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Marco Cornelio Frontón (100-170)

Elogio del humo y el polvo

Traducción de Leandro García Ponzo

 

 La mayor parte de los lectores, por culpa del título, podrían despreciar este escrito mío: nada serio ha podido alguna vez provenir del humo y del polvo. Pero tú, en virtud de tu excelente ingenio, sabrás ciertamente juzgar si esta obra es un mero divertimento o si es posible sacarle provecho.

Aunque me parece que el tema requiere una breve introducción sobre las razones que me impulsan a tratarlo, porque no hay nada similar escrito en lengua latina que posea suficiente decoro, excepto por algunos pasajes de los poetas en la comedia o en las atelanas. Quien intente escribir cosas de tal género andará en la búsqueda de un gran número de conceptos agudos e ingeniosos, los expondrá concisamente y los enlazará con sutileza, no insertará muchas palabras inútiles repetidas; finalmente, concluirá cada pensamiento de modo concatenado y elegante. Distinto es el caso de los discursos judiciales, en los cuales ponemos cuidado en cerrar las oraciones con una cierta dureza y sin ornamento. Pero al contrario, aquí, es imperioso esforzarse para que nada permanezca inarmónico ni produzca hiatos, y que todo, como en un traje liviano, esté bien cubierto de ribetes y ceñido por pequeños cordones. Por último, como en los epigramas, es necesario que los últimos versos tengan cierto relámpago de luz; así es como el pensamiento debe ser cerrado con alguna cadena o broche.

Pero en primer lugar se debe buscar lo agradable. En efecto, este género de composición no se escribe para defenderse de una acusación capital, ni para hacer aceptar una ley, ni por exhortar a los ejércitos, ni para inflamar una asamblea, sino por el divertimento y el placer. Aunque es necesario hablar como si se hablara de una cosa importante y grandiosa, y asimilar y comparar las pequeñas cosas con las grandes. En este tipo de obras el mérito mayor es el tono firme y seguro. Se deben introducir en el momento oportuno mitos de dioses y de héroes, y también versos pertinentes, proverbios bien adaptados, ficciones no construidas sin argucia, siempre que tales ficciones posean algún contenido ingenioso.

Pero lo más difícil es disponer los argumentos de modo tal que su despliegue esté bien concatenado. Platón, en el Fedro, reprochará a Lisias que el orden de los pensamientos expresados ha sido por él a tal punto mezclado que los primeros se hubieran podido apostar sin problema en último lugar y los últimos en el primero. Evitaremos este ese defecto si colocamos los argumentos luego de haberlos dividido en base a sus contenidos específicos, y no los dispondremos propagados o amontonados sin solución de continuidad como sucede en la sátira, sino de manera que el pensamiento que viene primero alargue una aleta y extienda dicha extremidad al sucesivo; y en el punto en el cual había terminado el primer pensamiento, justo desde allí inicie el siguiente; así parecerá que seguimos un camino en vez de saltar de aquí para allá.

[…] En un discurso más agradable es variar, incluso si comporta el riesgo de alguna omisión, en lugar de proceder en modo continuo…

Las cosas agradables se expresan en tono serio; las cosas serias con tono hilarante.

Aunque esa simpatía sea pura y púdica, Tusculana y Iónica, vale decir al modo de Catón y de Heródoto…

Es más fácil enseñar una cosa que tener la fuerza para hacerla. […]

Como desear y rogar, cosas que se hacen sin esfuerzo, con el espíritu y con la voz. Así, pues, cuanto más benevolente un hombre, más laudado será su mundo; y buscará no sólo aquello que ya ha sido llenado de elogios, sino aquello que, ya sea divino, ya sea humano, haya sido lo menos laudado; y ésta ser la prueba de benevolencia; como un labrador, que será más industrioso si siembra la tierra no labrada y un sacerdote, que es verdaderamente devoto si cumple sacrificios cerca de un lugar de culto y fuera del alcance común.

Alabará por lo tanto a una divinidad que no es laudada de costumbre, y que sin embargo, con gran frecuencia, forma parte de la vida cotidiana de los hombres, y esto es el Humo y el Polvo, sin los cuales no podrían ser usados ni los altares, ni los hogares, ni las calles, o como se dice vulgarmente, los senderos. Si alguien, en primer lugar, no está seguro de que el Humo esté contemplado entre los dioses, que considere que también los vientos son contemplados como divinidades, y la niebla y las nubes, que son muy similares al Humo, son considerados deidades y se ven en el cielo, y, como dicen los poetas, los dioses están vestidos de nubes, y una nube refugió de las miradas indiscretas a Jove y Juno en el lecho. Y como es propio de la naturaleza divina, no se puede agarrar con la mano ni el Humo ni el sol, y no se los puede legar, ni fustigar, ni restringir, ni expulsar, incluso si se abre una mínima fisura…

 

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