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DEL RACISMO Y LA XENOFOBIA: SU GÉNESIS A PARTIR DE TERGIVERSACIONES DEL DARWINISMO Y LA LINGÜÍSTICA.

 

Simón ROYO HERNÁNDEZ 

 

1) La lucha por la vida: un ambiguo concepto malinterpretado. 

Ya con anterioridad escribimos en La Caverna de Platón sobre el controvertido tema del evolucionismo y el comportamiento humano. Sin embargo, las determinaciones que el darwinismo inserta en los seres humanos no tiene solamente un componente instintivo y de aprendizaje sino que también en la esfera de la ideología, al ser mal derivado hacia la esfera socioeconómica, precisamente cultural, sus grandes conceptos han tenido una fuerte pregnancia. 

Por poner un ejemplo entre muchos posibles, con una de sus expresiones más famosas, el propio Darwin se enreda con la ambigüedad que tiene que dar a sus términos. En el capítulo III de El Origen de las Especies, titulado La lucha por la existencia, en su segundo apartado, subtitulado La expresión «lucha por la existencia» se emplea en sentido amplio, se nos explica la ambigüedad del término de la siguiente manera:  

«Debo señalar ante todo que uso esta expresión en un sentido amplio y metafórico, incluyendo la dependencia de un ser respecto de otro, e incluyendo (lo que es más importante) no sólo la vida del individuo, sino también el éxito al dejar descendencia. De dos animales de la especie de los cánidos, en tiempo de carestía, puede ciertamente decirse que luchan uno contra el otro por cuál conseguirá comer y vivir. Pero de una planta al borde del desierto se dice que lucha por la vida contra la sequedad, aunque más propiamente se debería decir que depende de la humedad. De una planta que anualmente produce un millar de semillas, de las que tan sólo una, por término medio, llega a la madurez, puede más ciertamente decirse que lucha contra las plantas, de la misma clase o de otra, que ya cubren el suelo. El muérdago depende del manzano y de algunos pocos árboles más, pero sólo puede decirse en un sentido muy amplio que lucha con esos árboles, porque, si demasiados de esos parásitos crecen en el mismo árbol, languidece y muere. Pero de varios pequeños muérdagos creciendo juntos y cercanos sobre la misma rama, más ciertamente se puede decir que luchan entre sí. Como el muérdago es diseminado por los pájaros, su existencia depende de ellos, y puede metafóricamente decirse que lucha con otras plantas frutales, tentando a los pájaros para que devoren y por tanto diseminen de ese modo sus semillas. En todos estos muchos sentidos, pasando de uno a otro, empleo siempre, por razón de conveniencia, el término general de Lucha por la Existencia[1]». 

Darwin emplea las expresiones Struggle for life y Struggle for Existence como sinónimos, como demuestra que sea lo primero lo que de acuerdo con el texto anterior realiza una planta al borde de un desierto y lo segundo lo que llevan a cabo dos canes enfrentados por alimentarse. 

Dependencia, cooperación o ayuda mutua, éxito al dejar descendencia, éxito en la supervivencia en el medio ambiente o adaptación al medio, son algunos de los muchos sentidos que cobra la expresión general Lucha por la Vida. Sin embargo, un único sentido se ha erigido en predominante, el que identifica la lucha por la existencia con la competencia a muerte entre dos organismos vivos, caso ejemplificado en el texto anterior por los canes que luchan entre sí por ver cuál de ellos morirá de hambre y cuál de ellos conseguirá comer y sobrevivir. Tal caso presupone una carestía tal que tan solo existiesen recursos en el medio para la supervivencia de uno de los dos (no de ambos), y sin embargo, es esa la idea de darwinismo social más simple y extendida. Dicha acepción, considerada única, sitúa y solidifica el sentido de lucha por la vida, entendido como competencia mortal, como esencia de un mundo capitalista caracterizado, sin embargo, por la excedencia de producción, es decir, por la existencia de recursos de sobra para la supervivencia de todos los organismos humanos involucrados en la tarea de vivir. Por tanto, al no darse situaciones reales de carestía sino de desigualdad, el darwinismo social, así entendido, no tiene ningún fundamento biológico, no implica ninguna ley natural inmodificable y necesaria como la del movimiento de los planetas, sino que refleja una ideología exclusivamente convencional y cultural, si bien vigente en nuestros días. Es algo que los seres humanos han establecido y que ellos mismos pueden destruir, transformar, reformar o modificar. 

Los canes (no domésticos) no pueden hacer nada para variar su situación, es una ley de la naturaleza, solo hay alimento para uno de ellos y el otro debe necesariamente morir. Cabría el caso de que los dos muriesen en la contienda, pero no parece que el ejemplo de Darwin contemple la posibilidad de que los dos sobrevivan, porque en tal caso, inevitablemente, lo harían. El hombre es el único animal capaz de morir de inanición en un entorno de abundancia (así como es el único animal capaz de competir a muerte por la adquisición de bienes superfluos para la supervivencia) y así poder quizá demostrar su libertad frente al instinto y la determinación natural. Y esto es así porque es el único que ha podido inventar la propiedad privada, es decir, establecer una convención que tan sólo ciertos reaccionarios medievalistas consideran, todavía hoy, como un derecho natural, como si el derecho fuese algo más que una serie de convenciones construidas por los hombres (derecho positivo). 

Si las convenciones de colaboración no hubiesen ayudado a las colaboraciones naturales ya existentes, los organismos humanos, hubiesen desaparecido hace ya tiempo; se habrían extinguido.

 

2) Evolución y ayuda mutua. 

Según Philip Kitcher[2] la selección natural pudo favorecer los comportamientos cooperativos. Recoge así, sin citarla, la tesis que ya defendiera Kropotkin[3] más de un siglo atrás: la idea de la ayuda mutua operante en la selección natural, según la cual, en su más amplia formulación, significa, que la especie más solidaria tiene más probabilidades de sobrevivir y la menos cooperativa menos. 

Nuestros comportamientos morales dependen en su mayor parte de la cultura pero también están relacionados con la biología. «Según una versión simplista, aunque muy extendida, de las ideas darwinianas, la selección natural es, ante todo, un mecanismo que favorece a los seres fuertes, crueles y carentes de escrúpulos. A todo lo largo de este siglo, los biólogos de la evolución se han preguntado por la posibilidad del altruismo concebido como la tendencia de un organismo a adoptar comportamientos que favorecen la reproducción de otros organismos en detrimento de su propia reproducción... Robert L.Trivers... sugirió que, incluso entre organismos no emparentados, los que adoptan un comportamiento altruista podrían ser favorecidos por la selección natural en caso de que este comportamiento fuera recíproco: un organismo hoy donante podría verse beneficiado mañana; la ayuda mutua que se prestan ambos organismos aumenta, a largo plazo, sus posibilidades de reproducción[4]». En 1980, aplicando el conocido dilema del prisionero al medio evolutivo, Robert Axelrod, en colaboración con William D.Hamilton, descubrió que el resultado era el mismo: «Para un individuo, lo peor es cooperar con alguien no cooperativo. El resultado es menos malo si ninguno de los dos coopera, y es mejor en caso de cooperación mutua[5]». Las investigaciones primatológicas más recientes indican que la tendencia a la simpatía es más que una mera hipótesis teórica. 

La cooperación también se impone como medio de supervivencia, no sólo las características morfológicas individuales y particulares, pero Philiph Kitcher plantea el problema de imaginar que pasaría en una población cooperativa que es invadida por otros animales explotadores sin escrúpulos. En tal caso «cuando los explotadores constituyen mayoría, los individuos que se deciden a actuar solos y rechazan las interacciones con otros se ven favorecidos por la selección. La cooperación podrá reaparecer en el momento en el que los asociales hayan eliminado a los sin escrúpulos[6]». Sin embargo nos quedaría el problema de un grupo, cooperativo entre sí, pero no cooperativo respecto del resto. 

Puede responderse diciendo que las relaciones entre los grupos funcionan de manera análoga a las de los individuos y también se les podría aplicar el dilema del prisionero. La tendencia que Freud intuyó como Eros y que se caracteriza por una cooperación cada vez más omniabarcante es ya hoy una posibilidad biológica descriptivamente contrastada. Habría que investigar si la agresividad puede definirse exclusivamente como negación de cooperar en determinadas circunstancias o si, con Freud nuevamente, deberemos orientarnos hacia otros mecanismos naturales de carácter opuesto que expliquen el componente biológico de la agresividad.

 

3) Extrapolación arbitraria de los comportamientos de otros animales al animal humano. 

Lo contrario de la antropomorfización, el vicio teórico consistente en atribuir a los otros animales cualidades propias del animal humano, tiene su correlato inverso, menos comentado pero no menos presente entre los estudiosos de la etología, el vicio teórico de la animalización, esto es, la atribución de cualidades propias de una determinada especie animal distinta al animal humano. Vemos un ejemplo de tal práctica defectuosa en el instinto esclavista

«Instinto esclavista[7]. Este notable instinto se descubrió por primera vez en Formica rufescens. Esta hormiga depende absolutamente de sus esclavas. Los machos y las hembras fértiles no hacen trabajo de ningún tipo, y las hembras estériles u obreras, aunque supuestamente enérgicas a la hora de capturar esclavas, no hacen otra cosa. Son incapaces de construir sus propios nidos o de alimentar a sus propias larvas. Cuando tienen que migrar son las esclavas las que determinan la migración y las que llevan realmente en sus mandíbulas a sus amas. Las amas son tan totalmente desvalidas que cuando Pierre Huber encerró treinta de ellas sin una sola esclava pero con abundante alimento y con sus propias larvas y pupas para estimularlas a trabajar, no hicieron nada; ni tan sólo podían alimentarse, y muchas perecieron de hambre. Huber introdujo entonces una única esclava (F.Fusca), y ésta se puso al instante a trabajar, alimentó y salvó a las supervivientes, hizo algunas celdillas, cuidó de las larvas y lo puso todo en orden. Si no conociéramos ninguna otra hormiga esclavista hubiera sido desesperado especular acerca de cómo pudo haberse perfeccionado un instinto tan maravilloso[8]».  

Ahora imaginemos, por un momento, cómo un socialista perteneciente al movimiento obrero y un conservador afín a los ideales del Antiguo Régimen, podrían interpretar, antropomórficamente y conforme a sus respectivas ideologías, el texto que acabamos de citar, buscando su correspondencia con el mundo humano. Fácil es ver lo que diría el primero, el socialista, a partir de la extrapolación del texto reseñado a la vida humana y social, que el trabajador lo hace todo y crea la riqueza que se apropian los capitalistas parásitos; y fácil es también suponer lo que podría decir el segundo, el conservador, que la naturaleza muestra muy bien que unos han nacido para servir y otros para ser servidos. 

La etología y la sociobiología han caído frecuentemente en la extrapolación arbitraria de conductas de las otras especies en la naturaleza a las conductas que rigen sociedad humana. La tendenciosidad ideológica de semejantes analogías es manifiesta e indica lo inadecuado de efectuar tales operaciones. Tanto el humanismo tradicional (religioso o laico), con su intento por separar al hombre de la naturaleza, como el movimiento contrario, el humanismo ecologista, empeñado en reintegrar al hombre en la naturaleza, cometen el mismo error, no consiguiendo los segundos su propósito, lastrados como están por el concepto de Hombre. El antihumanismo de los años 60 y 70, con Heidegger, Foucault y Althusser, a la cabeza, registró la necesidad de eliminar el concepto de Hombre, pero no pudo cumplir su programa y hoy se encuentra prácticamente desaparecido. Ahora vuelven los humanismos religiosos o laicos trayendo consigo todas las mistificaciones ideológicas que giran en torno a las ciencias humanas y a la idea de Hombre. Por eso es necesario intervenir en su terreno y tomar parte polémica en sus discusiones, ya que hay que reemprender de nuevo el camino de su eliminación. ¿Cómo se elimina el concepto de Hombre? Sólo cuando el animal humano se haga dueño de sí mismo y de su historia, armonizando su existencia con la vida de la naturaleza, desaparecerá el Hombre

Conviene no olvidar que el título completo de la principal obra de Darwin era: The Origin of Species. By Means of Natural Selection or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life. Es decir, se acompañaba el título principal y más conocido de un subtítulo donde se equiparaba el concepto de raza al de especie. Este hecho, generalizado en aquél tiempo, no ayudó mucho a que la confusión entre la especie humana, que es única, y los distintos aspectos cutáneos de los grupos humanos, no derivase, a través de mil mistificaciones y tergiversaciones, en los enfrentamientos ideológicos en torno a las absurdas cuestiones raciales, desde los debates acerca de la esclavitud hasta la locura exterminadora del nazismo.

 

4) Impropiedad de la voz antisemitismo. 

Veamos a continuación un ejemplo tomado también de la extrapolación injustificada y de la aplicación analógica de leyes naturales a los conocimientos filológicos. Deriva que, al igual que la anterior, ha creado sólidas nubes en el espacio de la ideología. Vamos a fijarnos ahora en el campo de la lingüística y en alguno de sus usos ideológicos, concretamente, en el que ha llevado a forjar la palabra “antisemitismo”. 

La palabra semita tiene una connotación teológica, geográfica y lingüística. La primera acepción proviene de la Biblia, donde aparece el nombre de Sem, hijo de Noé, que según el mito, junto a sus hermanos Cam y Jafet, poblarían después del diluvio toda la tierra (Génesis 9.18-20), y que habrían de hablar todos una misma lengua (Gen. 11.1) hasta el posterior episodio de la Torre de Babel. De Sem descendería, según el relato, Abraham (Gen.11.26). 

De los hijos de Noé, -Sem, Cam y Jafet-, se pretende hacer derivar a la humanidad entera, puesto que según el relato serían los únicos supervivientes del diluvio universal, quienes hablarían la misma lengua hasta el episodio de Babel y entre quienes se contarían todos los pueblos de una misma área geográfica, que luego se vendrían a denominar exclusivamente como semitas, atribuyendo arbitrariamente a Jafet y Cam la existencia de otros pueblos de los que en principio no se tenía conocimiento. De tal manera, los esclavistas ingleses del siglo XIX pretendieron interpretar el episodio de la maldición de Cam (Gen.9.25-27), adjudicándole la correspondencia con los pueblos del Africa negra para así justificar bíblicamente sus prácticas esclavistas y racistas. Y los nombres de los descendientes de los tres hijos de Noé, en numerosas ocasiones, son topónimos de las regiones de la misma área geográfica, que responden a lo que se conoce como Oriente Próximo. 

No hay que olvidar que el Génesis, el primer libro que nos aparece en la Biblia, debido a su temática primaria, dedicada a relatar la creación del universo y los orígenes o fundamentos de la humanidad, en dos versiones superpuestas, es un escrito a la vez mítico, poético y religioso, que contiene elementos culturales de Mesopotamia, Canaán (luego Palestina) y Egipto. Las culturas babilónica, judía y egipcia, no dejaron de influenciarse mutuamente dada su proximidad geográfica y sus contactos, tanto pacíficos como belicosos, a lo largo de sus dilatadas historias, (no ha de olvidarse que babilonio es Abraham, egipcio es José y cananeo es Jacob). 

Tanto para la lingüística como para la teoría de la evolución, las ciencias han derivado hacia explicaciones de desarrollo multiregional, tanto lingüístico como biológico, que destruye el reduccionismo arcaico de las exposiciones míticas e incluso científico-decimonónicas que pretenden hacer proceder al ser humano y a todas sus capacidades de una única evolución lineal determinista, a causa de la cual, cada pueblo se creería míticamente el origen de todos los seres humanos (El Mito del Poema de Gilgamesh haría a los primeros hombres babilonios; el Bíblico cananeos; y el Mito de Prometeo de Hesíodo, griegos). 

A partir de la vaga acepción bíblica se designará luego con la voz semitas a un conjunto de pueblos de Oriente Próximo (acadios, asírio-babilonios, amorritas, arameos, fenicios, árabes, hebreos y etíopes), pueblos de una misma y amplia región geográfica, que más adelante, en el siglo XIX, se descubriría que hablan o han hablado en la antigüedad, alguna de las lenguas semíticas

Es, por tanto, a partir de una designación teológica que se deriva la clasificación de una agrupación geográfica, con afinidades por préstamos del lenguaje hablado, que el escritor del Génesis habría, quizá, de percibir. Una agrupación de pueblos cercanos, la cual, con la emergencia de la lingüística en el siglo XIX, se vendrían a clasificar de acuerdo con el grupo lingüístico del que procederían sus lenguas, designándolas como lenguas semíticas. Lenguas cuyas remotas raíces gramaticales se localizaban geográficamente en el Asia occidental y en el norte de África (árabe, hebreo, arameo, amarico), aunque sus hablantes se encontrasen ya diseminados por todo el planeta. 

El que los pueblos semítas, aquellos que hablan lenguas semíticas, tengan las mismas características raciales, no es sino un mito que se desarrolló por extrapolación de nociones lingüísticas y geográficas al terreno de la biología, al darwinismo que, tergiversado, alimentó el racismo moderno y contemporáneo. Afortunadamente, el concepto de raza ha desaparecido por completo de la biología seria y las tergiversaciones nazis de la lingüística indoeuropea y de la biología lamarckista no han dejado de ponerse al descubierto, mostrándose su carácter infundamentado, extracientífico e ideológico. 

Los grupos lingüísticos célticos, románicos, germánicos, eslavos, bálticos, helénicos y el albanés, son todos ellos indoeuropeos, sin por ello poder decirse que los numerosos pueblos que hablan las lenguas provenientes de esos grupos tengan nada más en común que la lejanísima procedencia de sus respectivas lenguas. Algo tan sólo perceptible por un experto filólogo indoeuropeo y que en nada facilita que esos pueblos lleguen a un entendimiento y una relación mayor entre sí que con cualesquiera otros. Esto demuestra que la apelación a las raíces lingüísticas comunes no es sino un absurdo preludiado por las nociones políticas del romanticismo alemán, pero un absurdo muy peligroso cuando políticos demagógicos lo utilizan para embarcar a sus pueblos en la guerra y la destrucción de los otros. Biológicamente, los seres humanos nos parecemos en un 99% a los chimpancés, y en mayor porcentaje entre nosotros, de manera que las diferencias, no son en absoluto naturales sino exclusivamente culturales. Pero las afinidades culturales no tienen coherencia alguna y así, las afinidades religiosas (el monoteísmo por ejemplo, común a judíos, cristianos, islámicos o antiguos hindúes), no tienen relación ni correlación alguna con otras afinidades o diferencias culturales, como puedan ser las de la lejanísima procedencia, común o distinta, de sus lenguas; ya que ninguna religión se circunscribe, no ya a una sola rama de los grandes grupos lingüísticos, sino ni tan siquiera a una sola lengua moderna. 

Todo lo antecedente, viene a confirmar, la improcedencia de emplear la palabra antisemitismo para calificar a las persecuciones que han sufrido a lo largo de la historia los hombres que han practicado la religión judía. Lamentables hechos a los que se debería denominar antijudaísmo y situar entre los episodios de intolerancia religiosa que asolan la historia de la humanidad.

 

5) Orígenes de la xenofobia en Europa: el Affaire Dreyfus. 

El historiador Pierre Vilar escribió uno de sus más famosos libros[9] en 1946, actualizándolo posteriormente con un prólogo y un epílogo de 1978. Como nos recuerda el autor en el prólogo a la primera edición española, su libro estuvo prohibido durante la dictadura franquista fundamentalmente por tres motivos: «1º) Una ideología que se pretende hegemónica teme más los libros pequeños que los grandes. 2º) La historia es una pieza esencial de la ideología y sólo puede contarse de una manera. 3º) Hay hechos que deben olvidarse[10]». 

Tenemos el triste privilegio de comenzar en nuestro país con el «antisemitismo moderno» que va paralelo al surgimiento de los Estados Nación, como ya señaló Hannah Arendt en su Historia del Totalitarismo. Durante los siglos XIV y XV «la influencia de los judíos en las altas esferas, y el trabajo más humilde de los artesanos y campesinos moros al servicio de los nobles cristianos, excitan la envidia de las clases populares de estirpe cristiana. El orgullo de origen, de limpieza de sangre, compensa en los vencedores de la Reconquista el temor de la superioridad material, demasiado sensible, del vencido[11]». De esta manera, la política de la España desde los Reyes Católicos hasta el emperador Carlos V, al expulsar y perseguir a los intelectuales (los judíos) y a los trabajadores (los moros) se quedó poblada por los brutos, de quienes descendemos en nuestra peor parte. Tras las matanzas de judíos del siglo XIV, acusados, entre otras cosas, de provocar la peste, la ortodoxia católica iba a vertebrar la línea de depuración de judíos, mozárabes y mudéjares, con la creación de su brazo armado, la Inquisición o Santo Oficio, en 1478, llegándose al decreto de expulsión de los judíos en 1492 por los Reyes Católicos. Era éste el surgimiento del país más reaccionario, conservador y arcaico de todo el continente europeo, líder de la Contrarreforma y anclado en medievalismos que perduran, aún insuperados, siendo una de sus últimas grandes manifestaciones la dictadura del sublevado general Franco. Decir que pese a todo pudo haber brotes de creatividad y mestizaje es una verdad que no ayuda mucho. Lo mejor de los habitantes de la Península Ibérica, sus legados árabe y judío, junto al greco-romano y a su diversidad lingüístico-cultural, no desaparecieron nunca, cierto, pero tampoco nunca han dejado de ser perseguidos por fuerzas reaccionarias antagónicas que han procurado, sin cesar, su erradicación. 

Pero si queremos comprender los orígenes de la xenofobia en Europa, desde la España del siglo XVI debemos saltar a la Francia del siglo XIX, cuando se manifiesta públicamente, por primera vez, en todo el continente, el odio moderno al judío, con motivo del caso Dreyfus. 

Alfred Dreyfus era un oficial judío del ejército francés que sufrió un consejo de guerra acusado de traición por vender secretos a Alemania y fue condenado, liberado, vuelto a condenar, y finalmente rehabilitado. La derecha se alinearía entre los que le consideraban culpable y la izquierda entre quienes le consideraban inocente. El asunto Dreyfus duró doce años, prolongándose desde 1894 hasta 1906. 

Su condición de judío marca el comienzo de una dicotomía tradicional que llega a nuestros días, la reconocida toma de posición «antisemita» de los partidos y grupos de la derecha política y la lucha contra el «antisemitismo» por parte de los partidos y grupos de la izquierda política. Para los primeros, Dreyfus era un traidor, para los segundos, el oficial era inocente, y en la profundidad, lo que se ponía en juego era la noción de ciudadanía, que habría de defenderse con independencia de la etnia o religión, frente a los defensores de la discriminación racial y la exclusión de los otros. 

Las similitudes entre la ideología de la derecha francesa y la alemana que culminaría en el nazismo, muestran que el antijudaísmo moderno y las fantasías de pureza racial no fueron algo exclusivo del pueblo alemán, sino un fenómeno altamente extendido por Europa desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. 

Lecturas incorrectas de la lingüística indoeuropea y especialmente de la teoría de la evolución darwinista, sobre todo de sus interpretaciones eugenésicas, derivadas de ramificaciones ideológicas que parten del primo de Darwin, Francis Galton; formarían parte de la quimera del racismo y del racismo y antijudaísmo moderno. Aunque Darwin acabó en gran parte con la teoría lamarckista, lo cierto es que durante los siglos XVIII y XIX se creía generalizadamente en la herencia de los caracteres adquiridos[12], ideología falsada científicamente y que sin embargo sigue vigente en nuestros días. 

Una teoría reduccionista de la naturaleza humana que parte de las mistificaciones del evolucionismo y que se ha venido a llamar determinismo biológico, está en la base de las pretendidas justificaciones de las desigualdades sociales a partir de especulaciones pseudo genéticas. Las raíces de la Nueva Derecha política actual están en el Viejo Determinismo decimonónico[13]. «El determinismo biológico es, entonces, una explicación reduccionista de la naturaleza humana en la que las flechas de la causalidad van de los genes a los humanos y de los humanos a la humanidad. Pero es más que una simple explicación: también es política. Porque si la organización social humana, con sus desigualdades de status, riqueza y poder, es una consecuencia directa de nuestras biologías, entonces ninguna práctica puede producir una alteración significativa de la estructura social o de la posición de los individuos o de los grupos contenidos en ella, excepto mediante algún programa gigante de ingeniería genética[14]». Programa que, como es sabido, contaba entre los sueños megalomaniácos del nazismo y que puede reavivarse en cualquier momento a causa de las nuevas mistificaciones que surgen entorno al proyecto genoma. 

Émile Zola, afamado escritor ya en esa época y columnista de un conocido periódico, tomaría a su cargo la defensa pública de Dreyfus, liderando el bloque mediático favorable a la inocencia y denunciante del antijudaísmo imperante. Su artículo titulado J’Accuse[15] y publicado en el diario L’Aurore el 13 de enero de 1898, dirigido al Presidente de la Nación, Félix Faure, con una tirada de 300.000 ejemplares, señala el punto álgido de la disputa pública, convertido el asunto en tema de debate nacional e internacional. Zola marca el acta de nacimiento de la opinión pública y de su dependencia de los mass media con su intervención en el controvertido caso Dreyfus. La segunda condena del oficial francés (1900) causará ya la indignación mundial. 

Francia se partirá en dos bandos, de un lado el sector chovinista, religioso, militarista y antijudío, que prefiere la injusticia al desorden; del otro lado, liderado por «intelectuales» -injuria inventada por los medios afines a la derecha- un sector progresista, laico, demócrata, antirracista y una izquierda que sigue a Jaurès, pero después de haber dudado mucho sobre la necesidad de atacar a las fuerzas armadas, temiendo desmoralizar a la nación y dudando si defender a un judío. Los titubeos de la izquierda son comprensibles dado que el propio Marx en su escrito La cuestión judía (1844) criticaba a los judíos por su fanatismo religioso y su condición de capitalistas, pese a que su padre había tenido que abandonar su religión judía y convertirse al protestantismo para poder ejercer su profesión de jurista en Alemania. 

A los nacientes movimientos obreros europeos no les agradaba la clase social burguesa, capitalista y privilegiada a la que pertenecían los judíos, e inicialmente, no percibieron el desplazamiento que imprimió la derecha al antagonismo de clase, hacia el antagonismo racial. Poco a poco la izquierda iría tomando conciencia de que la batalla ideológica se libraba, por iniciativa del pre-fascismo, en el terreno de la etnicidad. Se erguía para la izquierda europea la reivindicación de la igualdad de derechos como eje fundamental, frente a la discriminación por motivos raciales que predicaba el fascismo emergente[16]. 

Es posible que el propio Zola, quizá inconscientemente, estuviese imbuido de la ideología del biologismo racista, «a pesar de su pretensión de nueva cientificidad, el determinismo biológico tiene una larga historia. Desde el siglo XIX han surgido de él una tendencia literaria y otra científica, aunque no menos ficticia. Las novelas de Zola de la serie Rougon-Macquart eran novelas experimentales ideadas para mostrar las consecuencias inevitables de ciertos hechos científicos. Concretamente, los hechos eran que la vida de un individuo era el producto del desarrollo de una predisposición hereditaria y que, aunque el medio ambiente podía modificar temporalmente su curso ontogenético, al final triunfaba el factor hereditario[17]». 

Pero la plasmación de algunas de las ideologías dominantes que se traslucen en ciertas obras de Zola no determinaron su actuación en el caso Dreyfus del lado de los conservadores racistas, sino todo lo contrario. «A primera vista parece haber aquí una inconsistencia. El tema del hombre que se ha hecho a sí mismo y que es capaz de romper con su propio esfuerzo los lazos sociales que ataban a sus antepasados, es el mismo que hemos llegado a asociar con las revoluciones burguesas del siglo XVIII y las reformas liberales del siglo XIX. Seguramente, si esas revoluciones significaron algo, eso fue el rechazo del principio de que el mérito era hereditario y su sustitución por la idea de que en cada generación recomenzaba una competición libre en pos de la felicidad. Zola era un socialista, un republicano y un fiero oponente del privilegio heredado. Era notablemente anticlerical y su famosa defensa de Dreyfus tuvo como blanco la clase aristocrática de los oficiales monárquicos. En el caso de Zola no puede haber ninguna sospecha de inconsistencia literaria. Su compromiso con la determinación hereditaria de los sentimientos, anhelos, pasiones y todas las manifestaciones humanas formaba parte de una visión del mundo característica de la burguesía radical, antiaristocrática y anticlerical de la Tercera República... Las novelas de Zola de la serie Rougon-Macquart estaban basadas en las pretensiones científicas de Lombroso y Broca de que las características físicas heredadas eran determinantes de los rasgos mentales y morales[18]». Es decir, Zola posiblemente mantenía ideas contradictorias sin darse plenamente cuenta de ello, ya que de un lado abogaba por la igualdad política y económica, pero por otra parte, encontraba científicamente aceptable la posición lamarckista de un Lombroso, que quedó totalmente descartada desde que en 1882 aparecieron los trabajos genéticos del biólogo alemán A.Weismann, donde se rechazaba todo mecanismo lamarckiano de herencia. Descubrimiento que las ciencias biológicas hasta nuestros días no han hecho más que confirmar. Pero no es de extrañar que Zola no estuviese al día en los últimos hallazgos de la ciencia de su tiempo dado que en nuestros días aún abundan las creencias decimonónicas respecto a la biología. 

En 1901 se publicaba La vérité en marche una recopilación de todos sus artículos sobre el caso Dreyfus[19]. El oficial fue acusado de traición, del robo de documentos para que los alemanes conquistaran Francia y fue condenado a la Isla del Diablo (Guyana). 

Zola comienza su famoso artículo (Yo acuso) señalando: «mi deber es el de hablar, yo no quiero ser cómplice[20]». Con ello trazaba claramente la línea divisoria entre los unos y los otros. Respecto al nazismo alemán y sus políticas de exterminio Jürgen Habermas reconocerá la existencia de una «responsabilidad colectiva, por delitos que no hubieran podido cometerse sin la indiferencia de la colectividad[21]». De tal implicación por colaboracionismo o indiferencia es de lo que Zola se separará radicalmente desde las primeras líneas de su artículo: «¡Ah!, tanta locura y estupidez, tantas fantasías y delirios, las prácticas de policía barata, las costumbres de inquisidores y tiranos, el placer de algunos galonados pisoteando con sus botas a la nación, impidiendo que saliera de su garganta el grito de verdad y de justicia, bajo el falso y sacrilegio pretexto de la razón de Estado[22]». 

A la prensa de derechas acusadora de Dreyfus por su condición de judío la llama Zola con un calificativo nada halagüeño: «Y es un crimen más el haberse apoyado en la prensa inmunda[23». 

Había nacido la prensa como cuarto poder y desde entonces el caso Dreyfus es estudiado en todas las Universidades de periodismo: «Es un crimen extraviar la opinión, utilizar para una tarea de muerte a esa opinión, pervertirla hasta hacerla delirar[24]». 

La prensa sin escrúpulos, dedicada a manipular para sus fines a la opinión pública, es denunciada por la prensa honesta y objetiva, liderada por Zola, pero ya entonces los papeles de «buenos» se reclamaban desde los dos bandos y el de «malos» para el adversario: «Es un crimen envenenar a los pequeños y humildes, exasperar las pasiones reaccionarias e intolerantes, amparándose en el odioso antisemitismo, del que morirá la Gran Francia liberal de los derechos humanos si alguien no la cura. Es un crimen explotar el patriotismo para las obras del odio, es un crimen erigir el sable en el dios moderno[25]». Comenzaba a cobrar fuerza la manipulación de las emergentes sociedades de masas por los medios de comunicación, que serían ya utilizados bélicamente en las dos guerras mundiales y que «justificó» el bombardeo de la televisión serbia por la OTAN en 1999; a partir del Affaire Dreyfus, quedó claro que los mass media, prensa, radio, televisión, Internet, eran un arma poderosa. 

La frase más famosa de su artículo es la siguiente: «La verdad está en marcha y nada la detendrá[26]». Auténtica declaración de principios con la que el escritor se presenta al servicio de la verdad, la justicia, la libertad y la tolerancia y en contra de toda mentira urdida por intereses inconfesables. 

Zola acusa ante el Presidente a seis generales del Estado Mayor de haber inventado el caso Dreyfus condenando a un inocente y acusa también a los diarios L’Éclair y L’Écho de Paris de apoyar maliciosamente la condena[27]. «Al hacer estas acusaciones, no ignoro que me coloco al alcance de los artículos 30 y 31 de la ley de prensa del 29 de julio de 1881, que castiga los delitos de difamación. Pero es voluntariamente que me expongo[28]». El escritor conocía las consecuencias que podía tener su implicación en el caso Dreyfus y las leyes que se le podían aplicar en virtud de las acusaciones graves que vertía sobre personal de alta graduación del ejército. 

Se tendrá que exiliar como consecuencia de su artículo, por el que le condenaron a prisión, escapando a Londres, donde moriría en 1902, tal vez asesinado. En 1899 había vuelto a Paris con motivo de la liberación de Dreyfus pero una segunda condena del oficial le obligaría a una nueva huida. Su suerte había quedado unida a la del oficial francés. 

Su artículo fundamental sobre el caso Dreyfus finaliza reincidiendo en sus declaraciones de principios, aun a costa de su vida particular, su profesión de fe en la Ilustración, de la que su patria fue cuna: «Yo no tengo más que una pasión, la de las luces, en nombre de la humanidad que tanto ha sufrido y que tiene derecho a la felicidad[29]». La evolución del pensamiento del autor de Germinal, la famosa novela sobre las luchas obreras de los mineros que se desarrollaba en la aún hoy depauperada zona de Le Nord Pas de Calais, según ha mostrado la última película de Bertrand Tavernier (Ça commence aujourd’hui) proyectada a lo largo del año 99; derivó hacia un mesianismo humanista que secularizaba la visión escatológica de la teología medieval, como promesa de un progreso lineal de la Historia. Promesa culminante en un paraíso análogo a la edad de oro con la que míticamente habría comenzado la andadura humana, con la que el escritor terminó haciéndose acreedor de la misma ilusión ciega que caracteriza e instrumentaliza a esa modernidad denunciada por Lyotard, Deleuze, Foucault o Derrida. 

Pero con ello vemos que más allá de las impugnaciones postmodernas de la mentalidad ilustrada, (que han de ser tenidas en consideración para abortar los extravíos de la razón moderna convertida en teleológica racionalidad instrumental), modernos y postmodernos deben hacerse conscientes de que, conjuntamente, se enfrentan a fuerzas reaccionarias adversas ante las que aún habrán de aunar sus fuerzas salvando sus discrepancias.

 

6) Ingeniería social vs ingeniería genética.

Epílogo: La situación nihilista de los animales humanos. 

Albert Camus, en su Discurso de Suecia, pronunciado el 10 de diciembre de 1957 al recibir el premio Nobel de Literatura, se expresaba de la siguiente manera: 

«Cada generación, sin duda, se cree llamada a rehacer el mundo. La mía sabe, por tanto, que no lo conseguirá. Pero puede que su tarea sea mayor; la de impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones traicionadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas. Donde mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo sin convencer de nada, donde la inteligencia se ha rebajado a sierva del odio y de la opresión; esta generación ha tenido, en sí misma y en torno a sí, que restaurar, a partir únicamente de sus negaciones, una pizca de eso que forja la dignidad de vivir y de morir[30]». 

La generación del 68 estaba llamada a impedir que el mundo se deshiciera, no lo consiguió y se traicionó. La generación de los nacidos en el 68 es la que ha constatado que, tal mundo, se ha definitivamente deshecho; agarrándose tan sólo y como último asidero a esas negaciones, a partir de las cuales se puede, únicamente, alcanzar hoy, un poco de aquella dignidad en el vivir y en el morir. La tarea de construir un mundo nuevo ya no es visible. 

Hace al menos 10.000 años que la ingeniería genética azarosa de la naturaleza fue sustituida, por lo que respecta al animal humano, por la ingeniería social del propio homínido que se autoconstruye. Por eso los nazis erraron por completo al querer recuperar conscientemente y dirigir la ingeniería genética. En ese campo la naturaleza se basta a sí misma y cuando el animal humano la intenta sustituir siempre lo hará peor que el azar. 

Sin embargo, la Unión Soviética, casi acertó en el problema, quizá errando en los medios al devenir un autoritarismo, pues llegó a comprender que la ingeniería social, comenzada con la revolución neolítica y nunca bajo completo dominio humano, era el camino a emprender. El desarrollo de la sociedad hasta la construcción de una sociedad política, el ideal de un comunismo democrático donde el hombre se gobierne a sí mismo en lugar de ser gobernado por otras fuerzas y otros hombres. A la naturaleza basta con dejarla vivir y no destruirla con una ingeniería social incontrolada, ciega al hecho de que lo social sólo puede crecer sobre lo natural, aunque sea en gran medida autónomo y esté gobernado por leyes construidas por los hombres y no por leyes naturales. 

Nuestra última etapa de la ingeniería social, la que se marca como objetivo la producción masiva e ilimitada de bienes de consumo de acuerdo con el capricho, el capitalismo, burda caricatura del mundo natural en la que la quimérica invención de la mano invisible de Adam Smith pretende realizar el papel de la selección natural del mundo biológico. Un sistema económico ciego a las limitaciones y al control de su propia dirección que ha acabado por imponerse en el mundo actual sobre cualesquiera otros modelos de ingeniería social.  Se admite una teodicea secularizada que convence del contrafáctico según el cual de todos los males particulares (del egoísmo de cada particular) surge el bienestar colectivo. Se deja al espontaneismo de la competencia económica del comercio la regulación de la convivencia humana, como si una ley natural regulase por sí sola el mercado del modo como las leyes de la selección natural rigen el devenir de las especies animales. Así, abandonado a esa quimérica mano invisible, el objetivo de la autoconstrucción humana, se restringe, en el capitalismo, a la infinita producción ilimitada de medios de producción. No se pretende ni se orientan los medios hacia la producción de hombres, sino que se labora en un ciclópeo proyecto de ingeniería social incontrolado e incontrolable cuyo objetivo es la producción de máquinas y de fuerza de trabajo, esto es, la producción de la producción. 

Es en este contexto en el que la educación y la cultura se convierten en medios y dejan de ser fines. ¿Para qué todo ese derroche de energía? Para producir más y más bienes superfluos. El círculo vicioso de la producción y el consumo de bienes para un animal cuyas necesidades básicas, aquellas que han de colmarse para que pueda empezar a ser un animal humano, se consideran ilimitadas (en un mundo de recursos limitados), no puede sino generar desigualdad. Bajo el sistema económico capitalista se genera tanta riqueza en una minoría como pobreza en la mayoría, una regla de la acumulación que salta a la vista de cualquiera que tenga ojos. 

Una vez que se tienen las necesidades materiales básicas cubiertas es cuando el animal humano, provisto de alimentación (comida) y vivienda (guarida), de vestido, higiene y sanidad, puede comenzar a vivir como hombre y dedicarse a la cultura. Pero como dedicarse a la cultura es algo contrario a la producción de la producción, en cuanto tarea que no se promueve ni se incentiva por una finalidad puesta exclusivamente en los medios y no en la promoción del desarrollo integral del ser humano, el habitante de la sociedad capitalista ya no sabe ser más allá del animal, por miedo a encararse con su vida devenida por fin en existencia, renuncia a esta última prolongando ilimitadamente la satisfacción de sus necesidades animales (siempre se puede perseguir la consecución de una vivienda mayor) convertidas en caprichos y negativas para la existencia (por ejemplo la sobrenutrición que crea obesos); con lo cual, creamos un mundo profundamente irracional en el que mientras unos luchan contra la escasez (por nutrirse) otros luchan contra la sobreabundancia (no engordar). 

Ahora bien, hay que aclarar que cuando hablamos de finalidad (respuesta a la pregunta ¿para qué?) no nos referimos de ningún modo al falaz concepto de teleología, fruto de los delirios de teólogos obesos. La teleología, entendida como una direccionalidad interna que imprimiría un determinado camino a la evolución, al ser humano, a la cultura o a la historia, no es sino una quimera más inventada por el animal humano, no es sino la mano invisible o providencia divina, entidades a las que se les otorga el privilegio de la acción con las que quiere delegar en figuras imaginarias las competencias que son de su exclusiva responsabilidad. La ingeniería genética de la naturaleza es el fruto de miles de millones de combinaciones azarosas y la ingeniería social, en la medida en que el hombre no controla la historia ni se hace dueño de su propia construcción, también es el fruto de miles de millones de combinaciones azarosas. 

Hay que reconocer, sin embargo, que el capitalismo ha sabido imprimir al menos una dirección externa (no existen teleologías internas o inmanentes) a la ingeniería social, basada en la construcción de una economía absurda. Con ello se demuestra, al menos, parcialmente, que el hombre puede adueñarse de su autoproducción, hasta hacerla consciente. Pero bajo la construcción capitalista, que se esfuerza por no considerarse obra humana, el animal humano no es superado sino supralimentado o infralimentado, concibiéndose como mero productor-consumidor, no se aprovecha de tal autoconciencia de hacer el mundo, la historia y a sí mismo, para emanciparse de la producción a través de la producción (oportunidad única del animal humano de dejar de meramente vivir y comenzar a existir), sino que el medio se convierte en fin y la producción de producción engulle por completo al animal humano, obcecándose el homínido en la esclavitud en parte por miedo a la libertad. 

Los hombres nacen por un procedimiento natural que está al alcance de todos. No hay que saber muchas matemáticas para producir seres humanos. Es algo que obedece al instinto de supervivencia de las especies, pero en el caso humano tiene muchas más connotaciones, acaso culturales más que naturales. Los hombres nacen, crecen, maduran, entonces se encuentran con que no saben qué hacer ni para qué vivir y para romper ese vacío insoportable, engendran otros seres humanos de los que ocuparse, bien o mal, mejor o peor. Hasta que los primeros mueren y los segundos se encuentran en las mismas condiciones y se lanzan, al paliativo de la procreación y producción como forma de vida, y así sucesivamente, de manera que el reemplazo generacional queda garantizado. Conforme los humanos van sabiendo qué hacer con sus vidas, el instinto de parir disminuirá, la natalidad bajará. Luego el día en que todos los hombres sean dueños de su existencia y vivan para sí mismos en lugar de para otros, se acabará el problema de la superpoblación. 

Se podría contar una fábula como la antecedente, y sin embargo no se darían con las claves de la producción de hombres en el mundo. En los países del Tercer Mundo se engendran hijos como conejos, en los del Primero no. Y esto no es porque los tercermundistas no sepan para qué ni cómo vivir y los primermundistas sí. Esto se debe a que bajo condiciones precarias de existencia se estimulan las ganas de vivir y producir vida, mientras que en la confortable y segura vida occidental la fuerza de la naturaleza disminuye. No hay más que ver a la selva amazónica destrozar el pavimento de una autopista y comparar esa fuerza con las briznas de yerba seca de los parques de las ciudades de Occidente. Por tanto, la disminución de la natalidad occidental no surge de la emancipación humana, sino de su sujeción esclava del trabajo. 

El capitalismo se enfrenta al problema de que los hijos no salgan rentables en una sociedad en la que la rentabilidad es el único criterio de actuación. Lo quiere solucionar con una importación de mano de obra esclava y barata, pero al mismo tiempo quiere que esa importación sea controlada, de acuerdo con las necesidades del mercado. De ahí el gran problema de la inmigración, que no es que quite puestos de trabajo (falacia de Le Pen), sino que crea una nueva clase social, la de los esclavos, que unidos bajo algún Espartaco, podrían dar problemas al Imperio y a los pocos que dominan sobre muchos. 

A los bárbaros se los quiere fuera, no dentro del Imperio exigiendo tierra y libertad. Dentro, unos pocos esclavos son controlables, pero su aumento hace temblar a los pocos que dominan toda la riqueza y que ya tienen adiestrados a sus ciudadanos en el respeto de la desigualdad, es decir, de la propiedad privada. 

La máquina de producir hijos es algo ambigua. Se niega a los ciudadanos la libertad de adopción (lo que equivale ha hacer de un esclavo, ciudadano con todos sus derechos), la adopción debe ser controlada, al igual que la inmigración. Se fomenta el naturalismo y la familia clásica patriarcal, los hijos deben ser biológicos, nos consideramos tan estupendos que tenemos que pasarle todas nuestras taras a un nuevo ser que las perpetúe por el mundo. Mientras nuestro tarado se deprime (pues la depresión es el lujo burgués del siglo XXI), millones de niños enérgicos y con ganas de vivir se preparan para el sacrificio: la muerte por hambre. Todo encaja en el Capitalismo, donde la Familia, el Estado (patria) y la Religión, son el modo de control, de la máquina de producir hijos. 

El nihilismo crece decía Heidegger para señalar lo que el poeta Hölderlin expresaba más bellamente: El desierto crece. El embrutecimiento va en aumento y lleva un paradójico paralelismo con el desarrollo tecnológico, a medida que las maquinarias del mundo desarrollado se vuelven más y más complejas el ser humano que las construye se torna cada vez más y más simple. Hoy mis amigos que terminan la carrera de Matemáticas se encuentran sin trabajo, excepto en el terreno de la informática, donde trabajan como programadores de una pequeña parte de un inmenso programa del que no conocen su integridad. Desde luego el aumento vertiginoso de las necesidades más superfluas para el consumo masivo les hace trabajar horas extras en su minucia de subprograma para poder comprar infinidad de cosas que no necesitan. Ello les lleva a ir olvidándose de las Matemáticas y olvidar por completo la literatura, el arte, la poesía, la biología, la historia, la música, el deporte, que ya tenían bastante olvidados desde que se habían especializado en matemáticas, hasta que al final, habiendo olvidado incluso los rudimentos de su propia disciplina en la medida en que no estuvieran relacionados con su subprograma informático, terminan convertidos en expertos zafios, en profundos conocedores de la realización de subprogramas informáticos y perfectos lerdos humanos. Si tenemos en cuenta que esto es lo que le sucede a quien culmina una carrera podremos imaginarnos cual es el destino del jovencito que apenas ha llegado hasta la FP de grado medio para pasar a dedicar su vida entera, desde la juventud a la jubilación, a la soldadura de piezas para motores; empleando el poco tiempo libre que le reste en consumir fútbol, MacDonals, televisión, alcohol y periódicos deportivos, tras reponer fuerzas para producir al día siguiente. 

La formación política y humana de los ciudadanos no es necesaria en unas sociedades gobernadas por la demagogia del espectáculo y la hipocresía. Cuando un futbolista, una cantante o un presentador de televisión son los personajes más emblemáticos de una sociedad en la que los grandes poetas, ignorados por la mayoría, acaban tirándose por la ventana. Cuando las declaraciones de principios meramente formales se esgrimen como coartadas de los hechos más viles e inconfesables. Cuando los seres humanos son mercancía homogeneizada, los ideales de la ilustración mueven a risa a los jóvenes, o a sonrisas cínicas y estúpidas de incomprensión absoluta, pero mejor si se sonríe, porque de lo contrario se corre el riesgo de volverse un hipócrita o de ser muy obtuso. Libertad, Igualdad y Fraternidad, hay que ser ingenuo o hipócrita para seguir sosteniendo que esos son los pilares de nuestra sociedad Occidental. Los políticos demagógicos de la sociedad de masas lo hacen a diario. Pero los jovencitos que son todavía sinceros consigo mismos saben que el dinero es el único pilar de la sociedad occidental y todo lo demás les parece, con razón, un rollo intragable. Entonces podríamos pasar a decir que los principios de la ilustración no son nuestros pilares sino nuestros ideales a alcanzar, pero de nuevo la realidad (los jóvenes viven todavía en la realidad aunque sea espantosa) les desmiente a los interpelados semejante aserción con rotundidad. La Realidad se les aparece todos los días durante unas cuatro horas a través de la televisión, porque hoy por hoy toda la realidad es la imagen. Sólo el telediario se dedica en ocasiones a proclamar bien  los pilares o bien los  ideales programáticos de la ilustración, pero ellos no ven el telediario ni leen el periódico. Hacen bien, porque para observar como el ministro de economía responsabiliza del paro a la inflación, en lugar de a los empresarios y a sí mismo, ya que para él es tanto como decir que la culpa del paro la tiene la ley de la gravedad, porque considera que la economía es una ley de la naturaleza en lugar de una convención humana, sobran los telediarios, ya que de tal falacia está ya convencida la gran mayoría de la opinión pública. El paro es una calamidad natural, como el trabajo esclavo, un accidente, algo que sucede porque sí, fortuito, azaroso, pero al mismo tiempo tan rígido e inexorable como una ley de la física, determinado por una férrea ley de causalidad. No importa que sea contradictorio, al contrario, mejor que así sea, no vayan a aprender las huestes un poco de lógica, no sea que les vaya a dar por pensar y descubran que el paro no es una calamidad sino una necesidad del sistema de relaciones económicas arbitrario y convencional en el que vivimos, que produce cuantiosos beneficios a los que además de muchas otras propiedades poseen en propiedad incluso las condiciones del trabajo en general y los medios de difusión de la ideología dominante (el sistema de creencias generadas por el propio sistema económico en cuanto que posee mecanismos de retroalimentación). De manera que el paro es a la vez fortuito y necesario, un azar y una ley. Si se acepta que la responsabilidad es de la inflación se está aceptando como ley natural todo el sistema económico vigente, y lo cierto es que sí que se siguen ciertas regularidades en la economía vigente, como se seguirían de cualquier otra economía alternativa, pero el detalle es que las leyes de la economía no son leyes de la naturaleza como la gravitación universal sino convenciones humanas que se podrían modificar, pero cuya modificación no interesa a las clases dominantes. 

El economista liberal del capitalismo contemporáneo encuentra que el gozo y admiración del sabio ante la regularidad del movimiento de las estrellas y los planetas o frente a las leyes de la naturaleza que rigen el orden del universo, lo posee todo ser humano ante las estructuras que rigen la producción de la riqueza. Con esta peregrina idea se introduce la falacia de considerar que las leyes coyunturales que rigen la economía son eternas e inmutables como las leyes permanentes que rigen los movimientos de los planetas. Incluso personajes como George Soros, el firme seguidor de la filosofía de Karl Popper, con la que se familiarizó mientras era estudiante en la London School of Economics, antes de trasladarse, en 1956, a los Estados Unidos, donde acumuló una gran fortuna a través de un fondo de inversiones internacional fundado y gestionado por él mismo; opina que la economía no es una ciencia al no estar regida por leyes necesarias, como la física. «Existe la creencia generalizada de que los asuntos económicos están sometidos a irresistibles leyes naturales comparables a las leyes de la física. Esta creencia es falsa. Y lo que es más importante, las decisiones y las estructuras que se basan en esta creencia son desestabilizadoras económicamente y peligrosas desde el punto de vista político[31]». 

Lo de la «condena» o reprobación moral no es más que una pantalla con la que se compra la buena conciencia. Condenar o pedir perdón como han hecho el Papa por la Inquisición no quiere decir nada, nada significa y, además, son palabras huecas y vanas, mientras no vayan refrendadas por las medidas y los cambios que supriman las causas de tales hechos e impidan su repetición. Cuando hay un terremoto nos limitamos a decir «¡qué pena, pobrecillos!», y podemos llegar a deplorar y condenar las acciones de la naturaleza; pero es que las acciones de la naturaleza no dependen de nosotros, excepto fenómenos derivados del cambio climático, como inundaciones o tifones, provocado por el deterioro del ecosistema planetario a causa de los emponzoñamientos del entorno por empresas polucionantes y ritmos de vida envenedadores. El caso del calentamiento de la tierra o del agujero de ozono son obra del ser humano más «civilizado». Sin embargo podemos decir que de los terremotos o de las órbitas de los planetas no tenemos la culpa y no somos responsables, observarlos sin poder hacer nada y deplorarlos o condenarlos. ¡Lo voy a hacer! ¡Condeno y deploro profundamente las órbitas de los planetas! Ya está, ¡qué bueno soy! De paso voy a condenar también el racismo, la violencia domestica, los altos beneficios de bancos y multinacionales y la caza de ballenas. Pero resulta que si bien las órbitas de los planetas son como son y en nada depende de mí que continúen su curso o se modifiquen no es lo mismo para todos los demás hechos mencionados. Los acontecimientos sociales, históricos y políticos no sólo dependen de mí y de todos los demás hombres, sino que yo y los demás hombres somos sus constructores, somos quienes hacemos la historia. No basta con que yo condene el racismo si luego no le doy un trabajo a un negro y escupo a una gitana. No basta con condenar el mundo capitalista si luego exploto a los demás y mi único aliciente en esta vida es la de comprarme un coche tras otro. Resulta al revés, España es un país racista porque los españoles somos racistas, desde 1421 cuando expulsamos a los judíos, hasta la actualidad, donde sólo se usan niños rubios y de ojos azules para anunciar pañales por la televisión. España es un país capitalista porque somos consumistas y estamos dispuestos a vendernos en el mercado de trabajo cuantas horas hagan falta a cambio de comprarnos nuestro teléfono portátil. 

La famosa intervención estatal se reduce al  plegamiento de la demagogia política a las necesidades de la economía vigente. El Estado interviene para forzar que se bajen los tipos de interés, interviene conforme a las reglas del mercado capitalista y pocas veces triunfa si por voluntad ciudadana llega a querer otras reglas, cuando el Estado se vuelve portavoz real de los ciudadanos e intenta el cambio de reglas, como en el Chile de Salvador Allende, casualmente se produce un golpe de Estado y una etapa dictatorial que dura hasta que se normaliza la demagogia capitalista. Medidas como la supresión del interés que al fin y al cabo no es más que lo que antes se denominaba usura y la nacionalización de la banca, ¿realmente una mayoría de los ciudadanos estaría en contra? No lo creo, pero desde luego nunca habrá un referéndum sobre la cuestión. ¿Por qué no se suprime el interés y se nacionaliza la banca, como se hizo en Irán tras la revolución islámica? (-¿Sería acaso una opción integrista?-). Las opciones de cambiar las reglas del juego son implanteables por los creyentes fanáticos en las reglas vigentes, ya neoliberales, ya socialdemócratas, la socialdemocracia capitalista Occidental es la Verdad y cualquier alternativa no puede ser sino fascismo. Curioso integrismo el de la sociedad abierta para la que todo lo que no sea ella misma es enemigo del bien y de la verdad.

 


 

[1] «The Term, Struggle for Existence, used in a large sense. I should premise that I use this term in a large and metaphorical sense including dependence of one being on another, and including (which is more important) not only the life of the individual, but success in leaving progeny. Two canine animals, in a time of dearth, may be truly said to struggle with each other which shall get food and live. But a plant on the edge of a desert is said to struggle for life against the drought, though more properly it should be said to be dependent on the moisture. A plant which annually produces a thousand seeds, of which only one on an average comes to maturiry, may be more truly said to struggle with the plants of the same and other kinds which already clothe the ground. The misletoe is dependent on the apple and a few other trees, but can only in a far-fetched sense be said to struggle with these trees, for, if too many of these parasites grow on the same tree, it languishes and dies. But several seedling misletoes, growing close together on the same branch, may more truly be said to struggle with each other. As the misletoe is disseminated by birds, its existence depends on them; and it may metaphorically be said to struggle with other fruit-bearing plants, in tempting the birds to devour and thus disseminate its seeds. In these several senses, which pass into each other, I use for convenience´sake the general term of Struggle for Existence». Charles DARWIN, The Origin of Species. By Means of Natural Selection or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life. Chapter III: Struggle for Existence. The Term, Struggle for Existence, used in a large sense. Studio Editions, England 1994, p.50.

[2] Revista Mundo Científico nº181, julio/agosto 1997. Etología: «El origen de la moral» por Philip KITCHER, págs.608-611.

[3] Cfr. KROPOTKIN El apoyo mutuo. (Un factor de la evolución). Ediciones Madre Tierra. Madrid 1989.

[4] Mundo Científico, op.cit.pág.609.

[5] Ibidem

[6] Ibid.pág.610.

[7] «Slave-making instinct. This remarkable instinc was the first discovered in the Formica (Polyerges) rufescens by Pierre Huber, a better observer even than his celebrated father. This ant is absolutely dependent on its slaves; without their aid, the species would certainly become extinct in a single year. The males and fertile females do not work of any kind, and the workers or sterile females, though most energetic and courageous in capturing slaves, do no other work. They are incapable of making their own nests, or of feeding their own larvae. When the old nest is found inconvenient, and they have to migrate, it is the slaves which determine the migration, and actually carry their masters in their jaws. So utterly helpless are the masters, than when Huber shut up thirty of them without a slave, but with plenty of the food which they like best, and with their own larvae and pupae to stimulate them to work, they did nothing; they could not even feed themselves, and many perished of hunger. Huber then introduced a single slave (F.fusca), and she instantly set to work, fed and saved the survivors; made some cells and tended the larvae, and put all to rights. What can be more extraordinary than these well-ascertained facts? If we had not known of any other slave-making ant, it would have been hopeless to speculate how so wonderful an instinct could have been perfected». Charles DARWIN, Op cit. Chapter VIII: Instinct. Special Instincts. Slave-making instinct. Studio Editions, England 1994, p.216.

[8]  DARWIN El Origen de las Especies, Cap.VIII: El Instinto: Intinto esclavista. Citamos la traducción de Joandomènec Ros del resumen de RICHARD E.LEAKEY. Ediciones del Serbal, Barcelona 1983, pág.171.

[9] Pierre VILAR Historia de España. Editorial Crítica-Grijalbo, Barcelona (1ª edición española 1978) 12ª edición, 1981. Traducción: Manuel Tuñon de Lara y Jesús Suso Soria.

[10] Ibid. Prólogo, (Paris 1978), pág.9.

[11] Ibid. Cap.III, pág.44.

[12] La tesis de la heredabilidad de los caracteres adquiridos por los progenitores ya se discutía en la antigüedad clásica greco-latina. Una refutación de la idea de que heredamos las cualidades y capacidades de nuestros padres puede verse ya en el Protágoras de PLATÓN: «De este modo, Sócrates, yo te he contado un mito y te he expuesto un razonamiento acerca de cómo la excelencia es enseñable y los atenienses así lo creen, y de cómo no es nada extraño que de buenos padres nazcan hijos mediocres, y de padres mediocres, excelentes» (Prot.328c). Sin embargo, en la República, el filósofo engañará en el supuesto sorteo para los matrimonios emparejando a su discreción a los ciudadanos. La mentira necesaria respecto al matrimonio y la procreación (Rep.459c-460a), con la cual los gobernantes ocultarán a los ciudadanos su programa de eugenesia, se vincula con la religión que, también en cuanto mentira necesaria (Rep.463d) cumple su función social, consistente en el encubrimiento de la eugenesia planificada por los gobernantes (Rep.460e-461a).

[13] R.C.LEWONTIN, S.ROSE, L.J.KAMIN No está en los genes: crítica del racismo biológico. Editorial Grijalbo-Mondadori, Barcelona 1996. Cfr.Capítulo 1: La Nueva Derecha y el Viejo Determinismo Biológico. (1ªedición inglesa 1984).

[14]  R.C.LEWONTIN, S.ROSE, L.J.KAMIN, op.cit.pág.30.

[15]  ZOLA, J’Accuse. Avec un postface de Michel Polac. Ed.Mille et une Nuits. Janvier, 1994.

[16] El cómo la reivindicación étnica en nuestros días se ha tornado en programa de las izquierdas postcomunistas se explica por el monopolio de la igualdad política ejercido por los otros grupos políticos, que aceptan el capitalismo como un hecho natural incontrovertible.

[17] R.C.LEWONTIN, S.ROSE, L.J.KAMIN, op.cit. cap.2, pág.37.

[18]  R.C.LEWONTIN et alii, op.cit. cap.2, pág.38-39.

[19]  Hay traducción castellana: (Émile ZOLA Yo acuso. La verdad en marcha. Editorial Prensa Ibérica. Barcelona 1998).

[20]  ZOLA, Op.cit.p.10: «Mon devoir est de parler, je ne veux pas être complice».

[21]  Jürgen HABERMAS Ensayos Políticos. Ediciones Península. Barcelona 1988, cap.VII: «El lastre del pasado», 1. «La liberación del pasado», p.230.

[22]  ZOLA, Op.cit.p.24: «Ah! tout ce qui s’est agité là de démence et de sottise, des imaginations folles, des pratiques de basse police, de moeurs d’inquisition et de tyrannie, le bon plaisir de quelques galonnés mettant leurs bottes sur la nation, lui rentrant dans la gorge son cri de vérité et de justice, sous le prétexte menteur et sacrilège de la raison d’État!».

[23] Ibidem: «Et c’est un crime encore que de s’être appuyé sur la presse immonde».

[24] Ibidem: «C’est un crime d’égarer l’opinion, d’utiliser pour une besogne de mort cette opinion qu’on a pervertie jusqu’à la faire délirer».

[25] Ibidem: «C’est un crime d’empoisonner les petits et les humbles, d’exaspérer les passions de réaction et d’intolérance, en s’abritant derrière l’odieux antisémitisme, dont la grande France libérale des droits de l’homme mourra, si elle n’en est pas guérie. C’est un crime que d’exploiter le patriotisme pour des oeuvres de haine».

[26] ZOLA, Op.cit.p.26: «La vérité est en marche et rien ne l’arrêtera».

[27] Cfr.op.cit.p.28.

[28]  ZOLA, Op.cit.p.28: «En portant ces accusations, je n’ignore pas que je me mets sous le coup des articles 30 et 31 de la loi sur la presse du 29 juillet 1881, qui punit les délits de diffamation. Et c’est volontairement que je m’expose».

[29] Ibidem: «Je n’ai qu’une passion, celle de la lumière, au nom de l’humanité qui a tant souffert et qui a droit au bonheur».

[30]  A. CAMUS Discours de Suède. Paris. Gallimard 1997, p.18-19.

[31] George SOROS La Crisis del Capitalismo Global. (La sociedad abierta en peligro). Editorial Debate. Madrid 1998. Cap.2: «Una crítica de la economía», pág.61.

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