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LOS NUEVOS REACCIONARIOS Y EL MITO DE CAMP DAVID: ISRAEL Y PALESTINA

 

Simón Royo Hernández (2002)i


 

I.
En el país de la Revolución y de la Ilustración, de la República y las Luces, vienen sucediéndose en el tiempo dos polémicas interrelacionadas entre sí, en un diálogo que, si bien no exento de improperios e imprecaciones, ha tenido la virtud de dejar ver el panorama intelectual y el posicionamiento que los escritores, pensadores e intelectuales han tenido que adoptar frente a los acontecimientos del presente. Lo que intentaremos a continuación es mostrar ese panorama, describir el trazado de las trincheras y barricadas intelectuales reconstruyendo el entorno de una derecha (neoliberal) y una izquierda (plural) que no por desdibujadas y difusas dejan de poder apreciarse en momentos y temas de actualidad enormemente candentes y problemáticos.


Cierto que ya no es la época del intelectual comprometido y que hoy invocan a Albert Camus tanto unos como otros, identificándose cada cual con el pensador francés y teniendo al contrario bien por dogmático o bien por un ser carente de racionalidad. Y es que el problema de autoconcebirse como el bien y la democracia provoca que no pueda haber diálogo, ya que el bien y la democracia no tiene nada que hablar con el mal y el fascismo, sino que, paradójicamente, el bien y la democracia han de dedicarse a exterminar el mal y el fascismo, erradicándolo de la faz de la tierra. De ahí lo peligroso de autoconcebirse como el único lugar de la Razón, el Bien y la Verdad, como si entre el subcomandante Marcos y Baltasar Garzón hubiese de establecerse una división maniquea y separar en un lado la verdad y en el otro la mentira, en un lado el bien y en el otro el mal. Cierto que el maniqueísmo es muy económico, pero no atiende a las razones del contrario y por eso no acierta a contestar ni a contra- argumentar, sino sólo a descalificar. El maniqueísmo no se hace cargo de la complejidad de los problemas a los que se quiere hacer frente y no acepta que pueda haber un interlocutor, pero al final no es más que la andanada superficial con la que los mass media economizan el esfuerzo de reflexión que hace falta en cada caso y con la que los intelectuales ceden a la propaganda deslegitimadora sin cumplir realmente su papel, que no es otro que dar cuenta de las verdaderas razones de los otros, sin caricaturizarlas ni desvirtuarlas.


Desde el affaire Dreyfus en el que los medios de comunicación y las fuerzas de la derecha y de la izquierda se aglutinaron en dos bandos, quizá el fenómeno no se había producido con tanta nitidez como en estos momentos. En ese entonces, el final del siglo XIX y el comienzo del XX, las izquierdas, con Zola y el diario L'Aurore a la cabeza, se volcaron en la defensa de la inocencia del oficial judeo-francés, en una época en la que las derechas y el antisemitismo preludiaban lo que sería luego la colaboración y Vichy, acusando a los dreyfusistas de "revisionistas", ya que pedían la revisión del juicio en el que se condenó al oficial, falsamente, por haber supuestamente espiado para Alemania. Una época que, para mayor complejidad, coincide cronológicamente con el surgimiento de la doctrina sionista. Desde entonces hasta hoy en día, las fuerzas han cambiado de manos y hoy tenemos, a diferencia de en la época de Zola, a un Estado de Israel muy poderoso enfrentado en un conflicto de medio siglo con los habitantes de una tierra que han colonizado y con sus vecinos.
Ya Sartre
ii se mostraría dubitativo, pese a condenar todos los imperialismos, en este caso, en el caso del Estado de Israel, en el que una Francia acomplejada por su colaboración con el genocidio nazi y por haber tenido escasos resistentes, al igual que las demás potencias europeas y los EEUU, aprobaría y facilitaría la fundación de un Estado judío en Palestina.


Ahora, finalizando el siglo XX y comenzando el XXI, las fuerzas intelectuales y los mass media se han dividido de manera contraria a como lo hicieron un siglo atrás, mediando la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín entre tanto.


Ahora son las derechas, las fuerzas conservadoras y defensoras del status quo (tradicionalistas, monárquicos, católicos duros, etc, y el llamado neoliberalismo: conservador si es que no desintegrador en lo social y sólo revolucionador en la economía, -como exige el capitalismo) las fuerzas que defienden incondicionalmente al constituido Estado de Israel o a la política Internacional de los Estados Unidos. Y son las izquierdas, las fuerzas progresistas, las socialistas, las radicales, los grupos antiglobalización, los anarquistas y las organizaciones promotoras del cambio y críticas con el orden establecido, las que defienden, a veces también demasiado incondicionalmente, al pueblo palestino (al constituyente de un Estado Palestino), las que critican la política de Bush, las que defienden a las instituciones y movimientos sociales, oponiéndose a una globalización meramente económica o al imperio del capitalismo. No debe buscarse en esta duplicidad ningún efecto maniqueo, ninguna división entre el bien y el mal, pero tampoco ha de verse ninguna simetría, pues la desigualdad de fuerzas es enorme entre ambos bloques y hoy en día el bloque derechista está cobrando más poder que su antagonista. Entre ambos surgen fenómenos de hibridación, no son bloques compactos, pero pueden describirse muy bien atendiendo, por ejemplo, a los medios de comunicación y a los intelectuales a sueldo de los mismos.


El bloque izquierdista ha calificado al otro bloque de "nuevos reaccionarios" (Daniel Lindenberg Le Rappel à l'ordre. Enquête sur les nouveaux réactionnaires. Seuil, octobre 2002) mientras que el bloque derechista ha calificado al bloque acusador de "nuevos bien- pensantes" (Alain Minc Epitre à nos nouveaux maîtres. Éditions Grasset & Fasquelle, Paris 2003); los primeros escriben preferentemente en lugares como Le Monde Diplomatique, Le Monde, Libération o Le Nouvel Observateur, los segundos, preferentemente en Marianne, Le Figaro, L'Express o Le Point. Las dicotomías ideológicas de los medios de izquierdas y derechas no son claras, ya que hay reaccionarios en medios tradicionalmente considerados de izquierdas (como Hervé Algalarrondo) y bienpensantes en medios tradicionalmente considerados de derechas (como Jean-François Kahn, director de Marianne), pero son la excepción y no la regla. El propio Lindenberg arremete en su libro tanto contra "la izquierda de la izquierda" (op.cit.p.49-52) y contra Le Monde Diplomatique o ATTAC por su "iliberalismo" (op.cit. p.60-61); en su esfuerzo por descalificar y deslegitimar a la izquierda radical, como contra personajes como Hervé Algalarrondo (op.cit. pág.32, redactor jefe adjunto de Nouvel Observateur y autor del libro Sécurité: la Gauche contre le peuple. Grasset 2000), además de contra los claramente neoliberales. Y eso que resulta difícil situar ideológicamente a Hervé Algalarrondo, pues critica tanto a la derecha, como a la socialdemocracia y al PC (cf. Entrevista en Le Figaro del 18 de marzo de 2002), y, sobretodo, acusa a los dos últimos de haber abandonado a los más débiles y a la clase obrera; pero no se sabe muy bien desde dónde hace sus críticas. Se tiene a sí mismo por alguien "de izquierdas", por lo que ha suscitado ciertas respuestas irónicas: "Totalmente opuesta a la extrema izquierda (…) aparece así una nueva rama de la izquierda plural que podríamos denominar G.E.R. (Izquierda Extremadamente Reaccionaria) en la que podremos considerarle un líder eminente" (cf. Lettre ouverte à Hervé Algalarrondo, rédacteur en chef adjoint au Nouvel Observateur. Christian Singer Juin 2002. Disponible sur Internet); su posición confluye, en definitiva, lo quiera él o no, lo pretenda o no, con la derecha y la extrema derecha, con el neoliberalismo y con Le Pen, y no porque las izquierdas no sean criticables, que lo son, sino porque sus críticas parten y terminan en postulados de la derecha más rancia y reaccionaria; y no se ven, ni por asomo, propuestas de izquierda (tras la crítica), en ninguno de sus discursos.


Lo más grave en la división terminológica entre los campos de la derecha y de la izquierda es el monopolio, por parte de la derecha neoliberal, de las reivindicaciones republicanas, de la apelación a la República, cosa que Lindenberg acepta de buen grado (op.cit. p.35), y algo que a nosotros en España nos resulta claramente grotesco. Republicano es ya en Estados Unidos, y comienza a serlo en Francia, un vocablo que pretende denotar una política de derechas, robándose su sentido original y su vocación histórica a un término que en España recordamos debido a nuestra herencia de la guerra civil, con un bando republicano (izquierda) y un bando nacional (derecha) claramente diferenciados, pese a sus discrepancias y subdivisiones internas. En España el presidente del PP, José María Aznar, criticaba, a quienes se le oponen, denominándolos "nuevos reaccionarios", consideración que reserva la derecha española para todos aquellos que le ponen pegas a la globalización economicista neoliberal, es decir, sin eufemismos, al capitalismo salvaje e imperialista, puro y duro, que preconizan, como si fuese eso la democracia: "Hoy, los nuevos reaccionarios son aquellos que se oponen a la sociedad abierta y a las oportunidades que se tienen que abrir y que se pueden abrir en tantos caminos. Y yo espero que en España no cuajen ni puedan triunfar nunca esos nuevos reaccionarios, porque creo que iríamos en contra de lo que debe ser el proyecto y el destino histórico que tiene que servir nuestro país, pero iríamos en contra también de nuestros propios intereses. ¿Cómo puede temer la globalización un país que, para empezar, cuenta con una lengua que hablan 400 millones de personas en todo el mundo? ¿Pero qué broma es esa, tan dura de aguantar algunas veces por parte de algunos?" (Discurso de clausura en el XIV Congreso Nacional del PP. Madrid 27 de enero de 2002. Tomado de la Web).

No en vano el mayor crítico de Lindenberg en la escasa repercusión de la polémica francesa en mi país, ha sido, Carlos Semprún Maura, periodista del muy monárquico diario La Razón, donde daba cuenta del asunto de la siguiente manera: "Cuando se sabe que el autor es militante del PS, que confiesa sus simpatías por Lionel Jospin y el sector más folclórico de su partido, los Montebourg, Dray y otros chicos del montón, los objetivos de su acusación inquisitorial son clarísimos: los nuevos reaccionarios se escudan tras su condena del totalitarismo para criticar a la izquierda socialista, Mayo del 68, el Islam (?), defender el neoliberalismo, la mundialización, los USA, Israel y, sobre todo, son culpables de la derrota del PS y de sus perritos falderos en las últimas elecciones" (Carlos Semprún Maura La Razón Digital 25-11-2002). Añadiendo dos días después que: "Periódicamente, surge del pantano de la progresía parisina un intelectual que quiere desempeñar un papel de Père-Fouettard o de Torquemada, y señala los herejes para la hoguera, aunque claro, gracias a la democracia burguesa, dichas hogueras sean hoy meramente simbólicas. Hubo, para citar sólo algún ejemplo: Jean Kanapa, Jean-Paul Sartre, Regis Debray, Pierre Bourdieu, etc, y ahora salta al ruedo un tal Daniel Lindenberg" (Carlos Semprún Maura La Razón Digital 27-11-2002. Inquisiciones Fallidas). Con ello fue consignada, honrosamente para el aludido, (por los acompañamientos), la recepción por la derecha española del ataque de Lindenberg. España es un país en el que poco más se ha comentado al respecto, salvo quizás la entrevista al neo-reaccionario Jean-François Revel, (que se autodefine como "liberal"), autor del libro "L'obsession anti-américaine" (Plon), en La Vanguardía, donde declaraba que en las críticas a los Estados Unidos: "detecto el resentimiento del débil ante el poderoso" (8-12-2002). Dándose la paradoja de la disputa entre el entrevistador (Víctor-M. Amela), que defendía la existencia del imperialismo de los USA, a José Bové o al movimiento antiglobalización, y el entrevistado, que se situaba en el lado opuesto, burlándose de Bové, caricaturizando la antiglobalización, identificando la democracia con la liberalización de la economía y exculpando de todo a los Estados Unidos, para indicar que la culpa del hambre en Africa era de los propios africanos. Ante la pregunta de si había un debate en Francia contra los reaccionarios, respondía: "¡Tonterías!", y ante la insistencia del entrevistador, que preguntaba: "¿No hay tales reaccionarios?", respondía el entrevistado: "¡No! Hay personas que por fin han entendido que el socialismo fracasó, y que el único sistema que funciona es el capitalista liberal con democracia política". A juicio de Revel los verdaderos reaccionarios serían los "marxistas" que pretenderían aun "la colectivización de los modos de producción e intercambio". ¡Menudo crimen!. En España, por tanto, resonaba la polémica francesa, pero oyéndose ante ella tan sólo las voces de la derecha, a falta de medios de izquierda que le prestasen la debida atención.


Pero es que para que se den los debates tienen que existir los medios materiales en los que puedan expresarse, y esa condición material que no existe en España, se da perfectamente en Francia; (aunque la posición de algunos es ambigua y no se encuentran en los medios en los que cabría esperar): "Cierto que los nuevos reaccionarios no forman, no forman aún, un movimiento estructurado y consciente, con sus manifiestos, sus tribunas carismáticas, sus escuelas y sus disputas de escuela" (Lindenberg op.cit.p.9). Y cierto es, como ha indicado el nuevo Ministro de Cultura del gobierno de Lula en Brasil, que: "La mirada reaccionaria está en todas partes, no es fácilmente localizable. Los enemigos son siempre difusos y variados" (Gilberto Gil, entrevista en El País 22-1-2003). Motivo aun mayor para intentar localizarlos y para retrazar continuamente los territorios no tan desterritorializados de la derecha y de la izquierda, más allá de las hibridaciones y diferencias particularizadas.


La oposición que plantea Lindenberg no es exactamente la misma que planteamos nosotros aquí, pues el primero huye de las dicotomías clásicas entre liberales/socialdemócratas al pretender plantear una puesta en cuestión por parte de los reaccionarios de todo ese grupo junto (cuyos oponentes se corresponderían, a su juicio, con los que Habermas definiera como "neoconservadores": -pero que, en realidad, responden a otra dicotomía distinta, la de modernos/postmodernos). No parece que Lindenberg tenga muy claras las líneas de demarcación de los sectores filosóficos y pretende amalgamarlos con los sectores políticos, lo que no siempre funciona. Por eso criticará los supuestos reaccionarismos de un Rousseau, un Nietzsche, un Sartre y un Foucault o un Bataille como precursores de los Anti-todo (p.47, p.75), o del heideggerianismo de Jean-Claude Milner o de Pierre Clastres (p.73-74), y del modelo de la Grecia clásica en Castoriadis o incluso en Arendt (p.74), incluyendo a Moses Finley o Pierre Vidal-Naquet, por preocuparse de las relaciones entre democracia antigua y moderna, cosa a su juicio que sólo se hace para denostar a la moderna idealizando la antigua.


Estamos ante unas críticas que, la derecha, siempre hizo al existencialismo y que actualmente se le hacen al postmodernismo. En la línea que une el romanticismo con el existencialismo y el postmodernismo hay, ciertamente, una veta de aristocratismo, que puede ser reaccionaria si no se toman las debidas precauciones. Pero en la línea que une la ilustración con la modernidad, (y también con el capitalismo y el nazismo), puede haber lo más reaccionario que haya existido nunca, si no se toman las debidas precauciones. Cualquier tematización del Nihilismo le parece a Lindenberg reaccionaria (p.78) coincidiendo en ello con los neoliberales, pero también con el Lukács de El asalto a la razón y con la tradición puritana y victoriana que parte de Platón. Su error estriba en no hacer autocrítica y no querer reconocer las aberraciones de la modernidad y su también propio vínculo con el nihilismo. Así, el humanismo puro, inmaculado y angelical del progresismo, acaba siendo incapaz de ver sus propios errores y, con ello, impotente para combatirlos.


Lindenberg acierta y se equivoca al creer que "la selección de los mejores" es una puesta en cuestión del "principio de la igualdad" (p.41), pues no es lo mismo la selección aria de los nazis que presentarse a unas oposiciones, siendo lo primero reaccionario y lo segundo, no tanto, en la medida en que se den las condiciones de igualdad económica que permitan competir intelectualmente en igualdad de condiciones. De nuevo cae Lindenberg en la vaguedad al emplear un término muy en general, sin precisar más, cosa que no le ocurre tan sólo con la palabra "igualdad", sino también con las palabras "liberal" y "democracia", que emplea muy a menudo y muy a la ligera. Amalgama centro-izquierda y centro-derecha a lo mismo, sin tomar las debidas precauciones, e indica que los reaccionarios serían los críticos tanto de los presupuestos de "la izquierda igualitaria como de la derecha liberal" (ibid.p.10, p.83). Pero de ese modo desdibuja ese mismo reaccionarismo que quiere despejar, y que, visto panorámicamente, identifica a la mayoría de sus componentes en el campo del (neo)liberalismo, ya que como el mismo Lindenberg indica: "Los nuevos reaccionarios se reúnen entorno a antipatías comunes" (ibid.p.11). Las antipatías comunes del neoliberalismo son contra quienes defienden los derechos del hombre, contra los que se oponen al racismo y protegen a las minorías étnicas, contra quienes critican el imperialismo, contra los que promueven el feminismo o aceptan la homosexualidad, contra quienes defienden alguna idea de igualdad (jurídica, política o/y económica) incluso frente a la idea de libertad que aceptan limitar; contra los comunitaristas, y, más reciente y tendenciosamente, contra el Islam y los musulmanes en general. Porque si liberal es quien protege al individuo todo el mundo lo será ya hoy en día, y no valdrá definición tan amplia para distinguir entre unos y otros.


Sin embargo, con el neoreaccionarismo se trataría, según Lindenberg, de un movimiento "a la vez anti-igualitario e iliberal" (ibid. p.12) proveniente genealógicamente tanto de un Maurras como de un Marx, "rechazables". Se trataría a su juicio de algo nuevo, pero que a la vez viene de atrás. Si bien nosotros lo vemos como la constitución actual del neoliberalismo y de las fuerzas conservadoras del presente, que provienen todas ellas del viejo sector liberal, pero radicalizado por la hegemonía del capitalismo; y no del sector de la izquierda, moderada o radical (tan plural y variada como la derecha), ni del sector de la izquierda dinosáurica, con la que coincidimos en campo y en ciertas militancias (cf. Znet en español: 10 Preguntas y Respuestas sobre Activismo Antibelicista. Por Michael Albert y Stephen R. Shalom). De modo que no habría que denominar a los reaccionarios con conceptos paradójicos o contradictorios, como "anarquistas de derechas" (Lindenberg op.cit., p.53) o, con Régis Debray, de maneras autocontradictorias, no habría que tenerlos por "seres híbridos", "conservadores revolucionarios", "tradicionalistas subversivos" o "demócratas autoritarios" (p.13), definiéndolos como extraños híbridos postmodernos, pues no estaríamos tratando siempre con locos que viven en la contradicción manifiesta, sino con antiguos revolucionarios, subversivos y demócratas, convertidos hoy en conservadores, tradicionalistas y autoritarios. De ese modo vemos que lo que resulta un signo de no estar bien de la cabeza en el plano sincrónico es el reflejo de un giro de 180º en el plano diacrónico, una defensa de lo contrario tan dogmática como la de antaño, pues quienes invierten la chaqueta no abandonan por ello el dogmatismo, viéndose a antiguos maoístas defender hoy en día con tanta vehemencia y virulencia el capitalismo como antaño defendieron, primero, el stalinismo.


De padres judíos, Lindenberg, es un ejemplo de alguien que hizo la travesía poststalinista sin volverse reaccionario (¿o no?)... Maoísta en sus mocedades, ha escrito luego tanto Le Marxisme introuvable (1975), bajo inspiración del filósofo althusseriano Nikos Poulatzas, como Figures d'Israël : l'identité juive entre marranisme et sionisme (Hachette Littérature, 1997) defendiendo una concepción del judaísmo laica y humanista; para pasar luego a buscar un socialismo alejado de la tradición marxista, lo que le ha llevado a militar, ya en nuestros días, en el PS, definiéndose como "jospinista". Su socialdemocratismo es visto por la derecha como el enemigo pero también por la izquierda de la izquierda, que no acabará nunca de acertar en un nuevo Frente Popular, aunque sea cierto que los habermasianos se hayan dulcificado demasiado frente al Capital: "Mis amigos marxistas me reprochan, no sin cierta razón, ser un liberal radical" (Jürgen Habermas Entrevista con la «New Left Review» (1984), en: Ensayos políticos. Península 1988, p.207). Motivo de que se pierdan por ello todas las batallas, pues la izquierda clásica, temiendo perder su identidad, duda de formar parte de una izquierda de amplio espectro y arremete tanto contra los (neo)liberales como contra los socialdemócratas, dado que ellos mismos no aciertan a distinguirse netamente entre sí, ni aciertan a distinguirlos los demás (cf. Catoblepas 10-11: Felipe Giménez, Liberalismo & Neoliberalismo). Pero si algo bueno puede surgir de polémicas como la que nos ocupa es el trazado de una nueva demarcación, clara y contundente, aunque no fija ni maniquea, entre la izquierda y la derecha, una demarcación que separe a los socializantes y anarquizantes de toda índole, al sector izquierda, de los neo- liberalizantes de toda índole, al sector de la derecha.


Los itinerarios ideológicos de muchos individuos se corresponden, bastante hegelianamente, con los itinerarios históricos de muchos movimientos y con los acontecimientos históricos que los han venido determinando. Es el único mérito de Lindenberg el haber dado con itinerarios y derivas seguidos por muchos de sus contemporáneos, de ahí que el capítulo segundo de su libro, titulado: Caminos de tránsito, lleve subtítulos como: "La descomposición del marxismo"; "De los años treinta a los años rock"; "De Tocqueville a Schmitt" (sobre el paso de la lectura de Lenin a la de Schmitt cf. pág.88); "Las pasarelas del iliberalismo"; o "Cuando los judíos tienen razón". No son casuales esos tránsitos y habría que hablar mucho sobre ellos. Pero lo que no es tampoco casual y sí muy importante para tener en cuenta, es que la polémica en Francia sobre los reaccionarios coincide con la victoria de una derecha cada vez más autoritaria en unas elecciones en las que Le Pen llegó a la segunda vuelta, con las subsiguientes penas de cárcel de Sarkozy contra los mendigos, prostitutas u okupas, con la guerra mundial contra el terrorismo y con Ariel Sharon como interlocutor israelí en el conflicto de Oriente Medio. Coincide esta polémica, no por casualidad, con la derrota de la izquierda plural liderada por Lionel Jospin y el fuerte resurgimiento de valores como autoridad, seguridad, responsabilidad individual o identidad nacional, radicalizados en una obsesión por la inseguridad, un temor al Islam, una puesta en cuestión de la escuela única o igualitaria e incluso un cuestionamiento de la república. Los nuevos reaccionarios son un sector afecto a la tradición liberal francesa de Alexis de Tocqueville y Benjamin Constant, decididamente dispuesto a "aplastar el marxismo" aun en sus más livianas reminiscencias. Ambos son los dos referentes de cabecera de los ideólogos del partido de Chirac, la UMP, que aglutina en el poder a gaullistas, liberales y centristas.


La polémica actual se desató en Francia a raíz de un artículo de Maurice T.Maschino: Los nuevos reaccionarios. Intelectuales franceses que se escoran a la derecha (Le Monde Diplomatique, octubre 2002 & Rebelión Sección Mentiras y Medios, 11- 11-2002). En dicho artículo se separa a los intelectuales franceses que apoyaron a la República española y denunciaron el fascismo (Saint-Exupéry, Georges Bernanos, François Mauriac, André Malraux), junto a los que denunciaron la tortura en Argelia (François Mauriac, André Mandouze, Pierre-Henri Simon) y a otros muchos (Jean-Paul Sartre, Jean Pouillon, Pierre Vidal-Naquet, Máxime Rodinson o Laurent Schwartz) que defendieron las mismas causas que Rousseau, Voltaire, Zola, Hugo, Gide o Camus; de los nuevos intelectuales, que o bien se niegan a comprometerse con los débiles contra los fuertes, y tomar partido, o se comprometen a fondo en los mass media del lado de los victoriosos, de la estabilidad, de la conservación (de ahí viene conservadores y re-accionarios) en lugar de por el cambio. De entre los que se tienen por no comprometidos, dedicados exclusivamente a profundidades intelectuales, tenemos a Pierre Nora, noble postura cuando se cumple y no cede a un doble juego, y a quienes prefieren el terreno académico a la arena mediático-política; caso, según Maschino, de Pierre Rosanvallon y de intelectuales "de izquierdas" como Daniel Bensald y Miguel Benasavag o de liberales como Clément Rosset y Marcel Gauchet, que no participan en los media. Un apartamiento del mundanal ruido que, en caso de ser posible, los diferenciaría de aquellos que están cara al público y creando opinión. Entre los hoy capitalistas-humanistas, muchos de ellos, postmarxistas mediatizados, se mencionan a André Glucksman, Bernard-Henry Lévy o Jean- Paul Dollé, junto a Alain Finkielkraut, Pascal Bruckner o proglobalizadores como Alain Minc (inventor del concepto: "mundialización feliz" y que se autodefine como "liberal de izquierdas" ¿?) e incluso Jacques Julliard, contra los que se manifiestan tanto Jean-François Kahn como el filósofo Michel Onfray en la investigación que para Le Monde Diplomatique hiciera MT.Maschino.


Cierto que Lindenberg plantea el debate como un enfrentamiento entre "la izquierda igualitaria y la derecha liberal" por un lado, y los difusos reaccionarios, por otro, que acepta y presenta como indiscutibles, sopena de fascismo por parte de quienes las discutan, cosas tan discutibles como el turismo y la cultura de masas (p.21) o mayo del 68 (p.27), y, sobre todo, "la economía de mercado" (p.14) o "los derechos del hombre" (p.33-35, 67). Metiendo en un mismo bloque a izquierdistas y liberales los reaccionarios quedan fuera de la derecha y de la izquierda tradicionales, en un limbo especial y difuso, no quedan circunscritos ni debidamente localizados.
Pero es esa dicotomía entre el centro y las periferias la que nos parece errada a nosotros y, sin embargo, la que Serge Halimi, en su evaluación de la polémica, recoge (Les « nouveaux réactionnaires », un débat intellectuel en trompe-l'œil, par Serge Halimi. Le Monde Diplomatique. Enero de 2003. Citamos por la edición española: "Los nuevos reaccionarios", p.27). Para Halimi se trataría de "un debate entre dos familias intelectuales parisinas", por un lado los progresistas, los socialdemócratas, y por otro los neoliberales, pero que en realidad formarían parte de un mismo bloque, el de los "reformadores neoliberales". A su juicio "la burguesía bienpensante se dedicó a colocar en el campo conservador o populista a las categorías populares presuntamente culpables del avance del Frente Nacional" de la extrema derecha de Le Pen. Quienes representan al sector en el que se sitúa Halimi son "la izquierda de la izquierda" que a su juicio no participa en el debate en curso, ya que sus miembros son los sindicalistas y los líderes de los movimientos populares. Por eso hemos de resaltar que gentes como José Bové están bien en el centro del debate en curso. Halimi nos recuerda el planteamiento socio-liberal de Lindenberg y que éste fue firmante de un documento a favor del Plan Juppé en 1995, en contra los trabajadores en huelga: "La melé puede parecer confusa, pero es que en este momento de desamparo ideológico hay ciertas cosas en juego. Pues la denuncia del sesgo derechista asumido por ciertos intelectuales (los nuevos reaccionarios) parece destinada a permitir a los socio-liberales -sin embargo barridos de las urnas- reivindicar un lugar -y hasta El lugar- en la izquierda, focalizando la querella intelectual únicamente en los temas de sociedad" (Halimi, op.cit.p.27). Pero también la "izquierda de la izquierda" fue barrida de las urnas y del gobierno junto a la otra con la que se disputa El lugar y, como demostraremos más adelante, no son sólo temas de sociedad los que se pueden llegar a dirimir sino que asuntos de tamaña gravedad y seriedad como el conflicto en Oriente Próximo y las guerras de la administración Bush están realmente en el fondo del debate y de las controversias.


Advierte Lindenberg que cualquier ambigüedad y critica ante ciertos (supuestos) progresos definitivos de la sociedad moderna nos retrotrae a los años 30. Es el suyo un error, cierto, de la misma envergadura que la que cometen los reaccionarios al tachar de fascista de los años 30 al pacifista actual, amalgamando las oposiciones a las guerras actuales a la oposición a la guerra contra Hitler. Esa condena la realiza Lindenberg, sobre todo, en la Introducción del libro lo único que se han leído muchos de sus detractores y en un subcapítulo del capítulo II. Los dos bandos se descalifican mutuamente queriendo retrotraer al otro al fascismo europeo de los años 30, pero eso es la parte circense de todo debate público que toca temas espinosos, actuales y emotivamente pregnantes, en el que se recurre a los ad hominem y a la acusación de fascismo, o la más grave, dada la posibilidad real de criminalización y que se lanza tan sólo de un bando sobre el otro de "terrorismo", pues para PA.Taguieff, autor del reciente libro La nueva judeofobia, su inclusión entre los nuevos reaccionarios consiste en un "terrorismo intelectual aterrorizado" (Le Monde 21-11-2002).


Los fallos de Lindenberg son numerosos, el principal es el de la propia dicotomía tal y como la establece que se hace eco de la falsa idea del fin de las ideologías, también que no menciona entre los intelectuales de izquierda devenidos reaccionarios a Blandine Kriegel, hoy próxima a Chirac tras haber sido una figura de la izquierda, también cuando proclama que hay que aceptar el orden establecido y que no existe un pensamiento único, o cuando indica que "república" o "servicio público" son conceptos regresivos (Libération 30-11-2002). Entre sus fallos está el limitarse a abordar la posición ideológica de los intelectuales y no adentrarse en los temas y argumentos que fundamentan esos posicionamientos: "Dentro de veinte años, un historiador de las ideas notará quizás que el antiquísimo debate sobre los nuevos reaccionarios que agitó a la intelligentsia francesa en 2002 no abordaba ni las amenazas de guerra en Irak, ni la concentración de la prensa, ni el cuestionamiento por parte de la patronal y del gobierno del derecho a la jubilación" (Serge Halimi Le Monde Diplomatique, citado). No se abordan todos los temas, es cierto, son todos ellos complejos y profundos, pero están a la base de la división entre la izquierda y la derecha, entre los bienpensantes y los reaccionarios, y muchos, como en Lindenberg, son bien señalados, aunque mal comprendidos. De ahí que las últimas palabras del artículo de Halimi rehabiliten, a nuestro juicio, el mapa ideológico que ante estas polémicas tratamos aquí de reconstruir: "Desorden liberal y orden social: como en tiempos de la revolución industrial victoriana los patrones nunca estuvieron tan libres y simultáneamente las prisiones tan llenas, en general, de pobres. Por lo tanto, luchar en los dos terrenos a la vez implica rechazar las representaciones mediáticas que los oponen bajo la forma de caricaturas invertidas, burgueses libertarios contra pueblo reaccionario (…). En este momento, los reaccionarios triunfan. Sin dudas, un poco gracias a su capacidad para hacer que la izquierda se extravíe lejos de los combates que otras veces supo ganar" (S.Halimi, ibidem).


Muchos quieren ya hoy inoperante la división de izquierda y derecha en general, pero con ello corren el peligro de cojuntarse con Le Pen, (quien en el programa que le hizo llegar a la segunda vuelta en las elecciones de 2002 decía: "Yo estoy socialmente a la izquierda, económicamente a la derecha y, más que nunca, nacionalmente de Francia". Cf. Lindenberg op.cit. p.53). Pero, obviamente, Le Pen, Mégret, y los neonazis, son profundamente antisemitas y racistas, y se alegran de toda crítica a los judíos o a los musulmanes. Por tanto la polarización de una derecha neoliberal que apoya incondicionalmente al Estado de Israel y a Estados Unidos y una izquierda plural que apoya al pueblo palestino, criticando a los poderes establecidos y mostrando sus apoyos condicionados, excluye, en Francia, a la extrema derecha del conflicto ideológico, aunque permite a ambos bandos denominar fascista al contrario, pues tan fascista será el racismo antijudío como el racismo antimusulmán, siendo ambos antisemitismo. Y si bien la polarización fundamental se produce en torno a ese punto nodal del planeta en que se ha convertido Palestina, esa oposición no excluye otras divergencias, ni algún punto en común entre ambos, como el rechazo de Le Pen.


El proceso que Lindenberg pasa a la "izquierda de la izquierda" para enclaustrarla en el reaccionarismo (aunque de Althusser sólo haya una mención, elogiosa, en todo el libro, cf. p.51) resulta fallido, por la misma razón que el proceso de los socioliberales en Halimi; porque al decir "izquierda de la izquierda" se está reconociendo ya el gran grupo plural de la izquierda frente al de la derecha, con sus moderados, radicales y extremistas. El proceso a los izquierdistas radicales que lleva a cabo Lindenberg resulta fallido porque si bien indica que los reaccionarios tendrían en común la crítica de la democracia (p.67), reconoce que se puede criticar constructivamente la "democracia" para lograr más democracia. Luego lo que no vale para Pierre Bourdieu (p.72), ni para Alain Badiou (p.48, 49, 51, 52, que sería a su juicio "un Regis Debray radicalizado" p.72), ni mucho menos para los debordistas; sí que vale para este último (para Debray, p.68), o vale para Pierre Rosanvallon y Jacques Rancière (p.71), quienes criticarían a la democracia desde dentro constructivamente, no para derribarla sino para mejorarla y llevarla más allá. ¿Y acaso no es la crítica de la democracia de la izquierda radical un esfuerzo en ese mismo sentido? Cuando dice Lindenberg que "el fantasma del marxismo no flota más que en los últimos reductos de la izquierda de la izquierda" (p.68), acepta la amalgama derechista de marxismo y stalinismo, cediendo a la lucha por los votos entre el PS y las demás fuerzas de izquierda; pero resulta que si bien no puede menos que reconocer que algunos de los dardos de los nuevos reaccionarios dan en el blanco (p.44), esos que dan en el blanco, en definitiva, resultarán ser los neomarxistas y no ya tanto los otros.


Es de destacar que al censurar el que se saque a colación el texto del joven Marx sobre La cuestión judía ejerce Lindenberg de censor, además de no haber leído o no comprender ese texto, que viene a ser tanto una crítica de lo identitario como una declaración contra el aspecto meramente formal e insuficiente de los derechos humanos. Se critica el uso del texto antedicho por parte de Pierre Manent (p.57) que será, sin embargo, un uso correcto (si es que se trata de una crítica al individualismo egoísta del capitalismo salvaje); y se critica la supuesta cercanía de Trigano al mismo texto (que supuestamente serviría para reivindicar un judaísmo identitario (¿¿??, p.65), asunto totalmente incorrecto, falso y que se disolverá con tan sólo acudir, brevemente, a ese famoso texto. Marx termina de escribir La cuestión judía en 1844, texto publicado ese mismo año en los Anales franco-alemanes. En él, repasa y amplía el mismo tema que ya había tratado otro autor también de ascendencia judía, Bruno Bauer. Para éste, los judíos no podían exigir el abandono de los prejuicios religiosos cristianos sin abandonar al mismo tiempo los propios, de manera que el problema de la equiparación de derechos civiles se generalizaba a todas las confesiones y consistía en liberar al Estado de la religión. A Marx le pareció correcta, inicialmente, la crítica baueriana, pero la consideró insuficiente. La emancipación política de Bauer, que se consigue liberando al Estado de la religión, no podía ser la meta, sino tan sólo un primer paso hacia la emancipación humana, que, de acuerdo con Marx, sólo podría conseguirse, en un estadio ulterior, liberando a los hombres al destruir la contradicción entre el Estado (política) y la Sociedad burguesa (capitalista), sustituyendo a ambos por una Sociedad Humana (socio-política): "La emancipación política es la reducción del hombre por una parte, a miembro de la sociedad burguesa, el individuo independiente y egoísta, por otra, al ciudadano, la persona moral. Sólo cuando el hombre real, individual, reabsorba en sí mismo al ciudadano abstracto y, como hombre individual, exista a nivel de especie en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones individuales; sólo cuando, habiendo reconocido y organizado sus fuerzas propias como fuerzas sociales, ya no separe de sí la fuerza social en forma de fuerza política; sólo entonces, se habrá cumplido la emancipación humana" (Karl Marx La cuestión judía. OME5).

La Revolución Francesa dio un paso decisivo, conquistó la emancipación política, pero separó los derechos del hombre y los derechos del ciudadano, se quedó con "la contradicción entre la política y el poder del dinero; y aunque la primera se encuentre en principio por encima de la segunda, de hecho se ha convertido en su sierva" (Marx Op.cit.); contradicción, que no puede sino caminar, a juicio de Marx, hacia su resolución en la emancipación de la usura y del dinero con el surgimiento del hombre social. Con ello estamos en el humanismo del joven Marx y con las secuelas de la izquierda hegeliana, muy lejos de los reaccionarios neoliberales e identitarios de nuestro tiempo y de sus fuentes de legitimación ideológica.


La derecha (neo)liberal actual, muy pobremente representada en la figura de Alain Minc, critica al feminismo, a los homosexuales, al comunitarismo, a la inmigración, a las ONG's, al estatalismo, al arte contemporáneo, a los activistas antimundialización, a los críticos de Estados Unidos, a los manifestantes contra la guerra o firmantes de Manifiestos contra la misma (entre los que se encuentran filósofos de la talla de Jacques Derrida o de Maurice Blanchot, e historiadores de la envergadura de Pierre Vidal-Naquet: cf. Le Monde 21-11-2002) y a los críticos de la corrupción jurídica y mediática, una lista formada por gentes como: Isabelle Alonso, Christophe Girard, Alain Lipiez, Bruno Rebelle, Jean-François Kahn, José Bové, Regis Debray, Max Gallo, Jean Braudillard, Pierre Rosanvallon, etc, etc, que formarían parte de un "terrorismo de baja intensidad" (François Dufay Les nouveaux bien-pensants. Le Point nº1581, 3 janvier 2003: "ce terrorisme soft", artículo seguido de algunas de las "Epîtres" de Alain Minc y de las respuestas de los aludidos). Lista de "bienpensantes" a la que habría que añadir al desaparecido Pierre Bourdieu, a Alain Badiou, a Etienne Balibar, a Ignacio Ramonet, a Maurice Lemoine, y a un largo etcétera. Pero curiosamente, a las críticas anti-comunitaristas de Alain Minc (Le Point, nº 1581) responde un miembro de la comunidad judía, Gilles William Goldnadel, quien le indica dos cosas muy interesantes: "Yo tengo siempre una visión identitaria de las cosas, pero en el marco de la integración y de la lealtad" (Le Point, nº 1581, citado, respuestas de los aludidos). Con lo cual el panorama se complica y se aprecian relaciones ciertamente de hibridación interbloques, pese a lo cual pueden, a nuestro juicio, establecerse los dos campos de la derecha y de la izquierda, (el propio Lindenberg tratará de distinguir en su libro entre los fenómenos de hibridación y las derivas reaccionarias op.cit. p.46).


El listado de bien-pensantes del libro de Alain Minc (de un señor no muy respetable dado que fue juzgado por haber plagiado en un libro sobre Spinoza: cf. "L'essayiste Alain Minc poursuivi pour plagiat" Le Monde 17-10-2001) contrastaba con el de reaccionarios del libro de Lindenberg o con el listado más o menos coincidente que aportaba el artículo de Maschino de Le Monde Diplomatique, otorgando entre todos ellos, a nuestro juicio, una panorámica de las trincheras intelectuales de la izquierda y la derecha en Francia. Al listado de Lindenberg respondieron los aludidos en un "Manifiesto por un pensamiento libre", publicado en L'Express ("Le spleen des intellectuals français", 28-11-2002).


La lista de firmantes del "Manifiesto" de L'Express, acusados de reaccionarismo, era la siguiente: Alain Finkielkraut, Marcel Gauchet, Pierre Manent, Philippe Muray, Pierre-André Taguieff, Shmuel Trigano et Paul Yonnet. A la que habría que añadir, entre los criticados por Lindenberg y no firmantes del manifiesto-respuesta, a Leo Strauss, a Regis Debray (que se las arregla para aparecer como reaccionario para unos y como bien- pensante para otros), a Luc Ferry (el nuevo Ministro de educación del gobierno Chirac) y Alain Renaut, al católico Alain Besançon, a los escritores Michel Houellebecq o Maurice Dantec, y a la periodista Oriana Fallaci. [
Oriana Fallaci y la fiebre antimusulmana; ¿No les oyes gritar?; Jennifer Loewenstein: Yenín Líbano y la única democracia en Oriente Medio]

Finkielkraut, -quien se ganó el sobrenombre de Finkielcroat en la guerra de desintegración de Yugoslavia por su apoyo a los Croatas-, llegó a decir tanto que "Oriana Fallaci tiene el insigne mérito de no dejarse intimidar por la mentira virtuosa" (Alain Finkielkraut Le Point 24-5-2002) como a reconocer, en otro momento, que la italiana "sucumbe a la tentación racista". Su defensa de la noche nihilista celiniana corre el riesgo de servir a la derecha neoconservadora y reaccionaria siempre que no toma las debidas distancias y precauciones. Su pensamiento es por eso, en definitiva, una ideología del neoliberalismo, al no realizar propuestas constructivas para la izquierda pero servir de ariete a la derecha: "En suma, lo que nos está convirtiendo en huérfanos de la noche es la lucha contra el oscurantismo. La luz del día a perpetuidad: tal es la pena al género humano por los cruzados del igualitarismo radical" (Alain Finkielkraut La ingratitud. Anagrama. Barcelona 2001, p.168). Como si la oscuridad, la noche, las tinieblas, el horror, la muerte, la nada, fueran cosas que tuvieran que ser reivindicadas y que no se impusiesen ya en el mundo por sí mismas sin necesidad de rendirles culto.
En el Manifiesto, a parte de respuestas estériles como calificar la crítica recibida como "caza de brujas" por parte de un "stalinismo" que quiere resucitar el "Index" de la Inquisición, a parte de reivindicar el derecho a hablar de judeofobia cuando queman una sinagoga y el derecho a no ser tratados de islamófobos cuando condenan el trato a las mujeres por parte de los musulmanes, se contesta con el super-argumento de que todos los firmantes no pueden ser reaccionarios puesto que todos ellos son "demócratas", y que, a diferencia de los bien-pensantes, discuten a partir de "la realidad", no a partir de quimeras utópicas. A su juicio, sus interlocutores y detractores "intentan negar la verdad y la realidad y como no se puede negar la realidad, entonces pasan a calificarla de reaccionaria", con lo cual tenemos que los firmantes del manifiesto no sólo se consideran como intelectuales dignos de ser escuchados y tomados en serio, sino que se consideran "la verdad" y "la realidad", que es también el status quo y el capitalismo triunfante.

Sin embargo acusan al "antifascismo stalinista" de continuar desde el pasado considerando como fascista a todo el que no piensa como ellos. Curiosa y continua denuncia en estas polémicas y en todos los bandos de aquello de lo que se peca. Se denuncia la consideración maniquea de los conflictos intelectuales al tiempo que se reduce al lado de la "mentira" y de la maldad al interlocutor. Así, para Pierre André Taguieff se trata de una "caza de brujas regularmente lanzada por una izquierda comunista, trotskista y tercermundista, pero con esa sensibilidad particular de ese centro izquierda que representa el eje del Bien y la metapolítica de los buenos sentimientos" (citado en: Le Monde "Ce livre qui brouille les familles intellectuelles", 21-11-2002), y eso que Lindenberg es un socialdemócrata del PS y no un trotskista ni un miembro del PC. Una pobre argumentación la del breve Manifiesto, que claramente condena un maniqueismo que practica.


En su página de Le Point Bernard-Henri Levy, por un lado defensor de los musulmanes bosnios, de los musulmanes kosovares y de los musulmanes chechenos, y que tuvo el acierto crítico de condenar el nihilismo racista de Oriana Fallaci (al decir que hay en ella "algo de Celine, del peor Celine". Le bloc-notes de Bernard-Henri Lévy, Le Point "Oriana Fallaci : l'inacceptable provocation", 24/05/02 - N°1549), pero que, por otro lado, es uno de los defensores incondicionales de Israel en oposición total al pueblo palestino, se había ocupado también de sentar cátedra respecto a la polémica desatada por el libro de Lindenberg. Ante ella, tomaba distancias frente a unos y otros, dando una de cal y otra de arena, sin considerarse a sí mismo implicado en uno de los dos bandos. Desde el Olimpo, acababa criticando al carácter a su juicio panfletario del libelo pero también a la respuesta en forma de "Manifiesto" de L'Express: "Daniel Lindenberg plantea cuestiones, eso es todo. A su manera, que no es la mía, describe el estado de cosas de la ideología francesa en este principio de siglo. Esto merecería un debate vivo pero leal, con los argumentos en la mano, no ese psicodrama absurdo donde la voluntad de reducir al adversario al silencio no tiene más igual que la voluntad pueril de esconderse tras la pose de víctima" (Le bloc notes de Bernard-Henri Levy Retour de Karachi, la polémique Lindenberg. Le Point, 6 décembre 2002, nº1577). Con ello otorgaba cierto crédito al desafío, pero tras haber condenado la amalgama de autores diversos y de gentes variopintas en un mismo saco, y condenaba a los firmantes del "Manifiesto" de L'Express indicándoles que no se pusieran histéricos, que nadie los iba a "linchar", que nadie pretendía meterles en el "index", que no había ninguna "policía stalinista de vuelta", e incluso indicaba que la palabra "reaccionario" no es un insulto sino una descripción que puede encajar o no en aquello que se designa como tal. Postura la suya de supuesto juez objetivo pero que luego pasará a formar parte, junto a los firmantes del "Manifiesto" de L'Express, de los defensores incondicionales de la política de Israel.

B.H.L. parecía desconocer que era mencionado, junto a Trigano, entre los reaccionarios- proisraelitas en el libro de Lindenberg (p.63), pues no se defendía ni hacía mención de semejante acusación al intervenir en la contienda. En el ya mencionado semanario neoliberal donde escribe, intentando situarse por encima del bien y del mal y ser el nuevo Sartre, (pero escribiendo donde escribe, lo que le sitúa donde le sitúa), en ese mismo número de Le Point que hemos citado, compartiendo espacio con Alain Minc, criticará el intento de boycott a Israel propuesto por la universidad Paris VI diciendo que no se boicoteaba a China por ocupar el Tibet, ni a Rusia por ocupar Chechenia, ni a Sudán por reprimir a los cristianos, pero que se pretendía boicotear a Israel por la ocupación de Palestina, y de ahí deducía que hay: "dos pesos y dos medidas" (Le Point, nº 1581, citado), respecto a Israel. Sin embargo, cualquier neobienpensante estaría de acuerdo en extender el boycott a todos esos lugares de los que habla BHL y, sin embargo, no dejaría de recordar que Estados Unidos tiene dos pesos y dos medidas al aceptar el integrismo islámico en Arabia Saudí y condenarlo en otras partes, al decir que defiende la democracia y colaborar e instaurar dictaduras en todo el planeta. Porque hablando de dobles raseros Bernard-Henri Lévy tendría que estar a su vez de acuerdo con la siguiente denuncia y consejo de Eqbal Ahmad: "Por lo tanto, ¿cuál es mi recomendación para Estados Unidos? Primero, evita los extremos de los dobles estándares. Si vas a practicar dobles estándares, te pueden pagar con dobles estándares. No consientas el terror israelí, el paquistaní, el nicaragüense, el salvadoreño, por un lado, y después te quejes del terror afgano o del palestino. No funciona. Trata de ser justo. Un superpoder no puede promover el terror en un lugar y razonablemente esperar desincentivar el terrorismo en otro lugar. No funcionará en este encogido mundo. No consientas el terror de tus aliados. Condénalos. Lucha contra ellos. Castígalos. (…) Por favor enfócate en las causas y ayuda a aminorarlas. No te concentres en las soluciones militares. El terrorismo es un problema político. Busca soluciones políticas. Tomemos el ejemplo del último ataque sobre Bin Laden. No sabes qué estás atacando. Ellos dicen que saben, pero no saben. Estaban tratando de matar a Kadafi. Mataron a su hija de cuatro años. La pobre niña no había hecho nada. Kadafi está vivo. Trataron de matar a Saddam Hussein. Mataron a Laila Bin Attar, una celebrada artista, una mujer inocente. Trataron de matar a Bin Laden y sus hombres. No una, sino 25 personas murieron. Trataron de destruir una fábrica de armas químicas en Sudán. Ahora admiten que destruyeron una inocente fábrica. La mitad de la producción de medicinas de Sudán fue destruida, no una fábrica de armas químicas. No sabes. Piensas que sabes. (…) Por favor ayuden a fortalecer el marco de la legislación internacional. Había una corte criminal en Roma.

¿Por qué no acudieron a ella primero para obtener su orden judicial contra Bin Laden, si tienen evidencia? Obtengan una orden judicial y después persíganlo. Respeten a la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas" (Eqbal Ahmad, Rebelión: "El terrorismo de ellos y el nuestro", 21-10-2001).

De Bernard Henri-Lévy, podemos decir entonces que su posición recuerda muchisimo a la de los intelectuales que se refugian en la división víctimas/verdugos, asimilando siempre a Estados Unidos e Israel al papel primero y a sus oponentes al segundo, para acabar legitimando con ello los peores crímenes (que son siempre los de Estado). Así actuó ya con relación al conflicto de Argelia hace cinco años, al no reconocer que los crímenes del Estado argelino eran y son tan condenables como los de los integristas del GIA, argumentación que dos intelectuales importantes ya le hicieron saber en respuesta a sus artículos sobre el tema (Cf. Pierre Vidal- Naquet y François Gèze, "L'Algérie de Bernard-Henri Lévy", Le Monde 5-3-1998).



II.
Para poder hacer justicia al conflicto de Oriente Próximo sería necesario entrar en detalles y matizaciones teniendo presente su historia, sería necesario escuchar a las dos partes y evaluar el asunto en consecuencia de los argumentos y derechos de unos y otros. Pero sabe la opinión pública mucho más de la historia de Israel que de la de Palestina, mucho más del pueblo de Israel que del pueblo palestino, está más informada por intelectuales israelíes y proisraelíes que por intelectuales palestinos y propalestinos. Casi todo niño francés lee el Diario de Anna Franck en el colegio pero ninguno lee el diario de una niña palestina actual. No vamos a detenernos en todas las precisiones necesarias, exhaustivamente, y ahora, pues se supone que los intelectuales que han adoptado una posición respecto al conflicto deberían estar al tanto de toda su complejidad y de su historia. Lo que haremos, por lo que nos atañe, es adoptar una posición argumentada sobre uno de los principales temas de discusión, el conflicto en Palestina, que separa netamente a reaccionarios y bienpensantes, sobre el fracaso de las conversaciones de paz en Camp David II (2000), proporcionando algunos datos e informaciones relevantes, a parte de las ya reseñadas con anterioridad.


Todo el mundo sabe que el conflicto israelo-palestino, además de vincularse el sionismo con el nacionalismo decimonónicos, parte tanto del intento de genocidio nazi como de la colonización en Palestina, confluencia de hechos históricos que juega a favor de los israelíes cuando se quiere justificar un terror con otro, cuando se quiere que un genocidio justifique una ocupación: "Como si, para el porvenir, su sacralización no fuese igual de peligrosa que su banalización" (Tzvetan Todorov: "Ni banalisation, Ni sacralisation. Du bon et du mauvais usage de la mémoire",  Le Monde Diplomatique, Avril 2001). Europa intentaría compensar las persecuciones sufridas por los judíos apoyando la formación de un Estado de Israel en Palestina. El conflicto de Oriente Medio alcanzará así, en sucesivos círculos concéntricos, el nivel de conflicto Internacional, siendo vivido tanto por Occidente como por Oriente como parte de su propia Historia. La manipulación e instrumentalización del conflicto se produce tanto en los medios de un bando como en los del otro, pero con mayor potencia en quien tiene una mayor fuerza. No sólo Estados Unidos e Israel impiden la formación de un Estado palestino. En Egipto, Jordania y Túnez se reprimieron duramente manifestaciones propalestinas a lo largo del 2002, al tiempo que, de cara al exterior, se tomaba partido contra los enemigos de los palestinos: "Palestina logra eclipsar todos los otros problemas del mundo árabe" (escribía en abril de 2002, Steve Negus, en El Cairo Times, un periódico de la oposición egipcia editado en Chipre). La ofensiva mediática internacional más extendida y más engañosa fue la que permitió urdir en los medios la idea del fracaso exclusivamente "palestino" de las negociaciones de paz en Camp David, fracaso atribuido sólo a una de las partes, pues según se repitió sin cesar "Arafat rechazó en Campo David la generosa oferta de Israel".


En el conflicto en Oriente Medio volvemos a encontrar a los mismos bloques de los "neoreaccionarios" y de los "neobienpensantes". Entre los defensores incondicionales de Israel y los sostenedores de la mentira mediática de la "generosa oferta de Camp David II", destacan Alain Finkielkraut y Pierre-André Taguieff, junto a Jacques Tarnero, Marc Lévy, Daniel Sibony, Marc Lefèvre, Philippe Glumpowicz, Bernard Cohen, Pascal Bruckner, Claude Lanzmann y Jean-Marie Colombani, y entre los defensores de los palestinos tenemos a Théo Klein, Claude Lefort, Gilles Paris, Alexandra Schwatzbrod, Jeff Halper, Amira Hass, Benny Morris, Pierre Vidal-Naquet, Etienne Balibar o Edgar Morin. Y, claramente, tras leer los argumentos de ambos lados, quien escribe el presente artículo se sitúa, preferentemente, entre los bienpensantes antes que entre los reaccionarios.

Para desmentir el mito de la "generosa oferta" de Camp David II resultaría necesario un libro entero y muy difícil es refutar tamaña mentira desde el breve espacio de un medio de comunicación, si bien algunos, en medios independientes alternativos y con mucho esfuerzo lo han conseguido ya [Dossier: Lo que en realidad ocurrió en Camp David (inglés/francés); The Myth of Camp David by Stanley Heller; El mito de Camp David. Luis Berrizbeitia ;  Juan Gelman], desvelando las desconocidas declaraciones de Robert Malley, asistente de asuntos arabe-israelíes de Clinton en Camp David, quien, entre otras cosas escribió, un año después de la cumbre, en un extenso artículo en el New York Review of Books que: "Nunca hubo una oferta israelí" (Robert Malley & Hussein Agha Camp David: The Tragedy of Errors. The New York Review, August 9, 2001). Si bien meses antes, la "generosa oferta" de Barak ya se había convertido en "ultra-generosa" en boca de Elie Wiesel (Le Monde 18-1-2001).


Malley analizó la estrategia del "todo o nada" de Barak –que incumplía los pasos intermedios concertados por Rabin en Oslo– y la desconfianza creciente de Arafat, junto al enfoque pro-israelí de Clinton. Malley desveló la actitud inamovible de Barak en Camp David: "Visto desde Gaza y el West Bank el legado de Oslo aparecía como una letanía de promesas incumplidas o diferidas. Seis años después del acuerdo, había más asentamientos israelíes, menos libertad de movimientos y peores condiciones económicas" (Malley op.cit.). En 2001, el 46% de la población palestina vivía con menos de dos dólares diarios.


También, según narra Malley, los acuerdos de Wye (1998) aparecían incumplidos e Israel buscaba un acuerdo con Siria para aislar a Palestina, mientras las conversaciones incumplieron todas las condiciones que había puesto Arafat al acceder a participar. ¿Por qué demonios iba a decir que no Arafat, si fuese cierto que tuviese delante una oferta que hiciese concesiones mayores que las que nunca hubiese tenido? El mito de la generosidad de Camp David fue aireado machaconamente por Finkielkraut: "Hace dos meses, en el encuentro de Camp David, Ehoud Barak ofreció a los palestinos más que ningún otro dirigente antes que él: la constitución de un Estado palestino, la soberanía sobre el del 90 al 95% de la Cisjordania y de la banda de Gaza, e incluso el control de una buena parte de Jerusalén-Este" (Alain Finkielkraut "Clichés du progressisme". Le Monde 28-10-2000). La propuesta de la que se hablaba, por parte de Israel, de forma inamovible pero renegable, y en boca de Clinton, fue la de una Jerusalén israelí e indivisible y el 91% del West Bank, bajo la idea de que habrían de aceptar los palestinos cualquier cosa si no querían la guerra. De lo que se hablaba en definitiva era entonces de ofrecer a los palestinos el equivalente al 1% del West Bank en partes del Israel pre1967.
La relación sería de 9 a 1, casi la misma que hay entre los muertos en el conflicto hasta la fecha, un israelí por cada 10 palestinos, pero a la inversa con relación al reparto de la tierra.


Tanto los porcentajes como la nomenclatura de territorios ocupados son engañosos e inducen a la desinformación al lector no avisado. De las condiciones y propuestas verbales de Arafat en Camp David no aceptó Barak ninguna. Al final no hubo ninguna propuesta escrita israelí, sino una victoria política, al hacer aparecer a los palestinos como responsables de que no se llegase a un acuerdo: "Las ideas planteadas en Camp David nunca fueron ratificadas por escrito sino convenidas oralmente. Y fueron generalmente presentadas como ideas estadounidenses, no israelíes" (Malley, op.cit). Los palestinos llegaron a estar dispuestos a tomar las ideas estadounidenses como base para ulteriores negociaciones, pues no se aceptaba nada respecto a los refugiados y gran parte de la zona árabe de Jerusalén iba a permanecer bajo soberanía israelí, al igual que el tercer lugar santo del Islam, la explanada de las mezquitas, Haram al-Sharif. Las negociaciones de Taba (2001) ya sin Estados Unidos, sin Arafat y sin Barak, entre las delegaciones palestina e israelí, fueron mucho más allá que el fraude y fracaso de las conversaciones de Camp David, pero no recibieron apoyo internacional ni cobertura mediática.


Fueron ambos, Arafat y Barak, quienes fracasaron en Camp David al no llegar a un acuerdo (Cf. Alain Gresh: "El verdadero rostro de Ehoud Barak" Le Monde Diplomatique, edición española, julio de 2002), y los Estados Unidos fracasaron igualmente en su papel como mediadores, quedando muy en entredicho su neutralidad. La prueba de que el informe Malley era bastante objetivo estriba en que para los pro-israelíes era la prueba de la culpabilidad de Arafat en el fracaso de Camp David (cfr. Shlomo Avineri, Jerusalem Post Internacional jueves 17 de agosto de 2001), ya que se reconocían, además de los errores israelíes, los errores palestinos: la falta de unidad en la delegación palestina, la ausencia de contrapropuestas, la desconfianza. Puntos únicos que recogía Shlomo Avineri para probar, en contrario a la intención del informe, la realidad del mito de Camp David. Mientras que para los pro-palestinos era la prueba del fracaso de Barak. Pero en vez de concluir, como nosotros, que todos fracasaron en el objetivo de llegar a un entendimiento en Camp David II, Occidente y sus medios de comunicación de masas, volcaron toda la responsabilidad sobre Arafat y el pueblo palestino. Ningún medio dijo la mentira inversa, igualmente verosimil y desinformante: "Arafat hizo la mejor y más generosa oferta que los palestinos han hecho nunca, la concesión del 78% del territorio para Israel, pero Barak la rechazó, prefiriendo la guerra".


En los media Occidentales se dijo y se sigue diciendo que la oferta de Clinton-Barak, (que no se llegó a realizar ni a firmar por escrito), era "el 97% de los territorios ocupados" (Jean-Marie Colombani Tous Américains, Fayard, Paris, marzo 2002) engañándo a la opinión pública, ya que el 97% de la tierra ocupada por Israel en 1967 correspondería, en todo caso, al 10% de la Palestina histórica. ¿Por qué no se decía que se les estaba ofreciendo el 10% del territorio en litigio? El semanario The Economist de finales de Junio de 2002 aportaba una información real, pero de dudosa comprensión para el lector, pues hablando de Arafat se indicaba: "Su primer error fue su negativa a aceptar la propuesta de Clinton de hace dos años en la iniciativa de Camp David, la propuesta de un Estado Palestino en Gaza, el 97% del West Bank, con capital en Jerusalén Este" ("George Bush's framework for peace in the Middle East", The Economist June 29th 2002, p.11). La información que aportaba The Economist dos años después seguía consistiendo en que se les ofreció a los palestinos un 97% del West Bank en los acuerdos de Camp David del año 2000, territorios que no son todos los territorios ocupados -pues todos lo son, en definitiva- sino una parte de los Territorios Ocupados en la guerra de 1967.


Pero en el periodismo español tenemos el caso peculiar del columnista Gabriel Albiac, que, o no entiende qué significa West Bank, como los neoliberales del The Economist, o bien, intencionadamente, lo omite cuando dice una y otra vez que: "Podía haber sido un acontecimiento. Histórico. Es nada. (…). Pero eso fue hace dos años. Y es verdad que el plan era óptimo; y que ofrecía el 97% del territorio; y la división de Jerusalén en ciudad árabe y judía; y, con la concesión de un corredor entre Gaza y Cisjordania, compensaba la fracción territorial no devuelta. Nunca se había redactado un plan mejor" (Gabriel Albiac "Ya es tarde",  El Mundo 24 de junio de 2002). Albiac hablaba de la oferta del "97% del territorio" de modo que un lector no especializado tendiera a pensar que los israelíes iban a devolver a los palestinos todo el territorio que les habían tomado menos un 3%. O ¿de qué territorio hablaba? Tal y como lo exponía, copiando la propaganda sionista extranjera, dejaba sugerir en el lector que no supiese mucha historia que se trataba de todo el territorio. Pero esa impresión era totalmente falsa. De lo que se ofrecía, oralmente, el 97% era de una parte de los territorios ocupados en 1967 conocida como Judea y Samaria por los judíos, parte de los territorios ocupados, que antes del 67 pertenecían a Jordanía, el banco oeste del río Jordán (de ahí West Bank = Banco Oeste). Albiac mintió al decir que "nunca se había redactado un plan mejor" pues mucho mejor fue el plan de partición de la ONU de 1947, y aun así, rechazado tanto por los árabes como por los judíos (el último punto se olvida a menudo y se menciona sólo el rechazo de los primeros) y mucho mejores eran las negociaciones de Taba de 2001, al menos tenían pretensiones de ser reales (no meras palabras) y de respetar una mínima continuidad territorial para un Estado palestino, (no la afrenta de una serie de pedazos inconexos de territorio), pero la delegación israelí se retiró de las mismas. Oslo fue en 1993 y desde esa fecha hasta Camp David II (2000) no sólo murió Isaac Rabin a manos de un integrista judío (1995) sino que el número de colonos en los territorios ocupados se dobló en esos dos años, violándose lo acordado por la parte de Israel. Todo ello facilitó la llegada del Likud al poder, con Netanyahu (1996) quien recibió el apoyo de tres grupos religiosos: el ultraortodoxo Shas, el Partido Nacional Religioso y el denominado la Tercera Vía, con lo que el Likud tuvo garantizados 55 de los 120 escaños de la Kneset (Parlamento) y estudiaba su coalición con un cuarto grupo religioso, el Judaísmo Unido de la Torah. Esa unión de derecha israelí e integrismo judío está en el origen de una política brutal proseguida por un Barak de dudosa política laborista y por Ariel Sharon quien ganó las siguientes elecciones (6 de febrero de 2001) gracias al mito de Camp David, tras la alternancia, para luego provocar la segunda Intifada con su “visita” a la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo; 28 de septiembre de 2002, con 28 palestinos muertos y 500 heridos): “Pregunta: ¿Y el pueblo israelí? Sharon, cuyo pasado militar es conocido por todos, fue elegido democráticamente en unas elecciones? Respuesta: Sharon es sólo la continuación de un problema cuyo verdadero origen está en la gestión de su predecesor. Ehoud Barak se retiró de Camp David tras hacer una oferta totalmente inaceptable para cualquier palestino. Volvió a Israel diciendo que había ofrecido a los palestinos todo lo que estos querían, que Arafat se había negado a todo, y que no había posibilidad de firmar ningún acuerdo de paz. La sociedad israelí llegó a la conclusión de que la guerra era inevitable y votaron por la derecha, porque en una situación de crisis la respuesta del Likud parecía más conveniente que la que podría ofrecer el Partido Laborista”. (El Mundo, miércoles 13 de marzo de 2002. Entrevista a Uri Avnery. Fundador y presidente de la organización pacifista Gush Shalom).


No obstante, en 1988 el Consejo Nacional palestino ya había reconocido al Estado de Israel, lo que significó una enorme concesión por parte de quienes se dice que no hacen concesiones, el abandono del 78% del territorio de la Palestina anterior a 1948, y, además, en 1989 Arafat había declarado caducada la Carta de la OLP, concretamente el artículo 2, que afirmaba la indivisibilidad del territorio palestino de mandato británico, enormes concesiones que harían posible lo que se llamó el milagro de Oslo (Cfr. Joss Dray et Denis Sieffert: La guerre israélienne de l'information. Désinformation et fausses symétries dans le conflict israélo-palestinien, La Découverte. Paris 2002, págs. 22 y 64). Nada o casi nada han dicho los mass media de la violación de los acuerdos de Oslo por Israel ni de su retirada de las conversaciones de Taba (Egipto 2001), y muy poco se habla del sector de la izquierda pacifista en el propio Israel, defensor de un Estado palestino viable y de la negociación: “El bando de los pacifistas israelíes se divide en dos. La tendencia moderada, socialdemócrata, incluye al Partido Laborista, al Meretz y al movimiento extraparlamentario La Paz Ahora. Del otro lado, se hallan valientes grupos radicales, como Gush Shalom, encabezado por el exdiputado Uri Avnery; el grupo de jóvenes judeo-árabes Taayush (“Convivencia”), y los comunistas, los únicos de este movimiento que cuentan con diputados” (Amnon Kapeliouk “Una prueba para los pacifistas israelíes”, Le Monde Diplomatique, edición española, enero de 2003, p.11).


La identificación de Arafat y los palestinos con Ben Laden y Al-Qaeda, la asimilación al terrorismo se construyó inmediatamente después de los atentados del 11S. Se le exigía poner fin a los atentados al tiempo que se demolían las infraestructuras de la Autoridad Palestina. Los kamikazes palestinos dejaron de ser desesperados reivindicadores de derechos territoriales y pasaron a ser la manifestación de un integrismo musulmán tentacular, ya no anti-israelí, sino anti-occidental (cfr. Joss Dray et Denis Sieffert op.cit., pág.53). A las teorías conspiratorias de ciertos sectores de la izquierda que culpabilizaban de todo a la CIA y el Mosad seguía la mucho más exitosa teoría conspiratoria de ciertos sectores de la derecha consagrados a proclamar la existencia de un conflicto de civilizaciones en fusión con una amalgama de terroristas de todo tipo y condición; un complot universal y secreto contra Occidente, aireado por todos los medios de comunicación, generador de una histeria y de una caza de brujas cuyos precedentes más cercanos se encuentran en el Macarthismo y cuyos precedentes más lejanos se remontan al nazismo y la Inquisición.


Afortunadamente, medios como Le Nouvel Observateur se han dedicado recientemente a enseñar a los franceses a distinguir entre moderados e integristas dentro del mundo musulmán, con motivo de la creación del futuro Consejo francés del culto musulmán, otorgando la palabra a moderados como Ben Halima, como Fouad Imarraine, como Kaba Sory, o a sufíes como Khaled Bentounès (Le Nouvel Observateur "Musulmans de France. Le défi islamiste" Nº1991, 2-8 de enero de 2003). Un medio que ya desde los atentados del 11S intentó frenar la identificación y la amalgama de todo musulmán con el terrorismo (Cf. Nouvel Observateur Nº 1926, 4 oct.2001: "Islam. Le temps de l'autocritique" & N°1892 "Racisme à la française"), donde ya en 1994 nueve intelectuales árabes (Mohamed Saïd al-Ashmawy de Egipto, Habib Boularès de Túnez, Tahar Ben Jelloun de Marruecos, Lufti el-Khooli de Egipto, Mahmood Hussein Franco-egipcio, Adil Jalouli Franco-marroquí ; Rachid Mimouni de Argelia, Ramdane Redjala de Argelia, Moufida Tlatli de Túnez) se manifestaban contra el integrismo, y donde se vienen exponiendo las ideas moderadas de un Tariq Ramadan, líder indiscutible de los intelectuales musulmanes en Francia.
El conflicto prosigue y las informaciones falsas, sesgadas y maniqueas continúan, además de las descalificaciones mutuas ad hominem. Todo el que interviene y escribe sobre Oriente Medio o sobre las posiciones de los intelectuales respecto a los acontecimientos históricos que estamos viviendo lo hace bajo presión, y las partes enfrentadas argumentan y analizan poco, aunque intervienen y descalifican mucho. Esperemos que al ir despejando las agrupaciones y esterilidades de los polemistas en liza, argumentando sobre algunos de los temas en litigio, (como el conflicto en Oriente Próximo), se pueda llegar cada vez más a un análisis de los hechos lo más objetivo y desapasionado posible que encamine a los contendientes hacia la comprensión y hacia la paz.

 

NOTAS

 

i Los actuales acontecimientos sugieren reeditar este trabajo en un ejercicio necesario de anámnesis.

ii Bajo el auspicio de Sartre ya se intentó, antes de la guerra de los seis días, la reunión de los argumentos y los puntos de vista de todos los implicados en el conflicto. Eso sucedió en el libro que citamos abajo (cuya editorial francesa ya no se mantiene tan neutral como antaño) y del que damos el índice para que pueda verse el abanico de intervinientes que tuvieron parte en la discusión. Una iniciativa que sería muy necesaria en nuestros días.
El conflicto árabe-israelita. J.P.Sartre; M.Rodinson; R.Misrahi; et alii. Editorial Edima-Edición de Materiales, Barcelona 1968, 564 págs. (Original francés: Le Conflit Israélo-arabe. Les Temps Modernes, 1967).

ÍNDICE.
SANTI SOLER. –Nota de los editores, pp.7-9.
JEAN-PAUL SARTRE. –Por la verdad, pp.10-16:
“Nos hemos dirigido, pues, a los israelitas y a los árabes mismos y les hemos ofrecido, tanto a unos como a otros, tomar la palabra en este libro para exponer su punto de vista. La negociación no ha sido fácil y hemos creído en muchos momentos que este libro no se publicaría. Ello era debido a que las condiciones para un diálogo, o las de una simple discusión, por violenta que ésta fuera, no estaban reunidas. Pero la postura que prevaleció, con razón, creo, fue que cada uno ignorase al otro completamente. No ha habido «frente a frente». Ni siquiera disputa. La cubierta de este libro no encierra más que la inerte coexistencia de dos informaciones conjuntas. O, si se quiere, árabes e israelitas no han consentido más que en este vinculo, el más exterior de todos: la contigüidad. ¿Entonces, se preguntará, por qué preocuparse tanto? ¿Si estas personas persisten en darse la espalda, por qué esta obstinación de reunir sus opiniones en un mismo libro para hacer progresar la cuestión? Yo respondo: para nada si se trata de las partes interesadas. Pero, para nosotros, Occidentales, es excelente que las dos series de informaciones, de interpretaciones, de argumentos sean expuestas conjuntamente. Nos impedirán, por su simple coexistencia pasiva, el sacar conclusiones demasiado rápidamente, el adoptar demasiado precipitadamente un punto de vista y mantenernos en él por comodidad o por gusto sin que el otro punto de vista se nos presente, al menos, como una inquietud. Y no pretendo de ninguna manera que sea preciso buscar una conciliación ni que no se pueda escoger una de las dos posiciones y mantenerse en ella, con exclusión de la otra. Digo solamente que es preciso saber, al menos, que aquello que se excluye ha sido pensado por hombres de carne y hueso que tenían el apasionado sentimiento de descubrirnos una evidencia y que estaban seguros de convencernos”.
1. MAXIME RODINSON. –Israel, ¿hecho colonial?, pp.17-83.
PUNTOS DE VISTA ARABES
2. MOUNTHIR ANABTAWI. –El sionismo: un movimiento colonialista, chovinista y militarista, p.87.
3. ABDUL WAMM KAYYALI. –Sionismo y expansionismo, p.106.
4. ISSA NAKLA. –Nunca aceptaremos, p.119.
5. SAMI HADAWI. –Los refugiados árabes, p.127.
6. LEONORA STRADAL. –Entrevista con los comandos Al-Fatah, p.162.
7. LOUFTI EL KHOLI. –Israel, bastión del imperialismo y ghetto, p.172.
8. AHMED BAHAEIDINE. –Israel visto por la izquierda árabe, p.188.
9. LOTFALLAH SOLIMAN. –Un transfert de culpabilidad, p.197.
10. GEBRAN MAJDALANY. –Israel y los socialistas árabes, p.211.
11. ABDALLAH LAROUI. –Un problema de Occidente, p.225.
12. TAHAR BENZIANE. –El problema palestino y la cuestión judía, p.246.
PUNTOS DE VISTA ISRAELITAS
13. DOV BARNIR. –Los judíos, el sionismo y el progreso, p.275.
14. SHIMON PERÈS. –Hoy y mañana, p.311.
15. ROBERT MISRAHI. –Coexistencia o guerra, p.328.
16. SIMHA FLAPAN. –El diálogo entre socialistas árabes e israelitas es una necesidad histórica, p.348.
17. MOSHE SNEH. –Salir del circulo vicioso del odio, p.386.
18. MEIR VILNER. –El problema palestino y el conflicto árabe-israelita, p.413.
19. URI AVNERY. –Una guerra fraticida entre semitas, p.437.
20. MOHAMMAD WATAD. –Cada árabe de Israel podría ser un embajador de la paz, p.466.
21. ATALLAH MANSOUR. –Para eliminar el polvo radiactivo del odio, p.471.
22. IBRAHIM SHABATH. –El rico, el pobre y la serpiente, p.491.
23. AL-ARD Co LTD. –Los árabes en Israel, p.500.
24. SHAUL ZARHI. –Importancia de la paz para la economía israelita, p.519.
ANEXOS.
ANEXO I: Definiciones, p.535.
ANEXO II: Resolución adoptada sobre el informe de la comisión «ad hoc» encargada de la cuestión palestina 181 (II), p.542.
ANEXO III: Discurso del Presidente Burguiba pronunciado en Jericó el 3 de marzo de 1965, p.546.
ANEXO IV: Cronología del conflicto palestino, p.551.
ANEXO V: El «proyecto Tito» sobre Oriente Medio, p.560.
 


 

 

 

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