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HUME EN BREVE

Luis Fernández-Castañeda

            Para Hume el estudio más urgente es el de la naturaleza humana, pues precisamente de ella brotan todas las ciencias. De ahí que su primer y más importante libro de llame Tratado de la naturaleza humana.

            Es necesario estudiar la naturaleza humana aplicando el método experimental. Hume se encuentra muy influido por el éxito de la ciencia de Newton. Se trata de centrarse en la experiencia humana para sacar de allí conclusiones. Frente a Descartes, que era racionalista, Hume es el máximo representante del empirismo inglés. Para el empirismo, el conocimiento se basa fundamen­talmente en la experiencia, para el racionalismo en las ideas claras y distintas, que son innatas. Kant será el conciliador y el superador de estas dos corrientes.

            El segundo propósito fundamental de Hume es analizar el entendimiento para desembarazarse de la metafísica. Se trata de conseguir un criterio por medio del cual podamos desechar las ideas metafísicas como falsas. 

1. EL CONOCIMIENTO

1.1 ELEMENTOS DEL CONOCIMIENTO

 Percepciones: todos los contenidos de la mente.

Impresiones: clase de percepciones. Son las sensaciones, pasiones, emocio­nes. Impresión es este papel que veo ahora. Es esta tranquilidad que siento.

Ideas: clase de percepciones. Son las imágenes o copias que tenemos de las impresiones. E1 recuerdo de ese papel que veía, de la tranquilidad que sentía hace rato, todo eso son ideas.

            La diferencia entre impresiones e ideas es una diferencia de vivacidad o intensidad. Llamamos a la idea "recordar el papel blanco" una imagen o copia queriendo decir que es mucho menos vivaz e intensa esta percepción que la impresión "ver el papel blanco". Las impresiones siempre son más vivaces e intensas que las ideas. Impresiones de sensación: una clase de impresiones de origen desconocido. Yo veo una hoja de papel blanco, esa es una percepción de mi mente, pero ¿existe algo así como un papel en el exterior de mí mismo, fuera de mi mente, y que es el responsable de producir en mí esa impresión? No lo po­demos saber, por eso decimos que esas impresiones de sensación tienen un origen desconocido.

Impresiones de reflexión: una clase de impresiones producidas por el efecto inmediato en nosotros de una idea. Por ejemplo, al tener la idea de “Pedro, la persona que ayer me mintió”, se produce en mí una impresión: el sentimiento de rabia. En este caso conocemos el origen de la impresión: está en una idea previa. 

1.2 MODOS DEL CONOCIMIENTO

 Relaciones de ideas. Podemos relacionar ideas, como por ejemplo, esta­bleciendo una relación entre "todo", "mayor" y "parte". Decimos: "el todo es mayor que la parte". Las relaciones de ideas son verdaderas o falsas a priori (sin recurrir a la experiencia). No nos hace falta ir a la experiencia a ver si por casualidad damos con una parte que sea mayor que el todo. De la misma manera que su verdad es apriórica, su opuesta es una contradicción lógica: dadas la definición de "todo" y "parte", es lógicamente contradictorio que la parte sea mayor que el todo.

            Las proposiciones que contienen relaciones de ideas también son analíticas: su conclusión está contenida en el sujeto. Es decir, analizando la significación del sujeto "todo", vemos que se define así: "conjunto de partes". Centrándonos en el sujeto podemos llegar a la conclusión de que, por lógica, el sujeto “todo” ha de ser mayor que esas partes tomadas por separado. 

Cuestiones de hecho. Son proposiciones acerca del mundo exterior, por ejemplo: "llueve". Otro ejemplo: "el sol ha salido". Son a posteriori: es decir, para averiguar su verdad hay que recurrir a la experiencia. Son sintéticas, es decir, por más que analicemos el sujeto, -por ejemplo, "sol"-, no por eso llegamos a la conclusión -en nuestro ejemplo, que haya salido-. Mientras una proposición analítica no enuncia nada nuevo, ningún conocimiento nuevo que no estuviera ya en el sujeto, una proposición sintética sí que enuncia un conocimiento nuevo que no estaba incluido en la noción del sujeto. 

1.3 CRITERIO DE VERDAD 

            Puesto que las ideas son copias o imágenes de las impresiones, la fuente de todo nuestro conocimiento son las impresiones. Una idea de la que dudamos acerca de su verdad es fácilmente aceptada o rechazada según el criterio de Hume: si la idea proviene de impresiones, es verdadera. De lo contra­rio, es falsa. Las ideas se pueden reducir a impresiones. De las impresio­nes se derivan ideas. De esta manera Hume destruye la metafísica tradicio­nal, que contiene numerosas ideas para las que no es posible dar la impresión de que procede. Como no proceden de ninguna impresión, son falsas. De este modo destruye la idea de sustancia.

            La naturaleza humana tiene un impulso innato a relacionar ideas según su semejanza, su contigüidad espaciotemporal y/o su relación causa‑efecto.

            Los conceptos universales, como "casa", surgen de la semejanza que percibe la mente entre muchas ideas. E1 concepto "casa" no se refiere a una quimérica idea de casa como en Platón, ni a una disposición de la materia llamada “forma de casa”, como en Aristóteles, ni a una idea clara y distinta de lo que es una casa, como en Descartes. El concepto de "casa" significa: esta es la palabra que utilizamos para decir que hay una gran semejanza entre un montón de ideas que tenemos. El concepto no es más que la carpeta donde hemos agrupado unas ideas que nos parecen semejantes. 

1.4 LA CAUSALIDAD 

            La relación causa‑efecto era un modo de relacionar ideas, como habíamos dicho. Vamos a someter la causalidad al criterio de verdad que conocemos. Como es una idea compleja, habrá que descomponerla en sus ideas simples y luego ver de qué impresiones proceden esas ideas simples. Vemos que la causalidad contiene ideas de:

‑una contigüidad espacial. Para que el fuego sea causa del humo, ha de producirse donde se produce el humo, en el mismo lugar.

‑una prioridad temporal: es necesario que la causa preceda al efecto.

‑una conexión necesaria entre causa y efecto, que es la que nos permite concluir que una causa, como el fuego, tendrá necesariamente un efecto, que es el humo. 

            Pero la contigüidad espacial no es necesaria: si un sentimiento de odio es causa de una úlcera de estómago, no tiene sentido decir que el odio y la úlcera tienen que darse en el mismo lugar del espacio, puesto que los sentimientos, por definición, no se dan en el espacio.

            La prioridad temporal no aclara mucho la causalidad. Tampoco sabemos si para la relación de causalidad es esencial que la causa preceda al efecto. De modo que esta idea, la prioridad temporal, no parece algo fundamental en la idea de causalidad.

            La idea de conexión necesaria, por contra, es básica, a lo que parece. Pues enuncia que existe una conexión entre una causa y su efecto de tal modo que si se da uno tiene que darse el otro: la ebullición del agua en este cazo es un efecto del calor que le he aplicado encendiendo el fuego. Siempre que encienda el fuego, se calentará el agua. Hay una conexión necesaria entre el calentamiento del agua y el fuego.

            Sometamos la idea de conexión necesaria al criterio de Hume. ¿De qué impresión o impresiones procede? Nosotros tenemos una impresión: el fuego encendido. Después tenemos otra impresión: el agua caliente, que antes estaba fría. Pero de estas dos impresiones ¿se puede derivar la idea de conexión necesaria? En absoluto. Tenemos dos impresiones distintas, pero no tenemos ninguna impresión que consista en la relación necesaria de las dos. Nosotros sólo vemos el fuego, y después que el agua hierve, pero no tenemos ninguna impresión que relacione estas dos cosas. Más aún, si un día encendiéramos el fuego y luego viéramos que el agua se convertía en hielo, no habría contradicción lógica alguna en este hecho, solamente podríamos decir: hasta ahora veía el fuego y luego el agua hirviendo, hoy he visto el fuego y luego agua helada. ¿Dónde hay una contradicción lógica aquí? ¿Qué hay en las impresiones que nos diga que el fuego necesariamente tiene que calentar el agua? Puesto que la idea de conexión necesaria no procede de ninguna impresión, se trata, según el criterio establecido con anterioridad, de una idea falsa. No existe una conexión necesaria entre las impresiones, puesto que no tenemos ninguna impresión de la conexión necesaria. Dado que la idea de conexión necesaria era el fundamento de la relación de causalidad, hay que decir que la causalidad no tiene un fundamento racional, es falsa. En el mudo de nuestras impresiones nada es causa de nada, cada impre­sión es independiente de la otra: el fuego puede llamear, y el agua puede calentarse o no, pero no hay nada que nos diga que necesariamente ha de calentarse, puesto que no hay una conexión necesaria entre el fuego y el calentamiento del agua. 

            Ya no se puede hablar de causas y efectos. Hemos visto que la causalidad es una idea vacía, una idea a la que no corresponden impresiones, una idea falsa. Sin embargo, nuestra naturaleza humana nos empuja continuamente a establecer relaciones causa‑efecto. ¿Cómo, siendo la causalidad una idea sin justificación racional, puede la naturaleza humana, a pesar de todo, empujarnos a utilizarla? ¿No hemos dicho hasta ahora que el hombre era un animal racional? Pues si lo es ¿cómo utiliza una idea que la razón no puede garantizar? Esto se debe a que en nuestra experiencia siempre ha habido una conjunción constante de impresiones: a la impresión del fuego bajo el cazo de agua, siempre ha seguido la del agua caliente, y como siempre ha sucedido de la misma manera (conjunción constante de estas dos impresiones), la costumbre nos empuja a estable­cer la idea de que hay una conexión necesaria entre el fuego y el calentamiento del agua, y establecida la idea de conexión necesaria, el siguiente paso es decir que el fuego es la causa del calentamiento del agua. Vemos, pues, que no ha sido la razón la que ha establecido la causalidad, pues por sí misma nunca podría hacerlo (puesto que la causalidad no es justificable para la razón), sino la costumbre (o hábito) ¿Por qué procede de esta manera la naturaleza humana? Para facilitar la vida del hombre. La costumbre hace que saltemos de la conjunción constante a la conexión necesaria porque de este modo, si es necesario que al encender el fuego se caliente el agua, podemos adelantarnos al futuro. En efecto, ¿qué sería del hombre si no supiera a cada momento lo que va a ocurrir al siguiente? ¿Si, encendiendo el fuego, no supiera lo que iba a pasar: si el agua iba a calentarse, a enfriarse o a estallar? Para evitar esta inseguridad, la costumbre se encarga de establecer la relación causa-efecto. Pero ha de quedar claro que desde el punto de vista racional no tiene justificación. 

            Hume rechaza, por tanto, la teoría de las causas de Aristóteles. No hay causa material, formal ni final. Hay causa eficiente (de la que estamos hablando), pero sólo para la costumbre. La razón, sin embargo, tiene que declarar que la causa eficiente tampoco se puede afirmar, no es más que producto de la costumbre humana.

            Hume, por consecuencia, tampoco puede admitir las demostraciones de la existencia de Dios de Tomás de Aquino, que se basan en la causalidad (las cinco vías). En todo caso, dirá, la costumbre nos hace pasar de impresiones conocidas a impresiones también conocidas, y de causas conocidas a efectos conocidos, pero no podemos pasar de efectos conocidos a causas que no se conocen por costumbre, como es el caso de Dios. Y aun en el supuesto ‑que no es verdad‑ de que pudiéramos hacerlo legítimamente, de ello no podríamos concluir con necesidad lógica la existencia de Dios, del mismo modo que de un efecto no podemos concluir su causa con necesidad lógica, puesto que la conexión necesaria causa-efecto no existe.

 

1.5 LA CREENCIA Y LA IMAGINACIÓN

            Estamos encerrados en nuestras percepciones, en nuestra propia mente. No podemos saber si nuestras impresiones vienen de objetos exteriores a nosotros, pues tendríamos que decir que esos objetos externos serían la causa de nuestras impresiones, y resulta que la idea de causa no se puede utilizar racionalmente. Sin embargo, creemos firmemente que hay objetos exteriores, y que son la causa de nuestras impresiones. ¿A qué se debe esta creencia? Si el mantenimiento de la idea de causa se debía a la costumbre, el de la creencia en objetos exteriores no se debe a los sentidos (que no nos revelan la copia y el original, por decirlo así) ni a la razón (porque tenemos esta creencia sin necesidad de razonar ni de deducir nada), sino a la imaginación, que al tener sucesivas impresiones iguales (la misma impresión de árbol) acaba imaginado que hay un objeto externo llamado árbol, y por eso las impresiones que tenemos de él son siempre iguales, mientras ese objeto no cambie. También es cosa de la imaginación suponer que esos objetos externos existen continuadamente, que no dejan de existir al dejar de recibir impresiones de ellos. Se explica por la memoria. Ninguna de estas dos afirmaciones las puede hacer la razón, puesto que la razón lo único que puede decir es: ahora tengo la impresión "árbol". (Dentro de una hora): ahora tengo la impresión "árbol". (Reflexionando): estas dos impresiones son semejantes. Si vienen de un objeto externo o no, si son impresiones del mismo objeto o no, si esos objetos existen cuando uno no recibe impresiones de ellos o no, son cosas que la razón no puede decidir. Lo hace la imaginación, con el mismo fin que antes tenía la costumbre: facilitar la vida del hombre. Si el hombre no pudiera estar seguro de si el coche con el que quiere ir de viaje existe o no, si no estuviera seguro de que se trata del mismo coche, y de que va a permanecer siendo el mismo, la vida se haría un tormento. La costumbre y la imaginación son importantes porque, de ser por la razón, el hombre viviría en perpetua inseguridad sobre todo. 

            Si la razón no puede decidir la existencia de objetos, ni la de Dios, veremos ahora como tampoco puede aceptar la idea de yo. El camino que seguimos es el habitual: ¿de qué impresión procede la idea de yo? Noso­tros tenemos impresiones diversas, y lo expresamos diciendo: "yo veo un árbol", "yo veo un coche", etc. pero del yo no hay ninguna impresión. Nun­ca decimos "yo veo un yo". Por tanto la idea de yo, como no se puede derivar de ninguna impresión, no se puede justificar racionalmente. El yo alude a algo constante, invariable, que se mantiene siendo el mismo. Sin embargo, nada de eso encontramos en la experiencia: nuestras percepciones siempre son cambiantes, variables. ¿Cómo entonces surge la idea del yo, puesto que no puede surgir de la razón? De la memoria. Llamamos yo a la memoria de todas las impresiones que hemos tenido junto con todas las ideas. Con el análisis de Hume, el cogito de Descartes es inaplicable, puesto que para Hume la idea de un yo pensante carece de fundamento en la expe­riencia.

            Vemos que la filosofía de Hume desemboca en un escepticismo total: la razón no alcanza para decidir si hay objetos externos, si hay Dios, yo, alma, inmortalidad, etc. No sabemos de dónde proceden las impresiones de sensación. Con Hume, al contrario que Descartes, se llega a una conciencia clara de los límites de la razón. 

 

2. ÉTICA

 

            Las valoraciones éticas o morales se expresan en los llamados juicios de valor: "esto me parece bien", "esto es malo", etc. ¿Qué fundamento tienen estos juicios? Es decir, ¿en base a qué se emiten estos juicios? ¿Por qué se pueden emitir, qué criterios se siguen para saber si esto es malo o bueno, conveniente o inconveniente?

            Para la Grecia clásica, según vimos en Aristóteles, el fundamento de la ética está en la teleología de la naturaleza. Puesto que la  naturaleza tiende siempre a un fin y no hace nada en vano, hay que preguntarse, dado un caso concreto, por ejemplo una mujer que escribe una novela, qué fin alcanza. Si ese fin es el que le dicta su propia naturaleza., entonces es bueno. De lo contrario, será malo. Estudiando la naturaleza de todos los seres humanos, podemos averiguar sus fines, y por tanto estaremos en condicio­nes de emitir juicio morales válidos: conociendo sus fines, sabemos que si los persiguen realizan algo legítimo. Si no, hay maldad en sus hechos.

            Hume destruye la idea de causa, y por tanto, como hemos visto, la de causa final. Por eso el fundamento del juicio moral no puede ser para él la razón teleológica: la razón que conoce los fines de los seres y por eso puede juzgar moralmente sus acciones. Para Hume los juicios morales no provienen de la razón. Destruida la idea de causa final y de teleología, la razón no puede determinar nuestro comportamiento: la razón, literalmente, no sabe qué es lo que hay que hacer, porque ya no hay ninguna "finalidad natural" que cumplir. La razón ni nos mueve a actuar ni nos impide hacerlo. Sin embargo, vemos que los juicios morales determi­nan o impiden nuestra conducta, y a menudo nos dictan lo que hay que hacer. A1 decir "eso está mal hacerlo", el juicio moral nos impide realizar cierta acción. De aquí se ve que, puesto que la razón ni determina ni impide nuestro comportamiento, mientras que los juicios morales sí, los juicios morales no pueden provenir de la razón. Esta conclusión es de la mayor importancia: la razón, frente a toda la ética griega y medieval, frente a la moral provisional de Descartes o a la ética de Spinoza, no es el fundamento de la ética. Ética y razón son dos mundos distintos. Hume rompe así con toda la tradición.

            E1 fundamento de los juicios morales no es la razón, sino el sentimiento. El fundamento de los juicios morales no está en las cosas, en los hechos, sino en uno mismo, es subjetivo, es el senti­miento. El sentimiento es el que nos lleva a aprobar o desaprobar algo. Este sentimiento ante las cosas, que nos impulsa de un modo natural y desinteresado a obrar de un modo u otro, es el verdadero funda­mento del juicio moral. La ética se hace subjetiva con Hume, pero, como rasgo de la naturaleza humana, se trata de una subjetividad común a todos los hombres.

 

 

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