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De Weber a Freud, dos metodologías para una filosofía de la Historia

Javier Fisac Seco

La civilización en progreso o en decadencia. Fue  uno de los grandes temas que se trataron a lo largo de los siglos XIX y primera mitad del XX. De Hegel a Hitler, pasando por Comte, Darwin, Marx, Bakunin, Gobineau, Chamberlain, Nietzsche, Berdiaeff,  Spengler, Belloc, Mussolini, Rosenberg y tras él, el triunfo del nazismo en una civilización en la que, en expresión del Duce, publicada en su artículo “Forza e consenso”, “…el hombre está cansado de la libertad”. Magnífica síntesis para anticipar la antítesis que nos anunciaba el triunfo de los totalitarismos en el siglo XX. Con estas apocalípticas palabras el fascismo, anticipándose al nazismo, anunciaba el fin de la Historia. Al menos de la libertad. Grandes palabras que lo único que desencadenaron fue el caos.

Pero ¿qué es una civilización? Recurriendo a la dialéctica materialista, sería un conjunto compuesto de infraestructura y superestructura. En la que, si la infraestructura es el soporte real de la superestructura, el desarrollo, estancamiento o subdesarrollo de ésta marca el estado en el que se encuentra toda civilización. Superestructura es lenguaje, pensamiento, literatura, arte, cine, moda, vestido, desnudo, música, derecho, filosofía, teología, ciencia, moral, placer, sufrimiento…y todo un sistema de valores representados por dos ideologías en proceso de negación: la monoteísta o divina y la progresista o humana.

Ocurre, y no es difícil de comprobar, que allí donde ha dominado o sigue dominando la ideología monoteísta la civilización está atrofiada. Es una civilización sin Historia, sin pensamiento, sin filosofía, sin literatura. Estas civilizaciones elaboran sus propios valores no para transformarse a sí mismas sino para permanecer en un tiempo estático y estéril. La dialéctica está atrapada en un círculo vicioso en el que la dinámica entre la tesis y la antítesis no se resuelve en una síntesis. Una nueva civilización. Porque toda antítesis, toda amenaza por negación de la civilización monoteísta, es destruida antes de que pueda madurar. Sólo los herejes y la formación de los Estados modernos, a partir del Renacimiento, fueron capaces de romper el caparazón prehistórico de la civilización teológica. La Edad Media, dominada por la teología, fue una edad sin Historia y cuando en su seno empezó a crearse la Historia fue como negación. Como destrucción del mundo medieval. El mundo islámico todavía permanece atrapado. De ahí su atrofia.

Si en ausencia de represión, todos buscamos el placer, no será difícil demostrar que la búsqueda de la felicidad es, en el proceso de desarrollo de las civilizaciones, un motor del progreso. Un motor frenado por la represión que ejercen las religiones monoteístas contra el placer. La paradoja es que estas mismas religiones prometen la felicidad sólo que, inalcanzable en la vida, la prometen en la muerte. Hasta el punto de que las religiones se crean para impedir que seamos felices y se justifican causando todo el sufrimiento posible.

“El placer, sin embargo, contiene un elemento de autodeterminación”, en expresión de Marcuse, citando a Freud. Yo aún iría más lejos, porque el placer contiene la necesidad de libertad individual, de autosatisfacción y de realización personal. La libertad individual es indivisible de la libertad sexual. Si un individuo no puede decidir sobre su propia sexualidad es que no es libre, porque la libertad es autonomía y emancipación individual en el ejercicio de los derechos individuales.

El potencial revolucionario fue admitido por el mismo Freud en la elaboración de su relación dialéctica entre el Principio del placer y el Principio de la realidad. Durante la cual ésta se impone a aquélla para no desestabilizar la civilización o el orden social. Curiosamente, la represión sexual tiene la misma función final que toda religión monoteísta: guardar el orden social dominante, que siempre está construido sobre la explotación económica, la dominación política y la represión moral/sexual.

El carácter reaccionario de esta civilización, al imponer la represión sexual, obstruye el progreso como liberación económica, liberación política y liberación moral/sexual. La civilización podrá progresar tecnológicamente e incluso en formas democráticas de gobierno, que en sí mismas y sin la sustancia de los derechos individuales, no amenaza al Poder de dominación, que lo contiene, por lo que deberíamos distinguir entre civilización en desarrollo y civilización progresista.

Esta se construirá con el desarrollo del pensamiento político y de la lucha de clases sobre las revoluciones políticas e industriales, ideológicas y tecnológicas, en sus primeras fases, y en una tercera fase como consecuencia de la libertad moral y sexual. Sin esta tercera, el progreso en la civilización permanecería estancado. Y lo que aún sería peor, sobre ellas, y contra las libertades, se construyeron las formas de totalitarismo, fascismo y nazismo, y hoy se pueden construir nuevas formas de totalitarismo religioso o teocrático. En la lucha del individuo por liberarse de la represión sexual, lucha contra la moral que le reprime y al luchar contra esta moral está luchando contra el orden social dominante.

Me pregunto, qué ocurriría en la civilización musulmana si un día todas las mujeres decidieran quitarse el símbolo religioso de dominación que las oprime, el velo, y qué ocurriría si un día los hombres y mujeres de la civilización occidental decidieran salir desnudos a la calle o simplemente en tanga fueran a trabajar, a pasear y a las reuniones de ministros y de la ONU. Qué significaría, si un día en el Estado vaticano, hombres y mujeres, encabezados por el papa de turno, fueran desnudos o simplemente en tanga.

En este sentido la lucha por la libertad sexual es un motor en el progreso de los seres humanos. El hecho de que el sicoanálisis puede ser utilizado no sólo para “normalizar” la conciencia reprimida sino para tomar conciencia de que estamos reprimidos y que esa represión está potenciada por la moral religiosa al servicio del Poder, es un argumento más de que la lucha por la libertad sexual es una lucha contra la dominación económica y moral.

La dialéctica freudiana (y eran tiempos dialécticos: Hegel, Marx, Darwin, de otra manera, Weber, a su manera, Freud, en los que cada cual intenta crear una filosofía de la Historia) arranca con la construcción de la estructura de la personalidad sobre dos principios antagónicos; uno individual, que es el Principio del placer, y otro social, que es el Principio de la realidad. Este, en términos marxistas, es la superestructura.

La felicidad, sin embargo, es una promesa irrenunciable por parte de las religiones monoteístas. De hecho es el motor que justifica la función social de estas religiones cuya misión es la de “regular nuestras vidas para salvar nuestra alma”. Salvación en la que se  supone que se alcanza la felicidad. El cielo es el Paraíso en el que se encuentra  la felicidad, porque ésta ha sido prohibida en la Tierra después del pecado original. Y así comienza el Génesis o el origen religioso de la Historia de la Humanidad. Una Historia teleológica porque  su desarrollo está predeterminado por la providencia divina. Nada puede producirse contra la voluntad de dios, desarrollada en su plan divino.

La Humanidad ha sido expulsada del Paraíso, expulsada de la felicidad. En aplicación de esa condena no existe posibilidad de ser felices en la Tierra. Paraíso prometido por las religiones. Es el “Fin Ultimo sobrenatural”, según lo define la doctrina católica. El problema es que la felicidad que proponen no es placer sexual sino una felicidad contemplativa, espiritual, asexuada, un estado de perfecta quietud. La felicidad, desprovista del Principio del placer sexual, pasa a ser una promesa religiosa reprimida. Sublimada en el objetivo final. La muerte. Que se supone que es el más allá.

Freud hizo un gran descubrimiento dialéctico al descifrar el conflicto existente entre el Principio del placer y el Principio de la realidad y creó una metodología, el psicoanálisis, para analizar esa relación en el individuo; pero como el individuo es un ser social cuya personalidad está determinada, desde su nacimiento, por la moral dominante, la civilización en términos freudianos, el psicoanálisis trasciende al individuo al poder ser aplicado a la sociedad como una metodología de la sicología de masas.

Ocurre, sin embargo, que Freud elaboró una teoría de la civilización, pero de la civilización monoteísta. Y este detalle, a pesar de su recurso a los mitos, no lo debió de tener en cuenta. Y es muy importante porque su dialéctica psicoanalítica sólo es posible en estas civilizaciones y no es aplicable a las que las precedieron o nunca fueron monoteístas.

En Egipto no existía antagonismo entre el Principio del placer y el de la realidad, ni en las ciudades griegas y luego en el mundo romano. El mundo mediterráneo no conoció esa negación freudiana. Sencillamente porque la realidad no negaba el principio del placer. Las civilizaciones, empezando por sus mitologías, se habían construido a partir de la afirmación de que el placer sexual era lo más importante que se podía conseguir. La realidad estaba impregnada por la satisfacción de este deseo. Y esto pudo ser así porque las religiones no elaboraron un código de conducta que determinara la vida de los humanos.

Y menos aún una moral basada en la represión sexual. En el mundo no monoteísta no era concebible la sexualidad ni como perversión ni como obscenidad. El individuo no estaba disociado, enfrentado patológicamente contra sí mismo, entre su deseo de placer y una moral que lo condenara. Woody Allen aquí no tendría sentido. Tal vez fuera esta una de las razones por las que la crueldad no era usual en el mundo mediterráneo, a diferencia del asiático, ni se conociera el sadomasoquismo.

Son cientos los libros griegos que tratan del placer como lo más deseable, como el motor de la vida de cada ser humano. Para Píndaro (Pitias, I, 99) la felicidad era el primer objeto que había que esforzarse por conseguir. Para Solón, Píndaro, Baquílides, Simónides… el gozoso disfrute de la vida fue considerado como una de las posesiones más dignas de ser conseguidas. Como escribe Hans Licht en su libro Vida sexual de la antigua Grecia, “La íntima naturaleza de los griegos es la sensualidad desnuda, la cual, verdad es, rara vez se convierte en brutalidad…la sensualidad o sus manifestaciones en la vida no es refrenada por rigurosas leyes estatales o por la hipócrita condena de la opinión pública…toda la vida de los griegos representa únicamente su exultante credo de sensualidad.” Heracles, el héroe nacional griego, se complació grandemente en la sensualidad esposándose con cuantas mujeres le placían, con las que engendró gran número de hijos, y complaciéndose con los efebos, Jolaos, Hylas, Admeto y otro gran número de ellos.

Según Timeo, citado por Licht, era costumbre entre los tirrenos que las criadas sirvieran a los hombres desnudas. Esto lo confirma Teopompo que añade: “Había una ley entre los tirrenos estableciendo que las mujeres eran propiedad común. Estas otorgaban el mayor cuidado a sus cuerpos y a menudo practicaban ejercicios gimnásticos junto con los hombres, y con frecuencia ellas solas, pues no consideraban vergonzoso mostrarse desnudas. No comían con sus maridos, sino con cualquier hombre que se hallara presente, y bebían con quien les parecía bien; eran muy aficionadas a la bebida y muy hermosas.

Los tirrenos crían a todos los niños que nacen, con frecuencia sin saber quién es su padre. Cuando son adultos, viven del mismo modo que quienes les criaron, a menudo se reúnen para beber, copulando con todas las mujeres que encuentran. No se considera censurable entre los tirrenos la relación abierta con los efebos, ya sea activa o pasivamente, pues la pederastia es costumbre del país. Y tienen tan poco pudor en lo que respecta a asuntos sexuales, que cuando el amo de la casa está gozando de la compañía de su mujer y alguien llega preguntando por él, le dicen tranquilamente que está haciendo esto o lo otro, mencionando cada acto sexual por su nombre.

Cuando están con amigos o parientes su costumbre es la siguiente. Una vez han dejado de beber y se van a la cama, los criados les traen cortesanas, hermosos efebos, o mujeres mientras aún arden las lámparas. Cuando se han recreado lo suficiente con ellos, traen jóvenes en la flor de la vida y dejan que gocen de estas cortesanas, mancebos o mujeres. Rinden homenaje al amor y al comercio sexual, a veces mirándose unos a otros, pero en general descolgando cortinas que penden de postes sujetos a las camas.”

Aristóxenes, en su “Vida de Arquitas” pone en boca de Poliarco las siguientes palabras: “…que la propia naturaleza exige que hagamos del placer lo máximo de nuestra vida. La mayor exaltación posible del sentimiento del placer es el objetivo de todo hombre inteligente, pero suprimir el deseo del placer no implica inteligencia ni felicidad…” Evidentemente, la civilización griega, y por extensión la mediterránea, hizo del placer la base de su vida, creando de este modo una cultura de la vida sin conflicto entre la realidad y el deseo. Ausencia de conflicto sexual que encontramos entre los dioses del Olimpo, creados por los griegos a su imagen y semejanza.

Volviendo a Freud y a nuestra civilización monoteísta, como la clave del cambio está en el conflicto, ya demostrado por Darwin y Marx, el conflicto entre el deseo de placer y la moral represiva hace que la lucha sea ese motor de la historia. Estos tres conflictos, el darwinista, el marxista y el freudiano, se contienen en uno: la lucha por la supervivencia, biológica, económica y moral, como un gran motor del progreso dialéctico de la humanidad. En otros términos, la evolución de la Humanidad ha pasado y está pasando por tres fases: una primera de evolución biológica, orgánica y anatómica, que caracteriza el proceso de hominización biológica; una segunda fase de evolución tecnológica y científica, que acaba trascendiendo a la anterior porque que el proceso biológico ya no es racialmente significativo, y la tercera fase, de evolución política, ideológica y sexual.

Esta evolución es, en mi opinión, la que nos hace ser cualitativamente diferentes del animal. La que nos hace humanos. Porque podemos tener la forma biológica y racial humana y desarrollo científico y técnico pero si no evolucionamos políticamente, ideológicamente  y sexualmente permaneceremos en un nivel más próximo al animal que al humano. El momento en el que el homínido transforma el instinto en conciencia reflexiva y crítica y la reproducción biológica es sustituida por el deseo de placer, es el momento en el que empieza a ser humano y a hacer historia. La conciencia del yo, la conciencia de existir como animal diferenciado del contorno y de los demás animales nos hace humanos. Sin conciencia y sin placer sexual no puede existir lo humano.

Esta evolución la hizo posible el aumento de la población con el que se superó la ansiedad por la supervivencia de la especie, el apareamiento con fines reproductivos de la especie, que era un motor social, ya no era necesario. Es muy interesante observar que las guerras entre civilizaciones empezaron a ser posibles cuando la reproducción excedente garantizaba la supervivencia de la especie a pesar de las muertes. El ser humano en condiciones de haber superado la lucha por la supervivencia transforma el apareamiento en un juego sexual en el que el deseo de placer es lo único que importa. Es un tema para la reflexión. Pero  ahora sólo quiero fijarme en un aspecto: la libertad de conciencia y la libertad sexual como potenciales motores de la Historia humana.

La revolución psicoanalítica y su revolucionaria teoría sobre la sexualidad han ocurrido a partir de Freud, gracias a él y a su pesar. A su pesar, porque él mismo trató de desviar el psicoanálisis de su función analítica, transformándolo en un instrumento represivo. A pesar de él y gracias a él su revolucionaria aportación fue desarrollada por la escuela freudomarxista. Que se encargó de ratificar el potencial revolucionario de la lucha por la libertad sexual contra sus potenciales enemigos: el Estado, el Poder y Dios. Si esta unidad triádica, enemiga del placer, no tuviera claro el potencial revolucionario que éste tiene no lo desprestigiarían, reprimirían, perseguirían y destruirían.

Según Freud, el Principio del placer o deseo sexual es el motor de la conducta humana desde el nacimiento porque todos los seres humanos nacemos sexuados. W. Reich entendió en términos políticos que el deseo de placer se reprimía por razones políticas. Porque la represión sexual está al servicio de la dominación. Les faltó a los dos entender que  la represión moral, presentada como ideología dominante, es de origen religioso.  Si la moral represiva es un instrumento de dominación, si el Estado necesita reprimir para dominar, es porque la represión sexual es una forma de dominación, no sólo moral, sino también política. No existe Poder sin religión. Ni religión sin Poder. Por todo ello, no sería difícil entender que si la civilización es represiva porque se comporta como negación del placer sexual, el motor, uno de los motores determinantes, del progreso de la civilización reside en el deseo de placer.

Al ser la represión sexual una represión política, todo proceso de lucha contra esa represión supone una toma de conciencia de la propia identidad del yo, de su propia conciencia revolucionaria contra una civilización, ideología o moral reaccionarias. Si en expresión de Reich y de Marcuse un individuo reprimido es un individuo dominado porque se identifica con la conciencia de clase del dominador, un individuo no reprimido tendrá conciencia de clase. Será una conciencia revolucionaria.

La lucha por la libertad sexual es una lucha política. Tal vez Freud no lo entendió así porque fue un hombre de ideas revolucionarias y de mentalidad conservadora, algo así como Rousseau, pero Reich, Marcuse y la escuela de Frankfurt sí lo entendieron. De ahí el freudomarxismo. En Eros y civilización Marcuse, interpretando a Freud, dice lo siguiente: “De acuerdo con Freud, la historia del hombre es la historia de su represión. La cultura restringe no sólo su existencia social, sino también la biológica, no sólo partes del ser humano sino su estructura instintiva en sí misma. Sin embargo, tal restricción es la precondición esencial del progreso. Dejados en libertad para perseguir sus objetivos naturales, los instintos básicos del hombre serían incompatibles con toda asociación y preservación duradera…la cultura no puede permitir la gratificación como tal, como un fin en sí misma, en cualquier momento. Por lo tanto, los instintos deben ser desviados de su meta, inhibidos en sus miras. La civilización empieza cuando el objetivo primario – o sea, la satisfacción integral de las necesidades- es efectivamente abandonado” (pg. 25). Y en la 35 añade, “Los principios últimos que gobiernan el aparato mental: el principio del placer y el principio de la realidad…la sexualidad conserva su lugar predominante en la estructura instintiva. El papel predominante de la sexualidad está enraizado en la misma naturaleza del aparato mental como tal Freud lo concibió: si los procesos mentales primarios están gobernados por el principio del placer, ese mismo instinto, que, al operar bajo este principio, sostiene la misma vida, debe ser el instinto de la vida”.

Es una contradicción afirmar al mismo tiempo que el placer es el motor humano y que la civilización necesita reprimirlo porque de lo contrario sería destruida por la satisfacción de los placeres. La represión no puede ser la “precondición esencial del progreso” sino su obstrucción. Parece confirmado por la civilización griega. Mucho más desarrollada y civilizada que la civilización cristiana durante los oscuros siglos medievales hasta las revoluciones del siglo XIX. Freud confunde civilización con progreso.

Si el Principio del placer, como principio dinámico, es el motor de la conducta individual, no es posible que el Principio de la realidad, un principio estático, pueda ser la causa del progreso. La civilización ya existía muchos siglos antes de que el placer fuera calificado como perversión. Sólo en un pueblo-nación irrelevante existía esa concepción, el judío. Cuando el placer pasó a ser una perversión, perseguida por el totalitarismo cristiano, el progreso humano se detuvo. La civilización clásica retrocedió hasta las cavernas prehistóricas. Atrofiada permaneció en torno a la contemplación teológica y las hogueras en las que se incineraban los librepensadores, hedonistas y herejes. El progreso, como Prometeo, como el árbol de la ciencia del Paraíso bíblico, estaba prohibido a los humanos.

La sexualidad no está “depositada” en un estado no represivo previo al progreso de la civilización represiva, como parece entender Freud. En mi opinión, la sexualidad está potencialmente contenida en los órganos sexuales en una fase instintiva previa al desarrollo del placer sexual. Y lo mismo podemos decir del pensamiento o capacidad para reflexionar que no estaba desarrollado ni contenido en el cerebro en un estado primitivo antes del progreso de las civilizaciones.

Lo que ocurrió, y sigue ocurriendo en el caso de los seres humanos, es que tanto la sexualidad como el pensamiento se desarrollan a partir de desvincularse de los actos reflejos instintivos asociados al instinto de supervivencia. El pensamiento se desarrolla creativa, reflexiva y críticamente al buscar soluciones no instintivas a los problemas que se le plantean y el placer sexual se desarrolla liberándose de la función instintiva reproductora, sexualizando todo el cuerpo y la mente. La sexualidad deja de ser instinto en el proceso de transformación en deseo de placer cuando su objetivo no es la reproducción instintiva de la especie. Sencillamente porque este objetivo ya no forma parte del instinto de supervivencia de la especie desde el momento en el que ésta ya tiene garantizada su supervivencia o bien por superpoblación o bien por calidad de vida. Y llegados hasta hoy día porque nos podemos reproducir sin necesidad de sexo. En el momento en el que el pensamiento y el placer sustituyen al instinto somos civilización. En ese momento somos humanos. En ese momento la civilización se ha puesto en marcha.

La civilización progresa como consecuencia del desarrollo del deseo de placer –progresamos sexualizando nuestro cuerpo y nuestra mente-, porque progresa nuestro pensamiento crítico y reflexivo y porque progresa nuestra tecnología y pensamiento científico. Todo este progreso está recogido en la conciencia dinámica de las civilizaciones: la literatura, el arte, el teatro, el cine, el pensamiento político y filosófico, el pensamiento científico…Una civilización sin Historia es una civilización que no evoluciona o que sólo evoluciona parcialmente desarrollando unos rasgos pero no los demás.

El placer sexual y la inteligencia no son consecuencias pasivas del proceso evolutivo de las civilizaciones, sino sus motores. Porque cuando una civilización paraliza estos motores, se estanca. En las civilizaciones teocráticas toda la actividad humana, su conciencia y su conducta, estaría sometida al dictado de la teología. No tendrían arte, teatro, literatura, pensamiento político…todo lo que se escribiera estaría bajo la luz del mito. Siempre sería lo mismo. Siempre sería acrítico y siempre sería asexuado. Imaginemos el Estado Vaticano como Estado universal. Un Estado teocrático en el que el placer ha sido sustituido por el voto de castidad y el pensamiento libre por el voto de obediencia.

Y sin embargo, hoy día el principio del placer, como libertad moral, está pasando a ser uno de los motores más importantes (los otros son la explotación económica, que impulsa la lucha de clases, o debe, y la dominación política, que participa en ese proceso), más importante en el proceso de afirmación del individuo y de liberación, si entendemos la libertad como un ejercicio de derechos individuales.

En qué realidades sociales se manifiesta hoy esta lucha revolucionaria contra la dominación moral, en: el feminismo, el derecho al aborto, los anticonceptivos, el divorcio, la homosexualidad, el lesbianismo, la libertad sexual a partir de la adolescencia, 12 ó 13 años, en el vestido, el uso del tanga, el bikini, los vaqueros, el desnudo… en el mundo islámico, como en el cristiano cuando se gobierna protegido por gobiernos de derechas o dictaduras, el solo gesto de que las mujeres decidieran vestirse como les diera la gana, produciría el desplome del Islam como forma de dominación. Por lo que vestirse o desvestirse es una forma de lucha contra la opresión porque se afirma el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo y sexualidad.

Este proceso de toma de conciencia a partir de la lucha por la libertad sexual es diferente a la lucha contra la explotación económica y la dominación política. En la lucha contra la explotación económica se puede llegar a tomar conciencia de pertenecer a una clase social explotada, sin que esa toma de conciencia signifique una liberación moral. Por lo que el individuo puede liberarse económicamente pero no sexualmente.

Esta permanencia de la moral represiva en la revolución social, proletaria o comunista, explica que el orden social revolucionario se construya sobre una estructura jerárquica autoritaria. Por lo que la revolución acaba teniendo un Estado autoritario, protegido por una moral sexual represiva. Algo ya explicado por Marcuse en su ensayo “El marxismo soviético”. Y que podemos contrastar en los actuales regímenes políticos de origen comunista. Pero también en las democracias. Todas ellas sometidas al principio de la propiedad privada de los medios de producción, de la tierra y del capital.

Si la lucha por el placer y el pensamiento crítico son motores que impulsan el progreso político y moral de la humanidad ¿puede ser la religión el motor del progreso en la civilización? Weber afirmó que es necesario el impacto del protestantismo para impulsar el capitalismo, porque la religión protestante estimula la creación de riqueza. En este sentido la religión sería el motor del capitalismo.

Claro que, si la ética protestante no contiene otra cosa que la ambición o codicia por acumular riquezas y la exaltación del trabajo stajanovista, no nos diría nada que ya no existiera desde que unos pocos impusieron la propiedad privada de los medios de producción y de la tierra contra las mayorías. Para ser codicioso e imponer el trabajo stajanovista a los esclavos, siervos o proletarios no se necesita ninguna ética en especial, lo que se necesita es una religión que santifique este sistema de explotación. Y esa es una de las funciones sociales que tienen todas las religiones monoteístas: proteger la dominación.

Podíamos  identificar el “espíritu” del capitalismo como el conjunto de “ideas religiosas” que impulsan la acumulación individual de riqueza y la exaltación del trabajo como un valor social porque agradan a dios. Simplificando, si eres rico, te salvas. En realidad, estamos ante una especie de darwinismo social que justifica la explotación en nombre de dios, función social que tienen, como he dicho, todas las religiones monoteístas y ninguna en particular.

Bajo la influencia del idealismo y tratando de ofrecer una filosofía de la historia alternativa a la marxista para la cual la lucha de clases es el motor de la historia, Weber, y luego veremos la opinión de Marx sobre el idealismo alemán y la de Bakunin sobre la mentalidad popular del pueblo alemán, invierte el orden de los factores, no tuvo en cuenta que no es la ideología, a diferencia de lo que afirmaría un hegeliano, la que crea la clase social, sino la clase social dominante, en este caso los comerciantes, artesanos y empresarios, quienes crean la ideología. El sistema de valores y la religión que más les conviene a sus intereses. El idealismo hegeliano inundó las cátedras de las universidades alemanas protestantes.

Weber tendría que demostrar, citando los documentos religiosos, antes de sacar conclusiones, que no existía burguesía comercial ni artesanal antes de la revolución religiosa protestante, luterana y calvinista, pero no sólo, porque sólo entonces tendríamos que admitir que fue la “ética protestante”, como una especie de Espíritu hegeliano, la que engendró de sus entrañas a la burguesía y con él a su negación: el proletariado. Porque donde existe acumulación de riqueza es porque se expolia sistemáticamente a los pobres. La pobreza es la condición necesaria para que haya riqueza y son los trabajadores, trabajando hasta 12 horas diarias, sábados y domingos, quienes, sin necesidad de idealizar su explotación como un trabajo que agrada a dios, trabajan transformando su fuerza de trabajo en mercancía y ésta en la riqueza que acumula la burguesía protestante para agradar a dios.

Sin embargo, las cosas no ocurren a la manera hegeliana ni weberiana porque es la clase social la que crea la ideología, la religión, el arte, el derecho, la religión, la moral, el teatro… y lo crea en función de sus intereses de clase. Los crea la clase social porque existe antes que su propia ideología. Primero existe la burguesía, luego conquista el Poder y a continuación crea su constitución, el fundamento de su superestructura. Ocurre lo mismo que con los dioses, éstos son creados por el poder o la casta sacerdotal porque primero existen ellos y luego construyen sus mitos. En los caso del cristianismo, en sus diferentes religiones, y del islamismo este proceso histórico de creación de sus religiones es incuestionable.

Volviendo a Weber, si la codicia, la explotación económica, la propiedad privada de los medios de producción, de la tierra y del capital, el nacionalismo hegeliano y belicista en cualquiera de sus adaptaciones mundanas, el maltusianismo, el darwinismo social y el stajanovismo, en versión fordista o taylorista, no son suficientes para explicarnos las razones producir, expropiar y acumular riqueza, será porque, como parece ser que afirmó Weber, la ética protestante es el espíritu necesario, aunque no suficiente, para impulsar el desarrollo el capitalismo. Entonces, se nos plantean varias preguntas inevitables.

La primera, es que necesitamos saber en qué libros sagrados, la Biblia, o doctrina de las iglesias protestantes se encuentra documentalmente fundamentada esa asociación weberiana entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. En segundo lugar, necesitamos saber cuáles fueron las causas del crecimiento económico durante los siglos XVI y XVII, de expansión del protestantismo; en tercer lugar, es necesario responder a la pregunta de si cualquier medio de obtener riqueza, y cualquier forma de trabajo stajanovista, esclavista o de servidumbre, forma parte del capitalismo y, por último, deberemos respondernos a la pregunta de ¿qué es el capitalismo, cuáles son sus características y dónde están sus orígenes?

Qué fundamento documental tiene la tesis de Weber en los libros sagrados. En primer lugar es la Biblia la que comienza anunciando en el Génesis 17 que Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida; 18 espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. 19 Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado. Porque polvo eres y al polvo volverás”.

En realidad, según la Biblia, que es la palabra de dios, lo que agrada a éste no es la riqueza sino la pobreza, como podemos leer en “Jeremías” 5. 26, donde dice: “Hay en mi pueblo malvados que acechan como cazadores en emboscada y tienden sus redes para cazar hombres. Como se llena de pájaros la jaula, así está llena su casa de rapiñas. Así se han engrandecido, así se han enriquecido, así engordaron y se pusieron lustrosos; no se amparaba el derecho del huérfano y no se hacía justicia a los pobres. ¿No habré yo de pedirles cuenta de todo esto?, dice Yavé. De un pueblo como éste ¿no habré yo de tomar venganza?”. Este texto a mí me recuerda cualquier novela de Dickens, y cualquier situación en Inglaterra en los comienzos de la revolución industrial. Siglos después, el mismo Jesucristo, en el sermón de la montaña, a quienes consideró bienaventurados, porque de ellos sería el reino de los cielos, es a los pobres. Y así en innumerables textos.

Lutero predicó que las acciones humanas son absolutamente impotentes para salvarse porque la salvación depende absolutamente de la gracia y condenó la codicia. En 1540 escribía Lutero en la carta “A los pastores para predicar contra los usureros”, lo siguiente: “Los gentiles tuvieron en cuenta la razón al señalar que un usurero es un ladrón y asesino múltiple. Nosotros, los cristianos, les tenemos en tanto honor que rezamos por su dinero…El que sustrae a otro sus alimentos, efectúa asimismo un asesinato…Tanto como si dejara al prójimo morir de hambre. Y eso es lo que hace un usurero, mientras permanece sentado en su silla, cuando en realidad debería colgar del patíbulo y ser comido por tantos cuervos como piezas de monedas ha robado.

La Iglesia anglicana defendió el libre albedrío, en afinidad con los arminianos, y rechazó la predestinación. Si bien, como el jansenismo, exaltó la rigidez de la vida expresada en la frase “la belleza de la santidad”. El sufrimiento como purificación del alma y negación de los placeres del mundo.

No hay mayor enemigo del hombre sobre la tierra, después del diablo, que un avaro y un usurero, cuyos deseos serían que todo el mundo sufriera hambre, miseria, sed y necesidades de toda especie. Entonces reiría su corazón y ello renovaría su sangre…”

En Münster, el historiador anabaptista Sebastián Franck defendía la propiedad común como proveniente del derecho divino. Mientras que la propiedad privada se había destacado por su servicio al egoísmo y la violencia humana. En su “Paradoxa” escribía: “Lo común es puro; lo tuyo y lo mío es impuro…Debemos tener todas las cosas en común, como común es la luz del sol, el aire, la lluvia, la nieve y el agua…El Dios común hizo desde un principio todas las cosas comunes.”

Para Calvino la voluntad y el intelecto del hombre habían quedado igualmente corrompidos por el pecado original; la voluntad y la razón son esclavas de las pasiones, por lo que los hombres no tienen medio de conocer la verdad si no es por la revelación, ni capacidad para practicar la virtud sin la arbitraria operación de la gracia divina. Para la criatura así caída, dios no se puede percibir más que como una voluntad inescrutable, que decide de antemano el destino de todas sus criaturas según su deseo.

Para Calvino, una conciencia clara era el único signo evidente de la bienaventuranza y esto, a su vez, era algo fundamental en el pensamiento puritano que rechazaba la idea de cualquier ayuda externa para obtener la gracia. En definición de un puritano, la conciencia del hombre es el juicio que tenga el hombre de sí mismo de acuerdo con el juicio que dios tenga de él.

Para los puritanos la plena conciencia de la propia bienaventuranza y el ejercicio de la profecía se convertían en los signos de la santidad. Los batistas rechazaron el determinismo de la predeterminación. Todos podían conseguir la salvación si se arrepentían y creían en el evangelio porque nadie está irremisiblemente condenado. Los anabaptistas en Alemania, Inglaterra y Holanda cifraban su esperanza en el fin del mundo y en el juicio final como liberación de la miseria.

Para todos ellos el hombre debía superar la dialéctica de la ansiedad y de la libertad. Sobreponiéndose a su alegría y soportando los sufrimientos podía el espíritu  humano tomar conciencia de sí mismo. Era el libre albedrío del hombre, ayudado por Cristo, lo que llevaba a la resurrección.

Ni en el siglo XVI ni en el XVII vamos a encontrar documento alguno que establezca ninguna relación entre el espíritu del capitalismo y la ética protestante y no porque aún no existiera el capitalismo como un modo específico de producción sino porque todas las teorías políticas y religiosas giraban en torno a la utopía colectivista e, incluso, comunista. Lo podemos leer en  Utopía de Tomás Moro o en la Nova Atlantis de Francis Bacon, por no citar la Ciudad del Sol de Campanella ya que, aun siendo católicos recogían el espíritu colectivista de la época.

Un espíritu defendido durante la revolución inglesa por los “Diggers”, los verdaderos “leveller”, uno de cuyos representantes, Winstanley, escribió en su libro The law of freedom in a Platform: or, True Magistracy Restored : “¿Es la compra y la venta un honrado derecho natural? No, es la ley de los conquistadores, pero no un honesto derecho natural. ¿Cómo puede resultar honesta una cosa que puede resultar una patraña? ¿No es acaso de uso corriente que cuando se tiene un caballo malo, una vaca mala o cualquier clase de mala mercancía, se lleve al mercado para tratar de engañar a cualquier incauto y luego reírse abiertamente en sus barbas? Cuando la humanidad comenzó a comprar y vender, salió de su estado de inocencia; pues luego comenzaron los hombres a oprimirse unos a otros y a hacer trampas sobre los derechos que les había otorgado la naturaleza…nadie puede ser rico más que mediante el trabajo de los demás. Sin servirse de los demás, ningún hombre estaría en disposición de acrecentar sus beneficios en centenares y millares de libras anuales…”

Winstanley atribuía a la riqueza y a la propiedad privada la causa de la miseria y proponía la colectivización de la tierra en régimen de explotación poco menos que comunista. Cien años después, su compatriota A. Smith, en los orígenes de la revolución industrial y de las revoluciones políticas de cuya mano se produjo la transformación del modo de producción feudal en modo de producción capitalista, dijo en su ensayo La riqueza de las naciones, lo mismo en lo que se refería a que el trabajo es la única fuente de riqueza. No menciona la ética protestante. Pero es que no vamos a encontrar ningún pensador religioso ni político que lo haga.

Como se ve, existía una gran pluralidad de concepciones religiosas en relación con la salvación y la predestinación por lo que sería difícil demostrar que existía un concepto “ético” uniforme a todos los protestantes. La Biblia difícilmente podía hablar de algo desconocido para sus autores, el capitalismo. Que también era desconocido para los protestantes en los siglos XVI, XVII y XVIII. Sencillamente porque aún no se había desarrollado una economía de tipo capitalista. No sería hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando Marx, los marxistas y los anarquistas califiquen de capitalismo el nuevo modo de producción basado en una nueva relación laboral y jurídica entre el capitalista y el proletario. Dos nuevas clases sociales creadas por la revolución industrial durante ese siglo. Ya existía burguesía comercial y artesanal pero con diferentes relaciones laborales y jurídicas y formando parte del Tercer Estado no del Poder. Lo que no existía era el proletariado.

Y aun suponiendo que alguien concibiera, por razones de disciplina moral interna, que la idealización del trabajo y el enriquecimiento fueran signos de salvación personal, esa idealización y enriquecimiento no tendrían nada que ver con el desarrollo del capitalismo. Y si nos situamos con anterioridad al siglo XIX, con más razón porque la riqueza se ha creado siempre y se puede crear sin necesidad de que exista el capitalismo. Como así ocurrió durante siglos con el desarrollo del comercio y la artesanía. Pero ninguna de estas dos actividades constituyen, en sí mismas, lo que será conocido como capitalismo a partir del siglo XIX.

Debemos tener en cuenta que la tesis de Weber no puede extraerse de los libros sagrados ni de la doctrina cristiana, porque en estos libros no está expuesta y es de donde, como fundamento documental, debería haberla sacado. Su tesis es una opinión personal. Como anti-positivista Weber ni describe, ni analiza, ni explica científicamente el fenómeno del capitalismo, de una parte, ni el fenómeno religioso, de otra, para poder analizar posteriormente qué tipo de relación existe entre ambos.

Por lo que su tesis es el resultado de una concepción especulativa sobre el motor religioso del capitalismo, que para Marx era la lucha de clases y para la burguesía europea el darwinismo social, justificado, eso sí, por la moral y doctrina de las religiones. Precisamente en Alemania donde, tras la derrota de las luchas campesinas contra la servidumbre, en el siglo XVI, la estructura agraria permaneció inamovible hasta principios del siglo XIX, el capitalismo se desarrolló muy lentamente y sólo a partir del último tercio impulsado por el Estado prusiano y por razones militares. En Japón estaba ocurriendo exactamente lo mismo.

Tal vez Marx y Bakunin nos ayuden a entender el espíritu con el que Weber elaboró su especulativa tesis. Unos cincuenta años antes que Weber, Marx en “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista (I Capítulo de La ideología alemana), 1846, apartado II.8, escribe: “…los alemanes se mueven en la esfera del “espíritu puro” y hacen de la ilusión religiosa la fuerza motriz de la Historia. La filosofía hegeliana de la historia es la última consecuencia, llevada a su “expresión más pura” de toda esa historiografía alemana, que no gira en torno a los intereses reales, ni si quiera a los intereses políticos, sino en torno a pensamientos puros, que más tarde San Bruno se representará necesariamente como una serie de “pensamientos” que se devoran los unos a los otros, hasta que, por último, en este entredevorarse, perece la “autoconciencia”, y por este mismo camino marcha de un modo todavía más consecuente San Max Stirner, quien, volviéndose totalmente de espaldas a la historia real, tiene necesariamente que presentar todo el proceso histórico como una simple historia de caballeros, bandidos y espectros, de cuyas visiones sólo acierta a salvarse él, naturalmente, por lo “antisagrado”. Esta concepción es realmente religiosa: presenta el hombre religioso como el protohombre de quien arranca toda la historia y, dejándose llevar de su imaginación, suplanta la producción real de los medios de vida y de la vida misma con la producción de quimeras religiosas.

Toda esta concepción de la historia, unida a su disolución y a las dudas y reflexiones nacidas de ella, es una incumbencia puramente nacional de los alemanes y sólo tiene un interés local para Alemania…”

Finalizando el siglo XIX y en los comienzos del XX el análisis de Marx, ya muerto, se confirmaría. En Alemania e Italia, especialmente, se produjo un resurgimiento de la filosofía idealista. En Alemania, realmente, sobrevivió más que resurgió, porque el culto a Kant y Hegel nunca se había extinguido y el positivismo nunca obtuvo una posición tan importante como en Francia o incluso en Italia.

A la sombra de Ranke, pensadores como Dilthey, Meinecke y Troeltsch se esforzaron por realizar una filosofía coherente partiendo del estudio histórico de una parte, y de los métodos y avances de la historia natural, de otra. Para esta inmensa labor resultó conveniente la estructura del pensamiento hegeliano y la aleación con la filosofía kantiana. Einleitung in die Geisteswissensschaften, 1883, de Dilthey, se apoya en una distinción entre el mundo de la naturaleza y el de la actividad humana (historia, cultura, sociedad), que igualmente ha de estudiarse científicamente, pero con métodos diferentes de los de las ciencias naturales.

En este sentido, él y sus colegas lanzaron un contraataque frente al positivismo, lo mismo que contra cualquier asimilación del hombre a los animales y de la sociedad a la naturaleza. El conocimiento en el campo de la ciencia social y de la cultura debe llegar a través de una especie de proceso interior, por medio de la experiencia vivida y del entendimiento. En algunos aspectos prepararon el camino a las ideas políticas de la psicología freudiana y a los llamados “irracionalistas”. El fruto de sus dogmas fue la sociología de Max Weber, con su ingeniosa tentativa de descifrar la acción recíproca histórica de la religión y la economía, de lo espiritual y lo material.

Si de una parte este era el ambiente cultural, ideológico e intelectual en el que Weber formó su inteligencia y su metodología, debemos tener, por otra parte, muy en cuenta cuál era la mentalidad colectiva de los protestantes en Alemania, desde las derrotas de las revoluciones campesinas en el siglo XVI. Bakunin tiene un ensayo en el que describe el inmovilismo económico e intelectual de Alemania, desde el siglo XVI al XIX, verdaderamente brillante e, incluso, profético del nazismo. En su enfrentamiento “Contra Marx”, en 1872, escribió: …”no ha sido Rusia, sino Alemania, desde el siglo XVI hasta nuestros días, la fuente y la escuela permanente del despotismo en Europa. De lo que en los demás países de Europa no ha sido más que un hecho, Alemania ha hecho un sistema, una doctrina, una religión, un culto: el culto del Estado, la religión del poder absoluto del soberano y de la obediencia de todo subalterno frente a su jefe, el respeto del rango, como en China, la nobleza del sable, la omnipotencia mecánica de una burocracia jerárquicamente petrificada, el reino absoluto del papeleo jurídico y oficial sobre la vida, en fin, la completa absorción de la sociedad por el Estado, por encima de todo esto, el buen placer del príncipe semidios y necesariamente semiloco, con la depravación cínica de una nobleza a la vez estúpida, arrogante y servil, presta a cometer todos los crímenes para complacerla y, por debajo, la burguesía y el pueblo dando al mundo entero el ejemplo de una paciencia, de una resignación y de una subordinación sin límites…

El pueblo alemán, aún antes de esos tres siglos, no ha conocido ni deseado nunca la libertad, si en medio del movimiento progresista ha permanecido como un pueblo estancado, contemplativo, meditativo…¿en qué se ha convertido durante esos tres siglos de inmovilidad y de ausencia absoluta de pensamiento? en un excelente instrumento para todas las empresas del despotismo, tanto hacia dentro como hacia fuera, una base muy sólida para la propaganda, la propagación y la invasión del despotismo en el mundo entero.

…un pueblo (…) dispuesto además a convertirse en excelente instrumento de conquista por su misma esclavitud, por esta disciplina interior, voluntaria y por esa pasión por la obediencia…la rebelión ha sido siempre extraña. Por no decir profundamente antipática, a esa excelente naturaleza alemana; llena de respeto, de sumisión y de resignación; llena de una veneración tan instintiva como refleja para con todas las autoridades y de su amor sin límites para con sus príncipes… Los otros pueblos, decía el gran patriota alemán Ludwig Boerne, pueden ser esclavos, se les puede poner cadenas y dominarlos; pero los alemanes son lacayos, no hay necesidad de encadenarlos, se los puede dejar correr sin peligro.

Este pueblo nunca ha amado la libertad… no sólo no será incapaz de derribar él mismo a sus tiranos, sino que ni si quiera deseará esta caída. Las razones que lo impedirán serán siempre el culto a la autoridad, el amor  por el príncipe, la fe en el Estado y el respeto inveterado por los funcionarios representantes del Estado; es, en fin, esa disposición de la disciplina voluntaria y la obediencia refleja, desarrollada en él durante toda su historia y, como acabamos de verlo, sobre todo por los tres últimos siglos, consagrada con la bendición del protestantismo, pero solamente en Alemania; todas esas disposiciones nacionales que hacen del pueblo alemán libremente sometido y el más amenazante hoy en día para la libertad del mundo.”

Nietzsche, con la misma conciencia que tenía Bakunin de la mentalidad alemana, propuso la negación revolucionaria, nihilista, de ese sistema de valores creado para formar disciplinados esclavos. La muerte de dios era necesaria porque dios representaba ese orden social de esclavos. En su ensayo La genealogía de la moral propuso la inversión de ese sistema de valores. La ética protestante, si aparece por algún sitio, es como fundamento de un orden social prusiano.

La siguiente pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Qué entendió Weber por capitalismo? En la Edad Media los conventos eran unidades económicas de producción que acabaron acaparando riquezas y concediendo préstamos. Según el derecho canónico la Iglesia tenía prohibido cobrar intereses por los préstamos que hiciera el clero, pero no tenía prohibido recibir como garantía del préstamo tierras. Que ella cultivaba obteniendo del cultivo los beneficios por el préstamo concedido. De esta manera, se aseguraba la propiedad de la tierra cuando el deudor no podía devolver lo prestado y se aseguraba los intereses por la vía del producto de la tierra. De esta y otras maneras la Iglesia católica llegó en el Renacimiento a ser la organización corporativa más rica de toda Europa y con enormes recursos en capital.

En 1323 el papa Juan XXII, en la bula “Cum inter Nonnullos”, llegó a condenar la doctrina franciscana de la pobreza absoluta de Cristo y de los apóstoles. Según el historiador Ernst Samhaber en su libro Das Geld: eine Kulturgeschichte, “La curia romana recibía su dinero procedente de todas partes del mundo. Las transferencias se hacían a través de la Casa de Médicis…La Iglesia católica se había convertido en la mayor potencia económica de Occidente. Poseía una colosal fortuna en tierra y artículos preciosos y por sus manos pasaban ingresos gigantescos, en forma de impuestos, derechos, colectas de gente piadosa, herencias y donativos, subsidios oficiales y bulas”.

Lutero, los príncipes alemanes, los ingleses, los campesinos y los artesanos y comerciantes denunciaron la codicia de la Iglesia. Y no debía de ser falso que sus riquezas fueran inmensas porque tanto en Inglaterra como en los Estados alemanes protestantes esas riquezas fueron desamortizadas. Luego, siglos después en Francia, en España y en Italia también fueron desamortizadas. Se calcula que poseía en torno a un 40% de las tierras. Según R. Herr en España contemporánea, antes de las desamortizaciones, la Iglesia católica poseía unos diez millones de hectáreas, el 20% del territorio nacional o el 40% de la tierra cultivable con un valor entre el 25 y el 33% del valor total de la propiedad inmueble española.

Sin el descubrimiento de América por Castilla, Europa habría quedado comercialmente aislada, excepto por la ruta portuguesa, en construcción y sin las revolucionarias consecuencias que tuvo el comercio con América y, fundamentalmente, las minas de oro y plata. Arruinada la ruta mediterránea por el Imperio otomano, el Atlántico pasó a ser la nueva ruta. Geoestratégicamente revalorizó a todas las ciudades de la costa atlántica y a Inglaterra. Las consecuencias económicas de esta ruta enriquecerían a todos los comerciantes y artesanos de la costa atlántica y especialmente a los holandeses y piratas.

Durante los siglos XVI y XVII, este ya en decadencia, España, la España católica, fue la potencia económica y el motor de la prosperidad comercial, gracias a que disponía del “tesoro”  oro y la plata, americano. Paradójicamente, su decadencia durante el siglo XVII estuvo relacionada con interminables guerras, que son las que actuaron como motor de la economía.

El fracaso de España en dominar el conflicto con Holanda que se reanudaría en 1621, degeneraría en un conflicto general europeo. Esto confirmó la ascendencia de las progresivas economías del norte, especialmente la de Holanda. En el siglo XVII las Provincias Unidas conocieron su edad de oro casi a contracorriente de las tendencias dominantes en la economía internacional, lo que, por sí solo, ya fue un importante logro.

La fortuna sonrió a los inversores y comerciantes holandeses. En una época de dificultades para el transporte Holanda disfrutaba de una situación geográfica privilegiada y de expertos comerciantes venidos de todos los rincones de Europa. Disfrutaba de una red de canales, silos, embarcaciones y de una marina mercante equipada con el fantástico “fluit”, que con una dotación de tan sólo doce hombres fue el carguero ideal. A finales del siglo la flota mercante holandesa era algo asombroso. Distribuía 800 buques que  iban al Báltico, 400 a Portugal, 250 balleneros, unos 350 para el arenque…Y organizó las grandes compañía comerciales que actuaban como Estados.

Además la guerra actuó como motor de la economía holandesa y de algunos Estados alemanes, porque la demanda militar potenció el desarrollo de una artesanía militar. Se construían y equipaban flotas, se fabricaban armas y municiones, se fortificaban edificios y se movilizaban ejércitos. Tenían fundiciones de cañones, armerías y fábricas de pólvora en Amsterdam con las que abastecían a distintos y enemigos ejércitos y atraían compradores de toda Europa.

Estos avances y la intervención del gobierno en la economía mercantilista fueron los verdaderos impulsores de una economía comercial en el contexto abrumadoramente dominante de una economía agraria y de servidumbre. Estos comerciantes enriquecidos no impulsaron el capitalismo, más bien lo obstruyeron, porque sus beneficios los invirtieron en la compra de tierras y en la compra de deuda de los Estados mercantilistas. De tal manera que los comerciantes estaban acostumbrados a cifrar la riqueza en función de la tierra. Las dificultades comerciales y la inseguridad que creaba el estado permanente de guerra favorecían la inversión en tierras como valor seguro. Si durante el siglo XVI el motor de la economía fue la inmensa masa de circulación monetaria puesta en circulación por España, en el XVII fue la guerra el principal impulsor de la economía. Una economía mercantilista protegida e impulsada por los gobiernos y no por la iniciativa privada. No es necesario llegar hasta hoy día para entender que el capital financiero está utilizando el endeudamiento de los Estados como una inversión más beneficiosa que el préstamo a las pequeñas empresas y al consumo individual. Y sin riesgos porque, como entonces, controlan los gobiernos de los Estados. Para justificar esta moral no se necesita el espíritu del capitalismo, el maltusianismo, darwinismo social y las religiones monoteístas, que sí defienden la propiedad privada de los medios de producción, tanto en sus libros sagrados como en su doctrina, son suficientes.

¿Qué es el capitalismo? Lo común a todos los sistemas económicos, desde que se conoce la propiedad privada de los medios de producción, es que todos son sistemas de explotación económica, ejercido por los propietarios de esos medios contra la mayoría de la población que no son propietarios sino esclavos, siervos o proletarios. En todos los modos de producción existe comercio, artesanía y circulación monetaria, en mayor o menor escala, pero esas actividades económicas y la circulación monetaria no eran lo determinante, sino la economía agraria y las relaciones jurídicas entre el explotador y el explotado.

De ahí que la primera diferencia que se observa es que las relaciones de producción en el capitalismo son establecidas en libertad jurídica entre el explotador, el capitalista, y el explotado, el proletario o campesino jornalero. Es lo que podemos llamar “modo de producción”.

La otra característica del capitalismo está en sus medios de producción. A diferencia de las sociedades agrarias, la capitalista se construyó sobre la revolución de sus medios de producción. A lo que podemos llamar “revolución industrial”. En torno a su desarrollo se construyeron las dos nuevas clases sociales, que existían en pequeña escala, la burguesía, industrial y financiera, y el proletariado, industrial o campesino. Una de ellas, la burguesía conquistó el Poder y construyó el nuevo Estado y creó el derecho a la medida de sus intereses. La aristocracia agraria o se transformó en burguesía o desapareció en la melancolía. El campesinado se transformó en proletario industrial o jornalero.

Esta revolución no fue impulsada por la “necesidad de enriquecerse” para, de esa manera, tener la convicción de haber interpretado la voluntad de dios en el sentido favorable de que “ser rico es equivalente a estar predestinado a la salvación”. La revolución científico-técnica entraba, ideológicamente, en colisión con las verdades reveladas. Sus inventores buscaban soluciones tecnológicas a los problemas productivos, creando nuevos medios de producción. En realidad fueron unos cuantos con cuyos inventos, la máquina de vapor, las de hilar y tejer y el ferrocarril, en una primera fase, transformaron económica, social y militarmente Europa.

La tercera diferencia está asociada a la creación de un sistema financiero que acabaría sustituyendo a los grandes prestamistas. Literalmente capitalismo debería ser capital financiero. Pero éste se desarrolló al ritmo en el que se desarrollaba la revolución industrial. Por lo que no fue hasta finales del siglo XIX cuando el capital financiero se emancipó del industrial y empezó a invertir la relación entre capital e industria en beneficio del capital sobre la industria.

Estos eran los tres rasgos determinantes que tenía el capitalismo en el momento en el que Weber escribió sus obras sobre la religión y los sistemas económicos.

Si no existía modo de producción capitalista durante los siglos XVI, XVII y XVIII, ¿cómo pudo existir “una relación entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo? Y cómo aplicar la teoría de Weber a Alemania si en ella la revolución industrial y el sistema financiero no se desarrollaron hasta finales del siglo XIX, y por razones militares. ¿Cómo aplicar la ética protestante a los Estados Unidos durante más de tres siglos, si antes de la independencia los colonos americanos no podía fabricar nada que pudiera entrar en competencia con la metrópoli o que pudiera desarrollar una economía no dependiente de ésta, condenando a los colonos a ser, como eran, granjeros y no artesanos y a duras penas comerciantes?

Weber relaciona el desarrollo del capitalismo con la religión cuando habla de la Europa y América protestantes pero cuando se refiere a las civilizaciones india y china afirma todo lo contrario, que la religión fue el obstáculo para el desarrollo del capitalismo. El mismo argumento se podría aplicar a Rusia, al mundo islámico y a los países católicos y de manera especial a la América hispano portuguesa. ¿Realmente fue la carencia de una “ética protestante” la causa de que el capitalismo no se desarrolla en estos países?

Existen otro tipo de razones para explicar ese subdesarrollo porque, aunque con atraso y dificultades, y sin cambiar de religión en Japón se desarrolló el capitalismo con la misma potencia que en Prusia y casi al mismo tiempo, impulsado por el Estado. Lo mismo ocurrió en Rusia con el último zar y luego con el Estado comunista. Modelo que imitó China. En Francia se desarrolló el capitalismo en ausencia del protestantismo, en España e Italia, con atraso, pero también. Lo mismo ocurrió en Portugal y ocurre durante el siglo XX y en la segunda mitad de ese siglo en los países americanos y en la India. Y no han cambiado de religión. Porque el Estado o el Imperialismo se han encargado de que se desarrollen según el modelo capitalista. El mismo modelo que aplicaron Hitler y Mussolini. Parece evidente que no ha sido necesaria “la ética protestante” para que el capitalismo se difunda por todos los confines.

La función social de las religiones monoteístas, budista, confuciana o taoísta no consiste en potenciar un modelo de explotación económica u otro ni en oponerse a ellos por la sencilla razón de que todas las religiones acumulan enormes riquezas, sea su origen rural, comercial o financiero. Eso es lo mismo. La religión está al servicio del Poder porque nace vinculada al Poder, porque posee enormes riquezas que la hacen formar parte de la aristocracia agraria y porque tiene intereses en la permanencia del orden de explotación establecido, cualquiera que sea su forma de dominación: democrática, totalitaria, dictatorial, feudal o de esclavitud.

¿Qué diferencias existían y siguen existiendo, en gran parte, entre esos inmensos imperios asiáticos y la civilización europea y por extensión occidental, para que en unas se desarrollase el capitalismo antes que en otras? ¿Fue, como critica Marx en su escrito citado sobre Feuerbach, porque la “ilusión religiosa es la fuerza motriz de la Historia” y por la ausencia de esa ilusión en los demás imperios?

El rasgo fundamental para entender las razones entre el desarrollo occidental y el estancamiento oriental reside en que en el mundo occidental empezó a formarse un pensamiento religioso y civil crítico contra el Poder del clero católico. Pensamiento que evolucionó desde las  cuestiones religiosas a las políticas, hasta que acabó secularizándose. La causa de esta evolución se encuentra en la relación original que existía entre la Iglesia y el Estado. Como dos soberanías paralelas, como dos Poderes, estaban, sin embargo, orgánicamente separados. Funcionaban como dos Estados autónomos. Con un rasgo fundamental, que la Iglesia era un Estado dentro del Estado.

Esta confusión de los dos poderes fue posible durante la Edad Media, hasta que empezaron a construirse los Estados nacionales. Es en ese momento cuando el Estado reclama para sí toda autoridad y se enfrenta a la soberanía religiosa, al Poder del clero, representado por el papa. Todo el debate político-religioso desde Marsilio de Padua, en el siglo XIV, hasta las revoluciones del siglo XVIII, y las que las imitaron, cuestionó la relación de subordinación del Estado frente a la Iglesia, creando el clima favorable para todo tipo de argumentos que favorecieron la evolución del pensamiento político. Y su concreción en los nuevos Estados.

Esta dualidad se resolvió en los países protestantes con la formación de iglesias nacionales, integradas en el nuevo Estado como sus aparatos ideológicos. La Iglesia católica, tras las revoluciones de los siglos XIX y XX, acabará siendo también un aparato ideológico del Estado. Pero conserva su organización autónoma. Lo que le permite sobrevivir a la caída de los propios sistemas políticos a los que sirve. Esta autonomía orgánica no se da en las religiones asiáticas. Y, en consecuencia, no se produce conflicto entre el Poder del Estado y el Poder religioso, que nace como aparato ideológico asociado al Estado.

Existen otras razones que se explican por tres elementos: el dominio del absolutismo religioso, la falta de gran número de núcleos urbanos, ciudades,  que hubieran dinamizado la economía interna y creado una burguesía artesanal y comercial y la inmensidad territorial de esos imperios donde, a diferencia de Europa, no se formaron Estados-nación que quebrasen la autoridad política centralizadora y cuestionaran el poder absoluto de la religión.

En esos imperios la acumulación de la riqueza y la exaltación stajanovista del trabajo existían, como en cualquier civilización organizada a partir de la propiedad privada de los medios de producción, de la tierra y del capital, cuando existe. No se necesitaba de la ética protestante para ser rico explotando a los esclavos y siervos. Si no evolucionó como Europa hacia el capitalismo fue porque no hubo ni una revolución política como en las revoluciones inglesas, norteamericana y francesa, ni una revolución industrial, científico-técnica, ni se creó un sistema bancario.

No pudo haber este tipo de revoluciones políticas porque antes tendrían que haberse desintegrado los imperios en Estados menores. Y no hubo revolución en el pensamiento político ni libertad de conciencia y pensamiento, principal rasgo de esas revoluciones político-religiosas que asolaron Europa, porque no existían esos Estados emancipados del poder central religioso y político. No podían surgir herejes, intelectuales, pensadores políticos, donde no existían poderes con voluntad y capacidad de resistir a los poderes imperiales. En estos inmensos imperios autistas en los que la religión era, desde sus orígenes, un aparato ideológico del Estado, no pudieron formarse los pensadores que cuestionaran la autoridad del poder civil sobre el religioso. Éste ya estaba al servicio del Poder civil. Era poder civil.

La religión invade y ocupa la vida privada y la pública persiguiendo, condenando y asesinando a todo el que la cuestiona, esterilizando toda forma de pensamiento y de pensamiento crítico. España, como Austria, no es necesario irse hasta la India y China, han permanecido, gracias a la religión y a su brazo armado la Inquisición, en un estado secular de ignorancia, enajenación mental y subdesarrollo económico y moral. Estas civilizaciones construidas por la religión sólo han podido tener una historia religiosa, nunca humana. Sólo a borbotones ha brotado ésta y ha sido cortada de raíz.

 

Javier Fisac Seco

Historiador, caricaturista y analista  político, creador artístico

 

Últimos libros publicados: La civilización pervertida o la Ética sadomasoquista cristiana; Clericalismo y Poder  y El mito de la transición política: Franco, D.Juan/El Rey y el PCE/ PSOE en la Guerra

 

 

 

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