veremos cómo éstas, tanto Calvo Sotelo, como Gil Robles, como Jose Antonio en alguno sus 27 puntos, se inspiran en las encíclicas papales. En concreto en la “Rerum novarum”, y en otras que irán saliendo y que las derechas citarán sin remilgos y en sus discursos y prensa para legitimarse y orientarse intelectualmente.

Pero volvamos a marzo de 1938 cuando se aprueba el “Fuero del Trabajo de los Españoles”, que empieza con esta declaración de principios:

“Renovando la tradición católica de justicia social y alto sentido humano que informó nuestra legislación del Imperio, el Estado Nacional, en cuanto es instrumento totalitario al servicio de la integridad patria y sindicalista…

La Iglesia católica inspiró la España de Franco; concordó con ella desde 1945, año en el que en la Conferencia de Potsdam se acordó aislar a la España franquista hasta que no hubiera sido sustituida la Dictadura por un régimen democrático, aunque fuera una monarquía parlamentaria, solución deseada por Churchill. Y el papa cayó. Reforzaron el Régimen con el nuevo Concordato de 1953 que facilitó los pactos con los Estados Unidos, firmados meses después del Concordato. Y el papa persistió en su espléndido silencio. No en vano. España era un paraíso clerical. La Iglesia volvía a tener un Estado católico a su medida. De nuevo, después del paréntesis liberal y superada la amenaza comunista, el Poder volvía a tener su propio dios, aunque con sede en el Estado Vaticano. En este sentido España fue una colonia del Vaticano. Y sigue recibiendo el tratamiento de colonia.

No la Iglesia no se equivocó. Nos lo cuenta nada menos que el cardenal Tarancón, consciente de que era necesario cambiar de caballo para poder seguir cabalgando. El 15 de diciembre de 1975, no hacía un mes que había muerto Franco, al inaugurar la XXIII Asamblea Plenaria del Episcopado, Tarancón se refirió a los obispos, presentes en las Cortes franquistas por derecho propio, con estas agradecidas palabras:

“Una figura auténticamente excepcional (Franco) ha llenado casi plenamente una etapa larga – de casi cuarenta años – en nuestra Patria.

Por último en lo que se refiere a la Europa liberada de la posguerra, la derrota de los totalitarismos por las potencias aliadas, Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, dejaba a los países liberados sin una derecha organizada políticamente. La izquierda, como resistió en la clandestinidad, sí estaba organizada al terminar la guerra. De manera que, al terminar ésta las izquierdas se hubieran podido haber hecho con el poder sin resistencia. Los gobiernos anglosajones estaban preocupados ante este panorama y esa sería una de las razones por las que permanecerían militarmente ocupando los países liberados.

Al mismo tiempo, sin embargo, ya estaban trabajando para reorganizar las fuerzas políticas de derechas, que serían las encargadas de contener la nueva amenaza: el comunismo.

Este es el único momento en el que un papa, cuando la derrota del totalitarismo estaba anunciada, por el éxito del desembarco en Normandía , la liberación de Francia y por la presión soviética desde el frente oriental hacia Alemania y Austria obligando a los ejércitos nazis a retirarse precipitadamente hacia sus fronteras alemanas, diciembre de 1944, cuando Pío XII se pronuncia a favor de la democracia como forma de Gobierno sin apoyar los principios en que se basa: los derechos y deberes fundamentales de los individuos porque la Iglesia, como sociedad perfecta que se considera se reserva, siempre, el derecho a adoctrinar e imponer su doctrina y moral, al margen de lo que digan las Constituciones y legislen los parlamentos. Pío XII apoya la democracia en los países liberados por los países no católicos, Estados Unidos y Gran Bretaña, y como última ratio para contener el comunismo.

No reclama la democracia, al contrario de lo que exigieron los aliados triunfantes en Potsdam, para la España franquista, tampoco para el Portugal salazarista. Estas dictaduras militares y católicas, las únicas que quedan en Europa occidental, se bastan para hacer frente al comunismo sin necesidad de tener que recurrir a la democracia. Y Franco hizo del anticomunismo su razón de ser, igual que el papa en esos momentos.

La democracia cristiana, la derecha, resurgía sobre las cenizas del fascismo bajo la inspiración, una vez más, de los valores cristianos y católicos. Por su vinculación con estos valores es por lo que se autodenomina cristiana. No tienen nada que ocultar en cuanto a sus orígenes religiosos. Se podrían haber titulado democracia liberal, pero su ideología está más allá del liberalismo político, en el clericalismo autoritario. De momento tocaba simular la intromisión religiosa en los asuntos políticos porque el principal enemigo, no el único, pasaba a ser el comunismo. Franco que ya venía diciendo que el comunismo era el enemigo que legitimaba su Dictadura, y que no por ello restauró un régimen democrático, le sacó un buen partido al anticomunismo. Ahora será el papa quien enarbole la bandera del anticomunismo y fuerce a los católicos a reorganizarse en las democracias cristianas.

Con la  caída del bloque soviético, dando fin a la Guerra Fría, se  ha vuelto a poner en primer plano al que fue el primer enemigo de la Iglesia: la democracia y los derechos individuales. Esto es: la libertad, entendida ésta como el poder que tiene cada individuo para tomar sus propias decisiones, pensar por sí mismo, elegir a sus gobernante y perseguir el placer y la felicidad.

¿Se equivocó la Iglesia al asociarse a poderes totalitarios y dictaduras militar-clericales?

La Iglesia se considera así misma una sociedad perfecta cuyo dios no puede equivocarse y cuya cabeza visible al pronunciarse como único interprete de ese dios tampoco puede equivocarse. Si la Iglesia rectificara sus doctrinas y valores quebraría el principio de autoridad, sobre el que se sustenta dios y el poder del papa, porque o bien dios se equivocó o bien el papa se equivocó o se equivocaron los dos. Algo imposible de entender en una doctrina que es ortodoxa.

Por eso, a pesar de todo lo que se ha hablado del Concilio Vaticano II, en éste lo fundamental: la doctrina y los valores no se tocaron. Salieron como entraron. Cosa coherente con la naturaleza ortodoxa de la doctrina. Lo contrario hubiera sido lo mismo que desdecirse de todo lo que han sostenido durante veinte siglos. Y qué dios o qué papas serían esos que cambian su doctrina con el paso del tiempo? Que es imposible evolucionar a una ideología ortodoxa nos lo recuerda, en una, la ya citada Quadragesimo Anno,  Pío XI, donde afirma: “Les guiaba ( se está refiriendo a los laicos católicos que querían modernizar la Iglesia al ritmo de las revoluciones burguesa e industrial) principalmente el empeño de que la doctrina absolutamente inalterada e inalterable de la Iglesia satisficiera más eficazmente a las nuevas necesidades”.

“Las ideas de las clases dominantes, decía Marx, son también las ideas dominantes en cada época; o dicho de otro modo, la clase que tiene el poder material dominante en la sociedad tiene también el poder ideológico dominante. La clase que dispone de los medios de producción materiales, dispone al mismo tiempo de los medios de producción ideológicos, de tal modo que las ideas de aquéllos que carecen de los medios de producción están sometidas a la clase dominante. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, son esas mismas relaciones materiales bajo la forma de ideas, o sea, la expresión de las relaciones que hacen de una clase la clase dominante; con otras palabras, son las ideas de su dominación”.

Tal vez este razonamiento de Marx nos ayude a entender la pregunta que dejaba en el aire, ¿cómo puede explicarse que las clases dominadas, las que con su trabajo enriquecen a los que los dominan, puedan tener la misma ideología o adorar al mismo dios, que sus dominadores y explotadores?

Reich responde a este interrogante en su trabajo: “La psicología de masas del fascismo”, donde dice:

“Es preciso que seamos capaces de explicar cómo le ha sido posible al misticismo arrinconar a la sociología científica. Y nuestro trabajo no será útil más que si planteamos la cuestión de tal modo que la respuesta nos proporcione espontáneamente los medios de una nueva acción práctica. Si el trabajador no es ni francamente reaccionario ni francamente revolucionario, sino que se encuentra atraído por las dos tendencias antagónicas reaccionarias y revolucionarias, el descubrimiento de este antagonismo tendrá que desembocar necesariamente en una práctica que oponga a las fuerzas psíquicas conservadoras las fuerzas revolucionarias. Toda mística es reaccionaria; el hombre reaccionario es místico.”

Se dice, la iglesia católica y sus portavoces, como Esperanza Aguirre, que el cristianismo es la base de la civilización cristiana. A qué cristianismo se refiere Esperanza, a los anglicanos, a los luteranos, a los calvinistas…más bien a los católicos puesto que para ella es la única religión verdadera fuera de la cual no hay salvación, se entiende que no hay salvación para los de izquierda. En cualquier caso debería quedar claro de una vez que el cristianismo es la base de la civilización occidental tradicionalista, represiva, reaccionaria, antidemocrática, antifeminista y homófoba. Porque estos son los valores del cristianismo.

Sin embargo, la civilización occidental se ha ido construyendo antes del cristianismo en el mundo clásico y después del cristianismo en el Renacimiento, la Ilustración, el liberalismo político y la defensa de la democracia, los derechos individuales y el deseo de progreso, felicidad y el placer. Valores que son negados por la civilización cristiana que exalta el autoritarismo, el sufrimiento, la virginidad o ausencia de placer y la obediencia o ausencia de libertad individual y derechos. Y sobre todo porque el cristianismo niega el fundamento de toda sociedad democrática que es  el individuo y no la familia y menos aún la familia autoritaria cristiana.

El pensamiento democrático occidental es por estas razones, reconocidas por todos los papas desde el siglo XVIII hasta el presente en sus encíclicas,  y según se recoge en sus constituciones, que separan el Estado de la Iglesia, anticristiano. A partir del triunfo del constitucionalismo democrático la sociedad occidental ha dejado de ser cristiana. Otra cosa es que sus valores se conserven en las tradiciones de los pueblos y en la moral sexual represiva. Pero esta contradicción entre tradición y libertad, ya detectada por W. Reich en su libro “La psicología de masas del fascismo”, la trataré en el siguiente libro sobre “Dios, el sexo y los católicos”.

Este enfrentamiento político e ideológico, antagónico y dinámico entre tradición cristiana y progreso se desarrolla en este libro. Pero esta lucha no ha terminado, continúa en nuestros días. Y una prueba de ello es la antiliberal, antidemocrática y peligrosa pretensión de la Iglesia católica y sus propagandistas por reivindicar para sí, para una corporación supraindividual, un derecho que como todo derecho sólo puede ser individual: la libertad religiosa.

Como sé que en este acto están presentes intelectuales, pensadores y políticos quisiera hacer una breve reflexión sobre la libertad. La libertad es el poder que cada individuo tiene para tomar sus propias decisiones, pensar por sí mismo, elegir a sus representantes, perseguir la felicidad y satisfacer sus deseos sexuales. Por eso la libertad es  proclamada como un derecho exclusivamente individual en las constituciones democráticas. Pues sólo podemos tener derechos individuales los individuos, que como tales sujetos de derechos somos ciudadanos.

De manera que, siendo libres los individuos, qué sentido tiene reivindicar el derecho a la libertad religiosa de ninguna Iglesia o institución religiosa cuando sus clientes ya son libres, en una sociedad que sea democrática. Y son libres porque lo establece el artículo 16 de la Constitución española, por lo tanto, siendo libres los ciudadanos, carece de sentido reivindicar la libertad para corporaciones supraindividuales. Es más, es un peligro para la libertad.

¿Qué sentido tiene, entonces, reclamar una libertad religiosa por una organización supra individual? El sentido no es otro que la pretensión de utilizar la libertad como un privilegio corporativo para lucha contra la libertad individual.

Estamos viviendo una contrarrevolución monoteísta desde que el fundamentalismo islámico tomó el poder en Irán. A esta hola, después del desplome del enemigo comunista y con descarada agresividad, se van incorporando los demás fundamentalismos judío y cristianos, claramente beligerantes contra los derechos individuales, la democracia, la felicidad y el placer. Este es el peligro de nuestro tiempo.

Y termino. Como dije al principio de esta intervención, la principal conclusión y aportación de esta investigación es que: toda religión monoteísta es una teoría del poder autoritario que elabora una doctrina de salvación, previamente contenida en otros mitos, y unos valores propios, una moral, al servicio del Poder.

Este libro es original por las fuentes que utiliza.

Mis fuentes principales para investigar a estos dioses han sido las huellas que ellos, sus intermediarios, nos han ido dejando. Las encontramos en la Biblia, el derecho canónico, en las encíclicas papales, en el Corán, en la Sunna, en la Iyma, en sus mitologías y santorales, en la historia política, en la Historia Universal. A partir de estos documentos he podido reconstruir, desde una perspectiva diferente a Freud, que son dioses: autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos. Todos.

Es original por las reflexiones y la desmitificación del fenómeno religioso y de Dios.

Es original por las conclusiones.

Es original porque, con una metodología dinámica, dialéctica e interactiva, está elaborado como un libro político, a la vez que histórico, filosófico y sociológico.

Es un libro atractivo por sus contenidos, reflexiones y valores para historiadores, filósofos, políticos y especialmente importante para los movimientos sociales periféricos al poder como: feministas, lesbianas, homosexuales, ateos, jóvenes, intelectuales, artistas, librepensadores…, porque es una contribución histórica y política al mismo tiempo que una alternativa cultural, moral e ideológica a la cultura tradicional y la moral cristiana y, en este sentido, es una recuperación del pensamiento ilustrado, republicano y progresista.

A pesar de lo cual, el clero se ha dado así mismo una misión en la vida con la que pretende legitimar su razón de ser: salvar nuestra alma. Y se lo ha propuesto a pesar de que nadie se lo ha pedido. El problema es que para salvar nuestra alma tenemos que renunciar a nuestra emancipación individual.

Ser o no ser uno mismo. Esta es la cuestión.

Javier Fisac Seco

Historiador

 

 

 

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