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Zygmunt Bauman

Mundo consumo. Barcelona, Paidós, 2010.

 

Herminia Luque Ortiz

 

    Es Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1924) uno de los más reputados ensayistas de la actualidad. [1]En el conjunto de su obra, Bauman trata de aislar y analizar los elementos definitorios de las sociedades contemporáneas. Sociedades de un mundo globalizado que se destacan por la fluidez, la inestabilidad y el carácter líquido de las relaciones sociales establecidas por sus miembros. Relaciones que no hacen sino transcribir esos mismos atributos del individuo actual. Por ello, Bauman ha acuñado la metáfora de la modernidad líquida[2]. Como afirma en la obra que lleva dicho título,  los cambios son de tal envergadura que ha cambiado la condición humana de un modo radical y exige repensar los viejos conceptos que solían encuadrar su discurso narrativo. Las sociedades de la globalización no son las sociedades burguesas del auge del capitalismo y del liberalismo político, las que vieron emerger un nuevo concepto de sujeto. Estas nuevas sociedades se caracterizarían por la fragilidad, la inestabilidad, la transitoriedad de los vínculos y  las redes humanos. Y del mismo modo, los individuos no son estructuras estáticas sino que estarán rehaciéndose, creándose de nuevo, reeducándose a lo largo de toda su vida.

   Con ser la especialidad académica de Bauman la sociología (es catedrático emérito en la univeridad de Leeds, Reino Unido), la peculiaridad de la obra baumaniana radica en la superación de los límites de esa disciplina al estar atravesada por un incontestable aliento ético.

   El subtítulo del libro que comentamos ahora trata de aclararnos esto: Ética del individuo en la aldea global. De hecho, el libro, compuesto por seis ensayos de distinta temática y entidad, se engloba en el original inglés con el título del primero de los ensayos. A saber: ¿Qué posibilidades tiene la ética en este mundo globalizado de consumidores? Los otros ensayos comparten, en mayor o menor medida, las ideas o preocupaciones de este primer capítulo.

   El asesinato categorial o el legado del siglo XX y cómo recordarlo, el segundo de los ensayos, recoge sus ideas con respecto al Holocausto (o Shoah), perpetrado por el poder nazi, pero también sobre el asesinato masivo de kulaks por el régimen estalinista, las matanzas de Darfur, Bosnia…etcétera. El sintagma “el asesinato categorial” describe a la perfección la idea aterradora que subyace en los genocidios de la pasada centuria. En estos casos se exterminó a hombres, mujeres y niños por el simple hecho de que habían sido asignados a una categoría de seres que tenía que ser exterminada como tal (pág. 127). No importa lo que los individuos hiciesen o dejasen de hacer: nada podían hacer para conseguir su salvación, pues habían sido condenados de antemano; nada  importaba tampoco que no hubieran hecho ningún delito punible, puesto que ya habían sido sentenciados. Con todo, la lección más terrible del asesinato categorial (eludiendo incluso los peligros tanto de su banalización como de su sacralización) es que, sencillamente, es posible. Ha existido y puede reactualizarse en cualesquiera otras circunstancias de nuestro mundo actual. Como dice el autor, la lección más importante del Holocausto es la que revela el potencial genocida endémico de nuestas formas de vida y las condiciones en las que dicho potencial podría brindarnos su letales frutos (pág.144). Una conclusión aterradora.

  El tercer ensayo se titula La libertad en la era de la modernidad líquida. Es quizá el de mayor riqueza conceptual y conecta, asimismo, con otras obras del autor como El arte de la vida[3]. Aquí Bauman señala que son tiempos difíciles para la libertad. Libertad entendida como la autonomía de una sociedad de individuos autónomos (pág.165). Una libertad que se introdujo, por así decirlo, masivamente, con el proyecto de la Ilustración articulado en torno a la emancipación del ser humano (y no sólo de las mujeres, según el pensamiento de Wolstonecraft, por ejemplo). La libertad del sujeto moderno es de tal entidad que no puede prescindir de ella; ni aunque lo quisiera. E incluso puede que resulte irrelevante el uso de esa libertad, tanto más cuanto mayor sea ese grado de libertad.

   La libertad está unida a la idea de felicidad. Desde Locke, la felicidad equivale a la libertad de experimentación: la libertad de dar los pasos correctos y equivocados, la libertad de acertar y de fallar, la libertad de inventar, probar y contrastar variedades continuamente nuevas de experiencia gratificante y placentera, la libertad de elegir y de arriesgarse a errar (pág.167). Un programa de libertad e igualdad que implica al Estado como garante de las condiciones de acceso a la búsqueda de felicidad así entendida.

   No obstante, en la sociedad moderna líquida siguen existiendo las desigualdades económicas y se multiplican las dificultades para un acceso a esos valores universalmente aprobados y codiciados. En un mundo red, determinado por la potencia de los actos comunicativos, las posibilidades de elección son infinitas y predomina un deseo de instantaneidad y de gratificación inmediata absolutos. Y se impone la necesidad de definirnos y recrearnos constantemente ante ese mundo en constante cambio, no ya en una progresión lineal, sino dentro de la densa urdimbre de la red. Donde es posible dejar de ser y volver a ser otra cosa, romper el molde de lo anterior y recrearnos, dejando en el camino las personalidades gastadas; buscando una cadena de alegrías. Pudiendo comenzar desde un nuevo principio, en sucesivos actos de destrucción creativa (pág. 195).

   Ahora bien, esa necesidad de autocreación compulsiva, en un mundo consumista, puede convertirse en un ominoso deber. Y puede expulsar hacia la marginalidad, es decir, hacia la miseria y la indignidad, a muchas personas. Bauman señala la necesidad de un estado social que promueva como principio la aplicación de un seguro colectivo y respaldado de forma comunitaria contra el infortunio individual y sus consecuencias (págs. 199-200). Pues, si todos somos frágiles en un momento u otro de nuestra existencia, el Estado debe protegernos y proteger a la sociedad en su conjunto de la proliferación de víctimas colaterales del consumismo: los excluidos, los parias,, la clase marginada. Su tarea consiste en salvar la solidaridad humana de la erosión y en evitar que se apaguen los sentimientos de la responsabilidad ética (pág. 205). Ésta es, en fin, la propuesta baumaniana.

   El cuarto ensayo, titulado La vida acelerada, o los desafíos de la educación ante la modernidad líquida, hace hincapie en la idea de que la sociedad de consumo es una vida de aprendizaje rápido y de olvido, en igual medida, rápido. El consumo requiere estar en movimiento perpetuo. El consumo, que se ha como actividad autotélica, con valor en sí misma, pone el acento en la continua creación y destrucción de valor. Y esto nos da la medida de una sociedad como ensayo cotidiano de fugacidad universal. No hay nada que parezca inmutable ni que, por tanto, no pueda ser reemplazado con facilidad. Todo es desechable y superfluo. No hay reglas fiables ni directrices aquilatadas en un mundo en constante mutación. Lo que hoy sirve, mañana puede ser inaceptable. Cualquier cosa puede ser reclasificada en este mundo moderno fluido y líquido. Hoy se pueden desdeñar las lecciones y las habilidades pasadas sin ninguna inhibición ni remordimiento. La cultura de la modernidad líquida ha dejado de dar la sensación de ser una cultura de aprendizaje y acumulación (…). Hoy parece y se siente, más bien, como una cultura de desconexión, discontinuidad y olvido (pág. 267). Pero precisamente por eso, insiste Bauman, en medio de este mercado de consumo y la “cultura de casino” de la modernidad, hoy más que nunca son necesarios una educación que no cese y un aprendizaje continuo que nos ayude a establecer nuevos modos de comunicación y formas de relación aceptables. El concepto de empoderamiento –usual en el pensamiento feminista- es utilizado aquí por el pensador en el sentido de capacitación o capacidad de influir no sólo en la opción a elegir sino, diríamos, en la consistencia o calidad de dichas opciones en un escenario social concreto. Es decir, que cada vez es más necesario que las personas no sólo estén capacitadas personalmente para elegir, sino que de esa elección se controlen las reglas de juego y hasta los vínculos interpersonales. Ello en un escenario en el que se conjuguen intereses y derechos tanto privados como públicos, fortaleciéndose la figura del ciudadano frente al mero consumidor. Como diagnostica Bauman, la política democrática no podrá sobrevivir mucho tiempo a una pasividad ciudadana nacida de la ignorancia y la indiferencia (pág. 272). Aquí coincide con uno de los postulados del politólogo Giovanni Sartori, ciertamente más apocalíptico en relación a las posiblidades de supervivencia de las democracias en unas sociedades de telespectadores[4].

   El quinto ensayo trata de otro de los temas favoritos de Bauman, el arte. Salir del fuego para caer en las brasas, o el arte entre la administración y los mercados, habla del estatuto problemático del arte en las sociedades actuales. Un arte que ha perdido el norte de la belleza, habiéndose trivializado este concepto. Habiendo perdido el vínculo entre belleza y eternidad. Y siendo, no obstante, el concepto de belleza uno de los más ilusionantes -junto con el de felicidad- del espíritu moderno.

   El sexto ensayo, quizás el menos interesante desde mi punto de vista, se hace eco de la preocupación  baumaniana por el papel de Europa. El título Hacer del planeta un lugar receptivo a Europa resulta quizá equívoco, pues no se trata sino de exponer qué le cabe hacer a Europa en un mundo globalizado. La respuesta es que la tarea que le correspondería sería de carácter ético. Su papel de generadora global de pautas vendría dada desde la lógica de la responsabilidad global, frente a una inquietante lógica de repliegue local que parece presidir muchas formas de actuación política. El autor expresa la convicción de que Europa debe desplegar los valores que ha aprendido a apreciar y ha conseguido preservar, así como la experiencia político-ética de autogobierno democrático que ha ido adquiriendo en la imponente tarea de reemplazar la amalgama de identidades territorialmente afincadas y sumidas en un juego de supervivencia de suma cero por una comunidad humana planetaria y plenamente inclusiva (pág. 363).

   Cabe señalar que la escritura de Bauman, si bien es impecable desde el punto de vista sintáctico, adolece de un abuso de un signo ortográfico como es el paréntesis. Una práctica que, más que aclarar el texto, entorpece con frecuencia la lectura.

   Por último, haremos referencia a dos aspectos formales del libro y su edición. Por un lado, la portada. Es una parodia de estereotipos estadounidenses (el logotipo de una cadena de hamburgueserías y dos trabajadores con el brazo cruzando el pecho en diagonal y la mano sobre el corazón), lo que no ayuda a una cabal comprensión del contenido del libro. En un mundo de consumidores sensu estricto (incluido el de consumidores de libros), empaquetar algo con un envoltorio que es confuso o engaña con respecto a su contenido es considerado, sencillamente, un fraude.

  Por otro lado, el carácter equívoco del título (un peaje editorial, me temo) lleva incluso a los propios responsables de la publicidad de la empresa editorial a publicitar el libro con una frase que arroja mayor confusión sobre el contenido del libro: “El sociólogo europeo que ha marcado el siglo XX (…) nos introduce (sic) a repensar el consumo”[5]. Lo cual no es cierto más que en una pequeña medida. Sí lo han repensado, en cambio, y con gran prolijidad, autores como Lipovetsky[6].

  En suma, un libro muy interesante que nos acerca al conjunto de las temáticas que atraviesan la obra de este pensador de origen polaco, cuyo nombre quedará ya por siempre asociado al sintagma modernidad líquida, pero cuya potencia conceptual es infinitamente superior.

 


 

[1] No por casualidad ha sido distinguido (junto con el también sociólogo Alain Touraine) con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010.

[2] Zygmunt Bauman, Modernidad líquida. México, Fondo de Cultura Económica, 2003.

[3] Zygmunt Bauman, El arte de la vida. De la vida como obra de arte. Barcelona, Paidós, 2008. El tema de la felicidad es aquí recurrente. La introducción se titula ¿Qué hay de malo en la felicidad? Y el capítulo primero Las miserias de la felicidad. En éste señala esta aparente contradicción: el crecimiento espectacular del egoísmo autorreferencial corre paradójicamente en paralelo con la creciente sensibilidad hacia la miseria humana, con una aversión a la violencia, el dolor y el sufrimiento que padecen incluso los extranjeros más lejanos y con las explosiones periódicas de beneficiencia (compensatoria) (págs. 54 y 55).

[4] Cf. Givanni Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida. Madrid, Taurus, 2002.

[5] Cf. www.planetadeloslibros.com/editorial-ediciones-paidos

[6] Cf. Gilles Lipovetsky, La era del vacío; también La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsum, o El imperio de lo efímero, obras publicadas en español por Anagrama.

 

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