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RITO DE PASAJE Y ORIGEN DE RESENTIMIENTO

Brevísima introducción al Libro de los Pasajes de Walter Benjamin

 

Luis Fernández-Castañeda. Mayo de 2007

 

Desembarázate del tiempo como los pájaros

que se sacuden las gotas de rocío de la noche.

 

Yehuda Ha-Levi[1]

 

 

Dos son los niveles en que creo que puede abordarse con fruto el Libro de los Pasajes de Benjamin. El primero es el que podríamos denominar de análisis social, el segundo el de una filosofía de la historia que linda con la teología. Abordaremos brevemente estos dos niveles.

 

 

PRIMER NIVEL: SOCIOLOGÍA FILOSÓFICA

 

Son de sobras conocidas las dificultades que presenta el Libro de los Pasajes. Para empezar, ni siquiera el título procede del autor.[2] El editor alemán, Rolf Tiedemann, se encontró con una serie de cuadernos y hojas sueltas agrupadas por temas, como ‘Baudelaire’, ‘pasajes’, ‘sistemas de iluminación’, etc. Este material se compone en su mayor parte de innumerables citas extractadas de los libros que Benjamin consultó en la Biblioteca Nacional de París, citas que a menudo -pero no siempre- incluyen un breve comentario. De vez en cuando aparecen otros fragmentos con reflexiones propias, que se incluyen en los cuadernos como si fueran una cita más. Eso es todo. El trabajo comenzó en 1927, para sufrir en seguida una interrupción, y se reanudaría en 1935, continuando desde entonces hasta su muerte en 1940. ¿Qué quiso decir Benjamin? ¿Resulta de alguna relevancia para nosotros hoy? Respecto a la segunda pregunta, yo no lo dudo, y espero que estas líneas lo avalen. Respecto a la primera, hay que subrayar antes que nada que se trata de un proyecto inacabado. Y es que se ha extendido una cierta mitología del Libro de los Pasajes, según la cual de la lectura ordenada de las citas se extraería el mensaje que el autor quiere transmitir[3], como si fueran las teselas desordenadas de un mosaico[4] que, si diéramos con el orden correcto, nos permitirían contemplar una composición coherente.[5] Es un camino poco prometedor. La prueba es que no ha llegado a emprenderse seriamente, como consta en la bibliografía de los, como mínimo, veinte últimos años.[6] Lo mejor es atenerse a los dos resúmenes que Benjamin elaboró sobre su proyecto, y que figuran al principio de la edición alemana (y española). Aunque en ellos se viera algo forzado a recurrir a términos marxistas por motivos tácticos[7], proporcionan una somera visión de conjunto de lo que hemos llamado el primer nivel de análisis, el nivel sociológico. Y a este nivel, podemos enunciar lo que considero la tesis del Libro de los Pasajes, su columna vertebral: el desarrollo acelerado de la técnica al que asiste el siglo XIX, reaviva en éste los más viejos anhelos de la humanidad, el anhelo de una Edad de Oro.[8] Se piensa que la técnica liberará al hombre. Sin embargo, el balance final es un fracaso: el siglo XIX acaba siendo la época de una fallida recepción de la técnica, dado que no ha sabido unirla solidariamente a las ansias de liberación de la humanidad.[9] La experiencia del siglo XIX es la experiencia de un gran fracaso cargado de consecuencias. Dado que las irreprimibles ansias de liberación no hallan una salida razonable, se refugiarán en el mito, en la fantasmagoría, en lo onírico.[10] En estos terrenos de lo irracional encontrará acogida la energía acumulada de un deseo liberador que no ha podido imponerse en la práctica, transformándose también, al menos parcialmente, en resentimiento. Este es el origen del resentimiento moderno que, como ‘malestar en la cultura’, tematizó Freud en 1930, y que volvió a aparecer como culpable delectación en el 11-S. Pronto, el poder político -como en el caso del fascismo- sabrá aprovechar esta fuerza represada, sobre todo la que se ha convertido en resentimiento. El siglo XX aparece a esta luz, podemos pensar, como una pesadilla soñada por el XIX. Pretende así Benjamin lograr un diagnóstico del presente que evite por completo el asombro de cómo se ha llegado a esto.[11] Lección no asumida, si pensamos que en la guerra de Bosnia volvieron a multiplicarse las expresiones de asombro porque aquello sucedía en Europa, en vez de en África o en Asia.

 

Los ‘capítulos’ del Libro de los Pasajes, en su gran mayoría, desarrollan la tesis mencionada en un campo muy concreto, ya sea la moda, los panoramas, la fotografía, las exposiciones universales, etc. Investigan de qué modo la técnica modeló la sociedad y cuáles fueron las reacciones de ésta, que van desde el rechazo a la aceptación más entusiasta. Benjamin colecciona citas siempre significativas al respecto. Mención aparte merece el ‘capítulo’ más extenso del libro, dedicado a Baudelaire. En él ve Benjamin al poeta por excelencia de la modernidad, alguien que ha afrontado hasta el final, sin reservas de ninguna clase, la lucha que ocupa a un siglo entero. Por eso ahí el despliegue de citas resulta casi sobrecogedor, a lo que hay que añadir además sus propios análisis.

 

El origen del proyecto de los Pasajes hay que situarlo en la impresión que le causaron los pasajes de París. Es sabido que fue su acercamiento teórico a los surrealistas, la lectura de El campesino de París (1926) de Aragon, y su visita a los pasajes en compañía del intuitivo y certero Franz Hessel[12], lo que le llevó a descubrir en aquellas formas arquitectónicas periclitadas la pulpa mítica debajo de la costra del tiempo. Esas calles cubiertas de hierro y cristal tienen un sesgo onírico que va mucho más allá de su pretendida utilidad. No son sólo expresión del pujante lujo industrial, también lo son de las ilusiones que la sociedad ha depositado en el nuevo modo de producción y de vida. Por ellos, al parecer despierta pero soñando,[13] se introduce la sociedad en el nuevo mundo que está preparando la técnica. Los pasajes parisinos en su época de esplendor -años 20 y 30 del siglo XIX- se le aparecen a Benjamin como un verdadero rito de pasaje al capitalismo moderno. En ellos lee Benjamin el inicio de la fantasmagoría, el represamiento de las ansias de liberación en un mundo de sueños donde las mercancías parecen responder a las demandas del hombre. Redescubiertos por los surrealistas en el siglo XX, los pasajes sintetizan para Benjamin los temas principales de su proyecto.

 

Se comprende entonces que tenga especial interés en localizar en esos y otros restos materiales del siglo XIX indicios de las fuerzas míticas que son producto de este fracaso, y que han seguido actuando hasta hoy. Su denso comentario sobre Las afinidades electivas de Goethe, de 1922, estudiaba la irrupción de estas fuerzas míticas en el seno de la sociedad alemana ilustrada, y ha de verse como un antecedente del proyecto de los Pasajes.[14] También allí la caída en el mito tenía consecuencias desastrosas. Pero no se trata de exorcizar el mito con el sahumerio de la razón, camino criticado por el mismo Goethe en la novela, y que a Benjamin no le pasaba desapercibido. Más bien hay que comprender qué fuerzas actúan en él y por qué. Benjamin ya posee un modelo de explicación, como se acaba de señalar al proponer la tesis del libro. Veamos ahora cómo procede, siquiera sea de un modo sumario, mediante un ejemplo.[15] Escogeremos para ello una anotación perteneciente al legajo P, titulado “Las calles de París”. No se trata en este caso de una cita, sino de un texto del propio Benjamin:

Para entender la “calle”, hay que distinguirla del “camino”, más antiguo. Se distinguen por completo según su naturaleza mitológica. El camino implica el miedo al camino equivocado. En los guías de los pueblos nómadas tuvo que reflejarse ese miedo. Aún hoy, todo caminante solitario siente, en las revueltas inesperadas del camino y en sus bifurcaciones, el poder que las antiguas indicaciones ejercían sobre las hordas nómadas. Pero quien va por una calle, no necesita al parecer ninguna mano que le indique ni le guíe. El hombre no cae en su poder al marchar por un camino equivocado, sino al sucumbir al despliegue monótono y fascinante de la banda de asfalto. La síntesis de estos dos miedos, sin embargo –el monótono camino equivocado– lo representa el laberinto.[16]

Benjamin describe la diferencia entre camino y calle. Antes de hablar de las calles de París, le parece oportuno hacer esta distinción. No se basa para ello, sin embargo, en lo que podríamos llamar ‘rasgos objetivos’ del camino, sino en lo que él denomina “su naturaleza mitológica”. De pronto, una construcción material, objetiva, mostrenca si se quiere, adquiere una dimensión impensada mucho más determinante que cualquier rasgo objetivo. De pronto, la objetividad material queda desfondada, no por una dialéctica subyacente que explicaría las íntimas contradicciones del objeto material y de su dinamismo, sino por la emergencia de una dimensión mítica. Lo que nos sorprende es que en el objeto más humilde y cotidiano –un camino- se localicen los restos de una fuerza mítica que no podemos negar, una fuerza que de un modo atenuado, casi invisible, imperceptible, sigue actuando hoy.  Es cierto que “el camino implica el miedo al camino equivocado”. Así aparece en los cuentos: Blancanieves se pierde en el bosque, Caperucita va camino de casa de la abuela y todos sospechamos que algo se va a torcer en ese camino, por no hablar de Hansel y Gretel, que también se pierden en “la selva primitiva”. El camino equivocado abre la Divina comedia[17] y, yendo más atrás, inaugura el Libro de los Salmos.[18] Benjamin, que podía haber citado estos ejemplos, se dirige al pasado más remoto del que tenemos noticia: a la prehistoria, a los pueblos nómadas. El miedo al camino equivocado tuvo que cobrar toda su fuerza entonces, de modo que el resto de los ejemplos que pudiéramos señalar serían derivaciones de menor fuerza que este gran pavor de los pueblos nómadas, cuando equivocar el camino suponía sufrimiento, desgracia o incluso muerte; miedo renovado en las pateras de hoy. Y así, mediante esta observación, encontramos que en el camino, aún hoy, irisa la experiencia que refleja el mito: la de aquellos que se han perdido. Benjamin destapa la prehistoria en la actualidad, enseñándonos a reconocer el poso mítico, la presencia del pasado más remoto en la actualidad. “Aún hoy, todo caminante solitario siente, en las revueltas inesperadas del camino y en sus bifurcaciones, el poder que las antiguas indicaciones ejercían sobre las hordas nómadas.” Esta es la naturaleza mitológica del camino, todo esto está presente en él. Vemos, pues, que la iluminación de lo que es un camino no procede por un análisis objetivo, sino por el intento de desentrañar las experiencias que se condensan en él y que forman parte de su naturaleza mitológica. Este es el verdadero método de Benjamin en el Libro de los Pasajes, a pesar de lo que pueda decir el legajo N sobre la teoría del conocimento.[19] Pues lo que aquí nos interesa es mostrar la praxis real que lleva a cabo en esta obra. Benjamin es especialista en detectar esos posos míticos. Localizarlos, evaluarlos y liberarse de ellos es la tarea que se propone en el Libro de los Pasajes:

Roturar terrenos en los que hasta ahora sólo crece la locura. Penetrar con el hacha afilada de la razón sin mirar a derecha o izquierda, para no caer en el horror que seduce desde lo hondo de la selva primitiva. Todo suelo tuvo una vez que ser roturado por la razón, limpiado de la maleza de la locura y del mito. Esto es lo que aquí se debe hacer con el suelo del siglo XIX.[20]

Para liberarse de ellos, o despertar del sueño del siglo XIX, como él mismo dice,[21] es necesario antes que nada saber escucharlos, porque a pesar de que acarrean la perdición si permanecemos en ellos[22], también revelan la energía represada de lo que no pudo ser, también son testimonio de lo perdido. No hay que abordar, pues, el Libro de los Pasajes como un análisis objetivo de los materiales, esperando descubrir el oro entre la ganga de miles de citas. Se trata más bien de entrar en una atmósfera donde en lo material se traslucen las experiencias más remotas, emergiendo en muchos casos como fuerzas míticas. El objetivo es rescatar estas energías perdidas o malogradas de la humanidad como las únicas capaces de dotar de sentido al presente, despertando así de la historia como aplazamiento constante de la liberación soñada por el hombre. Sin embargo, los motivos de esta salvación o rescate son más profundos, y conducen al segundo nivel de análisis.

 

 

SEGUNDO NIVEL: FILOSOFÍA TEOLÓGICA DE LA HISTORIA

 

 

La filosofía de la historia de Benjamin es expresión de un shock con el pasado. Su libro sobre el drama barroco (El origen del drama barroco alemán (1925)[23], supone el encuentro con una literatura olvidada cuyas ruinas, sin embargo, resultan más elocuentes que otros ejemplos acabados. Cuando dos años más tarde descubra filosóficamente los pasajes, el shock será mucho más intenso, llevándole in extremis a redactar Sobre el concepto de historia (1940)[24], que es la base filosófico-teológica de este segundo nivel en que debe analizarse el Libro de los Pasajes.[25] Benjamin escucha en el drama barroco alemán (Trauerspiel) la voz de aquello que no pudo ser. Por entonces concibe esa escucha platónicamente, condensándola en el Prólogo. Para él, las ideas no dejan de enfrentarse una y otra vez al mundo empírico hasta alcanzar una fisonomía propia en la que los fenómenos quedan integrados. Sin perder su singularidad, los fenómenos ingresan en un orden superior y de este modo trascienden su aislamiento o su ruina. Esto es lo que significa entonces ‘salvar los fenómenos’.[26] Entre las ruinas del Barroco alemán, Benjamin intenta captar la idea del Trauerspiel, y así salvarlas. Lo que no llega a poder verbalizar por entonces es el motivo que le empuja a salvar esa herencia olvidada, y tampoco el sentido de esa salvación.[27] Muchos años más tarde, hacia el final de su vida, consigue hacerlo: algo pide, entre esos campos de ruinas, ser salvado. No es una cuestión de empatía con lo que ha sido, o de acribia científica; no es una iniciativa por nuestra parte, sino más bien la respuesta a una llamada. Hay algo en el pasado que, reclamando su rescate, aparece súbita y fugazmente tanto ante los ojos del historiador como del colectivo en acción. Ambos se saben apelados, llamados. Ambos han de aceptar una responsabilidad. Cada uno de nosotros, por su parte, dispone de una porción, por mínima que sea, de esa energía capaz de responder a la llamada y, de este modo, salvar el pasado.[28] No se trata de una vuelta al pasado, como si nosotros fuéramos el gozne en torno al cual todo gira, sino que se trata más bien de una reviviscencia: es el pasado el que nos convoca, el que nos reclama, el que tiene derecho sobre nosotros; el que, llegando al presente, se presenta fugazmente como condensación del tiempo. El pasado tiene, así, una orientación secreta hacia la redención que impide concebirlo como muerto. Digámoslo claramente, en palabras de Benjamin: en la historia hacemos una experiencia que nos impide considerarla de un modo fundamentalmente ateológico. (Y que, desde luego, implica otro concepto de tiempo que nada tiene que ver con el llamado ‘tiempo lineal’). A este respecto, Benjamin cita unas palabras de Horkheimer y realiza una reflexión crucial sobre ellas. Es lo que en la literatura especializada se conoce como la Horkheimer-Sequenz, que por su importancia citamos aquí in extenso:

Sobre la cuestión de lo inconcluso de la historia, carta de Horkheimer del 16 de marzo de 1937: «La constatación de lo inconcluso es idealista si no incorpora lo concluso. La injusticia pasada ha sucedido y está conclusa. Los golpeados han sido realmente golpeados ... Si se toma lo inconcluso con toda seriedad, entonces hay que creer en el juicio final ... Quizá respecto de lo inconcluso exista una diferencia entre lo positivo y lo negativo, de modo que únicamente la injusticia, el horror y el dolor del pasado sean irreparables. La justicia practicada, las alegrías, las obras, poseen otra relación con el tiempo, pues su carácter positivo queda ampliamente negado por la caducidad. Esto es válido en primer lugar para la existencia individual, en la que no es la dicha, sino la desdicha, la que está marcada por la muerte». El correctivo a este planteamiento se encuentra en aquella consideración según la cual la historia no es sólo una ciencia, sino no menos una forma de rememoración. Lo que la ciencia ha “establecido”, puede modificarlo la rememoración. La rememoración puede hacer de lo inconcluso (la dicha) algo concluso, y de lo concluso (el dolor) algo inconcluso. Esto es teología; pero en la rememoración hacemos una experiencia que nos impide comprender la historia de un modo fundamentalmente ateológico, por mucho que no debamos intentar escribirla con conceptos directamente teológicos.[29]

Como se ve, desde la filosofía no debemos hacer teología, pero el punto está en que la experiencia de la historia a que se refiere Benjamin impide concebirla como algo cerrado de una vez para siempre. El Libro de los Pasajes es la respuesta de Benjamin a esa apelación del pasado; consituye su cita con el siglo XIX, y se sitúa en la misma esfera de los Dióscuros, hermanos inseparables que no quisieron la inmortalidad si sólo se le concedía a uno de ellos:

Este escrito, que trata de los pasajes de París, se inició al aire libre de un cielo azul sin nubes curvado sobre el follaje, y sin embargo ha quedado cubierto por el polvo multisecular de millones de hojas, ante las que la fresca brisa del afán, el pesado aliento del investigador, la tormenta del celo juvenil y el soplo indolente de la curiosidad quedaron sepultados. El cielo estival pintado en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional de París, mirando hacia abajo desde las arcadas, extendió su cubierta, soñadora y sin luz, sobre el primer parto de su idea. Y si se abriera ante los ojos de esta joven idea, no se verían dentro a las divinidades del Olimpo, a Zeus, Hefesto, Hermes o Hera, a Ártemis o a Atenea, sino, en primer término, a los Dióscuros.[30]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] Poemas, Alfaguara, Madrid 1994, p. 363.

 

[2] El editor español optó por Libro de los Pasajes, título que conservamos aquí. (Walter Benjamin, Libro de los Pasajes, Akal, Madrid 2005; las citas se harán por esta edición, añadiendo su respectiva letra y número, como es habitual; p. ej., N 1 a, 8, etc.).  Los editores de las obras completas en alemán lo titularon Das Passagenwerk, ‘la obra de los pasajes’ (Walter Benjamin, Gesammelte Schriften, Suhrkamp, Frankfurt/M, 1974-1988; en adelante GS, seguido del número del tomo y de la página). Que se sepa, Benjamin no dejó ninguna indicación al respecto.

 

[3] El motivo es una reflexión del propio Benjamin: “Método de este trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No hurtaré nada valioso, ni me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los harapos, los desechos: esos no los quiero inventariar, sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos. [N 1 a, 8]”. Adorno comenta a Scholem en carta de 1949: «A comienzos del año pasado recibí por fin el material sobre los Pasajes escondido en la Biblioteca Nacional. Trabajé muy minuciosamente sobre él este verano, y han surgido problemas que debo tratar con usted. Hoy quiero al menos indicárselos. El más grave es el extraordinario retroceso de las formulaciones teóricas frente al enorme tesoro de citas. Esto se explica en parte por la idea, formulada expresamente en un fragmento (y que por lo demás me resulta problemática) de “montar” puramente el trabajo, esto es, de componerlo a base de citas de modo que la teoría se desprenda por sí sola sin tener que añadirla como interpretación.”, etc. (Libro de los Pasajes, p. 886) El editor alemán comenta con razón: “En afirmaciones posteriores, Adorno tomó la idea del montaje mucho más literalmente, insistiendo en que Benjamin no pensaba sino en colocar una cita tras otra. Este editor, sin embargo, no llegó a convencerse, tras repetidas conversaciones con Adorno, de que el montaje literario en cuanto método, tal como lo veía Benjamin, (cf. N 1 a, 8; N 1, 10), coincidiera con el puro montaje de citas.” (Ibid, p. 887)

 

[4] Muchos utilizan la imagen de las teselas y el mosaico de El origen del drama barroco alemán para aplicarla al Libro de los Pasajes. No veo qué nueva comprensión se alcanza con ello. (“...la majestad de los mosaicos perdura a pesar de su despiece en caprichosas partículas. Tanto el mosaico como la contemplación [filosófica] yuxtaponen elementos aislados y heterogéneos ... El valor de los fragmentos de pensamiento es tanto mayor cuanto menos inmediata resulte su relación con la concepción básica correspondiente, y el brillo de la exposición depende de tal valor en la misma medida en que el brillo del mosaico depende de la calidad del esmalte.” El origen del drama barroco alemán, Taurus, Madrid 1990, traducción de José Muñoz Millanes, p. 10-11; GS I, 208).

 

[5] El hecho de que Benjamin dibujara ciertos símbolos al lado de muchas citas pareció indicar una disposición de los fragmentos cuya clave se hubiese perdido. Sin embargo, la lectura de las citas con el mismo símbolo no parece revelar nada especial. Cuando el mismo año en que aparece la edición alemana (1982), Agamben, preparando la traducción italiana (que apareció en Einaudi, Torino 1986) dio con una hoja antes desconocida en la que los citados símbolos aparecían correspondiendo a temas como ‘spleen’ o ‘salvación’, pareció que allí estaba la clave de la disposición pensada por Benjamin para el Libro de los Pasajes. Sin embargo, después de cotejar los símbolos que anota el editor alemán con los del italiano, he comprobado que en muchos casos no se corresponden. La hoja de Agamben no puede aplicarse -al menos por completo- al Libro de los Pasajes. Quizá pertenezca al trabajo preparatorio de Benjamin para El París del Segundo Imperio en Baudelaire, como ya supuso el editor alemán respecto a  los símbolos presentes en el material de su edición.

 

[6] Cfr. Brodersen, Momme,Walter Benjamin. Bibliografia critica generale (1913-1983), Centro di Studi di Estetica, Palermo 1984; también en Aesthetica/pre-print nº 6; Markner, Reinhard; Weber, Thomas (eds.),  Literatur über Walter Benjamin. Kommentierte Bibliographie 1983-1992, Argument-Verlag, Hamburg 1993; para la bibliografía posterior, cfr. www.wbenjamin.org.

 

[7] Dado que le era absolutamente necesaria la financiación del Institut für Sozialforschung. Hay que recordar que Hitler le había desposeído de la nacionalidad alemana, de modo que sus posibilidades de publicar algo en Alemania con lo que poder subsistir desaparecieron casi por entero. Por otra parte, Benjamin siempre practicó una escritura táctica -tematizada en Calle de dirección única (cfr. el primer epígrafe, ‘Gasolinera’)-, muy consciente de que ni puede ni debe decirse todo a todo el mundo de cualquier manera. Buscaba la máxima efectividad en la escritura. Así, por ejemplo, a amigos como Scholem -el más íntimo- les hacía custodios de preciados trabajos inéditos (como Sobre el lenguaje...), pero también les silenciaba otros; en sus recensiones literarias brilla a menudo un fondo teológico que tuvo que pasarles forzosamente desapercibido a sus contemporáneos, y lo mismo ocurre en sus relatos radiofónicos.

 

[8] “A la forma del nuevo modo de producción, que al principio aún es dominada por la del antiguo (Marx), le corresponden en la conciencia colectiva imágenes en las que lo nuevo se entrelaza con lo antiguo. Estas imágenes son imágenes desiderativas, y en ellas el colectivo busca tanto superar como transfigurar la inmadurez del producto social y las carencias del orden social de producción. Junto a ello se destaca en estas imágenes desiderativas el firme esfuerzo por separarse de lo anticuado –lo que en realidad quiere decir: del pasado más reciente–. Estas tendencias remiten la fantasía icónica, que recibió su impulso de lo nuevo, al pasado más remoto. En el sueño en el que, en imágenes, surge ante cada época la siguiente, esta última aparece ligada a elementos de la prehistoria, esto es, de una sociedad sin clases. Sociedad cuyas experiencias, que tienen su depósito en el inconsciente del colectivo, producen, al entremezclarse con lo nuevo, la utopía, que ha dejado su huella en miles de configuraciones de la vida, desde las construcciones permanentes hasta la moda fugaz.” (Libro de los Pasajes, p. 39; GS V, 46-7)

 

[9] “El siglo no supo responder a las nuevas virtualidades técnicas con un orden social nuevo.” (Libro de los Pasajes, p. 63; GS V, 76)

 

[10] Cfr. la continuación de la cita anterior: “ Y por eso la última palabra se ha quedado en los embaucadores truchimanes de lo antiguo y lo nuevo, que están en el corazón de estas fantasmagorías. El mundo dominado por sus fantasmagorías es -para servirnos de una expresión de Baudelaire- la modernidad.” (Ibid.)

 

[11] “Asombrarse de que las cosas que estamos viviendo sean ‘aún’ posibles en el siglo XX no tiene nada de filosófico. No está al inicio de ningún conocimiento, como no sea el de que la concepción de la historia de donde procede resulta insostenible.” (Sobre el concepto de historia, parte de la tesis VIII, en GS I, 697, traducción mía)

 

[12] De quien tenemos traducidos sus magníficos Paseos por Berlín, Tecnos, Madrid 1997.

 

[13] “Pero a los demás hombres les pasa inadvertido cuanto hacen despiertos, igual que se olvidan de cuanto hacen dormidos”; “No entienden los más las cosas con las que se topan, ni pese a haberlas aprendido las conocen, pero a ellos se lo parece.” Heráclito, fragmentos 1 y 17 (DK).

 

[14] “A quien elige a ciegas, el humo del sacrificio le nublará la vista” (“Wer blind wählet, dem schlägt Opferdampf in die Augen”), cita Benjamin a Klopstock al comienzo del ensayo. (GS I, 125)

 

[15] Para un tratamiento mucho más detallado de la praxis benjaminiana en el Libro de los Pasajes, cfr. mi “Por qué hay moda. Las reflexiones de Benjamin”, próximamente en La Caverna de Platón (www.lacavernadeplaton.com)

 

[16] Libro de los Pasajes,  P 2, 1.

 

[17] “Nel mezzo del cammin di nostra vita,/ mi ritrovai per una selva oscura,/ che la diritta via era smarrita”

 

[18] “Porque Yahveh conoce el camino de los justos, / pero el camino de los impíos se pierde.” Salmo 1, Biblia de Jerusalén.

 

[19] Siendo como es absolutamente esencial para entender los Pasajes, el legajo N debe medirse, no obstante, con la práctica efectiva de Benjamin, del mismo modo que el procedimiento establecido por Hegel en el Prólogo de la Fenomenología del Espíritu debe medirse con el contenido de la obra. En el caso de Benjamin, no obstante, hay que tener en cuenta que estamos ante una obra inacabada, hecho que suaviza en cierta forma las incongruencias que podamos encontrar entre el ideal metódico y la práctica real.

 

[20] Libro de los Pasajes, N 1, 4.

 

[21]Pues la salida auténtica de una época tiene la estructura del despertar, lo cual se muestra también en que esa salida es gobernada enteramente por la astucia. Con astucia, no sin ella, es como logramos salir del ámbito de los sueños. Pero hay también una salida falsa; su signo es la violencia.” (Libro de los Pasajes, G 1, 7); “Lo que aquí se presenta a continuación es una tentativa sobre la técnica del despertar.” (Libro de los Pasajes, K 1, 1)

 

[22] Dado que en su seno se pierde el sentido de la liberación.

 

[23] Fecha final de redacción. (GS VII, 939) Se publicó en 1927.

 

[24] Conocidas también como Tesis histórico-filosóficas o Tesis sobre filosofía de la historia. Renunciamos aquí a aducirlas pormenorizadamente en apoyo de las afirmaciones que siguen: se trata de algo fácilmente comprobable (a la par que discutible).

 

[25] Un comentario mío sobre este texto crucial de Benjamin aparecerá próximamente en La Caverna de Platón (www.lacavernadeplaton.com).

 

[26] “En la verdadera contemplación ... el abandono del procedimiento deductivo va acompañado de un retorno cada vez más profundo y fervoroso a los fenómenos, los cuales nunca corren el peligro de quedar reducidos a objetos de un confuso asombro, en tanto que su manifestación implica al mismo tiempo la manifestación de las ideas, con lo cual aquello que tienen de singular queda salvado.” El origen del drama... edic. cit., p. 28; GS I, 225)

 

[27] Benjamin emplea al hablar de estos temas el término Erlösung, que traduce al francés por salut (cfr. GS I, 1260). Sin embargo, Erlösung tiene en alemán otras connotaciones: cómo no oír también en la palabra alemana un aflojamiento de las ataduras, un soltar amarras, un liberar, un desencajar algo de un sitio donde ha estado comprimido...

 

[28] “Depende, pues, de nosotros darnos cuenta de que el pasado reclama una redención en la que puede ser que una parte muy pequeña se encuentre dentro de nuestro poder.” (GS I, 1260, traducción mía) La propia historiografía y  los métodos y materiales de archivo serían una manera, aunque bruta y filosóficamente ineficaz o incluso contraproducente, de salvar el pasado. Es decir, en el fondo responderían a lo mismo que estamos explicando, pero de una manera (quizá intencionadamente) errada. Y es errada, sobre todo, porque salvar el pasado no es una tarea mecánica que se consiga por acumulación. Eso es más bien una forma de enterrarlo.

 

[29] Libro de los Pasajes, N 8, 1.

 

[30] Libro de los Pasajes, hº 5. Benjamin alude también sin duda al impresionante poema de Hölderlin del mismo título (“Los Dióscuros”, tomado aquí de la edición de Knaupp, Sämtliche Werke und Briefe, Wissentschaftliche Buchgesellschaft, Darmstadt 1998, III, 161), del que ofrezco una traducción parcial:

 

A vosotros, nobles hermanos, astros inmortales,

a vosotros, héroes, pregunto: ¿cómo es

que estoy  tan entregado a él,

poderoso, que me puede llamar suyo?

....

 

Con nubes, cantaría, te empapa la tormenta,

suelo mordaz, pero el hombre lo hace con sangre.

Por eso calla y bendice quien por su igual

en las alturas y en las profundidades preguntó en vano.

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