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La soltería como destino. Una revisión de las soledades y excentricidades de algunos de los más ilustres filósofos. (Por  Edwin Alcarás. Universidad Central de Ecuador). Marzo de 2003.

Brota la virtud, como un árbol crece

    entre la frescura del rocío,

y se eleva hasta el húmedo éter entre los hombres sabios

y justos. En múltiples ocasiones necesitamos

     a los amigos; sobre todo, en los sufrimientos,

pero también el deleite busca poner sus ojos en un ser fiel.

                                                                                              Píndaro             

 

Recuerdo todavía claramente la perplejidad en que me sumió la declaración de mi profesor de lógica en la secundaria, según la cual la mayoría de los filósofos (si no todos) habían transcurrido sus vidas en completa soltería, retraídos del trato social,  absorbidos por enormes volúmenes y habitando el frío de algún cuartito en una casa cualquiera. ¿Cómo era posible que todos esos héroes de la humanidad, esos paladines de la lógica, esos bravíos guerreros que con la espada del pensamiento se enfrentaron a nuestros terrores más profundos, vivieran alejados de los hombres a quienes precisamente defendían, y lo que es más, no experimentaran (o no quisieran experimentar) la circunstancia de compartir y mezclar por completo su vida con un ser amado? 

No todos, claro. Sócrates por ejemplo tomó por esposa a una mujer que gracias su  mal humor fue conocida en toda Atenas. Diógenes de Laertes  (conocido como Laercio) consigna en su “Vidas y sentencias de los filósofos griegos más ilustres”  la siguiente nota sobre la suerte conyugal del gran filósofo: "Habiéndole injuriado de palabras una vez su mujer, Jantipa, y después arrojádole agua encima, (Sócrates) respondió: «¿No dije yo que cuando Jantipa tronaba también llovía?”  Seguramente tenía razones para no aplicar la mayéutica en casos tan extremos como esos.

Pero no hay que olvidar que la dorada Grecia acuñó una idea del amor muy lejana de la nuestra, herederos como somos de los escombros del cristianismo.  La virtud griega se vuelve vigorosa solo en el sentimiento de admiración por lo que es más grande y más bello y solo se es grande y bello a través del cultivo de la ciencia y la disciplina espiritual; de ahí que el ideal del amor griego descanse en la esfera pedagógica. El maestro despierta admiración en el alumno mientras que este promete su virtud en potencia y la belleza de su juventud.  Este amor homosexual fue la base de la moral guerrera y de la paideia griegas, es decir del cultivo intelectual de sus jóvenes. En ese sentido Sócrates, según el historiador Marrou (1971) “atraía hacía sí y retenía la flor y nata de la dorada juventud de Atenas por medio del  ‘atractivo’ de la pasión amorosa”  y casi es común hoy en día aceptar que el personaje Alcibíades del diálogo “El Banquete” de Platón, que se queja tan lastimeramente de la indiferencia del maestro (Sócrates) hacia sus iniciativas amorosas, es una alegoría del mismo Platón que entró en contacto con su maestro cuando tenía 20 años y cuando aquel iba ya por los 63.  Después el mismo Platón siguiendo la tradición pederástica de la educación griega tuvo como amante a su discípulo Dión que le sucedería luego en la dirección de la Academia. También el discípulo estrella de la Academia y que luego fundaría el Liceo, Aristóleles de Estagira, mantuvo relaciones con su pupilo Hermias que más tarde se convirtió en tirano  de Artaneo.

El punto es que el tipo de relaciones pasionales esporádicas (no necesariamente homosexuales hay que decir de paso, para conjurar cualquier insidiosa sospecha) son comunes en los seres humanos; pero resulta que la contemplativa estirpe de pensadores en general no se une a otro animal humano para verlo envejecer, es decir, no se casa.  

En muchos casos hay personas que están cerca de ellos y les ofrecen afecto de muchas formas, normalmente como una amistad, e incluso hay algunos que llegan a estar comprometidos formalmente como Sören  Kierkegaard, uno de los pensadores que más influyó en el existencialismo del siglo XX, que mantuvo un romance serio con Regina Olsen desde el 10 septiembre de  1840 hasta que, poco menos de un año después, le devuelve el anillo de compromiso y el 11 octubre de 1841 rompe definitivamente las relaciones. Vaya usted a saber por qué un amor que provocó tantas exaltaciones y ocupó tantas páginas del diario del filósofo danés terminó como una planta seca y marchita. No demasiado distante es el caso del gran Friedrich Nietzsche que en dos oportunidades intentó contraer matrimonio, una de ellas con la bella joven rusa Lou Andreas von Salome quien describe así el primer encuentro con el filósofo: (esa solemnidad) la recuerdo ya desde nuestro primer encuentro, que tuvo lugar en la Iglesia de San Pedro, (...) Su primer saludo al mío fueron las palabras: ‘¿Desde qué estrella hemos venido a caer aquí, uno frente a otro?’ Lo que tan bien comenzara sufrió sin embargo posteriormente un giro en las relaciones entre los amigos debido al mismo temperamento de Nietzsche  quien, a pesar de su imperturbable altivez se vio envuelto en un extraño juego pasional integrado por Lou, su amigo Paul Rée y él mismo.  ”Nietzsche, dice Lou, hizo que Rée hiciese valer ante mí sus buenos oficios para una proposición de matrimonio” que naturalmente no llegó a fructificar.

En toda esta historia de amor-ausencia (que en algunos momentos se parece bastante a la letra de un pasillo) hay un detalle muy interesante escrito por Lou para su madre: Es extraño que con nuestras conversaciones (entre ella y el filósofo) vayamos a dar involuntariamente a los abismos, a aquellos lugares de vértigo a los que alguna vez uno ha llegado trepando solo, para asomarse a las profundidades. Constantemente hemos escogido los senderos de las gamuzas, y si alguien nos hubiese escuchado habría creído que eran dos diablos conversando.”  (el énfasis es mío). Este parece ser el quid de la cuestión: un hombre completamente solo se encumbra hacia alturas donde nadie ha estado antes (o quizá  donde nadie ha querido siquiera estar) y desde allí mira el lejano y pequeño valle de los pensamientos comunes.  Está solo.  De vez en cuando se divierte recorriendo su laberinto al estilo de Asterión en la ficción de Borges. También es de imaginar que  eventualmente esta prodigiosa y solitaria criatura encuentre otro animal con quien pueda  rugir largamente y exponer su interioridad guardada; hasta que alguno de los dos  se canse. Esta imagen tiene su negativo en la gran reserva epistolar dedicada a los amigos en las biografías de los filósofos    

Pero el amor, esa  enfermedad óptica, esa debilidad de la voluntad, ese lienzo de colores sublimes pero también envilecedores no adorna durante mucho tiempo las cuevas de los sabios eremitas. En efecto, no se puede ejercer una adecuada disciplina sobre el cuerpo y el espíritu cuando la mente se halla nublada por los vapores de la pasión, y aturdida a causa de la exaltación amorosa.  En dicho estado todas las ideas se desvían hacia el objeto amado como para confirmarlo y asegurarse de que siga existiendo, la razón es acallada por una exigencia mayor y el sentido lógico dobla la rodilla ante el deseo visceral de poseer un cuerpo. Todo orden al que propende el espíritu humano se eclipsa y es reemplazado por una arrobada torpeza que es como un dulce zumbido que no permite oír nada excepto al ser amado: justo como lo define Ortegga y Gasset, el amor no sería sino “una patología de la atención y la concentración”.

Y, sin embargo, si el amor (como creía Platón) es un deseo de engendrar en la belleza; y la filosofía (según Sócrates) es un medio de favorecer el alumbramiento de las ideas en la sabiduría, ambas no deberían de estar muy lejos.

Según Diotima (dice Platón que dijo Sócrates), Eros no es exactamente un dios, sino un demón, es decir una criatura intermedia entre dioses y mortales. Por eso anda vagabundeando entre nosotros. Es hijo de Penia, la carencia, y Poros, el recurso. Por su madre, desea lo que no tiene; por su padre, nunca se extingue su afán por conseguirlo. Es, después de todo, el deseo de poseer siempre lo bueno. Es también el deseo de procreación en lo bello y, más aún, el ascenso desde las cosas bellas hasta la Belleza en sí, de la burda materia a la esfera celeste en donde residen las esencias. 

Eros parece ser, entonces, filósofo.


 

 

 

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