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Ser‑en‑el‑mundo

 

               Ciro E. Schmidt Andrade

            Puerto Montt ( Chile)

 

   Algunos dicen a la vida "eres digna de ser conocida" y no "eres digna de ser vivida". El hombre teórico no vive más que por y para el conocimiento pero, sin embargo, la cultura no es una colección de ideas abstractas sino una manera de vivir, un sentimiento y un estilo de vida. A veces, nos olvidamos que, para comprender al hombre, es necesario compartir su vida hasta las heces. El pensamiento, la cultura, necesitan un anclaje en lo humano. Lo sistemático, lo especulativo, lo teórico, aún en su autonomía, deben, en forma mediata o inmediata, ser respuesta que encamine a los hombres. Urge una gran simpatía con la realidad del hombre, de cada hombre.

    Este ser que es el hombre vive en un mundo que es el de las cosas y el de los hombres. Ese mundo es nuestro mundo, aunque a veces nos resulte inhóspito o extraño, ya que nos condiciona.  Pero lo que nos caracteriza  en él  no es el estar sino la manera de estar. El mundo es el lugar del encuentro y la responsabilidad, aún cuando ofrece riesgos. Tiene, por lo mismo, un carácter mediativo, en la posibilidad de un estar hospitalario, descubierto en la contemplación de nuestro ser personal, que siendo corporal se realiza en el espacio y el tiempo, en la historia.

   Ser en el mundo significa vivir la realidad en la historia y descubrir allí lo permanente. Significa no vivir el nivel de lo abstracto, sino la realidad concreta de los hombres, en íntima simpatía con su esperanza y su dolor y, en medio de ella, descubrir lo trascendente. Por lo mismo significa, también, capacidad para elevarse más allá de lo inmediato, descubriendo su carácter mediativo, que impide toda apropiación absoluta.

  Es por eso que, en la historia de cada día, se escribe para cada hombre, su destino trascendente o su "modo de aburrimiento" en la rutina de un activismo desesperado por poseer, en la repetición de los actos de cada día, todos iguales, día a día, semana a semana, en la desesperación de días sin esperanza, todos ellos sin vislumbrar un sentido más allá de ellos mismos y del consumo de su tiempo.

  Desde allí es necesario que nos preguntemos qué sentido tiene, hacia dónde apunta, la vida de los hombres y no sólo de aquellos que parecen poder ser capaces de pregunta, sino la de los miles de seres hacinados, intentando sólo vivir. Y no me pregunto por el trabajador de una oficina, el obrero que acarrea hora tras hora una carretilla  de ripio con un ritmo siempre igual, la dependiente un negocio o el garzón de un restaurante. Es necesario mirar más allá y descubrir en su ser al que vende unos limones sueltos a la entrada de una feria o un paquete de pastillas en el bus, cuida un auto, acarrea paquetes en el mercado o espera botes en una caleta para subirlos sacándolos del mar...

¿Dónde está allí el sentido? ¿Dónde la contemplación y el gozo en el hambre mil veces acumulada del que espera vivir? El tiempo se aturde en horas de trabajo sin tiempo, en la esperanza de un imposible fin de semana aturdido en el juego, el alcohol, la TV, la convivencia promiscua... Más allá, dormir para poder  “vivir" otro día más.

    El hambre, la promiscuidad, la desorbitante explosión demográfica, que repleta con "remedos" de hombre" (¡perdón!) hambrientos, paupérrimos, las rutas de los pueblos pobres, mientras otros son sometidos a la esclavitud de la migración, impiden cultivar sus atributos espirituales, que se esfuman en el urgido tráfico y cansancio, en busca del tantas veces difícil "pan de cada día”

La falta de los más indispensables medios para mantener una elemental dignidad, de miles de millones de seres sin destino, dificulta que salgan del subdesarrollo intelectual e impide que logren la mínima condición de dignidad espiritual a que todos tienen derecho, en la esperanza de un mañana menos doloroso, que hoy se muestra incierto y huérfano de amor para nuevas generaciones.

Sin embargo, a ello se suman otras formas de aturdimiento, menos violentas, pero no por ello menos dolorosas: la del que vive su rutina sin sentido de todos los días, sin metas y sin anhelos, la del que todo lo posee y en su afán de posesión no encuentra sentido verdadero y se sabe infeliz en su necesidad de poseer más... Si somos capaces de verdadera contemplación en nuestro mirar, también podemos descubrir esos rostros del dolor, el hastío o la rutina, por ejemplo, en muchachos que, un domingo cualquiera, afirmados fuera de sus casas, al sol, esperan... pues en ellas no tienen interior.

¿Para qué todo nuestro avance si no logramos descubrir y entregar sentido? Todo es un juego de niños si no logramos preguntamos y si no intentamos descubrirlo en nosotros, en nuestro mundo social y, también en el mundo de la naturaleza y de las cosas, que es el que mediatiza gran parte de nuestra corporalidad.

 

 

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