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LA TRIBU DE  LA FILOSOFÍA

Reflexión en torno al curso de verano “Los poetas en la ciudad. Pensar las artes hoy”, UNED Segovia-Fundación Centro Nacional de vidrio. La Granja, 20-24 julio de 2009

 

Se puede ir a un curso universitario de verano por muchos motivos, pero podemos establecer una divisoria: por motivos internos o externos. Por motivos internos se asiste porque hay que cumplir con las profesoras del departamento, porque una quiere encontrar un hueco en la universidad, por compromisos casi ineludibles con determinados ponentes, etc. En todo curso de estas características, las personas que se mueven por estos motivos que hemos dado en llamar internos resultan más conspicuas y omnipresentes. Suelen preguntar al término de las ponencias, acercarse y saludar a las profesoras, etc. Otras forman parte de la organización, o son las que dirigen el curso, y se las ve un poco por todos lados y en todos los momentos. En medio de esta selva política de intereses entrelazados, de becarias aspirantes a profesoras universitarias, de jóvenes profesoras aspirantes a un mayor reconocimiento, aspirantes a no defraudar a su catedrática, a que les renueven cierto estipendio, a que les faciliten cierta ocasión de publicar, gente que ante una ponencia soporífera e insustancial es capaz de acumular alabanzas hiperbólicas como instroducción a esa pregunta amable en la que todo el mundo queda bien, en medio de esta sopa humana, digo, sobrenadan -algunos ignorantes del entorno y otros sin querer saberlo- personas que se han matriculado por interés. Han venido de Murcia, de Valencia, de La Coruña, de casi cualquier sitio de España. Amelia[i] ha venido de Valencia, trabaja en una oficina, y ha hecho el primer año de filosofía a distancia, por la UNED. No se entera de mucho de lo que se dice en el curso porque le falta contexto, pero está contenta por encontrarse al fin haciendo lo que quiere. Me dice que sus compañeros de oficina piensan que está chalada por plantearse como vacaciones hacer un curso de verano. Pero a ella no le importa, sonríe, y sigue adelante con su proyecto. ¿Qué tiene la filosofía capaz de atraer aún a la gente? Esa pregunta, que me rondaba por la cabeza desde mucho antes, iba a encontrar una respuesta, sin que yo ni remotamente lo intuyera, a lo largo de esta semana de julio. Enrique parece muy joven, y lo es. Es óptico, según nos dijo, pero siempre le gustó la filosofía, lo que pasa es que en casa le dijeron que primero había que comer. Acabados los estudios de óptica y trabajando, se ha metido en la filosofía. Manuel, de cerca de Barcelona, está en un caso parecido, y además escribe poesía. Escucha mucho y bien, tiene una mirada acogedora, y es muy amable. Belén es enfermera en Madrid, una persona encantadora en su trato, que ni se hace notar ni resulta tímida. También está matriculada en filosofía. Julio es psicólogo clínico, pero antes hizo filosofía, y es algo que siempre le ha interesado, como demuestra su asistencia al curso. No conozco la historia de Paco el gallego, no ha habido ocasión, pero sé que no es profesor de instituto. Yo creía antes de venir que la mayoría serían profesores de secundaria, pero me equivoqué. Me preguntaron, realmente interesados, cómo estaba la educación, y procuré cambiar pronto de tema para no deprimirlos. Esta es parte de la gente que conocí y, como se ve, es gente interesada en la filosofía, más allá de cualquier otro interés intermediario.

Mi primera reacción fue de estupor: todavía había gente que creía en la filosofía, incluso talluditos. Eran como pequeños pipiolos deslumbrados por la fachada de un edificio que, como ocurre con ciertos castillos, en su interior no hay nada de lo que parecían prometer sus muros. Muchos de ellos, estoy seguro, todavía creerán que no han entendido determinadas ponencias porque no saben suficiente filosofía, en lugar de decretar que no valían nada. En otros casos, no obstante, pueden tener razón. Ay, yo los veía como ovejas camino al matadero filosófico. ¿Qué les promete la filosofía para que acudan dócilmente tras sus huellas? Mi segunda reacción, inmediata a la primera, fue de responsabilidad. Si esta gente espera algo de la filosofía, quienes nos dedicamos a ella (suponiendo eso en mi caso), debemos hacerlo lo mejor que podamos, con la mayor profesionalidad posible. Más que de profesionalidad, habría que hablar directamente de responsabilidad. Una responsabilidad que nadie nos impone, sino que se impone uno a sí mismo: no cejar, luchar por lo que uno hace para no defraudar a los que te puedan leer, a los que se arriesgan a perder un rato contigo. Ser leal contigo y, así, con ellos. No ofrecer productos basura o de consumo rápido. Nada de fast food filosófica. Eso sería timarles.

Después de todo, la filosofía no ha muerto si aún hay gente capaz de reunirse en el corazón de un verano para hablar desde ella, y hacerlo no por motivos profesionales ni por ningún interés laboral o social, sino simplemente por el llamado de la propia filosofía.

¿Qué es lo que la filosofía les ha prometido como para seguir sus huellas? Esta pregunta parece un enigma. Lo que quedó claro en todas las ponencias, y mucho más en las más brillantes, es que el discurso filosófico tiene una especificidad tal que no se parece a ningún otro. Esta singularidad no se debe a que sea especialmente original, no es por decirlo así nada achacable al discurso mismo, sino a la función que desempeña en nosotros. Es como un bálsamo para el alma. Incluso sin comprenderlo bien, sabemos que maneja unas categorías y unos modos de pensar que parecen una de las respuestas más adecuadas a nuestras exigencias de racionalidad. Si no hubiera filosofía, nuestra razón quedaría profundamente insatisfecha, porque la filosofía es un bálsamo para el alma porque es un bálsamo para la razón. La filosofía responde a las exigencias de la razón, reconociéndolas como tales y enfrentándolas. Esto es lo que marca la singularidad de su discurso y su carácter imprescindible para nosotros. Y esto es lo que todo discurso filosófico, malo o bueno, manifiesta. Esto es lo que se puede leer entre líneas, este es su tono emocional. La mejor filosofía nos deja en suspenso porque replantea la racionalidad de un modo que la razón no había imaginado. Pero incluso la peor filosofía responde a las exigencias de la razón, tomándola globalmente. Ningún otro discurso o práctica humana lo hace, y por eso la filosofía es imprescindible y no morirá entre nosotros.

Si hubo épocas de la humanidad anteriores a la filosofía, esto se debió a que la razón no se constituyó de un día para otro, sino que hay una genealogía de la razón, una génesis, un desarrollo. Pero una vez que los griegos la asentaron, quedó establecida para siempre. El mismo judaísmo fue consciente de que no podía ignorar las exigencias racionales. Esto no supone defender la filosofía griega y mucho menos la grecicidad de la filosofía, sino que afirma que la filosofía griega es el primer intento claro por responder a las exigencias de una razón que había emergido históricamente en aquella época de la humanidad, y es su actitud, su gesto y su conato lo que, mucho más que los contenidos, fundan nuestra tradición.

Así pues, en este curso, precisamente en virtud de la ininteligibilidad, fragmentariedad o incluso vaciedad de algunas de sus ponencias, se manifestó con meridiana claridad en qué consiste la filosofía. Las buenas ponencias lo confirmaron y nos estimularon en la dirección de un trabajo de calidad.

Lo que promete la filosofía sin que ella misma diga nada, por su sola presencia, es que no dejaremos desatendidas las exigencias de nuestra razón, esa razón teórica y práctica que nos alerta de las paradojas y contradicciones de nuestra vida, haciéndonos vivir de un modo que la misma vida -y la cotidianidad asfixiante de nuestra existencia- jamás podría haber imaginado: una vida filosófica. La filosofía nos sirve así para vivir, cuando creíamos que la vida se reducía a “esto”. Por eso la recompensa de la filosofía es ella misma, y quizá sea la intuición más o menos clara de este asunto lo que explica que Amelia, Enrique, Manuel, Ramón, Belén, Julio y tantos otros sigan sus huellas, haciéndola posible con su actitud , como los justos desconocidos que, en la tradición judía, se dice que sostienen el mundo.

 

Luis Fernández-Castañeda, agosto 2009

 

[i]  Todos los nombres propios han sido cambiados.

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