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Sobre el diagnóstico de los sueños

                                         Galeno de Pérgamo

 

 

 Traducción de Leandro García Ponzo

 

 

L

a visión en las ensoñaciones [enhypnion], en mi opinión, indica una disposición del cuerpo. Alguien que sueña con una conflagración está aquejado por la bilis amarilla, pero si sueña con humo, o neblina, o profunda oscuridad, por la bilis negra. Tormenta de rayos indica que la humedad fría abunda; nieve, hielo y granizo, flema fría.

También es necesario prestar atención al momento [kairós] de la enfermedad y a la nutrición que ha sido recibida hasta entonces. Si, por ejemplo, alguien que piensa que está siendo cubierto con nieve posee esta impresión en el comienzo de un ataque acompañado por temblores, escalofríos, uno debe asignárselo en mayor parte al momento de la enfermedad, y no a la disposición del cuerpo. Pero en alguien que tiene un sueño tal cuando la enfermedad ha pasado, su crisis nos proveerá de una firme indicación de frialdad de sus humores predominantes, más aún si no ha comido ninguno de los alimentos flemáticos, los cuales, cuando se hallan incluidos en el estómago, hacen posible el advenimiento de tal impresión, aunque la disposición de la totalidad del cuerpo no sea similar.

Pero mientras en el sueño el alma no produce impresiones basadas sólo en disposiciones del cuerpo, sino también en aquellas cosas que habitualmente, día tras día, realizamos, y algunas otras que provienen de aquello que hemos pensado –y de hecho algunas cosas son reveladas por éstas como una profecía, para decirlo de algún modo, o al menos así nos lo indica la experiencia– el diagnóstico del cuerpo a partir de las ensoñaciones que surgen del cuerpo se vuelve difícil.

Ahora bien, si fuera necesario solamente distinguir esta causa de las cosas realizadas o pensadas durante el día, no sería para nada difícil concluir que todo lo que no ha sido realizado o pensado surge del cuerpo. Pero en la medida en que admitimos que existen también sueños proféticos, no es fácil decir cómo éstos podrían ser distinguidos de aquellos que surgen del cuerpo.

En cierta ocasión, un hombre soñó que una de sus piernas se convertía en piedra, y muchos de aquellos sabios acerca de esos asuntos juzgaron que el sueño pertenecía a sus esclavos, pero el hombre estaba paralizado en esa pierna, aunque ninguno de nosotros esperábamos algo así. Establecimos, por ejemplo, que el luchador que parecía estar parado en un receptáculo de sangre y mantenerse a flote con dificultad poseía abundancia de sangre y tenía necesidad de una purga. Y alguien que se hallaba a punto de sudar críticamente parecía estar bañándose y nadando en receptáculos de agua caliente. Por lo que también la impresión de beber sin saciarse les ocurre a esos cuya sed es extrema, del mismo modo que aquello de comer sin saciedad les ocurre a los famélicos, y aquello de hacer el amor, a aquellos que están llenos de semen.

Por lo que es probable que en el sueño, el alma, habiéndose dirigido hacia las profundidades del cuerpo y retirado de las percepciones externas, perciba las disposiciones a través del cuerpo y se forme una impresión de todo lo que éste alcanza, como si estas cosas estuvieran ya presentes. Y si este es el caso, no será de ninguna manera maravilloso, siempre que la facultad física, ahogada por un exceso de humores, esté tan aquejada, que aquellos que se mueven a sí mismos con dificultad posean aquella impresión en un sueño y soporten algunas vejaciones; o, por otro lado, que cada vez que la disposición del cuerpo sea liviana y superflua, quienes están así dispuestos tengan el sueño de que están volando o corriendo raudamente. Las impresiones del alma siempre acordando con las disposiciones del cuerpo, incluso hasta el punto de parecer que se huelen malos o buenos aromas. Para aquellos que tienen la impresión de que están viviendo en estiércol y en un lodazal, o bien tienen sus humores internos en mala condición, malolientes, y pútridos, o bien tienen un exceso de estiércol en sus intestinos. Uno debe concluir que quienes están dispuestos inversamente, y parecen vivir en sitios fragantes, poseen la disposición opuesta en sus cuerpos.

De manera que lo que nuestros pacientes observan en sus ensoñaciones, y parecen hacer en ellas, a menudo nos indica tanto la falta o la abundancia como la calidad de sus humores.

 

 

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