Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

 

La enseñanza de la Historia en la Institución . (1)

Texto de Bartolomé Cossío (versión publicada por Textos de la Caverna. Madrid. Junio de 2003)

  VER INTRODUCCIÓN Y COMENTARIO A ESTE TEXTO POR TEXTOS DE LA CAVERNA

Se comienza, como todos los demás estudios, desde el primer grado de la escuela de párvulos. El vivo interés que el niño tiene (aun antes de saber hablar) por lo que ha pasado, el hecho, y por su narración, y el placer tan intenso que encuentran en el cuento, indican cuán íntimo le es el sentido histórico y la necesidad de cultivárselo desde muy temprano. El ayer y el hoy, la sucesión, el cambio, y la unión con el pasado, son elementos primordiales en la vida de representación del niño, y hay que preparar a éste racionalmente, desde el principio, para que llegue a descubrir las relaciones de principios y antecedentes a consecuencias. Semejante preparación es ya una educación histórica.

 

Comienza esta educación por los mismos caminos por que la humanidad, espontáneamente, y el historiador, en forma reflexiva, han construido la Historia; acudiendo a las fuentes directas y atendiendo primero y durante largo tiempo solamente al acopio de materiales. Ante todo, los de carácter más sensible: objetos, restos de la industria humana, hechos llamativos. Visita a los Museos de antigüedades y de arte, narraciones de historiadores y de viajeros; biografías, fotografías y láminas de objetos, de localidades, de personajes; representaciones de hechos históricos. Para despertar la reflexión y estimular la investigación histórica, ejercicios hechos por los niños sobre recuerdos de su vida, o la de sus familias, o sobre acontecimientos que hayan presenciado u oído referir. Todo ello se verifica, en este primer período, con carácter insistemático y fragmentario, sin tratar de descubrir relaciones internas de hechos y cosas, sin atar unos con otros los acontecimientos, sin pretender trazar el menor bosquejo siquiera de cuadros generales de pueblos y épocas, ni mucho menos el enlace de todos ellos en el proceso de la Historia.

 

Esta, como se ve, tiene desde el comienzo carácter de Historia de la cultura. No sólo porque no se reduce a la mera Historia política (que, por el contrario, representa muy poco en este grado), sino porque, ante los objetos y las láminas, base principal por ahora de la enseñanza, se habla más de los pueblos que de los personajes: de cómo se enterraba a los egipcios; de los dioses y juegos de los griegos; de la conquista y monumentos romanos, etc. , despertando la idea (sin decirlo) de que todo lo que hay se hace por todos, y de que el verdadero sujeto de la Historia no es el héroe, sino el pueblo entero, cuyo trabajo de conjunto produce la civilización.

 

Al tacto del maestro se encomienda, no sólo la cantidad de contenido, sino el modo especial de proceder en cada caso, dentro de aquel espíritu general. Ya él toca, sobre todo, el escoger las ocasiones y momentos más oportunos para empezar a mostrar relaciones entre hechos y fenómenos, introduciendo así, esporádica e insensiblemente, elementos de orden y de sistema en la enseñanza de la Historia.

 

Para ello, se comienza principalmente por hacer notar aquellos contrastes más salientes que ofrecen entre sí los distintos grados de cultura de los pueblos, muy especialmente, los dos extremos de la serie; observando los rasgos más característicos de nuestro estado de cultura en todos los fines humanos (ciencia, arte, religión, política, etc.), paralelamente con los que ofrecen estos mismos fines en los pueblos salvajes. Acúdese al propio tiempo a los resultados de la prehistoria, para despertar con todo ello la idea del proceso evolutivo de la cultura; la de que toda nueva etapa no se verifica sino sobre antecedentes necesarios que le sirven de base; la de que el progreso no se realiza en línea recta y continua y la de la relatividad del concepto de civilización.

 

Semejante estudio de contraste (en que se gasta mucho tiempo) constituye, en el fondo, el cuadro general, a grandes rasgos, de la civilización contemporánea, así como el de los primeros orígenes de la civilización. De esta suerte, se procura iniciar un cierto ensayo de sistema, abarcando, lo primero y de una vez, en unidad, como pide la ley del conocedor, todo el proceso histórico comprendido entre sus dos extremos: el salvajismo y la cultura actual, siendo éste el más vivo, real y perceptible contraste que el niño puede observar de un modo inmediato. La Historia, para él, comienza por ser los esfuerzos que los hombres han hecho para pasar de uno a otro de aquellos dos estados.

 

Por el mismo principio de contraste, se procura introducir orden y sistema en semejantes esfuerzos, atendiendo, sobre todo a aquellos elementos que puedan contribuir más a despertar una imagen del pueblo o del momento histórico en la fantasía del alumno. Así viene el paralelo entre las dos grandes civilizaciones humanas, por lo que hace al sujeto: la oriental, de la raza amarilla, y la occidental, de la blanca.

 

Y luego, dentro de ésta, se establece la sistematización, fijando igualmente por contraste los dos momentos culminantes, que su historia nos ofrece: la civilización griega de los siglos V y IV antes de Cristo, y la cristiana, del XIII al XV. Y, pues nada habla tanto ni tan directamente a la fantasía como el arte, utilízase éste, muy especialmente el monumental, como núcleo de concentración para caracterizar y fijar los distintos períodos históricos. En torno de la Acrópolis de Atenas, el Partenón y sus esculturas, se agrupa, en este caso, todo el resto de la cultura griega; y alrededor de las catedrales góticas, con sus portadas, y de la pintura giotesta y prerrafaelista, el florecimiento de toda la civilización cristiana. Nada entra con tanta fuerza por los ojos, en este grado de la enseñanza, para establecer vivo contraste entre ambas civilizaciones, como el que ofrecen entre sí el templo griego y el ojival, en su aspecto y en sus estructuras radicalmente diversas, y por esto fácilmente inteligibles para el niño; de igual suerte que entra la escultura griega y la pintura cristiana.

 

Las artes plásticas, sobre todo, parecen la base real, positiva, más accesible al niño, por lo inmediato y corpóreo de su representación, para atar sistemáticamente las demás relaciones históricas y para percibir la continuidad de la evolución de la cultura. En el Arte, como en ninguna otra manifestación, puede hacerse sensible al niño que todo cambio tiene sus antecedentes necesarios en lo que le ha precedido, que las ideas mudan más rápidamente que las formas; que el proceso de perfeccionamiento consiste en encontrar formas adecuadas a las ideas; y que en unas y otras queda siempre un fondo sustancial homogéneo con todo lo anterior, aunque las manifestaciones parezcan diversas.

 

Sobre esta base, el Museo de antigüedades, ordenado históricamente, se utiliza mucho para fijar en la fantasía la sucesión de las distintas civilizaciones. Las orientales, como precedentes necesarios de la griega, con elementos que en ésta culminan y con otros que quedan latentes y que evolucionarán más tarde en la cristiana. Como antecedentes inmediatos de ésta, se encuentran, en Occidente: Roma, los pueblos bárbaros y sus establecimientos, hasta el siglo XI; y en Oriente, la cultura greco-alejandrina, la bizantina y la árabe, con su rama española, hasta la aparición de las naciones modernas. Y de las lenguas romances. Aplicando el principio del arte monumental como guía: a la arquitectura románica (XI y XII), se ata el período feudal; a la gótica, todo el régimen municipal corporativo, aparición del tercer estado, etc. ; al pleno Renacimiento y su evolución greco-romana y barroca, el régimen de las monarquías absolutas; al neoclasicismo, el despotismo ilustrado y las revoluciones; a la reacción romántica, las monarquías constitucionales; al arte moderno, con su indecisión y eclecticismo arquitectónicos y sus grandes construcciones de hierro, el régimen democrático y las aspiraciones socialistas y libertarias.

 

Sirva esto solamente por vía de ejemplo.

 

Sobre esta base, especialízase luego gradualmente en cada curso, aprovechando siempre los materiales indicados. El pormenor político se encomienda principalmente a lecturas individuales, cuando llega la edad conveniente. Las visitas a los Museos se amplían con excursiones a ciudades monumentales e históricas. Se especializa en cursos particulares sobre cada una de las Bellas Artes y sus derivadas. Desde el principio, acompaña siempre a los trabajos el trazado de mapas históricos; los documentos entran aquí igualmente.

 

 

 

 

(1)   Nota a un historiador, 1904.

En: Colección clásicos de la Educación. Manuel Bartolomé Cossío “Una antología pedagógica”. Selección de textos, presentación y bibliografía por Jaume Carbonell. MEC, Madrid 1985: La enseñanza de la Historia en la Institución. Págs.169-173.

 

 VER INTRODUCCIÓN Y COMENTARIO A  ESTE TEXTO POR TEXTOS DE LA CAVERNA

 

VOLVER A PORTADA