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Vetas de Ilustración. Reflexiones sobre feminismo e islam.

Celia Amorós. Madrid, Cátedra, 2009.

 Herminia Luque Ortiz

 

   Celia Amorós aborda un tema erizado de dificultades: las relaciones entre feminismo e islam. No duda en lanzarse a la piscina probática, a pesar, como ella reconoce, de no ser una especialista “en los temas del islam”. Dice hacerlo impulsada tanto por la inquietante profecía huntingtoniana[1], como por la vaga propuesta del presidente José Luis Rodríguez Zapatero de una “alianza de civilizaciones”. La filósofa se preguntará a lo largo del libro de qué civilizaciones estaríamos hablando y qué puentes se pueden establecer entre ellas. Todo ello desde los presupuestos del feminismo, claro está. Celia Amorós es una de las pensadoras feministas más importantes en la actualidad, con libros como Tiempo de feminismo o La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias…para las luchas de las mujeres[2]. Toda la obra de la filósofa está encaminada a buscar las raíces ilustradas del feminismo y hacerlas explícitas con toda la problemática que arrastran.

   La respuesta de la autora será clara: puesto que Feminismo equivale a Ilustración, sólo desde las vetas de Ilustración presentes en otras culturas (paradigmáticamente en el islam) se puede establecer esa conexión. Es decir, no se puede hablar de feminismo desde parámetros irracionalistas o desde aquellos presupuestos que nieguen la posibilidad de comparar y juzgar críticamente una cultura determinada.

    El libro es, en primer lugar, una refutación del multiculturalismo. La primera parte, de hecho, se llama así: Adversus multiculturalismo.  Para ello, Amorós diferencia cuidadosamente “multiculturalidad”, que sería la palabra que describe una realidad actual como es “la coexistencia de diversas culturas”[3]; y “multiculturalismo”, la tesis normativa que defendería que “todas la prácticas culturales sólo cobran su sentido en virtud de los marcos simbólicos de referencia propios de cada cultura. De este modo, carecería a la vez de sentido y de legitimidad juzgar tales prácticas desde fuera, en nombre de valores y referentes simbólicos que son ajenos a la cultura en cuyo seno se llevan a cabo tales prácticas”.

    Hablando mal y pronto: el multiculturalismo nos deja en bragas (es decir, desprotegidos) a la hora de juzgar críticamente fenómenos culturales como la ablación de clítoris o el velo islámico. Pues no estaríamos autorizados para ello desde fuera de las culturas en las que se dan dichos fenómenos.

   Celia Amorós es tajante al respecto. Deja bien clara la idea de que ese concepto de “multiculturalismo” no es válido, ya que se basa en la idea de cultura como “si fuera una unidad monolítica, sin fisuras, estática; en suma, como una totalidad autorreferida”. En última instancia, hasta puede servir para una justificación del racismo. Acude la filósofa a la formulación de Clifford Geertz de “cultura” para definir una idea de cultura que sea válida. La cultura, según este autor, ha modelado al ser humano. Lo ha hecho, en términos filogenéticos. El ser humano no es un animal + cultura sino que ésta “fue un elemento constitutivo y un elemento central en la producción de ese animal mismo…”[4] Pero lo ha hecho de modo que “una vez constituida y estabilizada la especie humana como tal”, no está predestinada a adoptar determinada cultura, sino que es susceptible de adoptar cualquier cultura. Podemos adoptar o no elementos de una cultura, podemos adquirir elementos de otra y, sobre todo, podemos evaluar  los elementos significativos de cada cultura. Las culturas no son sistemas cerrados y autorreferidos, estáticos y sólo comparables en sí. Esto no es sino una forma de racismo. “Los sujetos humanos, si bien se insertan en una cultura específica que les (sic) dota de sus referentes simbólicos primordiales  son, en cuanto que  pertenecen a la misma especie, capaces de adquirir repertorios más amplios que, con sus problemas y limitaciones, sin duda los habilitan para la comparación y la adaptación a patrones culturales distintos”, dice Amorós. Quiere decirse: que los seres humanos estamos hechos por la cultura pero también somos individuos capaces de poner en tela de juicio los presupuestos de la cultura en la que nos desarrollamos y crear nuevas formas libremente. No estamos en absoluto determinados para una cultura concreta y afirmar lo contrario nos lleva a una forma de racismo, pues pone en tela de juicio la unidad de la especie humana, separada así en una especie de compartimentos estancos. (La opinión que pone de ejemplo de una conspicua racista sobre las diferentes aptitudes de bosquimanos y japoneses es muy ilustrativa).

   Una vez llegada a ese punto la filósofa pierde un tiempo precioso, a mi modo de ver, en criticar el concepto de cultura (su consistencia unitaria) en Claude Lévi-Strauss. Como la autora reconoce en la introducción del libro, su polémica con el antropólogo estructuralista viene de lejos, pues le dedicó nada menos que su tesis doctoral. En mi modesta opinión, no merece la pena dedicarle tanta energía a un pensador tan mediocre. Que si bien ha tenido una influencia considerable en el asegunda mitad de siglo XX, por su endeble armazón conceptual, merece que lo dejemos reposar en la estantería de los irracionalismos de mediados de la centuria. Y dediquemos nuestro tiempo a otra cosa[5], sin el menor remordimiento.

  Como corolario a esa crítica del concepto de cultura multiculturalista y levistrausseano, en el capítulo tercero se realiza una apelación a una “cultura de las razones”. De la “razón de la cultura” del multiculturalismo a esa “cultura de las razones”. Y si Lévi-Strauss sentencia que “no se discuten las reglas de la tribu”, Amorós recalca que “en nuestra tribu, desde la Ilustración –velis nolis-se discuten las reglas de la tribu. En buena medida, la Ilustración europea fue un gran debate acerca de tales reglas, que llegó a poner en cuestión hasta las que concernían al estatuto de las féminas”[6].

  En la parte segunda del libro, se buscan esas vetas de ilustración, o sea, procesos crítico-reflexivos, desde las que son posibles “modalidades significativas de feminismo”. En el islam, a pesar de que las circunstancias no son propicias,  existen brotes significativos de un pensamiento crítico. Éste es el caso del filósofo magrebí Mohammed Abed Al-Yabri, autor del libro Crítica de la razón árabe. Nueva visión sobre el legado filosófico andalusí. Este pensador realiza una crítica al fundamentalismo, pues hace “un uso indebido y sistemático de la analogía para interpretar el futuro en función del pasado”. Proyectos como éste, que  rechazan la violencia  (violencia que siempre es rechazo del conocimiento, antihermenéutica), son para Celia Amorós paradigma de esa interpelación cultural que hace posible “civilizar el conflicto de civilizaciones”. Que hace posible, en suma, “una Ilustración multicultural”[7].

  En la parte tercera se expone lo que la autora considera clave en la arquitectura de su trabajo: los nuevos sujetos emergentes en relación con las llamadas “vetas de Ilustración”. Dichos sujetos emergentes son los nuevos grupos sociales (no clases en sentido marxista) “que aparecen en nuestro horizonte de visualización histórica como agentes significativos en determinados procesos de cambio”[8]. Así quedarían caracterizadas las mujeres en la era de la globalización neoliberal. A esos sujetos emergentes compete, en propuestas como la de Donna Haraway, elaborar nuevos dispositivos cognoscitivos y un nuevo estatuto de ciudadanía en la era de la tecnociencia.

  Uno de los temas más interesantes del libro (por su visibilidad cotidiana, por la urgencia de su planteamiento) es el referido al velo. El uso del velo es analizado por Amorós desde el punto de vista de la filosofía del lenguaje, puesto que es un símbolo. Y un símbolo con una dimensión semántica, interrelacionado con otros símbolos y operativo con respecto a quienes descifran esos símbolos. Así, el velo simboliza la adscripción de las mujeres a un espacio doméstico. “De este modo, las féminas en el espacio público somos obscenas en el sentido preciso de encontrarnos fuera de escena, ergo se nos ha de velar. Así, el uso del velo representa también la contraposición entre la mujer casta y la prostituta, con todo lo que ello connota”. Ese velo puede ser “resignificado”, es decir, llenado de nuevos significados por quienes lo portan, en una pirueta voluntarista. Sobre todo teniendo en cuenta que el velo funciona en relación con la no prescripción de atuendos para los varones, que pueden llevar determinadas prendas o no. El velo, pues, tiene ese carácter relacional, llenándose de significado pleno con respecto a un varón, el propio, y marcando la reserva con respecto a los demás.

   Muchas mujeres no se sienten con fuerzas para afrontar el reto de prescindir de su uso. Y adoptan estrategias que van desde el propio desdén hacia lo externo (una estrategia estoica) para hacer hincapié en lo interior, lo verdaderamente importante; hasta el considerarlo como un vínculo en relación con las madres y otras mujeres de la familia extensa. O utilizarlo desde un punto de vista estetizante, como si fuera un elemento de adorno sin más. A Fadela Amara, presidenta del movimiento “Ni putas ni sumisas”[9], no le cabe la menor duda de que “el velo representa el símbolo político contra el que hay que luchar, cueste lo que cueste, si no queremos caer en el oscurantismo”.

  Precisamente Fadela Amara es ejemplo para Celia Amorós de una de esas “vetas de Ilustración”. La activista ha dado voz a las mujeres de los barrios de las grandes ciudades francesas, donde se hacinan los inmigrantes magrebíes, sobre todo argelinos, en condiciones de marginación. A su vez, las mujeres son sometidas a los grupos de poder establecidos por los varones de esos guettos.  Fadela  “Representa una reacción por parte de las mujeres de los barrios contra el proceso de guetización de los mismos, donde el sistema de los hermanos sustituye a los padres desprestigiados por el paro y la marginación. Los hermanos asumen la herencia del padre con verdadero celo endogámico y llevan al límite la opresión y el control de las hermanas y posibles esposas”[10]. Frente a ello, Fadela propone una toma de conciencia feminista y la asunción de una laicidad militante. Una laicidad republicana que permite la libertad de culto  pero que exige respeto a los valores de esa República. Su apuesta por un Islam des Lumières va directamente contra el islam de los sótanos, el islam integrista y oscurantista. Fadela Amara sería el ejemplo de una Ilustración multicultural bajo el cual habría que elaborar el canon de un nuevo feminismo.

   El libro no agota con estas breves pinceladas todos sus significados, pues su riqueza conceptual excede las virtualidades de una mera reseña. Cabría señalar, en todo caso, el carácter no unitario del libro, compuesto por textos de diversa procedencia y finalidad varia (hay artículos, material inédito, un prólogo, un epílogo, algún texto que podríamos llamar “de circunstancias”), lo que provoca algunas reiteraciones y no facilita una lectura lineal del mismo.

   Una obra, en suma, que partiendo de esa metáfora pétrea, busca vivificar el debate sobre el feminismo, abriéndolo a las perspectivas de un mundo globalizado pero sin renunciar en lo más mínimo a su carácter universalista e ilustrado.

  

 


 

[1] Samuel P. Huntington en un artículo de 1993 habló de un “choque de civilizaciones” como la característica más relevante de las relaciones políticas internacionales en el período posterior a la Guerra Fría. El artículo se transformó en libro, del que hay traducción al español (El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Barcelona, Paidós, 2005). El concepto de “civilización” procedería de Spengler y de Toynbee, entendiéndose “civilización” como una cultura cerrada, con una tradición impermeable y en oposición a otras civilizcciones (verbigracia, la occidental, la islámica, la sínica, la hindú…).

[2] Ambos en Cátedra. En Tiempo de feminismo (que lleva como subtítulo Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad) hace hincapié en las raíces ilustradas del feminismo. Aunque esas raíces no dejarían de ser problemáticas y así llama uno de los epígrafes del libro: Feminismo: Cenicienta y Pepito Grillo de la Ilustración.

[3] Celia Amorós, Vetas de Ilustración, p. 27.

[4] Citado por Celia Amorós, p.29.

[5] Cf. Juan José Sebreli, El olvido de la razón. Un recorrido crítico por la filosofía contemporánea. Barcelona, Debate, 2007. El capítulo 5, dedicado a Lévi-Strauss, es de los más sabrosos.

[6] Celia Amorós, p. 105.

[7] Ibídem, p.164.

[8] Ibídem, p.233.

[9] Fadela Amara, Ni putas ni sumisas. Madrid, Cátedra, 2004.

[10] Celia Amorós, pp. 279-280.

 

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