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En defensa de Teresa Oñate

-y de la ontología estética como programa-.

(José Vidal Calatayud

Doctor en Filosofía y licenciado en Bellas Artes;

Investigador del proyecto “Onlenher”, UNED). Junio de 2011

 

 

            He leído en su página web, con fecha de mayo de 2011, una reseña firmada por el profesor Alejandro Escudero sobre los dos últimos libros “en solitario” de la catedrática de Filosofía Antigua y Medieval de la UNED, Teresa Oñate. Dado que creo encontrar en tal reseña inexactitudes importantes, e incluso una superficial valoración del trabajo de toda una vida, me veo en la necesidad de responder a esa crítica con algunas puntualizaciones, que en un futuro podrían ser ampliadas si este debate mereciera una continuación.

            Pues sin duda lo primero debe ser agradecer al profesor Escudero el inicio de algo tan escaso como es en nuestros lares una verdadera discusión filosófica, tan acostumbrados como estamos a las puras afirmaciones solipsistas o, en respuesta a estas, a la injuria personal pura y dura. En vez de eso, el autor de la reseña comienza reconciendo los grandes esfuerzos que Teresa Oñate ha dedicado siempre a impulsar la filosofía en nuestro país.

            Lástima que por su crítica uno se vea conducido a la impresión de que ese reconocimiento es sólo un recurso retórico, pura cortesía académica. En otras palabras, falta el reconocimiento de que el nombre de “Teresa Oñate” se ha convertido, como en una ocasión afirmó José L. Pardo[1], en un “ambiente”, esto es, en un verdadero espacio público, donde halla su lugar una voz plural; casi un “movimiento”.

 

***

            Pero vayamos al contenido puramente teórico de este debate.

            Entrando en él debemos también lamentar que un ataque dirigido a la línea de flotación de este programa filosófico se haya centrado precisamente en los escritos “menores” de la profesora Oñate. “Menores”, pero en nada tan poco consistentes como esa reseña parece mostrarlos: toda una época de nuestro pensar aparece en ellos con toda la variedad y la riqueza que ha tenido y tiene. Pues estos dos libros son “sólo” una recopilación de artículos, entrevistas, conferencias y prólogos que la autora ha producido a lo largo de toda su carrera académica, desde 1984, y como tales presentan una unidad más escondida y, por qué no, más débil, que la que vertebra sus monografías. Por ejemplo, habría sido interesante leer una crítica en profundidad de sus grandes monografías, p.ej. de su libro sobre el inicio de la filosofía[2], o de su obra sobre Aristóteles[3], aunque sin duda la empresa sería bastante más ardua.

            Y ya que sobre Aristóteles hablamos, debemos aclarar que tampoco el autor de esta respuesta, que no es especialista en filosofía antigua, se cree poseedor de los conocimientos necesarios para terciar en la polémica, y que sin duda la profesora Oñate sabrá en breve dar una contestación a lo cuestionado de su lectura. Sin embargo, y en lo que respecta al carácter hermenéutico de su posición, creemos tener el derecho a hacer dos puntualizaciones:

            En primer lugar, negando la supuesta ingenuidad de la pretensión de leer un “Aristóteles Griego” en sentido literal. Pues esta propuesta no significa leer a Aristóteles desde la Grecia antigua, ni tampoco leerlo sin ninguna mediación teórica epocal. Este es un debate muy interesante que el profesor Escudero ha tenido el acierto de suscitar; pero es un debate que se repite cada vez que una nueva generación quiere leer a su manera la obra del pasado, y debe defender su lectura como “auténtica” –y un filósofo de formación heideggeriana sabe cómo hay que entender aquí ese adjetivo-. Valga como ejemplo, la discusión la han tenido que afrontar los músicos “autenticistas” o “historicistas” que han llevado a cabo interpretaciones de música sobre todo barroca no sólo con “instrumentos originales”, sino también con nuevos criterios musicológicos, y que han recibido las críticas de supuestos teóricos “hermenéuticos”, que reivindicaban ¡las interpretaciones neorrománticas del s. XIX! Estos músicos renovadores han dejado clara que su lectura estaba hecha desde su tiempo, desde la música contemporánea[4].

            Así tambien la lectura que la profesora Oñate hace de Aristóteles se produce desde ese momento de comienzo del s. XXI, y eso es algo que ella podrá explicar con más conocimiento que quien esto escribe. Pero en todo caso la denominación “Aristóteles griego” señala un mínimo: que hay que leerlo en griego, no en latín –p. ej., no entendiendo la ‘energeia’ como ‘acto’, ni la ‘dynamis’ como ‘potencia’-, obviando la deformación escolástica.

            En segundo lugar, acerca del asunto realmente esencal de si Aristóteles está en la base del pensamiento de tantos autores de la filosofía postmetafísica, y especialmente del de Heidegger, sólo un apunte: esta es una posición sostenida hace tiempo por el desaparecido Franco Volpi, y que él ha sabido defender en manera realmente sólida -aunque sin duda puede discutirse, pero en riguroso detalle y con argumentos textuales y epocales-.

            Es, en todo caso, muy interesante que profesores especializados en filosofía contemporánea hayan decidido participar en una polémica sobre la pertinencia de Aristóteles, y les deseamos ventura en un campo tan difícil y que tantos años de dedicación requiere.

 

***

 

            Pasemos al lo que, a nuestro parecer, constituye el núcleo de las críticas al programa filosófico que se evidencia en estos libros de la profesora Oñate: el alcance de una Ontología estética hecha después de la Hermenéutica y el Pensamiento de la Diferencia.

            Es esta una cuestión de especial relevancia, por cuanto que los que a ella nos dedicamos pretendemos que esa línea de pensamiento puede dar lugar a una ontología política y a las bases para una constitución de la subjetividad diferente a la conformada por el dominio del capital y los prejuicios conservador-autoritarios.

            El punto de partida está en la oposición a la idea kantiana de que el espacio y el tiempo son sólo formas de la sensibilidad. Es curioso que Alejandro Escudero atribuya a Teresa Oñate esa opinión kantiana, que ella siempre ha rechazado. Nuestra posición es precisamente que espacio y tiempo son algo no separado del logos, sino formas del ser que se dan sobre todo en los lenguajes; no estarían, por tanto, limitados a un “mundo de la apariencia” que una nietzscheana como Oñate nunca separaría de un supuesto “mundo eidético”.

            El profesor Escudero discute la posibilidad de hablar de un espacio y un tiempo “ontológicos”; pero al margen de la disputa terminológica, reconoce que espacio y tiempo remiten al ser, lo que parece hacer posible su consideración ontológica, al menos como pregunta. Sin embargo algo ambiguo creemos encontrar en su texto: ¿piensa tal vez que las ciencias, y en general los saberes ónticos, agotan las posibilidades de consideración del espacio y el tiempo? Así parece mostrarlo su consideración final de que la ontología estética debe ocuparse sólo del arte.

            Pero ¿cómo podría hacerlo, cuando ni siquiera el arte se ocupa sólo del arte? A eso quisieron reducirlo con frecuencia los críticos conservadores, y es algo contra lo que los verdaderos artistas de todos los tiempos se han rebelado siempre; no parece que este tiempo de revitalización de movimientos de conciencia sea el más propicio a reduccionismos de ese cariz. Lo mismo diremos de la ontología estética. No hay sólo, como Escudero sabe bien, espacio y tiempo como condición “pre-física” de lo físico; por supuesto que todo empieza por la sensibilidad, que es la piedra de toque, pero enseguida pasa a sus límites, y tampoco se queda allí. En Tiempo y Ser, Heidegger señala cómo el ser estudiado desde el tiempo es determinante para todo conflicto de nuestro tiempo. Hay los espacio-tiempos lingüísticos, culturales, preconceptuales y conceptuales, de género, y todo tipo de referencia a “lugares” de experiencias que se quiera investigar: topologías de lo otro –lo que muestra, por cierto, que el espacio no está ausente de esta ontología-. El Pensamiento francés de la Diferencia ha estudiado su dimensión constituyente de subjetividades familiales, culturales y, sobre todo políticas, y creadora de algo más allá o más acá de toda subjetividad; valga citar a autores como Deleuze o Foucault, y pensar en cómo un libro como El Antiedipo se convierte -desde el análisis del triángulo familiar, sus espacios y sus tiempos- en una de las obras clave de la ontología política contemporánea.

Naturalmente que ha habido posiciones –no por casualidad de autores cercanos a la extrema, como el turbio Luc Ferry-, y muy admiradas por algún profesor de la Universidad Complutense, que pretenden ignorar todo ese pensamiento de la diferencia, despreciándolo con el calificativo de “Filosofía ‘68”. Pero estamos seguros de que Alejandro Escudero nunca se sumaría a proyectos reaccionarios que tratan de cercenar estas posibilidades de la ontología, llámese “estética” o no.

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            Y esto nos lleva a la conclusión, provisional desde luego, de este debate -y que es de la exclusiva responsabilidad del autor de esta respuesta-. El proyecto de Teresa Oñate es sin duda, un proyecto arriesgado –“Allí donde está el peligro, nace lo que salva”, se ha dicho-. Y un proyecto que requerirá de un largo desarrollo, de un paciente trabajo del rigor pero también de una gran inventiva poético-lingüística. No es despreciable el que un pensador de la categoría de Gianni Vattimo haya establecido con nuestra autora un diálogo permanente, que tiene su reflejo en numerosos libros[5]. Hace ya tiempo que el trabajo sólo académico de los filósofos “profesionales” se ha mostrado insuficiente para afrontar los problemas del mundo actual, y se hace necesario jugar a la vez con el “afuera” del discurso filosófico.

Esto exige a veces producir algún texto menos “esencial” que los otros –pero ¿cuáles lo son, en un mundo donde lo “serio” pasa por tan grandes e irónicos avatares?-; pero no menospreciemos la grandeza de lo “pequeño”. Sin duda “salir” de la pesantez de la filosofía tradicional a la vez que uno se adentra más profundamente en ella fue el modo de hacer de los pocos pensadores que han estado a la altura de este tiempo, y que con frecuencia han sido descalificados por el medio académico más conservador y rutinario -sólo habría que recordar a Nietzsche y al Heidegger de los Beiträge, pero también con frecuencia lo han sufrido otros muchos-. Como sea, una apuesta así será siempre de mayor alcance que el limitarse a la simple rutina académica, que excluye la creatividad y donde sólo cabe repetir lo ya sabido. Sin obviar que en estos dos libros hay tanto “rigor académico” como reflejo de lo que nuestro mundo ha cambiado desde los años 80.

            Y además, porque proyectos como el de nuestra autora -sobre todo, de este alcance- son lo único que desde el pensamiento puede oponerse al arrasamiento del vivir y del pensar por la violencia del capital y sus sociedades de control. Y parece que en nuestro país algo se está moviendo en ese sentido.

            De manera que el agradecimiento a Teresa Oñate por sus esfuerzos en favor de la filosofía no pueden quedarse en una pura retórica de cortesía, sino que deben reconocer cuántas cosas se mueven por el trabajo de personas como ella, y convertirse en un agradecimiento que celebre y virtualice lo recibido.

 

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[1] En el Congreso “Planos de fuga”, sobre  la obra de G. Deleuze, UCM, octubre de 1996.

[2] Oñate, T.: El inicio de la filosofía. Viaje al origen de occidente., Madrid, Dykinson, 2006.

[3] Oñate, T.: Para leer la Metafísica de Aristóteles en el s. XXI, Dykinson, 2001.

[4] Y para ratificarlo bastaría con escuchar la interpretación que Nicolaus Harnoncourt hace de la Ofrenda musical de J.S. Bach: podríamos creer que se trata de una de las transcripciones que de otras obras de Bach hizo Anton Webern.

[5]  Como muestra, ver El retorno de lo divino griego en la postmodernidad. Diálogo con Gianni Vattimo, Madrid, Alderabán, 2000; o La ética de las verdades hoy, Madrid, UNED, 2005.

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