Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

 

 

PLURALISMO Y NACIONALISMO JAPONÉS

(por Adolfo Monje). Enero de 2005

 

1.      Introducción.

 

Hasta 1868 no comenzó en Japón una etapa de modernización y apertura

definitiva al mundo occidental, pero fue hasta 1945 cuando se introdujo realmente la democracia en el Estado japonés, con la verdadera culminación de la modernización nipona. Nosotros vamos a tratar básicamente el periodo que va desde 1868 a la culminación de la Segunda Guerra Mundial, y que es cuando propiamente se teoriza y se lleva a la práctica el espíritu nacionalista como conclusión de un proceso imperialista  de más de 2600 años. El periodo histórico que vamos a tratar va a estar regido por un pensamiento neotradicionalista donde se van a unir consecuentemente tradición y modernidad. Un pensamiento, que a pesar de las restricciones por parte del gobierno, podrá considerarse como el aspecto más original de la reflexión japonesa contemporánea. En este sentido viajaremos en un principio a los orígenes del estado japonés y el nacimiento del régimen imperial y para ello analizaremos la única “religión” originaria de Japón, donde dioses y emperadores se unen irremisiblemente.

            Lo paradójico de la cultura japonesa es el carácter de receptáculo de otras religiones y fuentes de pensamiento que ha asumido a lo largo de la Historia, en momentos propicios para ello. El Japón contemporáneo ofrece un collage de sectas y creencias religiosas, incluidos el cristianismo, importados desde el exterior, realizándose en muchos momentos una síntesis de todas ellas, siendo esto es lo verdaderamente singular de la espiritualidad japonesa. La pluralidad, por tanto, es un carácter esencial del espíritu del país del sol naciente, a pesar de todo, aunque budismo y confucionismo, importados de la India y China, mantienen una gran importancia en el panorama popular e intelectual japonés hasta el año 1945, que es cuando se elimina definitivamente el régimen monárquico, el Shinto no dejó de ser la religión oficial del Estado, y la que gozaba de los favores imperiales.

            Aquí nos ocuparemos sobre todo del resurgir ultranacionalista de la ideología japonesa en los años 30, un ultranacionalismo no comparable al fascismo y el nazismo italiano y alemán, aunque sigue siendo bastante restrictivo por razones que más adelante veremos. A pesar de todo el pluralismo de ideas, y esto es lo que lo hace diferente del resto de nacionalismos europeos, no desaparecerá, ni mucho menos, del panorama intelectual japonés. En relación con ello abordaremos un tema esencial al hablar de cualquier nacionalismo que se precie, y es el papel que juega las elites intelectuales en la influencia positiva o negativa en el resurgimiento nacionalista y patriótico de un país. Para ello nos adentraremos en las teorías nacionalistas de algunos autores japoneses, a favor algunos del espíritu nacional e imperial japonés, en contra otros. En este punto nos dedicaremos a analizar sobre todo a las autores pertenecientes a la Escuela de Kioto, en especial trataremos a Nishida Kitaro, ya que fueron los que más de cerca vivieron el panorama japonés inmediatamente anterior y durante la Segunda Gran Guerra.

            El nacionalismo japonés por tanto es bastante peculiar, y en muchos aspectos se escapa de los razonamientos teóricos que los autores occidentales dan del tema, por ello la originalidad de este trabajo, consiste en ver como los propios pensadores japoneses interpretan el tiempo histórico en que les ha tocado vivir, y como conclusión realizarmos una revisión de las teorías de autores occidentales influyentes en el campo de los nacionalismos y las naciones para ver en que se equivocan y en que aciertan en el caso concreto japonés.

 

 

 

2.      Orígenes histórico-religioso del nacionalismo japonés.

 

El régimen imperial en las últimas décadas de su existencia adopta una forma

neotradicionalista de la doctrina, propiamente imperial, conservada a lo largo de la historia. Tal doctrina estará compuesta de un popurrí formado por una base, esencial, sintoísta, una moral prácticamente confuciana y, curiosamente, un derecho de inspiración romano-germánico. El budismo quedó descolgado en un principio, para después retornar con bastante fuerza e influencia. Lo importante es destacar que el Shinto seguía constituyendo la religión estatal en la práctica. Una posición, ésta, muy poco creativa en el campo cultural, pero que en su posición ultraortodoxa tuvo mucha influencia gubernamental. A pesar de que la cultura occidental se extendía rápidamente por el país, el conservadurismo de los tradicionalistas siguió imponiéndose en los ámbitos del poder. Las pretensiones eran claras, según Lavelle, la “revalorización de valores tradicionales, como la solidaridad y el moralismo, así como la tarea de alcanzar y suponer a Occidente copiando su técnica y su cultura”[1].

            Desde la Restauración de 1868 se habían conseguido grandes progresos en la modernización del individuo japonés, a la vez que la cultura era cada vez más occidental, se eliminó el feudalismo y comenzó un proceso de igualdad ciudadana.  A todo ello debemos sumarle la gran expansión económica que se produjo gracias al proceso de industrialización del Estado. A pesar de todo, y aunque se produjo una masificación de la cultura a partir de 1926, la libertad de pensamiento solo duró hasta mediados de los años 30, donde el poder ultranacionalista ya gozaba de todos los favores de la mayoría intelectual nipona. A partir de entonces “el régimen imperial censuraba los asuntos referidos a la Casa Imperial, a las investigaciones sobre los orígenes del Shinto y del país, así como a las formas radicales de anticapitalismo”[2], como escribe Lavelle. Pero vamos a ver el milenario origen del espíritu nacionalista japonés.

            A causa de la falta de documentos escritos antiguos es difícil constatar como surgió el primer Estado japonés de una forma verídica. Pero lo que aquí nos interesa es el contenido mitológico y religioso que se le ha dado, ya que en esto se basa la legitimidad del Imperialismo japonés hasta el siglo XX. Lavelle denomina a este relato como “mito-historia”. Es casi imposible diferenciar historia y mito si se pretende hablar del origen del Estado japonés, y en este aspecto está la base “imaginaria” del nacionalismo japonés. Esto se demuestra si se leen las dos primeras historias de Japón, el Kojiki (Anales de hechos antiguos), compilado en el año 720, y el Nihon Shoki (Crónicas de Japón). John Whitney may en su obra El Imperialismo japonés, afirma que “cuando, en 1940, el gobierno japonés celebró, con gran propaganda, el 2600º aniversario de la fundación del Estado japonés, lo hizo siguiendo al pie de la letra la cronología de las Nihon Shoki que situaban la ascensión del primer “emperador” japonés en el año 660 a. C”[3]. Se ha demostrado que esta referencia cronológica no es exacta, pero lo que aquí nos interesa ver es como un Estado puede tener la misma legitimación, bajo supuestos nacionalistas, en un periodo de más de 2000 años.

            Los dos libros que nombramos antes fueron los primeros en tratar de justificar la supremacía política de la familia imperial presentando, como afirma Jesús González Valles, “la genealogía divina del Mikado o Casa imperial que propiamente tiene su origen en la diosa Amaterasu”[4]. Se demuestra aquí una continuidad necesaria entre lo divino y lo secular, en una relación tan fuerte que se hace inseparable. Dios y Emperador son una y la misma cosa. Lo curioso, además, es que solo se habla de creación divina de Japón sin que nada se refiera al resto del mundo, otro hecho que demuestra el marcado carácter nacionalista que el Estado japonés vivió desde sus comienzos.

Aunque es un poco extenso he tomado un fragmento de la obra de J. Whitney que describe muy bien la creación mitológica de Japón y de las primeras dinastías por parte de las primeras divinidades:

“Las leyendas comienzan con el principio del cielo y de la tierra. De lo informe surgían dos divinidades, hermano y hermana, llamadas Izanami e Izanagi, que crearon las islas japonesas cogiendo piezas de tierra como si estuvieran pescando. Inmediatamente nacen las divinidades de la “llanura del Alto Cielo” (Takamagahara), una tierra más allá del océano y por encima del hábitat del hombre. Entre ellas están Amaterasu Omikami, la diosa del Sol, y su hermano Susa-no-wo-Mikoto, un dios de las tempestades y de la violencia. Estos dioses, unidos, producen la próxima serie de divinidades que parecen ser los antepasados de los principales grupos de linajes que más adelante figurarán como participantes en la lucha por el poder en Japón. Aquí encontramos ejemplificadas las principales características de las leyendas japonesas en los largos e intricados detalles genealógicos y en el color local regional que contienen”[5]

 

En conclusión esta puede ser considerada como la doctrina política que más a perdurado a lo largo de la historia. Es una doctrina tradicional radicalmente nacionalista ya que como demuestra Lavelle en su obra, “la escasa distinción entre dinastía, Estado y nación tuvo su reflejo en el dogma de la unidad del panteón, de la dinastía y del país, designada más tarde con el nombre de Kodukai, es decir, esencia nacional”[6]. Esta idea demuestra la fobia que el poder imperial siempre tuvo a las aportaciones extranjeras, sobre todo al pensamiento occidental (excesivamente intelectualista) y a las otras religiones y sistemas morales que se introdujeron en el país a lo largo de la historia. De este modo si tenemos en cuenta la gran apertura que sufrió Japón en la era Meiji, a partir de 1868, uno se da cuenta que los grupos ultranacionalistas pusieran todo su esfuerzo por recuperar el poder ante el peligro que corría su Imperialismo milenario. Pero este auge del espíritu o esencia nacional vamos a tratarlo en el siguiente apartado.

 

3.      El máximo esplendor de la ideología nacionalista (1932-1945)

 

Del final de la Primera Guerra Mundial hasta el año 1932 se vivió en Japón un

periodo de confusión política debido a los cambios que se estaban produciendo en la estructura de la sociedad japonesa y por la falta de credibilidad que cada vez más se instauraba respecto al sistema pseudodemocrático implantado por la Restauración Meiji. Y si a ello sumamos el momento económico delicado que se estaba viviendo en el país se entiende que la extrema derecha nacionalista y beligerante ganase terreno, poco a poco, en el apoyo popular. Entre 1918 y 1932 se vivió una etapa política denominada como “gobierno de partidos” (similar, afirma Togores Sánchez, a la que se vivió en España durante la Restauración). Pero por las fuertes presiones a la que estaba sometida la política  y la sociedad nipona a principios de los años 30 el ultranacionalismo comienza a desmarcarse. El sistema educativo además comenzó a promulgar con más fuerza unos valores donde se relataba el ideal nacional, según Togores Sánchez, en su obra Japón en el siglo XX. Del imperio militar a potencia económica, “el culto muy extendido al Estado estaba centrado en el culto al Emperador, que se veía reforzado por una tradición de valores sociales y culturales que se perdían en la noche de los tiempos, que actuaba en la dirección contraria al sistema político democrático y de partidos que teóricamente se querían consolidar, lo que provocaban un fuerte rechazo entre amplias capas de la sociedad a cualquier tipo de actividad sindical y revolucionaria de carácter socialista o comunista, e incluso simplemente democrática”[7]. Como vemos las condiciones para que el totalitarismo venciese eran inmejorables.

            El ciudadano japonés, por este ideal, estaba subordinado totalmente a la nación, y en este sentido, el comunitarismo era un aparato muy importante del nacionalismo japonés. La figura divina del Emperador volvía a ganar enteros, por lo que mucho de estos grupos ultranacionalistas pretendían volver a instaurar una verdadera esencia nacional (kokutai), con ello la expansión étnico-cultural quedaba totalmente justificada. Además el shintoismo volvió a resurgir con fuerza gracias al gran apoyo institucional que recibió, como religión oficial, por los más influyentes grupos de poder. Aprovechando este desconcierto general, los militares, ayudados legalmente por las ordenanzas imperiales de 1898 que obligaba a establecer algunos cargos influyentes en el gobierno, fue tomando mucha fuerza. Así tras morir el Emperador Tahiso (1912-1926), el heredero al trono, Hirohito, de estricta formación militar, abrió el camino para que las Fuerzas Armadas tuviera una gran influencia para tomar decisiones. De este modo según Togores Sánchez, el ejercito sometió a fuertes críticas a los gobiernos civiles, a los cuales se los acusó de pacifismo y traición, además, “los oficiales jóvenes hicieron responsables a los políticos, junto con los capitalistas, de las consecuencias supuestamente nefastas para el Japón que siguieron al final de la I Guerra Mundial y de la crisis económica que afectó a Japón al final de los años veinte”[8].

            La conciencia expansionista estaba asumida, solo así podrían solucionarse las graves grabes dificultades económicas y políticas del gobierno japonés. Todos los historiadores ven en el patriotismo japonés, esencialmente diferente a los desarrollados durante los años 20 en Italia y Alemania, ya que no se produjo una amenaza tan radical a la izquierda para llegar al poder. La buena estrategia ultranacionalista consiguió calar en lo más hondo de la sociedad las pretensiones nacionalistas, patrióticas y expansionistas que promulgaban. “Los ultranacionalistas llegaron al poder porque su mensaje de gloria y honor era el que quería oír los japoneses”[9]. El sentimiento nacional era unánime entre los diferentes partidos de esta ideología, se pretendía llevar a cabo un reformismo radical (kakushin), donde la fuerza militar tendría gran importancia y sería necesario la nacionalización de las grandes empresas del país.

            Con esta base teórica, y tras varios años de atentados y represión frente a los gobiernos civiles, en 1937 desapareció la democracia en Japón y los sectores militares expansionistas se hicieron irremisiblemente con el poder. Pero como afirma Togores Sánchez “el Japón de antes del inicio de la Guerra se parecía más a la Alemania de Bismark que a la de Hitler. El pluralismo – a pesar de los atentados nacionalistas, la difusión de su doctrina, etc.- nunca fue destruido del todo”[10]. En Japón no se llegó a una dictadura axfisiante como en los nacionalismos europeos, aunque los intelectuales, como enseguida veremos, se veían sometido a muchas presiones, su influencia a favor o en contra del Estado, fue siempre muy importante.

              La conclusión de la Guerra y del expansionismo japonés es de sobra conocido, lo importante es destacar el espíritu japonés, que con una gran base militarista y tomando el Bushido como fuente de inspiración, siguió vivo hasta el último momento. Cuando el Estado agonizaba el patriotismo se hacía más radical y trágico al ver lanzándose los kamikazes japoneses sobre la marina americana. El desastre se había consumado, pero ¿cómo vivieron los intelectuales japoneses el derrumbamiento de su País?

 

 

4.      Los intelectuales frente al nacionalismo. La Escuela de Kioto.

 

La exaltación nacionalista y militarista que se vivió durante la Guerra provocó

un periodo de poca creatividad intelectual donde las aportaciones culturales brillaron por su ausencia. Los intelectuales japoneses se retiraron de su actividad a la espera de la culminación del conflicto. González Valles denomina al pensamiento que se llevó a cabo durante el conflicto, como “Filosofía del nacionalismo”. De este modo, la crisis                               

de la filosofía japonesa alude al interés de este trasfondo ideológico, en la medida en que, “si bien la Guerra significó una cierta paralización de la actividad intelectual, estuvo precedida por un tiempo de gestación durante el cual se puso de manifiesto con mayor o menor clarividencia la filosofía y las motivaciones éticas que condujeron en 1941 al choque armado con los Estados Unidos de América”[11]. En torno a esta idea nos fijaremos fundamentalmente en la que se denominó “Escuela de Kioto” y cuyo fundador, al cual le dedicaremos más líneas, fue Nishida Kitaro (1870.1945). Así el propósito de este capítulo es ver como el Estado influyó decisivamente en los intelectuales más influyentes de la nación y como estos, a su vez, sobre la situación que estaba viviendo el País.

 

4.1.  Nishida, Kitaro (1870-1945)

 

Al hablar del pensamiento político japonés debemos tener en cuenta en un primer momento a Nishida, considerado como el mayor filósofo

japonés del siglo XX, a sabiendas de que no es una tarea fácil por la ambigüedad de su diálogo excesivamente introspectivo. El gobierno militarista en todo momento hará un esfuerzo para no prescindir de sus servicios propagandísticos, pero ¿verdaderamente lo consiguieron? A este gran seguidor de la filosofía alemana la Guerra le afectó muy personalmente y ello se demuestra en las líneas que le dedica en su Diario, en donde en muchas ocasiones se muestra irónico y crítico con la estrategia expansionista. Pero tanto en sus obras como en sus conferencias universitarias la moderación fue determinante. Sus palabras eran medidas con lupa y su poca precisión le hizo ganarse enemigos en ambos bandos, unos le acusaban de apoyar al régimen y otros de no ser lo suficientemente claro en su posición respecto al divino Emperador. Pero como afirma González Valles “Nishida acepta la excelencia de la cultura japonesa y se siente orgulloso de las cualidades primitivas del espíritu japonés pero no la enaltece desde una óptica exclusivista, sino que considera que hay otras culturas que también son excelentes y poseen valores dignos de estima e incluso de emulación”[12]. No se puede absolutizar una cultura con pretensiones legitimistas del poder totalitario, es lo que vendría a pensar Nishida.

            Todos los historiadores tienen claro, al igual que sucederá con Heidegger en Alemania, que Nishida no compartía las ideas ultranacionalistas y expansionistas que el primer ministro Fumimaro Kanoye presentó en 1940 como Nueva Estructura Nacional ( Shintaisei). Como hemos visto no concibe a Japón como un pueblo privilegiado, cuando defendía una conciencia universalista con respecto a la cultura muy fuertes. En todo caso fue muy presionado en los últimos años de su vida  por los grupos militaristas y donde más patente se hace este hecho es cuando se ve obligado a asistir a la Asociación de Estados sobre Política Nacional, el 19 de Mayo de 1943, para pronunciarse a favor de la política militarista. Este es probablemente el suceso que le halla costado más críticas por parte de la oposición al régimen totalitario. Le reprochan, no sin razón, el no hablar manifestando tajantemente su disconformidad como habían hecho otros compañeros de la propia Escuela de Kioto.

            Otro hecho importante que puede decantar la balanza a favor de Nishida es que él era defensor y practicante en su juventud del budismo zen y como demuestra González Valles, “de haber intentado ofrecer apoyo ideológico a los partidos del absolutismo imperial, Nishida habría recurrido a la tradición sintoísta como han hecho todas las escuelas defensoras de las deidades ancestrales. Ni en aspectos dogmáticos ni en cuanto a preceptos morales ha sido nunca el budismo japonés fuente de recursos apologéticos para el mikadismo o para el fascismo”[13].

            Pero vamos a ver en uno de sus escritos político la ambigüedad característica de su pensamiento. Según J. W. Heisig en su obra sobre la Escuela de Kioto afirma que el problema de Nishida es haberse intrometido en asuntos políticos cuando su formación, muy filosófica, no era la apropiada. Este hecho produjo que más de una vez “metiera la pata”. En su obra Estado y filosofía, se observa muy bien la presión a la que estaba sometido por sus pretensiones excesivamente idealistas y universalista del que hacía eco su pensamiento. En unas pocas páginas podemos encontrar contradicciones y sobre todo saltos abismales que deben tenerse en cuenta. Por ejemplo, pasa de argumentar su posición universalista - “debido a la situación actual del mundo debe enteramente a ser uno, pero cada estado debe ser enteramente nacionalista para sí. Además, como medio entre esta multiplicidad y unidad se requiere un mundo particular como la Esfera de Coprosperidad”[14]- a en el siguiente párrafo abogar por un sentimiento radicalmente japonés – “La orientalización de los líderes del pensamiento y la educación académica de nuestro país debe profundizar totalmente el verdadero sentido del kokutai...”[15]-, para terminar aclarando su posición antitotalitaria – “la dirección de los líderes del pensamiento dentro de nuestra nación no debe caer en el totalitarismo comparable a un faccionalismo sino que debe ser enteramente un cuerpo de justicia y equidad formado por el gobernante y su pueblo (...)[16]. Incluso concluye el texto aludiendo a una justificación imperialista con tintes sintoístas- “Según las Crónicas de Verdadero Linaje Divino del Emperador el Gran Japón es el país de los dioses, y en el kokukai de nuestra nación, que es incomparable con otras cortes imperiales, se incluye una absoluta mundialidad histórica”[17]- que entra en total contraposición con ideas tan avanzadas en su tiempo, como la idea primitiva de “globalización” mundial que sostiene, tan anclada en nuestro tiempo histórico- “Pienso que el mundo de hoy está en la época de la autopercepción del mundo. Cada estado, mediante la autopercepción de su propia misión mundial debe constituir un mundo histórico-mundial, es decir, un mundo global. Esta es la tarea histórica de nuestro tiempo”[18].

            Este doble lenguaje utilizado por Nishida probablemente le salvó de una represaría por parte del Estado, pero también por su utilización se ganó muchos adversarios en la oposición antitotalitaria. Fuera como fuese, en todo caso, retendremos como modélicas para la Historia del pensamiento su concepción universalista del mundo y las naciones.

 

            Como sostienen tanto Gellner como A. Smith el papel de los intelectuales como conductores del movimiento nacionalista es esencial. En el caso de los intelectuales académicos japoneses, canalizados fundamentalmente en la Escuela de Kioto, estos no fue totalmente así, como hemos visto en el caso de Nishida, se pretendían los servicios de estos como mera propaganda política ya la teoría expansionista estaba muy clara desde el principio, una teoría respaldada enormemente por las “mayorías silenciosas”. En muchos casos más que ayudar, en el caso de Japón estorbaron sobre todo si tomamos la gran resistencia que tomaron los intelectuales del ala marxistas, como por ejemplo el discípulo de Nishida, Kiyoshi Miki. Aunque otros como Hajime Tanabe, también discípulo de la Escuela de Kioto, estuvieron más cercanos del ideal absolutista. Como vemos los intelectuales entraron a formar parte o no, en otros caso, de un proceso ya implantado, y esto discordia totalmente de la teoría de M. Hroch sobre el papel de los intelectuales en el proceso nacional, que según él va de los propios intelectuales a las masas sociales, interviniendo entre medio cierto grupo de agitadores profesionales. Incluso en este auge nacionalista que se produjo a mediados de los años treinta surgieron grupos de intelectuales anhelantes del pasado glorioso japonés. Esto ocurre, por ejemplo, con lo que se denomino como Escuela Romántica japonesa. Lavelle se refiere a ellos, “El retorno a la vida simple y pura de los antiguos japoneses, que implica la fe absoluta en la doctrina imperial, es el retorno a uno mismo”, además estos teorizaron sobre el papel de los intelectuales en el Japón, “el intelectual debe trocar el individualismo y el racionalismo por el “no conocimiento” propio de las masas. La guerra de 1937-1945 es sagrada, porque su objetivo es la mundalización de este modelo”[19]. Incluso en clara referencia  al Bushido alude a la grandeza de la muerte en combate que demuestra la verdadera naturaleza del espíritu japonés.

 

 

 

 

 

5.  Conclusión.

 

Después de haber expuesto los aspectos históricos, religiosos, culturales,

filosóficos, etc. necesarios para comprender el espíritu nacionalista japonés vamos, en última instancia, a aclarar según los teóricos occidentales que clase de nación y nacionalismo es el japonesa. El Japón tiene la peculiaridad, como hemos visto, de nacer desde tiempos muy remotos constituyéndose propiamente como nación y estado al mismo tiempo. Según el relato mitológico la isla japonesa, y solo ella, y el Emperador tienen origen divino, el poder político, de este modo, nace propiamente junto a una concepción nacionalista muy fuerte y ambas son inseparables. Lo curioso es lo que sucede en el periodo histórico que hemos tratado aquí. En un proceso importante de modernización del Estado insertado en una industrialización progresiva del país, el resurgir de la conciencia nacional se realiza a través de la demanda del surgir de la verdadera esencia japonesa, con lo que de tradición histórico-espiritual conlleva (Kokukai), pero a la vez no se permite escribir, ni mucho menos, en contra del capitalismo, lo mismo que no se permite investigar el surgir de la nación japonesa. Esto demuestra que la conciencia nacional y el interés estatal son una y la misma cosa, tradición y modernidad se complementa, y esto es probablemente lo peculiar del nacionalismo japonés.

            En Japón el nacionalismo político va irremisiblemente unido a un nacionalismo cultural que le da contenido. En Japón no ocurre como en Alemania, que a partir del Estado se comenzó a crear una conciencia ultranacionalista de superioridad de la raza aria y la cultura germana. Como hemos visto los dioses sólo se acordaron en su creación de Japón, y esto hace a su pueblo privilegiado. Está claro que a mediado de los treinta el modelo analítico que debemos tomar en cuenta, según Hobsbawn, es el que va de abajo a arriba, de la nación al Estado. Solo la nación puede garantizar el funcionamiento del Estado, y está claro que en Japón esto es así. Según B. Anderson Japón tendría el privilegio de contar con unos de los vínculos de lealtad que más seguridad dan a una nación, este es el que da la monarquía sagrada como centro. Hasta 1945, por tanto, Imperialismo, nación y Estado son inseparables, un aspecto conlleva el otro. Todo esto a llevado a Japón a imaginarse, como afirmaría Anderson o a inventarse como diría Hobsbawm, a diferencia de Occidente, de una forma muy peculiar que es indisociable de su concepción nacional del país. Esto a llevado a crear una identidad muy importante en la población que en el tiempo histórico que hemos tratado vendrían a representarse de la siguiente forma, según Lavelle, “en Japón, la unidad, el grupo, la continuidad, la moral, la intuición y la emoción; en Occidente, las fragmentaciones y las rupturas, el individualismo, el materialismo, las relaciones contractuales, el intelectualismo y el dualismo”[20]

             

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

6.  Bibliografía.

 

-  Akamatsu, P. Meiji-1868. Revolución y contrarrevolución en Japón.

Siglo XXI. Madrid. 1977.

            -    Beasley. Historia contemporánea de Japón. Alianza. Madrid.

-         Bianco, L. Asia contemporánea. Siglo XXI. Madrid, 1984.

-         González Valles, J. Historia de la filosofía japonesa. Tecnos, Madrid, 2000.

-         Heisig, J. W. Filósofos de la nada. Un ensayo sobre la Escuela de Kioto.

Herder. Barcelona, 2002.

-         Lavelle, P. El pensamiento japonés. Acento. Madrid, 1997.

-         Nishida, K. Estado y filosofía. Colegio de Michoacán. México.

-         Said, E. W. Orientalismo. Libertarias. Madrd, 1990.

-         Said, E. W. Cultura e imperialismo.

-         Togores Sánchez, L. E. Japón en el siglo XX. De imperio militar a potencia

económica. Arco. Madrid, 2000.

            -     Watsuji, T. El hombre y su ambiente. Castellote.

-         Whitney, J. El imperialismo japonés. Siglo XXI. Madrd. 1993.


 

[1] Lavelle, P. El pensamiento japonés. Pág. 60. Acento. Madrid, 1998.

[2] Lavelle, P. O.C. Pág. 61.

[3] Whitney, J. El Imperialismo japonés. Pág. 21. Siglo XXI. Madrid, 1993.

[4] Gnzález Valle, J. Historia de la filosofía japonesa. Pág. 34. Tecnos. Madrid, 2000.

[5] Whithney, J. O.C. Pág. 23.

[6] Lavelle, P. O.C. Pág. 12.

[7] Togores Sánchez, L. E. Japón en el siglo XX. De imperio militar a potencia económica. Pág. 40. Arco. Madrid, 2000.

[8] Togores Sánchez. O.C. pág. 41.

[9] Togores Sánchez. O.C. Pág. 41.

[10] Togores S. O.C. Pág. 45.

[11] González Valles, J. O.C. Pág. 297.

[12] González Valles, J. O.C. Pág. 307.

[13] González Valles, J. Pág. 323.

[14] Nishida, Kitaro. Estado y filosofía. Pág. 224. Colegio de Michoacán, Méjico.

[15] Nishida, K. O.C. Pág. 224.

[16] Nishida, K. O.C. Pág. 224-225.

[17] Nishida, K. O.C. Pág. 226.

[18] Nishida, K. O.C. Pág. 221.

[19] Lavelle, P. O.C. Pág. 82.

[20] Lavelle, P. O.C. Pág. 67.

 

VOLVER A PORTADA