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EL AMOR EN TIEMPOS CORRUPTOS


Reseña de Juan García López: Cartografía humana, Alhulia, Salobreña 2014

 

por ti cobré los miembros, el seso e la vida

                                    Gonzalo de Berceo1
 

Parece imposible que hoy se crea en el amor, como sin duda lo hace el autor desde la misma dedicatoria: A Vanesa, que alimenta las raíces de mi fe. Hoy en día lo más habitual es no creer en nada. (Aviso: en el dinero no hace falta creer, se impone por sí mismo). O más bien no se sabe en lo que se cree. Las raíces de la fe se han vuelto muy oscuras. E incluso la operación de dilucidarlas también se ve con descreimiento, de modo que no sabemos en qué creemos y tampoco creemos que podamos averiguarlo. Además, ¿importa esto mucho? No debe de importar mucho, porque en caso contrario viviríamos paralizados o como zombis (¿o es eso lo que nos pasa?). Y aunque importara mucho, creemos que no hay nada que hacer, que no podemos hacer nada para evitarlo. Por eso mismo, que hoy en día se siga cantando al amor suena raro, como para adolescentes. Y a pesar de esto, algunos poetas insisten. Por lo visto hay un yo lírico que no se contiene, que necesita buscar palabras para expresar lo que siente, lo que adivina, lo que sueña cuando es tocado por el amor. Al final, tampoco hace falta creer en él, pues se impone por sí mismo, como decíamos del dinero. Pero entonces, si el amor no necesita fe, ¿de qué fe habla el poeta? La fe en los dones del amor. Este sentimiento tan potente que nos saca de la soledad, nos echa de nosotros mismos y nos descentra, que nos hace únicos e irrepetibles para otros, también es el que brinda, como su más propio don, la posibilidad de habitar. El amor crea un espacio donde habitar se hace posible. Quizá fuera de él no haya espacio habitable. El amor hace posible propiamente un espacio de habitación que puede cartografiarse, aunque no se parece al espacio de las ciudades. El reto consiste en trasvasar (metaforein) esta última esfera a la primera para dar expresión a lo que de otro modo permanecería mudo, desconocido, olvidado. Porque aquello que no se dice/ se pudre en los sótanos del olvido (61). Esta es la operación poética, y por eso la poesía es necesaria, porque es capaz de hacer visible en virtud del nombre lo que permanece oculto para todo otro modo de acceso a la realidad. En suma, la poesía es reveladora. Y lo es en un sentido eminente, porque no hay fe más básica ni compartida que la fe en el lenguaje, y de las raíces de esa fe se alimenta la poesía. Ella es el decir del decir.

Poder habitar

La posibilidad de habitar es crucial, porque el hombre propiamente no vive, habita. El amor crea esa posibilidad. Sin ti, la ciudad se disuelve en un tremendo grito de espanto. (43) La ciudad sigue siendo aquí, como en el XIX (Baudelaire), el escenario de una soledad insoportable, ciudades en invierno/ de un solo habitante (44), ciudades de paso/ donde no descansa la memoria (52), ciudades en las que sus habitantes son como exiliados que buscan su rostro en los espejos/ por no perder su identidad (57), y es que fuera de ti acecha un paisaje/ de párpados sin rostro (27). El poeta ha cobrado conciencia de este don del amor por la vía contraria, por la negación. Ha sido verse sin su amada y comprobar cómo la ciudad se esfuma junto con él: era imposible esta ciudad sin ti (46), Mientras las ventanas marcan sobre tu cuerpo/ el perfil de una ciudad que amancece,/ voy desapareciendo (42).

No debería ser así. El amor no debería ser una cédula de habitabilidad, pero en estos tiempos lo es. Debería existir una vida social digna de tal nombre en la que una persona sola no se sintiera aislada, pero desde el comienzo de la modernidad -y nos referíamos ya a Baudelaire- no ha sido ese el tipo de vida que se ha desarrollado en los países "avanzados", con los matices regionales que se quieran.

Lo que da por sobreabundancia el amor, entre otras cosas la posibilidad de habitar, resulta ahora algo que se le exige, algo que necesitamos urgentemente. Y frente a este paisaje de párpados sin rostro buscamos enrocarnos a dos, encapsularnos, construir nuestra ciudad, nuestro paisaje, nuestro mundo. Tal es el primer proyecto de la cartografía humana. El cuerpo desnudo de la amada, la única certeza2, como ciudad.

El amor como phármakon, como droga que hace habitable un mundo inhóspito que carece de futuro. El tiempo presente carece de valor, el pretérito y el porvenir sólo se dan dentro del mundo dual construido por la pareja. Poesía enclaustrada, por más que se vista de ciudad, pero también táctica de resistencia, luz en la oscuridad.

Tener futuro

En esta obra el pasado aparece de un modo llamativo y poderoso como ausencia. En la historia, por norma general, no hay ausencia. Las generaciones actuales no echan de menos a las pasadas, se diga lo que se diga. En la historiografía menos aún, dado que no parecería muy científico que un historiador se extendiera en la nostalgia por el siglo XIX o por los Plantagenet, pongamos por caso. Si actuara así, echaría a perder su reputación. Y sin embargo, la ausencia es una dimensión del pasado que la poesía rescata y en la que insiste con verdadero empeño. La ausencia es el irracional dolor por algo o alguien que debería estar aquí y no está. La ausencia es la huella que el pasado ha dejado en el presente, el vacío que surge en el espacio que creó el ausente, y es uno de los modos en que el pasado se presenta. Pero es un modo paradójico: el pasado se presenta como ausente, como lo que falta. Brilla por su ausencia, decimos en castellano.

Sin embargo, un don del amor, raíz de nuestro habitar, es que tiene la fuerza de poder fundar sobre sí una vida en común; esconde siempre una promesa de futuro; vence al tiempo. Si hay un futuro que merezca tal nombre, será en la medida en que demos con las huellas en forma de ausencia que el pasado ha dejado en el presente. Esta es la labor de la arqueología poética como el arqueólogo que busca/ las huellas fosilizadas del amor (55). En el fósil está el futuro: Un fósil es la suma de todas las calles/ que me faltan por conocer (58). Es necesario urbanizar este presente salvaje, tal es la tarea poética de Juan García. Hay que buscar en el presente otro presente, no podemos conformarnos con lo que se nos da a ver, con el horizonte. Hay que excavar buscando riquezas, apartando estorbos. Y su sensibilidad poética le permite detectar en la ausencia esta riqueza urbanizadora. Juan construye aquí y ahora, en el presente y en los terrenos -ciudades- que pisa, como lo hicieron los empresarios del ladrillo. Pero lo hace de otra manera. Él pisa con delicadeza el suelo por el que camina: basta con verle andar. No emplea sobornos, no levanta imponentes construcciones ni abigarradas urbanizaciones, no pretende que todos vayan a vivir allí. Levanta una ciudad en un cuerpo y hace del cuerpo una ciudad, dejándose sentir por el pasado, que le ofrece un futuro donde poder escuchar un día, desde otro tiempo [...] amor,/ la vida es lo que habíamos soñado. (51) Tal es el proyecto de la Cartografía humana, su contribución a hacer de este mundo algo más habitable.


 

Luis Fernández-Castañeda, noviembre 2014


 


 


 

1Vida de Santo Domingo de Silos, 310.

2en tu cuerpo desnudo la única verdad (23) la certeza de tu cuerpo (30, 41, 44)

 

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