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SELECCIÓN DE ALGUNOS TEXTOS RELACIONADOS CON

EL FEDÓN DE PLATÓN

 

Simón Royo Hernández (Octubre 2010)

 

 Introducción: Sócrates y el Fedón.

 En la Apología de Platón ante la muerte se muestra Sócrates imperturbable a través de un razonamiento que hará célebre Epicuro y su escuela hedonista y que se convertirá en baluarte de todo el agnosticismo occidental: “Temer a la muerte no es otra cosa que creer ser sabio sin serlo, pues es creer que uno sabe lo que no sabe” (Apol.29a). Si bien más adelante, en el mismo diálogo, contemplará también la posibilidad de la vida ultraterrena (Apol.40c-42a); aunque de manera bastante irónica, pues lo considerará a) como un sueño eterno y confortable del que nunca se despierta o b) como el tradicional habitar en el mundo de las sombras que cuenta Homero, para, y ahí viene la ironía, poder conversar con todos los muertos ilustres e inteligentes del reino de Hades, a fin de comprobar si son sabios o si sólo lo parecen sin serlo. El momento como se comportaba un gran hombre en el momento de su muerte era para los antiguos verdadera prueba del talante, índole o carácter del personaje, de ahí que la de Sócrates hubiera de ser ejemplar para la posteridad.

Es en el Fedón donde se nos muestra a un Sócrates convencido de la existencia y de la inmortalidad del alma, de la reminiscencia, transmigración o reencarnación de la misma, y donde ya ha dado con su famosa teoría de las ideas; y por encima de todo late también la convicción de que el universo es un cosmos, una totalidad armónicamente ordenada bajo el imperio de la justicia. Tan enormes convicciones parece que son más bien del Platón maduro que del viejo Sócrates. Pero en cualquier caso pocos pensadores como Platón han influido tanto y siguen influyendo tantísimo en la historia de la filosofía, así como pocas obras de los grandes pensadores han tenido tanta importancia y repercusión a lo largo de la historia.

Por ser los que más relación tienen con la vida de Sócrates los diálogos Apología, Critón y Fedón fueron puestos por los antiguos filólogos como los primeros escritos por Platón, pero hoy sabemos que los dos primeros los compone Platón cuando es joven y reproduce las doctrinas de su maestro, y que, el último, lo debió redactar mucho más tarde, cuando ya tenía muchas ideas propias, tanto su doctrina del alma como su teoría de las ideas.

El diálogo Fedón es sin duda uno de los mayores logros de la prosa griega de época clásica. En él se nos presenta a Sócrates en el último día de su vida, en conversación con sus amigos, pero en ausencia de Platón que estaba enfermo. Sócrates define entonces la filosofía como el arte de aprender a morir. Platón defiende la inmortalidad del alma mediante cuatro argumentos: a) El primero se remite a la creación de todas las cosas a partir de sus contrarios (las almas de los vivos proceden de las de los muertos, que, por tanto, «se conservan»). b) El segundo argumento afirma que el conocimiento es una rememoración o reminiscencia; por tanto, tuvo que haber una vida antes de la actual. c) El tercero apunta al parentesco de las almas con lo «divino, inmortal y racional»; y d) el cuarto, a la «idea de la vida»: ya que se considera que no es posible que el alma acepte lo contrario de lo que ella aporta, es decir, resulta imposible que contenga la muerte. Todo ello ha dado mucho de que hablar desde hace dos mil quinientos años. 

 

TEXTO 1 

DISCURSO DE RATISBONA DEL PAPA BENEDICTO XVI.

[Martes 12 de septiembre de 2006].

 “Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesidad. En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas. Con todo, como he tratado de demostrar, la razón moderna propia de las ciencias naturales, con su elemento platónico intrínseco, conlleva un interrogante que va más allá de sí misma y que trasciende las posibilidades de su método. La razón científica moderna ha de aceptar simplemente la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el cual se basa su método. Ahora bien, la pregunta sobre el por qué existe este dato de hecho, la deben plantear las ciencias naturales a otros ámbitos más amplios y altos del pensamiento, como son la filosofía y la teología. Para la filosofía y, de modo diferente, para la teología, escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta. Aquí me vienen a la mente unas palabras que Sócrates dijo a Fedón. En los diálogos anteriores se habían expuesto muchas opiniones filosóficas erróneas; y entonces Sócrates dice: «Sería fácilmente comprensible que alguien, a quien le molestaran todas estas opiniones erróneas, desdeñara durante el resto de su vida y se burlara de toda conversación sobre el ser; pero de esta forma renunciaría a la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida» [Fedón 90 c-d]. Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios», dijo Manuel II partiendo de su imagen cristiana de Dios, respondiendo a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad”.

(Extracto del texto íntegro del discurso de Benedicto XVI, titulado “Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones”, pronunciado por el Papa Benedicto XVI en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, en el transcurso de su viaje apostólico a Alemania el martes 12 de septiembre de 2006).

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg_sp.html

  

TEXTO 2

 DIÓGENES LAERCIO [s.III d.C.].

VIDAS DE LOS FILÓSOFOS MÁS ILUSTRES.

 

“1. Fedón, noble eleense, hecho prisionero cuando Elea fue tomada, se vio reducido a vivir con infamia retirado en un estrecho cuarto, en cuyo estado se mantuvo hasta que a ruegos de Sócrates lo rescató Aleibiades o bien Critón, desde cuyo tiempo se dio todo a la Filosofía. Jerónimo, en el libro De retener las épocas, asegura que Fedón fue esclavo. Escribió los Diálogos intitulados Zopiro y Simón, que son ciertamente suyos”.

(Fuente: Diógenes Laercio Vidas de los filósofos más ilustres. Libro II. Fedón, 1).

 “XIV. Platón fue el fundador de la Academia primitiva; de la media, Aroesilao; y de la nueva, Lacides. De la secta cirenaica lo fue Aristipo de Cirene; de la elíaca, Fedón de Elea; de la megárica, Euclides Megarense; de la cínica, Antístenes Ateniense; de la erétrica, Menedemo de Eritrea; de la dialéctica, Clitómaco Cartaginés; de la peripatética, Aristóteles Estagirita; de la estoica, Zenón Citio; y, finalmente, la epicúrea se llama así de su autor Epicuro”.

(Ibid. Libro I. Proemio).

 “Aristóteles dice que el estilo de Platón es un medio entre el poético y el prosaico. Y Favorino afirma en sus escritos que sólo Aristóteles estuvo escuchando a Platón cuando leía su libro Del alma; los demás se fueron todos”.

(Ibid. Libro III, Platón, 19).

 “[Platón] usa muchas veces diversas voces para un mismo significado, pues para significar la Idea usa de las palabras especie (eîdos), género (génos), paradigma (paradeigma), principio (arché) y causa (aîtion)[1](Ibid. Libro III. Platón, 37).

(Ibid. Libro III. Platón, 37).

 55. El alma encierra tres partes: una es racional, otra concupiscible y otra irascible. De ellas la racional es la causa y origen del consejo, del pensar, del consultar y demás semejantes. La parte concupiscible es la causa de apetecer la comida, el coito y semejantes. Y la parte irascible es la causa del ánimo, del deleite, del dolor y de la ira. Luego el alma es o tradicional, o concupiscible, o irascible” (Ibid. Libro III. Platón, 55).

 “Dicen que Tales atribuyó alma a cosas inanimadas, demostrándolo por la piedra imán”. (Ibid. Libro I. Tales,  3).

 

TEXTO 3

ARTHUR SCHOPENHAUER [1788-1860].

PARERGA Y PARALIPOMENA

 

“Ya en Platón encontramos el origen de una cierta dianoiología falsa que, con una secreta intención metafísica, se instaura con la finalidad de construir una psicología racional y la doctrina de la inmortalidad que de ella depende. La misma se ha revelado posteriormente como un sofisma sobre la dureza de la vida, puesto que prolongó su existencia a través de toda la filosofía antigua, medieval y moderna, hasta que Kant, el triturador de todo, finalmente le dio en la cabeza. La doctrina mentada aquí es el racionalismo epistemológico con una finalidad metafísica. Puede resumirse en pocas palabras de la manera siguiente. El sujeto cognoscente en nosotros es una sustancia inmaterial completamente diversa del cuerpo denominada alma. El cuerpo, por el contrario, es un obstáculo para el conocimiento. Por ello, todo conocimiento transmitido por los sentidos es engañoso. Contrariamente, el único verdadero, correcto y seguro es el que está libre y se aleja de todo sentido (por tanto, de toda intuición), por tanto el pensamiento puro, es decir, tan solo el operar con conceptos abstractos, pues éstos los construye el alma completamente por sus propios medios. Por tanto, nos irá mucho mejor, cuando se haya separado del cuerpo, o sea cuando estemos muertos. De esa manera, la dianoiología apoya la psicología racional a favor de su doctrina de la inmortalidad. Esa doctrina, tal como la he resumido aquí, se encuentra de manera detallada y clara en el Fedón, capítulo 10 [65a-66a]”.

(Arthur Schopenhauer, Parerga und Paralipomena. Kleine philosophische Schriften. Berlín, A.W. Hayn, noviembre de 1851. 2ª edic. (póstuma), 1862).

  

TEXTO 4

 FRIEDRICH NIETZSCHE [1844-1900].

LA GAYA CIENCIA

 “Admiro el valor y la sabiduría de Sócrates en todo lo que hizo, lo que dijo… y lo que dejó por decir. Este demonio cazador de ratas de Atenas, burlón y amable, que hizo temblar y sollozar a los jóvenes más animosos no fue sólo el más sabio y charlatán de cuantos ha habido, fue asimismo grande en su silencio. Yo quisiera que hubiera estado en silencio en el último instante de su vida…, acaso hubiera conseguido entonces un rango más elevado entre los espíritus. Fuese ya la muerte o el veneno o la piedad o la malicie, algo le soltó la lengua en aquel momento y dijo: «¡Oh, Critón!, debo un gallo a Asclepio». Esta «última palabra», ridícula y horrible, quiere decir para quien tiene oídos: «¡Oh, Critón!, tu vida es una enfermedad». ¡Cómo es posible! Un hombre como él que ha vivido de buen humor y como un soldado a la vista de todos, ¡y era pesimista! Había puesto sencillamente buena cara a la vida, y ocultó durante su vida su juicio último, sus íntimos sentimientos. A Sócrates, a Sócrates le ha dolido la vida. Y se tomó aún la venganza con aquella palabra velada, terrible, piadosa y blasfema. ¿Tenía que vengarse también un Sócrates? ¿Era demasiado poco un grano de magnanimidad en su abundante virtud? ¡Ay, amigo! Hemos de superar también a los griegos”.

(Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia. §340: «Sócrates moribundo»[2]).

  

TEXTO 5

 KARL POPPER [1902-1994].

LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS

 “6. (1) En ninguna parte expresa Platón categóricamente que las evoluciones históricas puedan ser de carácter cíclico. Hay alusiones a ello, sin embargo, por lo menos en cuatro diálogos, a saber, en el Fedón, en La República, en El Político o el hombre de estado, y en Las Leyes. En todas estas obras, la teoría de Platón quizá aluda a mundo. Cuando lo abandona, e! universo que hasta entonces ha avanzado siempre, comienza a desandar lo andado. Tenemos, pues, las dos mitades de un período o hemiciclos dentro del ciclo total, a saber, un movimiento de avance conducido por Dios y que representa e! período bueno en que la guerra y la lucha están ausentes, y otro de retroceso en que Dios deja librado el mundo a sí mismo, y éste equivale al período de creciente desorganización y guerras. Claro está que este último coincide con el período en que vivimos. Por fin las cosas habrán de ponerse tan mal que Dios tendrá que tomar el timón nuevamente e invertir el movimiento, para salvar al mundo de la destrucción total”.

(karl popper, La sociedad abierta y sus enemigos. Editorial Paidós. Notas al capítulo 3, pág.506).

 “9. Véase el Fedón de Platón, 96-99. A mi entender, el Fedón es todavía parcialmente socrático, pero también, y en gran medida, platónico. La historia de la evolución filosófica narrada por Sócrates en el Fedón ha dado lugar a una vasta polémica. Yo creo que no constituye una autobiografía auténtica ni de S6crates ni de Platón. Me parece más bien que sólo se trata, simplemente, de la interpretación de Platón de la evolución socrática. La actitud de Sócrates hacia la ciencia (actitud que combinaba el más agudo interés por la argumentación racional con una suerte de modesto agnosticismo) era incomprensible para Platón. Éste trató de explicarla refiriéndola al retraso de la ciencia ateniense en la época de Sócrates, en oposición al pitagorismo. (Y trata de demostrar hasta qué punto habrían despertado el ardiente interés de Sócrates por el individuo las nuevas teorías metafísicas)”.

(Ibid. Notas al capítulo 7, pág.587).

 

TEXTO 6

 Alberto Bernabé y Francesc Casadesús

ORFEO Y LA TRADICIÓN ÓRFICA

 “3.1. Es posible que una de las expresiones más conocidas en relación con el orfismo sea la frase (que podríamos calificar de eslogan) que nos transmite Platón, sôma, sêma, «el cuerpo, una tumba». Los seguidores de Orfeo aprovecharon la semejanza formal      entre las palabras sôma y sêma para sintetizar un principio fundamental de su doctrina: la idea de que el alma se encuentra sepultada en el cuerpo, cumpliendo castigo por una culpa primordial, como si hubiera sido condenada a muerte. Lo que llamamos «vida» no es tal, sino que en realidad es la muerte del alma. Sólo cuando el alma salga de su sepultura corporal podrá vivir la verdadera vida en el Más Allá. Al enunciar la palabra sôma, «cuerpo», junto al término semejante sêma, «tumba», se pone de manifiesto que el cuerpo en su más profunda realidad es una tumba, lo que se manifiesta de manera imperfecta en su forma lingüística, pero se pone de relieve al advertirse la supuesta relación semántica de sôma, con sêma[3] (Alberto Bernabé y Francesc Casadesús (Coord.) Orfeo y la tradición órfica. Vol.I. Ediciones Akal. Madrid 2008, p.870).

  

TEXTO 7

 MICHEL DE MONTAIGNE (s.XVI : 1533-1592)

ENSAYOS.

Libro I. Capítulo XIX: De cómo filosofar es aprender a morir.

“Dice Cicerón[A1]  que filosofar no es otra cosa que disponerse a la muerte. Tan verdadero es este principio que el estudio y la contemplación parece que alejan nuestra alma de nosotros y la dan trabajo independiente de la materia, tomando en cierto modo un aprendizaje y semejanza de la muerte; o en otros términos, toda la sabiduría y razonamientos del mundo se concentran en un punto: el de enseñarnos a no tener miedo de morir. En verdad, o nuestra razón nos burla, o no debe encaminarse sino a nuestro contentamiento, y todo su trabajo tender en conclusión a guiarnos al buen vivir y a nuestra íntima satisfacción, como dice la Sagrada Escritura. […].

Los que nos instruyen diciéndonos que su adquisición es escabrosa y laboriosa y su goce placentero, ¿que nos prueban con ello sino que es siempre desagradable? porque, ¿qué medio humano alcanza nunca al goce absoluto? Los más perfectos se conforman bien de su grado con aproximarse a la virtud sin poseerla. Pero se equivocan en atención a que de todos los placeres que conocemos el propio intento de alcanzarlos es agradable: la empresa participa de la calidad de la cosa que se persigue, pues es una buena parte del fin y consustancial con el. La beatitud y bienandanza que resplandecen en la virtud iluminan todo cuanto a ella pertenece y rodea, desde la entrada primera, hasta la más apartada barrera.

Es, pues, una de las principales ventajas que la virtud proporciona el menosprecio de la muerte, el cual provee nuestra vida de una dulce tranquilidad y nos suministra un gusto puro y amigable, sin que ninguna otra voluptuosidad sea extinta. He aquí por qué todas las máximas convienen en este respecto; y aunque nos conduzcan de un común acuerdo a desdeñar el dolor, la pobreza y las otras miserias a que la vida humana está sujeta, esto no es tan importante como el ser indiferentes a la muerte, así porque esos accidentes no pesan sobre todos (la mayor parte de los hombres pasan su vida sin experimentar la pobreza, y otros sin dolor ni enfermedad, tal Xenófilo el músico, que vivió ciento seis años en cabal salud), como porque la muerte puede ponerlas fin cuando nos plazca, y cortar el hilo de todas nuestras desdichas. Mas la muerte es inevitable […].

Por consecuencia si pone miedo en nuestro pecho, es una causa continua de tormento, que de ningún modo puede aliviarse. No hay lugar de donde no nos venga; podemos volver la cabeza aquí y allá como si nos encontráramos en un lugar sospechoso  […].

La muerte es el fin de nuestra carrera; el objeto necesario de nuestras miras: si nos causa horror, ¿cómo es posible dar siquiera un paso adelante sin fiebre ni tormentos? El remedio del vulgo es no pensar en ella, ¿mas de qué brutal estupidez puede provenir una tan grosera ceguera? Preciso le es hacer embridar al asno por la cola. […]. No es maravilla si con frecuencia tal es atrapado en la red. Sólo con nombrar la muerte se asusta a ciertas gentes y la mayor parte se resignan cual si oyeran el nombre del diablo. Por eso le pone mano en su testamento hasta que el médico le desaucia; entonces Dios sabe, entre el horror y el dolor de la enfermedad de qué lucidez de juicio disponen los que testan.

Porque esta palabra hería con extremada rudeza los oídos de los romanos, teniéndola como de mal agüero, solían  ablandarla y expresarla con perífrasis: en vez de decir ha muerto, decían ha cesado de vivir, vivió; con que se pronunciara la palabra vida, aunque ésta fuera pasada, se consolaban. Hemos tomado nuestro difunto señor Juan de esa costumbre romana. Como se dice ordinariamente, la palabreja vale cualquier cosa. Yo nací entre once y doce de la mañana, el último día de febrero de mil quinientos treinta y tres, conforme al cómputo actual que hace comenzar el año en enero. Hace quince días que pasé de los treinta y nueve aires, y puedo vivir todavía otro tanto. Sin embargo, dejar de pensar en cosa tan lejana sería locura. ¡Pues qué!, a jóvenes y viejos ¿no sorprende la muerte de igual modo? A todos los atrapa como si acabaran de nacer; además no hay ningún hombre por decrépito que sea, que acordándose de Matusalén no piense tener por lo menos todavía veinte años en el cuerpo. Pero, ¡oh pobre loco!, ¿quién ha fijado el término de tu vida? ¿Acaso te fundas para creer que sea larga, en el dictamen de los médicos? Más te valiera fijarte en la experiencia diaria. A juzgar por la marcha común de las cosas, tú vives por gracia extraordinaria; has pasado ya los términos acostumbrados del vivir. Y para que te persuadas de que así es la verdad, pasa revista entre tus conocimientos, y verás cuántos han muerto antes de llegar a tu edad; muchos más de los que la han alcanzado, sin duda. Y de los que han ennoblecido su vida con el lustre de sus acciones, toma nota, y yo apuesto a que hallarás muchos más que murieron antes que después de los treinta y cinco años. Es bien razonable y piadoso tomar ejemplo de la humanidad misma de Jesucristo, que acabó su vida a los treinta y tres años. El hombre más grande, pero que fue sólo hombre, Alejandro, no alcanzó tampoco mayor edad. ¡Cuántos medios de sorprendernos tiene la muerte! […]. Amenazado Esquilo de que una casa se desplomaría sobre él, para nada le sirvió la precaución ni el estar alerta pues pereció del golpe de una tortuga que en el aire se había desprendido de las garras de un águila […] y hallándose entre los muslos de mujeres […]  indigno es que acabaran de ese mismo modo Speusipo filósofo platónico, y uno de nuestros pontífices. […].

Pero es locura pensar por tal medio en rehuir la idea de la muerte. Unos vienen, otros van, otros trotan, danzan otros, mas de la muerte nadie habla. Todo esto es muy hermoso, pero cuando el momento les llega, a sí propios, o, a sus mujeres, hijos o amigos, les sorprende y los coge de súbito y al descubierto. ¡Y qué tormentos, qué gritos, qué rabia y qué desesperación les dominan! ¿Visteis alguna vez nada tan abatido, cambiado ni confuso? Necesario es ser previsor. Aun cuando tal estúpida despreocupación pudiese alojarse en la cabeza de un hombre de entendimiento, lo cual tengo por imposible, bien cara nos cuesta luego. Si fuera enemigo que pudiéramos evitar, yo aconsejaría tomar armas de la cobardía, pero como no se puede, puesto que nos atrapa igual al poltrón y huido que al valiente y temerario […] y ninguna coraza nos resguarda, sea cual fuere su temple, […]. Por tanto sepamos aguardarla a pie firme, sepamos combatirla, y para empezar a despojarla de su principal ventaja contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario; quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos a ella. No pensemos en nada con más frecuencia que en la muerte; en todos los instantes tengámosla fija en la mente, y veámosla en todos los rostros; al ver tropezar un caballo, cuando se desprende una teja de lo alto, al más leve pinchazo de alfiler, digamos y redigamos constantemente, todos los instantes: «Nada me importa que sea éste el momento de mi muerte.» En medio de las fiestas y alegrías tengamos presente siempre esta idea del recuerdo de nuestra condición; no dejemos que el placer nos domine ni se apodere de nosotros hasta el punto de olvidar de cuántas suertes nuestra alegría se aproxima a la muerte y de cuan diversos modos estamos amenazados por ella. Así hacían los egipcios, que en medio de sus festines y en lo mejor de sus banquetes contemplaban un esqueleto para que sirviese de advertencia a los convidados. […]. No sabemos dónde la muerte nos espera; aguardémosla en todas partes. La premeditación de la muerte es premeditación de libertad; quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre; no hay mal posible en la vida para aquel que ha comprendido bien que la privación de la misma no es un mal: saber morir nos libra de toda sujeción y obligación. […].  

Nuestra religión no ha tenido más seguro fundamento humano que el menosprecio de la vida. No sólo el discernimiento natural lo trae a nuestra memoria, sino que es necio que temamos la pérdida de una cosa, la cual estamos incapacitados de sentir después. Y puesto que de tan diversos modos estamos amenazados por la muerte, ¿no es mayor la pena que ocasiona el mal de temerlos todos para librarnos de tirio solo? ¿No vale más que venga cuando lo tenga a bien, puesto que es inevitable? Al que anunció a Sócrates que los treinta tiranos le habían condenado a morir, el filósofo contestó que la naturaleza los había condenado a ellos. ¡Qué torpeza la de apenarnos y afligirnos cuando de todo duelo vamos a ser libertados! Como el venir a la vida nos trae al par el nacimiento de todas las cosas, así la muerte hará de todas las cosas nuestra muerte. ¿A qué cometer la locura de llorar porque de aquí a cien años no viviremos, y por qué no hacer lo propio porque hace cien años no vivíamos? La muerte es el origen de nueva vida; al entrar en la vida lloramos y padecemos nuestra forma anterior; no puede considerarse como doloroso lo que no ocurre más que una sola vez. ¿Es razonable siquiera poner tiempo tan dilatado en cosa de tan corta duración? El mucho vivir y el poco vivir son idénticos ante la muerte, pues ambas cosas no pueden aplicarse a lo que no existe. Aristóteles dice que en el río Hypanis hay animalillos cuya vida no dura más que un día; los que de ellos mueren a las ocho de la mañana acaban jóvenes su existencia, y los que mueren a las cinco de la tarde perecen de decrepitud. ¿Quién de nosotros no tornaría a broma la consideración de la desdicha o dicha de un momento de tan corta duración? La de nuestra vida, si la comparamos con la eternidad, o con la de las montañas, ríos, estrellas, árboles y hasta con la de algunos animales, ¿no es menos ridícula? […].

¿Cambiaré yo por vosotros esta hermosa contextura de las cosas? La muerte es la condición de vuestra naturaleza; es una parte de vosotros mismos; os huís a vosotros mismos. La existencia de que gozáis pertenece por mitad a la vida y a la muerte. El día de vuestro nacimiento os encamina así al morir como al vivir. […].

Todo el tiempo que vivís se lo quitáis a la vida: lo vivís a expensas de ella. El continuo quehacer de vuestra existencia es levantar el edificio de la muerte. Os encontráis en la muerte mientras estáis en la vida; pues estáis después de la muerte cuando ya no tenéis vida, o en otros términos: estáis muertos después de la vida; mas durante la vida estáis muriendo, y la muerte ataca con mayor dureza al moribundo que al muerto, más vivamente y más esencialmente. Si de la vida habéis hecho vuestro provecho, tenéis ya bastante: idos satisfechos.

Si no habéis sabido hacer de ella el uso conveniente, si os era inútil, ¿qué os importa haberla perdido? ¿Para qué la queréis todavía? […]. La vida no es, considerada en si misma, ni un bien ni un mal; es lo uno o lo otro según vuestras acciones. […]. La variedad y distribución de todos los actos de mi comedia se desarrollan en un solo año. Si habéis parado vuestra atención en el vaivén de mis cuatro estaciones, habréis visto que comprenden la infancia, adolescencia, virilidad y vejez del mundo: con ello ha hecho su partida; después comienza de nuevo, y siempre acontecerá lo mismo. […]. Dejad a los que vengan el lugar, como los demás os lo dejaron a vosotros. […]. 

Allí donde vuestra vida acaba está toda comprendida. La utilidad del vivir no reside en el tiempo, sino en el uso que de la vida se ha hecho: tal vivió largos días que vivió poco. Esperadla mientras permanecéis en el mundo: de vuestra voluntad pende, y no en el número de años, el que hayáis vivido bastante. ¿Pensáis acaso no llegar al sitio donde marcháis sin cesar? No hay camino que no tenga su salida. Y por si el mal de muchos sirve a aliviaros, sabed que el mundo todo sigue la marcha que vosotros seguís. […].

¿A que os sirve retroceder? Bastantes habéis visto que se han encontrado bien hallados con la muerte por haber ésta acabado con sus miserias. ¿Mas, habéis visto alguien mal hallado con ella? Gran torpeza es condenar una cosa que no habéis experimentado ni en vosotros ni en los demás. ¿Por qué tú te quejas de mí y del humano destino? Aunque tu edad no sea todavía acabada, tu vida sí lo es; un hombrecito es hombre tan completo como un hombre ya formado. No se miden por varas los hombres ni sus vidas. Chirón rechaza la inmortalidad informado de las condiciones en que se le concede por el dios mismo del tiempo, por Saturno, su padre. Imaginad cuánto más perdurable sería la vida y cuán menos soportable al hombre, y cuanto más penosa de lo que lo es la que yo le he dado. Si la muerte no se hallare al cabo de vuestros días, me maldeciríais sin cesar por haberos privado de ella. De intento he mezclado, alguna amargura, para impediros, en vista de la comodidad de su uso, el abrazarla con demasiada avidez, con indiscreción extremada. Para llevaros a una tal moderación, para que no huyáis de la vida ni tampoco de la muerte que exijo de vosotros, he entreverado la una y la otra de dulzores y amarguras. Enseñé a Thales[A2] , el primero de vuestros sabios, que el morir y el vivir eran cosas indiferentes, por eso al que le preguntó por qué no moría, respondiole prudentísinamente: Porque da lo mismo. El agua, la tierra, el aire, el fuego y otros componentes de mi edificio, así son instrumentos de tu vida como de tu muerte. ¿Por que temes tu último día? Tu último día contribuye lo mismo a tu muerte que los anteriores que viviste. Él último paso no produce la lasitud, la confirma. Todos los días van a la muerte: el último llega. Tales son los sanos advertimientos de nuestra madre naturaleza.

Con frecuencia he considerado por qué en las guerras, el semblante de la muerte, ya la veamos en nosotros mismos ya en los demás, nos espanta mucho menos que en nuestras casas (si así no fuera compondríanse los ejércitos de médicos y de llorones); y siendo la muerte lo mismo para todos, he considerado también que la aguardan con mayor resignación las gentes del campo y las de condición humilde que los demás. En verdad creo que todo depende del aparato de horror de que la rodeamos el cual pone más miedo en nuestro ánimo que la muerte misma […]. Preciso es retirar la máscara lo mismo de las cosas que de las, personas, y una vez quitada no hallaremos bajo ella a la hora de la muerte nada que pueda horrorizarnos. Feliz el tránsito que no deja lugar a los aprestos de semejante viaje”.

Libro I. Capítulo XXXII: De cómo algunos buscaron la muerte por huir de los placeres de la vida.

La mayor parte de los antiguos filósofos convienen en que la muerte es preferible a la vida cuando de ésta se esperan más desdichas que bienandanzas; y afirman que poner ahínco en conservar la existencia para sufrir tormentos y trabajos es ir contra los preceptos mismos de la naturaleza […].

Pero llevar el desdén de la muerte al extremo de buscarla para evitar honores, riquezas, grandezas y otros favores y bienes, que conocemos con el nombre de beneficios de la fortuna, como si la razón sola no bastara a persuadirnos de la conveniencia de abandonarlos sin necesidad de echar mano de aquel remedio supremo, no lo había visto ordenar ni practicar hasta que me cayó en las manos un pasaje de Séneca, en el cual el filósofo aconseja a Lucilio, personaje influyentísimo y de gran autoridad cerca del emperador que trueque la vida de voluptuosidad y pompa por el abandono del mundo, y se retire a la vida solitaria, apacible y filosófica. A la realización de tales consejos, Lucilio opone algunas dificultades: «Mi parecer es, le dice Séneca, que dejes esa manera de vivir o la vida misma; yo te aconsejo que sigas camino más apacible, y que mejor que romper, desates lo que tan mal has anudado; mas si no se pudiera desatar, rómpelo: no hay hombre tan cobarde que no prefiera caer de una vez a permanecer siempre tambaleándose.» Hubiera encontrado este consejo natural en la rudeza estoica, pero lo extraño es que está tomado de Epicuro, que escribe de un modo parecido a Idomeneo en una ocasión semejante. Algún rasgo análogo tengo idea de haber advertido entre nosotros, pero éste iba acompañado de la moderación cristiana.

San Hilario, obispo de Poitiers enemigo famoso de la herejía arriana, encontrándose en Siria tuvo noticia de que su hija única, que se llamaba Abra, a quien había dejado en las Galias en compañía de su madre, era solicitada para casarse por los importantes señores del país, como joven muy bien educada, hermosa, rica, y que se hallaba además en la flor de su edad; su padre la escribió (prueba tenemos de ello) que desechara su afición a todas esas bienandanzas y placeres con que la brindaban, porque él había encontrado en su viaje un partido preferible, mucho más digno y grande: un marido de magnificencia y poderío bien distintos, el cual la obsequiaría con trajes y joyas de valor inestimable. Su designio no era otro que hacerla perder el gusto de los placeres mundanos para que ganara la gloria; pero antojándosele que para ello el camino más breve y seguro era la muerte de su hija, no cesó un momento de pedir a Dios que la quitara del mundo y la llamase a su seno, como aconteció en efecto, pues al poco tiempo de regresar al país murió Abra, con lo cual su padre recibió singular contento. Este caso sobrepasa los anteriores, porque la muerte es solicitada, por intercesión de Dios, y demás porque es un padre quien la pide para su hija única; mientras que los otros se encaminan por sí mismos a la desaparición para la cual emplean medios exclusivamente humanos. No quiero omitir el desenlace de esta historia, aunque sea extraña al asunto de que hablo. Enterada la mujer de san Hilario de que la muerte de su hija aconteció por designio y voluntad del padre, e informada además de que la joven sería mucho más dichosa que si hubiera permanecido en este mundo, tomó una afección tan viva a la beatitud eterna y celeste, que solicitó de su marido con extrema insistencia el que rogara a Dios por su fin próximo. Oyendo Dios las oraciones de los esposos, la llamó poco después a su seno, y fue una muerte aceptada con singular contentamiento de ambos cónyuges.

  

TEXTO 8

 CRITIAS, SÍSIFO. (Diels-Kranz 88 B 25). Siglo V a.C.

 “25. Sexto Empírico IX, 54, Contra los profesores (Adversus mathematicus). -Parece que Crítias, uno de los que ejerció la tiranía en Atenas, formaba parte del grupo de los ateos al declarar que los antiguos legisladores moldearon a dios como un inspector de las acciones humanas, buenas o malas, a fin de que nadie cometiese a escondidas ninguna injusticia con el prójimo, por el miedo al castigo de parte de los dioses. En él hallamos dicho textualmente:

 Hubo un tiempo, cuando la vida de los hombres era sin ley y bestial, esclava de la fuerza, cuando no había premio para los honrados ni castigo para los malos. Parece que fue entonces que los hombres estipularon leyes (nomoi) represivas a fin de que la justicia (diké) fuese el tirano <de todos por igual> y tuviese esclavizada a la insolencia (hybris); y si alguien delinquía era castigado. Después, como las leyes solamente privaban a los hombres de cometer acciones violentas en público, pero las cometían en secreto, es por eso, supongo yo, por lo que algún hombre de astuto y sabio <pensar> introdujo <por primera vez> el temor de los hombres <a los dioses>, de manera que hubiese algún objeto de miedo para los malos si a escondidas hacían (práxis), decían (léxis) o pensaban (phrónesis) alguna cosa. Por esta razón inventó la divinidad (theos), diciendo: «Existe un espíritu (daimón) rebosante de vida inmortal, que con su mente ve y oye, conocedor y dominador por encima de toda medida, dotado de naturaleza divina, que puede escuchar todo lo que se dice entre los mortales y ver todas sus acciones. Y aunque en silencio deliberes algo malo, esto no pasará oculto a los dioses, pues es inmensamente grande su pensamiento». Por medio de estas palabras (logoi) introdujo la más placentera de las enseñanzas, falseando (pseudei) la verdad (alétheia) bajo un engañoso relato. Dijo que los dioses habitan en aquel lugar donde sabía que más aterraría a los hombres, en aquel lugar donde, como él bien sabía, provienen tanto los temores (phoboi) de los mortales como los alivios de sus miserables vidas: de la alta bóveda celestial, de allí donde veía que vienen los relámpagos, de donde pueden oirse los terroríficos estruendos de los truenos y se divisa el estrellado rostro del cielo; de esa versátil obra del Tiempo (Crónos), sabio artífice (téktonos sophós), de donde las piedras de las estrellas descienden en llamas y de donde baja a la tierra la húmeda lluvia. Tales temores (phoboi) puso en torno de los hombres. Con ellos y con este bello discurso introdujo la divinidad (daimón), la situó en el lugar más adecuado, y mediante leyes extinguió la falta de leyes.

 Y un poco más allá de la exposición dice:

Así, según creo, alguien convenció, en un principio, a los mortales, para que admitieran que hay un linaje de los dioses”.

  

TEXTO 10

Voltaire Diccionario filosófico. [1765]. «Alma».

“No nos atrevemos a terciar en la discusión si el alma inteligente es espíritu o materia, si fue creada antes que nosotros, si sale de la nada cuando nacemos, y si después de habernos animado durante un día en el mundo, vive, cuando morimos, en la eternidad. Estas cuestiones que parecen sublimes, es como un ciego que pregunta a otro ciego sobre la luz. […..].Y no faltan quienes opinan que el alma está formada de algo distinto de la materia. Y aunque no tenemos pruebas de ello, tal opinión se funda en que la materia es divisible y puede tomar diferentes formas, y el pensamiento no. Ahora bien, ¿quién os ha dicho que los primeros principios de la materia sean divisibles y figurables? Es muy verosímil que no lo sean; escuelas enteras de filósofos propugnan que los elementos de la materia no tienen figura ni extensión. Creéis apabullarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni piedra, ni metal; luego, el pensamiento no puede ser materia». Pero eso son débiles y azarosos razonamientos. La gravitación no es metal, ni arena, ni piedra, ni madera; el movimiento, la vegetación y la vida no son ninguna de esas cosas, y sin embargo, la vida, la vegetación, el movimiento y la gravitación son cualidades de la materia. […..]. Los griegos distinguían tres clases de alma: el alma sensible o alma de los sentidos (he aquí por qué el Amor, hijo de Afrodita, sintió tan vehemente pasión por Psique, y por qué Psique le amó tiernamente); el soplo que da vida y movimiento a toda máquina y que nosotros traducimos por espíritu y la tercera, que como nosotros, llamaron inteligencia. Por tanto, poseemos tres almas sin tener la más ligera noción de ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite estas tres almas, como buen peripatético, y sitúa cada una en tres partes, una en el pecho, otra en todo el cuerpo y la tercera en la cabeza. En nuestras escuelas no se conoció otra filosofía hasta el siglo XVIII... ¡Y desgraciado el hombre que hubiera tomado una de esas tres almas por otra! […..]. Con el transcurso de los años, cuando quisieron profundizar en este estudio, convinieron en dicha alma era corporal, y esta es la idea que de ella tuvo la Antigüedad. Más tarde, Platón sutilizó esa alma de tal forma que se llegó a pensar que la habían separado casi completamente de la materia, pero ese problema no se resolvió hasta que la fe vino a iluminarnos.

En vano los materialistas aducen que algunos padres de la Iglesia no se expresaron con exactitud. San Ireneo asegura que el alma es el soplo de la vida, que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo de los mortales, pero que conserva la figura de hombre con el fin de que se la reconozca. […..].

Después de un sinfín de disputas sobre el espíritu y sobre la materia, acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo logró levantar con su sistema el velo con que la naturaleza cubre los primeros principios de las cosas. Mientras ellos discuten, la naturaleza obra. […..].

El Imperio romano estaba dividido en dos grandes sectas; la de Epicuro, que sostenía que divinidad era inútil en el mundo y el alma perecía con el cuerpo, y la de los estoicos, que sostenía que el alma era una porción de la divinidad, la cual a la muerte del cuerpo volvía a su origen, esto es, al gran todo de donde provenía. Unas sectas creían que el alma era mortal y otras que era inmortal, pero todas estaban acordes en burlarse de las penas y recompensas futuras.  […..].

Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que les aplican. Todos los filósofos que se han ocupado del alma humana me parecen ciegos charlatanes que hacen temerarios esfuerzos por persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, por persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo palabra, imaginándose que de ese modo ven algo. […..].

«Creedme, no ha habido ejemplo de que ninguna opinión filosófica perjudique la religión de ningún pueblo. Y si los misterios pueden contradecir las demostraciones científicas, no por ello dejan de respetarlos los filósofos cristianos, que saben que la razón y la fe son asuntos de diferente naturaleza. ¿Sabéis por qué los filósofos no lograrán nunca formar una secta religiosa? Porque carecen de entusiasmo. Si dividimos el género humano en veinte partes, componen diecinueve los hombres que se dedican a trabajos manuales, y quizá éstos ignorarán siempre que existió Locke. En la otra vigésima parte se hallan unos pocos hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo leen novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el número de los que piensan, y éstos no se ocupan en perturbar el mundo. No encendieron en su patria la tea de la discordia Montaigne, Descartes, Gassendi, Bayle, Espinosa, Hobbes, Pascal, Montesquieu, ni ninguno de los hombres que han honrado la filosofía y la literatura. Buena parte de los que perturbaron su país fueron teólogos, que ambicionaron ser jefes de secta o de partido. Todos los libros de filosofía juntos no han armado en el mundo tanto revuelo como produjo en otro tiempo la disputa entablada por los franciscanos respecto a la forma que debía darse a sus mangas y a sus capuchones».  […..].

Denominamos alma a lo que anima, pero no podemos saber más de ella porque nuestra inteligencia es limitada. Las tres cuartas partes del género humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero ni ha encontrado ni encontrará. […..].

Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es una forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia difiere de su poder, que existen tres almas vegetativas: la nutritiva, la aumentativa y la generativa, que la memoria de las cosas espirituales es espiritual y la memoria de las corporales, corporal, que el alma raciocinadora es una forma inmaterial en lo tocante a las operaciones y material en cuanto al ser». ¿Has entendido algo? Pues santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como ésta. Por esto, sin duda, le llaman el Doctor Angélico. […..].

Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los hebreos en tres sectas: fariseos, saduceos y esenios. El historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos refiere en el libro XIII de sus Antigüedades que los fariseos creían en la metempsicosis, los saduceos opinaban que el alma perecía con el cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según estos, las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los aires para introducirse en los cuerpos por la violenta atracción que ejercían sobre ellas, y cuando morían los cuerpos, las almas que habían pertenecido a los buenos iban a morar más allá del Océano, en un país donde no se sentía calor ni frío, ni hacía viento ni llovía. Las almas de los malos iban a morar en un clima hostil. Esta era la teología de los judíos”.

(Fuente: Voltaire Diccionario filosófico. Entrada: Alma).

 Véase en la línea de Voltaire un fragmento traducido por mí de la « Théologie portative, ou Dictionnaire abrégé de la religion chrétienne » de Holbach. En la Web: La Caverna de Platón:

http://www.lacavernadeplaton.com/articulosbis/textscavern/theoloporta0405.htm

  

TEXTO 11

 PICO DE LA MIRÁNDOLA SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA (s.XV)

 “[7] Tan blandamente llamados, tan benignamente invitados, volando con pies alados, como otros Mercurios terrestres, a los abrazos de la madre bienhadada, gozaremos de la deseada paz, paz santísima con unión indisoluble, en amistad unánime, en que todas las almas no sólo concuerdan con una Mente que es sobre toda mente, sino que en un cierto modo inefable, se hacen por completo una cosa con ella. Esta es aquella amistad que dicen los pitagóricos ser el fin de toda la filosofía. Es aquella paz que se labra Dios en sus alturas, la que los ángeles, descendiendo a la tierra, anunciaron a los hombres de buena voluntad, para que, por ella, los mismos hombres, ascendiendo hasta el Cielo, se hicieran ángeles. Esta paz deseemos para los amigos, ésta para nuestro tiempo, ésta para toda casa en que entremos; ésta deseemos para nuestra alma, de forma que, por la misma, se haga ella morada de Dios; que después de haber lanzado, por virtud de la moral y la dialéctica, todas sus inmundicias, tras haberse embellecido con las diversas partes de la filosofía como con un atuendo de corte, y haber coronado los dinteles de las puertas con las guirnaldas de la Teología, descienda el Rey de la gloria, quien, viniendo con el Padre, ponga en ella su morada. Si se hace digna de tan gran huésped, más bien inmensa clemencia suya, engalanada con un vestido de oro, como manto nupcial, rodeada de la multicolor variedad de las ciencias, recibirá al hermoso huésped no ya como huésped, sino como esposo, para nunca más separarse del cual deseará antes ser arrancada de su pueblo y de su casa paterna, más aún, olvidada de sí misma, ansiará morir así, para vivir en el esposo, a cuya vista es preciosa la muerte de sus santos, aquella muerte, si cabe llamarla muerte, mejor plenitud de vida, en cuya consideración pusieron los sabios el oficio de la filosofía”.

 (Fuente: Pico de la Mirándola De la dignidad del hombre. Editora Nacional. Madrid, 1984, p.113).

 

TEXTO 12

LEIBNIZ: DISCURSO DE METAFÍSICA (1684[4]).

"XXVI. Tenemos en nosotros todas las ideas, y de la reminiscencia de Platón. -Para comprender bien lo que es una idea, hay que evitar un equívoco, pues muchos toman la idea por la forma o diferencia de nuestros pensamientos, y de este modo sólo tenemos la idea en la mente en tanto que pensamos en ella, y cuantas veces pensamos en ella de nuevo, tenemos otras ideas de la misma cosa, aunque semejantes a las precedentes[5]. Pero parece que otros toman la idea como un objeto inmediato del pensamiento que persiste cuando no la contemplamos[6] y, en efecto, nuestra alma tiene siempre en sí la cualidad de representarse cualquier naturaleza o forma, cuando se presenta la ocasión de pensar en ella. Y yo creo que esta cualidad de nuestra alma, en tanto que expresa alguna naturaleza, forma o esencia, es propiamente la idea de la cosa que está en nosotros, y que está siempre en nosotros, pensemos o no en ella. Pues nuestra alma expresa a Dios y el universo y todas las esencias de igual modo que todas las existencias. Esto está de acuerdo con mis principios, pues naturalmente nada nos entra en el espíritu de fuera, y es una mala costumbre que tenemos el pensar, como si nuestra alma recibiera algunas especies mensajeras, y como si tuviera puertas y ventanas. Tenemos en el espíritu todas esas formas e incluso desde siempre, porque el espíritu expresa siempre todos sus pensamientos futuros, y piensa ya confusamente en todo lo que pensará alguna vez distintamente[7]. Y no se nos podría enseñar nada cuya idea no tengamos ya en la mente, pues esa idea es como la materia de que se forma ese pensamiento. Esto es lo que Platón consideró de un modo excelente cuando expuso su reminiscencia, que tiene mucha solidez, con tal de que se la entienda bien, que se la purgue del error de la preexistencia y que no se imagine que el alma tiene que haber sabido y pensado ya distintamente en otro tiempo lo que aprende y piensa ahora. También confirmó su opinión mediante una bella experiencia, introduciendo un muchacho a quien lleva insensiblemente  a verdades dificilísimas de geometría acerca de los inconmensurables, sin enseñarle nada, únicamente haciéndole preguntas ordenadas y oportunas[8]. Lo cual muestra que  nuestra alma sabe todo eso virtualmente y sólo necesita animadversión[9] para conocer las verdades, y, por consiguiente, que tiene al menos las ideas de que esas verdades dependen. Incluso puede decirse que posee ya esas verdades, cuando sen las entiende como las relaciones de las ideas”.

 

26. ‑ Que nous avons en nous toutes les idées ; et de la réminiscence de Platon.

Pour bien concevoir ce que c’est qu’idée, il faut prévenir une équivocation, car plusieurs prennent l’idée pour la forme ou différence de nos pensées, et de cette manière nous n’avons l’idée dans l’esprit qu’en tant que nous y pensons, et toutes les fois que nous y pensons de nouveau, nous avons d’autres idées de la même chose, quoique semblables aux précédentes. Mais il semble que d’autres prennent l’idée pour un objet immédiat de la pensée ou pour quelque forme permanente qui demeure lorsque nous ne la contemplons point. Et, en effet, notre âme a toujours en elle la qualité de se représenter quelque nature ou forme que ce soit, quand l’occasion se présente d’y penser. Et je crois que cette qualité de notre âme en tant qu’elle exprime quelque nature, forme ou essence, est proprement l’idée de la chose, qui est en nous, et qui est toujours en nous, soit que nous y pensions ou non. Car notre âme exprime Dieu et l’univers, et toutes les essences aussi bien que toutes les existences. Cela s’accorde avec mes principes, car naturellement rien ne nous entre dans l’esprit par le dehors, et c’est une mauvaise habitude que nous avons de penser comme si notre âme recevait quelques espèces messagères et comme si elle avait des portes et des fenêtres. Nous avons dans l’esprit toutes ces formes, et même de tout temps, parce que l’esprit exprime toujours toutes ses pensées futures, et pense déjà confusément à tout ce qu’il pensera jamais distinctement. Et rien ne nous saurait être appris, dont nous n’ayons déjà dans l’esprit l’idée qui est comme la matière dont cette pensée se forme. C’est ce que Platon a excellemment bien considéré, quand il a mis en avant sa réminiscence qui a beaucoup de solidité, pourvu qu’on la prenne bien, qu’on la purge de l’erreur de la préexistence, et qu’on ne s’imagine point que l’âme doit déjà avoir su et pensé distinctement autrefois ce qu’elle apprend et pense maintenant. Aussi a-t-il confirmé son sentiment par une belle expérience, introduisant un petit garçon qu’il mène insensiblement à des vérités très difficiles de la géométrie touchant les incommensurables, sans lui rien apprendre, en faisant seulement des demandes par ordre et à propos. Ce qui fait voir que notre âme sait tout cela virtuellement, et n’a besoin que d’animadversion pour connaître les vérités, et, par conséquent, qu’elle a au moins ses idées dont ces vérités dépendent. On peut même dire qu’elle possède déjà ces vérités, quand on les prend pour les rapports des idées”.

 

 

 

[1] He often uses different terms to express the same thing. For instance, he calls the Idea form (εἶδος), genus (γένος), archetype (παρά-δειγμα), principle (ἀρχή) and cause (αἴτιον)” (Perseus  D.L. 3.1 [64]).

[2] Sobre exactamente este mismo asunto habla Nietzsche en el Crepúsculo de los ídolos. Apartado 2º: «El problema de Sócrates». §12. Y en [Humano demasiado humano II]: Miscelánea de opiniones y sentencias. Primera parte. §94.

[3]  Los propios órficos (cfr. Plat. Cra. 400c) propusieron la alternativa de que el cuerpo no es «tumba», sino «señal» (otro significado de sêma), porque es el vehículo a través del cual el alma se manifiesta.

[4] Fuentes: El Discurso de metafísica de Leibniz, aunque escrito hacia 1684 no sería publicado hasta mediados del siglo XIX, datando su primera edición del año 1846. En castellano tenemos la traducción de Alfonso Castaño Piñán (Aguilar, Argentina, 1955) y la de Julián Marías (Revista de Occidente 1942; Alianza editorial 1981, 1986). Tomamos el original francés (abajo) de una versión con la grafía modernizada.

[5] Alusión a Locke según el cual la idea es una realidad psíquica que sólo existe mientras es pensada.

[6] Afirmación de la tesis opuesta de origen platónico y cartesiana, ya que para Descartes: “l’idée est la chose même conçu”.

[7] Véase Monadología 7: “las mónadas no tienen ventanas por las cuales pueda entrar o salir algo”.

[8] Véase Menón 84a-85b. Si bien no se trata de un “muchacho” sino de un esclavo.

[9] “Animadversión” es un latinismo: animi versio ad (volver la mente hacia), basta con prestar atención. Noción muy próxima a la de simplex mentis inspectio de Descartes (Meditatio II). Basta tornar la atención y concentrarse en las verdades para conocerlas. Por ello a Leibniz no sólo se le ha interpretado desde el empirismo lógico (Russell) y desde el neokantismo (Cassirer) sino que se le ha tenido, igualmente, como precursor de la noción psicoanalítica del inconsciente o la chomskiana del innatismo lingüístico.

En cualquier caso, sea cual sea la interpretación de su filosofía, su sistema tiene una vocación pragmática, ya que fue concebido para servir de base a la reunificación de las iglesias cristianas.


 [A1]Sin duda alguna parafraseando El Fedón de Platón [64a-68b]. “En realidad, por tanto -dijo-, los que de verdad filosofan, Simmias, se ejercitan en morir, y el estar muer­tos es para estos individuos mínimamente temible” [Fedón, 67e].

 [A2] La anécdota  no es de Tales sino del escéptico Pirrón de Elis.

 

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