Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

 

Aquello que somos y “no deberíamos” ser. Un olvido de los valores.

 Paula Gil Jiménez. Universidad de Valencia. Junio de 2007

 

 

Si nos entregamos a esa evolución, perderemos necesariamente nuestra especificidad como seres humanos.[1]

 

 

“No, es cierto, no me siento responsable de nuestra actual situación… ¿por qué debería sentirme? Yo no he matado a nadie ni he participado en la construcción de armamento… Sin embargo hay algo que me perturba, a saber: el hecho de pensar que, quizá a través de mi silencio y mi inmovilidad ante tal construcción, soy tan partícipe de ella como los propios constructores”. Pero, ¿cuál es esta situación? ¿Qué caracteriza al hombre actual? Precisamente el hecho de que ha dejado de ser hombre si entendemos a éste como un ser autónomo, libre y dotado de valores.

En el mundo actual tecnificado, masificado, el hombre ha pasado a convertirse en una pieza más del gran engranaje. Nuestra individualidad se ve hoy sumergida en las masas, nos hemos convertido en meras “máscaras”, en marionetas de madera del progreso[2], a las que les resulta realmente difícil conocer quién las maneja (muchas veces porque ni siquiera nos percatamos de esa manipulación y, por tanto, no nos preguntamos por ella). Pensamos que somos libres pero en realidad somos, tal y como señalaba Anders, un ermitaño-masa más. En una sociedad en la que los mass media se han convertido en el único camino para alcanzar la verdad, en la llave exclusiva para abrirnos el paso a un conocimiento de aquello que sucede a nuestro alrededor; en lugar de ofrecernos una imagen nítida de los hechos o ayudarnos a despertar nuestro espíritu crítico ante tantas injusticias, han conseguido adormecernos y transformarnos en seres pasivos. Las continuas imágenes de guerra se han convertido en algo usual en las sobremesas, ya no nos alarmamos ante ellas, al fin y al cabo, nos son muy lejanas. “¿300 muertos? No los conocemos, nunca hemos cruzado una mirada con ellos. ¿Después de esta noticia va el tiempo o los deportes?” Y, así, en cuestión de segundos, todas aquellas víctimas han quedado relegadas al olvido. Nos ofrecen la noticia de esas víctimas bajo el mismo formato que nos ofrecen las noticias deportivas, sin embargo, esto no es lo más insólito, sino que muchos de nosotros nos enteramos de esa noticia precisamente porque después de ella va la sección de deportes que es en la que realmente estábamos interesados. A parte de nuestra consciente pasividad ante noticias tan monstruosas como esa, existe un factor inherente al ser humano que nos impide apenarnos por aquellas víctimas. Esta característica del hombre responde al desnivel prometeico del que nos habla Anders,[3]mediante el cual se nos hacen patentes las limitaciones de nuestras distintas facultades, pues, mientras que estamos capacitados para planear y llevar a cabo la destrucción de una ciudad sin ninguna dificultad, nos vemos incapaces de hacernos una representación de ella una vez destruida, y mucho menos de derramar una sola lágrima por todas las vidas que desaparecen con ella. Ante lo desmesurado nuestra capacidad de sentir desfallece, por este motivo, podemos llegar a sentirnos aterrorizados ante el asesinato de una persona de nuestra ciudad y no sentir el más mínimo terror ante el asesinato de decenas de personas desconocidas, al fin y al cabo, sólo son cifras, cifras que escuchamos todos los días y que ya no asociamos a vidas particulares. La distancia espacio-temporal será la máxima responsable de esta falta de sensibilidad, y, a consecuencia de la técnica “hemos logrado” que esa distancia pase a ser un factor determinante de nuestras modernas guerras. En la actualidad ya no hablamos del campo de batalla en el que sólo los guerreros, en un primer momento, y posteriormente, los soldados debían enfrentarse cuerpo a cuerpo, combatirse con el rostro del otro y ver en él un igual (en aquella época era necesario, para llevar a cabo ese enfrentamiento, liberarse de toda seña de respeto y de simpatía); hoy ese campo de batalla se extiende a todo el mundo, todos somos soldados y, por ello, todos somos partícipes de la guerra.[4]

Nuestra aliada razón, la cual nos prometió tantos logros en el periodo de la Ilustración, nos ha abandonado, se ha olvidado de lo que realmente somos y nos ha conducido a un mundo que ya no nos pertenece. El triunfo de la técnica ha alcanzado tan enormidad que nos hemos convertido en esclavos de nuestra propia creación. Es ella realmente la que domina el mundo, no nosotros.[5] Esas promesas, que por un momento creímos posibles, se han visto remitidas a una guerra globalizada, y ello por dos motivos que no lograron vislumbrar los hombres ilustrados, en primer lugar porque las luces de los hombres no son simultáneas a las luces de la técnica, y, en segundo lugar, porque el hombre no se caracteriza sólo por ser racional sino también por ser sentimental y este ámbito (sentimental) es irreducible a la razón. Se tuvo la confianza de que se podría rebatir el dolor gracias a la razón, y hoy hemos comprobado que el acoso del dolor es ineludible. Por tanto, con la Ilustración lo que verdaderamente surgió fue un oscurecimiento del mundo y un progreso regresivo, pues ésta olvidaba la parte más humana del hombre. Ahora ya no es la razón con la que tratamos de evadir el dolor, sino el carácter instrumental al que hemos reducido el propio cuerpo.[6] Junto con el hombre tipo del que habla Jünger ha aparecido una segunda conciencia[7] que se caracteriza por reducir al hombre en un objeto, situándose, de este modo, fuera de la esfera del dolor. No obstante, tal y como hemos señalado, el dolor es algo irremediable al ser humano, por consiguiente, lo que ha cambiado no ha sido el dolor sino el modo de relacionarnos con él.[8] Advertimos de este modo que, tal y como señalaba Anders, no todas nuestras facultades tienen la misma capacidad de desarrollo, pues, mientras que nuestros sentimientos de dolor o de peligro permanecen inalterables, nuestra capacidad racional nos ha dirigido, “gracias” a su desarrollo, a un mundo inhumano. Un mundo en el que el nihilismo ha entrado en todos y cada uno de nuestros hogares, un mundo que cuando piensa en el futuro se ve despojado de toda huella de optimismo, un mundo en el que el hombre ha perdido toda identidad moral y es capaz de matar sin sentirse por ello responsable, en resumen, un mundo en el que cabe todo excepto lo humano; pues, tal y como advertía Norbert Elías, la idea de progreso (el convertirnos en civilizados) remite a un proceso de represión y privatización de los sentimientos.[9]

Esa falta de responsabilidad, de la que hablábamos, ante tal situación se debe, a parte del efecto anestésico de la distancia, a la fragmentación del proceso de trabajo, mediante la cual no se puede considerar a nadie como el único causante de un hecho. Mediante el nuevo mundo maquinizado en el que todos somos soldados trabajadores, en el que el ejército se ha extrapolado al trabajo, esto es, a la producción de energía; todos y cada uno de nosotros somos responsables del resultado final de ese trabajo. Sin embargo, por el mero hecho de reducirnos sólo a una pieza de ese proyecto final nuestro sentimiento de responsabilidad disminuye, incluso en ocasiones desconocemos realmente cuál será el resultado final de nuestro trabajo, simplemente nos limitamos a  aceptar órdenes y a ejecutarlo. Es por este motivo por el que Anders hablará del hombre actual como un ser medial-conformista: millones de trabajadores de hoy, aunque sean cómplices de lo monstruoso, no pasan de ser cómplices inocentes.[10] No obstante, a consecuencia de esta ignorancia, el hombre se ha convertido en el causante de su propia destrucción. Tal y como advertía Walter Benjamín, la sumisión de las masas es tal que han aceptado lo que ha de eliminarlas.

Sí, es cierto, el hombre a través de su capacidad racional ha llevado a cabo una “evolución”, una “evolución” que le permitió liberarse del enfrentamiento cuerpo a cuerpo, que tan cargante resultaba, y pasar a matar a distancia. Esa es la “evolución” del hombre, el hecho de sustituir las espadas por las bombas y misiles, el hecho de pasar del ataque por tierra al ataque aéreo mediante el que se inmuniza la distancia espacial entre grupos armados, el hecho de crear armamento químico “gracias” al cual, la guerra ya no se dirige a un espacio focalizado, a unas personas concretas, sino a todo un espacio medioambiental en el que los máximos afectados son los civiles. Así, la verdadera evolución del hombre ha consistido en una ampliación de la zona de guerra, en un mayor dominio de los requisitos vitales del otro, en resumen, en una mayor capacidad de enrarecer hasta el extremo el continuo de hombres y cosas circundantes que imposibilite que los individuos puedan seguir siendo personas.[11]

En este sentido es en el que hemos “evolucionado”. Hemos pasado del combate cuerpo a cuerpo al “atmoterrorismo”. El terror, el medioambiente y el diseño (término que incluye el desarrollo tecnológico) han pasado a ser los conceptos característicos de nuestra civilización; derivándose de ello que el “ser en el mundo” heideggeriano se haya convertido en algo insoportable: ya no se trata de “ir al encuentro” de la propia muerte, sino más bien de quedar como clavado en casos de aire letal.[12] Hoy la muerte está más cerca que nunca, está en el aire. Por ello, gracias a esa “evolución” hemos llegado a lo “monstruoso”. ¿Qué es lo “monstruoso”? El hecho de habernos convertido en seres tecnificados, el hecho de haber adquirido una segunda conciencia que nos reduce a meros objetos,[13] y, el hecho de habernos dejado manipular por todo lo que se nos ha dicho y todo lo que se nos ha mostrado olvidando que detrás de todo lo dicho y de todo lo mostrado hay un sujeto. Hemos olvidado la correlación existente entre verdad-poder-saber y hemos creído que todo lo que se nos decía estaba justificado, además, para eso estaban las imágenes, para eliminar cualquier tipo de duda. Sin embargo, si de algo carecen las imágenes es precisamente de objetividad, pues, a parte de haber detrás de cada cámara un sujeto que dirige el objetivo hacia un lugar u otro, dependiendo de lo que nos quiera mostrar, en absoluto se puede esperar de la fotografía algo más de lo que puede mostrar[14], ésta sólo nos muestra una parte del conjunto.

 

Por este motivo, por haber consentido llegar a donde hemos llegado, bien por nuestra participación consciente en el sistema o bien a través de nuestro silencio ante él, somos los únicos responsables de la actual situación. Somos, paradójicamente, los culpables, y, al mismo tiempo, las víctimas del vigente pesimismo cultural. Éste remitiría al hecho de que ya no podemos sentir el mundo como nuestro, el hombre se ha convertido en una máquina dentro del oscuro mundo tecnificado[15] en el que, tanto un regreso a los valores sentimentales como una detención de la técnica responden ya a una quimera.

¿Es éste el desarrollo del que tan orgulloso está el hombre occidental? ¿Quién debe aprender de quién: el llamado “Tercer mundo” de nosotros o nosotros de él? ¿Qué hemos de enseñarles? ¿A cómo manejar la técnica para lograr controlar la Naturaleza? ¿Para qué? ¿Para que con el tiempo la técnica le domine a él y termine deshumanizándole? La verdad es que no nos interesa, pues, lo único que conseguiríamos sería un enemigo más, una nueva posibilidad de que nuestro aire sea contaminado. Quizá éste sea el motivo por el que continuamos invirtiendo nuestro dinero en armamento en lugar de propiciarles las necesidades básicas para su subsistencia, mediante las que se evitarían numerosas muertes. “Pero, al fin y al cabo, nos los conocemos ¿por qué motivo deberíamos responsabilizarnos de ellos?”.

 

 

 

Bibliografía:

 

 

 

-                             G. Anders: Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann. Paidós, Barcelona, 2001.

 

-                             Jünger: Sobre el Dolor y la Movilización Total. Tusquets, Barcelona.

 

-                             N. Elías: El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. F.C.E., Madrid, 1993.

 

-                             N. Sánchez Durá: Jünger: Guerra, técnica y fotografía. Universidad de Valencia, 3ª edición, 2003

 

-                             Sloterdijk: Temblores de Aire. En las fuentes del terror. Pre-Textos, Valencia, 2003.

 

 


 

[1] G. Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann, Paidós, Barcelona, 2001, pág. 57

[2] Este término es utilizado por Jünger en su obra: Sobre el Dolor y la Movilización Total, Tusquets, Barcelona, pág. 92

[3] G. Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann, op.cit., págs. 27-32

[4] Jünger, Sobre el Dolor y La movilización total, op.cit., págs. 93-100

[5] Ver: G. Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann, op.cit., pág. 27

[6] Jünger, Sobre el dolor y la Movilización Total . Págs. 76-85

[7] Ibíd. Pág. 70

[8] Ibíd. Pág. 13

[9] N. Elías, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogéneticas y psicogenéticas. F.C.E., Madrid, 1993, pág. 67

[10] G. Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann, op.cit., pág. 39

[11] Sloterdijk, Temblores de aire. En las fuentes del terror, Pre-Textos, Valencia, 2003, pág. 13

[12] Ibíd. Pág. 73

[13] Ver: Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann, op.cit., págs. 22-30 y Jünger, Sobre el dolor y la Movilización Total, op.cit., pág.70

[14] Jünger, “Guerra y fotografía”, en N. Sánchez Durá, Jünger: Guerra, técnica y fotografía, Universidad de Valencia, Valencia, 2003, pág. 124

[15] Ver: Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann., op.cit., pág. 29

VOLVER A PORTADA