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            DAVID HUME: CRITICA DEL CONCEPTO DE CAUSALIDAD 

Simón Royo

 

            En el texto de Hume, en el que nos vamos a detener ahora, se viene a plantear la crítica que este filósofo lleva a cabo al concepto de causalidad. Con su crítica de la inferencia causal, Hume pone en entredicho la validez universal del razonamiento inductivo.

            Sigamos el razonamiento humeano[1] hasta llegar al tema de la creencia. Todos los razonamientos que se refieren a las cuestiones de hecho están fundados en la relación entre causa y efecto, pero nunca podremos inferir la existencia de un objeto de la de otro, a menos que estén conectados mediata o inmediatamente.[2] Por lo tanto, para entender estos razonamientos debemos entender también la idea de causa; y para ello tendremos que encontrar la impresión originaria de la idea de causa. Hemos de encontrar algo que sea causa de otro algo. Tras una infructuosa búsqueda no lo encontramos, no vemos ninguna conexión necesaria que necesariamente vincule la causa y el efecto.

            Tan sólo descubrimos que la idea de causa se deriva de alguna relación entre objetos. Y encontramos así tres circunstancias esenciales, requeridas para la operación de todas las causas:[3]

            1) La contigüidad en el espacio y en el tiempo.

            2) La prioridad en el tiempo de la causa con respecto al efecto.

            3) La unión constante entre la causa y el efecto.          

            En última instancia se verá que la conexión necesaria depende de la inferencia y no viceversa. Este es el caso cuando la causa y el efecto están presentes a los sentidos, en lo que están fundadas tales ideas. De esto, pues, se sigue que todos los razonamientos referentes a la causa y al efecto están fundados en la experiencia; y que todos los razonamientos de experiencia están fundados en la suposición de que el curso de la naturaleza continuará uniformemente igual.

            Concluimos que causas semejantes, en semejantes circunstancias, producirán efectos semejantes. Y merece la pena -afirma Hume- detenerse a indagar que es lo que nos determina a formar una conclusión de tan enormes consecuencias.

            Solamente la costumbre nos determina cuando suponemos que el futuro se conforma al pasado. La creencia establece una diferencia entre la concepción a la que yo doy mi asentimiento y la concepción a la que se lo niego.

            El ejemplo más claro que plantea Hume es el siguiente. Cuando veo una bola de billar moviéndose hacia otra, mi espíritu es llevado inmediatamente al efecto usual, y se anticipa a mi vista al concebir el movimiento de la segunda bola. Pero no hay nada en estos objetos, considerándolos en abstracto e independientemente de la experiencia que me lleve a formar tal conclusión. Incluso después de tener la experiencia de muchos y repetidos efectos de la misma clase, no hay argumento que determine a suponer que el efecto se conformará a la experiencia pasada. De aquí sólo podemos determinar que los poderes por medio de los cuales operan los cuerpos nos son enteramente desconocidos.

            Por consiguiente no es la razón la que guía nuestra vida humana sino la costumbre. Ella hace que la mente, en todos los casos, suponga que el futuro ha de ser conforme al pasado.           Llevada por el hábito, la mente va del objeto visible -que es una bola en movimiento hacia otra- a la anticipación del efecto usual -que es el movimiento de la segunda bola-.

            “La creencia surge en todas las cuestiones de hecho (experiencias) sólo de la costumbre, y es una idea concebida de una manera peculiar (mediante las leyes de asociación de ideas)”. La creencia es una idea concebida de forma mucho más fuerte que una fantasía o que una mera concepción; en realidad es algo distinto de la concepción, aunque no añade a esta última ninguna nueva idea. Tan sólo hace que la sintamos de una manera diferente, y la hace más fuerte y vivaz.[4] Y si empleamos de esta manera nuestra razón es porque no podemos evitarlo, esa es nuestra naturaleza.[5] La idea de causalidad es una relación natural.

            Todas las demostraciones que los filósofos han presentado en favor de la causalidad son falaces y sofísticas, cosa que Hume intenta poner de manifiesto al señalar los errores de las argumentaciones en su favor. Esos argumentos no son ni intuitiva ni demostrativamente ciertos y no proceden de la observación y la experiencia, es decir, no son ciertos en absoluto.

            La causa de algo implicaría un poder de producción que no se encuentra entre las cualidades sensibles de la causa, que son lo único presente. Es la influencia de ciertas relaciones (leyes de asociación de ideas) las que nos hacen pasar de un objeto a otro (las que los unen en la imaginación), aunque no haya razón[6] alguna para efectuar esa transición. La inferencia causal depende exclusivamente de la asociación de ideas.[7]

            La razón no puede concluir que la existencia de un objeto deba implicar la de otro. De manera que si pasamos inmediatamente de la impresión de uno a la idea o creencia en el otro, no es gracias a la razón sino debido a la costumbre[8] o principio de asociación. La costumbre actúa antes de que nos dé tiempo de reflexionar. Estamos acostumbrados a ver dos impresiones conectadas entre sí y la impresión o idea de la una nos lleva inmediatamente a la idea de la otra. La transición debida a la costumbre produce, junto con la experiencia presente y pasada, el fenómeno de la creencia. De la impresión presente recibimos la fuerza y vivacidad que caracteriza a la creencia.

            Hume sostiene que no hay ningún tipo de inferencia que nos lleve a sostener que los objetos son físicos y reales; que a ello nos lleva tan sólo el hábito (costumbre) y no la razón. Su distinción entre las relaciones de ideas y las cuestiones de hecho será la fuente de la separación entre nuestro conocimiento y la realidad. El tránsito de un orden epistemológico (teoría del conocimiento) a un mundo real (ontología) es más que problemático.

            El empirista escocés cae en el escepticismo al llevar el fenomenalismo hasta el final. El problema que la causalidad plantea es cómo el objeto puede influir en el sujeto. El empirismo culmina en solipsismo y escepticismo frente al mundo, no soluciona el problema sino que identifica el objeto con el sujeto reduciendo el primero a contenido de conciencia. Pero la crítica que lanza Hume al concepto de causalidad determinará el transcurso de la filosofía posterior a él, siendo un momento de la historia del pensamiento que no se puede pasar sin atender. Habrá que esperar a la llegada de Immanuel Kant para encontrar el primer intento de solucionar los problemas planteados por el último y más radical exponente del empirismo inglés.


 

[1] Cfr. Tratado de la Naturaleza humana. Libro I, parte III. Editora Nacional 1977 

[2] Hume, Op.cit. sección III, pág.182. “Es una máxima general en filosofía que todo lo que empieza a existir debe tener una causa de su existencia”. De entre las múltiples formulaciones de la causalidad, elige preferentemente Hume esta formulación que es la más antigua y la más rica en contenido metafísico, encontrándose ya en Parménides. Todo el estudio de la causalidad que lleva a cabo Hume se va a realizar sobre el plano de la causa eficiente. 

[3] Que son idénticas a las leyes de asociación de ideas. Cfr. Tratado, parte III, sección VI-93. 

[4] Hume, Tratado, parte III, sección VII-96. “Todas las percepciones de la mente son de dos clases: impresiones e ideas, y difieren entre sí solamente por sus distintos grados de fuerza y vivacidad... la creencia no hace variar sino el modo como concebimos un objeto, solamente puede proporcionar a nuestras ideas fuerza y vivacidad adicionales. Por tanto, una opinión o creencia puede definirse con mayor exactitud como idea vivaz relacionada o asociada con una impresión presente”. 

[5] Por eso dice Hume: “La filosofía nos haría enteramente pirrónicos si la naturaleza no fuera demasiado fuerte para tolerarlo”. Resumen del Tratado de la Naturaleza Humana, ed.Aguilar 1973, pág.43. 

[6] La razón no puede mostrarnos nunca la conexión necesaria de un objeto con otro. 

[7] Hume, Tratado, Parte III, Sección VI-93. “Los únicos principios generales de asociación de ideas son la semejanza, la contigüidad y la causalidad”. 

[8] Hume, Tratado, parte III, sección VIII-102. “Denominamos costumbre a todo lo procedente de una repetición pasada sin ningún nuevo razonamiento o conclusión”.

 

 

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