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Párrafos de  "La Teología de bolsillo", del baron d'Holbach (1723-1789). Traducción de Simón Royo. Madrid. Noviembre de 2004.

 

"Théologie portative, ou Dictionnaire abrégé de la religion chrétienne " par M. l'abbé Bernier,... [Holbach, Paul Henri Dietrich /baron d'Holbach/]. Numérisation BnF de l'édition de Paris : INALF, 1961- (Frantext ; N984). Reprod. de l'éd. de Londres : [s.n.], 1768

[Nota del editor- Las anotaciones numéricas en negrita y entre paréntesis corresponden a la paginación en el original]

 

(p.107). Jesús-Cristo. Nombre que adoptó en otro tiempo la divinidad, cuando vino de incógnito (incognitio) a darse un rulo por Judea, donde, a falta de declinar su verdadero nombre, fue colgada por espionaje. Sin este feliz quidproquo el género humano se habría perdido: no hubiera habido ni teología ni clerecía, y jamás en Francia se hubiese oído hablar de la bula unigenitus.

 

Abstinencia. Abstención de comer. Es una práctica que le resulta muy grata a la divinidad, que no nos ha dotado de estómagos y de alimentos sino para invitarnos a dejarnos perecer de inanición. Cuando uno no puede ayunar por sí mismo es bueno el hacer ayunar a su gente. Una de las grandes ventajas del ayuno es la de disponernos para ver aquello que los sacerdotes nos quieren mostrar: cuando el estómago está vacío la cabeza está dispuesta a cualquier cosa. San Bernardo nos enseña que cuando el cuerpo ayuna nuestra alma se nutre bien y se vuelve lo suficientemente grasienta como para producir tocino.

 

Ignorancia. Es lo contrario de la ciencia y la principal disposición para la fe. Se presiente que sea tan importante para la Iglesia. Después de que los laicos ya no son debidamente ignorantes, la fe disminuye, la caridad se congela y las acciones de los clérigos caen por tierra.

 

Imitación. La religión cristiana nos (p.108) ordena imitar al Dios que adoramos. De donde se sigue que debemos tender trampas a los hombres, castigarlos por haber caído, exterminar a los infieles, ahogar o quemar a los pecadores, en definitiva, que debemos dejarnos caer, con el fin de asemejarnos a nuestro divino modelo.

 

Inmaterial. Es aquello que no es material, o aquello que es espiritual. Si quiere saber algo más diríjase a su párroco, que le probará que Dios es inmaterial, que vuestra alma es inmaterial, que un ángel es inmaterial, y que el dinero de la Iglesia, es inmaterial. Pero si vuestra mente, demasiado material, no comprende nada, espere a que le llegue la fe, y procure que su espíritu cerrado, no sea un día material o espiritualmente tostado, por haber sido demasiado material.

 

Inmenso. Dios es inmenso, está por todas partes, lo llena todo. -¿Está entonces en mí cuando hago una estupidez?. -¡Eh!, ¡alto ahí, gran memo!. Está por todas partes pero sin estar sin embargo en ti. -¡Ah!. Entiendo, es un misterio.

 

Inmortalidad. Cualidad propia de nuestra alma, que, como se suele decir, es un espíritu; o un espíritu es una sustancia que no conocemos. De donde se demuestra que (p.109) no se puede destruir como las sustancias que conocemos. Es esencial para la Iglesia que nuestras almas sean inmortales, ya que sin esto bien podríamos no tener necesidad de ministros de la Iglesia, lo cual forzaría a los clérigos a declararse en bancarrota.

 

Inmutable. Dios es inmutable, es decir, no es susceptible de cambiar; sin embargo encontramos en sus papeles que a menudo ha cambiado de proyectos, de amigos, e incluso de religión: pero todos esos cambios no pueden perjudicar su inmutabilidad, ni la de los padres inmutables, que jamás cambian de parecer con el propósito de sujetar a los laicos por la nariz.

 

Inmunidades. Privilegios muy prudentemente acordados por los príncipes o más bien por la propia divinidad a sus criados de a pie. En virtud de las inmunidades ellos pueden ser muy insolentes aquí abajo, y están exentos de contribuir como los demás a las necesidades de la sociedad. Dios no está nunca de tan mal humor como cuando se tocan las inmunidades de sus gentes, y generalmente se venga, sea de viva fuerza o a traición.

 

Impenitencia. Es un endurecimiento en el pecado. Cuando se persevera hasta la muerte en la rebelión contra la Iglesia, la impenitencia se llama final; es el más horrible de (p.110) los pecados, a los ojos de los clérigos, quienes no pueden consentir que jamás Dios la perdone.

 

Impíos. Son las personas que no son piadosas, o que careciendo de fe, cometen la impenitencia de reír de las cosas que los devotos y los padres han convenido en guardar como serias y santas. Una mujer impía es aquella que no pía, como su comadre la devota, o su vecina la jansenista, o su tía la mojigata.

 

Impiedad. Es todo aquello que atenta contra el honor de Dios, es decir, de los curas.

 

Implícita. Es el carácter que debe tener la fe cuando se halla bien condicionada. Semejante fe es la misma que la fe del carbonero, que consiste en jamás dudar: de lo que dice el sr.cura, cuando uno es católico; de lo que dice el profesor Vernet, cuando uno es genovés; de lo que dice el mufti, cuando uno es un burgués de Constantinopla.

 

Importante. No hay nada más importante en el mundo que aquello que interesa a los sacerdotes hacer observar como importante. El mundo cristiano ha alcanzado, tras muchos siglos, la dicha de ser perturbado por palabras importantes, por argumentos importantes, por épocas importantes, por ceremonias importantes, (p.111) por capuchones importantes, por bulas muy importantes, etc.

 

Imposición de manos. Ceremonia sagrada requisada para hacer sacerdotes, y no impostores, como su nombre podría indicar. Mediante la santa magia llamada quirotonia, el santo espíritu desciende sobre el cráneo de un sacerdote, que desde entonces no puede decir más que verdades, a excepción, sin embargo, de que aquello que diga sea aprobado por su obispo, que es quien tiene siempre, como se dice, la fe de primera mano.

 

Imprenta. Invención diabólica y digna del Anti-Cristo, que debería ser proscrita en todos los países cristianos. Los fieles no tienen necesidad de libros pues les basta con un rosario. Para emplearla bien no se debería imprimir más que el breviario y el pedagogía cristiana.

 

Encarnación. Todo cristiano está obligado a creer que el espíritu, que rellena el universo de su inmensidad, estuvo en otro tiempo condensado bajo la piel de un judío, pero como no se encontró a gusto en esa metamorfosis, se asegura que volverá a condensarse otra vez. Aquellos que deseen hacerse una idea clara de este misterio inefable, encontrarán satisfacción, en el cántico del sr.Simón el franco (p.112).

 

Cántico. El pecado de nuestro primer padre le perdió y a todos sus descendientes: pero la cólera de un Dios todo bonachón, lejos de ser eterna, no duró más que cuatro mil años. Tras haber dado esos pocos años para los arrebatos de un primer movimiento, la gracia vino a cambiar los destinos de las almas, que se encontraban condenadas, sin saber como. Para reparar el mal de la manzana he aquí pues lo que a su hijo dijo: -¡vete a…, corre a hacerte hombre!; sufre, muere. Ante eso, he aquí como el hijo contestó: Obedezco, pero no le puedo callar un hecho que usted no puede negar; yo soy dios como usted, mi querido padre, devenir hombre, ¿no será transformarme de obispo en molinero?. -¡Alto ahí hijo mío!, es un misterio, en el cual hay que creer con sumisión (p.113). Nacerás de una virgen madre. Aquí está mi santo espíritu listo para realizar la operación, ¿y no tengo por aquí, prosiguió, algún ángel dispuesto a realizar una comisión?. ¿Pero dónde están?. Los tendré que cambiar. ¡Eh!, Gabriel, que sobre este plan me arreglen lo de la encarnación. El ángel parte, vuela sobre el hemisferio, va en casa de la mujer de un carpintero, es un intrigante, que se le deje hacer, nadie mejor que él para anudar un affaire, ése es su oficio. Dice cumplidos al entrar, y como es ángel tiene ingenio; de todas las gracias, dice, tú eres el centro, bendito sea el fruto de tu vientre: el cumplido cuajó. Fin.

 

Incesto. Crimen contra natura que estaba permitido en tiempos de Adán y que a menudo aún permite el Papa cuando es bien remunerado. Es un pecado imperdonable el de acostarse con la propia madrina, pues se comete (p.114) un incesto espiritual, y eso es tan terrible como un incesto corporal.

 

Incomprensible. Dios es incomprensible al igual que los misterios de la religión: no hay sino los sacerdotes que comprendan cualquier cosa, lo que hace ver la profundidad de su cabezota sagrada.

 

Incrédulos. Esos son los traviesos que no son crédulos, y que tienen la impertinencia de suponer que Dios bien podría no haber dicho todo lo que se le hace decir, y que sus sacerdotes, bien podrían querer ocultarlo. Se ve evidentemente que las personas de semejante calaña son inútiles para el clero, y por consiguiente, para la sociedad, que no puede vivir sin el clero. Además San Agustín, que lo había soñado bien, nos asegura que la incredulidad es el pecado de los pecados.

 

Indefectibilidad. El mismísimo Dios ha prometido a su Iglesia que ella sería siempre amable, que no envejecería, que no chochearía jamás, que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Pero a pesar de tales afirmaciones ella se pone patas arriba cada vez que se le dice una palabra torcida, lo cual no significa que carezca de fe, sino que teme la falta de dinero y de crédito, que le son muy necesarios para alimentar su fe (p.115).

 

Indulgencias. Gracias espirituales que la Iglesia o el Papa otorgan a los fieles, cuyo efecto es el de borrar los pecados pasados, presentes y futuros. Estas indulgencias no deben confundirse con la que los profanos llaman indulgencia. Esta última es una disposición que el clero se vanagloria de poseer, pero que nunca debe de ejercer.

 

Inefable. Todas las cualidades divinas son inefables, es decir, más allá de toda expresión, más allá de la inteligencia humana. Pero como los curas las razonan sin cesar, los buenos cristianos deben piadosamente suponer, que saben muy bien lo que dicen, cuando hablan de cosas inefables, de las que el vulgo nada entiende.

 

Infalibilidad. Privilegio exclusivo otorgado a la Iglesia por la divinidad misma. Sus obispos, reunidos en un cuerpo, no pueden errar sobre la fe, ni cuando no deciden nada, ni en las ocasiones en que son lo suficientemente fuertes como para imponer sus decisiones. Según algunos cristianos el Papa es infalible, pero muchos otros tienen el valor, de dudar de semejante verdad. En general se puede decir que todo sacerdote, todo cura, todo predicador, todo rabino, etc., gozan de la infalibilidad, cada vez que se ven en peligro de ser contradecidos; todo sacerdote con poder es, evidentemente, infalible. (p.116).

 

Infinito. Es aquello que no es finito o…

 

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