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DESPEJANDO EL ÁMBITO DE LA ÉTICA. A PROPÓSITO DEL VITALISMO Y DEL NAZISMO 

Mario Delgado Alonso

                    Doctor en filosofía                         

 

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Las siguientes páginas van dirigidas a aquellos lectores que se han acercado con suficiente interés a la filosofía y pueden abrirse a la comprensión del contenido y sus consecuencias, sin tener que recurrir a  conceptos básicos.

El objetivo principal es comparar el vitalismo y el nazismo para ver en qué medida son conmensurables. Aunque ha sido un tema recurrente,  no se ha realizado todavía un análisis pormenorizado. Los criterios analíticos que se van a utilizar son: el nacionalismo, la defensa de la crueldad, el rechazo de la compasión, y el antisemitismo. Para despejar el campo de la ética este es el elemento más relevante, dada las consecuencias infectas y lacerantes que generó el  nazismo, y el debate que ha suscitado a raíz de los contenidos del vitalismo y del nazismo.

Se defenderá también el vitalismo como una realidad teórica por  derecho propio. Incomprensiblemente, esta ética, que forma parte del vitalismo en su conjunto, no parece haber tenido –al contrario que otros elementos del vitalismo- la aquiescencia de los filósofos. Por tanto, se intentará aportar algunas hipótesis que puedan contribuir a una aclaración. Además haremos uso de ella para mostrar su importancia.

Se propondrá asimismo, y tan sólo como una posibilidad, La Ética Secular, solidaria y atea, para superar la dicotomía vitalismo-cristianismo. Con esa herramienta de nuevo cuño, que tome y, a la vez, deseche, lo que se considere netamente plausible en cada una de las éticas existentes. Este factor podría despejar un poco el campo de la Ética. Como resulta netamente  viable, se aprovechará y se podrá ayudar –o a  lanzar  alguna idea- que permita romper con la más que sabida confrontación entre el cristianismo y el vitalismo-, y saber hasta dónde se separan, y hasta dónde se acercan ambas instancias.                    

 

 

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         El cristianismo ha ido progresivamente quedándose solo. Sus más agrestes enemigos han sido el vitalismo y la Ética Secular. Por “Ética Secular”, como hemos visto, se entiende una forma de eticidad que se autodefine como atea y solidaria. En este sentido, retoma aquellos elementos del vitalismo  y del cristianismo que le parecen anuentes. De la misma manera, rechaza aspectos teóricos y prácticos de ambos. Parafraseando a Nietzsche, este acercamiento quiere ser un acercamiento para todos y nunca para nadie.

Que el cristianismo se ha ido quedando solo quiere decir grosso modo que se ha quedado sin contenidos. Quien primero le ha asestado un golpe muy duro ha sido el vitalismo. En Así habló Zaratustra aparece la frase más conocida de Nietzsche: “¡Dios ha muerto! (…)  y nosotros somos sus asesinos, ¿cómo consolarnos nosotros, asesinos entre los asesinos? (…), ha teñido con sangre nuestro cuchillo ¿Quién borrará esa mancha de sangre? La enormidad de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros?”.

         Nietzsche habla en plural y justifica de esa manera “la muerte de dios”,  porque tanto a nivel intelectual como en relación con la conciencia social el ateísmo fue caminando cada vez más rápido. De entre los intelectuales destacaron y destacan: Diderot, Voltaire, Helvetius, La Mettrie, D’Holbach, Bakunin, Feuerbach, Comte, Marx, Engels, el propio Nietzsche, y en el siglo XX algunos existencialistas, los posmodernos etc. Por eso Nietzsche no estuvo solo en el asesinato, aunque sí fue él quien cargó a dios al hombro conduciéndole hasta el sepulcro. Lo único que le queda al cristianismo occidental en propiedad son algunos preceptos morales que en la práctica ya le importan a poca gente. Y es que los contenidos positivos, como hemos dicho, ya otras éticas los han hecho también suyos.

El dios que se ha asesinado no era un dios romano, o un dios griego,    ni el dios del antiguo testamento; era nada más y nada menos que –en principio- un dios “bueno”, el dios de Jesús el judío. No era un dios borrachín, ni  vengativo, ni cruel, ni un apasionado de los desenfrenos sexuales. Con él se fue también su hijo (o a lo mejor el padre o el espíritu  santo, o los tres: los trinitarios).

Se ha ido contra el dios “bueno”, aquel que dicen que perdonaba, se compadecía, y amaba. Pero o bien se ha  cometido un desafuero, o bien se ha acabado razonablemente con el dios más peligroso, con el dios de Pablo, con el dios que Pablo propagó, con sus conocimientos de la cultura griega, como “buen” fariseo, como buen político, como buen romano, como buen heterodoxo.

          Los preceptos morales positivos han sido tomados también por la Ética Secular: compasión, solidaridad, amor y perdón. Por eso Benedicto XVI se equivoca cuando señala que la amistad y el amor son una demostración de que el hombre es un ser religioso.

  Los demás valores se los puede quedar: su rechazo de una eutanasia sana y digna, el rechazo de los anticonceptivos, su oposición a los matrimonios y a las relaciones homosexuales, su machismo y fundamentalmente, los prejuicios contra el cuerpo y el sexo. En Más allá del bien y del mal  Nietzsche alega con razón que sólo el cristianismo hizo de la sexualidad algo impuro. Y Nietzsche  ve a los cristianos como castradores, o, mejor, los acusa de ser “la metafísica del verdugo”. En palabras de Jesús: “Si tu ojo  te escandaliza, arráncatelo” (ver El crepúsculo…en página 67). En El crepúsculo de los ídolos se dice:” La moral al ir contra los instintos de la vida, contra los apetitos más bajos y más elevados es, en definitiva una rebelión contra la vida” (Prólogo). Asimismo, ya no podrá –después de la correría impía de Nietzsche- librarse del ataque sin medida de otros elementos idiosincrásicos veraces denunciados por este filósofo de la “sospecha”: el miedo a la vida, la invención de un mundo inexistente, de un mundo que además de ser inventado se presenta como verdadero, la moral del rebaño  etc.

        

                              

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         Lo que ha hecho el vitalismo es, entre otras cosas, visar la muerte de su mayor enemigo. El vitalismo ha tenido sus seguidores, pero no en el plano ético, sino en el ontológico. Los filósofos llamados “posmodernos” han retomado a Nietzsche, por propio rédito, en el “nihilismo pasivo”, para librar al mundo de las “grandes metanarrativas” en el sentido de Lyotard, y éste acompañado de toda una legión: Fukuyama, Vattimo, Deleuze, Derrida, Rorty, e incluso el posestructuralismo, con Foucault a la cabeza.     

         Que sean menos o más, carece de importancia. Dentro del campo de la filosofía,  los “posmodernos” han irrumpido con fuerza. Y es que la filosofía “posmoderna” ha sido de todo menos candorosa. No se les puede pasar por encima como un una piedra más. Que no se hayan adentrado en la Ética Vitalista, es una cuestión desconocida. Quizás porque podrían perjudicar a su mentor, quizás porque no se han denodado con la ética sanguinaria (sobre la que volveremos más adelante), o quizás porque han percibido que el enemigo ya no es la ética, sino la sacrosanta Razón y la propia filosofía.

         Han hecho lo mismo que Nietzsche,  el cual se dirigía a sus lectores hablando de “los filósofos” (como Rorty, que como es sabido, negó la propia filosofía), y es que los filósofos siempre son aquellos “con quien no se está de acuerdo”. En la actualidad, son Apel y Habermas quienes se han encargado de soportar este cáliz. Poniendo algunos ejemplos de cómo hacen filosofía los “posmodernos” podemos ofrecer cuenta de sus intereses teóricos bajo “la mirada” de Nietzsche.

         Foucault se centró en los elementos lingüísticos, interpretativos e indefinidos (cada interpretación conlleva a otra interpretación y así sucesivamente). Estableció su interés en la “genealogía” y en la subjetividad y, por supuesto, tenía que detenerse en la “crisis del sujeto” a partir del Übermensch (utilizamos el concepto alemán  porque su traducción al español ha sido versátil: suprahombre, ultrahombre, sobrehumano, superhombre).

         Por su lado, Deleuze, ve en Nietzsche el lado activo, afirmativo. Él afirma con fuerza la “voluntad de poder”; es la fuerza contra la fuerza, sin negación, ya que Nietzsche propone una afirmación -con mayúsculas- del ser.

         Finalmente, Derrida considera que el gran problema de Nietzsche  es el lenguaje (de hecho Nietzsche ataca al lenguaje utilizando el lenguaje), la gramática; la ilusión de alcanzar la verdad no es más que lenguaje; la lógica no es más que la esclavitud  en la cadena del lenguaje. La libertad de pensamiento es la superación del lenguaje.

         En la conciencia social el “posmodernismo” ha tenido mucha acogida; pero no porque haya sido causa de algo, sino más bien consecuencia. Y es que la sociedad occidental actual es “posmoderna”. Salvo algún que otro movimiento, han desaparecido las “grandes representaciones” y la muerte de dios y, entonces aparece el “Nihilismo”.           

 

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En cuanto a la compasión, en Aurora Nietzsche es rotundo: “Las armas fuertes detestan la compasión”.Y También: “la compasión es lo más humillante y degradante que existe”. “Cuando se compadece lo único que se que se consigue es que el sano sufra y, entonces, el dolor es doble”. Y no se trata sólo de rechazar la compasión sino de disfrutar cruelmente del dolor ajeno.   

         Si se trata de disfrutar con actos crueles, no habría manera alguna de ser, desde luego, compasivos. Sin embargo, la compasión es un sentimiento de fortaleza. En Humano, demasiado humano Nietzsche afirma que el enfermo busca las formas necesarias para causar dolor en el Otro, y que el dolor ajeno es siempre un gozo. Pero lo que busca el enfermo es ayuda, y respaldo, como es evidente, que el vitalismo se presenta como una psicología universal y, entonces, patina con facilidad. Que la compasión es debilitante a primera vista es cierto. Pero si nos paramos a pensarlo, rápidamente caemos en la cuenta de que la idea está totalmente equivocada. Lo que defiende Nietzsche es que ante el sufrimiento del Otro debemos permanecer impasibles, no congratularnos nunca con su dolor. No se trata ni siquiera de mantenerse alejado indiferentemente de quien sufre. La cuestión va más allá. Se trata de disfrutar de la crueldad. “La crueldad es uno de los  placeres más antiguos de la humanidad”. El rechazo de la compasión y el disfrute con la crueldad son los elementos más llamativos y peligrosos del vitalismo de Nietzsche. En Aurora afirma: “Para almas fuertes el mejor placer es la crueldad” Y: “la crueldad pertenece a la más antigua de las alegrías de la las fiestas de la humanidad”.

Sin embargo, la compasión es fortaleza, ya que cuando se actúa y logra éxito el sujeto actuante se siente enormemente fuerte. Y si no logra el éxito, se da una situación muy paradójica: no es el sujeto actuante el enfermo, es el enfermo quien necesita ayuda. El planteamiento pudiera parecer egoísta, pero no lo es en absoluto. Se va a seguir ayudando pero sabiendo que el primer amor de uno es uno mismo. Si no se está sano, no se entiende que se pretenda ayudar a quien está enfermo. Y si llegado el caso lo que se obtiene es una derrota, sólo hace falta “ponerse un escudo”, es decir, se permanece atento aún habiéndose protegido. Y aquí se sigue estando fuerte porque lo que está haciendo se llama defensa personal, y saber defenderse a uno mismo –sin dejar de ayudar al Otro- es una clara señal de fortaleza. Además, sin compasión la vida no tendría sentido. Resulta absolutamente inexplicable que no se haya prácticamente caído en la cuenta de estos dos elementos fundamentales del vitalismo

Y en este punto hay que ser explícitos: hay que dirimir si la ética vitalista es o no una ética sanguinaria. Ante lo dicho, la respuesta es claramente afirmativa. Nietzsche abogó por una ética que defendía la crueldad sin miramientos y rechazaba  de pleno la compasión. Sentía desprecio por los ancianos, los minusválidos, los deformes, los niños raquíticos, y los enfermos en general. Defendía la eutanasia pero no en los términos en que actualmente se la entiende: ayudar a morir cuando la persona se ve absolutamente incapaz de continuar con su dolor y pide su liberación, o no puede sobrellevar el no hacer nada más que estar en una cama sin poder mover ni pies ni brazos. Pero, desgraciadamente no es así lo que planteaba Nietzsche. En su afamado Anticristo su concepción sobre la eutanasia era un auténtico asesinato hacia personas que querían vivir.

 “Los débiles y malogrados deben perecer, artículo primero del amor a los hombres, y además se debe ayudarlos a perecer. ¿Qué es más dañoso que cualquier vicio? La compasión activa con todos los malogrados y débiles.”                                                                                                                                                     

Resulta curioso que en Humano, demasiado humano Nietzsche considera una crueldad el no asesinar a quien corresponde. Nietzsche defendió que los mendigos, por ejemplo, debían ser asesinados porque no nos gusta darles pero tampoco nos gusta no darles. Pero ya sabemos qué idea de eutanasia tiene Nietzsche y no merece la pena volver sobre lo mismo. Valga decir que ayudar al Otro que quiere vivir es un argumento  universalizadle y natural. Se intentará reforzar este argumento más adelante.

           Para comprobar el orilleo que se ha tenido con estos dos elementos, se ha realizado una correría en la web de sesenta páginas. Cincuenta y dos no nombran para nada la cuestión de la crueldad y la  irrecusabilidad de la compasión. Curiosamente, de las ocho páginas restantes, cinco nombran el asunto sin darle mayor trascendencia, y tan sólo tres se detienen un poco más. Todo esto demuestra que hacía falta un estudio más profundo de esta cuestión.

           Se sabe que Nietzsche padeció toda su vida de dolores de cabeza y de ojos, además de tener serios problemas de dolores estomacales con vómitos continuos. Incluso, como relata en Humano, demasiado humano, Nietzsche necesitó compañía para no desalentarse por la enfermedad, la soledad, y el desespero. Se le hubiese podido exigir que fuese consecuente con sus propias nociones.

         Los valores positivos del vitalismo los retoma también la “Ética Secular”: a mayor fortaleza psíquica más salud, cuanta menos ayuda se solicita más voluntad de vivir se tiene; si se plantea no ser cansino atraerá más ayuda  de la que contaba, y si lo que quiere es que no se le vea digno de compasión, sino continuar su vida como pueda, habrá dado tres saltos adelante. Pero no se puede negar la ayuda, la ayuda de quien está sano, y tiene una fuerte compasión. No podemos quedarnos indiferentes ante el sufrimiento del Otro, un sufrimiento que a todos nos puede llamar y ponernos la camisa de fuerza. Con lo dicho se puede afirmar que: “Nietzsche ha muerto. Nosotros le hemos asesinado. Somos los asesinos de todos los asesinos. Ha caído al suelo ensangrentado. ¿Quién nos lavará las manos de sangre?”

          Respecto al disfrute de la crueldad, en bastantes ocasiones Nietzsche en vez de argumentar racionalmente procede expresando actitudes. Escribir más con los sentimientos que con la Razón no resulta convincente cuando se está hablando de psicología. Y como Nietzsche parece considerarse el psicólogo universal induce a pensar que  todos  los hombres hacen el mal por puro placer. Este argumento no merece comentario alguno. Pero vamos a imaginarnos –ya que Nietzsche no lo hace- que la crueldad que defiende y admira en personajes como César Borgia, Napoleón, Julio César, cualquier emperador romano, (aunque Nietzsche nunca manifestó que hubiera existido un Übermensch),  la hace extensible a todo un pueblo o a épocas concretas. Así, leamos el siguiente texto donde Nerón llevó a cabo una auténtica sangría utilizando a los cristianos como chivos expiatorios acusados del famoso incendio de Roma:

 “Nerón tuvo la responsabilidad de haber iniciado la absurda hostilidad del pueblo romano, más bien tolerante en materia religiosa, respecto de los cristianos: la ferocidad con la que castigó a los presuntos incendiarios no se justifica ni siquiera por el supremo interés del imperio. Antorchas humanas, rociadas con brea ardiendo en los jardines de la colina Oppio, mujeres y niños vestidos con pieles de animales en las garras de las bestias feroces en el circo, fueron espectáculos tan horrorosos que suscitaron un sentido de compasión y de horror en el mismo pueblo romano”.

 

 

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En El nacimiento de la tragedia Nietzsche plantea lo que podemos denominar como “el problema de la cultura alemana”. En los inicios Nietzsche hace notar tal problema interpretando la cultura alemana como de una bajeza absoluta y un descarrilamiento evidente. Pero a pesar de ver el problema en los términos señalados, parece que concibe cierta esperanza. Le plantea a su mentor Ritschl que habría qué lograr la solución del problema aún “cuando algunos tendrán que perecer”.  No explica las razones de semejante solución (un  conflicto bélico quizás), pero sí parece tener un espíritu claramente nacionalista. En el prólogo Sánchez Pascual decide conscientemente dejar a un lado la esperanza de Nietzsche acerca de la restauración del mito germánico. En las otras obras prologadas, muchas de ellas por el propio Sánchez Pascual, no se hace mención al problema.

          Pero Nietzsche se plantea que Alemania pudo haber dominado Europa, y por culpa de una claudicación, los alemanes se orientan hacia la democracia, la formación de un Reich y por una música decadente. Alemania había apostado por una música romántica, cuando Nietzsche abogaba por la música propia de Grecia (fundamentalmente, la tragedia griega). Sea como sea, Alemania había caído en la bajeza más absoluta. De unas líneas a otras la esperanza se convierte en un derrotismo pronunciado. La contradicción entre lo que se quiere y lo que se puede produce vaivenes a veces pronunciados. Recuerda que en la Edad Media existía una Alemania “llena de violencia”, de espíritu dionisiaco.

         Pero Nietzsche señaló también cómo se filosofa con el martillo,  nombrado  en El crepúsculo de los ídolos, y en El nacimiento de la tragedia ve como Sócrates no comprendió nunca la tragedia; esta no pudo salvarse del socratismo. Y eso que Sócrates pertenece, por su procedencia, al pueblo más bajo  Sócrates era  “plebe”. Aquí Nietzsche deja ver con claridad su elitismo, el rechazo de la igualdad, la jerarquía de los valores aristocráticos que defiende.

Pero volviendo al tema, Nietzsche pone mucho empeño -en las Consideraciones intempestivas I por ejemplo-  en dejar claro que Alemania no ha cambiado por el hecho de haber ganado la guerra a Francia. No existe una cultura alemana porque no existe un estilo alemán a pesar de Goethe y Schiller. Por ello es necesario “volverse” alemán de verdad, construir la cultura alemana sobre los cimientos de Goethe, Lessing y Schiller, porque la instancia que está entre el individuo y la humanidad es la nación. Además el nacionalismo de Nietzsche es claramente racialista (no racista).  “Tenemos a la humanidad aria, enteramente pura, enteramente primigenia, y aprendemos que el concepto de “sangre pura” es lo contrario de un concepto inocuo (…) El cristianismo procedente de una raíz judía  constituye el movimiento contrario a toda  moral de la cría selectiva, de la raza (…) es la religión contraria por excelencia; el cristianismo es la “transvaloración de todos los valores”.

El espíritu apolíneo obnubiló la tragedia. Se presenta, entonces, la “guerra” entre dos instintos enfrentados,  y antagónicos: el espíritu apolíneo  y el espíritu dionisíaco. Y saltando tan sólo algunas líneas dice que hay posibilidades para el renacer la tragedia y esperanzas para el espíritu alemán.

Hasta que no se tome -continúa – el espíritu dionisíaco en serio, la cultura alemana no podrá reorganizarse, sólo queda la esperanza y la fe. En El nacimiento de la tragedia Nietzsche informa, nada más y nada menos, de que la música dionisíaca es el espejo de la voluntad del mundo. Y para  rematar la faena y no irse con las manos vacías, la solución pasa, entre otras cosas, por la expulsión de los extranjeros. No son extraños estos elementos xenófobos, sobre todo cuando el propio Nietzsche en La genealogía de la moral habla de la necesidad de un Estado liderado por “rubios  animales de presa”.

     En El nacimiento de la tragedia Nietzsche aduce que la música trágica  era algo propio del espíritu alemán hasta que algo inexplicable y horrible ocurrió y Alemania recoge para sí la contaminación y es cuando se habla de la música alemana. Y aunque el espíritu alemán se ha esforzado en desarrollar la tragedia, se ha visto abocado a la debilidad Pero la música alemana puede resurgir de sus cenizas. El espíritu alemán puede bañarse otra vez en la tragedia porque es la única forma para poder purificarse. Una medida que se debe tomar es la expulsión de los extranjeros; la xenofobia de Nietzsche sólo se puede encuadrar en la extrema derecha y en los movimientos fascistas. De la misma manera en las Consideraciones Intempestivas I  afirma que la abolición de la pena de muerte es un crimen contra la sociedad.

         Si por el contrario, nada fuera posible, si la cultura alemana no resurge, entonces, sólo le queda una cosa: la miseria. Y el hecho de que la cuestión se dirima en un pudo ser pero no fue parece generar indignación en Nietzsche.

Lo importante es preguntarse si Nietzsche era nacionalista o no, pero mientras mantuviera la esperanza, Nietzsche se muestra como un alemán acérrimo, un tanto contradictorio (recuérdese que el hartazgo le llevó a nacionalizarse suizo), que denuncia con rabia lo que percibe pero que busca y rebusca indicios de cambio. Y continúa el discurso con el mismo perfil. Diecisiete  años más tarde en El Anticristo, Nietzsche ve el presente alemán de la misma manera. Alemania padece una incultura manifiesta y los alemanes no son merecedores de creaciones artísticas verdaderas; la  cultura alemana es abominable, con la única excepción de las obras de Schiller y Goethe. Pero las obras de estos dos artistas son cosmopolitas y Alemania necesita construir primero su propia idiosincrasia.

         No se trata de construir una “cultura alemana” sino un “estilo alemán”. No hay nostalgia, sino un claro complejo psicológico, y un derrotismo, porque nunca ha existido una cultura alemana.

         Un elemento en el que claramente se perciben atisbos de nacionalismo es en  su idea de que el hombre debe realzarse un poco más de su animalidad, de hecho la humanidad no se ha liberado aún de la lucha por la existencia. Ser nacionalista no es sólo creer que la “patria” reúne todos los requisitos para convertirse en “nación”; es también desear  que esos requisitos existan aunque no se divisen.  Que a Nietzsche se le haya considerado por algunos como un antinacionalista consumado es debido a la manera particular y profunda con que Nietzsche expresaba sus pensamientos.  “Los alemanes son  enfermizos y decadentes pero también los más astutos” (El Anticristo). En El crepúsculo de los ídolos Nietzsche expresa esta idea más o menos en los mismos términos: “los alemanes tienen (…) virtudes más viriles que las que puede mostrar cualquier otro país de Europa (…) que podría ser el espíritu alemán, este pueblo se ha entontecido voluntariamente”.

         También hay que tener en cuenta una diferencia: las distintas formas de interpretar su acercamiento al pueblo. Nietzsche desea revalorizarlo culturalmente, mientras que Hitler quiere hacerlo tanto cultural como políticamente. Y es que Nietzsche fue un filósofo mientras que Hitler fue un político.

También en el Prólogo del Anticristo aparecen los dos elementos éticos moralmente sustanciales: la defensa de la crueldad y el rechazo de la compasión. Pero el filósofo alemán vuelve a lo mismo: La compasión nos debilita, dice en el Anticristo. La compasión es contraria a la teoría de la selección natural. Este darwinismo social está presente en muchos autores del XIX y buena parte del XX todos ellos deterministas biológicos: raciólogos, racistas, eugenésicos etc. y, en correspondencia rayanos al fascismo dentro del plano de la “ciencia”. Uno lo hizo desde la filosofía sin mayores cortapisas, directamente y con la escena adecuada. Y nos referimos por supuesto a uno de los gerifaltes del mundo académico, un punto negro dentro de la historia de la filosofía: Martin Heidegger. Ofreció todos los honores a Hitler en el discurso que pronunció como nuevo rector de la universidad de Friburgo una vez que, como se sabe, se agregó a las filas del Partido nazi. Lo que vino después fue el abandono del cargo, el silencio más absoluto y sospechoso y digno de analizar. Así, algunos intelectuales y políticos fueron por el mismo camino.

         Para quienes se acercan al mundo de la filosofía estas referencias, en el sentido de sus conocimientos, resultan ya triviales. Pero era importante añadir ese dato porque se trata de un problema controvertido. Así surge una pregunta: ¿Fue Nietzsche el primer punto negro en la historia de la filosofía? Se sabe que las relaciones entre el vitalismo y el nazismo son un tanto específicas. Por “relaciones” se hace referencia tan sólo a los puntos comunes que pueden tener, de otra manera y póstumamente, en el círculo del nazismo. Y de ahí que el problema Nietzsche-Hitler se haya convertido en una auténtica mácula.                                    

En ocasiones se plantea si fue Hitler el Übermensch interpelado por Nietzsche, pero no hay respuesta para una pregunta de este tipo, ya que  nunca se podría saber cómo hubiese reaccionado Nietzsche ante algo como el nacionalsocialismo.  Al mismo tiempo, interrogarse, como se ha hecho, si Hitler se vio influido por Nietzsche es algo harto complicado dado el alto nivel de poder que Hitler llegó a tener. Sobre este tema sólo se sabe que Hitler visitó varias veces los archivos de Nietzsche y que leyó algún que otro texto de suyo, manipulado, eso sí, por Elisabeth Förster-Nietzsche. Probablemente, Hitler sólo se limitó a confirmar sus ideas en la cabeza de todo un filósofo. Y  si existiera dicho paralelismo, entonces Nietzsche  quedaría aún más desacreditado a tenor de lo que hemos mostrado más arriba. Sobre ello se tienen que sacar consecuencias y obtener conclusiones.

En Así habló Zaratustra  -el más tedioso libro de Nietzsche-  explica qué es el Übermensch. Nietzsche recurre a la metáfora del niño. Entiende que en la humanidad se conjugan dos instancias psicológicas, que metafóricamente, llama la metáfora del camello, que ejemplifica al cristiano (débil, sumiso, se arrodilla): la otra metáfora la representa el león (el hombre fuerte): sin embargo hay una tercera que es el niño, el representante del Übermensch: arriesgado, juguetón, inocente, descuidado, independiente, con ansias de vivir. Aquí podemos hacer un regalo a Nietzsche: todo el mundo sabe que los niños además son crueles.

 Sólo cuando acabe el Estado comenzará la fortaleza en el hombre. Un hombre que acepta la venganza, el odio, la envidia etc. Según Nietzsche, todavía no se ha llegado al Übermensch. Esta aclaración que hace Nietzsche es importante, porque el Übermensch es sólo un modelo ideal, al que  se tendría que intentar  aproximarse; al igual que el “hombre bueno” de Jesús. En esta obra Nietzsche pone en boca de Zaratustra la opinión de que no hay nada más frecuente que hacer el mal, debido al placer que produce. No contento con esto, Zaratustra invita al egoísmo y a eliminar la noción de “amor al prójimo”. Es una auténtica pena que Zaratustra considere que el perdón es una lacra, cuando en realidad  el perdón es lo más sano en la vida.

Según Zaratustra, el criminal tiene que bajar la cabeza y hay que   mirarlo con desprecio. Debe morir lo más rápido posible para que no se asquee demasiado de sí mismo. Vuelve enseguida a argumentar contra los mendigos, en el mismo sentido anteriormente señalado: hay que acabar con los mendigos porque no nos gusta darles y tampoco nos gusta no darles.

Zaratustra también se opone a la justicia y a la igualdad. En Más allá del bien y del mal Nietzsche quiere cambiar, a propósito, el rumbo emancipatorio propio de la filosofía. “El filósofo tiene que dejar de lado la igualdad de derechos y la compasión de todo el que sufre, algo que los ha centrado hasta hoy”. No hubiese hecho falta que el principal exponente del talante anti-emancipatorio advirtiese de tal posibilidad, con la mala suerte de que los posmodernos actuales le hayan seguido -como se ha visto- en esta “alentadora” propuesta. Pero las dos instancias nombradas por Zaratustra no causan ambas dolor. Curiosamente, todo el mundo acepta que lo que causa dolor  es la injusticia, sabiendo por otro  lado, que la igualdad –sin tener en cuenta sus consecuencias- es un tema complicado pero nunca causa dolor tout court.

En otro orden de cosas, el profeta persa moldeado por Nietzsche reniega del dominio de la vida. Pero es evidente que el control de la realidad es nada más ni nada menos que el conocimiento. Y aunque el conocimiento depende de lo que se haga con él (muchas veces es muy positivo) es innato a la naturaleza humana.

Por último Zaratustra, es decir, Nietzsche, no desprecia las cualidades de los débiles; en realidad suelen ser muy sagaces, toman atajos y alcanzan el poder con inteligencia. Otra cosa es que tengan el talante y utilicen los métodos más adecuados, aceptando la fuerza y la vitalidad de los más fuertes. Este argumento era propio de muchos nazis, donde el odio a lo judío no era porque fuesen inferiores, sino auténticos competidores. Eran sagaces, astutos y “disparaban”” por la espalda.                            

   En El Anticristo Nietzsche considera que el dios de los judíos era una antítesis del “dios bueno”. Para él era el pueblo más notable de la historia de la humanidad; los judíos eran la vitalidad personificada, la antítesis de la decadencia. Se encerraron en sí mismos, fijaron los límites. Justo por eso los judíos fueron el pueblo más fatídico de la historia. Un pueblo con un dios que no sea beligerante es un pobre pueblo. Hubo una época en que dios era el dios del “pueblo elegido”, luego se extendió por todas partes y siguió siendo el dios de los judíos, de los insalubres.  Sin embargo, también se señala en el prólogo de La genealogía de la moral, que la maldad caracteriza al  sacerdote por excelencia, el sacerdote judío. El sacerdocio a lo que se dedica es a hacer el mal (2011: 73, 78) a la transvaloración de los valores de los “señores”. “Con los judíos comienza en la moral la rebelión de los esclavos”. También en el Anticristo Nietzsche señala que: “El cristianismo quiere hacerse el dueño de los animales de presa; su medio es ponerlos enfermos; el debilitamiento es la receta cristiana para la doma”.  

         Pero los  judíos fueron un pueblo notable, encerrado en sí mismo, con un dios fuerte. Los auténticos decadentes son los que no soportan la vida tal cual, porque la temen; entonces se unen entre sí para sentirse más protegidos, y también crean un mundo más compasivo. Y aparecen  los sacerdotes judíos que hacen suyo el mismo dios. Y de ahí surge el concepto de “pecado”, para asegurar la obediencia a los sacerdotes y a dios.  Se puede mencionar que Nietzsche alude repetitivamente al concepto de “moral” de una manera absolutamente equivocada: contrapone lo moral con lo inmoral. La moral sería lo “bueno” mientras que lo inmoral sería lo “malo”. Pero no existe lo inmoral: lo único que  existe es la moral “buena” y la moral “mala”. (Véase, por ejemplo Humano, demasiado humano, 2011: 73, 78, 89, 228). Pero Nietzsche no ceja en su ataque al judaísmo instaurado por los sacerdotes: En referencia al uso  de la dialéctica en El crepúsculo de los ídolos se afirma: “Solamente se elige a la dialéctica cuando no se tiene ningún otro recurso (…) Sólo puede ser legítima defensa en las manos de quien ya no tiene otras armas. Por eso, eran dialécticos los judíos”.

         El cristianismo no nace para ir contra los judíos sino que surge de los mismos judíos. Pero el cristianismo atentó contra el dios judío convirtiéndolo -en expresión de Nietzsche- en un “mojigato”. Nietzsche lleva  a cabo una expresión de actitud y no un argumento racional. Y deja al lector en una situación de desconcierto. No explica, por ejemplo, cómo logró el cristianismo sustituir un dios vitalista por un dios “bueno”. Sea como sea, este nuevo dios “bueno”, introdujo el pecado, y con él al verdugo, por lo que se tiene que esperar lo fatal: el castigo. Por ello, un dios “bueno” nunca podrá ser bueno, porque sus defensores le temerán. Quien nunca tiene nada que temer, hablando de las aguas que ahora nadamos, es el ateo. Pero el reino de los cielos está en la tierra y en el corazón de los judíos y los cristianos. En palabras de Jesús: “Me preguntáis dónde está el reino de los cielos. ¿No lo sabéis? ¡Miradlo, está entre vosotros!”

         En El Anticristo Nietzsche comenta cómo con la confabulación del cristianismo acabó la existencia del “pueblo elegido”, “el pueblo santo” un pueblo orgulloso de sí mismo. Pero  tras la muerte de Jesús debió haber quedado la sensación de que su objetivo era el de ejemplificar con la práctica, mientras los cristianos, los cristianos paulinos, prefirieron pensar que Jesús se había entregado para morir por los hombres. Aquí Nietzsche acierta de pleno al caer en la cuenta de que la idea de Jesús era ofrecer un modelo de vida, de muerte y de “lucha” para la salvación de su pueblo, el pueblo judío. Jesús, además, era consciente de la inevitabilidad de su muerte. Y sabía que su predicación iba a ser rechazada por una buena parte de su pueblo. Los judíos sólo tendrían un dios que estaba por encima de ellos; los griegos en cambio tenían varios y al mismo nivel. Jesús también sabía que su atrevida autodenominación como el Mesías, le iba a costar la vida. Pero Nietzsche estaba en lo cierto al afirmar que Jesús no murió por culpa de los demás, sino por su propia culpa, por haber atentado contra el poder.

Curiosamente Nietzsche ve a Jesús con buenos ojos, probablemente por su fortaleza, valentía, y capacidad para ofrecer su propia vida. Son los cristianos paulinos los que acabaron con el cristianismo primitivo cayendo en la más que absoluta decadencia y perversión. Pablo falseó el cristianismo. Y los judíos también: “Una vez más el instinto sacerdotal del judío perpetró tremendo gran crimen contra la historia. La idea del cristianismo primitivo  era la de promulgar la palabra de Jesús pero sin Jesús; pero Pablo falsifica la historia al hacer creer que Jesús resucitó. Es otro crimen de un judío.”

El  culpable de que se haya desarrollado el cristianismo es el judaísmo, aunque el cristianismo es el judaísmo triplicado. En este contexto Nietzsche se  emplea duramente con los judíos: “Así como no elegiríamos para nuestras relaciones a unos judíos polacos tampoco elegiríamos a unos primeros cristianos”. Y es que: “ni unos ni otros huelen bien”.

Desde que surgieron los ev-angelios (buena nueva) y judaísmo y cristianismo separaron sus rutas, porque lo retratados tras la muerte de Jesús, se convirtieron según el filósofo alemán en dis-angelios (mala nueva). Y es que para Nietzsche los evangelios murieron también en la cruz. Y lo que han hecho los cristianos posteriormente fueron sólo disangelios, y es que “El único cristiano que ha existido murió en la cruz ”. Lo que vino detrás no podía faltar- fue la proclama de Pablo defendiendo la resurrección; de ahí su conocida frase del Anticristo: “¿Si Jesús no resucitó de que sirve nuestra fe?”

         Nietzsche consideró a los judíos como decadentes. En el Anticristo  

afirma: los resentidos no son sólo enemigos del vitalismo, suelen ser pueblos de “la bajeza” pero con la suficiente visión inteligente para vencer. No son  -para utilizar el mensaje de Nietzsche- espíritus ascendentes, pero si muy sagaces y, por añadidura, peligrosos y astutos. Y es que Nietzsche no menosprecia –todo lo contrario- a los enemigos de la “buena moral”; el problema no es una cuestión de habilidades, sino de método y talante. Parece, entonces, que Nietzsche no niega las virtudes de los “decadentes”, aún cuando la moral que Nietzsche defiende es la moral aristocrática y su odio contra los “chandalas” es más que evidente. Pero no deja poco espacio para rechazar a los judíos. Los principales dardos van lanzados contra Pablo de Tarso, el romano, el judío. Pablo logró que el pueblo judío falsease la historia. No se conformó con la redención y defensa a ultranza de la muerte y la resurrección de Jesús, sino que buscó la forma de alcanzar el poder dentro del cristianismo. En páginas más adelante Nietzsche  lo llama “Pablo, el judío por excelencia…”

                                                       

6

 

 Mi lucha, el libro que Hitler escribió desde la cárcel,  muestra desde un principio a Hitler como un nacionalista consumado. El libro es a la vez una especie de autobiografía y un análisis político. Los resultados prácticos de tales ideas ya son conocidos. Sin embargo, el proceso de sus posiciones teóricas “finaliza” como un corolario cuando consideró que la causa de los problemas de Alemania y Austria eran los judíos. A partir de ahí surge -aunque en Mi Lucha no aparece más que el odio declarado y una imagen siniestra de los semitas- lo que luego da lugar al holocausto, a la tortura y al asesinato de millones de seres humanos inocentes.

 El resto de sus pensamientos políticos conforman lo que más tarde se convirtió en el comienzo de la segunda guerra mundial.

Antes, Hitler había investigado durante varios años la pobre situación de Viena, donde se familiariza con los postulados y prácticas de la Socialdemocracia y del parlamentarismo. Poco a poco Hitler comienza a conocer la realidad judía. En un primer momento, cuando lee los improperios hacia los judíos, no toma en consideración la realidad de este pueblo. Al comienzo Hitler es incapaz de distinguir ni un solo judío, pero sin mayores explicaciones llega un momento en que los distingue a lo lejos.

Hitler había leído, analizado y asistido a varias sesiones parlamentarias y las conclusiones que obtenía no eran precisamente halagüeñas. Hacía falta  –señala Hitler- un movimiento pangermanista. Y es que aunque analiza los diferentes aspectos políticos racionales, Hitler siempre tuvo como primados epistemológicos aspectos relacionados con el espíritu nacional, la voluntad, la vitalidad, la idiosincrasia activa, la raza etc.

Por ello cuando empieza a identificar a los judíos, se da cuenta que estos están por todas partes. Y es así como descubre que los mandatarios del parlamento eran judíos, que grandes empresarios también lo eran, y que muchos ocupaban puestos públicos en la administración etc. Pero fue, fundamentalmente, la presencia de judíos en el Parlamento y en el partido Socialdemócrata, lo que lleva finalmente a despejar dudas y a solucionar problemas teóricos. Además, comienza a detectar que los judíos no colaboraban a que las sesiones parlamentarias tomaran decisiones contundentes, sino que predominaban el tedio y la desidia, y que no había voluntad política. También a nivel extraparlamentario, algunos judíos opinaban negativamente sobre la tierra que pisaban y en donde trabajaban y vivían. A partir  de ahí Hitler se convierte en un ferviente y declarado antisemita.

 

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 En  conclusión, el cristianismo ya no tiene nada que aportar al mundo de la Ética. Los sacerdotes cristianos no son más que “sepulcros blanqueados”, que se han quedado sin dios y sin una moral sana que lo haga viable. El contrapunto aparece en Más allá del bien y del mal  donde la importancia más evidente de estas nociones es la idea de Übermensch.  

         A la ética vitalista de Nietzsche se le ha desatendido, y esto no sólo es una falta de respeto a una entidad teórica bien desarrollada, sino también una falta de responsabilidad que obvia sus contenidos. Unos contenidos que, por lo demás, son en amplia medida, sanguinarios: renuncia de todo lo que es “débil”, (enfermos de cualquier tipo, ancianos, minusválidos etc.) En palabras de Nietzsche: ¿Por qué para un hombre viejo que siente cómo se debilitan sus fuerzas, puede ser más digno esperar a que se opere su paulatino agotamiento y derrumbamiento, que poner un límite deliberadamente? Además, decir que la crueldad es un placer, o que ha estado entre los mejores placeres de la historia humana, introduciría un debate muy complejo, y, gracias a la suerte no va con los nuevos tiempos, que no son ya tiempos de “decadencia”, de “ascendencia” o “descendencia”, sino de desorientación.

 Otros aspectos resultan positivos, siempre y cuando se les tome con moderación: aceptar el sufrimiento como parte de la vida,  ser moderadamente individualista, o fortalecerse ante la lucha contra la adversidad. “Lo que no me mata hace más fuerte”, reza la famosa frase de   El crepúsculo de los ídolos. Sólo en este sentido se podría valorar el vitalismo.

         Sobre la comprensión coherente de los postulados de Nietzsche, que      algunos con cierta razón han calificado de contradictorios, se debe a la confusión entre “sagacidad” y “vitalidad” y a la ambivalencia con que Nietzsche trataba las mentalidades. Los débiles son sagaces pero no es ésta la cualidad que Nietzsche busca en el Übermensch. Un ejemplo de ambivalencia es el que sigue: “El hombre es el menos logrado de los animales, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus  instintos, desde luego, con todo eso, también es el más interesante”. Cual es la casuística que explique la razón de que, por ejemplo, Nietzsche llame “vengativo” tanto al hombre “superior” como al chándala (Ecce Homo, entre otros), o que sea anti-estado y anti-anarquista a la vez, es algo que sólo puede quedar en manos de grandes especialistas en Nietzsche o de ávidos lectores.

De los cuatro criterios anteriormente utilizados, ambas instancias, el  vitalismo y el nazismo, coinciden: el vitalismo fue nacionalista, defendió la crueldad, rechazó la compasión, y fue antisemita. Hitler (2003: 27) no buscaba un estado germanista porque lo daba por hecho  mientras que  Nietzsche (2012: 23) lo añoraba claramente. Todo esto se repite en Ecce homo, en “el juicio final”, pero Nietzsche nunca se hubiera declarado como un antinacionalista, ni tan siquiera un no-nacionalista (Cfr. Ecce homo). Hitler y Nietzsche  revoloteaban detrás del pangermanismo de distinta forma pero con los mimos deseos. Ambos, también, medían el nivel nacional a partir de su altura cultural.

Este sí es el auténtico y primer punto negro en la historia de la filosofía. La primera gran derrota. Sobran más palabras.

         Se ha considerado, finalmente, que la llamada “Ética Secular” abre el campo para una ética racional, actual y moderada. Reúne en un todo los elementos que aquí se han entendido como positivos.

 

Referencias Bibliográficas

 

HITLER, A. 2093. Mi Lucha. Primera edición electrónica en castellano. Jusego-Chile.

 

NIETZSCHE, F. 2012. El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza Editorial

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NIETZSCHE, F. 2000. Consideraciones intempestivas I. Madrid: Alianza Editorial.

 

NIETZSCHE, F. 2011. Humano, demasiado humano. Madrid: Ediciones Escolares.

 

NIETZSCHE, F. 2011.  Aurora. Barcelona: Alba Editorial.

 

NIETZSCHE, F. 2011.  Así habló Zaratustra. Madrid: Ediciones Ibéricas.

 

NIETZSCHE, F.2012.  Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza Editorial.

 

NIEZSCHE, F. 1987.    La genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial.

 

NIETZSCHE, F. 1999. El Anticristo. Madrid: Alianza Editorial

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NIETZSCHE, F. 2010. El crepúsculo de los ídolos. Madrid: Edaf Ediciones.

 

NIETZSCHE, F.  2011. Ecce Homo. Madrid: Alianza Editorial.

 

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