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INTELECTUALES FRENTE A PODEMOS (o de cómo Platón todavía sirve)

Francisco Manuel Cordero Morganti


El mito de la Caverna de Platón mantiene hoy día plena vigencia para entender las relaciones entre filosofía y política. Gracias a esta genial metáfora que nos brindó el autor de la teoría de las ideas, podemos tratar de entender de qué forma reconocidos intelectuales del panorama español enfrentan su pensamiento con la diferencia radical que ha introducido Podemos en la manera de hacer política en nuestro país. Todo un reto, dicho sea de paso, si comparamos lo que hasta hace unos meses ha sido letanía y grisalla en dicho panorama (cosa que, por otro lado, permitía cierta tranquilidad y distancia en los análisis, por muy críticos que estos fueran) con la urgencia de cambio, ruptura, o regeneración puesta sobre la mesa repentinamente por este partido con toda la fuerza de su discurso. Nace, por lo tanto, la emergencia de un genuino debate político ante el cual ya resulta imposible sustraerse. Los intelectuales, que otrora pudieron estudiar y analizar panoramas genéricos o cuestiones de fondo, se han visto en la obligación de hablar directamente de Podemos, de política en relación a este “cisne negro” que se incrustó, con la fuerza de millón y medio de votos, en el tradicional escenario de partidos nacionales. Esta situación no es nueva, por mucho que en España algo así haya cogido por sorpresa a todo el mundo – hasta a los intelectuales- y se conoce históricamente como “la toma de partido” ante una situación política determinada.

    Basándonos en el Mito de la Caverna, vamos a analizar esta relación entre determinados intelectuales (y decimos “determinados” porque evidentemente los “seres con mente” son singulares, y elaboran producciones concretas) y el partido de Pablo Iglesias (y es pertinente poner el nombre de este político porque las censuras vertidas tampoco son ya sobre ideas planteadas por él ni por su formación, sino que se dirigen a personas con nombre y apellido). Para nuestro fin, conviene recordar lo que dice tal mito:

unos prisioneros se encuentran recluidos en una caverna, no pueden ver el exterior porque son fijados en su ubicación de forma que no son capaces de girar la cabeza para ver directamente la entrada y solo pueden contemplar las sombras que en la pared de dicha caverna proyecta la luz que entra a sus espaldas. Un día, uno de ellos es liberado y accede al exterior. Al principio le duelen los ojos por la claridad, pero poco a poco se va acostumbrando, hasta ver directamente las formas del mundo exterior, incluso llega a ver la luz el Sol. El prisionero vuelve a la caverna a contar a los compañeros lo que ha visto, pero a estos, acostumbrados a percibir en la oscuridad, les cuesta un gran trabajo creerle.

    Platón remata esta narración diciendo que tal es el estado de la condición humana.

    Este mito expone a la perfección los dos aspectos fundamentales de la filosofía, el gnóstico y el político, y la concibe asociada en sus raíces a un conflicto esencial entre estos dos términos antitéticos. No obstante, el hecho mismo de que el prisionero liberado vuelva a la caverna supone la expresa prohibición de la permanencia en el polo gnóstico. Así, el filósofo, previo progreso al mundo de las esencias y el conocimiento, debe volver al lugar mundano de donde partió a publicitar lo aprendido, a confrontar su saber con los demás y terminar de validarlo. Desde el punto de vista platónico, el filósofo es algo así como un gnóstico que abandona tal condición por vocación política; para Platón, la filosofía culmina cuando deviene filosofía política, cortando por otro lado, con esta posición, con la tradición gnóstica de los llamados “filósofos presocráticos”.

    Basándonos en esta digresión de historia de la filosofía, podemos establecer esta extrapolación: algunos intelectuales, a los que seguidamente me referiré, no terminan de culminar el recorrido del esclavo que accede al conocer y luego retorna a la caverna; no terminan de adentrarse en la caverna a contar directamente, cara a cara, lo visto, lo teorizado. Situados así en el umbral, alzan su voz a ver si los que están dentro se enteran de su error.

    Vaya por delante que no es nuestra intención abundar en el tópico de “la torre de marfil”, o el acomodo en el citado polo gnóstico en el que el intelectual puede caer. Muy al contrario, pensadores como Antonio Elorza, Fernando Savater o Santos Juliá (y este artículo, en su desarrollo, quiere justificar el porqué de la elección de estos tres notorios críticos de Podemos) no están precisamente “alejados del panorama”, y desean regresar a la caverna, sí pretenden hablar directamente a los “prisioneros” y revelarles su condición; en definitiva, tienen como objetivo politizar su discurso. A nuestro juicio el problema reside en que sus análisis de partida sobre la situación social que se vive en España actualmente dan la sensación de que ellos no pisan el mismo suelo que pisan sus antiguos compañeros de caverna. No se trata, repitámoslo, de dividir insidiosamente, ni de recurrir al polémico “nosotros frente a ellos”; se trata, exclusivamente, de una cuestión de reconocimiento de la ciudadanía en el conjunto de sus análisis, y esto remite a la cuestión del discurso, esto es, a la forma en que se trasmiten las ideas.

    Antonio Elorza realiza (en el diario El País, 18 de Julio de 2014) el siguiente análisis sobre la oportunidad que brinda el actual contexto económico y social a grupos políticos alternativos en Europa: “La estructura de oportunidad puede compararse a un vacío en la vida política, en circunstancias como las actuales de creciente malestar económico y descrédito de los actores políticos tradicionales…”. Repetimos: no es nuestra intención discutir sobre las ideas vertidas, sino exponer la dimensión política de las mismas, y esto nos lleva a analizar las palabras empleadas, pues ellas suponen el cauce para contactar con la ciudadanía, y para que esta se vea reconocida y pueda tener instrumentos de crítica gracias al acervo recibido. En este sentido, hablar de “descrédito de los actores políticos tradicionales” y de “malestar económico” para referirse a estados insoportables de corrupción, o a la depresión social producida por las políticas de austeridad en Grecia, Portugal, Irlanda o España, no pasa de ser un eufemismo analítico que no alcanza la dimensión política: en un plano científico, los términos ostentan un significado suficiente; en un plano político, social, ciudadano, son claramente insuficientes. Por supuesto, no vindicamos ser impertinentes, ya que, sin lugar a dudas, no procede indicarle a un intelectual cómo puede expresarse. Sin embargo, lo que en un plano conceptual sí se entiende, en un plano político no alcanza a explicar la tragedia que supone el hecho que una administración europea priorice las ciclópeas ganancias de la banca legislando en contra de una sociedad civil, tal y como fue planteada por el modelo social del viejo continente en su origen.

    Antonio Elorza sí consigue a nuestro juicio una adecuada descripción política en el último de sus artículos críticos con Podemos (Podemos, en el jardín de los engaños, El País, 12/10/20141), donde se concluye con la siguiente reflexión: “El éxito de los días 18 y 19 está asegurado (se refiere a la asamblea constituyente celebrada por Podemos estas fechas de octubre), mientras los partidos de gobierno se desploman, llevándonos hacia un escenario a la griega.” Aquí sí hay un significado políticamente completo porque un “desplome” aporta más inteligencia a la situación que se pretende describir que un mero “descrédito de los actores políticos tradicionales”, pero entonces, la cuestión estrictamente política reside en dirimir por qué Podemos sube incesantemente en la intención de voto y los partidos tradicionales se están desplomando.

    En relación a Podemos, Fernando Savater es el ejemplo palmario de disociación entre los polos gnóstico y político de la filosofía en el ejercicio de sus críticas. En el aspecto político (en la comunicación a la ciudadanía de sus ideas) este filósofo dice, entre otras cosas: “la gente no quiere reformas, quiere revancha, ese es el discurso de Podemos” (extraído de una entrevista en el diario digital Vox Populi). Es un mensaje íntegro en su simplicidad, que puede equivaler a una consigna. Por otro lado, en el plano analítico, lo que él opone mediante sus escritos a esta amenaza de avalancha totalitario-populista (concretamente en su último libro No te prives, defensa de la ciudadanía, escrito después de las elecciones europeas de Mayo de 2014) es su idea de la ciudadanía crítica, informada, comprometida con sus derechos y deberes, al margen de territorios, etnias, o lenguajes compartidos. Estamos ante la descripción de un concepto político que tiene una forma extemporánea, válido en principio para cualquier situación, pues, efectivamente, es indudable que la ciudadanía es un más allá de todas aquellas características enunciadas, pero si la situamos extra mundi, fuera de todo contexto, se queda en el marco de una ciudadanía universal, válida para aplicarla a las condiciones de cualquier país, sean los Estados Unidos de Norteamérica o Gabón.

    Sin duda, así descrita, resulta ser un concepto muy estimable, pero completamente neutro y elíptico, y puede llevar a producir lo que decía Platón refiriéndose a los libros, cuando los comparaba con las estatuas egipcias: muy hermosas a la vista, pero, al dirigirse a ellas con alguna inquietud, callan solemnemente. De esta manera, cuando Savater “regresa a la caverna” con su acervo conceptual y encuentra a algunos de sus moradores atendiendo otros discursos distintos (y no exactamente contrarios al suyo) no puede por menos que descalificar a aquellos que pretende instruir, como pone de manifiesto al decir que los votantes de Podemos sólo buscan revancha (y por añadidura que este partido pretende beneficiarse aviesamente de este sentimiento descubierto).

    Por último, nos referimos con más pormenor al artículo del sociólogo Santos Juliá publicado en el País el 8 de Agosto de 2014, Gente será, mas gente empoderada.
 

    Nos encontramos aquí con un cambio de perspectiva crítica con respecto a Elorza o Savater, que se centran sobre todo en la ideología –a su juicio, encubierta- de Podemos. Si exceptuamos su final, todo el artículo se circunscribe al lenguaje político empleado, respectivamente, por Pablo Iglesias y Javier Monedero en dos publicaciones, Conversaciones con Pablo Iglesias y Curso urgente de política. La crítica de Juliá se centra en el análisis del discurso que ambos emplean.
 

    Este autor señala el gran acierto de los dos: elaborar el lenguaje que identifica los bandos de la confrontación, el “nosotros” frente al “ellos”, “la gente” versus “la casta”. El gran mérito de esta terminología radica, entonces, en haber dado identidad, por un lado, a los indignados de la Puerta del Sol (“La Puerta del Sol de Madrid, espacio de poder que durante el siglo XIX y hasta 1931 presenció tantas veces al pueblo en revolución…”) y, por otro, al enemigo, presentándolo como el conjunto de una clase política corrompida y nepotista. Juliá sigue señalando con finura analítica que Podemos es el cauce por el que los indignados han tomado la iniciativa política en la forma de “empoderamiento ciudadano”.

    Tras este impecable análisis, se realiza una comparación con la denuncia que, hace un siglo, hiciera el filósofo español Ortega y Gasset convocando a una regeneración política y estableciendo, como hace Podemos en la actualidad, unas dicotomías que hoy sorprenden por su similitud (“Los discursos no son tan diferentes como las personalidades de sus emisores haría sospechar: también una España oficial y un régimen corrupto, también unos partidos —dos— que no les representaban, también una llamada a la acción: si se superpone la conferencia pronunciada por Ortega en el teatro de la Comedia con el texto de esta conversación de Iglesias producido cien años después, sorprenderá hasta qué punto los relatos se confunden y los marcos de interpretación de la realidad se repiten”). Ciertamente, cuando se cotejan la identidad de las denuncias del joven Ortega y la de los líderes de Podemos, es lícito leer la historia política española como la implacable repetición de unos síntomas específicos que la conducen a la ruina.

    Pero Santos Juliá señala una diferencia capital entre Pablo Iglesias y Monedero, y Ortega y Gasset: este último era un intelectual, los primeros son políticos. Como intelectual “puro”, y esto ya lo decimos nosotros, Ortega permanece a una prudencial distancia del compromiso decidido, su acción política principal consiste en la ilustración pública -iniciativa esencial de todo pensador de la modernidad-. Sin duda, hace escuchar su voz, pero algo no hace: Ortega, como esos intelectuales a los que nos referíamos arriba, se queda en la entrada de la Caverna, donde se le puede escuchar mejor, pero no se adentra. Por el contrario, los intelectuales Iglesias y Monedero sí traspasan la caverna hasta su colmo, y esto conlleva el traslado de su discurso de la Academia a la plaza pública, a las ágoras virtuales, televisivas, mundanas, donde la cercanía con los “prisioneros” es ya lo suficientemente manifiesta como para que estos escuchen… y les comprendan, y se reconozcan en sus “teorías”.

    Esta conexión lograda, casi milagrosa en el momento presente, es el núcleo de la política de Podemos, y que sus propios detractores hayan adoptado de alguna manera su propio vocabulario refleja hasta qué punto se ha ganado el discurso. Supone, también, la asunción de una ingenuidad: que Iglesias y Monedero (como les censura Santos Juliá realizando, por otro lado, comparaciones con jóvenes nazis cantarines, indignas de la altura de este pensador) eviten hablar de “metas finales” en pos de la consecución del “empoderamiento” ciudadano es la genuina producción política de Podemos. Esta labor, que centra las energías del pensamiento en la producción de significantes que identifican a sus receptores como partícipes de un discurso emancipador, se conoce, desde Marx, con el nombre de acción y supone el trabajo explícitamente político de convertir ideas, que, como Platón nos enseña, siempre se referirán a sí mismas, en palabras, que son el material con el que se teje el lazo social.

    Definitivamente, es este retorno a la praxis, el retorno decidido al espacio sombrío de la Caverna en la acción política genuina, lo que ha generado un “santo horror”, lo que ha despertado bruscamente del ensueño gnóstico y ha provocado como reacción una descalificación tópica: “populismo”.

 

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