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CIENCIA FRENTE A RELIGIÓN 

L.F.C.

 

Francisco Ayala, Darwin y el diseño inteligente. Creacionismo, cristianismo y evolución, Alianza Editorial, Madrid 2007. Traducción de Miguel Ángel Coll revisada por el autor. 

 

Francisco J. Ayala, biólogo y miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, es un reconocido especialista en la evolución que cuenta con numerosas publicaciones dirigidas al gran público.[1] Su último libro, que aquí reseñamos, es una réplica a la idea del “diseño inteligente” que promueven fundamentalmente cristianos norteamericanos contrarios a la teoría de la evolución. Según esta idea, la teoría darwinista no puede crear seres tan increíblemente complejos como nosotros, sino una inteligencia sobrehumana que identifican con Dios. Dado que Ayala vive y ha ejercido su labor en Estados Unidos, este libro se enmarca en la polémica que en torno a este tema ha vuelto a arreciar en ese país los últimos años. No profundiza aquí Ayala en los problemas actuales de la evolución, como hizo brillantemente Juan Luis Arsuaga en El enigma de la esfinge. Las causas, el curso y el propósito de la evolución (2001), pero tampoco es éste su cometido, como se ha dicho.

El autor rechaza la idea del diseño inteligente apoyado en los argumentos que proporciona la teoría de la evolución, y lo hace rastreando además los antecedentes de la idea del diseño, pero ¿hacía falta volver a defender la evolución de los ataques creacionistas? Quizá sí en suelo norteamericano, donde la presidencia de Bush Jr. ha dado alas a las corrientes integristas cristianas, pero desde luego no en otros lugares. Al menos, es lo que quiero creer. Porque tener que repetir a estas alturas que las mutaciones se dan al azar y que la selección natural, operando ciegamente durante millones de años, puede acabar formando estructuras increíblemente complejas, o es ya pesado o es para echarse a llorar.

Dejando de lado este planteamiento -por otra parte resuelto de un modo científicamente elegante por Ayala-, interesa destacar la postura yo diría que tomista del autor. En ella veo la principal insuficiencia del libro. Decir que la ciencia y la religión tienen dos objetivos distintos, dos objetos distintos, y que, bien entendidas, ninguna se inmiscuye en el campo de la otra, es demasiado fácil. Es pensar demasiado poco. Se podrá estar de acuerdo o no con El espejismo de Dios de Richard Dawkins[2], pero al menos hay que reconocer que se moja en el tema y despliega todas las argumentaciones a su alcance, cosa que no puede decirse de Ayala -que me perdone-, al que se nos antoja cómodamente instalado en una torre de marfil científica que él mismo ha delimitado con acribia -que me perdone nuevamente si me equivoco-.

“La ciencia busca descubrir y explicar los procesos de la naturaleza: el movimiento de los planetas, la composición de la materia y del espacio, el origen y función de los organismos. La religión trata del significado y propósito del universo y de la vida, las relaciones apropiadas entre los humanos y su Creador, los valores morales que inspiran y guían la vida humana. La ciencia no tiene nada que decir sobre estas materias, ni es asunto de la religión proveer explicaciones científicas para los fenómenos naturales”.(15) ¿Ha quedado claro? Por una parte, tenemos a la naturaleza; de cómo funciona se encarga la ciencia. De otra, tenemos a la naturaleza; de su significado se encarga la religión. ¡Un momento!, se nos dirá, ¡usted no escucha lo que dice! El autor afirma que la ciencia descubre y explica los procesos de la naturaleza, mientras que la religión trata del significado y propósito del universo y de la vida, etc. Allanemos: la ciencia descubre y explica los procesos de la naturaleza, la religión descubre y explica el significado y propósito del universo y de la vida, etc. Ahora bien, ¿tan diferente es lo que el autor llama ‘naturaleza’ de lo que llama ‘universo’ o ‘vida’? ¿No podemos pensar que la vida es parte de la naturaleza, y que universo y naturaleza son lo mismo? En ese caso, la única distinción que parece quedar en pie, al menos de momento, es algo así como que la ciencia se centra en conocer la naturaleza, y la religión en el significado de la naturaleza y de todo en general. Cosa que también podemos expresar diciendo que la ciencia se ocupa del cómo y la religión del porqué. Que es lo que ya decía Galileo -de lo cual es consciente Ayala- cuando afirmaba que la Biblia dice cómo ir al cielo, pero no cómo van los cielos. Bueno, pase para el siglo XVII, ¡pero a estas alturas! Además, conocer la naturaleza ¿no implica también conocer su significado, su propósito? En ese caso, ¡la ciencia necesitaría de la religión para completarse ella misma!

A Ayala le gustaría separar los dos ámbitos, pero no puede, pues no basta con decretarlo, y no basta tampoco la confusa explicación que ofrece en el fragmento citado, que sólo parece clara si se lee deprisa. Más adelante repite su postura: “el conocimiento científico y las creencias religiosas no tienen que estar en contradicción. Si se los evalúa de forma correcta, no pueden estar en contradicción, porque ciencia y religión se ocupan de campos de conocimiento que no se superponen.” (164) A este respecto, me gustaría hacerle al autor una pregunta. ¿A quién le daría la razón si ciencia y religión se superpusieran y no coincidieran en sus conclusiones, a la primera o a la segunda? ¿A la ciencia o a la religión? Naturalmente, yo creo que diría a la ciencia.[3] Pero también creo que diría que esta situación es como la del cuadrado redondo, es decir, un imposible, algo que no se puede dar y, por tanto, respondería que la pregunta no tiene sentido. Pero ¿qué razón da de ello? Yo no acierto a ver ninguna, y me parece que es una admisión dogmática por su parte. En su descargo, podríamos decir que él es un científico y, como tal, no está obligado a elaborar todo un tratado filosófico al respecto. Le basta con intuir que ciencia y religión no tienen nada que ver entre sí. Más aún, en el caso del Diseño Inteligente que critica, donde precisamente la religión se inmiscuye en la ciencia, Ayala llega a la conclusión de que no es el caso de que la ciencia refute a la religión, sino que, antes que nada, ¡la religión se refuta a sí misma! En efecto, Ayala argumenta que los defensores del DI se ven obligados a admitir que los errores de la naturaleza, las anomalías genéticas, los síndromes innatos, las monstruosidades, e incluso los terremotos, las inundaciones, etc. tienen también a una inteligencia que los gobierna, y de este modo hacen a Dios culpable del mal. En otras palabras, si se supone que todo en la naturaleza está diseñado por una inteligencia suprema, entonces ella misma es también responsable de gran parte de los males. Esta reflexión es la que le confirma a Ayala en su intuición de que ciencia y religión no deben mezclarse. Ahora bien, mi inquietud viene de la última frase del texto citado: “Si se los evalúa de forma correcta, no pueden estar en contradicción, porque ciencia y religión se ocupan de campos de conocimiento que no se superponen”. [subrayado LFC] ¿Campos de conocimiento? Cuando, al principio del fragmento, habla de “conocimiento científico” y de “creencias religiosas”, todo parece ir bien, pero al final resulta que el campo de la fe religiosa es un campo de conocimiento. Y es aquí donde todo chirría, porque según eso la creencia religiosa es un conocimiento y, en definitiva, creer es conocer. Pero entonces, ¿qué entendemos por conocer? Parece lícito decir que los valores se conocen, o decir que se conoce el sentido de la vida y del universo, pero esto, desde luego, no puede ser dicho en el mismo sentido en que se dice que conocemos el valor de la gravedad. ¿Hemos de decir entonces que ‘conocer’ tiene dos significados cuando es obvio que no? Es lícito que diga que conozco cuántos átomos forman Júpiter, pero desde luego es una insensatez decirlo, porque no tengo argumentos para ello. Creo que esto es lo mismo que ocurre cuando hablamos de conocimiento religioso. Se trata de un conocimiento que no lo es, dado que no hay argumentos para sostenerlo. Decir que sí los hay, pero que no son como los de las ciencias, es como decir que en religión dos más dos son cinco porque se funciona con otra lógica. ¡No puede haber otra lógica, otra razón! Si la hubiera, el ser humano sería irremediablemente un esquizofrénico insalvable y, desde luego, carecería de razón, porque donde está la razón no puede estar también otra razón, ya que en ese caso ¿quién tiene razón? En lugar de enfrentar este problema directamente, se practica una operación quirúrgica de minuciosa separación y delimitación, maquillaje de claro sabor tomista.[4] El resultado es el siguiente: “los científicos y los filósofos que afirman que la ciencia excluye la validez de cualquier conocimiento fuera de la ciencia cometen un «error categórico», confunden el método y el ámbito de la ciencia con sus implicaciones metafísicas”. (178) En esta cita parece que la ciencia fuera un búnker inamovible, y no se tiene en cuenta que lo que la ciencia excluye es lo que no se puede conocer, y que esta exclusión nunca puede ser definitiva. La ciencia no se cierra a nada, excepto a considerar conocimiento lo que no lo es porque no se puede comprobar. La ciencia no es una empresa más dentro del vasto campo del conocimiento humano, sino que es ella la que establece qué es el conocimiento, y ni siquiera la filosofía puede echarle nada en cara. La ciencia no es un simple método de proceder entre muchos, es una empresa (quizá ni siquiera humana) en la que la humanidad se ha apostado a sí misma, por decirlo de alguna forma. Dándole la vuelta a la cita, habría que decir que cometen un error categórico los que afirman que la ciencia no excluye la validez de cualquier conocimiento fuera de ella, pretendiendo que hay mejores modos de conocer o, simplemente, distintos modos de conocer. Quienes esto afirman, pretenden poner límites a la ciencia -que es la empresa de la razón- en nombre de una razón superior, sin caer en la cuenta de que esto es profundamente contradictorio.

 

Luis Fernández-Castañeda, noviembre 2007


 

[1] Sus publicaciones divulgativas en español son las siguientes, seguidas de su primer año de publicación -en varias ocasiones han sido reeditadas-:

Evolución (1979) con Dobzhansky, Stebbins y Valentine

Estudios sobre la filosofía de la biología (1983) con T. Dobzhansky

La evolución en acción. Teoría y procesos de la evolución orgánica (1983) con J. M. Valentine

Genética moderna (1984) con J. A. Kiger

La naturaleza inacabada (1989) 

Teoría de la evolución (1994)

Origen y evolución del hombre (1995)

La teoría de la evolución : de Darwin a los últimos avances de genética (1997)

Teoría de la evolución (1999)

Senderos de la evolución humana (2001) con C. J. Cela Conde

Genética (2002), con P. Puigdomènech y S. Grisolía .

La piedra que se volvió palabra : las claves evolutivas de la humanidad (2006)

La evolución de un evolucionista : escritos seleccionados (2006)

[2] Recientemente traducido en Espasa-Calpe. Original inglés de 2006.

[3] Siguiendo así a San Agustín, del que cita su De Genesi ad litteram: “Si ocurre que la autoridad de la sagrada Escritura se pone en oposición a un razonamiento claro y cierto, esto debe significar que la ersona que interpreta la Escritura no la comprende correctamente”. (181)

[4] Repitamos una cita semejante: “Las conclusiones científicas y las creencias religiosas no están en contradicción; se ocupan de diferentes clases de cuestiones, pertenecen a distintos ámbitos de conocimiento”. (181)

 

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