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¿EN QUÉ TRENES VIAJABAN LOS OBISPOS ANTIABORTISTAS MIENTRAS LOS NAZIS INCINERABAN AL PUEBLO JUDÍO?

Javier Fisac Seco

 

    Cuando un obispo, Reig Plá, de Alcalá de Henares -y un solo obispo habla en nombre de todos los demás y del propio papa, porque quienes callan comparten-, pontifica a los cuatro vientos que el aborto es lo mismo que remolcar judíos en trenes hacia los campos de incineración1, es que este obispo ya nació podrido, infectado por el virus franquista, y si aún vive es porque es un zombi que no encuentra sepultura en la que poder descansar en paz y dejar descansar. Un señor que se ha castrado, jurando voto de castidad, tiene que vivir en el infierno de su propia ansiedad. Atormentado por sus propias tentaciones y abrumado por sus propios pecados. Su maldad, propia de una persona sexualmente imperfecta, alimentada por su soberbia, no tiene límites.

La Biblia, un libro escrito por judíos y para los judíos por órdenes de Yavé, dios exclusivo del pueblo judío, les fue robado a los judíos por los cristianos. Estos la han hecho suya después de condenar al pueblo judío a errar durante veinte siglos, acusado por la Iglesia de ser un pueblo deicida. La Iglesia les arrebató su dios y su libro sagrado. Se lo robó. ¿Por qué el catolicismo robó un libro sagrado que no es otra cosa que un tratado del terror?

A lo largo de sus textos, una y otra vez, podemos leer la siguiente admonición del dios católico: “Yavé dijo a Josué: “No temas ni te acobardes. Toma contigo todos los hombres de guerra, levántate y sube contra Hai. Mira, pongo en tus manos al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y su territorio. Trata a Hai y a su rey como trataste a Jericó y a su rey, pero el botín y el ganado tómalo para vosotros…” y siguiendo instrucciones de Yavé hicieron como en Jericó: “Los sacerdotes tocaron las trompetas…Apoderándose de la ciudad, dieron al anatema (asesinaron) todo cuanto en ella había y al filo de la espada a hombres y mujeres, niños y viejos, bueyes, ovejas y asnos.” (Josué, 6 y siguientes) cuando David conquistó Jerusalén, hizo exactamente lo mismo, arrasó la ciudad y fue ocupada por sus huestes. Sobre ella construyó el templo de dios y colocó el arca de la alianza.

Los emperadores católicos Constantino, Teodosio y Justiniano los discriminaron y persiguieron. En todos los concilios fueron condenados. En la Edad Media las cruzadas, convocadas en el siglo XI por el papa Urbano II para luchar contra los bárbaros, duraron varios siglos y causaron miles de muertos bajo el lema “Dios lo quiere”. El IVº Concilio lateranense, 1215, prohibió a los judíos ocupar cargos y les obligó a llevar una indumentaria, unas marcas y formas de vestir (como siglos después harían los nazis), que los distinguieran de los demás. Los confinó en ghettos y les impuso un horario de entrada y de salida. Posteriormente fueron expulsados de las católicas Francia, Inglaterra, Castilla y Aragón, Colonia, Estrasburgo, Nuremberg, Portugal. Después de padecer exterminios y persecuciones sistemáticas en un mundo que sólo era católico y que estaba todo él bajo la autoridad religiosa de la Iglesia católica. Hasta el Renacimiento y la Reforma.

En esa misma época se creó la Inquisición para perseguir e incinerar en la hoguera a todos los herejes. Empezó aplicándose a valdenses y albigenses y por una bula del papa Inocencio VIII, Summis daesiderantes aefectibus, se condenó a la hoguera a las mujeres acusadas de brujería. En los siguientes siglos más de un millón de mujeres fueron incineradas ante los tribunales de la Santa Inquisición. La última en el siglo XIX. Las víctimas de esta institución católica se cuentan por cientos de miles en todo el mundo católico. En ese mismo siglo fue suprimida la Inquisición. Ese día España fue una fiesta.

Pero ahí no acabó el baño de sangre en nombre de dios. La ocasión se le presentó a la Iglesia cuando apareció el fenómeno del totalitarismo tras la Primera Guerra Mundial. Ya venían los papas Pío IX, León XIII, Pío X y Pío XI y sus lacayos laicos vociferando contra los nuevos valores del liberalismo político, del anarquismo, de racionalismo, positivismo, marxismo, nihilismo, freudismo y pensamiento científico. Estos papas y sus plumíferos, Maeztu, Berdiaeff, Belloc… y antes que ellos los tradicionalistas españoles del siglo XIX, Donoso Cortés, Balmes, Menéndez y Pelayo, Nocedal… no dejaban de reivindicar el corporativismo medieval como alternativa al Estado liberal y a la amenaza comunista.

¿De parte de quién, al lado de quién, junto a quién viajó la Iglesia durante la expansión totalitaria? La Iglesia fue la ideóloga del totalitarismo desde las encíclicas de León XIII Quod apostolici muneris y Rerum novarum. No formaba parte del totalitarismo, era su ideóloga. Por eso, excepto en la Alemania luterana, aunque Hitler era católico y alemán de origen austríaco, la Iglesia firmó concordatos con todas las dictaduras, el fascismo y el nazismo en virtud de los cuales el Estado totalitario o dictatorial encomendaba a la Iglesia la educación y el control moral de sus súbditos.

En 1929, firmó un concordato con Mussolini por el que éste fundaba el Estado Vaticano y encomendaba a la Iglesia la educación en sus valores de los súbditos del Estado. En 1933 firmaba otro concordato con Hitler nada más llegar éste al Poder con el apoyo del partido católico alemán, Centrum. Ese mismo año el católico Dollfuss da un golpe de Estado en Austria e impone la doctrina de la encíclica Rerum novarum. Murió. Y Austria fue anexionada a Alemania. En Portugal el general Salazar imponía una dictadura militar y moral en aplicación de la misma encíclica. En España Franco, en nombre de la misma encíclica e invocando el catolicismo junto al totalitarismo aprobaba el “Fuero del Trabajo”, 1938.

Señor obispo, ¿le queda claro de parte de quién estaba y sigue estando su Santa Iglesia? ¿En qué trenes viajaban ustedes cuando Guernica era bombardeada por la aviación nazi al servicio de Franco y de la restauración del catolicismo contra la República? ¿En qué trenes, señor obispo, viajaban ustedes cuando el nazismo incineraba millones de judíos? ¿Señor obispo, en qué trenes viajaban ustedes cuando los muy católicos polacos y croatas asesinaban y robaban a miles de judíos en colaboración con los nazis?

Señor obispo, ¿recuerda usted que el papa Pío XI en su carta encíclica dirigida a la derecha española, Dilectissima nobis, después de fracasar en su intento de ofrecer sus servicios a la República para que ésta le dejara imponer sus valores morales al pueblo republicano español, convocó a la derecha latifundista, a la burguesía católica y a mandos del Ejército a que se organizaran para conquistar la República e imponer la religión? ¿Recuerda que poco después de este mandato imperativo se organizó la CEDA, Confederación Española de Derechas Autónomas, dirigida por Gil Robles, impuesto por el Estado Vaticano o Iglesia católica? ¿Recuerda que Gil Robles proclamaba, citando la encíclica Rerum novarum, acabar, desde la legalidad, con la República para imponer un Estado corporativo de democracia orgánica e imponer la doctrina cristiana, según se recogió en el “Fuero del Trabajo”? ¿Recuerda que fracasó y que por eso el general Franco se sublevó contra la República para imponer por las armas la doctrina cristiana y la democracia orgánica o Estado corporativo? ¿Recuerda usted que “su” Dictadura franquista causó un millón de muertos para mayor gloria de dios y porque como dijo Urbano II “Dios lo quiere”?

¿Dónde estaban ustedes? ¿En qué trenes viajaban los obispos españoles, los italianos, los franceses, los croatas, los polacos, los eslovacos… mientras ocurrían estas cosas? Viajaban en trenes, muchos de ellos nazis, otros fascistas y otros militares, en dirección a sus palacios episcopales, fielmente protegidos por los ejércitos de los Estados totalitarios. No estaban precisamente desprotegidos frente a la resistencia republicana española, francesa, italiana, alemana…

¿Se le ha olvidado? No puede ser. ¿Duda usted que para imponer la doctrina cristiana fue necesaria la sublevación militar y la “Guerra Civil española” que ustedes provocaron porque sólo ustedes tenían capacidad moral para convencer, legitimar y apoyar a los sublevados? ¿Lo duda? Se lo voy a recordar.

Tras sublevarse los generales católicos contra la República laica, el 23 de Noviembre de 1936, el cardenal arzobispo de Toledo, Gomá publicó: ... “Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

Es que la Religión y la Patria –arae et foci– estaban en gravísimo peligro, llevadas al borde del abismo por una política totalmente en pugna con el sentir nacional y con nuestra historia. Por esto la reacción fue más viva donde mejor se conservaba el espíritu de religión y de patria. Y por esto logró este movimiento el matiz religioso que se ha manifestado en los campamentos de nuestras milicias, en las insignias sagradas que ostentan los combatientes y en la explosión del entusiasmo religioso de las multitudes de retaguardia.

Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.

Este fenómeno –que otros llamarán explosión de fanatismo religioso, pero que no es más que el gesto, concienzudo y heroico, de un pueblo herido en sus más vivos amores por leyes y prácticas bastardas y que suma su esfuerzo al de las armas que pueden redimirle– nos ofrece la firme esperanza de que vendrán días de paz para las conciencias y de que en la organización del futuro Estado español habrán de tener Dios y su Iglesia a lo menos los derechos de ciudadanía que tienen en todos los pueblos civilizados y aquella libertad y protección que se merece lo que hasta hace pocos años había sido el primer factor de la vida espiritual de nuestro pueblo, el soporte de nuestra historia y la llave única para interpretarla. Los efectos siguen a las causas. ¿Cómo no germinaría en católico la semilla echada en los campos de España en el surco abierto a punta de espada por el esfuerzo de católicos y regada con su sangre?

Y que no se diga más que una guerra que ha tenido su principal resorte en el espíritu cristiano de España haya tenido por objeto anquilosar nuestra vida económico-social. Es guerra de sistemas o de civilizaciones; jamás podrá ser llamada guerra de clases. Lo demuestra el sentido de religión y de patria que han levantado a España contra la Anti-España.”

Meses después, en julio de 1937, todo el episcopado español firmaba una carta colectiva apoyando la sublevación, que fue calificada de “cruzada”. Se le daba un sentido religioso a la sublevación fascista, invocada bajo el signo de la cruz.

Cuarenta años después, un mes de muerto Franco, el 15 de diciembre de 1975, el cardenal Tarancón, ante una asamblea de todos los obispos, recordaba los méritos de la Dictadura con las siguientes palabras: “Una figura auténticamente excepcional (Franco) ha llenado casi plenamente una etapa larga – de casi cuarenta años – en nuestra Patria. Etapa iniciada y condicionada por un hecho histórico trascendental – la guerra o cruzada de 1936 – y por una toma de postura clara y explícita de la jerarquía eclesiástica española con documentos de diverso rango, entre los que sobresale la Carta Colectiva del año 1937. Yo era sacerdote cuando se implantó la República en España. Y había recorrido casi todas las diócesis españolas como propagandista de Acción Católica... Y quiero decir ahora que, prescindiendo del estilo personal de aquella Carta Colectiva, que descubría fácilmente a su autor (se refiere al cardenal Gomá), el contenido de la misma no podía ser otro en aquellas circunstancias históricas. La jerarquía eclesiástica española no puso artificialmente el nombre de Cruzada a la llamada guerra de liberación: fue el pueblo católico de entonces, que ya desde los primeros días de la República se había enfrentado con el Gobierno, el que precisamente por razones religiosas unió Fe y Patria en aquellos momentos decisivos. España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España.”

¿Sigue teniendo dudas el innombrable obispo de Alcalá de en qué trenes viajaban los obispos, mientras los judíos eran incinerados, como los ajusticiados por la Santa Inquisición? A ellos no los incineraron porque vivían felices en sus palacios, porque los obispos viven en Palacios Episcopales. Y eso que tienen voto de pobreza.

Le voy a proponer a este innombrable pastor un juego para valorar su calidad moral. ¿Puede decirme en qué año la Iglesia católica ha levantado a los judíos el calificativo de asesinos de dios, maldición que ha arrastrado durante veinte siglos?

¿Puede decirme el obispo en qué encíclica, documento público, periódico o radio denunciaron y condenaron los obispos españoles o de cualquier otro país la destrucción de Guernica por los aviones nazis al servicio del católico Franco? Condecorado por el papa Pío XII. ¿Puede decirme el señor obispo en qué encíclica, documento público, radio o periódico denunciaron los papas Pío XI y Pío XII la existencia de trenes que acarreaban judíos hacia las hogueras nazis y la existencia de los campos de concentración? Y no me diga que en la encíclica Mit brennender Sorge de 1937 porque es falso que ahí se condene el nazismo sencillamente porque el papa vivía en un Estado fascista y bendecía, el mismo año, la sublevación de Franco contra la República.

Y por terminar, no porque no existan infinitos ejemplos más, ¿puede decirme el señor obispo en qué encíclica, en qué documento, en qué periódico, en que medio de comunicación ha condenado algún papa la Dictadura de Franco, la de Salazar, la de Pinochet, la de Dollfuss?… y se lo voy a poner más fácil: ¿dónde y cuándo han condenado a Mussolini y a Hitler, citándolo por sus nombres? Y si me da una fecha sólo le quedará por explicarnos por qué no lo hicieron antes. Ya ve, señor obispo, los obispos y el papa viajaban en trenes de lujo por las verdes praderas sin quererse enterar de que la luz que iluminaba sus conciencias no era una divina iluminación, sino los cadáveres incinerados por las nazis, ante su solemne indiferencia y su culpable y estremecedor silencio. ¿Ha valorado usted su estado moral? ¿Por qué no nos afirma que dios está de su parte como estuvo de parte de Franco y de Mussolini? Le gusta a usted más esta compañía que la de las mujeres, ¿verdad?

 

Javier Fisac Seco

Historiador, analista político, caricaturista y diseñador artístico

Últimos libros publicados: Clericalismo y Poder y La civilización pervertida o la ética sadomasoquista cristiana, pueden descargarse gratuitamente.

 

 

NOTAS

1 El prelado comparó en septiembre el Tren de la Libertad, contrario a la reforma de la ley del aborto de Alberto Ruiz-Gallardón, con los trenes de Auschwitz. “Debería llamarse el tren de la muerte, del holocausto más infame: la muerte directa y deliberada de niños inocentes no-nacidos”, afirmó el clérigo. El País, 16 octubre 2014, http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/10/16/madrid/1413411167_985254.html


 

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