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 BREVE REFLEXIÓN SOBRE LA TAREA DEL  FILÓSOFO [1]

(Por Julián Jesús Martínez López, profesor del IES Carlos Bousoño. Majadahonda, Madrid. Septiembre de 2003)

 

Cuando alguien aprende electrónica, sabe que podrá llegar a entender cómo funcionan los circuitos de un ordenador y hasta a construirlos. Si alguien aprende economía, sabe que podrá llegar a entender las más intrincadas operaciones bursátiles y  hacerse, por ejemplo, agente de bolsa. Si uno estudia Música, espera poder apreciar con detalle analítico las melodías más sofisticadas e incluso puede convertirse en un virtuoso de cualquier instrumento. Pero, ¿qué puede esperar en nuestro tiempo una persona que aprende filosofía, que estudia la tradición filosófica?.

 

Se entiende que, en la antigüedad, hacerse esta pregunta era algo fuera de lugar, ya que la palabra filosofía se usaba como concepto genérico para cualquier ciencia, saber institucionalizado de razón crítica. Tanto sentido tenía hablar de una filosofía musical ( filosofía matemática) , de una filosofía económica ( filosofía práctica), o de una filosofía, permítasenos decir, de la electrónica (filosofía natural).

 

Esta acepción globalizadora de la filosofía, como conjunto universal de las ciencias, se ha perdido. Actualmente, filosofía es algo diferente de economía, de física, o de cualquiera de las otras disciplinas científicas. Por eso, para reivindicar la importancia de la filosofía hemos de mirar a otra acepción, también antigua, de la palabra. Esta acepción a la que me refiero no ha perdido ni un ápice de actualidad.

 

Como todos sabéis, filosofía, en su sentido etimológico, significa "amor al saber", y también, "amor por la verdad". Se trataba ,desde su origen, de buscar la verdad razonada y críticamente. Esta acepción se refiere más al talante del filósofo que al objeto de su estudio. Pero, de esta noción "sentimental" de filosofía se deducen dos tareas imprescindibles. Una, que vamos a llamar lógica, en un sentido amplio, y otra, que denominaremos ética.

 

La tarea lógica consiste en trazar un plano relacional de las ciencias, así como analizar las mutuas influencias entre saberes científicos y no científicos.

 

La tarea ética consiste en desvelar las motivaciones y finalidades que se esconden tras las administraciones del saber y del poder.

 

Con la vista puesta en estas dos tareas, hay que decir que una filosofía comprometida con la búsqueda de la verdad no ha de caer en las trampas que ella misma ha de denunciar. ¿Cuáles son esas trampas?: el  academicismo vacuo y la demagogia.

 

El  academicismo vacuo consiste en convertir la racionalidad crítica en un esperpento. Esto ocurre con la pedantería corporativista.

 

La demagogia supone  renunciar a la racionalidad crítica. Esto ocurre con el  lenguaje del poder por el poder.

 

Replanteémonos el interrogante con el que hemos empezado: ¿Podemos beneficiarnos del aprendizaje de la filosofía?. ¿Puede ser su enseñanza de alguna utilidad?.

 

Sí. Hemos de entender que la labor de la filosofía es enfrentarse a los engaños que, con las variaciones históricas, presentan los  academicismos vacuos  y las demagogias de las instituciones en el poder. Esta filosofía será, parafraseando a Sócrates en "El Banquete" de Platón, un saber que dará sentido a nuestras vidas.

 


 

[1] ( Publicado por primera vez en la revista “Telémaco” con el título "La tarea del filósofo", febrero de 1998)

 

 

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