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NATURALEZA, REFLEXIÓN, LEY VINCULANTE

Miguel Arancibia Romero

 

    Nada pareciera más incómodo para el espíritu del conocimiento que el permanecer detenido, varado en su camino tras el encuentro con la duda. Para el colmo, la expresión del habla certifica esta desgracia casi al instante (¿por qué?). Lejos de proporcionarle un momento holgaz y conveniente, que le permite contemplar tanto su camino recorrido, como además el que ha de elegir para continuarlo, el conocedor registra este encuentro como un entorpecimiento – lo registra porque escucha la voz íntima que lo conmina a seguir conociendo, casi como un mandato del tipo kantiano: conoce como si, en cualquier circunstancia, ello fuera un fin en sí y no meramente un medio. El dudar pasa a convertirse en una afrenta casi personal entre el conocedor y su destino por llegar a una meta, a un cierre, a una re – solución. Pero además esa inquietud, que fuerza a detenerlo, lo indispone por un motivo más secreto aún; lo coloca ante la cuestión que, si acaso, el conocimiento sea el único vehículo por el cual puede orientarse en el mundo y a la par con su destino, orientarse a buen puerto como se dice. Hasta el programa fenomenológico adoptado bajo la jerga de Husserl, de ir hacia las cosas mismas, nunca puso en duda  ese espíritu del conocimiento, sino que lo reforzó aún más. Basta con que el conocedor reconozca en la duda el germen de una ilusión, de la que hay que desprenderse respondiendo. En el lenguaje mitológico, adoptar el papel de Edipo frente a la preguntona bestia.

 Esa inmediatez por una respuesta, conjurando así todo lo que tiene de problemático este permanecer en el no – saber, comporta muchas veces un acto de mala fe incluso al conocimiento: no le hace justicia desde el momento en que la respuesta se cuelga a un sistema, un punto de vista o, en el más patético de los casos, se afinque en la mera experiencia personal. En otras palabras, a la duda no se la enfrenta, sino que se la desvía, se la deriva o intercambia por otra cosa. Y, sin embargo, ella no nos pide a nosotros y, menos aún, nos exige en lo más mínimo una respuesta que la disuelva. No por responder inventivamente, el Edipo se sustrae de su problemática más patente, la moira que lo espera a la vuelta de la calle. Aquí donde el espíritu del conocimiento siente la incomodidad de lo irresoluto, parte el espíritu de la reflexión. Su modo de expresión ideal se parece a ese buscar a tientas un objeto en medio de la oscuridad; nadie sino el aventurero se atreve a una empresa que no asegura respuestas (entregado a una especie de fatum nietzscheano, “amor al destino”), sino tan sólo permanecer alerta ante otras interrogantes que aparezcan, otros objetos que puedan ser palpables y problemáticos. Si el mundo fuera una casa, los objetos de reflexión se encuentran más bien en el cuartucho de trastos viejos y no en la confortable sala de estar, lugar donde se sienta el conocimiento (advirtamos que esta metáfora no necesariamente hace alusión al inconsciente). 

        Bajo la reflexión reconocemos toda duda posible y la posibilidad de apertura que ella abre a cada momento. Por lo que atañe a la reflexión, la tradición filosófica a partir de Kant le ha asignado un espacio dentro del sentir subjetivo, vale indicar, se reflexiona al sentir un objeto de la naturaleza, sin importar conocimiento alguno de éste. Si para el espíritu del conocimiento, la duda impone una detención al pensar, en la reflexión, dicho pensamiento queda hechizado, sumido en una parálisis del sentir interno, porque puede dudar, salvo de la misma posibilidad de duda (reconocimiento de ese soy una cosa-que-duda). Este planteamiento idealista de la cuestión, que supondría pensar la reflexión casi a las puertas del espíritu, porque es subjetivo y le garantiza un YO, no obstante le es indiferente a la reflexión, mientras ella no se pruebe a sí misma reflexionándose; por eso la reflexión tiene como su campo más privilegiado lo exterior, si entendemos por ello el campo de todos los fenómenos posibles. Sobre esta posición de la reflexión opera la lectura del fragmentario escritor Georg Büchner. Reflexionar la naturaleza en el caso concreto de esta escritura supone observarla desde varios niveles simbólicos. El más palpable se encuentra en una definición, digamos, estética: naturaleza es todo aquello que tiene “vida, posibilidad de existencia” (Leben, Möglichkeit des Daseins. Lenz, 1835-36). Pero osaríamos mal tomarlo como una simple declaración naturalista o simplemente empírica. Como sabemos, el conocimiento se enfrenta a la naturaleza con la firme obstinación científica, es decir, estima que cada fenómeno natural se presenta bajo una constante y es por ello predecible; puede incluso predicársele de tal o cual forma (lo natural corresponde a…, deriva en…, es consecuencia de…, etc.). En resumen, la naturaleza parecería operar por propósitos. Pero con ello, el conocimiento revela una dificultad inmanente a su método, puesto que si todo tiene un propósito – una causa, si lo expresamos empíricamente -, habría que retroceder in infinitum a la causa de cada causa y, al contrario, preguntarse por la finalidad de toda finalidad como progreso in infinitum. Nos movemos, como dice Büchner, en una perspectiva teleológica, lineal y predecible. Sin embargo, la reflexión sobre la naturaleza, que no es objetiva, elige expresarse a sí misma, autosuficientemente: “La naturaleza no opera según propósitos, ella no se agota en una serie infinita de propósitos en que uno de éstos sea condición de otro. Ella es suficiente a sí misma en todas sus manifestaciones. Todo es, en torno a lo existente un sí – mismo (Alles, was ist, ist um seiner selbst willen da). Este estatuto (Gesetz; ley o primado) respecto a lo existente, contrario a la teleología, nos pone a la vista aquello que complacientemente llamaré como lo filosófico.” (Sobre los nervios craneales, 1836). Si la naturaleza sólo fuese por atribución física o empírica, demostrable sólo en fenómenos que se rigen por las leyes de causalidad y efecto, ¿para qué malbaratar una reflexión, si basta ejercitar el conocimiento para plantear la hipótesis necesaria y contingente en cada caso? Claramente, la pregunta que se hace Büchner supone un concepto más amplio de lo que implica la naturaleza, es decir: por un lado, ella no se agota en su mera manifestación empírica (no sería un momento particular). Pero, por otro lado, si hacemos de la naturaleza un objeto de una pregunta, puede confundírsenos el panorama de la proposición büchneriana, aduciendo que aquello que se busca no sea sino un relevo de la metafísica (la naturaleza como cosa en sí, elevada a “idea”). En ambos casos, por muy distantes que un juicio particular o general se nos presente lógicamente, ambos conciben la naturaleza en tanto identidad, es decir, aquello que es natural lo es porque participa de su ser natural. Pero la escritura toma aquí otra denominación. Büchner no utiliza el verbo sein para referirse a aquello desde donde opera ese sí – mismo, sino que el acento recae más bien en lo existente, es decir, aquello que tiene un espacio determinado como manifestación (Da-sein, cuya literal traducción, imperfecta por lo demás, señala un “ser – en”; transliteralmente, el prefijo Da antepone a ese ser o esencia – esse – un lugar previo, que garantizaría a toda existencia como tal, algo así como el “estar – ahí”). Dicho en otros términos, la naturaleza se manifiesta sólo en tanto que ser y existencia converjan en un único momento, y ese mismo momento muestre también su propia ley. Antes de pensar, siquiera, si cabe hablar de esencia y existencia simultáneamente (es decir, introducir en esta reflexión ontológica un primado teológico), nos encontramos con otra dificultad: ningún objeto de conocimiento, ningún momento fenoménico se rige por una ley semejante. La lluvia no genera de por sí una ley de condensación, como tampoco una experiencia no conciente – como lo es el sueño – es fruto de un estatuto independiente de quien apercibe el fenómeno: ello existe o tiene posibilidad de existencia sólo en el caso de su apercepción, de una entidad que acuse recibo y diga: “hoy está lloviendo” o “tuve una pesadilla”. Entonces, si la naturaleza es suficiente a sí misma, cabe la reflexión propia si ella, la naturaleza, sea sujeto de auto reflexión. De esta manera, Büchner adeuda para sí del concepto de reflexión acuñado por el romanticismo temprano alemán, que erige la reflexión como manifestación del puro pensar en el pensamiento, o sea, una reflexión autoconsciente, sin que por ello se comprometa no obstante con la relación infinita o ideal de este concepto; porque aquí, reflexión es el campo de las diversas preguntas que acompañan a la ley fundamental con que opera la naturaleza y la empujan a su auto reflexión: “Lo que para la escuela teleológica la respuesta es un hecho, lo filosófico lo captura bajo una pregunta. Esa pregunta, que abarca todos los puntos, sólo puede tener una respuesta en una ley fundamental (Grundgesetz) válida para toda organización colectiva (…) la totalidad física de los individuos no se encuentra en su propia conservación caótica, sino en una manifestación de cierta ley originaria, una ley de la belleza (Gesetz der Schönheit), según la cual todos los esbozos y líneas más simples producen las formas más limpias.” (op. cit.). Esta inversión lógica, que consiste en atribuirle a la naturaleza una subjetividad – y, a la recíproca, poner al sujeto de conocimiento bajo la condición neutra de ser objeto de la naturaleza -, responde a la intencionalidad expresa del autor por desmarcarse de las dos fuentes epistemológicas de su tiempo, que buscan responder por esa naturaleza: por una parte, aquella que cree apresar un fenómeno “de golpe”, o sea, como intuición libre del místico y, por otra, entretejiendo todo un sistema gradual, metódico o facultativo, como es el caso del entendimiento del racionalista dogmático. En uno u otro, la confianza epistemológica viene siendo la misma, suponer que hay sujeto de conocimiento capaz de anticipar y dominar su propia naturaleza externa. Sobre esta lógica se imprime la voluntad progresiva según sea el caso.[1] ¿Puede acaso el conocimiento anticipar y dominar la propia ley natural? ¿En qué consiste esa ley, en definitiva? Tal vez, desde la escritura büchneriana, cabe hablar de buen guisa de una naturaleza vinculante, en la cual no parece existir mayor diferenciación entre cada uno de los objetos de la physis. Diremos, a la manera de Woyzeck, que la naturaleza presenta un doble estatuto, y por eso es vinculante; se trata de ligar una naturaleza ideal (unideale Natur), donde el objeto se distingue por su existencia misma, junto a una naturaleza desdoblada por el hombre (lo social), y en la cual son las condiciones de existencia las que determinan al objeto. El pregonero que anuncia su número de entretención en la barraca de feria, lo ejemplifica bajo la figura alegórica del caballo, la bestia fenoménica / racional: “¡Muestra tu racionalidad animal! ¡Avergüenza a la humana société! (…) ¿Hay algún Burro entre los miembros de esta fina société? - el caballo sacude su cabeza - ¡Vean ustedes ahora la Racionalidad! Sí, no es una bestia sin inteligencia, es una persona. Un ser humano, humano-animal y, sin embargo, un bruto, una bestia (…) Se ha dicho: hombre, sé natural, estás hecho de polvo, arena, cieno. ¿Y tú quieres ser más que polvo, arena, cieno? Vean ustedes qué raciocinio, sabe hacer cuentas y sin embargo no sabe contar con los dedos, ¿por qué? Simplemente, no sabe expresarse, ni explicarse, es un ser humano metamorfoseado.” (Woyzeck, 1835. Esc. 3). Es, a partir de una naturaleza vinculante como habría que leer cada uno de los fenómenos por los cuales la naturaleza se expresa: sólo cabe escrutarla ateniéndonos a su ley fundamental. El conocedor, en este punto, hace el papel del bello durmiente, aminorando el impacto de la naturaleza, bajo el argumento de que cualquier experiencia viva de la physis sólo es fruto de una ilusión fantasmagórica. En el reflexivo, en cambio, dicha experiencia se le presenta siempre como una pregunta que lo acorrala, porque le reprocha a cada momento su omisión para con la naturaleza ideal. Esa omisión es el olvido del Árcade, manifestado como pérdida de la inocencia o como ruptura del vínculo natural, expresión de esa ley vinculante. Del mismo modo: en la escritura que se reflexiona a sí misma, sólo quedan por descifrar signos, únicos vestigios permanentes que remiten a la incognoscibilidad de su ley. Por eso la reflexión, que es antesala de toda ontología, no puede desprenderse de la pregunta, tal como el Arcadio vivo no puede sustraerse del espectro muerto; no lo hará, porque es su hermano.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

BÜCHNER, Georg:

-Werke und Briefe. Carl Hanser Verlag, München, Wien. 1980.

-Obras completas. Trad. De Carmen Gauger. Editorial Trotta. Madrid. 1992.


 

[1] La reflexión sobre la naturaleza no es sino una naturaleza que se piensa a sí misma; preguntarnos respecto a ella es abrir, en cierta medida, la posibilidad de expresarnos en ella y referirla a nosotros, como sujeto natural o genérico. Dice Marx: “Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza.” Pero la reflexión no puede permanecer anclada en este punto, sino que también compromete al pensamiento en la interrogación respecto a los fines y los procedimientos por los cuales utilizamos a la naturaleza. Dicho en otros términos, la reflexión, un momento subjetivo y singular, está llamada a la crítica de su propia condición exterior; nadie reflexiona desde sí mismo, separado del lazo social que lo ata. Büchner reflexiona polémicamente contra las gnoseologías (empíricas o racionales) porque ellas mismas solapan las intenciones ideológicas que subyacen dentro de su contexto social. El dominio de la naturaleza es, al mismo tiempo, dominio del hombre por el hombre; el mundo natural, a merced del control, es la protoimagen ideal y real de la burguesía, con la cual Büchner no está en sintonía: “Mire, Doctor, a veces uno tiene como un carácter, como una estructura. Pero la naturaleza es otra cosa (…) Doctor, ¿ha visto usted alguna vez la naturaleza doble? Cuando el sol está en lo alto del mediodía y es como si al mundo lo devorasen las llamas, me ha hablado una voz terrible.” (Woyzeck, Esc. 8).

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