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La corrupción en el país de Sumer[1]

 

Recurriremos a algunos textos de las primeras dinastías de Lagash, pertenecientes a los reyes Enentarzi, Lugalanda y Urukagina, que vivieron entre el 2404-2342 a.C., hace menos de cuatro mil quinientos años.

Recordemos que en Sumer (Mesopotamia, Iraq) los templos no eran sólo un edificio, sino dueños de enormes fincas que le pertenecían exclusivamente.

Los dos templos más grandes de Lagash eran el del patrón de la ciudad, el dios Ningirsu, y el de su  mujer Bau. Aunque el título de propiedad recaía en los dioses, el complejo era dirigido por un supervisor general o sanga, que buscaba el máximo rendimiento de las tierras, como cualquier empresa comercial. Los excedentes se dedicaban al comercio con el extranjero, se concedían préstamos a interés a ciudadanos particulares, se ejecutaban deudas. Al comienzo del período dinástico temprano, la avaricia de los sanga quedaba contrapesada por el registro escrito de sus transacciones –llevado a cabo por escribas- y su obligación de rendir cuentas a la comunidad.

Sin embargo, poco a poco los ensís (señores o reyes) de Lagash empezaron a conceder el cargo de sanga a su primogénito y heredero. Entemena, por ejemplo, nombró a su hijo Enentarzi sanga del templo de Ningirsu. Después del breve reinado de su tío Enanatum II, Enentarzi accedió al trono de Lagash.

Este rey, que había pasado largos años como administrador del templo, lo consideraba propiedad real, es decir, suyo, y mantuvo el control sobre él cuando ascendió a rey. De modo paralelo, el templo de la diosa se consideró propiedad de la mujer del rey. La mujer de Enentarzi, por tanto, asumió el control del templo de Bau. Asistimos a una de las primeras privatizaciones: lo que había sido de los dioses, pasa a ser de los monarcas. El proceso continuó con sus sucesores, el rey Lugalanda y su mujer Barnamtarra.

El templo de Bau, por ejemplo, llegó a dar trabajo a 1200 personas, de ellas unas 250-300 esclavos. Las élites copiaron el proceder de los monarcas, agrandando sus terrenos mediante ejecuciones de préstamos previamente concedidos a los agricultores. Por otra parte, quienes mantenían puestos burocráticos en la administración de las propiedades, aprendieron a beneficiarse también de ello.

Los ciudadanos de Lagash comenzaron a quejarse de que el ensí y su mujer se estaban apropiando de los templos, y de que empleaban los bueyes del templo para arar sus propios campos de cebollas. Los administradores, añadían, se estaban adueñando de los huertos que se habían reservado a las madres necesitadas, y la gente rica estaba robando los peces de los estanques de los pobres. El supervisor de los barqueros se quedaba con las mejores barcas para él mismo. Los oficiales del ensí contrataron a personas ciegas para extraer agua de los pozos y les alimentaban únicamente con los restos de sus comidas. Cuando los pastores llegaron con sus ovejas para trasquilarlas, les exigieron una tasa exorbitante de cinco siclos de plata por hacerlo. Los hombres que querían divorciarse de sus esposas también tenían que pagar cinco siclos. El oficial encargado de llevar los cadáveres al cementerio estaba aplicando una tasa de 420 obleas de pan y siete jarras de cerveza. Los sacerdotes a menudo entregaban raciones de cebada menores de lo estipulado. Los gish-kin-ti o artesanos del templo, informaron que tenían que mendigar el pan que les debían.

Muchas familias cayeron presas de la deuda. Se generalizó un dicho: “Desde las lindes de [los terrenos de] Ningirsu hasta el mar, allí está el recaudador de impuestos”.

En esta atmósfera de corrupción, un noble llamado Urukagina comenzó a buscar el apoyo de sacerdotes influyentes, prometiendo el cambio. Muchos otros aristócratas, temiendo las quejas del pueblo, decidieron apoyarle. Es así como Urukagina llegó a rey de Lagash en el año 2351 a.C. Devolvió los templos a los sacerdotes, les eximió de impuestos y canceló muchas de las deudas del pueblo. Bajó las tasas por trasquilar ovejas a 80 obleas de pan y tres jarras de cerveza, prohibió rebajar las raciones de cebada que los oficiales entregaban a los sacerdotes, prohibió que el supervisor se apropiara de los mejores barcos y que se apropiaran de los mejores estanques, prohibió que los aristócratas se sirvieran de los huertos reservados a las mujeres necesitadas, y ordenó que en adelante los artesanos recibieran su salario sin tener que mendigar por él, y que  nadie se aprovechara de los ciegos o de las viudas. Así es como lo cuenta un escriba de Urukagina.

Por desgracia, una investigación más detallada demuestra que el cambio era sólo cosmético. Los documentos del templo de Bau indican que seguía estando dirigido por la mujer de Urukagina, Shag-Shag, mediante un administrador llamado Eniggal, que había cumplido anteriormente la misma tarea para la mujer de Lugalanda.

Samuel Noah Kramer sentencia, un poco blandamente (aunque no conocía documentos que se tradujeron más tarde):

“Igual que ocurrió más tarde con otros reformadores, parece ser que Urukagina llegó «demasiado tarde» a la escena política, y con un programa demasiado restringido. Su reinado duró menos de diez años; y de la derrota que le infligiera Lugalzaggisi, el ambicioso rey de Umma, la gran ciudad rival del Norte, Lagash no debía levantarse jamás.”[2]

 

Lus Fernández-Castañeda


 

[1] Este texto sigue de cerca las páginas 489-491 del excelente libro de Flannery, Kent; Marcus, Joyce: The Creation of Inequality, Harvard UP, 2012.

 

[2] Kramer, S.N.: La historia empieza en Sumer, Orbis, Barcelona 1985 (original inglés de 1956). p. 55. Para más información, debe consultarse Diakonoff, Igor M.: “Structure of Society and State in Early Dynastic Sumer” (Sources and Monographs: Monographs of the Ancient Near East, vol. 1, fascículo 3, Undena Press, Los Angeles, 1974) y Tyumenev, A.I.: “The Working Personnel of the Estate of the Temple of Ba-U in Lagaš during the Period of Lugalanda and Urukagina,” en Ancient Mesopotamia: Socio-economic History (Nauka, Moscow, 1969).

 

 

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