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OLIVA SABUCO, UNA FILÓSOFA EN EL RENACIMIENTO ESPAÑOL

Eduardo Ruiz Jarén

 

En espacio muy breve quisiera presentar a una filósofa bastante desconocida, auténtica mujer, maravillosa mujer del siglo XVI que sorprendió a todos en su tiempo y sigue sorprendiendo a aquellos que se acercan a leer lo que ella escribió.

Oliva escribió sobre medicina. Era médica, pero también filósofa. Con una medicina y una filosofía aprendidas, no sólo en el estudio, sino sobre todo en la vida, quiso dejarnos por escrito un precioso libro, que aún aguarda una edición contemporánea que le honre, tenido en la historia por “heterodoxo” o “raro” por bastantes personas, que vieron muy extraño que una mujer lo pudiera escribir y que incluso le negaron el derecho a ser autora del mismo. Pero que es una maravillosa obra de ciencia y de pensamiento que nos revela sobre todo la personalidad fuera de serie de una mujer valiente. 

En la manchega villa de Alcaraz, vino al mundo el 2 de diciembre de 1562 Oliva Sabuco. No perteneció a la nobleza, aunque sí tuvo dos nobles madrinas: las señoras de Nantes y de Barrera, que le facilitaron el camino para su educación y le animaron a seguir con su formación en todo momento. Ella misma añadiría al apellido paterno los de Nantes y Barrera en agradecimiento a esas buenas mujeres.  

Fue hija de Francisca Cózar y Miguel Sabuco, boticario y hombre de letras, que se esforzó en educar a todos sus hijos en el aprecio a la cultura y a las ciencias. Miguel se casó dos veces y la última hija del primer matrimonio fue Oliva, que desde pequeña destacó como seguidora de los intereses científicos y humanísticos de su padre.

        Era extraño en una mujer de su época que sintiera el deseo de educarse, especialmente en materias que estaban reservadas al estudio de los hombres. Pero Oliva no hacía distinción entre las costuras de su madre y las marmitas de los medicamentos de la botica de su padre. Se paraba a escuchar las charlas que hombres eruditos tenían en la rebotica y fisgaba en los libros de su padre, que, atendiendo a estos intereses extraños de su hija, decidió mandarla a aprender “latinidades” con un hombre sabio de su pueblo: el humanista Pedro Simón Abril, que destacaría por su conocimiento del griego, en concreto por su traducción de las obras de Aristóteles, y por el interés por todas las ciencias de su época. Don Pedro estimulará y guiará a Oliva en el esforzado camino del saber. Es curioso cómo este hombre insistía en que todas las ciencias y los estudios humanísticos de su época tenían que ser repensados, salvo la medicina, que para él iba por buen camino. A raíz de esa formación de calidad se despierta en Oliva el deseo de estudiar al ser humano y poner las bases para reformar incluso aquello que su maestro veía seguro: la ciencia médica. Pregunta a todos y reflexiona en su querida soledad. De ella es la frase: “en la soledad se halla lo que muchas veces se pierde en la conversación”, pero, a pesar de su capacidad de ensimismamiento, habla con todos los que pueden aportarle algo. Se fija especialmente en lo que dicen los “pastores filósofos”, aquellos que conocen sobre el terreno la marcha de los meteoros como los ritmos del corazón humano y las plantas para sanar cada malestar y almacenan, junto a las más variadas recetas de cocina, los más tradicionales y sabios consejos para bien vivir y no padecer.

Junto a esta pasión por preguntar a todos y por la reflexión sesuda de todo lo indagado va con ella, desde muy pronto, el deseo de comunicarse con otros pensadores, médicos y humanistas de los contornos. Así nace una relación de amistad y cooperación entre los humanistas albaceteños, incluidos a veces en los territorios de la gran Úbeda de entonces, y los que en Jaén, abanderaban un humanismo llamado “médico”, ya que era desarrollado especialmente por personas que tenían esta profesión en Úbeda, Baeza o Linares, caso famoso en esta última ciudad en la persona de Juan Huarte de San Juan, padre universal de la psicología evolutiva.

Nuestra Oliva se casó en 1580 con Acacio Buedo, un hombre respetuoso con la rareza del talento de su mujer, y en 1587 consiguió que se publicara en Madrid, en la misma editorial en la que Don Pedro  publicaba sus libros, su obra “Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre”, dedicada al rey Felipe II, de la que se declara Oliva “humilde sierva de su Católica Majestad”. En una hermosa carta de presentación le pide al rey que “como caballero de alta prosapia, favorezca a las mujeres en sus aventuras” y que tenga piedad de su obra porque es como “un hijo nacido de sus entrañas”. Le advierte al rey que él habrá leído muchos libros, de hombres ilustres, que habrá leído alguno de alguna mujer, pero escrito por una mujer y tan interesante como éste, pocos. No  le falta a Oliva, por lo que se ve, buena estima de sí misma y sobre todo, mucho pero que mucho valor.

El Renacimiento (siglos XV y XVI) fue una época de despertares, como su propio nombre indica. Renació en ese tiempo, después de una larga y oscura Edad Media, el aprecio por la luz de la cultura de los griegos y los romanos, que ensalzaba al ser humano en todos los aspectos, dejando atrás tabúes y oscuras supersticiones. De ahí que los hombres y las mujeres cultas del Renacimiento se llamaran “humanistas” y favorecieran el cultivo, al mismo tiempo, de las ciencias y de las letras y los idiomas. 

No es Oliva Sabuco la única mujer del Renacimiento. Abundan en Europa y destacan también en la España de la metrópoli y en “las españas” de ultramar. Entre ellas podemos citar a la granadina (de Motril) Beatriz Roldán, apodada “la Roldana”, mujer culta donde las había, que se carteaba con Erasmo de Rotterdam, y a otras como María de Zayas, defensora de los derechos de la mujer, a la judía Isabel Rebeca Correa, perseguida por la Inquisición, a Juana Inés de la Cruz, gran pensadora mejicana de años después y a escritoras religiosas tenidas por extrañas o heterodoxas como Marcela de San Félix o María Jesús de Agreda.

        Pero a estas mujeres no les resultó muy cómodo vivir y desarrollar sus capacidades. El mismo Fray Luis de León – tan admirable en otros aspectos - había dicho: “así como la naturaleza hizo a la mujer para que, encerrada cuidase de la casa, así le obligó a que cerrase la boca”. Hay que agradecer a aquellas mujeres que no le hicieran caso en absoluto.

        Los filósofos morales del siglo XVI, en su inmensa mayoría pertenecientes al clero, presentan a la Virgen María como el ideal único de mujer por su honestidad, pureza y buena voluntad. Hay en la “Instrucción de la mujer cristiana” (1523), libro escrito por el ya famoso humanista valenciano Luis Vives, demasiada “misoginia”, esto es, odio solapado a la mujer. Y el esquema del papel que a la mujer asigna en esa época Fray Luis de León es bochornoso a los ojos contemporáneos, pero no ha sido un ideal lejano de nuestra historia, el mismo franquismo, lo proponía como apropiadísimo para la mujer española. Fray Luis defiende en “La Perfecta Casada” decía que “La mujer y el buey son los fundamentos económicos de una casa” y que

“El capital familiar lo comparte la mujer, pero sobre su disposición no debe ni opinar. Es su obligación ampliar el capital familiar.” 

Las profesiones, en el duro tiempo que le tocó vivir a Oliva, no estaban reservadas a la mujer. Ésta podía tan sólo optar (o aceptar sin más) por ser madre, hija, viuda, virgen, monja, prostituta o santa, pero nunca podría ser médico, letrada, boticaria, ministra que gobernara o profesora que enseñara a hombres. San Agustín y Santo Tomás de Aquino habían ya dejado escrito que con las mujeres, hasta sus hermanos y maridos debían hablar poco y tratarlas con rigor, ya que tras su palabra se escondía el “virus de la lascivia”. Las tres evidentes salidas de la mujer de la puerta de su casa eran el bautismo, el casamiento y la sepultura. En esta situación, equiparable a la actual en algunos lugares gobernados por el islamismo más radical, podemos vislumbrar lo que supuso para Oliva convertirse en médica, filósofa e inspiradora o “musa” de pensadores de su época. Así y sólo así podemos comprender que ni siquiera una vez muerta se le haya considerado y que incluso se le haya querido quitar el mérito y autoría de su obra fundamental.

        En 1903, siglos después de la publicación de la “Nueva Filosofía”, alguien – no sé sabrá nunca si con aviesa intención - desempolvó un documento que supuestamente contenía el testamento de Miguel Sabuco, padre de Oliva, y donde se decía que él era el auténtico autor de la obra atribuida a su hija. Ha habido quienes todavía mantienen esta supuesta recuperada autoría como la verdadera (basta ir al vocablo “Miguel Sabuco” en el afamado Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora). 

        Hay que decir al respecto que nada más lejos de la verdad y que tal suposición sin fundamento entraña un imperdonable error que de nuevo pagan las mujeres.

        Ni Marcelino Menéndez Pelayo ni Benito Jerónimo Feijóo, afinados eruditos y críticos literarios, pusieron en duda la autoría de la obra de Oliva Sabuco. Muy recientemente las filólogas y filósofas Waithe y Colomer-Vintró, traductoras de Oliva al inglés, han elaborado un estudio concienzudo de los archivos testamentarios de la familia Sabuco declarando la falsedad evidente de la autoría de Miguel y defendiendo también mediante un pormenorizado análisis hermenéutico de la obra de Oliva que fue ésta y no su padre la autora de la “Nueva Filosofía”.

        Es indignante que se siga sin reconocer a una mujer el mérito y el talento debidos. Y es lo más lógico, no, como se ha dicho, que Miguel puso el nombre de su hija para evitar los juicios de la Inquisición, sino que precisamente por evitar que su hija fuera condenada por esa misma institución el buen padre defendiera, ya muerto en su testamento,  que no la culparan a ella sino a él.

        En todo este embrollo hay que destacar el esfuerzo del profesor Ricardo González, que en su reciente obra de investigación “El enigma Sabuco” ha querido solventar los equívocos que persiguen incómoda e injustamente a la obra y a su autora.

        Oliva puede seguirse presentando, por tanto, como la autora de una de las más bellas joyas de la prosa castellana, aunque – no lo negamos ni por un momento – en fiel y estrecha colaboración con el humanista y maestro Simón Abril y su propio padre, el bachiller Miguel Sabuco.

Pero ¿De qué lecturas y lecciones le vino a Oliva todo lo que parece saber y saber bien? Para responder a esta pregunta hay que decir que Oliva tiene dos fuentes fundamentales de sabiduría: la primera, proviene de su fe religiosa (¿Judía, pagana o cristiana?) Se trata sin duda de una mujer creyente – no podía ser menos en aquella época -, pero con una forma de creer muy particular. Oliva nos comunica en muchas ocasiones cómo es necesario llevar una vida moral adecuada muy acorde a lo que manda la conciencia y recomienda estar en contacto, por medio de la oración, con Dios nuestro creador, pero, aparte de estas afirmaciones, ignora a Jesucristo, a la iglesia y a los sacramentos, aunque reconozca que el alma y el cielo deben existir.

Junto a este sentimiento creyente de base, prima en Oliva – no podía ser menos en pleno Renacimiento – la influencia de los clásicos griegos y romanos. Así, su moral, a pesar de tener términos cristianos, es de sensibilidad epicúreo-estoica, es decir, mezcla las dos grandes corrientes éticas de la antigüedad helenística para decirnos que le interesa sobre todo, no sólo que el individuo sea bueno, sino que viva placenteramente y así será mejor, pero también que no será nada ese mismo individuo si no acompasa al placer una personalidad ascética, esto es, capaz para la renuncia a veces necesaria. Oliva cita continuamente ejemplos de Plinio el Viejo, otro gran clásico, y asimismo, frases conocidas de Aristóteles, insistiendo, como éste, en virtudes no destacadas por el cristianismo (y sí mucho por el mundo clásico) como la magnanimidad o “megalopsiquía”. Aunque critica a Platón como doctrinario o fundador de pseudoreligiones, le alaba y le sigue cuando éste insiste en la “armonía” como fuente y principio del buen funcionamiento del ser humano y de la sociedad.

Tiene Oliva claras influencias del renacentista Luis Vives, tal vez uno de nuestros mayores filósofos. Son de Vives y de Oliva la insistencia de que la psicología es una parte de la vida y la importancia de la relación mente-cuerpo.

Oliva se opone a la doctrina médica clásica, la de Galeno, que acentuaba la separación de sistemas en el cuerpo humano, dejándose llevar más bien por la doctrina de Erasmo sobre el concepto global y universal del ser humano, “holístico” o “de armonización” llamaríamos ahora.

Pero Sabuco ha tenido también, ella misma, una gran influencia en otras personas que han seguido su forma de pensar y de enfocar los problemas tanto médicos como filosóficos.

                Descartes fue el primero en reconocer una relación entre el alma y el cuerpo que intervenía en la salud de ambos. Ya Oliva había afirmado esto, con la prioridad del cerebro en esa relación, medio siglo antes que el sabio francés. Sin duda que todo lo que se fraguó sobre la teoría del ser humano en el siglo XVI en esta zona de España, fue preparando el avance filosófico que, por desgracia para nosotros, al estar allí más libre de censuras y cortapisas, se dio y desarrolló ampliamente en Centroeuropa.

Pero donde parece ser clarísima la influencia de Oliva es en los médicos ingleses. En concreto, en Glisson, Willis, Charleton y Wharton. Los ingleses plagiaron y citaron vilmente, sin nombrarla a ella, a las teorías de Doña Oliva. En el siglo XVIII, entre unos libros que fueron enviados a las colonias inglesas de los futuros Estados Unidos de América, se encontraba un ejemplar de la “Nueva Filosofía” de Oliva Sabuco, que hoy es uno de los tesoros bibliográficos de la Biblioteca del Congreso de Washington. Lo cual prueba su influencia y explica por qué en la actualidad algunas de las mejores webs sobre Oliva estén escritas en inglés.

En el siglo pasado fue la genialidad del filósofo anglo-austriaco Ludwig Wittgenstein quien ideó una relación entre Filosofía y Terapia, es decir, entre pensamiento correcto y salud.

 Según este pensador hay una región de utilidad para la filosofía que no pertenece a la Psicología y que puede sanar al ser humano y llevarle a mejores cotas de autorrealización personal distinguiendo en cada caso el sinsentido en el que nos introducen las palabras y los conceptos que éstas arrastran. Es decir, no siempre pensamos bien y cuando pensamos mal nuestras acciones, que siguen a esos pensamientos, hacen que nos equivoquemos. Este pensador decía que a veces estamos como una mosca encerrada en una botella. La Filosofía debe mostrarnos el camino para salir a veces de nuestro estúpido encierro en prejuicios o eslabones de cadenas teóricas que nos esclavizan a nuestras convicciones o ideas.

  

Esta manera de ver la Filosofía ha producido en la actualidad éxitos de ventas como “Más Platón y menos prozak” y títulos similares que invitan, no – como aparentan – a la trivialización o vulgarización de la Filosofía, sino a que la Filosofía se acerque al hombre y la mujer de la calle y le ayude a realizar mejor la tarea de ser persona. Pues, aunque parezca increíble, ya en nuestro Siglo de Oro, Oliva Sabuco se dispone a principiar una relación entre conocimiento  del ser humano y posibilidades de curación del mismo, una vinculación entre antropología filosófica y terapia, que en todos los tiempos han intentado los buenos médicos y que ha hecho que muchos médicos, particularmente en la historia de España, se preocuparan por la Filosofía. 

        La “Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre” se compone de las partes siguientes:

(1)                  Coloquio del conocimiento de sí mismo.

(2)                  Compostura del mundo como está.

(3)                  Coloquio de las cosas que mejorarán este mundo.

(4)                  Coloquio de auxilios y remedios.

(5)                  “Vera medicina” en dos diálogos:

Y dos opúsculos u obrillas escritas en latín: 

  (6)     Breve sobre la Naturaleza Humana y

  (7)     Verdadera Naturaleza de lo complejo. 

        A lo largo de todos estos apartados Oliva quiere ayudar a hombres y mujeres a conocerse a sí mismos, primer precepto de la filosofía desde Sócrates; pero investigando y esclareciendo las causas naturales por las que el ser humano crece, se desarrolla y aumenta su salud o bien, por el contrario, se degenera, enferma o muere antes de tiempo.

Dando muestras de una gran erudición, Oliva cita a Plinio, a Platón y a múltiples autores clásicos de la medicina y la filosofía y pretende, en su afán de no parecer descreída ante ningún lector, armonizar todo ese saber científico y filosófico con las doctrinas de los Santos Padres de la Iglesia y con la sabiduría popular que la Biblia contiene.

        La obra tiene principio socrático, pero también estructura socrática, esto es, dialogada. Sólo en el encuentro de palabras, en el diálogo emerge la verdad consensuada, algo que Oliva sabe después de haber entablado diálogo con los estudiosos manchegos y andaluces de su entorno. La tesis de la obra la sostienen y alimentan pastores-filósofos, una figura muy literaria, acorde con los tiempos y con una mujer sensible ante los humildes como ante la naturaleza. Esa tesis se puede resumir del siguiente modo:

El orden o desorden de los afectos, pasiones o emociones produce efectos corporales que pueden realizar al ser humano o bien llevarlo a la tumba.

 Hay una estrecha relación, para Oliva, entre la mente y el cuerpo, entre la raíz del organismo que se localiza en el cerebro y todas las partes de ese organismo, a los que compara con sus “ramas”. Curiosamente y antes de Descartes, que en esto tiene una noción mucho más atrasada e ingenua colocando en la “glándula pineal” la conexión alma-cuerpo, Oliva Sabuco – igual que lo hace su colega Juan Huarte – centra en el cerebro la totalidad de las emoc¡ones y los pensamientos humanos.

         Siguiendo su afinidad a la filosofía griega, Sabuco considera al ser humano un “microcosmos”, todo un mundo en pequeño. Nos recuerda a su coetáneo Leonardo da Vinci y al famoso dibujo de Vitrubio que indica la centralidad armónica de lo humano. El ser humano es un espejo de la inmensa complejidad que tiene en sí el universo. Haciéndose eco de la famosa frase de Aristóteles cuando afirma que el ser humano no es ni un dios ni una bestia. Oliva confirma que, en efecto, el ser humano no es un Dios, razón por la cual debe evitar ser dominado por la pasión de la soberbia. Pero el ser humano tampoco es un animal como otro animal, puesto que puede y debe aprender a controlar sus afectos.

  Nuestra autora nos aparece como el prototipo de la mujer “moderna”(al igual que Descartes es prototipo del “hombre moderno”), una mentalidad que adopta métodos empíricos, esto es, de acuerdo con los hechos, y racionales, esto es, reflexionados, que privilegia la ciencia mediante la observación y anotación detallada de lo observado. Siendo anterior al “moderno” Francis Bacon que con su “Novum Organon” (1620) principia la nueva investigación científica, Oliva experimenta y reflexiona sobre lo experimentado y, a continuación, prescribe una terapia práctica para poner remedio a los males que agobian al ser humano cuando se deja invadir por el desequilibrio de sus sentimientos.

 La convicción fundamental de Oliva se repite una y otra vez en su gran obra: la causa fundamental de las enfermedades y el declive del ser humano es “el descontento”. Repúblicas y médicos se encuentran perdidos ante consideraciones que no son las auténticas y pierden así la oportunidad de la salud.

 Tan equivocados están los médicos al considerar a los humores (tal y como se señalaba desde el célebre Galeno) como los causantes de los males como lo están los filósofos escolásticos, a quienes Oliva va a desdeñar tanto como poco después lo hará la filosofía moderna.

  Nuestra doctora pensaba que no sólo había que desterrar la ignorancia para el bienestar sino que ese tal “descontento” que invadía al humano y se mostraba en la enfermedad tenía que ser erradicado de alguna manera eficaz.

                  Para ello le va a servir la consideración del ser humano como único animal que tiene “dolor entendido”, esto es, conciencia dolorosa de su presente, conciencia acongojada de su pasado y conciencia cuidadosa del provenir. Oliva está constatando lo que el filósofo Martin Heidegger denominará en el siglo XX como un “existenciario” del ser humano: su historicidad, su ser (o estar) en el tiempo desde un determinado talante afectivo, es decir, nos situamos sintiendo de una forma propia  el pasado o  el presente o  el futuro.

                Eso que Oliva llama “descontento”, lo denomina en otras partes “enojo” o “pesar” y lo cataloga como el principal enemigo de la naturaleza humana, porque nace de la discordia entre el cuerpo y la mente, de la enemistad con nosotros mismos que nos convierte en seres incoherentes y no armónicos, en peleles o sombras de nosotros mismos. Esta situación necesitará no unas cataplasmas o unas sanguijuelas que harán sufrir más al enfermo, sino una terapia teórica, una auténtica curación filosófica que ha de empezar por el seguimiento de ciertos consejos muy prácticos.

        Ya en la antigüedad clásica filósofos como Epicuro habían hablado de su filosofía como un “farmakon” o medicina contra los miedos  y dolores de la vida humana, Oliva propone también sus propias soluciones. Son consejos para aumentar la armonía entre el cuerpo y el alma, que es la que produce la más duradera alegría.

        No hay que olvidar nunca que todo su libro está escrito bajo el siguiente lema:

  “DE LA CIEGA FORTUNA, ÚNICAMENTE LA VIRTUD PUEDE LIBRARNOS”

 

        Con ello Oliva nos quiere decir que nadie está seguro de lo que pueda sucedernos, pero el que camina por el bien no sólo es más inteligente sino, a la larga, más sano.

        Pero esta convicción la va desgranando en principios o consejos de salud que pueden seguirse aplicando muy bien en nuestros días:

        1. No menospreciemos al verdadero enemigo de nuestra salud, que es el enojo, la pena o la melancolía. Viéndolo venir, nos herirá con bastante menos fuerza.

 2. Tengamos siempre “palabras de buen entendimiento y razones del alma”, es decir, sepamos decirnos a nosotros mismos con nuestras propias palabras aquello que creemos nos pasa.

 3. Estar dispuestos a aceptar las adversidades o contrariedades que la vida nos acarrea y eso con buen ánimo, sabiendo sacar bien de cualquier aparente mal. Es la fuerza del optimismo.

 4. Saber encontrar las “palabras de un buen amigo”. Porque la mejor de las medicinas resulta que, según Dña. Oliva, está olvidada y es la de comunicarse con palabras. Nuestra autora da a la “eutrapelía” o arte de la buena conversación, una importancia decisiva para hallar la felicidad.

        5. No debe faltarnos el ejercicio al aire libre, “donde se pueda oír el movimiento de los árboles y el murmullo del         agua”, porque la experiencia da que viven más los que al aire puro viven y no metidos en el aire viciado de las ciudades.

 6. Lo más indicado para recuperar la alegría es la música, eso debe ir unido a la fuerza de la imaginación sobre placeres y gustos que sean posibles y el disfrute de placeres razonables. 

        7. Mejor dormir bien en cama dura, que mal en blanda y el poco regalo (o antojos) que el mucho y el trabajar, que el estar sin hacer nada. 

        Para Oliva la vida del hombre se sostiene gracias a tres columnas o pilares fundamentales:

  1) LA ESPERANZA. Nadie puede vivir sin esperar algo. Su cerebro se lo reclama.

  2)     LA ALEGRÍA. Nadie puede vivir con la pena a cuestas. Su cerebro se lo reclama también.

  3)     EL CALOR DE LA ARMONíA. Una especie de sensación de plenitud que se siente – dice Oliva - en el estómago.  

        No sólo la pena o la melancolía hacen daño al ser humano, también hay que huir de:

        - los desesperados, porque son un peligro para ellos y para quienes les rodean;

        - las preocupaciones, congojas y excesiva obsesión o cuidado por cosas o problemas, porque aceleran la vejez y las canas.

  - Antes que cualquier droga o fármaco, 

 “ORDEN EN LA MENTE, PRUDENCIA EN LAS COSTUMBRES Y SENTIMIENTOS PROPIOS DE UN SER HUMANO”.

         A cada uno, leída y entendida Oliva, le llega un aspecto de su persona o de su obra, que con naturalidad hermenéutica hacemos nuestra y proyectamos a otros. Oliva “da que pensar”, quien la lee, se ve obligado a conservar, regar y cuidar en su corazón y en su vida su mensaje.

 

PARA SABER MÁS:

 . FUENTES:

 SABUCO DE NANTES BARRERA, Oliva (1847) Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y la salud humanas. (Con resúmenes y comentarios de I.Martínez) Imprenta del Colegio de sordo-mudos y ciegos. Madrid.

 Pronto saldrá al mercado una edición crítica de la obra “Nueva Filosofía...” a cargo de la Sociedad de Estudios Albacetenses.

 .BIBLIOGRAFÍA:

 -         ROMERO PÉREZ, Rosalía (2008) Oliva Sabuco (1562-1620). Imprime Lozano Artes Gráficas. Impreso en España.

 -         RUIZ JARÉN, Eduardo (2009) Oliva Sabuco: Filosofía y Salud. Editorial Manuscritos, Madrid.

 

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