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¿Qué es el bolchevismo?[1]

(1920)

León Chestov

Traducción de Cristina Sliwa Vega

 

(León Chestov fue el filósofo de mayor prestigio en Rusia. La claridad, la determinación y su particular estilo, así como el original método, le han encumbrado a la cima del pensamiento ruso contemporáneo. Es conocida su oposición al dogmatismo metafísico, la filosofía crítica de los siglos XIX y XX y al kantismo. Sus principales obras son: Sur Shakespeare; La Philosophie et le Sermon (Tolstoï et Nietzsche); La Philosophie et la Tragédie (Nietzsche et Dostoïevski.) 

I

Cuando llegué a Europa, la gente compatriotas y extranjeros— me preguntaba siempre lo mismo: «¿Qué es el bolchevismo? ¿Qué pasa en Rusia? No sabemos, me decían, ni entendemos nada; usted que lo ha vivido en su propia piel, cuéntenos y cuénteles con templanza e imparcialidad todo lo que sepa».

Hablar serenamente de lo que está ocurriendo en Rusia es, si no imposible, bastante complicado. Y, en lo referente a la imparcialidad, volveré sobre ello más adelante.

Efectivamente, después de cinco años, la guerra nos ha familiarizado con todo tipo de horrores y, pese a ello, lo que pasa en Rusia es aún peor que la propia guerra. Los hombres se matan, no sólo entre sí, sino también sin saberlo a su país. Mientras unos creen estar colaborando en el cumplimiento de una gran gesta que salvará a la humanidad, otros no piensan y sencillamente se adaptan, en virtud de sus intereses, a las nuevas condiciones de existencia. ¿Qué sucederá mañana? Para estos últimos la pregunta es indiferente: ya no creen en el mañana y tampoco recuerdan que existió un ayer y, como en todas partes, constituyen la mayoría aplastante. Por extraño que parezca, esos hombres, hombres corrientes, engolfados como están en sus intereses particulares, son los que hacen la historia. El futuro de Rusia, de la humanidad y del propio mundo, depende de ellos.

Esto es precisamente lo que no entienden los líderes ideológicos del bolchevismo. Parecería que los discípulos y los seguidores de Marx, habiendo heredado la filosofía de la historia hegeliana, deberían ser más clarividentes y, en consecuencia, saber que la historia no se hace en gabinetes, ni se deja reducir a decretos arbitrarios. Ahora bien, hagan el intento de decirle algo a la ideología bolchevique de ojos azul claro: no entenderán nada. Y, si por acaso lo hiciesen, les responderían de la misma manera que antaño, como en la época zarista los redactores del Nóvoye Vremia y otros periódicos, al tener que asumir la triste tarea de justificar el régimen de esclavitud: «Todo esto es doctrinarismo». La historia, Hegel, la filosofía, la ciencia: el hombre político está libre de todo esto. Pues bien, este mismo hombre político es el que decide huir del país que le ha confiado a su vez sus propias ideas. 

Suele decirse que Nicolás I, en la presentación de un proyecto de la línea férrea entre Moscú y San Petersburgo, sin mirar los planos de los ingenieros, trazó una línea prácticamente recta uniendo las dos ciudades, finiquitando de una forma sencilla y expeditiva el problema. Pues bien, análogamente, este es el método adoptado recientemente en Rusia para resolver todas las cuestiones. Y si el régimen de Nicolás I, como el de sus predecesores y sucesores, merece en toda regla el nombre de despotismo ignorante, con mayor justicia habremos de caracterizar con esta expresión al régimen bolchevique. Nos hallamos ante el despotismo, y subrayo, el despotismo ignorante. Los bolcheviques, como los políticos del inmediato pasado, desconfían de la virtud     —escepticismo que, como sabemos, la política admite—, de la ciencia e, incluso, hasta de la inteligencia. Los conservadores, conscientes de las singulares tradiciones políticas en Rusia tradiciones del período de esclavitud aún vivas en la memoria colectiva—, sólo se fían del palo, de la fuerza física bruta. Hasta hace bien poco, antes de la guerra, en la Duma, los diputados de la derecha, como Markov y Purichkevitch, se burlaban del humanitarismo liberal y respondían con amenazas de horca y prisión a todas aquellas tentativas de la oposición que intentasen apartar, por poco que fuera, a nuestros antiguos ministros y hombres de gobierno de la senda reaccionaria. Los comisarios en la actualidad sólo conocen una expresión: tchresvitchaika, y están convencidos de que toda la sabiduría gubernamental se cifra en esa palabra. Las libertades, las garantías individuales, etc. son invenciones vacías, sin sentido, provenientes de los eruditos de Europa, de los doctrinarios de Occidente. ¡Nosotros, en Rusia, prescindiremos de las libertades y las garantías individuales! Publicaremos entre cien mil y un millón de decretos y, de este modo, el hasta entonces país analfabeto, ignorante, débil y miserable, súbitamente se tornará rico, instruido, poderoso, y el universo entero se admirará de nosotros e importará con entusiasmo las nuevas formas del régimen gubernamental y social. 

Rusia salvará a Europa. Todos nuestros sectarios ideólogos están convencidos de ello. Rusia salvará a Europa por una razón contraria a Europa: creer en la fuerza mágica del verbo. Por extraño que resulte, los bolcheviques, devotos materialistas, se muestran a la postre como los idealistas más ingenuos. Para estos, las condiciones reales de la vida humana no existen. Están convencidos empero de que la palabra posee un poder sobrenatural y todo gira a su alrededor: se trata, en efecto, de sentirse orgulloso de ella, con denuedo, y ellos lo están. Los decretos se encuentran por doquier. Nunca antes, ni en Rusia ni en ningún otro país, se había hablado tanto y nunca antes tan en vano. Es cierto que esto viene de lejos, al menos desde Alexandre III y Nicolás I, como también que, en el antiguo régimen, la no correspondencia entre las palabras y las acciones del gobierno provocaba la indignación y la revuelta; pero, con todo, lo que pasa ahora sobrepasa todos los límites, incluso los más inverosímiles. En las ciudades y en el campo se mueren literalmente de hambre y de frío. El país se agota no día tras día, sino hora tras hora. El odio atroz, recíproco, y no entre clases como les gustaría a los bolcheviques sino de todos contra todos, crece sin cesar y, durante este tiempo, las plumas de los periodistas-funcionarios siguen publicando las mismas palabras intolerables sobre el futuro paraíso socialista.

 

II

He calificado a los bolcheviques de idealistas y he señalado que únicamente creen en la fuerza física bruta. A priori, estas dos afirmaciones parecen contradecirse. El idealista cree en el poder de la palabra y no en la fuerza física, pero esta contradicción sólo es aparente: no en vano, se puede ser un idealista de la fuerza física bruta. 

Pues bien, en la Rusia zarista, los círculos dirigentes siempre han idealizado la fuerza bruta. Cuando el gobierno provisional llegó al poder, de la mano del príncipe Lvoff y después con Kerenski, parecía que una nueva época nacía. De hecho, durante meses, Rusia mostró un espectáculo sobrecogedor: un enorme país extendiéndose cientos de miles de kilómetros, con una población de cerca de dos cientos millones de habitantes, pasando por encima de la autoridad; así, en marzo de 1917, por orden del Gobierno, en todo el país, la policía fue eliminada sin haber sido remplazada por otra autoridad. En Moscú se decía bromeando: «ahora vivimos en libertad condicional, bajo palabra». De hecho, hace bastante tiempo que vivimos así y no vivimos mal. El gobierno provisional, prefiriendo la persuasión, evitó cualquier medida rigurosa. Es de admirar que a pesar de la excepcional situación, hasta el golpe de estado bolchevique, la existencia haya sido más que soportable en Rusia. Se podía viajar en ferrocarril y por las carreteras sin comodidades pero sin riesgos, todo ello sin el menor temor a ser desvalijado y asesinado. Y en el campo, aunque los campesinos ocupaban las tierras, no se robaba a los propietarios, no se apropiaban de sus casas o fortunas personales. Pasé el verano de 1917 en un pueblo de Tula, en la casa de un amigo que, aun siendo uno de los latifundistas más importantes, apenas tuvo conflictos con los campesinos. Yo mismo, en dos ocasiones, hice en coche el trayecto que unía la casa de mi amigo con la estación de tren, alrededor de 28 verstas; también hice otros recorridos similares y, tanto unos como otros, terminaron saldándose sin problemas. Todo ello otorgó al poder central, según parece, la convicción de que su fuerza era la fuerza de la verdad y, por lo tanto, que se podía, contrariamente a los antiguos métodos del gobierno, buscar y obtener el orden, no por medidas de coacción organizada, sino por la mera fuerza de la persuasión. Kerenski pensaba incluso en poder llevar a la batalla a soldados que no reconociesen la disciplina. Sin embargo, las cosas no fueron del todo bien cuando el gobierno provisional trató de instaurar la verdad en lugar de la fuerza. Es más, desde este punto de vista, habría que decir que el gobierno provisional esperaba un fin revolucionario, aunque creando en Rusia unos hombres de verdad. Algo semejante a lo que habían soñado y de lo que ya habían hablado el conde Tolstoi, el príncipe Kropolkine y, en cierta manera, los eslavófilos. Sé, ciertamente, que ni el príncipe Lwoff, ni Milioukoff, ni Kerenski, eran tan ingenuos como para pensar en la realización del ideal anarquista en Rusia; aunque, de facto, lo patrocinasen. Teníamos un gobierno, no autoridad, y los hombres que formaban parte del gobierno disimulaban con su nombre la ausencia de toda autoridad. Cuando se trata de elegir entre los métodos del gobierno utilizados por los funcionarios zaristas y la inacción de la autoridad, el gobierno provisional se decantó por la inacción. Tampoco buscaron algo nuevo, una solución, no supieron hacerlo. Los bolcheviques, tras relevar al gobierno provisional, se toparon con el mismo dilema: o los métodos zaristas o la ausencia de autoridad. La ausencia de autoridad no podía en modo alguno seducir a los bolcheviques, pues el ejemplo del gobierno provisional había hecho notorio que la ausencia de la autoridad era todo menos inofensiva; pese a ello, en lo referente a encontrar algo que les fuera propio, los bolcheviques tampoco supieron dar con ello. Y, con la audacia propia de las personas que no son conscientes de la gravedad y responsabilidad de sus actos, los bolcheviques decidieron permanecer fieles a los errores de la antigua burocracia rusa. Desde ese preciso momento, para todo aquél mínimamente lúcido, se reveló la esencia propia del bolchevismo y su futuro.

Estaba claro el carácter arrollador de la revolución y que el bolchevismo era, en puridad, un movimiento profundamente reaccionario. No sólo. También un retroceso en comparación con Nicolás II, pues, repentinamente, los bolcheviques entendieron que los métodos de este no eran suficientes y, por tanto, era necesario adoptar la sabiduría política de Nicolás I, o incluso la de Araktcheieff. La palabra libertad se convirtió entonces en la palabra más odiosa. Comprendieron rápidamente que no iban a gobernar un país libre, que el país libre no vendría con ellos, como nunca antes tampoco con Nicolás I, Alexandre III o Nicolás II. Para un francés o un inglés una situación así se hubiera presentado harto inaceptable: da por hecho que nada bueno podría darse en un país en el que no hubiera libertad. Sin embargo, los bolcheviques rusos, educados en el régimen zarista de esclavitud, sólo hablaron de libertad tanto en cuanto el poder estuvo en manos de sus adversarios. No obstante, cuando el poder les llegó, renunciaron sin cargo alguno de conciencia a todas las libertades y declararon, de la manera más impertinente, la misma idea de libertad burguesa, sin valor para Rusia, aunque sí para la vieja Europa convertida. Un gobierno, un poder fuerte, a su ver, era lo que hacía falta al pueblo para su propio bien y, cuanto menos fuera consultado, más grande y más fuerte sería su felicidad. Si Nicolás I y Araktcheieff, muertos hacía ya bastante tiempo, se levantaran de sus tumbas, ahora triunfarían con sus ideas: la oposición rusa, desde la primera tentativa de realizar su excelso ideal, reconoció que ese era el verdadero camino ruso. 

Quien quiera entender que es lo que está sucediendo ahora mismo en Rusia debe examinar con especial atención los primeros fenómenos en la formación del gobierno de los bolcheviques. Todo lo que han hecho después se encuentra estrechamente vinculado a sus primeros actos.

Aquí en Europa, y a veces también Rusia, algunos se inclinan a pensar que el bolchevismo constituye una especie de novedad o incluso una novedad de gran importancia. Es un error: el bolchevismo ni fue capaz de crear, ni ha creado nada. Ahí reside la falta más grave para con Rusia y para con el mundo entero, en tanto en cuanto Rusia está ligada al mundo económica, política y moralmente. El bolchevismo no crea, antes bien, vive de lo previo. En cuanto a su política interior, como ya lo he mencionado antes, sus ideas fueron tomadas de Araktcheieff y Nicolás I; con respecto a su política exterior, no ha sido mucho más original, comenzando por el tratado de Brest-Litovsk y terminando por sus intentos de elaborar un acuerdo con Europa. En todo lo emprendido en este sentido, hay que reconocer, no obstante, la valía de los procesos en materia de política asiática con Abdul-Hamid. Los bolcheviques no cuentan con sus propias fuerzas, como Abdul-Hamid tampoco cuenta con las suyas. Rusia martirizada, impotente, destruida por conflictos internos, no puede reclamar ni dar; sólo queda una cosa: buscar la discordia entre los estados de la Europa occidental, entablar conversaciones simultáneas con Reino Unido, Francia, Italia y Alemania, previendo la gran diversidad e incluso la oposición de sus intereses, a la espera a fin de cuentas de que, de un posible enfrentamiento, podamos recoger un mayor o menor beneficio. Esta es la estrategia por medio de la cual Abdul-Hamid ha salvado a Turquía durante treinta años. El pueblo estaba en la miseria y, sin embargo, el Sultán se mantenía; el país se empobrecía e iba camino de su perdición, pero el poder ilimitado de la dinastía no sufría la espera. Treinta años: un periodo de tiempo que a los bolcheviques parecería una eternidad, pues esperaban alcanzar su objetivo en menos tiempo. ¿Qué objetivo? Lo veremos más adelante.

 

III

Me gustaría distinguir en la medida de lo posible el rasgo más característico, según lo entiendo, de la esencia del bolchevismo. El bolchevismo es, repito, reaccionario; es incapaz de crear algo y, por ende, toma todo aquello que sale a su encuentro, todo lo que otros han hecho. En resumen, los bolcheviques son parásitos en su propia esencia. Evidentemente, no se percatan de ello y, si lo hicieran, es poco probable que llegaran a admitirlo abiertamente. Sin embargo, en todos los campos por los que han pasado, su particularidad esencial ha dejado huella. Ellos mismos formulan la tarea que tienen encomendada, declarando desde el principio: es necesario destruir todo y, sólo después, comenzar a crear. Si los bolcheviques ideólogos de ojos azul claro fueran capaces de medir por un instante sus palabras se alarmarían. No he mencionado siquiera el hecho de que esta fórmula sea meridianamente contradictoria con la enseñanza fundamental del socialismo o que Marx no reconocería entre sus discípulos o seguidores a los autores de semejante programa. Marx consideraba que el socialismo era una forma superior de organización económica de la sociedad, derivando así la propia necesidad de la organización burguesa de la feudal; es más, el socialismo no sólo no suponía la destrucción de la organización económica burguesa, sino que la asumía completamente y guardaba intacto lo que había sido creado en el régimen precedente. La tarea del socialismo aparecía por ello, al ver de Marx, como una tarea constructiva. Transformar la organización burguesa en una organización socialista, significaba pasar a una organización superior y a una mejora de la producción, es decir, no destruir sino incrementar las fuerzas productivas del país. Era una tarea positiva. De ahí que los bolcheviques renegaran de ello, habida cuenta que no tenían ninguna posibilidad de crear. Es mucho más sencillo y fácil vivir a costa de lo que otros han hecho con anterioridad y, en este sentido, los bolcheviques no destruían nada. Viven, antes bien, de lo que encontraron al llegar. Así, cuando se le reprochó a Lenin que los bolcheviques habían robado, este contestó: «Sí, robamos, pero robamos aquello que ya había sido robado». Pues bien, admitámoslo por un momento, asumamos realmente que los bolcheviques retomaron sólo lo que ya fue tomado a la fuerza con anterioridad: efectivamente, eso no modifica en nada la cuestión. Los bolcheviques siguen siendo parásitos porque no añaden nada nuevo a lo que ha sido creado anteriormente, se alimentan de los nutrientes del organismo al que estuvieron ligados.

¿Cuánto tiempo podremos vivir así? ¿Cuánto tiempo podrá Rusia seguir alimentando a los bolcheviques? No sabría qué decir. Tal vez el grado de paciencia y capacidad de sumisión de nuestra patria supere todas nuestras perspectivas. ¿Qué más tiene que padecer? ¿Qué parásitos más que alimentar? No quiero recordar el siglo XVIII, con los reinados de Anna Ivanivna y Elisabeth Petrovna, aunque el siglo XIX ha sido asimismo, a este respecto, espantoso. La burocracia rusa, habiendo dispuesto sin control de Rusia y del pueblo entero, siempre partía de este punto de vista, a saber: los funcionarios debían mandar y el pueblo obedecer. Se dice que, durante la guerra de Crimea, Nicolás I fue aconsejado por uno de sus ministros a publicar en la prensa información detallada sobre la evolución de la guerra. Y, ante la preocupación y conmoción de los habitantes de Petersburgo, este espetó: ¿inquietos? ¿turbados? ¿Pero en qué les concierne?

Nicolás I era primus inter pares entre sus funcionarios. Cada funcionario estaba convencido de que la población, los habitantes, no eran más que un objeto de mando. De hecho, Rusia nunca quiso ni aceptó la palabra «ciudadano». La población debía sentirse feliz por semejantes maestros, encarnados en el supremo de todos ellos: el zar. Sin duda alguna, los extranjeros conciben difícilmente un estado de esta naturaleza y, sin embargo, no serán capaces de entender el bolchevismo hasta que lo intenten. La burocracia rusa, una vez más, siempre ha sido parasitaria; no sólo, la sociedad rusa en su conjunto ha llevado, en mayor o menor grado, una existencia parasitaria. Recuerdo que siendo estudiante, cuando salieron a la luz los primeros informes de los inspectores de trabajo, el sabio más reconocido en Rusia, el profesor Yanjoul, a la sazón inspector de trabajo de la ciudad de Moscú, explicaba de esta manera sus impresiones sobre todo lo que había visto en las fábricas de su región: «la industria rusa intenta obtener beneficios no industrialmente, es decir, no por la mejora en los procesos de producción, sino fundamentalmente mediante una explotación cínica y dolosa de los obreros».

Este es otro hecho que podría parecer completamente inverosímil a los que ignoran las condiciones de la vida rusa. Así, el conde Tolstoi relataba en sus obras póstumas que en su juventud, ante la idea de adquirir una propiedad, había estado buscando un emplazamiento en donde vivieran campesinos que no poseyeran tierras. «De esta manera, dijo, habría podido tener todos los obreros que necesitara».

El parasitismo había sido característico de las clases altas de la sociedad antes de la revolución, pero los nuevos nobles, es decir, aquellos que se unieron al gobierno central, han conseguido sobrepasar a los antiguos, y tampoco aquí el bolchevismo resulta original. Los bolcheviques hicieron todo lo que estuvo en sus manos para impedir la Revolución en su misión fundamental: la liberación del pueblo ruso. Pero, en puridad, ni la inherente meta destructiva alcanzaron. Destruyeron una parte importante de los bienes nacionales, asesinaron en las cárceles y los tchrezvitchaïki un numeroso grupo de antiguos ministros, tchinovniks y ricos. No me detendré en este punto. Todo el mundo sabe cómo trabajan los tchrezvitchaïki letones y los soldados chinos, aunque no hayan hecho desaparecer ni la burocracia ni la burguesía. Nunca antes en Rusia la burocracia se había extendido con tal celeridad y, por cierto, ¡qué burocracia, ociosa y lamentable! En todo servicio, hay diez veces más empleados de lo necesario y, de ellos, apenas se encuentra uno que sirva para algo. Todo el mundo: hombres, mujeres, jóvenes y viejos son funcionarios. Los bolcheviques están convencidos de que todo aquél que no sea funcionario resulta un peligro para el estado y, consiguientemente, los que no están a su servicio son perseguidos: se les ahoga con impuestos, se les priva de cartas de racionamiento, se les moviliza para el ejército, etc. hasta que terminan siendo funcionarios; por no decir, además, que la gente culta está completamente privada de todo sustento fuera del estado. Un obrero o, incluso, un hombre valiente, puede ir al campo para encontrar trabajo y, gracias a él, un techo y algo de pan. Sin embargo, un hombre formado —un profesor, un médico, un ingeniero, un escritor, un erudito está condenado a morir de hambre, a menos que acepte integrarse y aumentar las innumerables hordas de los funcionarios parásitos.

Y me preguntareis: ¿y la burguesía, está destruida? En absoluto, son los antiguos burgueses quienes lo están. La mayor parte de los fabricantes, comerciantes y sus principales colaboradores han desaparecido o están escondidos. Sin embargo, la burguesía rusa se ha fortalecido y es muchísimo más numerosa que antes. Hoy en día, casi todos los campesinos en Rusia son burgueses, atesoran enterrados miles e incluso millones —de rublos emitidos por el zar, Kerenski, los soviéticos, rublos ucranianos y otros valores— que nunca conseguiremos recuperar. De esta manera, la nueva burguesía no tiene ya ninguna tradición que, en cierta medida, reprima los apetitos de la antigua burguesía. 

Rusia ha encarnado siempre la arbitrariedad por excelencia. Los ministros zaristas, como Tcheglovitoff o Maklakoff, nunca entendieron qué extraordinaria fuerza creadora constituía en un estado una clara concepción del derecho. Constantemente injurian al pueblo de la forma más abominable, desde su concepción del derecho y la moral. No existía la justicia en Rusia, ni la clemencia, ni la equidad. El código establecido por Alexandre II se había abolido prontamente, al ser considerado por sus ministros como una pesada losa manteniendo un decoro exterior relativo— de la cual cabía liberarse progresivamente. El pueblo lo entendía perfectamente. Eran sabedores del fin que justificaba la institución de los jefes de zemstvos, razón por la cual se introdujeron los castigos corporales en el campo. Alexandre II odiaba las instituciones y autoridades que le eran impuestas por una fuerza exterior y, a pesar de lo cual, en el fondo de su alma, mantenía la fe en la verdad, esa fe que ha encontrado su expresión en las mejores obras de la literatura rusa. Llegó a parecer incluso que el pueblo, conservando la fe en el zar, lo exoneraba, víctima de los malos consejeros. Sin embargo, cuando estalló la revolución, el pueblo de repente dejó de creer en él. Y, aunque pueda parecer extraño, en toda la vasta Rusia no se encontró una sola ciudad o cantón que se alzara en defensa del zar destronado. ¡El zar se fue, buen viaje, sobreviviremos perfectamente sin él! La verdad que el pueblo buscaba no se hallaba más en él, sino en aquellos que habían luchado en su contra. Esta es la verdadera y única razón del tremendo éxito que vivieron los socialistas-revolucionarios al inicio de la Revolución. La verdad estaba de su parte y el clamor general dictaba que estos se habían sacrificado por aquellos. Mujeres, niños, ancianos, todos fueron a las urnas para votar por los hombres de la verdad, por los mártires del pueblo. Todas las preguntas quisiéramos responderlas con verdad y justicia, por la gloria de la santa Rusia. Los socialistas-revolucionarios rusos triunfaron. Una revolución sin derramamiento de sangre — ¡esta era la verdadera Rusia, sí, y no la Europa podrida!

 

IV

Es aquí donde reaparece la impotencia política y la incapacidad de parte de la intelliguentsia encargada del poder tras el derrocamiento del zar. El gobierno provisional, como dije, no supo hacer nada. Reinó, en efecto, mas no gobernó. A sus espaldas gobernaban los soviets que, no haciendo nada positivo, se convertían en los instrumentos destructivos del país, llevados al extremo. Entre los soviets se daban enfrentamientos entre los socialistas-revolucionarios y los bolcheviques, clamando las dos partes al pueblo. Dicho esto, el pueblo permaneció en silencio durante meses, esperando, confiando en que el gobierno encontraría un modo para reconstruir el país, habida cuenta ese ideal de derecho que se encontraba en el alma del pueblo, pero del que al fin carecía. No había un solo partido que estuviera, aunque precariamente, preparado para la acción gubernamental. Nadie escuchaba al pueblo, sus necesidades, nada querían saber de ellos. Tan sólo preocupaba una cosa: ¿quién tendría el poder? Y, como siempre, se suponía que el poder pertenecería a aquel que supiera ganarse las simpatías de la mayoría. He aquí la emulación que empezaba a nacer en los partidos, a saber: quién conseguiría presentar con la mayor celeridad el mayor número de promesas. No había término. Luego se autorizaba al pueblo a conquistar las tierras, los bienes inmobiliarios, etc. «¡es todo vuestro, cogedlo!», así era la última palabra de los representantes de los partidos. Poco a poco, el pueblo llegó a la conclusión de que todos sus ideales y sus concepciones del derecho no valían nada. Así había sido antes y así era ahora. La razón estaba con aquel que tenía uñas y dientes, y supiera servir delante de los otros y mejor que ellos. Mientras los maestros estuvieran en el poder, eran ellos los que tenían razón. Pero con los señores destituidos, aquél que tomara el puesto se convertiría en maestro y noble. Así pues, los socialistas de todas las escuelas, en el fragor de su lucha interna, no habían reparado en nada y, según parece siguen sin hacerlo, al proceder exactamente al contrario de lo esperado. Su tarea consistía en introducir en el espíritu del pueblo la idea de una verdad social superior y no extirpar, por el contrario, del alma toda noción de verdad. 

En nuestro país, los hombres políticos siempre han sido unos psicólogos mediocres. Nadie sospechaba, y nadie sospecha hoy, la enorme importancia que juega la concepción del derecho del pueblo en la obra de la organización social. Sé que los bolcheviques hablan constantemente de la psicología de clases, pero en sus bocas esas palabras no tienen ningún peso. En Rusia sólo eran posibles las reformas titánicas. Es menester advertir que, durante los primeros años de la guerra, se produjo un enorme desplazamiento en la línea que separaba la parte más pobre de la parte más rica de la población. En 1915, y sobre todo en 1916, tuve la oportunidad de viajar por Rusia y de vivir en el campo, y me sorprendieron profundamente los cambios que se habían producido en tan poco tiempo. El campesino pobre, famélico, amedrentado, tal y como nos lo habían pintado los escritores y tal como era antes de 1914, había desaparecido. Antes, pagando algunos rublos al starosta, en calidad de impuestos, el campesino se entregaba al explotador atado de pies y manos. Pero ya no se necesitaba dinero. No era posible comprarle mantequilla, huevos, pollos, a no ser pagando un alto precio por ello. Cuando le preguntábamos por qué no nos los vendía, siempre contestaba lo mismo: «comemos nosotros, pero también los niños». Era, por otro lado, comprensible. Desde que comenzó la guerra, el dinero empezó a fluir en el campo, porque las necesidades del frente eran sufragadas por los campesinos. Más tarde llegó la prohibición de beber alcohol y, por poner un ejemplo, sólo los moujiks aportaban a este respecto un millón de rublos por año. El alcoholismo, por su parte, trasladaba al campo un prejuicio doble porque cuando el campesino ruso quería vodka y no tenía dinero, pagaba cualquier cifra con tal de obtenerlo. De esta forma, los millones de campesinos se quedaban con los bolsillos vacíos y, en un espacio muy corto de tiempo, quedaban liberados de esta espantosa dependencia del koulak, en el que terminaban cayendo por falta de dinero. 

A propósito de esto recuerdo una conversación curiosa que tuve con el cochero de un funcionario y en cuya casa viví en 1916.

¿Qué sucede, barine? Me preguntó el hombre. ¡No hay forma de entenderse con los moujiks! Si necesitas algo, de repente te dicen: ¡dame cinco rublos, dame diez, es increíble! Antes era diferente: bastaba poner un sello y todo se arreglaba. 

Suprimido este, el moujik se emancipó. Ninguna revolución social podrá devolver al moujik ruso lo que le supuso la eliminación del monopolio del alcohol. En otras palabras, fue por una vía particular que se preparó en Rusia una revolución titánica, política y social. Sin embargo, lo que sucedió en realidad una vez tomado el poder por los teóricos de la revolución, condujo en otra dirección el destino de nuestro país. 

No he leído la obra, y no recuerdo el título ni el nombre del autor, pero me han comentado que un escritor inglés había escrito un libro para demostrar que Rusia habría elegido el papel de María, mientras que Europa se habría decantado por el de Marta. Ciertamente, las generalizaciones de este tipo no deben ser tomadas cum grano salis, pero en este juicio hay algo de verdad, de toda verdad. La intelliguentsia rusa y el pueblo ruso están realmente preocupados por el reino de los cielos, no saben ni quieren pensar en los intereses terrenales. En los primeros años que siguieron a la caída del zar, cuando Rusia estaba en plena luna de miel gozando de las libertades y de la doblez de los representantes de los partidos, todo ello resultó especialmente llamativo. Allá adonde fueras, por todos lados, se hablaba de la gran misión de Rusia pero, en cuanto a su organización, nadie abanderaba ni la teoría ni la praxis. Cualquier alusión que se mentara a este respecto provocaba indignación. No crean que me estoy refiriendo a la intelliguentsia media o a la juventud intelectual. Es más, tuve la oportunidad de reencontrarme con los representantes más destacados de la Rusia pensante y no logro recordar uno que me hablara de los medios necesarios para detener la amenaza de la inminente tragedia que, ya por entonces, se podía adivinar fácilmente. En Rusia, como en otros sitios, pero más si cabe en Rusia, se pueden distinguir una multiplicidad de ideas corrientes y diversas: cristianos, creyentes, positivistas, materialistas, espiritualistas. Tenemos de todo. Todo escritor ruso es antes filósofo; así mismo, el hombre político y el militante están preocupados por fundamentar sus juicios filosóficamente e, insisto, en Rusia, la diversidad de puntos de vista filosóficos es infinita, si bien todos coinciden en un punto. No quiero dar nombres, tampoco creo que estos digan gran cosa a los extranjeros, pero puedo afirmar sin titubear que todos nuestros escritores temían por encima de todo lo mismo: una eventual organización proclive en el sentido terrestre. 

El representante del pensamiento cristiano ruso, enloquecido, escribía: «no, no quiero por nada en el mundo el reino de los cielos en la tierra»

Un hombre de extrema izquierda clamaba con la misma tristeza: «que Rusia perezca antes de organizarse al modo de la pequeña burguesía en boga, como la vieja y repugnante Europa». 

Uno de los poetas más renombrados en Rusia, en un discurso ante un numeroso público compuesto de escritores, concluía así: «el zar caído todavía pervive ¡aquí! (señalando a su cabeza). Sólo será posible dar por finalizada nuestra empresa cuando lo hayamos desterrado de nuestra cabeza»

No estoy exagerando nada con lo que estoy contando. El odio que habita el espíritu pequeño burgués o, más bien, lo que se ha convenido en referir por ese nombre, es la palabra por excelencia de la literatura rusa, o mejor dicho, de todo el pensamiento ruso. Hertzen, el popular revolucionario ruso que pasó toda su vida exiliado en Europa, fue quien introdujo por primera vez este término. Abandonó Rusia cuando estaba en el poder Nicolás I, creyendo que encontraría en Occidente la realización de sus sueños más preciados. Sin embargo, allí donde anhelaba la búsqueda de su ideal, lo que con San Agustín, se puede llamar amor dei usque ad contemptum sui, allí, no encontró sino la mentalidad del pequeño burgués, amor sui usque ad contemptum dei. En los países europeos se habían expulsado a los zares pero, en la mente de los europeos, los zares seguían viviendo. No se pensaba en el cielo sino en la tierra; se organizaban para hoy y para mañana; se luchaba contra la pobreza, el frío, el hambre y las epidemias; se construían fábricas, empresas, vías de ferrocarril; se establecían parlamentos y tribunales. En ocasiones parecía que la gente iba prosperando y que el reino de los cielos bajaría a la tierra. ¡Qué maravilla!  

Pero los europeos negaban con la cabeza. Sabían que los recelos de Hertzen debían ser tomados sin exageración: Europa estaba lejos de ese reinado, del cielo en la tierra, en el pasado y ahora. A mi entender, estas sospechas por parte de los rusos eran totalmente infundadas. Pues, si nos hubiéramos limitado a derrocar al zar de su trono, aunque no de nuestras cabezas, no habríamos conocido las cosas espantosas que conocemos hoy en día: Rusia habría conservado su unidad, no se habría descompuesto, el pueblo no se moriría de hambre, de frío y de epidemias, y los campesinos y obreros hubiesen respirado con más libertad, desembarazados de su esclavitud secular. ¿Es esto el reino de los cielos en la tierra? Incluso en una Rusia renovada, ¿no tendrían que lidiar nuestros hijos con bastantes dificultades y dolores? ¿Era tan feliz la Europa pequeño burguesa? Los europeos no necesitan evidentemente que se les convenza a este respecto, pero los rusos persisten, si les entiendo bien, en su particular manera de ver las cosas.

 

V

Tal vez, después de esta digresión, pueda entenderse mejor por qué denomino a los bolcheviques parásitos. Por su propia naturaleza no pueden crear y no crearán nunca. Los líderes ideológicos del bolchevismo pueden, si así les place, declinar y conjugar las palabras creación y crear, pero son incapaces de realizar una creación positiva, pues su obrar entero y su ideología están imbuidos del espíritu de esclavitud. Esto es lo que no comprendían los hombres políticos del régimen zarista y lo que tampoco comprenden los bolcheviques, a pesar incluso de que estos últimos, antaño y en la oposición, hubieran disertado largo y tendido sobre este tema en la Duma y en las publicaciones clandestinas. Sin embargo, todas estas disertaciones se olvidaron como si nunca hubieran existido. Hoy en día, Rusia sólo cuenta con periódicos y oradores gubernamentales y, únicamente, tiene potestad para escribir y hablar quien glorifica la actividad de las clases dirigentes. Es un error, pues, creer que los campesinos y los obreros en cuyo nombre gobiernan los bolcheviques posean, a este respecto, ninguna ventaja sobre las demás clases. Entre los privilegiados se hallan tan sólo, como en el antiguo régimen, los prosélitos, es decir, aquellos que obedecen, sin murmurar, las órdenes del gobierno. Pero aquellos que protestan, que se atreven a tener una opinión personal, para esos, no hay sitio en Rusia en este momento, y no digamos ya en el régimen de los zares. Con los zares nos expresábamos en lo que se denominaba la lengua de Esopo y, gracias a esta, podíamos hablar sin poner en riesgo nuestra libertad y nuestra vida. En cuanto a estar en silencio, estaba prohibido. Hoy en día sucede lo contrario. Si quieres vivir, tienes que expresar simpatía por el gobierno, venerarlo. Y ya podemos ver con qué resultado: un gran número de hombres inútiles y sin conciencia, a los cuales es indiferente alabar a quien toque o decir lo que sea, son ascendidos a la vida política. Los bolcheviques son bien conscientes de ello y no les impresiona lo más mínimo; más si cabe, no pueden hacer nada y no podemos hacer nada. Los hombres conscientes y capaces no pueden, por su misma naturaleza, convertirse a la esclavitud. La libertad es tan necesaria para ellos como el aire y esto es precisamente lo que los bolcheviques no entienden. Permítanme contarles una curiosa anécdota sobre mi relación con los bolcheviques. Un día del verano pasado, en Kiev, el portero de nuestra casa me hizo llegar una gran carta gris con la siguiente dirección: «para el camarada Chestoff». Supuse que era una invitación para una reunión y, tras abrirla, en efecto, se me convocaba a un encuentro en el que se trataría el tema de la dictadura del proletariado en el arte. Allí me encontraba, pues, en la fecha y hora indicadas. La sesión comenzó con el periodista R…, bastante conocido en el sur de Rusia, era un hombre alto, delgado, con el típico semblante del intelectual ruso. Su locuacidad se certificaba en su manejo de la palabra. Pues bien, desde el comienzo, sin pronunciar mi nombre, enfocó la atención de la reunión en mi persona y evidentemente con la única intención de hacerme hablar, pero no pedí la palabra, esperé. Una vez comenzada la discusión, la oposición hizo acto de presencia, aunque por supuesto muy moderadamente. Los escritores y periodistas tomaban sucesivamente la palabra e incluso un poeta reconocido participaba en la conversación en torno al arte libre. Al poco, también lo hacía un representante de una organización militar que desconocía; un hombre bonachón, pequeño, cojo, con una gran barba negra y, sin duda, sin cultura alguna, infinitamente más cómodo en una trastienda que disertando sobre arte, en definitiva, uno de esos tipos incapaces de distinguir entre una estatua y un cuadro. Un individuo así podría haber experimentado la necesidad de venir a estas reuniones para escuchar, aprender algo, pero no era este el caso: con la seguridad propia de la ignorancia y de la incompetencia, el bonachón no venía para aprender sino para enseñar. ¿Y qué es lo que nos enseñaba? Esto: «con mano dura, dijo, obligaremos a los escritores, poetas, pintores… a dar todo su potencial técnico por las necesidades del proletariado». 

El discurso era obtuso, largo, aburrido, mal hilvanado, pero el tema era siempre el mismo: obligaremos, limitaremos, expropiaremos esta capacidad técnica y nos serviremos de ella. Las réplicas no se dejaron esperar. Reconozco, no obstante, que es difícil entender las motivaciones de aquellos que intervinieron y cómo, en general, es posible dar una respuesta a declaraciones tan ignorantes y vulgares. El representante militar retomó la palabra con la sonrisa irónica y despectiva de quien es sabedor de su autoridad. Después de él, fue el turno del presidente. Este, como ya he dicho, era un orador experto. En un discurso largo, bien ordenado, declaró entender a aquellos que defendían todavía el pasado reciente por su belleza e interés, pero, según él, el pasado pasado estaba, enterrado para siempre y, además, el huracán de la revolución se había encargado de ello. Seguidamente, el representante militar, luego de mentar enérgicamente la necesidad de expropiar con mano dura la tecnicidad a los artistas, auguró el futuro. En palabras del presidente: «No hace mucho, yo mismo era un gran admirador del siglo V y de la cultura helénica, pero ahora entiendo que estaba equivocado. El huracán de la revolución ha arrasado con los viejos ideales». Para concluir poco después y de una manera inesperada: «era un lector y (omito los halagos a mí proferidos) leía las obras de Chestoff (me nombra), pero llegó el huracán, etc… etc…». 

No tenía intención de tomar la palabra, pero una vez que mi nombre fue pronunciado, me fue imposible callar. Sólo dije algunas palabras: «Es evidente, dije, que aunque se hable de la dictadura del proletariado lo que se pretende establecer, en este como en otros campos, es más bien una dictadura sobre el proletariado. Ni si quiera se les escucha. Se les ordena simplemente servirse de alguna suerte de tecnicidad supuestamente expropiada a los artistas, ahora bien, si es cierto que el proletariado se ha emancipado, no obedecerá y no irá tras semejante tecnicidad. Este deseará más bien, al igual que vosotros, disfrutar del inestimable tesoro de los grandes creadores en el campo del arte, ciencia, filosofía y religión. El huracán aquí mentado tal vez haya arrasado y sepultado todo esto, puede incluso que también la cultura helénica del siglo V, pero han acaecido otras historias de huracanes y, del mismo modo, luego han venido otros hombres a escarbar en busca de las más insignificantes huellas del arte helénico bajo las ruinas». Dicho esto, me fui sabiendo perfectamente que hoy, en Rusia, y para los que nos convocaron a hablar sobre la dictadura del proletariado en el arte, estas palabras estaban de más. Sin embargo, en esta reunión así como en otras similares, incluso en la lectura, en las publicaciones soviéticas, pude confirmar, con una evidencia incontestable, lo que ya pude constatar el 7 de noviembre de 1917, es decir, desde el golpe de estado bolchevique, a saber, que el bolchevismo es un movimiento profundamente reaccionario. Los bolcheviques, como nuestros viejos Krépostniki (partisanos de la esclavitud), cumplieron el sueño de adueñarse de la técnica europea, aunque sin ideas; estas, supuestamente, habrían de ser adquiridas de nuestros tchninovniks zaristas y bolchevizas. «Sólo precisamos de la técnica y la conseguiremos por la fuerza. Los pintores, poetas y sabios, después de haber vivido las calamidades del hambre, empezarán a crear siguiendo nuestro placer apropiado. Si juntamos nuestras ideas y su talento: ¡ahí está el sueño hecho realidad!»

Es difícil concebir algo más absurdo, pero así sucedieron los hechos en la Rusia del siglo XVIII y XIX, y así lo hacen hoy. Gente sin cultura, inútiles y negados, han ensombrecido el gobierno bolchevique y han convertido en caricatura lo mejor y más digno. Cualquier pretexto es válido a los bajos fondos para vociferar palabras absurdas y vulgares; los ideólogos bolcheviques de ojos azul claro se asombran de lo que oyen, se afligen y se preguntan qué es lo que ha pasado en Rusia para que todas esas personas sin vergüenza, viles y groseras, se hayan puesto de su lado, perdiendo así a los hombres de más valía. 

Es el mismo asombro que manifestaba Nicolás I cuando veía representarse el Revisor de Gogol, pero este, al parecer, advertía sus errores. Así, una vez espectáculo finalizado, espetó: «para ser una comedia, es buena. Todo el mundo ha cogido algo, pero yo el que más»

Se cuenta que, al parecer, Lenin declaró públicamente que los bolcheviques habían hecho una revolución de bastardos. Pero, ¿es cierto? ¿Pronunció realmente esas palabras? No lo puedo asegurar. En todo caso se non è vero è ben trovato: toda la actividad de la burocracia bolchevique lleva consigo la marca de la vulgaridad servil. 

 

VI

Es cierto que, consciente o inconscientemente, el gobierno de los campesinos y de los obreros hace todo lo que está en sus manos para ejercer la dictadura del proletariado y, además, no podría ser de otra manera, como cualquier europeo sabe. No sé en qué medida los obreros y campesinos vivan en la pobreza y, desafortunadamente, los ideólogos tampoco —son los crápulas, unidos en masa a los bolcheviques, quienes lo saben—. La causa de este misterio hay que buscarla en el régimen político de nuestro país. Donde no existe libertad —hay que repetir machaconamente a los rusos esto que parece evidente— es imposible que pueda darse algo que merezca el aprecio de los hombres. Solo los Krepostniki de antaño y los de la supuesta Rusia renovada pueden ignorar tal evidencia. Es posible corroborarlo: el 7 de noviembre de 1917 debe tomarse como el día del hundimiento de la revolución rusa. Los bolcheviques no salvaron, traicionaron al pueblo. Las frases más escuchadas siguen siendo frases y la realidad sigue siendo la realidad. Lo que necesitaba todo obrero o campesino ruso, incluso el intelectual, era obtener el título de ciudadano. Había que inspirarles la conciencia de que no eran esclavos, mofarse de quien ostentara el poder, pues tenían derechos, derechos sagrados, que todos tenían la obligación de velar. Esto fue lo que proclamó, como es bien sabido, el gobierno provisional en los primeros días de su existencia. Sin embargo, los derechos del hombre y del ciudadano, los derechos que, durante siglos, habían anhelado el desdichado país, quedaron tan sólo en tinta sobre papel. En realidad, pocos meses después, se empezaría a restablecer el antiguo abuso. Los decretos y las numerosas proclamaciones bolcheviques que se extendieron por toda Rusia fueron comprendidas e interpretadas por el pueblo como una llamada a la usurpación y al saqueo: «Coja todo lo que pueda, después será tarde». 

Es difícil describir la fiebre del saqueo que agitó a toda la Rusia del frente; centenas de millones de soldados regresaban a sus casas con sus botines bajo el brazo. Los que huían, lo hacían lo antes posible. Las palabras grandilocuentes como solidaridad, los problemas internacionales, que los bolcheviques utilizaban abundantemente en sus publicaciones, jamás fueron escuchadas. El pueblo se convenció de que, ayer y hoy, lo que existe no es el derecho, sino la fuerza. Aquél que tome poseerá y, en consecuencia, se tomaba con el mayor descaro. El saqueo iba acompañado de asesinatos y torturas. Muy pocos pensaban en el trabajo. ¿Por qué entregarse al duro trabajo con lo fácil que era enriquecerse sin esfuerzo? En la atmosfera del salvajismo recíproco y de la guerra civil se apagaban las últimas pavesas de la fe ante la posibilidad de realizar «la verdad en la tierra». En las pequeñas ciudades y en el campo el poder se dividía entre los criminales y los miserables, ocultando en sus consignas su hambre de lobo e instigando al pueblo a la exterminación de los burgueses. 

En Petersburgo y en Moscú, donde se encontraban los bandidos y maliciosos, las personas creían sinceramente en la omnipotencia del verbo y se dedicaban a interminables discusiones sobre el paraíso futuro. Este paraíso retrocedía cada vez más y más a las aureolas del futuro. Hoy lo que se ve es hambre, frío, epidemias, es el odio recíproco en crecimiento, más allá de las clases. El obrero hambriento odia no sólo al burgués sino también a su igual, por haber sabido o tenido la oportunidad de procurarse un pedazo de pan o algo de leña para su familia que tiene hambre y frío. 

Sin embargo, donde se desató verdaderamente el odio fue entre la ciudad y el campo. El campo se atrincheró y se negó con obstinación a contribuir con la ciudad hambrienta. El gobierno intentó desesperadamente y por todos los medios dar con un algún modus vivendi para los obreros y campesinos. Pues, para quitar el pan a un campesino, era necesario enviar al campo expediciones militares, acompañadas de represalias, para volver a la postre normalmente de vacío y habiendo perdido si no la mitad, las tres cuartas partes de sus efectivos. Cualquiera que lo haya vivido, aun a través de la prensa bolchevique, sabe que en realidad Rusia nunca fue poseída por los bolcheviques. A quienes sí consiguieron someter fueron a las grandes ciudades, en las que la población, atemorizada por las sangrientas represalias, sobrellevaban sus prácticas silenciosamente; pero el campo, es decir, el noventa por cierto de Rusia, nunca estuvo bajo el poder de los bolcheviques. Este vivía al día, efectivamente, pero sin ninguna autoridad central, hasta el momento en que la autoridad del gobierno bolchevique se extendió hacia el campo, y el mejor testimonio lo podemos encontrar en los artículos publicados en los periódicos de Kiev. Especialmente los firmados por el comisario ucraniano de abastecimiento, Schlechter, comunista acérrimo, además de bastante negado e inútil. Sus largos y detallados artículos fueron publicados diariamente, durante dos meses, en la prensa local. Ahora bien, este hombre no escribía, vociferaba, y no cualquier asunto sino siempre el mismo: «¡el campo no da pan, tampoco madera ni granos, no da nada! ¡Obreros, si no queréis morir de hambre y de frío, armaros e id a hacer la guerra al campo o de lo contrario seguiréis igual!». 

Un lenguaje así en boca de otro, hubiera sido visto como una provocación, pero en Schelcheter no dejaba lugar a dudas. La verdad es que de origen cosaco, a pesar de su nombre alemán, no sabía disimular sus sentimientos y pensamientos íntimos: decía lo primero que se le pasaba por la mente. Creo que, si sus compañeros eran sinceros, desde hacía tiempo era ya evidente que el gobierno de los obreros y campesinos no había sabido ganarse el afecto de estos y las ideas comunistas, por sí mismas, no encontraron la aquiescencia en las grandes masas de la población. La vieja burguesía no supo defenderse y pereció. A pesar de lo cual, insisto, la burguesía sigue viva en Rusia, está consolidada y creciendo como nunca. Al mismo tiempo, los métodos bolcheviques de salvaguardar los preciados intereses del pueblo ruso mostraron, una vez más, que aquellos que habían dudado de que Rusia pudiera alcanzar la felicidad pequeñoburguesa que tenía Europa antes de la guerra, o que a nuestros hijos no estaría destinado contemplar el reino de los cielos en la tierra, para todos ellos, debo decirles que se inquietan y atormentan en vano. Las informaciones que nos llegan hoy de Rusia, como el haber establecido el trabajo obligatorio de diez a doce horas, el salario en especie, la vigilancia militar de los obreros, etc… ¡todo es normal! Ni el obrero quiere perder su trabajo ni el campesino su pan y, sin embargo, ahora necesitamos trabajo y pan. Sólo cabe una salida: tienen que existir, por un lado, las clases privilegiadas ociosas que fuercen a trabajar al resto en condiciones inhumanas por medio de la violencia, y, por otro lado, los hombres sin privilegios, sin derechos, que sin cuidar de su salud e incluso de su vida, deben sacrificarse por el todo. 

Esto es lo que el bolchevismo ha aportado después de tanto prometer a obreros y campesinos. En lo que toca a Rusia, no diré nada más: es de sobra sabido. 

Los ideólogos bolcheviques todavía poseen un último argumento: «En efecto, dicen, no hemos podido dar nada a los obreros y campesinos rusos, y hemos arruinado a Rusia, pero no podía haber sido de otra forma. Rusia es un país muy atrasado y los rusos son demasiado incultos para adoptar nuestro ideario. La cosa exige empero mirar más allá de Rusia. De ahí nuestra meta: hacer estallar a Occidente, destruir el espíritu pequeño burgués de Europa y de América y, así, mantener el incendio en Rusia hasta que el fuego avance a nuestros vecinos y, desde ahí, al universo entero. Esa es nuestra gran misión, nuestro sueño. Daremos las ideas a Europa y Europa nos dará su técnica, su savoir-faire, su virtud organizativa, etc…»  

Tal es la última ratio de los bolcheviques. ¿Qué valor tiene?

 

VII

Durante mi larga estancia en las ciudades que se encontraban bajo el poder de los bolcheviques, advertí algo muy curioso: todos eran jóvenes, no muy inteligentes, e intentaban en la medida de sus posibilidades intuir y prever los hechos; por el contrario, aquellos que eran un poco más maduros o un poco más inteligentes se equivocaban siempre en las previsiones. Creían que Rusia no estaría mucho tiempo bajo el dominio de los bolcheviques, que el pueblo se sublevaría y que a la primera aparición de un ejército más o menos organizado, los bolcheviques se fundirían como nieve al sol. La realidad ha desmentido los pronósticos de los hombres inteligentes y experimentados. Denikine, por ejemplo, había creado algo parecido a una milicia y había avanzado con bastante rapidez hasta Orel, pero los bolcheviques, más rápidos, lo contuvieron en el Mar Negro. Estos hombres eran supuestamente los profetas. Ahora, cuando se intenta entrever el futuro, nos preguntamos: ¿a quién creer, a los listos o a los no tan listos? Los hombres inteligentes parten del punto de vista, a su ver, más evidente, esto es, que los hombres y los pueblos son guiados en sus actos por sus intereses vitales e intuyen instintivamente lo que les es útil y lo que les es dañino. Para ellos estaba claro que el bolchevismo era malo, que conduciría al desastre, al hambre, al frío, a la miseria, a la esclavitud… por consiguiente, decían, no puede durar mucho tiempo, estará unas semanas, quizás meses y, por sí mismo, desaparecerá; pero ya han pasado más de dos años, casi tres, y el bolchevismo sigue con vida. Continúa el hambre, el frío y las epidemias siguen haciendo estragos. ¿No es este el buen sentido que dirige a los hombres? Y nuestro poeta, que se afligía de que el zar permaneciera en la cabeza de los rusos, ¿se equivocaba? 

Sin embargo, se dirá: los rusos pueden seguir en la miseria, en la arbitrariedad y en todo lo que quieran. Pues, no en vano, son los hombres jóvenes y no muy inteligentes los acertados. En Europa es distinto. 

¿De verdad lo ven de otra forma? No me atrevería a arriesgar una respuesta. Ahora vivimos una época en donde apenas es posible razonar, no teniendo más que el buen sentido para que nos guie. No puedo justificar el bolchevismo ruso. Ya lo dije y estoy dispuesto a repetirlo una vez más: el bolchevismo traicionó y perdió la revolución rusa y, sin apenas advertirlo, hizo el juego más torpe y repugnante de reacciones. ¿Los bolcheviques están solos en esta suerte de suicidio? Miren atentamente lo que ha pasado estos últimos años: casi todo el mundo hizo justamente aquello que menos tenía que hacer. ¿Quién ha perdido el ideal monárquico? ¡Los Hohenzollern, los Romanoff y los Habsburgo! El día de la declaración de la guerra el rumor llegó hasta Berlín y, según parece, Guillermo le hizo llegar a Nicolás II esta misiva: «pare la movilización. Si una guerra empieza entre nosotros, yo perderé mi trono, pero usted también el suyo». Quizás esta noticia nunca fuera enviada pero, como quiera que sea, el autor de esta historia estaba siendo un profeta. Y, en el fondo, el enemigo más acérrimo de la monarquía no hubiese inventado algo para poner en riesgo la monarquía en Europa. Si los Hohenzollern, los Habsburgo y los Romanoff no hubiesen perdido la razón, obnubilados por no se sabe qué hechizo, habrían comprendido que la supervivencia de sus dinastías exigía coronas imperiales sólidas y no la hostilidad entre ellas, es decir, una amistad lo más estrecha, sincera y abnegada posible. Nicolás I lo entendió perfectamente cuando envió soldados rusos para reprimir a los revolucionarios húngaros. Alejandro III también lo hizo. En su reinado, bajo la alianza franco-rusa, tuvo el Dreikaiser Bund (la unión de los tres emperadores). Sin embargo, en 1914, repentinamente, los monarcas europeos se enfrentaron entre sí por la gloria de la democracia en Europa Occidental, a la que detestaban más que a nada en el mundo. No sé qué suerte de fatalidad se abatió sobre ellos; en cualquier caso, pero el proverbio ruso que dice que uno no escapa a su suerte, estaba en esta ocasión más que justificado. Los hombres y los pueblos hicieron todo lo posible para precipitar su pérdida, si ese era su destino. Hoy en día está claro, según creo, que para todos, alemanes y no alemanes, estaban en juego una serie de intereses y estos en ningún caso valían una guerra, siendo como era contraria a todos. De hecho, si los alemanes hubieran invertido los medios y la energía puestos al servicio de la guerra en tareas constructivas y no destructivas, hubiesen podido transformar su Vaterland en un paraíso terrestre. Se puede decir lo mismo del resto. La guerra tuvo un coste inconcebible: más de un billón de francos, por no ahondar en otros, como el número de muertos, la destrucción de ciudades,… e, insisto, si los círculos dirigentes que tenían en sus manos la suerte de sus pueblos y de sus países hubiesen alcanzado un pacto y obligado a sus gentes a trabajar tenaz y abnegadamente durante cinco años a la espera de objetivos positivos, el mundo se habría transformado en una arcadia donde sólo habría felicidad y riqueza. En cambio, durante cinco años los hombres se dedicaron a exterminarse, dilapidaron las economías consolidadas y condujeron a la floreciente Europa a un estado que a veces recuerda los peores días de la Edad Media. ¿Cómo se ha podido llegar a todo esto? ¿Por qué los hombres han perdido la razón de repente? No tengo ninguna respuesta, aunque las preguntas me persigan desde el primer día de la guerra. En ese momento estaba en Berlín, volviendo a Rusia desde Suiza. Me vi obligado a dar un rodeo por Escandinavia hasta Torneo y, después, de Finlandia a San Petersburgo. En Alemania, leía los periódicos alemanes e, incluso, hasta mi llegada a San Petersburgo, me veía obligado a nutrirme de los periódicos alemanes, pues desconocía las lenguas escandinavas y no tenía al alcance los periódicos rusos. Cuál fue mi sorpresa, entonces, cuando vi que los periódicos rusos repetían literalmente, aunque cambiando los nombres, lo que publicaban los alemanes. Los alemanes atacaban a los rusos reprochándoles su crueldad, su egoísmo, el espíritu obtuso, etc. y los rusos decían lo mismo de los alemanes. Esto me impresionó bastante y de repente recordé el pasaje bíblico sobre la confusión de las lenguas. Aquello era, en efecto, la torre de Babel. Los hombres que ayer habían trabajado juntos en una empresa común, que habían construido la torre gigantesca de la cultura europea, hoy dejaban de entenderse y sólo soñaban con un empeño: destruir, desmantelar, transformar en polvo todo aquello que, con el paso de los siglos, habían creado tenaz y pacientemente. Se ha dicho que el mundo entero se propuso realizar la ideología de los escritores rusos y que, como dije, consideraban como su deber humano no admitir la realización del reino de los cielos en la tierra y, asimismo, luchar contra la ideología de la mente pequeño burguesa de la Europa occidental. 

Los zares se encontraban bien asentados en sus tronos pero, en un instante, de la noche a la mañana, como por un golpe de magia, estaban fuera de la cabeza de los hombres. Sé que en la actualidad las explicaciones de este tipo no están de moda, que la filosofía bíblica de la historia no dice gran cosa a la mente moderna, pero tampoco voy a insistir sobre el valor científico de la explicación que propongo… que sólo se acepte, si se quiere, el símbolo. Aunque, a decir verdad, el símbolo no modifica nada el asunto. Tenemos ante nosotros un hecho palmario: en 1914 los hombres perdieron la razón. Quizás el señor, con ira, confundió las lenguas o quizás fue por causas naturales, pero de una u otra manera los hombres, esos hombres cultivados del siglo XX, trajeron sin motivo aparente calamidades inauditas. Los monarcas han matado la monarquía, los demócratas han matado la democracia; en Rusia los socialistas y revolucionarios matan, si no lo han hecho ya, el socialismo y la revolución. ¿Qué pasará después? ¿Ha terminado el periodo de obcecación? ¿Ha dejado el Señor de embrujar a los hombres o vamos a seguir viviendo por mucho tiempo en el desacuerdo recíproco y a continuar una obra espantosa de autodestrucción? 

Cuando estuve en Rusia no dejaba de hacerme estas preguntas sin respuesta. En Rusia apenas se veían los periódicos extranjeros; respecto a los periódicos rusos, aparte de las noticias y los rumores sensacionales poco fiables, no había nada. Sin embargo, nuestra impresión general era que Europa también caería en esta situación difícil y que tal vez saldría gracias a su honor. Dicho de otro modo, me parecía que el Señor en Rusia había triunfado, como en los tiempos lejanos de la Biblia, al confundir las lenguas y abocar a los hombres al estado completo de salvajismo, mientras que, en Europa, los hombres habían sabido parar a tiempo, fruto de la reflexión, desbaratando así los designios del Señor y retornando a la construcción conjunta de la Torre o, para no decirlo con símbolos sino con palabras simples y claras, todos los sueños propia y puramente rusos de hacer estallar a Europa, les ataban a sus tradiciones, a su cerrazón sana y sólida, política, económica y social. 

¿Estaba en lo cierto? 

Después de mi breve estancia en occidente, no me supe orientar lo suficiente para controlar mi juicio. Sin embargo, la pregunta está formulada, si no me equivoco, de manera apropiada. Me parece cierto que el bolchevismo, que los socialistas rusos consideran como su obra, es la obra de las fuerzas hostiles a todas las ideas de progreso y organización social. El bolchevismo comenzó por la destrucción y es incapaz de cualquier otra cosa. Si Lenin y algunos de sus compañeros, cuya conciencia y abnegación están fuera de toda duda, fueran capaces de vislumbrar que habían terminado por ser un juguete en manos de la historia, no solamente en el momento del socialismo y comunismo sino en las decenas de años de mejorar la situación de las clases oprimidas, ellos mismos maldecirían el día que el destino les dio la oportunidad de gobernar. Y, sobre todo, también entenderían que su sueño de salvar a Europa, si alguna vez quisieron realizarlo, no significaría el triunfo sino la ruina del socialismo, además del sufrimiento general y de los más grandes desastres. 

Pero es evidente que a Lenin no le fue concedido ver esto. El destino sabe perfectamente disimular las intenciones a quienes no tienen por qué conocerlas. Engañó a las monarquías, a las clases dirigentes de Europa, a los socialistas rusos que no conocían nada sobre asuntos gubernamentales. ¿Está en el destino de Occidente ser víctima de las ilusiones y sufrir la suerte de Rusia, o bien el destino ya está saciado de maldad humana? 

Sólo el futuro puede responder a esta pregunta —y quizás un futuro demasiado lejano. 

En Rusia, los hombres jóvenes y los poco inteligentes predicen con seguridad que el bolchevismo se diseminará por el mundo entero.


 

[1] Mercure de France, t. 142, 1920

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