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DIÁLOGO: SOBRE EL PROGRESO

 

Simón Royo y Luis Fernández-Castañeda

 

Dramatis personae: Luciano, Salomón, Verganza, Risto, Sócrates

 

Reunidos una serie de amigos durante un día lluvioso y gris, en convivial encuentro, emulando la vieja costumbre de reunirse a dialogar, he aquí lo que tras el preámbulo de los saludos y las cortesías entre sí se dijeron, que registramos fielmente por escrito, palabra por palabra, a fin de que pueda dirimirse quién o quiénes tuvieran más razón y estuviesen en lo acertado, pues todos ellos eran gentes harto razonadoras y leídas, por lo que no pudiera presuponerse de ninguno de ellos que no hubiesen meditado y deliberado las posiciones que respecto a un mismo tema tenían adoptadas. Todos estaban dispuestos a aprender de los demás, pero todos ellos no estaban dispuestos a cambiar de parecer tan pronto como oyesen una palabra contraria, sino que a lo largo de sus encuentros y conversaciones, tenidas con regularidad, pensaban que podían mejorar y modificar sus respectivas concepciones del mundo. Pero dado el tema que de repente se suscitó y que recogemos desde su inicio, tal esperanza en la mejora de la humanidad a través de la conversación quedaba expuesta y problematizada por el diálogo mismo que mantuvieron.

 

 

Luciano. Ha desaparecido hoy la discusión sobre el progreso. El término ‘progreso’ ni siquiera figura y, cuando lo hace, tiene la misma connotación que ese ‘moderno’ que se puso en los portales antiguos cuando cambiaron la numeración de la calle: algo viejo. Lo moderno es algo viejo. Oxímoron. ¿Por qué ya no interesa el progreso, que entusiasmaba a Condorcet y a Victor Hugo y desesperaba a Blanqui? ¿Crece el desierto? 

Salomón. Creo que la respuesta está muy clara. En el siglo XVIII y parte del XIX se tuvieron muchas esperanzas en relación con las máquinas. El desarrollo científico había permitido un desarrollo tecnológico sin precedentes que iba a emancipar a todos los hombres de las necesidades impuestas por la naturaleza. Ese era el correlato material de la posibilidad de llevar a cabo el proyecto ilustrado de la libertad, la igualdad y la fraternidad. El evolucionismo de Darwin fue interpretado como una secuencia de desarrollo desde lo simple a lo complejo y aunque incluyese las mutaciones al azar la recepción de su teoría les pareció a todos que justificaba la colonización como proyecto civilizador de la humanidad. Los conquistadores de América en el XVI llevaban el cristianismo como vehículo civilizador, pero las potencias que se repartieron el mundo en el XIX, merced también a su superioridad tecnológica, ya pretendían estar expandiendo el progreso.  

            Incluso a los socialistas decimonónicos les parecía que el trabajo en las fábricas de 16 horas al día se solucionaría con la socialización de los medios de producción y creían en el progreso optimista e ilustrado. Marx, en su materialismo histórico, ofrecía una serie de estadios progresivos o fases de progreso que llevaría de la barbarie y la prehistoria a la civilización. Un camino de progresivo ascenso, superación y mejora se trazaría desde el hombre preneolítico de hace apenas 10.000 años hasta el humanista universal del Renacimiento, el hombre ilustrado del XVIII, el hombre nuevo del socialismo o el ultrahombre de Nietzsche. Ya Platón señaló el modelo o paradigma de ciudad ideal, tanto en República como en Leyes, al que debería tender asintóticamente la humanidad. 

            Después de la I y II Guerras Mundiales, en las que, como indicaba Jünger, se produce el canto de cisne de la épica, cuando la guerra es, según éste, ”un enfrentamiento entre máquinas que manejan hombres como material de deshecho”. Recuérdese que Jünger, caballero militar de moral premoderna, fue herido 14 veces en la I Guerra Mundial, pero en la II Guerra Mundial se limitó a ver, kantianamente, el sublime espectáculo del bombardeo de París desde la azotea de su hotel. Después de Auschwitz, cuando la culta Alemania de Goethe y de Hegel, de Beethoven y de Mozart, se consagra a un proceso de exterminio en nombre del progreso inédito en la historia de la humanidad y sólo posible gracias a los trenes y la tecnología del moderno Estado prusiano; después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki lanzadas no por ningún ayatolá de Irán, al que se invadirá acusándole de tenencia de armas de destrucción masiva, sino por el gobierno de los “civilizados” y modernísimos Estados Unidos de América, el optimismo ilustrado se desvanece y se vuelve insostenible. Desde entonces, ya no interesa el progreso, no puede interesar. Se ha convertido en una superstición vacía, en una de esas creencias que laten como ideologemas incuestionados en el fondo de la sociedad pero que no pueden ya ser sostenidos debido al conocimiento de los efectos perversos de sus idealistas contenidos.

            Se empieza entonces a revisar toda la historia pasada a la luz de los citados acontecimientos y la antropología descubre con horror que ha servido al colonialismo y al imperialismo. Se descubre el genocidio del rey Leopoldo en el Congo, que asesinó a unos ocho millones de congoleños durante su macabro mandato colonial. Los llamados pueblos sin historia iban desapareciendo a medida que los jesuitas los iban cristianizando o que los antropólogos los iban estudiando. La ciencia asesinaba su objeto de estudio por el mero hecho de ponerlo en observación y por la influencia por contagio de una especie de peste o contaminación miasmática que portaría Occidente. 

            Martin Heidegger recoge la aseveración de Nietzsche de que “Dios ha muerto” y señala que “los dioses han huido”, señalando con ello las pérdidas debidas al progreso en detrimento de las ganancias. Se recupera del Romanmticismo una nostalgia por lo desaparecido o arrumbado por la Historia. Benjamin señala que el Ángel de la Historia en lugar de progreso es y ha sido destrucción ciega. “La ciencia barbariza” dijo Nietzsche y Heidegger reescribe: “la ciencia no piensa”. La técnica, empero, no es un reflejo del humanismo, no depende del hombre, sino que es, heideggerianamente, un “destino” de la errancia del ser a lo largo de la historia de la Metafísica. La consumación de la modernidad, la globalización técnica a escala planetaria, se define entonces como nihilismo. “El desierto crece”. 

            El diagnóstico influye en toda la filosofía contemporánea, que entra en una deriva pesimista, apocalíptica. La revolución del 68 se lleva a cabo contra un sistema o una estructura de habitabilidad que se considera insoportable, cultura de la que los grandes filósofos de finales del XX beben en su juventud. Su diagnóstico de madurez será que no se ha alcanzado la democracia y la libertad sino un nuevo totalitarismo de masas.

            La caída de los países del Este señala la indeseabilidad de la burocratización de la existencia, de la civilización como organización biopolítica (Agamben) de un parque humano globalizado y educado por los medios de comunicación (Sloterdijk) a través de simulacros (Baudrillard) y virtualidades aceleradas por sociedades de estrés permanente tendentes al consumo compulsivo.

            Surge una especie de anarquismo de fondo en la llamada postmodernidad que rechaza tanto el Estado como el Mercado en nombre de la “libertad”. Confundiéndose a veces con el liberalismo y el neoliberalismo, entiende todo esfuerzo por organizar políticamente la sociedad humana como un esfuerzo de dominación y sujeción de las masas. Foucault y Deleuze ya habían tematizado el paso a una “sociedad disciplinaria” y a unas “sociedades de control”, respectivamente. 

            El proyecto de la Ilustración, la política, la modernidad, está acabada. Han desaparecido las ideologías y sólo se solicita de la administración una gestión tecnocrática eficaz, votándose cada cuatro años a los preseleccionados miembros de un bipartidismo, unos Janos bifrontes cada vez más parecidos. 

            La sociedad Occidental o tiene mala conciencia o se torna hobbesiana e imperialista, indicando que los griegos tuvieron esclavos y que hay que invadir Irak si queremos echar gasolina a nuestro coche. Desde un ala del espectro político se nos insta a no tener escrúpulos pues, al fin y al cabo, lo triunfante es lo más apto, lo que por voluntad de poder se eleva sobre los cuerpos putrefactos de los vencidos y, además, lo real. La otra ala del espectro político mantiene la necesidad de tener buena conciencia y apela a los derechos humanos, a las reparaciones históricas, a la alianza de civilizaciones. Pero no puede menos que aceptar unos principios tecnoeconómicos comunes a los que no se puede votar ni decir “sí o no”, porque o se aceptan o mueres. 

            La derecha hegeliana (Fukuyama) obtiene entonces la victoria en el campo de batalla, “todo lo real es racional, todo lo racional es real”. La realidad de la globalización del capitalismo postfordista supone el Fin de la Historia. 

            Empieza el tiempo de la postpolítica y de la postmodernidad.  

            Se creía en el fin de la historia, pero unos residuos que no han tenido el “progreso” de la “secularización”, que no saben de la muerte de Dios, muestran de pronto resistencias. El Islam es entonces detectado como terrorismo restante, remanente prehistórico en el fin de la historia. Es el momento del choque de civilizaciones. Otro remanente o residuo prehistórico es la Naturaleza, que acusa el altísimo nivel de desertización y explotación de los últimos 50 años, con el cambio climático y los problemas de la ecología. Lo humano entronizado tiene a la naturaleza y a los dioses por defectos a erradicar.

            ¿Cómo va hoy en día alguien a entusiasmarse con el progreso como lo hiciera Condorcet? ¿Qué discurso podría devolver hoy a Occidente su entusiasmo por la idea de mejorar a la humanidad a través del progreso de las ciencias y las artes, de la mejora de las instituciones y de la liberación de las necesidades a través de los adelantos de la técnica? Todavía los esposos Pierre y Madame Curie pensaban que hacían un gran bien a la humanidad al descubrir la inagotable energía de las sustancias radioctivas, se declaraban positivistas, comtianos, no tenían a la vista los horrores de la bomba atómica.

Luciano. La técnica siempre ha avanzado a su ritmo, pero los hombres, irremediablemente egocéntricos, creían que era cosa suya y lo llamaban progreso. Y lo creían por soberbia y para engañarse a sí mismos y hacer de esto un mundo habitable, según sus ideas de un mundo habitable. Pero cuando, poco a poco, la técnica ha ido mostrando su verdadero rostro, también se ha ido apagando poco a poco el entusiasmo por el progreso. El hombre no dirige la nave. Por fin lo ha entendido. Del mismo modo que la intención de decir algo se pierde irremediablemente en el acto de decirlo, el progreso soñado por la Ilustración se pierde irremediablemente en el acto de llevarlo a cabo. El progreso de las ciencias y de las artes marcha por derroteros no previstos que nada tienen que ver con las intenciones iniciales. 

            Ahora bien, lejos de identificarnos con la situación actual, y lejos también -pero menos- de rebelarnos ciegamente ante ella, urge hacer balance de lo perdido y urge profundizar en aquellas intenciones iniciales. Ya Hegel, en el Prólogo a la Fenomenología, observaba que la medida de todo lo que ha perdido hoy el espíritu la da lo poco con lo que se contenta. Desde muchos lugares hay quejas sobre el déficit de entusiasmo que invade a Occidente, la falta de cualquier proyecto capaz de movilizar energías. Lo terrible sería encontrar un nuevo discurso y acabar como siempre. 

            Por otra parte, se sigue considerando a la técnica ‘neutral’, y me parece increíble. ¿Por qué se dice que la técnica es neutral y que todo depende del uso que hagamos de ella? Por otra parte, ¿quiénes son los sujetos? ¿Dónde hay alguien verdaderamente?

Verganza. ¡Qué cosas dicen hoy los filósofos contemporáneos! Ese empedernido lector de Platón que era Rousseau ya las dijo en su Discurso sobre las ciencias y las artes en plena Ilustración, que la humanidad no había progresado moralmente y que sólo se había envilecido. ¡El buen salvaje en progresiva degradación! Lo mismo dice Platón en Leyes, que los hombres simples de las primeras agrupaciones humanas son más buenos, veraces y generosos que los hombres de las ciudades crecidas con el tiempo, pero a continuación se contradice a sí mismo al declarar que sin leyes seríamos como animales feroces. La analogía con la niñez está servida, la infancia sería la edad de la pureza y la inocencia, que progresivamente se irían perdiendo junto con el pensamiento mágico y el crecimiento racional. De ahí hasta ese Heidegger que aprecia la racionalidad occidental como un error, como un progresivo desencantamiento del mundo, un lugar del que los dioses han huido para dejarnos en el nihilismo de un pensamiento geométrico-abstracto que anima como ciencia a la técnica de Terminator. Aquí entramos en la ciencia ficción, un Frankestein obra humana pero que ya caminaría solo sería ahora dueño de los destinos de los hombres. Desde las novelas de robots de Asimov hasta una serie actual de Manga que se llama Ghost in the Shell y de la que han hecho dos películas animadas, la ciencia ficción resulta ser el género literario inventado a partir de los miedos al progreso. La leyenda cabalístico-judía del Golem, germen del miedo individual al autómata, se fusiona con el miedo colectivo al Leviatán.

            Todo eso lo han dicho a menudo los intelectuales pero en ningún tiempo, ni en la Ilustración ni ahora, el pueblo, que es sabio, les ha creído. En España, por ejemplo, la población decimonónica y de buena parte del siglo XX era mayoritariamente agraria y analfabeta. ¿Vamos a convencer a los nietos de un jornalero de que se vivía mejor en tiempos de su abuelo? Sin ir más lejos, en una sola generación España se ha convertido, de un país pobre recién salido de una dictadura, en un país rico, europeo y democrático. Cuando se habla con alguien de los países en vías de desarrollo ¿qué es lo que dice que quiere? Pues lo que tienen ya los europeos. Un cierto nivel material de vida. Pudiera decirse que un cierto nivel material de vida no equivale a un cierto nivel espiritual de vida, Rousseau ya indica que no hay correspondencia entre el progreso técnico y un progreso moral, pero la humanidad es sabia al hacer como los individuos, primum vivere, deinde philosophare; primero se dedica a la consecución de una vida material y cuando se haya globalizado, y se haya globalizado el progreso, podrá consagrarse a alcanzar la perfección moral, la salvación del alma y la sabiduría plena. Ya le dice Babieca a Rocinante eso de “¡metafísico estáis!” a lo que responde el jamelgo: “¡es que no como!”.

            ¿Acaso es un mal y un envilecimiento el progreso de la medicina que ha permitido erradicar del planeta enfermedades como el virus de la viruela? ¿Acaso no es un avance la minimización de la mortalidad infantil y el alargamiento de la longevidad humana? ¿Acaso el disponer de productos de todas las partes del mundo sin escasez gracias al progreso de las comunicaciones y del comercio es un mal? Ahora vivimos en Occidente en un sistema democrático parlamentario con elecciones, separación de poderes y un Estado de derecho, esto es, un régimen con garantías jurídicas de la inviolabilidad y la seguridad de las personas. ¿Acaso la Declaración de los derechos humanos no es un progreso? ¿Añoramos un estadio de salvajismo idealizado? ¿Tenemos nostalgia de las tinieblas de la Edad Media? ¿Es acaso mejor viajar en burro que desplazarse en coche, en tren o en avión? ¿Echamos de menos la peste, la tortura o las hogueras de la Inquisición? Pues todo eso va de la mano de la religión y la espiritualidad, que a menudo se camuflan en la filosofía. ¿No tenemos todos los occidentales agua potable en las casas, calefacción por si hace frío y aire acondicionado por si hace calor? ¿No disponemos de luz eléctrica, de nevera para conservar los alimentos y de lavadora para no tener que ir a frotar al río? ¿No hay más libros que nunca a partir de la invención de la imprenta? ¿No es el número de científicos y estudiosos, de artistas y de servicios públicos más amplio que nunca en la historia de la humanidad? ¿No podemos ir al médico si estamos enfermos y disponemos de hospitales para atender nuestras dolencias graves? 

            En el mundo de hoy, en los países que no tienen la tecnología y los recursos humanos necesarios, se muere la gente por la insalubridad del agua, que no está potabilizada. En el mundo de hoy unos cuarenta millones de personas se quedan ciegas por no tener acceso a una simple operación de cataratas que a todo anciano le hace gratis en nuestros países la seguridad social. ¿De verdad puede negarse el progreso y pretender que esas cosas de las que acabo de hablar no son bienes que haya que extender a la humanidad entera?

             Estaba a punto de contestar Luciano, cuando se le adelantó impetuosamente el más joven de los contertulios.

Risto. Pero amigo Verganza, ¿de verdad crees que todo eso sale gratis? La idea de que la humanidad no ha progresado moralmente y sólo se ha envilecido es la vieja canción que nos remonta a Hesíodo y su idea de la decadencia de las razas, por no hablar de Homero. Una vieja idea quizá elitista, propia en todo caso de las generaciones viejas ante las nuevas. Hay ya una tablilla sumeria en la que se dice que a dónde vamos a llegar hoy con las jóvenes generaciones, para las que nada es sagrado. Podemos datar la degeneración en el neolítico, si queremos. ¡Volvamos, pues, a las cavernas! Por cierto, algo de esto debía pasar por el magín de Platón cuando escribió el mito de la caverna. Pero en él se trata de salir, nada de quedarse ahí dentro.

            Los hombres de esas primeras agrupaciones humanas eran más tontorrones, más ingenuos. Si quieres despertar el espíritu, tienes que ir a la ciudad. La ciudad la temen los del pueblo. ¿Por qué? Porque allí les pueden tomar el pelo a los provincianos. Porque les falta refinamiento. Porque se lo creen todo. ¿Hay que hablar por eso del nihilismo de la pólis? Lo más fácil es soñar con un retorno a la simplicidad primitiva, tragarse el anzuelo de esa ingenuidad bondadosa que, sin embargo, sólo está hecha de ignorancia y de falta de oportunidades, para que se muestre lo que cada uno lleva dentro. En este sentido, los crímenes de pueblo son a menudo peores que los de ciudad, por su salvajismo inmisericorde. Claro, en un medio ingenuo y franco, cuando estalla algo, lo hace a lo bestia.

            Por otra parte, que el niño es puro e inocente es falso, hable usted con el doctor Freud, que los llamaba perversos polimorfos. O acuérdese usted de su clase en el colegio.

            En cuanto a ese ente llamado racionalidad occidental, ¿no es un producto fabricado por nosotros mismos y convertido en chivo expiatorio? ¿Pero qué es eso de la racionalidad occidental? Me suena a algo así como genética rusa (de infausto recuerdo) o matemáticas hawaianas. También me suena a las explicaciones que se dan de las crisis económicas... todas a posteriori. Siempre hay uno que salta diciendo “¡Yo ya lo sabía!” ¡Pero qué listo el tío ése! Y eso del desencantamiento del mundo me parece también algo demasiado romántico, algo propio de señoritos, de televidentes a los que les cortan la emisión de su teleserie favorita y se sienten desencantados. ¿Qué es la publicidad sino un encantamiento renovado? ¿Alguien piensa que la publicidad es sólo una estrategia comercial para vender, propia de la economía de mercado y/o del capitalismo rampante? La publicidad es la forma de pensamiento más afín a nuestro tiempo, pero he aquí que los filósofos no se fijan en ella, considerándola un subproducto de la explotación capitalista.

            ¿Desencantamiento del mundo? Te lo quitaré con una pregunta (parafraseando un conocido spot de coches): ¿te gusta conducir?

            El miedo hecho película, el miedo hecho producto de consumo, hecho diversión amable en una tarde aburrida, es un reencantamiento del mundo. Es una obra de arte. El miedo publicitado por Bush es el reflejo certero del político que ve en el 11-S una ocasión de oro para seguir contándoles a los niños cuentos. ¿No le pilló a Bush la noticia en un colegio, entre escolares, leyendo cuentos?

            Lo que al respecto dicen intelectuales y novelistas es lo preciso para continuar la ficción, para tener algo que escribir y de lo que vivir. El pueblo, que no tiene esas dotes, se conforma con sus modos de reencantar el mundo: fútbol, paellas, ferias, bailar, ir de romería, sacar a la Virgen... Claro que el pueblo no les ha creído, pero no por ser sabio, sino porque es tan canalla como los intelectuales y los novelistas y ha calado de qué pie cojean... del mismo que el suyo. Ser un canalla no está tan mal, impide tomarse las cosas muy en serio.

            (Y digo “canalla”, del italiano canaglia, la chusma de los perros, término cínico etimológicamente hablando).

            Te preguntas si vamos a convencer a los nietos de un jornalero que se vivía mejor en tiempos de su abuelo. ¿Vamos a convencer al abuelo de que deje su aire limpio, su naturaleza semisalvaje, sus sabrosos tomates, su pan recio, su vivir despacio, su convivencia con familiares de varias generaciones y sus relaciones sociales cara a cara, por una pensioncita en un pisito con un ordenador para chatear que casi no maneja y una cuidadora que va a verle de cuando en cuando, si tiene suerte, porque está más solo que la una?

            Dices que un cierto nivel material de vida no equivale a un cierto nivel espiritual de vida. Pues bien, no es cierto, todo lo contrario. En los botes salvavidas del Titanic los que estaban dentro daban remazos a los que intentaban subirse; olvidaron la moral porque habían perdido el nivel material de vida. Brecht opinaba lo mismo, y yo estoy de acuerdo. Son cosas que van juntas, aunque Rousseau y compañía no piensen así. En segundo lugar, la humanidad ni es sabia ni es tonta, porque “humanidad” es una construcción conceptual sumamente discutible, yo diría que evanescente. Por tanto, jamás podrá globalizarse o, lo que se globalice, no podrá llamarse humanidad. Pero todo esto ya lo sabes, y lo dices por picarme. Yo defiendo que el progreso material trae aparejado el progreso moral, sólo que cuando se habla de progreso, se suele imaginar una autopista que va a un sitio, y no. El progreso tiene muchas capas, muchos estratos, es algo que podíamos llamar orogénico. Tal tipo de progreso tienes, tal tipo de moral tienes. ¿Quién ha dicho que el progreso nos va a llevar a un buen sitio? Nos va a llevar a un sitio diferente. Escucha la siguiente noticia del futuro que he captado en el planeta XT-5000: “científicos de todo el planeta han conjeturado que los Homo sapiens, propios del planeta Tierra, pudieron extinguirse debido a que sus adelantos médicos impidieron la muerte de millones de personas, iniciándose una degeneración genética irrecuperable, dado que los supervivientes más ricos, dotados de tecnología genética capaz de corregir sus errores en el genoma, se quedaron sin sirvientes, de manera que su modo de vida acabó por desaparecer”.

            ¿Acaso no es un avance la minimización de la mortalidad infantil y el alargamiento de la longevidad humana?, te preguntas. Sí: así dispondremos de más niños-soldado y podremos alargar la edad de jubilación. Así pensará algún estadista.

            También afirmas que no es en absoluto un mal “disponer de productos de todas las partes del mundo sin escasez gracias al progreso de las comunicaciones y del comercio”. Depende de para quién y de para qué. No se puede determinar en absoluto qué es un mal. Para los que tienen poder adquisitivo, la disponibilidad de producto es algo fantástico. Para los que no lo tienen, tampoco está mal, porque así tienen algo con lo que soñar y por lo que trabajar. Pero para los que no necesitan tantos productos, es una dinámica perversa que complica el mundo inútilmente. 

            Afirmas al fin, Verganza, que “ahora vivimos en Occidente en un sistema democrático parlamentario con elecciones, separación de poderes y un Estado de derecho, esto es, un régimen con garantías jurídicas de la inviolabilidad y la seguridad de las personas”. Perdón, Verganza, pero habría que decir: ahora vivimos en Occidente en un sistema que nadie sabe en qué consiste, ni por dónde va a ir; de una complejidad tal que resulta inmanejable para los que piensan que vivimos en un sistema democrático, etc., tal y como se ha estado soñando. Es un sistema y  no es un sistema: por la interrelación de las partes y porque no se comprende su interrelación, porque tiene una dinámica predecible e impredecible, porque si se determina a sí mismo, nadie sabe dónde lo hace, y sospechamos que  ni siquiera es en el capital. El asunto no es denunciar que todo este sistema es una superchería, una añagaza o un engaño, y proponer el triunfo del Derecho, porque el Derecho anda también despistado. El asunto tampoco es no denunciarlo, evidentemente. Walter Benjamin pensaba que el asunto es despertar. Y como modelo, nos dejó la misteriosa Obra de los pasajes. Sinceramente, creo que deberíamos tener un par de nuevas intuiciones como las que tuvo Nietzsche a los 26 años -lo apolíneo y lo dionisíaco- que nos permitieran entender un poco lo que está pasando.

            Cuando pensamos en qué sea progreso, nos encontramos con que carecemos de un criterio objetivo de valoración. Se sale del apuro comparando aspectos. Así, la medicina ha progresado en múltiples terrenos respecto a la de hace doscientos años. El armamento militar, para qué decir. Pero ya en esta comparación surge una duda, y es la de considerar el avance técnico como progreso o, si se quiere, el progreso técnico como progreso moral. Y surge otra duda: hay cosas que se pierden. Esa relación que se establecía con el médico de la familia ha desaparecido, en favor de un procedimiento que casi habría que describir como de ganadería industrial. Podríamos multiplicar casos parecidos en pro y en contra hasta hartarnos, pero si queremos pensar el mundo en el que estamos, no podemos desembarazarnos de la cuestión. ¿El progreso técnico lleva aparejado el nihilismo? 

Salomón. Vamos a ver. No sé si le contestas a Verganza o a mí, o a ambos, porque Verganza es un abanderado del progreso mientras que yo puedo admitir como acertados los logros a los que nos remite, pero me parece que los costes son demasiado elevados, las pérdidas demasiado grandes, y que no deberíamos seguir por ese camino, sino corregirlo radicalmente, (si es que no empezar desde otro modo de pensar y existir distinto a los de antaño y al actual). Luego admito las virtudes del progreso técnico, pero insisto en que debe subordinarse al desarrollo moral e intelectual. 

            Como Risto, yo tampoco creo que nada salga gratis. El progreso tiene sus costos y sus pérdidas. Por eso mismo me parece que no se pueden descartar las tesis de la degeneración de la humanidad como la que metafóricamente señala Hesíodo en su Mito de las Edades, según el cual habría habido una Edad de Oro, una de Bronce y una de Hierro. Platón lo que hará es sacar del tiempo la tesis de Hesíodo y reformular el mito de las edades como Mito de los Hombres, diciendo que en todos los hombres hay oro, plata y bronce, siendo los mejores aquellos en los que predomina el oro y los peores en los que predomina el bronce. Pero como cree que mediante la educación buena, no la sofística de las grandes ciudades, se puede mejorar la parte de oro, admite la movilidad social en su República ideal. La Caverna no es un Mito de Progreso en el sentido de la salida del neolítico hasta la era industrial sino un mito de progreso moral e intelectual, de mejora en el conocimiento y en la virtud. Nada se dice en el mito de la caverna que remita a la Historia y su desarrollo tecnológico, quizás al contrario, si se tiene en cuenta que el fuego está en el interior de la caverna y es inferior al sol. Luego lo de intentar refutar la tesis del buen salvaje no es tan fácil. Esa era una tesis con la que yo, simplemente, quería señalar las pérdidas del progreso, aun considerándome como progresista y señalando luego sus logros en la pólis. Rechazarla en base a decir que preconizo la vuelta a las cavernas me parece una salida muy frecuente pero muy superficial y vulgar. Yo espero más nivel de este debate y si se critica la cima de la civilización que es la democracia moderna, como yo mismo hago en aras de su perfeccionamiento, que no me responda una feminista que entonces estoy a favor de la ablación de clítoris. No sé si me explico. Al hablar de cierta bondad originaria también se me dice que el paleto de pueblo no es bueno sino tonto. El sofista considera que quien es bueno es tonto, ingenuo, bobo, porque ya tiene decidido que el hombre es lobo para el hombre, niega que exista la ética, piensa que todo es voluntad de poder y que la justicia es la ley del más fuerte. Su posición proviene de un monismo del mal. ¿De veras crees, Risto, que el que puede y no roba, asesina, viola o engaña, no es bueno, sino tonto? 

            También Nietzsche, que en determinados momentos cayó en la doctrina pesimista de la omnipresencia del mal y la inexistencia del bien, mantuvo su tesis de que todo es voluntad de poder, pero diciendo que hay una evolución que lleva de camello a león y de león a niño, culminando en la simplicidad del niño como un objetivo del progreso intelectual que alcanzaría, como superhombre, al creador de valores. Risto parece mantener un pesimismo antropológico, el hombre es malo y el inocente es tonto, y luego, contestando a Verganza, relativiza los males según para quién y de qué lugar, aludiendo me parece a algún fragmento de Heráclito. 

            El que Freud, que dividía el progreso de la cultura en animismo, politeísmo, teísmo y ciencia, determinase aquello de que los niños eran Sacher-Masoch y Sade en su pristinidad, es otro pesimismo antropológico; una cosa que he oído muchas veces pero de la que te agradecería la referencia bibliográfica porque no la he leído nunca en Freud (y he leído un poquito su obra, diría que el 80% de su producción); eso de los “perversos polimorfos”, no es sino una postura inversa a la que yo defiendo, la postura que no reconoce ninguna pérdida en el progreso. Por eso Freud determina que en el principio, en el origen, las tribus aborígenes eran despiadados salvajes asesinos, “la horda promiscua”, desde su puritanismo victoriano de la Viena de 1900. ¡Horda promiscua! ¿Y por qué no el amor libre? Además, me parece obvio que Freud, con su pansexualismo, retrasa el origen de la sexualidad, que en el fondo considera algo pecaminoso (de ahí lo de perversos polimorfos), hasta el momento del nacimiento. ¿Y por qué no más atrás? ¿Por qué no decir que en el útero materno el bebé está siendo “penetrado” por un cordón umbilical, cosa que disfruta y, por tanto, ya es un perverso polimorfo? Creo que Freud ha pasado a la historia como alguien que rompió muchos tabúes con respecto al sexo de su época, pero sin dejar de erigir muchos tótems en su nombre. Uno de ellos es eso de que los niños son malos porque ya están inmersos en el sexo. Como Freud cree de forma burdamente materialista que el sexo es anterior al amor, y que lo amoroso no es sino desviación de la sexualidad y sublimación de sus objetivos coartados en su fin, acierta con la adolescencia y la pubertad, pero desbarra con lo que va de 0 a 3 años, periodo previo al de la clase en el colegio en la que los niños empiezan a probar los límites de las crueldades que pueden realizar con los demás de su misma condición. Creo que no es lícito proyectar sobre la infancia de la humanidad o de la individualidad los traumas adultos y lo considerado como perversiones desde la atalaya de la supuesta razón desarrollada. 

            Siguiendo con lo dicho por Risto, en primer lugar diré que no, no me gusta conducir y que no tengo coche. Otros adelantos tecnológicos me parecen más necesarios y loables. Quizás no me expresé bien antes, pero cuando yo digo “racionalidad occidental” o Verganza alude irónicamente a mi crítica de ese vocablo, no remito a algo así como a la matemática negra o sioux del relativismo postmoderno; yo soy universalista y creo que hay una “racionalidad universal”, la misma para todos, que se expresa tanto en las Mil y una noches como en un libro de Álgebra o en la Filosofía de Kant, pero al decir “racionalidad occidental”, a lo que me refiero también es a lo que toda la Escuela de Frankfurt denominó “racionalidad instrumental”, caracterizada por una abstracción conceptual vacía de contenidos concretos y de una aplicabilidad y efectividad exclusivamente técnica como correlato en la praxis mediada por una maquinística producción y consumo.

            Sobre lo del miedo y la publicidad me reservo para otro momento responder, ya que no considero ni lo primero como fuente de la ciencia ficción que anuncia peligros posibles, ni lo segundo como equivalente al encantamiento del mundo; una cosa es encantamiento y otra inoculación ideológica de la compulsión a comprar.  

            A continuación y siempre contestando a Risto, me parece incoherente con su pesimismo antropológico su consideración del pueblo como zoquetes, para luego acusarnos a los demás, curiosamente, de elitismo intelectual Y todo ello por pretender que un aborigen de una tribu brasileña o un niño de dos años pueden ser “mejores” que los más egregios de los civilizados. Por eso insisto en diferenciar entre progreso material y progreso espiritual, resaltando que no es lo mismo, porque de no hacerse así se confunden constantemente uno y otro. ¿Al declarar que el pueblo zoquete-masa se pasa el tiempo viendo el fútbol se está reseñando que su lamentable y mísera condición es moral e intelectual? Pero si son canallas y el intelectual cínico también, entonces ¿dónde está su pecado? No son sabios, pero son tan canallas como los sabios, luego está mal y está bien al mismo tiempo que el pueblo sea necio. ¿No hueles a contradicción en tales afirmaciones? Cuando me sumo a Verganza cuando dice que el pueblo en el fondo es sabio, sigo, claro, coherentemente, lo argumentado con respecto a los niños y los aborígenes. ¿No estás de mi parte cuando hablas del abuelo del pueblo frente al abandonado de la gran ciudad? Cuando se habla de la superación de la dureza de la vida agraria de la España del XIX, no por ello se justifica que los abuelos mueran en un asilo de la ciudad en vez de en su casa de siempre del pueblo, rodeados de sus nietos. Insisto en que defiendo el progreso pero condeno sus costes y abogo por reflexionar y corregir esas consecuencias perversas del desarrollo occidental. 

            En fin, yo es a estas cuestiones a las que quería contestar o sobre las que no he podido impedir el manifestarme. A lo demás, como estoy de acuerdo con Risto, que conteste Verganza.

Risto: Lo de “perversos polimorfos”, Salomón, lo dice Freud en su famosa obra Tres ensayos para una teoría sexual, de 1905, que por lo visto debe encontrarse entre ese veinte por ciento que parece que no has leído.

Verganza: Me temo que es cierto, Salomón.

Salomón: ¡Está bien! Me habré equivocado al afirmar que tal cosa no estuviese en Freud. Sin duda estará en esa obra que citas, que es de las pocas que no he leído. Como veis soy capaz de reconocer si me equivoco y rectificar al errar. ¿Será eso un progreso? Pero, en fin, le toca a Verganza.

 Verganza: Vale. Pero no seré breve. En primer lugar decir que, efectivamente, mi defensa es del progreso, de ahí que cuando hablé con anterioridad, lo que dije al principio era una crítica irónica a las ideas absurdas de gente como Salomón, los defensores de los salvajes y de la pobreza, de la miseria y de la escasez. No me parece bien que se me llame “cínico” por considerar que un cierto nivel material de vida no corresponde o equivale a un cierto nivel espiritual de existencia. Precisamente esa es una concesión a los rousseaunianos que hago en aras de que comiencen a trabajar y, como indicase Hegel, mediante su inclusión en el trabajo, en la economía y en la política, dejen sus míseras y pueblerinas situaciones moviéndose hacia la realidad de la Historia. Considerar que la abundacia de bienes es preferible a la escasez (no para mí, de forma egoísta, sino para la sociedad, el mundo, la Historia) es un principio universal tan claro que no sé cómo Risto tiene la desfachatez de pretender relativizarlo con su está bien para quien lo puede comprar, regular para quien puede soñar con comprarlo y mal para los sabios a los que no les interesa el asunto. Pero los sabios comen, digo yo, como todo el mundo, y puesto que no he hablado de política económica, esto es, de cómo se distribuyen los bienes materiales y los productos de la tierra, sin determinar ese punto, no creo que se pueda tan fácilmente como ha pretendido Risto rechazar mi afirmación de que la abundancia de bienes en el mundo es un bien para el mundo y la escasez es un mal. Lo de sacar a colación el Titanic (también podrías haber sacado el ejemplo manido de Primo Levi en Auschwitz), situación en la que en los hombres, llenos de pánico y horror, aflora lo más elemental del ser humano, su fondo prehistórico y violento, asesino y salvaje, en nada rousseauniano (como quisiera, por el contrario, Salomón), desapareciendo toda ética que se supone estaba pegada a la solapa de sus elegantes trajes ahora convertidos en harapos, por mucho que lo sugiera Brecht, es un punto que no me parece cierto. En condiciones extremas, efectivamente, es donde se muestra con más definición lo que en condiciones normales es más tenue, que los héroes siguen siendo héroes y los cobardes siguen siendo cobardes. En situaciones como un campo de concentración, los mejores mueren antes, pero eso no quiere decir que no haya mejores. La índole de una persona se muestra plenamente en sus reacciones ante situaciones extremas. 

            Por otra parte Risto se niega a aceptar que haya progreso en la Humanidad como en un organismo colectivo análogo a uno individual, pero entonces que me explique todas las Filosofías de la Historia habidas hasta la fecha, sobre todo la de Hegel, ese camino iniciático y gnóstico que el Espíritu realiza a través de la Historia hasta conocerse a sí mismo y tornarse absoluto. Por medio del trabajo y a través de las instituciones políticas es como lo colectivo puede llegar a desarrollar el en sí y para sí de cada momento, progresando la Historia. No es refugiado en el desierto, como ermitaño, ni escondido en una biblioteca, o con los amigos en comunidad hedonista, que puedes contribuir a la mejora del mundo. Nosotros nos reunimos aquí y hablamos en comunidad inoperante como hobby o diversión. No estamos transformando el mundo. Sólo en la medida en que se tenga representación política y económica, se puede formar parte del mundo y hacer algo real en pro de su mejora y transformación. Y es más probable que los ahora pobres puedan formar parte del mundo si hay abundancia que si hay escasez. Has de entregarte al mundo y alcanzar con ello la poca felicidad que puede alcanzar un ser humano, en lugar de, como las conciencias desventuradas, criticarlo todo pero no hacer nada. 

            Yo no creo que el verdadero progreso lleve aparejado ningún nihilismo, como Salomón parece asegurar y Risto pregunta, eso de progreso nihilista es un oxímoron, una contradicción en los términos. Si algo es nihilista no es progreso, y si algo es progreso no es nihilismo. Claro que eso depende de cómo definamos progreso, concepto difícil de atrapar. En lugar de preguntarnos ¿es el armamento un progreso?, poniendo un ejemplo con una cosa que claramente no es progreso aunque la posibilidad de su realización conlleve desarrollo tecno-científico, habría que preguntarse “¿qué es el progreso?” y, luego, ver si las cosas encajan o no en la definición. Pero para ello, todo depende de si debemos distinguir entre progreso técnico y progreso moral e intelectual (si es que no espiritual). Esto es lo que vengo diciendo desde hace tiempo. Una cosa es mejorar en tecnología (lo cual, como en el caso de las armas, puede ser inmoral o considerarse como “malo”), y otra cosa es mejorar en calidad técnica de vida (luz, agua, bienes y servicios), lo cual, siendo algo técnico, me parece sin embargo “bueno”. Otra posibilidad es dictaminar que los desarrollos científicos y técnicos son amorales y que cuando Sócrates decía que virtud es conocimiento o que sólo se hace mal por ignorancia se refería al alma al que se refieren las religiones y no a la razón a la que se refieren las ciencias. Sea cual sea la respuesta preferible entre las anteriores, mi tesis es que el progreso técnico que lleva aparejado un aumento de la calidad de vida material de los hombres es previo a cualquier otro, aunque sólo sea porque si estás sucio y muriendo de hambre, no es que no tengas acceso a mejorar éticamente, es que no puedes tener ética porque no puedes siquiera vivir. Una condición sine qua non de la mejora intelectual, moral o espiritual individual y colectiva es que las condiciones materiales sean de una corrección básica y adecuada para todo el mundo. ¿Puedo considerar mi primero comer y luego filosofar como algo que aceptarán mis interlocutores? 

 

La propuesta fue, desde luego, admitida por unanimidad, siquiera sea por la apretura del momento, que los estómagos comenzaban a dar señales de existir y a todos pareció bien rendirles tributo en alguno de los mesones de la brumosa ciudad. Sin embargo, no fue pequeño su sobresalto cuando, a la vuelta de una esquina, vieron venir a su encuentro a quien menos esperaban ver en todos los días de su vida, y puede que de la otra: el inefable Sócrates. Porque de él se trataba, no había duda posible: el mismo paso rápido, gesto ausente, mirada de águila, rostro cetrino y feo que inmediatamente recordaba a cierto busto del Vaticano... Emergió de la neblina dejada por la lluvia como un fantasma que acabase de alcanzar un cuerpo.

 

Risto. La hemos jodido. Ahora viene Sócrates y se acabó el diálogo: sí, sí, en efecto, cómo podría ser de otra manera...

Salomón. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Qué suerte tenemos!

Luciano. Hay algunas cosillas que quisiera preguntarle...

Verganza. Ya está aquí, muchachos. Contención, educación. No vayáis a espantarlo.

Sócrates. ¡Buenos días, amigos iberos!

Luciano. Buenos días te sean dados, Sócrates, amigo, ¿cómo tú por aquí? ¿No te enorgullecías de permanecer siempre en Atenas?

Sócrates. Así era, pero oí que algo se filosofaba también por las Hespérides, y decidí emprender un nuevo periplo para ver si esta cabeza mía aún estaba en condiciones de aprender.

Verganza. No creo que sea de nosotros, pero en todo caso sé bienvenido y, como es evidente, estás en tu casa, o más bien nosotros en la tuya, que es tu palabra.

Risto. Íbamos a comer, Sócrates, ¿te animas?

Sócrates. Con mucho gusto, aunque no sé si estos dracmas servirán aquí...

Salomón. Oh, no te preocupes, considérate un invitado de honor.

Risto. Sobre todo si te estiras y nos pasas esos pavos áticos que deben valer hoy un fortunón. Yo propongo que, al final, nos vayamos haciendo un sinpa.

Sócrates. ¿Qué? No domino del todo vuestra lengua bárbara y no he entendido bien lo que ha dicho.

Salomón. Disculpa a este joven impetuoso y acompáñanos a ese mesón que, aunque no muy elegante, será suficiente.

Sócrates. La filosofía se practica en todo lugar y yo no estuve en casas tan ricas como la de Calias... Pero quisiera saber, para no andar desaventajado, cuál era el tema de vuestra disputa. Algo importante debe ser cuando me ha sacado del Hades.

Verganza. No dudo, Sócrates, que Salomón haría un excelente resumen de nuestras pesquisas, pero para no cansarte ni cansarme, te lo resumiré en dos palabras: hablábamos del progreso.

Sócrates. Curioso término bárbaro.

 

Y Sócrates calló. Habían llegado al mesón, abandonando el ágora o plaza, donde se apropiaron más bien expeditivamente de una mesa redonda junto a una ventana. Pidieron viandas variadas y buen vino para trasegarlas, y se miraron unos a otros. A todo esto, Sócrates se estaba sin decir palabra. Todos pensaban que alguno debía romper el hielo, pero ninguno se atrevía. Entonces Sócrates se les adelantó con la esperada y temida pregunta:

 

Sócrates. Y bien, amigos iberos, ¿qué es, pues, eso del progreso?

Risto. (Dirigiéndose a Verganza) ¡La jodimos! ¡Ya te decía yo que iba a empezar por ahí!

 

Luciano, sin hacer caso a las jocosas interjecciones de Risto, se dispuso a contestar:

 

Luciano. Llamamos progreso, Sócrates, a la mejora en la vida del género humano por obra de las artes y las ciencias.

Sócrates. Así pues, habrá que considerar que los peces, las aves y los caballos no progresan, dado que no poseen artes ni ciencias.

Luciano. En efecto.

Sócrates. ¿Y habrá que considerar, por tanto, que su vida podría ser mejor si cultivaran artes y ciencias?

Risto. Pues claro, Sócrates.

Sócrates. Entonces, ¿los caballos que supieran trigonometría o practicaran la pintura vivirían mejor que los que no lo hicieran ni cultivaran ninguna otra ciencia o arte? 

Luciano. Querido Sócrates, si los caballos pudieran entender la trigonometría, serían racionales, y por tanto les convendría una vida de seres racionales. No podrían ser felices limitándose a comer heno, sino que las ciencias contribuirían positivamente a mejorar su vida, por cuanto que serían parte y expresión de su ser racional. Ahora bien, si no pudieran entender de trigonometría ni de ciencia o arte alguna, tampoco las necesitarían para estar a su gusto.

Sócrates. Pero entonces, ¿esos equinos sabios vivirían mejor o peor que éstos?

Risto. Ni mejor ni peor.

Sócrates. Esto no puede ser, amigo ibero, porque al definir progreso quedó establecido que las artes y las ciencias mejoran la vida, de modo que sin duda vivirán mejor los equinos sabios que los silvestres.

Luciano. Pero un caballo que no vive vida de caballo, por ser racional, no se puede considerar que viva mejor que su pariente silvestre, sino que vive otra vida que no se puede comparar con ésta.

Sócrates. En tal caso, ¿cómo pretender que las artes y las ciencias mejoran la vida, si no podemos comparar los modos de vida para ver cuál es mejor?

Salomón: En la novela Los viajes de Gulliver aparecen unos caballos que son mejores que los hombres.

Sócrates: No conozco ese mito, ¿estará comentado en algún escrito de Jenófanes, como cuando decía que si los caballos tuviesen dioses éstos habrían de tener la forma de caballo?

Verganza. Sócrates, no puede ser comentado por Jenófanes porque es de un logógrafo posterior. Para mí es evidente que las ciencias mejoran la vida. Piensa en la medicina, por ejemplo. ¿No representa Hipócrates un progreso, un amejoramiento de la vida humana?

Sócrates. No olvides que mis últimas palabras fueron para asegurarme de que se le había presentado como ofrenda un gallo a Asclepio. Sin embargo, ¿qué entendemos por mejorar la vida humana? ¿Alargar la vida es mejorarla?

Risto. Alargar la vida no es mejorarla, es simplemente alargar la vida, Sócrates. En muchos casos será bueno, en otros malo, depende.

Sócrates. ¿Pero qué es, iberos, mejorar la vida humana? ¿Fue beneficioso o nocivo para los mortales el robo de Prometeo?

Verganza. Fue bueno, como bueno es el calor en el invierno, el vino en las fiestas, el pan en las comidas, la música, la medicina...

Sócrates. Pero ¿no surgieron así también los incendios devoradores de hombres, la embriaguez, la envidia por el pan ajeno, y demás género de calamidades?

Salomón. Entonces, Sócrates, ¿no hay progreso?

Sócrates. A lo que parece, y a lo que advierto, sí que lo hay, pero en la misma medida parece haber calamidad. Heráclito decía que el camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo. ¿Será esta nuestra situación?

Verganza. Tu discípulo Platón no lo creyó en absoluto.

Luciano. Su posición es compleja, pero podemos considerar que inaugura uno de los dos grandes mitos que han surcado, Sócrates, nuestra historia. Uno es el relato del lento pero imparable avance del espíritu humano a lo largo del tiempo; otro es el de su progresiva degradación. Ambos relatos han sufrido severos contragolpes. El primero ha tenido que frenar en seco ante nuestra historia, pues se ha visto que en muchos momentos y circunstancias la humanidad ha pendido de un hilo, y nada está asegurado. El segundo también ha experimentado un frenazo, dado que si lo que llevan diciendo los agoreros del apocalipsis desde los albores de la civilización se hubiera cumplido, ciertamente ya no estaríamos aquí para discutirlo.

Sócrates. No me resultan nada extraños esos relatos, iberos.

Risto. ¿Pero cómo? ¿Tú también estás de vuelta de esto?

Sócrates. Cuando dirijo la vista hacia vosotros con los ojos del alma y considero lo que estáis discutiendo, me parece que no hubiéramos avanzado nada desde los tiempos de Pericles, y me hacéis dudar de mi misma mayeútica. Porque, os pregunto, dado que contáis relatos muy parecidos a los que yo escuchaba en Atenas hace tanto tiempo, ¿cómo pensáis que esto es posible? ¿No creéis que, dado que seguís discutiendo lo que ya se discutía entonces, el progreso no es ninguna evidencia?

Luciano. Quizá sea útil distinguir entre progreso técnico y progreso moral. Nadie negará el progreso técnico, Sócrates; tú mismo lo puedes apreciar porque veo que no apartas la vista de estos pequeños aparatos que se llaman teléfonos móviles. Sin embargo, el progreso moral no es tan fácil de constatar. Normalmente se suele decir que los hombres han avanzado mucho técnicamente, pero muy poco moralmente.

Sócrates. Querido amigo, si el progreso es la contribución de artes y ciencias a mejorar la vida humana, tal como tú mismo lo definiste, la expresión “progreso moral” carece de sentido, a no ser que consideres la ética un arte o una ciencia, lo cual creo estarás lejos de sostener. Nosotros en Grecia sí que pensábamos unidos lo bello, lo bueno y lo verdadero, pero ese obviamente no es vuestro caso, ya que como yo, sois feos, pero a diferencia de mí sois sabios. Quizá pienses llegado el momento de redefinir tu definición de progreso, empresa en la que todos estamos dispuestos a ayudarte. ¿Podríamos considerar, por ejemplo, que “progreso moral” significa que los hombres de hoy son mejores, aunque sea sólo un poco, que los de hace unos siglos?

Salomón. Quizá sea así, aunque yo dudo mucho de que los hombres de hoy sean mejores que los de antaño.

Luciano. Yo pienso que incluso son peores.

Sócrates. Pero, si fueran un poco mejores, ¿admitís que a eso se le puede llamar “progreso moral”?

Risto. Sí, desde luego.

Sócrates. Y si esos hombres fueran un poco mejores, ¿acaso no notarían cierta diferencia con los de hace siglos, o, siendo mejores, serían incapaces de darse cuenta de la diferencia con sus ancestros?

Verganza. Lo primero sin duda alguna, Sócrates.

Sócrates. Y vosotros, ¿a qué grupo pertenecéis de los que hemos señalado? ¿Notáis alguna diferencia al respecto? Pero si estáis discutiendo el tema, es que no sabéis qué pensar sobre ello, y sólo por eso ya habéis contestado a la pregunta. No notáis diferencia porque no habéis mejorado moralmente respecto a vuestros antecesores.

Verganza. Pero Sócrates, quizá lo que de cada uno de nosotros no sea cierto, lo sea del conjunto. Me parece que los hombres de hoy están más concienciados sobre los estragos de la guerra, los totalitarismos y el cuidado de la tierra, por ejemplo, que los de hace cien años. Cada gota de mar es blanca, pero todas juntas tienen un color azulado.

Luciano. Justamente, ese color es pura apariencia, como quizá el progreso moral de los hombres de hoy respecto a sus antepasados.

Salomón. ¿Hemos de desechar, pues, toda posibilidad de un avance moral?

Sócrates. Si así fuera, ¿qué hacemos aquí? El progreso moral no se puede establecer comparándonos con las generaciones presentes, pasadas o futuras. La virtud no se deja comparar. Cuando se pregunta si ha habido un progreso moral, se está presuponiendo falsamente que puede haber comparación. Frente a esto hay que decir que la pregunta está mal planteada. Es como preguntarse si había buenos hoplitas en la Troya de Homero. ¡Cómo iba a ser, si la reforma hoplita es muy posterior! Desde luego, nos podemos situar en el lugar del dios y preguntárnoslo, pero esa es una situación impropia de un mortal. Quien se hace esa pregunta, aparentemente tan ingenua y bienintencionada, se está colocando en el lugar del dios, y eso es impiedad.

Luciano. ¿No son tus palabras una invitación a no hacer nada?

Sócrates. ¡Todo lo contrario! Es respetar el misterio de las acciones de los otros, en el pasado, en el presente y en el futuro, en lugar de encarrilarlas rápidamente en las guías de pensamientos trillados que nos proporcionan una imagen cómoda y portátil del acontecer.

Risto. Vale, Ok, Sócrates. Te cargaste lo del progreso moral como comparación histórica, aunque admitas la posibilidad de que avancemos moralmente.

Sócrates. Así es.

Verganza. Sin embargo, yo veo en tus palabras una negativa a pensar la historia y a considerar el avance del espíritu, la reflexión del espíritu sobre su propia historia.

Sócrates. Y yo veo en tus palabras la herencia judeocristiana, por lo que he podido averiguar en el abigarrado Hades que ellos llaman Purgatorio. ¿No será todo esto cuestión de fe?

Luciano. Kafka escribió que la creencia en el progreso es, precisamente en cuanto que creencia, una fe.

Verganza. El progreso no es ninguna cuestión de fe, no es nada irracional, sino que se explica perfectamente de acuerdo con los avances de la racionalidad. Progreso es el paso del mito al lógos, de la magia y la religión a la ciencia, de la astrología y la alquimia a la astronomía y a la química. El progreso no es algo que nos tenga que producir satisfacción o felicidad, tampoco necesariamente moralidad, sino que consiste en la aproximación racional a la verdad. Puede que nos guste más la leyenda del rapto de Helena de Troya como origen de la guerra que nos cuenta la epopeya de Homero, pero la verdad es que los troyanos cobraban impuestos muy elevados a los griegos por atravesar con sus barcos el estrecho de los Dardanelos, lo que constituye la causa real e histórica de la guerra. La verdad racional no es tan bonita ni edificante como las mentiras mítico-poéticas, pero el mundo verdadero que se descubre mediante la razón y un sistema de conceptos y metodologías científicas no tiene que estar hecho a la medida de nuestros gustos, anhelos y deseos. 

            Por otra parte, debo decir que la aparición de este Sócrates me resulta sospechosa. En primer lugar está muerto y, o creemos en las apariciones de fantasmas, o alguien está cenando de gorra a nuestra costa. ¿Cómo va a poder dialogar con nosotros quien sostenía que virtud es conocimiento, que sólo se hace mal por ignorancia, o que nadie actúa mal voluntariamente? Sócrates todavía no ha separado la verdad, la ética y la belleza, como nos ha confesado; se separa parcialmente del mito pero, como Platón, insiste en considerar que lo verdadero, lo bueno y lo bello son una y la misma cosa. Pero nosotros hemos pasado por Kant y separamos lo teórico, lo práctico y lo relativo al juicio estético, por mucho que postulemos una desconocida raíz común. 

            El personaje de los diálogos de Platón, algunos textos de Jenofonte y una comedia de Aristófanes no tendría más Historia que la del legado poético-religioso de la Grecia clásica, y sus ideas de avance o retroceso de la humanidad en su conjunto estarían limitadas a una concepción que no sería todavía ni siquiera la de Tucídides, sino la que mezcla lo histórico y lo mítico, como hacía primeramente Heródoto. ¿O acaso un fantasma del pasado habría de tener la conciencia de toda la Historia acontecida desde su defunción? ¿Has vuelto, Sócrates, del mundo inteligible y habiendo olvidado lo que allí viste, pero manteniendo tu nombre y conocimientos en vida? ¿Vuelve tu alma a reencarnarse en la tierra, como sugiere la soteriología de tu discípulo Platón? ¿O acaso has transmigrado en una metempsícosis que en tu caso se haya saltado el beber del Leteo y recuerdas toda la Historia de la humanidad? En este último caso serías más bien el fantasma de Hegel, dado que el susodicho ya en vida parece como si comprendiese en su Sistema todo lo sucedido desde el principio hasta el final de la Historia  por la mera deducción de los episodios del Espíritu. 

            En fin, yo no creo en la inmortalidad del alma, y menos en la reencarnación, aunque una prueba que se suele aducir del poco o nulo progreso racional de aquello que llamamos historia de la humanidad es la gran cantidad de gente que hoy cree en la astrología, los espíritus, los fantasmas, el tarot y un abigarrado sincretismo de Orientalismo y Nueva Era, ideologías que se parecen a las mezcolanzas helenísticas. No obstante, que el progreso racional no se perciba en la multitud de los ignorantes, no quiere decir que no haya existido. 

            De todas formas, no me creo que este señor sea Sócrates, me parece un impostor, un personaje inventado o un gorrón que se está atiborrando de patatas y de vino a nuestra costa.

Sócrates. (Con la boca llena). Te preguntas, amigo, si soy hombre, fantasma o demiurgo glotón, pero para poder contestar a esa cuestión tendrías que poder responder al menos a una previa y prioritaria: ¿qué es el hombre? 

Verganza. El hombre es un ente biológico capaz de razón. 

Sócrates. ¿Y el perro no es un ente biológico capaz de razón, como diría Luciano? 

Salomón. ¡Ni hablar! ¡No contestes, Verganza! A tu respuesta seguirán otras mil preguntas hasta que te haga caer en una aporía y te demuestre que no sabes de lo que hablas. Con Sócrates nunca se rebasa el nivel de la opinión y siempre se tiene que seguir buscando. No permitamos el desviarnos del tema y tratemos de seguir pensando en el progreso o en la idea de progreso. ¿Te parece, Sócrates que sigamos con la pregunta de qué es el progreso? Verganza ya ha procurado contestar, a su manera racionalista a ultranza, indicando que el progreso es el avance de la ciencia y de la racionalidad, que le parecen indudables. ¿Admites tú, Verganza, a este Sócrates como interlocutor, sin poner más en cuestión su verdadera identidad? Todo esto os lo digo en aras de poder proseguir con lo que hablábamos, porque algo debo volver a decir sobre el desencantamiento del mundo y sobre los motivos de que no considere la ciencia como el paradigma del progreso de la humanidad. 

Sócrates. A mí me parece bien preguntaros por esa palabra tan rara, “progreso”, sobre la que me habláis desde hace rato y con la que os encontré debatiéndoos, pero sólo seguiré aquí sentado bajo dos condiciones: la primera es que se pida a los esclavos que traigan más elixir de Dionisos y un poco más de viandas de Zeus. ¿O acaso no habíais convenido que no se podía pensar sin haber primero satisfecho las necesidades corporales? La segunda condición es que ese señor no me cuestione, ni me insulte llamándome gorrón, pues ya solicité como pena alternativa a la de muerte la manutención en el pritaneo y, además, es mucho más valioso lo que yo tengo que ofrecer que lo que pudiera darme un rico y hermoso Alcibíades cualquiera. Porque yo sí que creo en la inmortalidad del alma y en que ésta, la psyché, es más valiosa que el cuerpo y la materia. 

Salomón. Entonces estarás de acuerdo conmigo en que el materialismo y el llamado progreso científico no es tan progreso como afirma Verganza. 

Sócrates. ¡Ojalá estuviese aquí mi amigo, el buen sofista en rebajas, Pródico de Ceos, experto en el arte de la sinonimia! Porque cuando digo que lo importante es el alma y que es algo divino e inmortal, estoy siempre hablando del alma racional y no de la apetitiva ni de la fogosa, luego dedicarse de por vida al aprendizaje y a la ciencia es lo que yo digo que debe hacerse. Respecto a que eso sea o conlleve un algo de mejora colectiva como la que algunos llamáis progreso, ya lo dudo yo mucho. El hombre que da la mayor importancia a su alma sobre todas las cosas tiene el deber de buscar la verdad y por medio del conocimiento alcanzar la virtud y hacerse mejor, pero que yo señale ese deber de llegar a ser sabio no quiere decir que piense que los individuos o los colectivos hayan avanzado algo en ese punto. Yo no he encontrado nunca un sabio, sino muchos que parecen serlo sin serlo, y por mi parte, aunque el oráculo de Delfos me dijo que era yo el hombre más sabio de Grecia, lo que puedo decir es que no sé nada y que en nada he progresado aún. Después de dos mil quinientos años dialogando en el Hades con Homero y con Empédocles, junto a otros ilustres, sigo de aporía en aporía, intentando encontrar alguna definición unitaria y universal de virtud, pues ser mejor y conocer es para mí lo mismo, y si tuviéramos ciencia, habríamos de tener también, junto a la verdad, el bien. Me temo que por mucho que mi discípulo Platón, el más callado y tonto pero el que más apuntes tomaba, por mucho que Platón, digo, hubiese pergeñado a partir de los grados de iniciación de los misterios órficos y pitagóricos un programa de estudios exotéricos para su Academia, incitando a todo Occidente a la fundación de enseñanzas encaminadas a mejorar desde la ignorancia de la opinión hasta el saber de la ciencia, nada se ha logrado en ese camino, y se sigue en la opinión, por más que parezca otra cosa. Por lo que respecta a la posibilidad de mejoramiento individual, ya he dicho que la mantengo abierta, pero creo que eso acontece sólo a veces y por favor divino, como dije en el Menón, pero no porque nos lo hayamos conseguido garantizar mediante la ciencia u obra humana alguna. 

Verganza. Pero, sin ánimo de faltarte y admitiéndote como interlocutor, seas quien seas, ¿cómo conoces la doctrina de tu discípulo Platón? 

Sócrates. ¡Por Zeus! ¡Ya te lo he dicho! Porque he pasado los últimos dos mil quinientos años en el Hades entablando conversación con todas las sombras que allí llegaban. Incluso pude hablar con un danés, de apellido Kierkegaard, que insistía en procurar convencerme de que yo era una especie de santo de avanzadilla del cristianismo, siendo mi figura una representación de uno de los estadios de su curiosa idea de progreso moral-existencial, que ofrecía una triplicidad de estadios (estético, teológico y religioso) muy diferente e incluso opuesta a las ideas de estadios sucesivos de la humanidad que me contaron Augusto Comte, Freud o Hegel. Mi discípulo Platón hablaba de estadios gnoseológicos y parecía postular una mejora en el conocimiento que quizás tuviese un paralelismo en la polis, a lo que llamó justicia (diké); pero al mismo tiempo mantenía una concepción cíclica de la humanidad, según la cual ésta desparecía cada cierto tiempo por un cataclismo y volvía a empezar de nuevo una y otra vez. 

            Quizá por eso, después de conversar durante toda una vida con los habitantes de Atenas y durante dos mil quinientos años con todas las sombras del Hades, he vuelto a empezar desde el principio. Yo no sé qué es eso del progreso porque nada sé, pero quizás pudiera sumarme a vosotros en su búsqueda o, si lo habéis encontrado y sabéis ya qué es, confío en que me lo diréis y me haréis sabio a mí también, no dejándome en la ignorancia. Intentad cada uno de vosotros, si es que sabéis qué es el progreso, proporcionarme una definición del mismo, para que pueda preguntar a partir de ella, si es que no me convence y persuade de su verdad. 

Verganza. Yo ya he dado mi definición con anterioridad. Pues digo que progreso es el paso del mito al lógos, de la magia y la religión a la ciencia, de la astrología y la alquimia a la astronomía y a la química. En eso sigo al positivismo de Comte y su ley de los tres estadios, o el optimismo de Condorcet. El progreso es un aumento en el grado de racionalidad, tanto para el individuo como para los colectivos y para la humanidad en su conjunto. El evolucionismo también parece ofrecernos un modelo de idea de progreso entendida como desarrollo desde lo más simple hasta lo más complejo, desde la ameba hasta el hombre. La filogenia estaría recapitulada en la ontogenia. Los sociólogos y antropólogos evolucionistas también contemplan así el progreso, como desarrollo desde las sociedades neolíticas hasta las industriales, de las más simples a las más complejas. Todo ello está implicado a mi juicio en lo que llamo un aumento del grado de racionalidad. Por eso precisamente, porque me parece consistente y no una fe la idea de progreso, es que me provoca cierta desazón e incluso vergüenza cuando constato que no ya hombres vulgares o supersticiosos sino incluso pensadores eminentes, como Walter Benjamin, emplean palabras esotéricas, irracionales y acientíficas como la de “aura” para caracterizar una concepción de la realidad. Veo entonces negados siglos enteros de evolución y desarrollo del pensamiento racional, una vuelta al pensamiento mágico. 

Salomón. ¡Me toca a mí! Puesto que Auschwitz no es progreso y sin embargo constituye un aumento de la racionalidad (instrumental) y es consecuencia del mismo, yo no puedo considerar que la racionalidad, sin más, sea en sus gradaciones de más o menos, progreso, sino que considero progreso o mejora al desarrollo integral del ser humano tanto en las ciencias y las artes como en la ética o la estética. El nihilismo del que hablé antes está causado por el progreso en una sola área en detrimento de las demás, cuando habría de ser paralelo y conjunto en todos los órdenes. El hombre individual suele progresar sólo en un área, y las demás se hipertrofian o fosilizan, de modo que el gran atleta tiene un gran cuerpo pero muy mal espíritu, mientras que el estudioso puede tener una mente brillante, pero un cuerpo enfermizo. Esto es debido a la especialización progresiva de la civilización, que demanda una cada vez mayor división del trabajo. De igual forma, con respecto a lo colectivo en relación al progreso occidental, considero que ha sido del cuerpo y no del alma, aunque no puedo decir que en Oriente haya ocurrido lo contrario, pues no me parece que hayan mejorado mucho ni espiritual ni corporalmente.

            Respecto al evolucionismo, no me parece que si una bellota se convierte en árbol desplegándose de la potencia al acto, a aquello se lo deba llamar progreso, pues en nada mejora una bellota y un árbol con respecto a otros, a no ser que a ciertas mutaciones al azar que permitan mayormente la supervivencia se lo denomine progreso, pero tampoco creo que se deba llamar progreso a la mera supervivencia. ¿De un organismo que “mejora” con respecto al medio en el que se encuentra puede decirse que ha progresado? Y con respecto a lo último dicho por Verganza, el lenguaje ordinario -y no digamos el poético-literario- no puede formalizarse ni atenerse a un riguroso razonamiento analítico, es de espectro más amplio y la pretensión de cientificidad de todas las proposiciones constituye un reduccionismo, muchas veces útil a la hora de forjar modelos bajo los cuales lograr aplicaciones tecnológicas de los postulados científicos; pero esos modelos tienen serias limitaciones para generar explicaciones de muchas parcelas de la realidad humana. ¿Por qué no van a poder emplearse metáforas y símbolos a través del lenguaje para poder tratar de entender la realidad? 

Sócrates. Bien, voy a retener vuestras dos definiciones, por un lado la que dice que El progreso es un aumento en el grado de racionalidad, tanto para el individuo como para los colectivos y para la humanidad en su conjunto, y por otro, la que dice que progreso o mejora es el desarrollo integral del ser humano tanto en las ciencias y las artes como en la ética o la estética. No son inconmensurables, la primera definición es más restringida que la segunda. Pero antes de proseguir y que os contestéis entre vosotros, quisiera escuchar a los demás dialogantes, Luciano y Risto, por si ellos tuviesen a bien el proporcionarme por su parte sendas definiciones de la palabra “progreso”, a fin de que mi ignorancia se disipe y, de manera invertida, mayéuticamente generen en mi alma cognoscente la lucidez de la que mi docta ignorancia, cultivada durante más de dos mil años de conversaciones en el Hades, me priva.

Luciano. Algo del agua del Leteo te ha afectado, Sócrates, porque reclamas de mí lo que ya te dí, a saber, una deficinión de progreso. Dije que es la mejora en la vida del género humano por obra de las artes y las ciencias. Y entiendo por mejora en la vida del género humano tanto aspectos materiales como morales...

Risto (en voz baja a Salomón): Nosotros sí que no progresamos nada con este diálogo, estamos como al principio. Sócrates va  a pensar que somos tontos, o a sacar la fácil conclusión de que somos la demostración andante de que no hay progreso.

(Sigue Luciano) ... de modo que acepto las dos definiciones dadas previamente, tanto la de Verganza como la de Salomón, aunque pienso que esta última abarca más que la primera.

Sócrates. No obstante, examinemos la primera definición. Se dice que el progreso es un aumento en el grado de racionalidad. ¿Tiene grados la racionalidad? Si ha habido este progreso que defiende Verganza, ¿soy yo acaso menos racional que vosotros?

Risto (entrometiéndose de nuevo en la conversación, adelantándose a Verganza) ¡Desde luego que eres menos racional!

Luciano. No te apresures, Risto, en tus juicios, que el Maestro lleva mucho tiempo charlando en el Hades, y más sabe el diablo por viejo que por diablo. Algo parecido nos sucede a nosotros, Sócrates, que, quizá no especialmente talentosos, somos no obstante enanos a hombros de gigantes, como se suele decir. Y quizá en ese sentido podamos pensar que la racionalidad tiene grados, en cuanto que hay un proceso acumulativo de conocimiento en el que forzosamente se avanza, al menos por no repetir los errores de antaño. Kant lo señaló sobradamente en su época, preguntándose además por qué la metafísica no había emprendido aún el seguro camino de la ciencia. La ciencia pareció el modelo del conocimiento, en cuanto que construía poco a poco un edificio con aportaciones de muchos, mientras que en filosofía cada cual quita el ladrillo que ha puesto el otro para colocarlo en un lugar distinto, y así no hay manera de construir ningún edificio, ni siquiera de forma provisional.

Risto. Esto me recuerda al cuento de los tres cerditos. Patético a estas alturas, ¿no os parece?

Sócrates. De modo que habría un proceso acumulativo de conocimiento en lo que se llama ciencia, mientras que no parece haberlo en filosofía. Habría pues, actividades susceptibles de progreso, como la epistéme -perdón, ciencia-, y otras en las que esto no es posible, como la filosofía. ¿Podríais ponerme más ejemplos?

Risto. Pues claro: toma la música, por ejemplo. O la pintura. O el cine.

Sócrates. Pero Risto, no parece posible lo que dices. ¿Estás sugiriendo que un aprendiz de músico no tiene nada que aprender de su maestro?

Risto. Sí que tiene cosas que aprender, pero no forman un corpus acumulativo. Cuando él sea maestro, quizá enseñe otras cosas a sus discípulos que tengan muy poco que ver con las que aprendió de su maestro, ya sea porque no las considera importantes, ya sea porque es incapaz incluso de saber lo que ha aprendido: ha aprendido, pero no sabe muy bien el qué. En el arte las cosas son así, viejo ateniense.

Sócrates. ¡Ay amigos! Entonces la virtud no podría aprenderse, al menos no al modo acumulativo de la ciencia. Dado que parece haber actividades donde no se pueden construir edificios de conocimiento, ¿a qué se debe esta diferencia? Os lo pregunto porque no os entiendo; la música de las esferas está acorde con el tam tam africano y con las sinfonías de Mozart, y si bien habéis perdido toda noción del vínculo entre la verdad y la justicia con la esencia humana virtuosa y la música armoniosa y bella, siendo toda esa concordancia conocimiento, ¿por qué pensáis que en algunos casos se progresa en el conocimiento y en otros no?

Luciano. Por la índole misma del objeto estudiado o practicado. ¿Conoces el ajedrez?

Sócrates. Sí, algo he oído en el Hades.

Luciano. Con sus 64 casillas y 32 piezas, el número de distintas posibles jugadas es astronómico, pero, no obstante, finito. ¿Crees que puede haber progreso en el ajedrez, Sócrates?

Sócrates. Lo adecuado sería que respondiéseis los que estéis familiarizados con el juego.

Risto. Yo lo haré. En cuanto a conocimiento acumulado, resulta indudable que hay progreso en el ajedrez, puesto que conforme vayan produciéndose partidas memorables, serán archivadas y recordadas como ejemplo, lo que aumentará la pericia del jugador. Sin embargo, todo el conocimiento acumulado del mundo no servirá si el jugador es malo y su oponente bueno, porque siempre se planteará en el tablero una situación nueva para la que no hay una respuesta predeterminada. Así pues, el conocimiento acumulado no producirá un buen jugador si le faltan condiciones iniciales, por muy necesario que sea para su formación. Por tanto, podemos decir que el conocimiento acumulado por la tradición contribuye al progreso personal del individuo. El cual, a su vez, contribuirá a aumentar el conocimiento, y de este modo podemos hablar de un progreso del género humano en el campo ajedrecístico.

Luciano. Sin embargo, igualar el progreso individual al colectivo no parece atinado. Uno puede hacer, si quiere, progresos en el ajedrez, pero la humanidad no avanza cuando juega al ajedrez: lo que se archiva y se recuerda son los destellos, las fulguraciones del genio, las salidas inesperadas, como en el fútbol. En cierto modo, hay cosas que la humanidad puede aprender de estos relámpagos o intuiciones, pero desde luego no como si fueran un escalón para subir más alto. En la ciencia abundan historias increíbles de inventores y descubridores, pero en este caso lo que alcanzan aúpa a la humanidad entera, por decirlo así, un peldaño más arriba en la escala del conocimiento. Sócrates pregunta a qué se debe, y yo le respondo diciendo que por la índole misma del objeto estudiado o practicado. Si ponía el ajedrez como ejemplo, era para ver en él un caso de actividad racional que no puede progresar a nivel colectivo. Lo mismo ocurre, creo yo, con la filosofía.

Sócrates. Por lo tanto, amigos, cuando se habla de un aumento en el grado de racionalidad, lo que se quiere decir es el desarrollo de la ciencia o, si queréis, de la ciencia y de la técnica. Pero entonces la pregunta por el progreso se resuelve de una manera tautológica: evidentemente, aquellas actividades susceptibles de acumular conocimientos, supondrán un aumento en el grado de racionalidad o, en otras palabras, progresarán. Habrá que indicar, no obstante, que la mera acumulación de conocimientos no siempre es progreso o mayor grado de racionalidad, como muestra el ejemplo del ajedrez en que, por mucho que acumule conocimientos, el individuo no logrará jugar mucho mejor de lo que sus condiciones naturales le permitan.

Luciano. Si lo pensamos bien, la formación ajedrecística de un individuo, esto es, un individuo que progresa en el ajedrez, no quiere decir nada a escala colectiva; más aún, dado que el número de jugadas es finito, todo progreso en el ajedrez es pura ilusión. No se avanza objetivamente en el conocimiento, se avanza en el conocimiento de la objetividad. Es decir: las cartas ya están dadas, el número de partidas posibles ya está ahí, y en eso no cabe esperar progreso alguno. Lo que queda es ir recorriendo posibles caminos, que serán o no un progreso subjetivo para el individuo, a veces incluso para la humanidad, pero objetivamente no suponen novedad. Lo resumiría todo con una pregunta: de quien va continuamente de un sitio a otro, pero siempre por caminos distintos, ¿diríamos que progresa?

Sócrates. Permíteme, amigo, consolidar un poco lo que vamos diciendo. Quedamos en que hay conocimientos que, por la índole de su objeto, pueden progresar. Sin embargo, el ejemplo del ajedrez nos ha hecho ver que puede haber otros conocimientos que no son de naturaleza acumulativa y, en este sentido, no sirven para progresar. Supongamos ahora que la ciencia es un soldado, y la sociedad es el ejército. Si en un ejército un soldado, por las buenas condiciones que posee, logra abrirse paso él solo entre las filas enemigas, ¿diríamos que el ejército avanza? ¿No puede ocurrir lo mismo en cuanto al progreso? ¿No puede ocurrir que el aumento en el grado de racionalidad que defiende Verganza, aun concediéndoselo sin discusión en ciertos ámbitos, no suponga globalmente un progreso en el grado de racionalidad del conjunto? ¿Y no podría ocurrir incluso lo contrario? Porque supongo que no llamaréis progreso a la simple acumulación. Si fuera así, la Biblioteca de Alejandría hubiera supuesto un progreso incomparable con la Atenas de mis días.

Luciano. No, por cierto. Amontonar conocimientos no es sino el modo más zafio de pretender progreso. Pero observo que Salomón se revuelve en su silla. ¿Qué es lo que estás deseando decir, amigo?  

Salomón. Muchas veces ya habéis ridiculizado o habéis pretendido refutar la tesis que sostengo relativa a la inocencia y pureza de los niños, de los primeros hombres o de los hombres primitivos. Os pido que no me interrumpáis y me dejéis exponer el asunto mediante una disertación quizá un poco larga pero necesaria, creo, para que podáis comprenderme. Ahora viene al caso, por el derrotero a mi juicio perdido que toma esta conversación. La antropología descubrió a lo largo del siglo XX que se había convertido en una disciplina que colaboraba en la extinción de su objeto de estudio, una ciencia asesina, avanzadilla del imperialismo y del colonialismo. Tanto es así que cuando finalmente se descubren los indios tasaday de Filipinas, los antropólogos decidieron no estudiar su cultura, no acercarse al recóndito lugar en el que vivían para no contaminarlos y no colaborar en su extinción. La moraleja de tal lección antropológica reside en lo que algunos consideran imposible, en que lo mejor que se podría hacer con respecto a las inconmensurables culturas antropológicas que restan en el planeta sería dejarlas en paz. Y eso parece imposible porque la política y la economía exigen que todo ingrese en su contabilidad, si es que se quiere seguir existiendo, así que se arguye que es necesario que los indígenas sean censados para que puedan tener la existencia que otorga un documento de identidad y puedan ejercer sus derechos mediante el sufragio universal. Paradójicamente, a los inmigrantes y a sus comunidades no se les concede existencia en las llamadas naciones civilizadas, puesto que las repúblicas sólo reconocen individuos abstractos y no hombres particulares. Quizás si hacemos una analogía entre lo individual y lo colectivo se vea más claramente que lo mejor que le podría haber pasado a la comunidad judía es que se le hubiese dejado ser un pueblo cosmopolita, afincado en todas partes del mundo, niños cabalísticos de extrañas costumbres que nutrían a toda sociedad en la que se insertaban con gran vitalidad, aportándole los productos de su inteligencia. Lamentablemente, las persecuciones y presiones de todos los Estados les obligaron a constituirse como Estado y a pasar, finalmente, de víctimas a verdugos. Quizás, repito, esa lección de la Historia pueda servir a los venideros para lograr instaurar unos derechos de existencia para quienes no quieran o no puedan pertenecer al mundo hegeliano de la política y de la economía, constatando que lo mejor sería que se les dejase vivir en paz y a su modo. Ya sé que es un tanto ilusorio pensar que a los indígenas de América con petróleo en su subsuelo, o a los africanos que tienen cobalto, uranio, oro y diamantes en el suyo, se les vaya a ceder la propiedad de las tierras en que viven desde siempre, pero sabemos también que semejante ingenua propuesta ética sería la más justa, y lo que el deber ético y político estimarían oportuno. 

            Pasando a la analogía entre lo individual y lo colectivo de que vengo hablando, habría que decir algo así como que hay que respetar el silencio de los niños pequeños, la concentración que tienen cuando juegan, sus espacios de intimidad y soledad, su prelingüístico modo de comunicación. Vemos a menudo que los padres suelen solicitar del niño el silencio, que no haga ruido, pero no es ese silencio exigido por los adultos del que estamos hablando. Nos referimos a que hay que saber disfrutar del niño que juega en silencio, totalmente concentrado en su quehacer, quedarse mirándolo y no importunarle con la supuesta necesidad de llenar un vacío que es un lleno, toda una plenitud, no mezclarse en lo que no nos pertenece. Las madres que desarrollan incontinencia verbal, un defecto de género, han de precaverse de llenar de palabras todo el espacio infantil, si bien el sentido común y el justo medio son las mejores guías en estos asuntos; ya que no quiere decirse con ello que no hayan de leerse cuentos a los niños, cantarles, hacer hablar a sus muñecos, etc. Todo eso es muy saludable, así como el respeto por la tenue vibración de su pequeño cuerpecito silencioso cuando juega concentrado y sin palabras. El lenguaje es nuevo para el niño de dos a tres años; ha estado en un silencio plácido no ha mucho en el vientre materno, y todavía recuerda esa sonosfera uterina acunada por el ritmo cardíaco de la madre y por los ruidos gastrointestinales que sólo luego, de adultos, nos resultan molestos. 

            Sigo a Platón cuando sugiere que los niños nacen ya con cierto ritmo y armonía, (trato de recoger lo que ha dicho Sócrates sobre la unidad de lo bello, bueno y verdadero). El movimiento de la madre en sus paseos acunaba ya al niño mientras flotaba en la cama maternal; la cadencia de sus pasos, el sonido musical del corazón, el acuoso y levísimo chapoteo en el líquido amniótico, todo ello forma parte del movimiento del universo y de la naturaleza, con el cual el bebé se encuentra armonizado. Ciertos desajustes armónicos comienzan con el nacimiento, y el equilibrio primigenio se va perdiendo inevitablemente a medida que se crece y se aprende, por ejemplo, a jugar al ajedrez. Toda la educación de los afectos y de la sensibilidad, de la inteligencia y de la voluntad, van o deberían ir en buena parte en la dirección de recuperar ese equilibrio perdido y la consonancia con la armonía de la naturaleza. Lo que ocurre es que al construir la sociedad y la cultura no han logrado los seres humanos mantener esa armonía, si bien la pretensión de buena parte de los teóricos políticos no fue otra sino la de poner a la Historia en comunión con la Naturaleza. Pero no puede el hombre falible imitar de manera perfecta la obra de arte que es el Cosmos, y así crea plurales intentos de comunidades armónicas que pugnan entre sí y de las cuales, si bien todas tienen algo bueno, ninguna cabe señalar como la más deseable en detrimento de todas las demás, aunque bueno es compararlas, tomar lo positivo de cada una de ellas y proponer una nueva síntesis ofreciendo el modelo preferible luego de haberlo meditado. 

            Muchas veces se ha comparado a la manera antecedente al hombre primitivo o perteneciente a una tribu de las que estudian los antropólogos con los niños, como vengo diciendo desde el principio y ahora trato de exponer con un mínimo de claridad, estableciéndose una analogía entre la infancia individual y la infancia colectiva, una analogía según la cual los llamados primitivos serían como la infancia de la humanidad. Así se caracterizó al indígena de América o a los hombres de los primeros tiempos, como personas sinceras y veraces, no acostumbradas a la mentira y al engaño, sin las sutilezas ni refinamientos de los llamados civilizados. Almas cándidas que se cortarían en la mano al examinar la espada de Cristóbal Colón por ignorar su uso, o que cambiarían el oro de sus tierras por juguetes y abalorios. Y aunque lo cierto sea que los seres humanos de todos los tiempos y épocas han sido tanto altruistas como egoístas, tanto falsos como veraces, tanto dominadores como dominados, siendo en parte la analogía del progreso individual con el colectivo una falacia, también es cierto que la distancia en tecnología permite superar en ambos polos de la ambivalente condición humana a la de los hombres de antaño. La gran refriega entre hutus y tutsis de la Ruanda de los 90 se cobró 900.000 vidas, segadas muchas de ellas a machete, pero sólo la industrializada Alemania nazi pudo exterminar a seis millones con formas pretendidamente menos crueles y más civilizadas de matar. Absurdamente se discutía en el pasado cuál era la pena de muerte más humanitaria, un oxímoron, como el actual de la “guerra humanitaria”; llevaba a declarar como preferible el garrote vil (España) a la horca (Inglaterra), o la silla eléctrica y la inyección letal (USA) a la guillotina (Francia) o al fusilamiento. ¿Acaso es más cruel descuartizar a alguien con un cuchillo que eliminarlo mediante una bomba atómica? ¿Qué acción es más violenta? ¿Hay progreso, grado o diferencia entre ellas? Al comienzo del libro Vigilar y castigar, Foucault mostró qué erróneo era semejante modo de pensar civilizado que estimaba que el poder se había tornado más benigno por haberse hecho más sutil. Su obra pretende exponer la tesis inversa: el avance que se observa al comparar los métodos carcelarios y los suplicios medievales con respecto a los sistemas de represión actuales no es un progreso en las limitaciones del poder más que para nuestra sensibilidad, pero si observamos atentamente con la razón, descubriremos que el poder y la represión, en lugar de haber menguado, han aumentado y en lugar de ser más humanitarios (sic) son más omnicomprensivos. Su sutilidad y capilaridad los ha vuelto más aceptables, pero en realidad son peores. El corolario sería que hay más libertad en Afganistán, donde se cortan manos y pies por cualquier cosa, que en Nueva York, porque hay más espacios que no están ocupados por el poder. 

            Para ser justos y buscar una tesis más equilibrada que la foucaultiana, quizás sea mejor que diga que nunca se ha podido ser tan altruista ni tan egoísta como en las sociedades industrializadas; que la tecnología incrementa la potencia humana de forma amoral, por tanto, de igual modo del lado del bien como del lado del mal. Desgraciadamente, al examinar la Historia nos aparece con mayor frecuencia y en mayor medida incrementado el odio entre los hombres que el amor, y la explotación entre los hombres que la mutua liberación, con lo cual hemos de concluir que la humanidad ha suspendido el examen de suficiencia en materia de derechos que le estaba encomendada bajo el metarrelato del progreso. La metáfora de la infancia de la humanidad como lugar paradisíaco no hace sino transmitir de manera poética dicha constatación. 

            Condenados parecen entonces los hombres a vagar por la pre-historia de una humanidad cuya cultura apenas tendría unos 10.000 años de antigüedad y en la que la búsqueda de la felicidad individual parecería finalmente oponerse a la consecución de la felicidad colectiva. El niño tendrá que hacerse hombre, morirá el niño y nacerá el joven, un rito de pasaje señalará ese tránsito y la sabiduría la alcanzarán solamente aquellos que logren, tras pasar por todos los estadios de la razón, volver a actuar por instinto. Esto es manifiesto en el arte, donde, por ejemplo, si nos fijamos en un gran pianista, vemos que tras toda la educación de la técnica instrumental, una vez internalizada, el maestro ya no tiene que pensar dónde pone los dedos, sino que se ciernen sobre el piano con naturalidad, como si no se hubiesen pasado largos años aprendiendo y fuese una acción como la de quien camina bien por primera vez, o quien ya habla como parpadea. No hay que aspirar a una sociedad de genios, no todo el mundo está llamado a recuperar el paraíso perdido de la niñez en la edad adulta, caída que, como metáfora, aparece en numerosos relatos religiosos. Baste para ser un buen hombre el llegar a un equilibrio entre la razón y el instinto, entre el niño y el hombre, entre la acción razonada y la acción espontánea, entre la intuición y el conocimiento. Un término medio no es una mediocridad sino, a menudo, como decían los aristotélicos, el equilibrio entre dos extremos que son excesos, el justo medio. Sea entonces sabio no quien logra hipertrofiar un aspecto de su ser, sino quien sepa situar la verdad en el arco de la justicia, desarrollando equilibradamente las tres partes del alma. 

            La especialización y división del trabajo labora en sentido contrario a dicho desarrollo armónico y equilibrado de todas las potencialidades humanas. La sociedad lo exige, y resultará inevitable que el niño, abierto a todo de igual forma, acabe actualizando en mayor medida unas potencialidades y no otras. El ideal Renacentista o Enciclopedista de quien lo sabe todo y lo cultiva todo, encarnado por Leonardo Da Vinci, no es viable bajo nuestras actuales organizaciones sociales, y la búsqueda del desarrollo integral y completo no puede ser más que un intento de aproximación a un ideal inalcanzable. Semejantes ideales de plenitud y absoluto generan frustración, y el niño habrá de aprender a querer lo que puede y estar satisfecho con el crecimiento que le sea dado alcanzar en la medida de sus fuerzas y de la ayuda o impedimentos que genere su contacto con los demás. 

            Laborar conjuntamente por la consecución de una sociedad más justa al tiempo que cada individuo labora por el cuidado de su alma, procurar seguir la divisa socrática grabada en Delfos gnosi seautón (conócete a ti mismo) al tiempo que se sigue igualmente la platónica que identifica la armonía individual con la armonía y la justicia colectivas, es quizás lo máximo a lo que se puede aspirar. Pero como para eso hay que no pasar hambre, enfermedades y penalidades, los seres humanos hemos sido obligados a optar primero por la búsqueda de la supervivencia material como suelo previo sobre el que poder abordar el desarrollo espiritual. Admitimos de Verganza desde el principio el Primun vivere, deinde philosophare. Aunque no esperamos ninguno hasta ser ricos y tener un barco para aventurarnos a razonar, sino que nos basta con atender a lo más básico. Quizá es posible ser feliz con una cierta pobreza, y no sea necesaria ni la riqueza ni el conocimiento para una vida justa y digna, pero no es posible ser feliz en la miseria, el hambre, la enfermedad, la guerra y el dolor. La garantía para todos los seres humanos de unas condiciones de existencia material básica aseguradas es un requerimiento universal para que la humanidad pueda elevarse sobre la necesidad y alcanzar mayores cotas de libertad. 

            El liberalismo dice que del egoísmo de cada individuo saldrá el bienestar colectivo; que cada cual, buscando su propia felicidad, promoverá la de todos. Los movimientos espiritualistas del presente siguen dicha consigna que pone el ego como foco de atención y creen que un estado de conciencia propio, subjetivo e íntimo, en paz con el mundo, generará bien y no mal, transformando la humanidad en una entidad mejor a través de la mejora personal. Pero el resultado del individualismo, del cuidado de sí, reflujo de un socialismo materialista caído y vilipendiado que afirmaba que el bienestar colectivo garantizado era un asunto político previo y necesario para que cualquier vida individual pudiera ocuparse de sí misma, es lo que ha generado y genera la sociedad en la que vivimos. 

            No es la razón y la ciencia la que guía nuestro mundo, no es la búsqueda de la justicia y la igualdad la que mueve a las masas, es la idea de libertad individual la que se ha entronizado como egoísmo acorde con el capitalismo; supuestamente, un antídoto necesario contra los totalitarismos, contra aquellos sistemas que habrían antepuesto la justicia y la igualdad colectivas a la libertad individual. Por eso no ha estado muy desencaminada la Historia cuando ha intentado un término medio entre esos dos extremos, un sector público y social en equilibrio con un sector privado e individual. Lograr armonizar lo individual y lo colectivo, lo personal y lo social, lo público y lo privado, sigue siendo una asignatura pendiente de los individuos y de los pueblos. Habrá que laborar, como hemos señalado, en ambos frentes de mejora, el individual y el colectivo, sin dejar que ninguno se coma y haga desaparecer al otro, procurando sortear una contradicción, una paradoja de la condición humana que nos divide en egoístas y altruistas, en seres únicos y seres en común, en sujetos preocupados por la salvación particular y preocupados por el bienestar general, situación ambivalente de nuestra doble naturaleza depredadora y placentaria, lo que nos deja sumidos en la tragedia de tener que ser singularidades en la universalidad. 

            El reconocimiento de los derechos de quien por definición no puede tener derechos es una paradoja a la que el pensamiento del siglo XXI tendrá que hacer frente sin descanso en las dos direcciones esbozadas. O se deja en paz y se respeta el silencio y el lenguaje de las comunidades tribales, o se les otorgan derechos políticos y económicos.

Risto: ¡Ay Salomón! Tú has leído un libro de Jean Baudrillard y te has creído lo de los pobrecitos indios tasaday. Pues Baudrillard mismo parece haberse creído la farsa de tasaday al mencionarlos en su obra “Cultura y simulacro” como ejemplo de que la ciencia, en esta ocasión la antropológica, asesina su objeto de estudio llevándolo a la extinción. Los supuestos hombres incontaminados de Filipinas en los años 70 del pasado siglo eran unos indígenas modernizados que hacían teatro por orden del déspota Ferdinand Marcos, dictador que quería así desviar la atención internacional de las cosas importantes y corruptas en las que estaba embarcado. Así que no busques al hombre natural, porque ya no existe.

Salomón: Es cierto, lo he leído en Baudrillard. No sabía que el caso era una farsa, pero sorprendentemente, la constatación de que los supuestos tasaday no eran más que unos filipinos modernos disfrazados con taparrabos le acabaría dando la razón al postmoderno Baudrillard, pues en ese caso se trataría de un simulacro de una ciencia antropológica cuyos objetos de estudio ya no existirían más que como representaciones virtuales.

Luciano. Hermosas son las palabras que ha dicho Salomón en el largo discurso que ha pronunciado con anterioridad y alta su calidad moral cuando se presta a rectificar cuando se le demuestra un error. Sus palabras captan la brisa que nos llega de este nuevo siglo y que se han manifestado por primera vez con la preocupación planetaria por el problema del calentamiento global. Más allá de que haya sido una campaña de Al Gore, destaca que se la haya escuchad en todo el mundo y que empiece a formar parte de una nueva conciencia para la que no todo en la vida es el modo de apropiación de la técnica y de la ciencia; una conciencia para la que, sin renunciar al progreso científico y técnico, hay cosas más importantes. Por primera vez surge una conciencia de freno que es progresista, que no pide una vuelta atrás, sino un nuevo modo de vivir. Se recupera una nueva dimensión social y colectiva que viene de una nueva plaza pública, que ya no es el ágora, sino que está representada por Internet y los nuevos medios de conexión en las comunicaciones.

            La pregunta que inició nuestro diálogo no fue si la humanidad progresa, sino por qué ha dejado de interesar el progreso. Y creo que en las palabras de Salomón está la respuesta. El progreso, entendido como tabla de salvación de los males de la sociedad, ha dejado de interesar porque ya no creemos que constituya esa salvación, porque no podemos limitarnos a esperar que las cosas vayan mejor, y porque no esperamos sinceramente que vayan a mejor a no ser que cambiemos de actitud, de mentalidad. Es hora de consumar ese desenganche entre el progreso y las promesas de un mundo mejor. Nadie negaría que está interesado en los avances médicos o técnicos, pero se ha evaporado la metafísica del progreso como un viejo ídolo al que le ha llegado el tiempo del desencanto. Hoy lanzamos una mirada irónica sobre el progreso que no tenían en el siglo XIX. Sabemos que los intereses de la humanidad en cuanto humanidad no pueden entregarse al progreso para que cuide de ellos, sabemos que no coinciden con él y que esperarlo todo de él es una forma de engañarnos, a menudo fomentada por los intereses del poder político moderno, que se ha configurado como un poder tecnocientífico capaz de modelar la vida entera.

Sócrates. Tendría una pregunta, si no es molestia, después de estos bellos discursos, y me gustaría indicárosla bajo una imagen. Suponed que unos viajeros van en un barco, dispuestos a una singladura de larguísimo alcance. La nave aprovecha bien el viento, y todos los días dejan atrás cientos de estadios en la ruta a su puerto de destino. ¿Diríais que la nave avanza?

Risto. Por supuesto.

Sócrates. Y los viajeros que van en la nave, ¿también avanzan?

Risto. Naturalmente, Sócrates, dado que van en el barco y se desplazan con él. Pero ¿a dónde quieres ir a parar?

Sócrates. Un poco de paciencia, amigo. Suponed ahora que los azares de la navegación la han alargado hasta el punto de que todos los primeros viajeros acaban por morir. Sin embargo, antes tuvieron hijos a bordo, que son los que continúan el viaje. Finalmente, y después de mucho tiempo, éstos llegan al destino deseado. Mi pregunta es esta: ¿quiénes han avanzado, los primeros viajeros, los segundos, todos, o ninguno, exceptuando la nave?

Risto. Los primeros viajeros.

Sócrates. En absoluto, puesto que como murieron en la travesía, no llegaron a puerto y, a este respecto, lo mismo hubiera dado que murieran ahogados el primer día a las pocas horas de su partida, que el penúltimo antes de llegar a su destino. Para ellos ha sido exactamente igual, y no han avanzado nada, como nada avanzó Aquiles persiguiendo a la tortuga.

Risto. Pues entonces fueron los segundos, porque ellos sí que llegaron a puerto.

Sócrates. Desde luego que llegaron a puerto, Risto, pero creo que no te has puesto suficientemente en su lugar. Ellos se encontraron viviendo en un barco. No lo habían escogido, al contrario que sus padres, y tampoco habían elegido el destino. ¿Dirías tú que avanza o que progresa quien llega a donde no había pensado ni elegido? ¿Crees que Academos ha progresado en la estima del pueblo porque en el bosquecillo que rodea su tumba fundó Platón la universidad? ¿Es que en vuestro tiempo ya no se lee la Odisea de Homero?

Risto. Pues quiéranlo o no, han progresado, ya que se encontraban en alta mar y llegaron a puerto.

Sócrates. Para ti, puede que sí, pero para ellos no. Quien ganara en unas olimpíadas sin proponérselo y sin haberse ejercitado nunca antes, caso de que fuera posible si bastaran para ello unas extraordinarias dotes naturales, no por eso habría progresado en lo más mínimo. Sin embargo, el atleta que se desvive por los juegos y consigue superar a un rival que antes le resultaba inalcanzable, ése sí ha progresado. De modo que sólo te queda por decir o bien que han progresado todos, cosa que no es posible, o bien que ninguno.

Risto. ¿Consideras seriamente como opción que ninguno haya progresado? Piensa que esos niños que nacieron en la nave tendrían familiares en tierra firme, y que la noticia de su llegada a destino podría suponer para ellos y para otros un nuevo mundo de posibilidades. En tal caso el viaje habría sido un avance.

Sócrates. ¿Para quiénes? Esa es la pregunta, ¡oh Risto! Los mortales se van pasando la antorcha, y cada generación se descubre a sí misma embarcada en una nave de incierto destino. En la nave hay además tanto remeros como oficiales, y no es lugar tan confortable para los primeros como para los segundos. Quizá piensen en hacerse con los mandos, en tripular ellos mismos y, por decirlo así, elegir su destino, no conformándose con dejarse llevar por el rumbo heredado de sus progenitores. Quizá incluso piensen que lo mejor es seguir con el mismo rumbo, ahora ya elegido, convirtiéndolo así en su destino. O quizá elijan dejarse llevar sin pensar en más, pero ninguna de esas alternativas cambia el hecho de que la situación de partida es la ausencia de un destino elegido y, por tanto, la ausencia de un sujeto de destino, de progreso. Ya sé que resulta ineluctable elegir, ya sé que no es posible no elegir porque no elegir es ya una elección. Lo que digo es que todo esto sucede luego, después, más adelante, y no modifica la situación de partida.

Luciano. ¿Cómo puedes decir que no la modifica, Sócrates? ¿Acaso elegir un rumbo, convirtiéndose uno así en sujeto de destino, no es modificar la situación inicial?

Sócrates. ¿Dirías tú que un mantel modifica la mesa?

Luciano. ¿Cómo?

Sócrates. Sí, ¿dirías tú que un mantel modifica la mesa? La mesa sigue siéndolo, sigue estando ahí, aunque la tela cubra su superficie y sobre ella se despliegue un vasto desfile de manjares (por cierto, que en nuestra mesa empiezan a escasear). Yo creo que nuestra situación inicial se puede cubrir, como el cuerpo con el vestido, pero también creo que debajo estamos todos desnudos. En otras palabras, que esa situación inicial nuestra no es superable ni siquiera teniendo en cuenta que uno de los elementos que la caracterizan es que nos fuerza a tener que elegir. Ninguna elección pasará de ser un cubrimiento, y hasta un encubrimiento, por mucho que haya diferencia entre un vestido honesto y otro desvergonzado. Lo que ocurre es que como nos vemos forzados a elegir, creemos que la elección anula la situación de partida. Podemos ponernos como sujetos de destino, igual que podemos poner una mesa añadiéndole el mantel y todo lo necesario para comer, pero no por ello creeremos que la mesa es otra y nos la han cambiado, como no creeremos que por hacernos sujeto de destino hemos dejado de ser almas sin destino. Si adviertes cierta contradicción en mis palabras es porque eso de “hacernos sujeto de destino” suena fuerte, pero es algo sólo relativo, no es absoluto, supone más bien un cubrimiento y un encubrimiento, como he dicho sobre el vestido. Yo soy griego y no creo como vosotros en la omnipotencia de la libertad sino en la todopoderosa moira, no pertenezco a una cultura cristiana sino a una cultura trágica. ¿Acaso pensáis que una decisión puede cambiar nuestro ser?

Luciano. Vistas así las cosas, Sócrates, no hay un sujeto de progreso o, al menos, no lo es ningún mortal. Sin embargo, también se puede decir que los niños, los viajeros de la segunda generación, una vez que han internalizado el destino que habían elegido sus padres, han progresado al llegar a puerto. Ellos mismos, en cuanto generación aislada, en cuanto miembros de esa situación inicial, no han progresado, desde luego. Pero en cuanto que encarnan a la generación precedente, sí que han progresado. Es como una cadena: cada eslabón empieza y acaba en el mismo sitio, y sin embargo la cadena va de un sitio a otro, avanza.

Sócrates. Por eso no os extrañará que me preocupe la cuestión de si la virtud es enseñable. Porque lo que llamáis progreso tiene que ver con lo que se enseña, con lo que se transmite de una generación a otra, que se intenta que sea lo más valioso, y que cabe en una palabra: virtud. En la medida en que una generación pasa a otra el legado de las metas y  prácticas más irrenunciables de la humanidad, en esa medida podemos hablar de progreso. Pero dado que lo que se pasa es siempre lo mismo, en esa medida podemos decir que no hay progreso sino, en todo caso, consolidación.

Risto. Perdón por la interrupción, pero es que llevo dando vueltas a una cosa, Sócrates: ¿quién fue el primero en fijar el rumbo? Porque en tu analogía naútica te pones las cosas fáciles: fueron los que decidieron emprender el viaje. Pero no se te puede ocultar que ninguna generación dice ser la primera o, en otras palabras, que todas las generaciones están en la situación de la segunda generación de tu ejemplo: todos hemos nacido con la nave ya en marcha, y rodeados de mayores. ¿De dónde salió la idea del viaje? ¿De dónde procede la virtud, o ese legado de metas y prácticas irrenunciables de la humanidad?

Sócrates. (Apurando a morro un trago de vino hasta vaciar la botella). Amigos iberos, a fe mía que este joven está aprendiendo a preguntar y no sé yo si luego tendrá la desfachatez de decir que es efecto de mi magisterio. Pero, ¡sea! ¡Concedámosle su deseo! ¡Brindémosle una respuesta! (Sócrates mira a sus interlocutores) ¡Cómo! ¿Coméis porque no sabéis responderle, o no le respondéis porque estás comiendo? En cualquier caso, no me extraña, amigos. Por un lado, esta carne seca de cerdo con especias está excelente, -habrá que pedir más, que ya os avisé que nos íbamos a quedar sin el elixir de Dionisos- y por otro lado la pregunta tiene más peso que la maza de Hércules.

            Para empezar, me gustaría decirte que no importa el origen, sino lo que hacemos con ese legado. Pero quizá estés pensando que la oscuridad de la cuestión del origen implica incertidumbre sobre el valor del legado. Creo sinceramente que la virtud tiene un origen divino, pero te ruego que no pienses esto al modo de tu Dios tradicional, en cuyo caso me estarías malinterpretando. Y para ello te ruego en primer lugar que reflexiones sobre el hecho tan extraordinario que supone que exista un legado. Significa que hay algo valioso que se hurta a la muerte por medio de la transmisión entre generaciones.

Risto. Como el ADN entonces. La herencia cultural vendría en última instancia de manera análoga a la herencia biológica.

Sócrates. Siendo verdaderamente extraordinario el hecho de la herencia biológica (no sé muy bien qué es eso del ADN), llama más aún la atención la herencia cultural en lo que tiene de transmisión consciente y deliberada, no llevada a cabo automáticamente ni por procesos cuasi mecánicos, sino por obra de un espíritu despierto y activo.

Luciano. No veo qué ves aquí de extraordinario. Los antropólogos estudian los fenómenos de difusión cultural, que no son muy distintos de la dispersión de las ondas que se forman al tirar una piedra a un estanque. También entre los grandes primates hay tradiciones culturales. Creo que llenas de mística una noción bien simple, que es la de la progresiva acumulación de conocimientos que se produce de forma natural en los grupos humanos. Dado que nuestra especie está fundada en una intensa vida social, lo lógico es que los conocimientos y las técnicas fluyan entre sus miembros. El progreso, entendido como la acumulación creciente de conocimientos y de prácticas culturales en el seno de una sociedad, no tiene nada de extraordinario, sino que es lo esperable. Inaudito sería, por contra, que después de 50 000 años o más de Homo sapiens, nuestra cultura no se hubiera aprovechado de los conocimientos y técnicas de las generaciones anteriores. Esto sólo podría explicarse por un aislamiento geográfico intenso, por guerras de exterminio, o por fenómenos semejantes sumamente improbables.

Sócrates. En ese caso, ¿por qué no han progresado los caballos? Los que he visto viniendo hacia aquí (Sócrates debe referirse a una pareja de policía a caballo) no parecen más inteligentes que los de mi época: siguen llevando a un jinete encima.

Risto. Sólo falta que digas que nosotros tampoco parecemos más inteligentes, dado que seguimos llevando a un Sócrates encima...

Luciano. Posiblemente la existencia del lenguaje en nuestra especie indique una inquietud espiritual subyacente (o bien es causa de ésta) que se plasma en intentos de todo tipo que acaban suponiendo nuevas realidades: desde la rueda o el arco hasta los poemas de Homero. Otras especies, que no disponían de un lenguaje tan capaz como el nuestro, tampoco podían acumular gran cantidad de conocimientos, ni mucho menos transmitirlos. Sin el lenguaje, Sócrates, tú no existirías para nosotros, pues, ¿cómo hubieras podido hacerte presente? ¿Quién hubiera podido recordarte?

Sócrates. ¿Y no te parece extraordinario el lenguaje? ¿Va a ser también un simple caso de difusión cultural? ¿Se va a poder explicar sin saltos desde la biología al modo de la lingüística? Es cierto que algunos pájaros aprenden las melodías de sus padres y de otros miembros de su especie, pero ¡qué diferencia con el hombre! Y sin embargo, con todo lo extraordinario que es el lenguaje humano, me parece aún más digno de admiración lo que los hombres hacen con él. No todo se queda del lado de la discusión estéril, de la polémica gratuita o de la mera palabrería, también con él se busca la belleza, la justicia, el conocimiento. Y gracias a la escritura, pasa a las generaciones venideras, como hizo mi discípulo Platón, por mucho que en algunos casos renegase de la letra escrita.

Risto. ¡Vamos, hombre, lo que me faltaba por oír! ¡Sócrates defendiendo la escritura! Pero hombre, ¡si tú no escribiste nada! Tú desconfiabas de la palabra escrita y de la transmisión cultural, como Buda, como Jesús, sólo admitías la transmisión oral de la palabra viva, no la letra muerta.

Verganza: ¡Lo veis! Es un impostor. Pide más vino y más carne, engulle y bebe como los personajes de Rabelais y cuando quiere no entiende ADN pero sí que entiende biología o lingüística. ¡Este tipo nos está tomando el pelo!

Sócrates. ¿Y quién puede aquí probar su identidad? Pues tu nombre me suena a mí a un perro de Cervantes que conocí en el Hades. Si sólo sé que no se nada y trato de conocerme a mí mismo sin conseguirlo, lo que sea ese sí mismo es asunto suficiente para llevar a cabo diez diálogos. Por otra parte, por el ejemplo del barco podías haber sospechado ya que no confío en la transmisión cultural si la entendemos al modo de la palabra escrita. No considero que la virtud se pueda aprender leyendo pero, no obstante, como este tonto de mi discípulo no paraba de anotar, he querido romper una lanza a su favor.

Risto. Eres más cínico que yo.

Sócrates. Desconfío de lo que no sea practicar la virtud, aunque he llegado a admitir, durante mi larga estancia entre las sombras y viendo lo que se ha realizado desde que crucé el Leteo, que al fin y al cabo la escritura es otro hecho tan extraordinario como el lenguaje humano, y que Platón no lo hizo mal del todo, aunque no quisiera hoy entrar en esta discusión, visto que la que nos ocupa va para largo y será menester centrarnos en ella y cortar, como en el lecho de Procusto, todas las ramificaciones que no vengan directamente al caso. El lenguaje, decía, el lenguaje practicado vivamente, como estamos haciendo nosotros ahora, no nos hará más sabios, pero avivará nuestro espíritu, lo hará más sutil, más apto para captar las diferencias, los matices, las grietas del pensamiento. Esta lección viva es la que se pasan las generaciones. Es el impulso de la verdad, de la belleza, de la justicia, en una palabra, de la bondad. ¿Hay progreso en la verdad, en la belleza, en la justicia, en la bondad? No creo que pueda hablarse en esos términos.

Luciano. Risto preguntaba por el origen de aquello que se transmitía entre las generaciones, pero ahora parece, a juzgar por tus palabras, que lo que se transmite, la virtud, es sólo la llama que aviva un fuego que todos llevamos dentro. Siguiendo con tu imagen naútica: el rumbo que fija la primera generación no es otro que el que fijaría la segunda si fuera la primera, dado que parece patrimonio común de la humanidad. Lo que se transmite, la virtud, no es sino el coraje por continuar en esa lucha. Sólo que, en ese caso, Sócrates, todo tu análisis de la condición inicial falla, porque la ineluctable necesidad de elegir un destino no viene a consecuencia de encontrarnos ya enrolados en un navío que marcha a toda vela, sino que ese destino está ya en la raíz de la humanidad, en la desconocida raíz común de que hablaba Kant, y la decisión ya sólo puede ser entre ser y no ser. Verdad, belleza, justicia y bondad interpelan al hombre antes de que éste decida nada y, en este sentido, son el destino del ser del hombre tanto como lo que lo constituye.

Sócrates. Razón de más para no hablar aquí de progreso.

Risto. Tu aparición aquí, desde luego, no la calificaría yo de progreso. Y sin embargo, ¿cómo es posible, Luciano, que él esté hoy aquí con nosotros, tan campante?

Luciano.  Porque hoy el pasado se está haciendo cada vez más presente. Hay un auge de la novela histórica. Un siglo de cine nos ha hecho convivir con Moisés y el Faraón tanto como con el general Custer, la Inglaterra victoriana o la época de las cruzadas. A cada noticia de prensa se le inserta una pequeña nota con los antecedentes históricos. Las obras de los historiadores circulan con fluidez por los quioscos. Los videojuegos nos retan a conservar el Imperio romano ante el acoso bárbaro, a descubrir América o a explorar África como los pioneros del XIX. Internet no discrimina el ayer del hoy, y por todas partes nos rodean imágenes de nuestros antepasados. No nos sentimos trasladados al pasado, como en los casos paradigmáticos de Schliemann en Troya o Carter en la tumba de Tutankamón. Más bien, traemos el pasado al presente, incluso con irreverencia si es necesario, porque ya no es un territorio sagrado donde sólo puedan entrar arqueólogos e historiadores. La saga de Indiana Jones es ilustrativa al respecto: en las diversas entregas, se parte siempre de una situación académica, la del arqueólogo profesional enfrascado en épocas remotas. Respiramos durante unas cuantas escenas la fascinación por el pasado lejano y exótico, ambientado todo ello en el siglo XIX. Pero enseguida llega la acción, el presente más rabioso, el dinamismo desbocado de la trama, y la visión académica y adoradora del pasado queda reabsorbida en las peripecias del protagonista, en la más pura actualidad. Hemos dicho reabsorbida, no anulada. El culto al pasado se ha convertido en un elemento más del juego, y tampoco es la única manera en que el pasado interviene.

            Dado que el pasado tiende a hacerse presente, la dimensión del tiempo como la estructura más significadora del relato pierde importancia. El sentido del relato ya no viene dado por el tiempo y su diestro manejo por parte del artista, sino en todo caso por el ritmo, por el tempo. El tiempo ya no es el que estructura y da sentido al relato. Con ello, la estructura misma de la narración y del relato queda en entredicho. Con ello, a su vez, explicar algo remitiéndose a su historia queda también en entredicho. Con otras palabras: la explicación genética resulta devaluada. (Quizá sea esto otro modo de explicar lo que se conoce como la pérdida de autoridad de los grandes relatos).

            Como el tiempo es una categoría esencial para el concepto de progreso, podemos decir también que el progreso queda en entredicho, o que queda devaluado. ¿En qué sentido? El flujo temporal se estanca: pasado, presente y futuro siguen existiendo, pero esta vez coexisten, como cuando se emite Ben Hur en un canal de televisión, Star Trek en otro, y cualquier teleserie de actualidad en otro. Tiene que estancarse el flujo temporal, porque el pasado ya no puede pasar, el presente es omnipresente, y el futuro ya está aquí. El progreso se ha cumplido: ya no progresa. Quizá el estancamiento del flujo temporal constituya precisamente el triunfo del progreso. Sin embargo, no por ello asistimos a un estancamiento de la vida, a una moribundia general. Al contrario: a cada momento, la constelación presente-pasado-futuro cambia. Cambia en direcciones insospechadas e insospechables, y si el futuro nunca ha sido fácil de adivinar, hoy menos que nunca, porque la constelación es tan compleja, presenta tantos parámetros, que sólo admite comparación con el tiempo meteorológico. Pasamos así del tiempo histórico al tiempo meteorológico, y nos convertimos más que nunca en esclavos de la actualidad, porque es ella la que rige nuestro ser. La actualidad no es ya una parcela entre otras, como en la mentalidad historicista decimonónica, sino que en cuanto encierra en sí las tres dimensiones del tiempo, lo es todo para nosotros. Encerrarse en el pasado o huir al futuro no son ya más que modos de la actualidad. La omnipresencia de la moda es un indicador de todo esto. Nos dedicamos a estar al día, a rastrear cualquier signo que anuncie la más rabiosa actualidad, porque ésta se nos vendrá inmediatamente encima.

            El progreso científico y técnico, sin embargo, continúa marchando por los viejos raíles de la historia, y no puede ser de otra manera en este orden del conocimiento. Hay así un divorcio entre la esfera de nuestra existencia mass-mediática y la esfera científico-técnica, divorcio que por lo demás no causa ningún problema. La esfera científico-técnica está bien engranada con la primera. No sólo porque hace a ésta posible, sino porque los sucesivos descubrimientos ingresan por derecho propio en la actualidad, mientras que la literatura del exilio -por poner un ejemplo de cualquier otro ámbito- exige muchos esfuerzos para justificar su actualidad (no se tome esto como un juicio de valor). Donde este divorcio resulta dañino es en la enseñanza, pues aprender los rudimentos de la esfera científico-técnica tiene poco en común con la vida de la actualidad mass-mediática, y los alumnos no entienden de qué sirve eso, aunque todo el mundo les asegure que sirve. Su pregunta no es simple desprecio, sino expresión de este divorcio, que en su caso lleva a un verdadero descarrilamiento. Pero además no discuten que sirva o no, sino que lo que preguntan, literalmente, es de qué sirve. Deberíamos tomarnos la pregunta al pie de la letra, en lugar de seguir la connotación de esa expresión en español, que viene a ser de qué sirve eso = eso no sirve para nada. Se preguntan de qué sirve porque no ven un encaje de esa esfera histórica en la esfera actual, pero es que verse, no se ve.

            Si este diagnóstico no resulta, al menos, demasiado erróneo, si a lo menos nos hemos acercado un poco al verdadero estado de cosas, se puede entender por qué el progreso ya no desata pasiones, como ocurría en el siglo XIX. Ya no podemos analizar la actualidad en términos de progreso, sino de presencia. Hay cosas que están presentes y otras que no. En un sentido, todo es más efímero, dado que todo está pasando y además ahora mismo: el presente, el pasado y el futuro. En otro sentido, el estancamiento temporal lleva a que nada pase. En la actualidad no pasa nada, todo está presente. A su vez, si nada pasa, si nada tiene la energía suficiente como para devenir pasado en lugar de olvido irrecuperable por insignificancia, se extienden el aburrimiento, la monotonía y la falta de expectativas. Un día es igual a otro, nunca pasa nada, excepto la misma actualidad, cuyo incesante pasar se ha convertido en heredero del antiguo fluir del tiempo.

No descarto que algunos defiendan el progreso como único modo, en su opinión, de que pase algo. Otros pueblos -o dirigentes: Bush- piden la guerra.

Risto. Desde luego, el desarrollo tecnológico es innegable, pero las más de las veces nos pasa desapercibida bajo tal denominación su historia social. Aceptamos cándidamente que la humanidad progresa en este ámbito sólo porque acumula conocimientos, descubre e inventa, ya está. Nada sabemos del trasfondo histórico, de quienes contribuyeron con su dinero, su influencia o su poder al descubrimiento, a su difusión o a su comercialización. Ignoramos qué partes de ese conocimiento fueron consideradas secreto de Estado, quiénes lo controlaban o  lo controlan aún hoy, qué instituciones científicas y políticas le dieron el visto bueno, lo publicitaron o lo mantuvieron en secreto, etc. Esta situación se ha vuelto endémica, y ha llevado a nuestra imaginación popular a considerar que la ciencia y la técnica avanzan de modo autónomo. La presentación social de ambas es, por otra parte, privilegiada. Lo que aparece en los noticiarios televisivos son las mejores novedades, las más brillantes: una cura para una enfermedad considerada incurable, un extraordinario avance en las comunicaciones, la última galaxia detectada, un brazo biónico, etc. Nada sabemos de los proyectos de investigación en marcha ni de su financiación, ni de quiénes los financian. Nada sabemos de los fracasos, de las contrapartidas en las líneas de investigación seguidas, de la misma selección de estas líneas de investigación. Reina una extraordinaria candidez social en este aspecto, como si la ciencia, que es buena, no pudiera ser nunca mala. Reinan tópicos y semiideas.

            Una de las más peligrosas es considerar la ciencia y la técnica por un lado y la sociedad y la política por otro, como si las primeras fueran el reino de la investigación pura y las segundas una molestia, una limitación y una manipulación de las primeras. Parece bien que los científicos se dediquen a la investigación sin interferencias del poder. No puede haber mayor ingenuidad que ésta, como si los científicos no fueran también personas con poder insertas en la sociedad, como todo el mundo. Como si sociedad y política no tuvieran ni debieran hacer nada respecto al conocimiento científico-técnico: “que no interfieran”, sería la consigna.

            Lo que llamamos desarrollo técnico o tecnológico (no haremos distinción entre ambos términos) no se parece en nada a lo que podemos encontrar en una historia de la tecnología que se limite a consignar fechas e inventos. No se trata ya tan sólo de que entre los mismos científicos e inventores hay agrias disputas en las que intervienen toda clase de factores, desde la nacionalidad, la edad o el sexo hasta la situación económica, la religión, etc., sino de que además del hecho mismo del invento está su difusión social, que viene a ser igual de importante. Y en la difusión social juegan su papel una serie de elementos muy diversos que sólo pueden llevarnos a una conclusión: el desarrollo tecnológico es solidario de una sociedad, cuya vida da vida a los inventos. Por tanto, las circunstancias sociales juegan un papel determinante en el desarrollo tecnológico, y no son meros puntos de apoyo en el viaje del conocimiento puro, como quiere hacernos creer la mitología de la ciencia que aún predomina en la sociedad. Incluso aunque el mundo ha tenido que ver cómo el saber médico se empleaba para el mal -época nazi-, o cómo los más avanzados físicos del momento inventaban el modo de destruir el planeta -proyecto Manhattan-, a pesar de esto, digo, la mitología sobre la ciencia no sufrió demasiado en la estima general, porque la continua producción de mejoras para la vida efectuada por la técnica era capaz de frenar cualquier reproche serio. Sólo mucho más adelante hemos empezado a no poder mirar hacia otro lado: problemas con las centrales nucleares, extinción de especies, desaparición progresiva de la Amazonia, lluvia ácida, dioxinas, calentamiento global...

Visto con la distancia requerida, el gran error de la Ilustración y de todo el siglo XIX fue creer que el desarrollo tecnológico llevaría aparejado el proyecto ilustrado. Que la máquina liberaría al hombre y le haría entrar en un mundo más humano. El desconocimiento del entramado social del progreso técnico les llevó a creer que la tecnología, como nueva diosa venida del empíreo, tomaría la mano de los hombres para encaminarlos a la senda de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Si se hubieran sumergido en la historia social de los inventos, habrían comprendido el inmenso poder de la sociedad en imponer un tipo de progreso y no otro. Cegados, sin embargo -¡y se comprende!- por el nacimiento de la física moderna (recordemos que Voltaire se dedicó ampliamente a divulgar la ciencia de Newton), y en general por el nuevo rumbo de muchas disciplinas, que contradecían los viejos prejuicios escolásticos, creyeron que era el primer paso en la liberación del hombre. Las consecuencias de este error de apreciación fueron incalculables. En primer lugar, se trata de una visión falsa de la ciencia y de la técnica, como si fueran terrenos de conocimiento puro donde el resto de la sociedad no juega ningún papel; constituía una visión seráfica del conocimiento que lo alejaba completamente de la política, volviéndolo invisible a estos efectos. Hubo que esperar a los historiadores de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX para comprender que su desarrollo estaba unido al de la sociedad en muchos aspectos esenciales. Como consecuencia de esto, la política científica quedó teóricamente inarticulada más allá del simple fomento de la ciencia, despejándose el camino para que el poder político pudiera campar a sus anchas al respecto. En segundo lugar, el desconocimiento de la verdadera dinámica tecnocientífica llevó a la ingenuidad de creer que el progreso en este terreno se traduciría de forma unívoca e incontestable en un progreso social. Cuando los avances científico-técnicos llegaron al extremo de emplearse en el exterminio masivo, las esperanzas ilustradas cifradas en el progreso se vinieron abajo. Sin embargo esto, en lugar de llevar a una repolitización de la tecnociencia, en lugar de llevar a un análisis nunca efectuado seriamente de la verdadera naturaleza del progreso, llevó a una desesperación nihilista. Tan estrecho había sido el vínculo entre ciencia, progreso e Ilustración, que cuando cayeron, cayeron a la vez. En ese vacío nihilista prosperó el poder, y sigue prosperando hoy día. Sin embargo, han aparecido resistencias que son nuestra esperanza.

Salomón: Encuentro ahora en Risto un alma gemela pues ha argumentado magníficamente lo que yo también vengo manteniendo desde el principio.

Sócrates (mira extrañado y pensando para sí mismo se dice a sí mismo en diálogo interior). “No hay progreso. Saben lo mismo que yo. Nada. Con toda su técnica y su ciencia, siguen siendo tan ignorantes como en mis tiempos. Los adelantos técnicos no les han servido para progresar espiritualmente. Se mantiene el dolor y la explotación. Y todavía discuten por qué no entusiasma el progreso. ¡Porque no existe! El verdadero progreso, el progreso moral de la humanidad, no existe. Me dicen ahora que a grandes y sanguinarios tiranos los llevan a juicio, algo que era impensable hace cien años. Sí, pero lo que también dicen –como ese tal Foucault- es que este mundo cada vez acepta menos tiranos porque él mismo está deviniendo tiránico, ¡algo también impensable hace cien años! Y las resistencias que aparecen están condenadas a la insignificancia y a la desaparición, como esos tasaday de Filipinas. Eran 26 cuando los descubrieron, me dijo el centauro Quirón, y ahora dicen que pasan de cien... pero ya no viven como solían, sino que se están comenzando a integrar. Luego me entero de que eran un fraude, un simulacro, ni siquiera existían ya, estaban integrados desde hacía mucho tiempo.

Estos dialogantes que me he encontrado también se niegan a ser integrados en ningún integrismo, mientras los no integrados luchan por integrarse en la sociedad, y si hay algunos que no quieren hacerlo, serán un número insignificante. ¿Qué me pasó a mí? Tampoco quise integrarme, y me costó la vida que, por otra parte, no es gran cosa. Realmente, creo que voy a volverme al Leteo a beber un gran trago del agua del olvido. Será lo mejor. Me estoy cansando de este diálogo y se vuelve a agotar el vino”.

Luciano. No te entusiasmes con Risto, Salomón, que todos coincidimos en algunos puntos pero nos separamos en otros. La defensa de la inocencia y pureza del niño, del actuar al fin por instinto, de la armonía natural y del orden del cosmos, es una defensa de la naturaleza como reservorio último de donde extraer un ideal de lucha que oponer al poder, al capitalismo y al progreso mal entendido. La crítica conservadora hablaba de los lazos naturales como legitimación de la opresión. La crítica ilustrada, con Rousseau a la cabeza, rechazó que la naturaleza fuera así. Yo creo que la naturaleza se revela en la resistencia inerte y el arte la revela. El nacionalismo, en su raíz, también expresa esta rebelión, aunque luego la traicione, pues el fin inevitable de todo lo indisponible es ser utilizado, es decir, traicionado. El arte, decía, es revelación de la naturaleza. No son el orden y la armonía atributos que caractericen a la naturaleza, como parece pensar Salomón, sino todo lo contrario. Esa naturaleza que se nos está revelando es todo lo que no encaja en el curso de la historia. Son los desechos de los siglos, aquello que Hegel consideraba juzgado de una vez por todas por la Historia Universal. El siglo XXI ha comenzado con la rebelión del desecho en el 11-S. Como decía Salomón al comienzo, se trata de restos incapaces de reciclarse que el mundo hegeliano político-económico considera terroristas. Terrorismo va viniendo a ser todo aquello que no se integra y se rebela. Pero aunque algunos vean en esto el deseo violento de pertenecer al club en el que no le admiten como miembro, hay otra forma de verlo que tiene más alcance: que nuestro mundo científico-técnico y administrado va revelando poco a poco la tierra, es decir, la naturaleza en lo que tiene de inerte, de incapaz de orden, de integración, de utilidad. No se rebela activamente, porque eso no está en su ser. Parece una rebelión, pero es una revelación de sí misma. Lo que se revela es el desecho, lo no integrado ni integrable, lo inútil, lo arrumbado por la historia. Es una revelación sin otro mensaje que el desecho mismo, no hay Evangelio que sacar de ahí ni San Pablo que pueda levantar el vuelo. Y esta revelación de los desechos, de la tierra como entraña de la naturaleza, como resto indisponible, inaprovechable y a pesar de todo “monstruosamente” presente, es lo que aterroriza. Por eso yo no creo en el desarrollo armónico de las potencialidades humanas. De hecho, no creo en la armonía, y por tanto tampoco en armonizar lo individual y lo colectivo. De hecho, no tengo propuesta política alguna. Sé que esta civilización no puede de ninguna forma permitirse que haya núcleos no integrados en ella, como los supuestos tasaday de Filipinas. En Brasil hay un proyecto para reducir al mínimo el contacto con las pocas tribus que apenas han visto a un hombre blanco. No prosperará. Sin embargo, esto no quiere decir que todo quede integrado, como en un fin de la historia. Al revés, la reducción tecnocientífica del mundo entero a información, a datos, a bits, a unos y ceros con los que poder crear ecuaciones, economías y sistemas de poder, revela más que nunca la resistencia obtusa de la materia, aquello que hemos llamado tierra, o naturaleza. Es algo omnipresente pero, como la materia oscura de los astrofísicos, difícil de revelar. De ello, decía, se encarga el arte. Sólo él puede enfrentarse a la paradoja de dar forma a lo informe sin que por ello deje de ser informe. Posiblemente Verganza no entenderá nada de esto, y le parecerá pura palabrería. Ya le escucharemos más adelante.

            Desde este punto de vista, podemos apreciar cómo el progreso científico-técnico ha transformado el mundo en un flujo de datos cuasi instantáneos, inseparable del estancamiento del flujo temporal que comentaba más arriba. Consiguientemente, la actualidad es el criterio que decide entre lo válido y el desecho. La total disponibilidad del mundo como información, sin embargo,  implica también su total disponibilidad como desecho. Esto lo ha entendido el arte moderno, pero podemos rastrear su génesis en el concepto romántico de ironía. Cualquier diálogo sobre el progreso, inevitablemente, queda cubierto por el manto de la ironía, por una sonrisa sardónica. Es como mentar la cuerda en casa del ahorcado. Hay progreso, naturalmente que hay progreso, Verganza, pero el progreso no sólo trae lo que dices (que es lo único que ven, con toda lógica, los que aspiran a lo básico para vivir), como bien ve Salomón. Risto lo sabe, pero es un cínico que cree que su cinismo es la mejor arma de combate para sobrevivir en este mundo inevitable. El desierto crece porque las cualidades se han transformado en cantidades, y éstas en datos evanescentes que circulan a la velocidad de la luz por los circuitos integrados (estos, sí, integradísimos). Pero la conversión de todo en información (in-forma, en la forma, en su debida forma), la difusión global de los informes y de los informativos, no pueden esconder del todo lo que la misma palabra contiene, paradoja de sí misma: lo in-forme, lo incapaz de forma. Y así ocurre que al final se necesitan informativos, informes e información constante e instantánea para luchar continuamente contra lo informe, para que el mundo no deje traslucir lo in-mundo, lo incapaz de integrarse en el mundo, los tasaday en todo orden de realidad, algo que amenaza, que aterroriza a cada paso a quienes gastan sus energías en mantener el orden del mundo.

            Y llegados a este punto, me pregunto de nuevo: ¿esperamos acaso que de esos restos que va dejando traslucir más y más el progreso, pueda surgir alguna liberación?

Verganza: A mí tanto irracionalismo ya me supera.

Sócrates. Vale, pero no cierres por ello el diálogo. La pregunta de Luciano es oportuna si tenemos en cuenta que en su discurso, Salomón parece incurrir en contradicción. Por un lado dice que “laborar conjuntamente por la consecución de una sociedad más justa al tiempo que cada individuo labora por el cuidado de su alma ... es quizás lo máximo a lo que se puede aspirar”, pero por otro afirma que “el resultado del individualismo, del cuidado de sí ...  es lo que ha generado y genera la sociedad en la que vivimos”. 

Luciano. Y bien, reitero mi pregunta, añadiendo la sospecha de que mucha gente querrá aprovecharse de los restos, pero éstos se resistirán siempre a ello, pues es su naturaleza; son indisponibles por definición. Habrá quienes, como los judíos, lo confíen todo a un resto. Yo no creo en ello, soy totalmente pesimista al respecto, y además afirmo que se avecinan grandes luchas. Pues conforme continúe avanzando la tecnociencia, continuarán revelándose más restos, mayor será la resistencia de la materia, de la tierra, a ser utilizada. Como consecuencia, será necesaria mayor violencia para avanzar, y mayor será el malestar en la cultura, parafraseando a Freud. Pero si cesara este avance, cosa imposible porque no hay quien ponga puertas al campo de la investigación, diga lo que diga Risto en su excursus sobre la historia social de la ciencia, si cesara este avance, digo, los desechos también desaparecerían y, en una palabra, no nos quedaría nada. ¿Qué hacer entonces?, me preguntáis. Mi respuesta es que no se puede hacer nada excepto decir NO. Esto es, estimular la emergencia de los desechos, de lo ruinoso, lo indisponible, lo inocente, lo incapaz. Sospecho que la ternura hacia la infancia de Salomón viene al menos en parte de que en los niños ha visto este aspecto de indisponibilidad, de inutilidad completa que le lleva a gritar con toda su alma que los dejen en paz. Cada uno de nosotros tiene esa posibilidad de dejar aflorar los residuos, de dejarlos en paz, es decir, de mostrarlos, de revelarlos y dejarlos ahí en medio, como cosa infagocitable.

Risto. Tú eres de los que cuanto peor, mejor, ¿no?

Luciano. No. Yo quiero mostrar la grieta. Derrida lo llamó deconstruir. Quiero hacer una intervención mínima consistente en indicar la grieta, la falla, el cráter del volcán, el agujero negro.

Salomón: La posición planteada por Luciano me parece demasiado postmoderna, esos restos y desechos nos sitúan muy alegremente como anomalías especiales en un mundo integrado. No veo, Sócrates, contradicción entre decir que estamos condenados a vivir en los dos frentes de lo individual y lo colectivo, pero en acusar al mismo tiempo que el polo de lo individual-egoísta-narcisista se ha vuelto, en las políticas postmodernas de la singularidad, peligrosamente antisocial. Al mismo tiempo habitamos un espacio en el que el presentismo de un presente constante impide cualquier acontecimiento, pero además, simultáneamente, nos las habemos con eso indisponible de lo que habla Luciano, última barricada de un mundo sin ideologías. Entre esos dos extremos que ciertamente puede decirse que habitamos y para los que no hay progreso, yo abogué por considerar, también simultáneamente, que a la vez somos hegelianos y pertenecemos al espacio de la política y la economía, a la vez somos padres e hijos, alumnos y profesores, conductores de automóvil y lectores de poesía. Mantengo una noción de equilibrio y de armonía para la cual entiendo que salvaguardar algo de la idea de progreso sólo puede hacerse como término medio entre los extremos del residuo indisponible y de la totalización omnímoda. El pensamiento actual es pesimista, habrá que preguntarse por qué y quizás será necesario recuperar algún residuo clásico para darle de nuevo un impulso de optimismo.

Sócrates. ¡Por Zeus, iberos! ¿No intenté hacer yo lo mismo que dice Luciano?

Luciano. Si tú lo dices, Sócrates... Leyendo a Platón no lo parece.

Sócrates. ¿No intentaba yo liberar el espíritu, que es la indisponibilidad suprema? Platón me convirtió en un lógico, despertando las iras de ese francés que hace poco encontré en el Hades, un tal Deleuze... Por no hablar de ese profesor de griego de Basilea, que no me ha dejado en paz desde que me vio... Pero entonces, ¿hay progreso en la historia, amigos?

Luciano. En el aspecto que nos interesa, que no es el tecnocientífico sino el que podemos llamar moral, definitivamente no.

Risto. Hombre, estaría bueno, a ver si te crees que porque inventemos la penicilina nos volvemos más humanitarios. Eso sería magia simpática, es una ingenuidad. Ya dijo Salomón que el progreso técnico incrementa la potencia humana de forma amoral. Yo creo que todas nuestras dificultades sobre este tema vienen de que no hemos conseguido adaptarnos aún del todo a la técnica. Ocurre poco a poco, lo saben bien los fabricantes. Decidme, cuando hace pocos años aparecieron los teléfonos móviles, ¿no pensásteis por un momento que la gente que iba hablando con ellos por la calle era imbécil? Y fijaos ahora. Los avances despiertan resistencias y recelos, a la mente no le gustan los cambios, pero luego todo cambia, y cambia porque nosotros queremos. Surgen nuevas oportunidades para el bien y para el mal que antes no existían, lo que hace la vida más excitante. ¿No es esto parte de la felicidad? A la larga, sin duda que el progreso nos hace más felices, y al mayor número de personas, como quería Jeremías Bentham.

Sócrates. ¿Entonces hay más felicidad? ¿Hay progreso en el campo de la felicidad? Si es como Risto dice, ¿podemos esperar la mejora del género humano? ¿Podemos afirmar que la historia va a mejor? Espero que Verganza, que me ha achacado no tener conciencia histórica, no desestime la pregunta porque yo la haga.

Verganza: A mi me parece que la conversación ha tomado un cariz de irracionalismo que, por respeto a lo que ha dicho el impostor con y sin conciencia histórica, por no cortar el diálogo, no voy a criticar. Ya es tarde y tendremos que dejarlo tras una última intervención que debemos a Salomón, que anda haciendo ademanes de necesitar pronunciarse.

Salomón. Gracias Verganza por contener tus iras. Sócrates pregunta si podemos esperar que la historia vaya a mejor. Eso nos deja con la Historia como sujeto colectivo análogo al Individuo como sujeto individual en el tiempo. Historia de la Humanidad es un concepto analógico al de biografía del individuo. Tal cosa nos ha sugerido todo el tiempo que así como habría infancia y madurez en los individuos bien lo pudiera haber en los pueblos, lo que nos mete en dirimir si hay grados del saber (educación individual), y si hay estadios de la humanidad (educación colectiva). Como nosotros pensamos que la educación es un progreso pero yo creo que, al mismo tiempo que un niño puede estar bien educado ya por la naturaleza, un viejo puede ser un maleducado gracias a la civilización, la cuestión se complica y no vemos manera de que las mejoras técnicas y científicas conlleven indefectiblemente mejoría o progreso humano en general, con lo que nos vemos instados a declarar que no hay progreso moral alguno en general.

La cuestión de los estadios de la cultura y del conocimiento, lo que Karl Popper descalificaba como “Miseria del historicismo”, es bastante compleja y no está clara para quienes tengamos algunas nociones de la historia del pensamiento y de sus propuestas al respecto. Al plantear la división de la Historia en estadios o edades se intenta con ello dar cuenta del cambio, pero a menudo olvidando la exposición del motor del cambio o de lo que resiste y persiste frente al cambio. La dialéctica entre ser y devenir, vinculada a la de lo uno y lo múltiple, al problema del tiempo y el movimiento con respecto al ser y lo permanente u estable, son profundas cuestiones implicadas en lo que discutimos. Pero usualmente la mera exposición de los estadios sucesivos, la exposición de la diacronía, pasa por la explicación del cambio mismo.

Veamos algunos ejemplos.

La geología dividirá en estadios los procesos de desarrollo de la naturaleza mineral; la paleontología dividirá en estadios biológicos la prehistoria, atendiendo a los fósiles vegetales y animales. Ya en Darwin los estadios se acompañan del motor del cambio: especies biológicas - vegetales – animales – humana (cambio por selección natural; introducción del azar -mutaciones- y eliminación de la teleología).  En Comte se nos ofrece el tránsito en tres estadios: teológico (o mágico-mítico) – metafísico – positivo. En Freud, sin embargo, la teleología se nos cuela en su programa de desarrollo individual cuando aparece orientado a la resolución del complejo de Edipo, mientras que es simplemente la necesidad (ananké) la que a su juicio rige el cambio cultural y social; estadios sociales: animismo – totemismo – politeísmo – monoteísmo –ciencia; Fases del desarrollo psico-sexual individual: -fase oral- fase anal-fálica- fase genital: hasta la resolución del complejo de Edipo. El antropólogo evolucionista L.H.Morgan seguiría el esquema positivista freudiano: salvajismo – barbarie – civilización; al igual que el sociólogo T.Parsons: sociedad primitiva – primitiva avanzada – industrializada, que añadiría la noción de universales evolutivos, como elementos presentes en todo el proceso. Al llegar a Marx vemos que la división en edades o estadios o etapas, se realizará a tenor de la economía y del concepto de modo de producción: comunista – asiático – esclavo – feudal – capitalista – comunista. Proceso en el que la lucha de clases en sociedad (y la contradicción dialéctica en la teoría), se nos ofrecerá como motor de la historia.

El renacentista Vico en su Ciencia Nueva sugiere un progreso de la humanidad en espiral, ni un círculo ni una línea, y el prehegeliano y prehermeneuta abad, Joaquín de Fiore, inspirador de los franciscanos, hablaba de una era del Padre, una era del Hijo y una, por llegar, edad del Espíritu. Curiosamente un libro reciente de Eugenio Trías se titula La Edad del espíritu. Platón fue el receptor de la idea pitagórica de los cíclos, un eón pasaría entre el desarrollo de una humanidad, el cataclismo que la reduciría a cenizas y el surgimiento de una nueva humanidad, como argumenta en sus Leyes, idea seguida luego por Polibio y por Maquiavelo, parecida a la del Eterno retorno de Nietzsche.

Las distintas clasificaciones de la sucesión histórica en Edades, se dividirán en: progresivamente ascendentes, progresivamente descendentes o circulares, en espiral y cíclicas. La primera es la que ofrece el cristianismo y el positivismo, la segunda la que ofrecía el mito de las Edades de Hesíodo que ya hemos mencionado o el Ángel de la Historia de Benjamin. Las últimas vienen prefiguradas por el esquema del desarrollo biológico individual: nacimiento, infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y muerte. De seguirse este esquema en la Historia se dirá que las culturas, los Estados o los Imperios nacen, crecen, alcanzan su apogeo y mueren. Spengler en su obra La decadencia de Occidente recogía semejante caracterización organicista para las colectividades y también sería ésta, apelando a la noción de ciclo, será la propuesta por Maquiavelo.

Hay una cierta relación entre las explicaciones de los procesos históricos y las explicaciones de los procesos cognoscitivos, pues tanto el devenir ontológico como el devenir gnoseológico han de ser explicados; y vemos que unas y otras exposiciones han sido tomadas a menudo como modelos análogos, paralelos o semejantes. Así, gnoseológicamente, a la sucesión de estadios tiene que añadirse también el motor del cambio.

Veamos dos ejemplos en la gradación y modos del proceso de conocimiento de Platón y de Hegel: Platón ofrece los siguientes estadios: eikasia-imagenes, pistis-cosas (doxa-mundo sensible) / dianoia-objetos matemáticos, noesis-formas (episteme-mundo inteligible) // Idea del Bien. Entre ellos el motor del cambio dialéctico sería el escepticismo, la mayéutica o, si se acepta el finalismo platonista, la Idea del Bien. En Hegel los estadios (y sus correspondencias con los de Platón) son los siguientes: certeza sensible (eikasia), percepción (pistis)  =(doxa) / Autoconciencia, Razón (dianoia) y Espíritu (noesis)=(episteme-mundo inteligible) // Conocimiento Absoluto.

El motor del cambio dialéctico será aquí el escepticismo, la muerte o la negatividad, o, si se acepta el finalismo hegelianista, lo Absoluto. Platón y Hegel parecen sugerir un cierto paralelismo o armonía entre la historia de la gnoseología individual y la historia de la gnoseología colectiva, extrapolando el progresismo individual al progresismo colectivo.

Como los procesos de conocimiento de los seres biológicos terminan en la muerte, sólo una soteriología semejante a la del hinduismo ha podido llegar a predicar la idea de progresión moral-gnoseológica que salvaría el escollo del morir, al igual que el platonismo orfico-pitagórico, que llegará a sostener que el proceso gnoseológico puede ser recorrido por una individualidad que no se disgrega con la muerte sino que continúa encarnándose en el lugar en el que lo dejó y progresando junto con la humanidad. La idea de pecado original cristiana y el lamarckismo son otras dos doctrinas científicamente erróneas, hoy convenientemente descartadas de toda reflexión positivista, que permitían pensar en la transmisión de características adquiridas; de modo que si queremos que haya progreso moral en la Historia nos vemos abocados a un plano religioso y en contradicción expresa con la ciencia. Lo que a Verganza le parecerá el colmo de la irracionalidad.

Sócrates: Larga y espléndida exposición, Salomón. Pero tamaña disgresión nos llevaría a otro nuevo diálogo que se tendría que titular: Sobre la Historia. Y a otro sobre la Ciencia, y a otro sobre la Educación. Yo, francamente, me vuelvo ya al Hades a dormir un poco. Vosotros, amigos, seguid si queréis y os quedan fuerzas. Y conjuradme en nueva ocasión a que haga aparición en vuestro convite, a ver si la divinidad me permite encontrar un sabio entre vosotros, los de ahora, un hombre justo y bueno a quien pueda encomendar el cuidado de mi alma y así encaminarme hacia ese mejoramiento del que, en la presente ocasión, hemos acabado dudando de su existencia.

Risto: Sí, lo mejor es que nos piremos.

 

Después de tales palabras de Sócrates y la sentencia de Risto, todos convinieron en abandonar el local y dar por zanjada la discusión, ante el peligro de que se desplegase y multiplicase en conversaciones sin término. Tras franquear la puerta, Sócrates desapareció entre la bruma, tal y como había surgido, mientras que los demás, tras las cortesías y despedidas de rigor, tomaron cada uno su rumbo.

 

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