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Religión y constitución. Razón y contrarrevolución

Javier Fisac Seco

 

¿Estamos de vuelta a la Edad Media? ¿Será el Antiguo Régimen nuestra próxima parada? ¿No avanzábamos, iluminados por la luz de la razón, hacia el progreso, cabalgando a lomos del Estado de bienestar, sobre un paisaje cuyo fondo fue la “guerra fría”? ¿Fue ésta el motor de ese Estado? ¿No fue el Estado de bienestar el refugio necesario de la reacción a la espera de tiempos mejores? ¿Hemos llegado a la síntesis de la tesis una vez eliminada la antítesis? ¿Nos hemos quedado sin el motor de la dialéctica una vez eliminados sus antagónicos enemigos? ¿Por qué no quedan ya malditos, herejes, librepensadores, hedonistas, pervertidos, inmorales, anticlericales, revolucionarios? ¿Dónde se refugian?

¿Habrá instaurado ya dios su reino en este mundo sobre sus cadáveres? ¿Será el fin de la historia el triunfo de dios y del capitalismo financiero, del capitalismo sin democracia, del capitalismo sin Estado de bienestar, siquiera? El capitalismo es otra cosa. Es sobre todo un sistema de explotación económica que no tiene patria, sólo intereses, que no tiene sistema político identitario. Un sistema en el que la propiedad del capital especulativo está más protegida que los derechos individuales y el Estado-Sociedad de bienestar. Es capaz de utilizar todos los sistemas políticos para cumplir con su misión: explotar a la especie humana en cualquier país, en cualquier Estado, en cualquier sistema político que se lo permita. Hoy el fantasma que amenaza al mundo, ya no es el comunismo, es el Capital financiero, pero Dios lo bendice y a los dos juntos los adoramos.

La reacción comienza a salir de sus cavernas. Nació, tímidamente, de las cenizas de su protector el nazismo, acurrucada con los nombres de democracia cristiana o partidos populares de origen católico. Pero, ahora, una vez perdidos sus complejos totalitarios, los exponen públicamente como quien vende retales y dirige  sus pasos hacia la conquista y ocupación del Estado para finiquitar el bienestar popular del Estado ¿Una vez más?  Suenan las trompetas, ¿otro Apocalipsis? Vuelven a sonar las campanas, pero ¿no las oímos? ¿Por qué? ¿Podemos reaccionar aún? ¿Deberíamos dar un paso atrás, hacia el siglo de las Luces, para tomar de nuevo impulso bajo las banderas de la razón, el progreso y la libertad?

¿No ha llegado la hora de reconstruir la antítesis de esta contrarrevolución silenciosa y dulce a la que asistimos, tras la caída del muro de la vergüenza, sin enterarnos y volver a poner en marcha la dialéctica, la antítesis de la tesis del sistema de explotación actual? ¿No debemos reconstruir la moral del orden humano empezando por las llamadas fuerzas de izquierdas, tan clericales ellas, y destruir, necesariamente, la moral del orden divino, una moral que fomenta el derrotismo individual frente al poder de dios; una moral de esclavos,  que nos atrapa y reduce a la pasividad resignada, masoquista, contemplativa y mística? Pero, ¿cómo? Tal vez debamos empezar reconstruyendo una vida totalmente laica. Una moral en la que el placer no sea el enemigo ajeno al ser humano, una moral sin sentimiento de culpa, sino cómplice de la libertad. Una libertad con ira.

Hablamos, razonamos como si fuéramos dueños de nuestra propia conciencia, como si no estuviéramos bajo el poder de una moral ajena a nuestros intereses. Intereses económicos, intereses políticos, intereses sexuales. Nos comportamos como unos extraños narcisistas que se creen ver reflejados en una imagen que les es ajena con la que nos identificamos y en la que nos recreamos. Tal vez sea, como explica Fromm en su libro “El miedo a la libertad”, porque tenemos tendencia, al buscar la seguridad antes que la libertad, a identificarnos con nuestros verdugos. El caso es que vivimos con estatus de normalidad la desintegración  de nuestra personalidad en dos. Ya lo inventaron los cleros al construir brutalmente nuestro yo con dos elementos antagónicos: cuerpo y alma, enemigos irreconciliables.  Así que, divididos en nuestra propia intimidad, no somos capaces de encontrar nuestra identidad, nuestra propia conciencia. Nos han partido en dos contra nuestros propios intereses para, una vez divididos, dominarnos.

Freud ya nos lo había advertido en varios de sus trabajos en “Más allá del principio del placer”, en “El malestar en la cultura” o en “El porvenir de una ilusión. Se atrevió a afirmar que la “civilización” está reprimida y tiene como misión reprimirnos. El principio de la realidad frente al principio del placer, que debe ser sacrificado para que aquél pueda reinar. Se le olvidó decirnos quién es el principio de la realidad, quién es la civilización. W. Reich en sus libros “La psicología de masas del fascismo” y “La revolución sexual” dio un paso más identificando el principio de la realidad con el Poder autoritario, y todo poder antidemocrático es totalitario, y la lucha de clases. Explicando la represión sexual en términos políticos. En estos términos Marx ya  nos lo había anticipado en el Manifiesto comunista, donde nos dejó como herencia una evidente reflexión, que la ideología dominante, la civilización o el principio de la realidad en términos freudianos, es la ideología de la clase dominante.

Con otras palabras y otros argumentos, nada menos que en el siglo XIV, Marsilio de Padua en su tratado “Defensor minor” observó que existían dos ideologías, dos legislaciones, la civil y la religiosa. Negó que la civil tuviera que someterse a la religiosa porque mientras que ésta era de origen divino, aquélla era de origen humano y su único fundamento de legitimidad era la comunidad social, ni dios ni el clero. En nuestra terminología actual hoy podríamos expresar el debate de Marsilio en términos de inconstitucionalidad. Evidentemente sólo podemos considerar legítimo y constitucional aquellas leyes que emanan solamente de la soberanía popular y que protegen el ejercicio de los derechos individuales. Entonteces  ¿cómo puede explicarse que en todo parlamento democrático de cualquier Estado se sigan aprobando leyes que son inconstitucionales?

De qué ideologías estamos hablando, de qué moral, de qué leyes. Bastaría con reproducir algún documento religioso para demostrar que la ideología religiosa es la negación de la progresista, de la popular. Ésta está contenida en la “Declaración de Virginia” y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano”. Los rasgos de la nueva ideología los sintetiza Paul Hazard al escribir en “La crisis de la conciencia europea”: “A una civilización fundada sobre la idea del deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe, los “nuevos filósofos” han intentado sustituirla con una civilización fundada en la idea del derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos del hombre y del ciudadano”.

Sus enemigos antagónicos piensan lo contrario según podemos leer en algunas encíclicas papales. El primero Pío VI quien en Quod aliquantum, Sobre la libertad, Carta al Cardenal Rochefoucauld y a los obispos de la Asamblea Nacional, 10 de marzo de 1791, gritó:

“A pesar de los principios generalmente reconocidos por la Iglesia, la Asamblea Nacional se ha atribuido el poder espiritual, habiendo hecho tantos nuevos reglamentos contrarios al dogma y a la disciplina. Pero esta conducta no asombrará a quienes observen que el efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?

¿No amenazó Dios de muerte al hombre si comía del árbol de la ciencia del bien y del mal después de haberlo creado en un lugar de delicias? y con esta primera prohibición, ¿no puso fronteras a su libertad? Cuando su desobediencia lo convirtió en culpable, ¿no le impuso nuevas obligaciones con las tablas de la ley dadas a Moisés? y aunque haya dejado a su libre arbitrio el poder de decidirse por el bien o el mal, ¿no lo rodeó de preceptos y leyes que podrían salvarlo si los cumplía?

¿Dónde está entonces esa libertad de pensar y hacer que la Asamblea Nacional otorga al hombre social como un derecho imprescindible de la naturaleza? Ese derecho quimérico, ¿no es contrario a los derechos de la Creación suprema a la que debemos nuestra existencia y todo lo que poseemos? ¿Se puede además ignorar, que el hombre no ha sido creado únicamente para sí mismo sino para ser útil a sus semejantes? Pues tal es la debilidad de la naturaleza humana, que para conservarse, los hombres necesitan socorrerse mutuamente; y por eso es que han recibido de Dios la razón y el uso de la palabra, para poder pedir ayuda al prójimo y socorrer a su vez a quienes implorasen su apoyo. Es entonces la naturaleza misma quien ha aproximado a los hombres y los ha reunido en sociedad: además, como el uso que el hombre debe hacer de su razón consiste esencialmente en reconocer a su soberano autor, honrarlo, admirarlo, entregarle su persona y su ser; como desde su infancia debe ser sumiso a sus mayores, dejarse gobernar e instruir por sus lecciones y aprender de ellos a regir su vida por las leyes de la razón, la sociedad y la religión, esa igualdad, esa libertad tan vanagloriadas, no son para él desde que nace más que palabras vacías de sentido.”

Mediando el siglo XIX, el papa Pío IX  excomulgaba la modernidad, los derechos individuales, en su encíclica “Quanta cura”, publicada el 8 de diciembre de 1864, en la que podemos leer:

(...)condenamos los errores principales de nuestra época tan desgraciada, excitamos vuestra eximia vigilancia episcopal, y con todo Nuestro poder avisamos y exhortamos a Nuestros carísimos hijos para que abominasen tan horrendas doctrinas y no se contagiaran de ellas (...)

 (...)Opiniones falsas y perversas, que tanto más se han de detestar cuanto que tienden a impedir y aun suprimir el poder saludable que hasta el final de los siglos debe ejercer libremente la Iglesia católica por institución y mandato de su divino Fundador, así sobre los hombres en particular como sobre las naciones, pueblos y gobernantes supremos; errores que tratan, igualmente, de destruir la unión y la mutua concordia entre el Sacerdocio y el Imperio, que siempre fue tan provechosa así a la Iglesia como al mismo Estado(...)

(...)Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m., locura, esto es, que "la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad - ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera -, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma". Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición, y que, si se da plena libertad para la disputa de los hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad, confiado en la locuacidad de la sabiduría humana pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa.

4. ...se atreven a proclamar que "la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y que en el orden político los hechos consumados, por lo mismo que son consumados, tienen ya valor de derecho"(...)

(...)5. Apoyándose en el funestísimo error del comunismo y socialismo, aseguran que "la sociedad doméstica debe toda su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre todo, del derecho de la instrucción y de la educación". Con esas máximas tan impías como sus tentativas, no intentan esos hombres tan falaces sino sustraer, por completo, a la saludable doctrina e influencia de la Iglesia la instrucción y educación de la juventud, para así inficionar y depravar míseramente las tiernas e inconstantes almas de los jóvenes con los errores más perniciosos y con toda clase de vicios (...). Y así sucesivamente, hasta el día de hoy.

¿Estaremos, de nuevo, contemplando, indiferentes,  la “Decadencia de Occidente” o, acaso, hemos llegado ya hasta el “Fin de la Historia?  Parece ser que los ciclos ideológicos caracterizados por la oposición-negación de contrarios se repiten rigurosamente. A diferencia de las religiones de Estado que desaparecen, si desaparece el Estado con el que nacieron identificadas,  el catolicismo tiene como rasgo característico su capacidad para sobrevivir a los Estados que le dieron protección y cobijo. Por ejemplo, sobrevivió al franquismo a pesar de ser el fundamento ideológico y soporte político del mismo Régimen; sobrevivió al Fascismo que la protegió y le concedió en régimen de monopolio la vigilancia de la moral y la educación; sobrevivió al Nazismo con el que firmó un concordato; sobrevivió al salazarismo corporativo y clerical; sobrevivió  Pinochet que la salvo de los comunistas y le concedió los monopolios en la  educación y la moral; sobrevivió al peronismo que la benefició tanto como el franquismo…y así sucesivamente. Es capaz de sobrevivir a sus propios engendros.

¿Por qué? La primera respuesta está en que  siendo el catolicismo una ideología de clase dominante ésta, como el catolicismo, puede optar por diferentes formas de gobierno y sistemas políticos para sobrevivirse como clase. La ideología católica está al servicio de sí misma y de la clase con la que se identifica, no necesariamente al servicio de una determinada forma de gobierno. Es lo que los papas llamarían en la primera mitad del siglo XX “accidentalidad” de las formas de gobierno. Una forma de gobierno es aceptable mientras les es útil. También  la misma clase capitalista que apoyó al nazismo o al franquismo, sobrevivió a estas formas de dominación y las sustituyeron por otras que, ante la amenaza de guerra social, facilitaría la construcción del  Estado de bienestar. Era un necesario paso atrás del capitalismo en las circunstancias de la “guerra fría”

Pero no podemos confundir este acomodamiento a la democracia con la derrota de sus valores morales, de su propia conciencia, que permanece íntegra en la doctrina cristiana, auténtica reserva espiritual contra la ideología progresista. Moisés dio un paso cualitativo al dotar a la clase dominante de una ideología y de una teoría política. Esto no debería resultarnos extraño. El problema empieza cuando esa ideología se presenta como la “conciencia de todos”, privando a la clase dominada de tener conciencia propia. La más sutil de las dominaciones se encuentra en la moral gracias a la cual nos transforman en enemigos de nosotros mismos en beneficio del Poder. Nos dotan de un  pensamiento reaccionario. Es el momento en el que, con  palabras que pone Marcuse en  “Eros y civilización”, “…la dominación ha sido cada vez más racionalizada…los intereses de la dominación y los intereses del conjunto coinciden…Los hombres no viven sus propias vidas, sino que realizan funciones preestablecidas…Las restricciones impuestas sobre la libido se hacen más racionales conforme son más universales, conforme cubren de una manera más completa el conjunto de la sociedad. Operan sobre el individuo como leyes externas objetivas y como una fuerza internalizada: la autoridad social es absorbida por la “conciencia” y por el inconsciente del individuo…El conflicto entre la sexualidad y la civilización se despliega con este desarrollo de la dominación”.

Con otras palabras, podríamos afirmar que la explotación económica, política y sexual de los seres humanos ha sido racionalizada en la moral dominante. De manera que el explotador y el explotado piensan y se comportan como si sus valores coincidieran. Los explotados han sido enajenados y los explotadores están bestialmente embrutecidos por sus propios valores. La historia de la humanidad reprimida es la historia de su explotación por la minoría represora. Sólo que no tenemos conciencia de su brutalidad.

He dicho, citando a Marx, que había una excepción sobre la afirmación de que toda ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Esta excepción es, con matices, el sistema político democrático, fundamentado en la libertad individual y sólo practicable en el ejerciendo los derechos individuales. Derechos que, como ya ocurrió en la “revolución francesa”, no son “los” derechos de la burguesía, sino de los sans-culottes, del pueblo. Y siendo el pueblo una manifestación de las clases explotadas, al ser éstas universales, sus valores, los derechos individuales, son universales.

No podemos atribuir a la burguesía la propiedad de unos derechos universales sobre todo, porque la burguesía los concibió, en una primera fase de la conquista del Poder, como un privilegio de uso exclusivo y censitario y en una segunda fase, cuando el proletariado los conquistó para sí, porque se alió con las fuerzas ideológicas y políticas, ya fueran el catolicismo o el fascismo en cualesquiera de sus formas, enemigas de esos derechos. A los que deben unirse los sociales que también deben ser exigidos como derechos individuales. Y otros derechos que aún no han sido incluidos entre los tradicionales como son el derecho a la felicidad y a la libertad sexual. Contra todos los cuales está la burguesía que, amenazados sus intereses y privilegios, se adhiere con más fuerza cada día a los valores cristianos, como en otros tiempos se adhirió al fascismo y a otras formas de totalitarismo. La misma burguesía, el mismo clero, que se refugió en el nazismo o el fascismo y volvió a refugiarse  tras su derrota en el Estado de bienestar para sobrevivirse, trata, ahora, en venganza, de irse deshaciendo del bienestar del Estado para convertir el idolatrado “Mercado” en un Monipodio de sálvese quien pueda. Están regresando a sus raíces.

El capitalismo financiero puede existir sin necesidad de libertad. La religión no puede existir en libertad. Necesita aniquilarla. Y no deja de intentarlo, hoy, en nombre de la libertad religiosa que presenta, no como un derecho individual contra la imposición religiosa, sino como el derecho a imponer sus valores a todas sus víctimas. En esta especie de antología religiosa del esperpento totalitario, que son la teología, la doctrina cristiana o las encíclicas papales, están contenidos  los valores  y la  moral cristiana. Fiada de su poder absoluto, la Iglesia católica no necesitaba elaborar teoría alguna contra sus enemigos. Le bastaba con la convicción de que todo poder viene de dios, con la excomunión y con la condenación divina. La cosa  cambió cuando en el contexto de las guerras de religión contra los reformistas de los siglos XVI y XVII, para legitimar la rebelión contra los poderes políticos que se apoyaban en estos reformistas se vieron forzados a elaborar sus propias teorías que llegaron hasta la Segunda República española y el presente.

Fueron los jesuitas, irracional y sumiso brazo armado a las órdenes del papa de turno, quienes por boca de Suárez en su libro “Tractatus de legibus ac deo legislatore” y Mariana en el suyo: “De rege et regis institucione” elaboraron, contra los poderes políticos que se habían apartado de la Iglesia y apoyado a los reformistas, una teoría ya en boga en “Vindiciae contra tyrannos” o en “Franco-Gallia” sobre el derecho de rebelión contra los tiranos, cuando se apartaban de la Iglesia, nunca contra las formas de gobiernos sobre la que se instalan los tiranos. Este derecho de rebelión sólo ejercible bajo la sumisión del clero llegó a recurrirse para deslegitimar un poder y legitimar al subversivo, como en el caso de la IIª República española.

“Como escritos más concluyentes, decía el historiador franquista Arrarás en el segundo tomo de su “Historia de la Segunda República Española”, respecto al comportamiento de los católicos frente a un Poder laico y sectario merecen citarse los del dominico Padre Gafo en la Ciencia Tomista; los del padre capuchino Gumersindo de Escalante, en Acción Española; la obra Catolicismo y República, de Eugenio Latapie, en la que figura como apéndice Insurrección, estudio del padre jesuita francés De la Taille, y el libro El derecho a la rebeldía, del canónico de Salamanca don Aniceto de Castro Albarrán, en el que se enumeran las condiciones para que la guerra contra un tirano pueda juzgarse necesaria y justa, a la luz de la enseñanza de los grandes teólogos”.

Inspirados por estos argumentos teológicos no le cupo la menor duda a la jerarquía católica que calificar la insurrección nacional-fascista de los generales contra la República de “cruzada” porque, como muy acertadamente calificaron, se trataba de una guerra ideológica: “Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización”.

Hoy día, sin embargo, se puede destruir la república, la democracia, la libertad sin necesidad de recurrir a sublevaciones armadas. Aún no es necesario. Existen otros métodos para conquistar el Estado y destruir los derechos individuales y el bienestar social. El enemigo no está fuera de la democracia, ni fuera de los parlamentos. Se ha instalado, como un virus, dentro. Ahí vive y conspira.

En “El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte” escribió Marx: “El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades es proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los “derechos iguales de otros  y por la seguridad pública”, o bien por “leyes” llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: “Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formar peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo…La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo el control supremo del Estado. El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley…

Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí, ni con la seguridad pública…y estas leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde por los amigos del orden…lo hace siempre, pura y exclusivamente en interés… de la seguridad de la burguesía.

Cada artículo de la Constitución contiene en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad…

Sin embargo, esta Constitución convertida en invulnerable de un modo tan sutil, era, como Aquiles, vulnerable”…

Bakunin, un defensor radical de las libertades individuales, también anticipó con rigor matemático lo que llegaría a ser cualquier Estado bajo el control de una  clase dominante. Lo que podemos entender del análisis de  Marx es que en todo sistema democrático coexisten dos ideologías, dos culturas, dos conciencias de clases antagónicas dispuestas a conquistar el Estado para, desde dentro, transformarlo. Es tan antigua la estrategia que ya el emperador Augusto la utilizó para destruir la República romana. Siglos después el papa León XIII elaboraría un modelo de conquista del Estado que años después Hitler pondría en práctica para destruir, desde dentro de la Constitución de Weimar, la democracia de Weimar.

Pero hoy, cómo es posible que la conciencia contrarrevolucionaria que parecía abatida tras la derrota del fascismo, del nazismo, del franquismo, de pinochetismo, del peronismo… haya resurgido sobre las cenizas de sus propios engendros. Esta es la clave y este es el problema. Había afirmado al principio de esta reflexión que el catolicismo tiene capacidad para sobrevivir a sus propios sistemas políticos autoritarios encarnación de su ideología monoteísta. Sobrevive en la moral que todos compartimos. A pesar de ser una moral enemiga de la libertad y, por tanto, de los derechos individuales.

Pero, si ya conocemos el procedimiento denunciado por Marx para que la reacción, llámenle ustedes conservadores o derecha más moderada o menos moderada,  pueda vaciar desde la legalidad del Parlamento la  legitimidad constitucional del ejercicio de la libertad, la pregunta que hay que hacerse es ¿cómo es posible transformar en delito lo que es un derecho o no poder ejercer cualquier derecho? La lectura de “Los derechos del hombre” de Thomas Paine tal vez nos ayude a aproximarnos a encontrar la respuesta.

En mi opinión el error de base se encuentra en que concedemos al sufragio el fundamento de legitimidad sin tener en cuenta que la única garantía que existe para que la democracia, cualquier sistema democrático, no pueda ser destruido desde la legalidad parlamentaria, es el ejercicio de la libertad individual y por lo tanto la práctica ininterrumpida por cada ciudadano de sus derechos. De hecho, como coherentemente proclamaron las constituciones españolas de 1869 y la de la Iª República, 1873, los derechos, además, son ilegislables, porque es, en sí mismo, una contradicción que se legisle sobre el ejercicio de la libertad, si tenemos claro que legislar es recortar, prohibir, reprimir. Si los derechos no fueran legislables no podrían ser recortados, restringidos,  anulados por el legislador o el poder elegido por sufragio universal. Se debe legislar para proteger el ejercicio de los derechos y los jueces deberían garantizar ese ejercicio no condenarlo.

Cuando creemos que el fundamento de legitimidad es el sufragio universal estamos abriendo las puertas de la contrarrevolución a quien o quienes, por vía del sufragio, democráticamente elegidos, pueda conquistar el Poder y desde el legislativo empezar a vaciar de contenido las libertades hasta instaurar una democracia  “formal”, tan necia y falsa como pudo serlo la canovista, o hasta instaurar un sistema totalitario, como hizo Hitler aupado por 13.000.000 de votos al Poder total de Estado. Para, acto seguido, sin necesidad de sustituir la constitución, vaciarla de contenido, desde la legalidad parlamentaria. Un parlamento reaccionario es, en sí mismo, inconstitucional.

Esto no hubiera sido nunca posible si el fundamento de la legitimidad constitucional fuera la libertad, esto es, el ejercicio de los derechos individuales y sociales. Nadie desde el Poder podría utilizar la ley contra las libertades. Empezando por el parlamento. Y cuando alguien, incluido todo el parlamento, actuara contra el ejercicio de los derechos, quedarían automáticamente deslegitimados para seguir en el poder o en el parlamento. Es una cuestión de cultura política y de defensa de una conciencia de clase, la progresista, contra la que no dejan de manipular las instituciones para imponer la suya, la religiosa.

Y paradójicamente, y termino, nos volvemos a encontrar situados ante el mismo planteamiento que Marsilio de Padua se hizo, allá en el siglo XIV, en sus “Defensor pacis” y “Defensor minor”. La religión no es fundamento de legitimidad, sólo la ley humana, que no tiene otro origen que la soberanía popular ni otra legitimidad que el ejercicio de los derechos individuales, de la libertad,  expresada en una constitución, contra la voluntad de los dioses, la irracionalidad de la razón.

 

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