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        LA MEMORIA DE LA ESPERANZA 

           

 

                 Fernando Ojea

 

 

(Aclaración preliminar: el presente texto constituye un proyecto de epílogo –inédito- al último trabajo, Nacimiento y filiación –Arena Libros, Madrid, 2012- con que concluía nuestra trilogía sobre el nacimiento; cfr. Un estudio filosófico sobre el nacimiento).

 

Introducción         

 La comprensión habitual del pasado suele declarar que éste “no existe”. Y ello es verdad para cualquier concepción que considere el tiempo como un continuo prolongándose en una serie indefinida de instantes. Es sabido sin embargo que esta concepción aparece, en la hermenéutica fenomenológica de nuestra existencia -Heidegger- limitada a la aprehensión cotidiana del tiempo mundano; el tiempo del hombre resulta, en cambio, una anticipación en el porvenir –que coincidiría en su extremo con la de la propia muerte- destinada a descubrir en acción retrospectiva el pasado y abrir un presente. El pasado aparecería así, a diferencia del mero continuo registrado en el “mundo exterior” y en el mero sucederse de las “vivencias internas”, fundado en el porvenir. Pero dicha hermenéutica, como todas las elaboradas en el pasado siglo, sólo considera al hombre desde su consolidación como pro-yecto que a partir de su comprensión se anticipa sin cesar en posibilidades -abriendo simultáneamente un pasado y transformando de la manera que fuere el presente. Sin embargo, previo a esta constitución del ente que somos -y como su posibilidad misma que se actualiza sin cesar a lo largo de la existencia- tiene lugar el acontecimiento del nacer. A éste le llamamos el inédito acontecimiento de lo inédito. Conviene detenernos un momento en él para hallar el origen efectivo de todo pasado –al que se dirige la memoria- y del porvenir – al que apunta la esperanza.

 Tiene razón el sentido común cuando declara que el porvenir es lo que “aún no es”. Sin duda constituye un progreso el haberlo elevado, más allá de su clásica concepción como “potencia”, al rango de anticipación activamente presente de nuestra existencia. Son los proyectos que no dejamos de desarrollar, aunque sea el proyecto minimalista de retirarse de toda acción manifiesta –lo que no deja de ser un efectivo proyecto. Pero antes de esta incesante actividad ya en marcha –y para ella- tiene lugar, como su posibilidad misma, una anticipación originaria: la brusca exposición a un inédito horizonte, a una inhóspita intemperie donde nada resulta por lo pronto garantizado. Ahora bien, cualquier determinada pro-yección del nacido que somos supone esa originaria anticipación donde no se da aún distinción entre objeto y fin ni determinación de sujeto alguno que deliberase acerca de posibilidades. Pero es esa repentina exposición a un horizonte, donde el fin aplaza sin cesar su cumplimiento -es esa proto-anticipación que determina nuestra existencia al nacer- lo único que hace posible lo que llamamos un porvenir.

 Por otra parte sabemos que el neonato, al serle intolerable su puro emplazamiento en el horizonte -donde el fin huye indefinidamente- ensaya una estratégica vuelta sobre sí mismo para adquirir perspectiva y situarse, de la manera que fuere, ante ese fin intentando despejar la posibilidad de su apropiación. Pero aquello a que habría pretendido regresar no aparece sino como la más pura inconsistencia de sí, remitiendo nuevamente al horizonte donde el nacido descubre ahora comprometido su propio fin. Habiendo intentado huir de la inalcanzabilidad del fin sin más, sólo consigue recrearla como sobreañadida inalcanzabilidad, esta vez, del propio fin naufragando en el horizonte. Se abre así un nuevo abismo, el que media entre el propio fin capturado en ese horizonte y la expectación inevitablemente orientada hacia él: y este abismo constituye al nacer como imprevisible venir cada vez a sí mismo en su desconcertante carácter inédito. Imprevisible venir no ya desde la exposición al horizonte conforme a su originaria anticipación en él, sino desde el insuperable sin fondo de la propia división en cuyo abismo todo mero antecedente pierde consistencia para recobrarse a la luz del inédito sentido abierto al nacer: es, en efecto, desde ese abismo como puede ahora aparecer y cobrar sentido lo ya devenido en calidad de pasado.

 Ahora bien, tanto la apertura del pasado a raíz del imprevisible retorno del nacido a sí mismo -hundiéndose, de esa manera, todo resto de lo ya dado para recuperarse inéditamente a la luz del nacer- ; tanto esa apertura,  decimos, como la del porvenir a raíz de la pura exposición a la intemperie donde se hunde toda devenida posibilidad para recuperarse como promesa de un inédito cumplimiento; tanto lo primero –origen del pasado- como lo segundo –origen del porvenir- son objeto, respectivamente, de la memoria y de la esperanza.

 A analizar la relación de estas dos capacidades, arraigadas en el nacer, dedicamos el presente trabajo; ello nos conducirá -ya veremos de qué manera- a la capacidad más propia del nacido a la que aquellas se hallan esencialmente destinadas, dando lugar así a la memoria de la esperanza.    

               

1. La memoria de la esperanza del nacido respecto de sí mismo.

 

1.1 La doble herencia de sí mismo.

 La memoria se refiere ante todo al propio pasado, la esperanza al porvenir de lo ajeno.

 El pasado del nacido tiene su origen en el hallarse cada cual arrojado de manera imprevista a su existencia; a una con este “estar arrojado” se da el hundimiento de todo antecedente, poniéndose de manifiesto al inédito acontecimiento que es el nacer. Todo “mero pasado” constituido “antes” del nacer se abisma entonces, para, desde la imprevisibilidad de donde surge éste como inédito acontecimiento, re-aparecer y ser apropiado -de la manera que fuere- como un propio pasado. Dicho de otra manera: la existencia de todo pasado antecedente, hundido en el puro abismo abierto por el nacimiento a sus espaldas, es acogido como ya devenido (pasado) a la luz del inédito acontecimiento de cada nacer.

 El porvenir, por su parte, resulta del estallido inaugural por el cual nos abrimos a un horizonte imprevisible de posibilidades: horizonte que hunde en él toda posibilidad devenida para recuperarla bajo la inaugural apertura a lo inédito del nuevo nacer.

 Aparece, así, una doble herencia de nosotros mismos que pasamos algo más expresamente a destacar.

 a) Herencia de la propia iniciativa.

 El nacer abre la dimensión donde ha de tener lugar -es decir, configurarse y desarrollarse- un primer pasado: el venir sin cesar a sí abierto por el abismo imprevisible de su origen. Esta súbita retirada de lo dado, abismo irrumpiente con la aparición inédita del nacer, hace posible a éste iniciarse cada vez desde lo imprevisible instaurando el propio pasado como articulada constancia de sí. ¿De qué constancia se trata?

 Con la inédita aparición que es cada nacer va decantando una irreductible manera de comenzar, transformándose progresivamente ésta en herencia de sí misma: herencia de lo ya comenzado retomada por cada nuevo comienzo como persistencia de lo propio. A ello corresponde la siempre renovada singularidad de la existencia nacida. Esta singularidad única que se recrea en cada comienzo –existir es comenzar incesantemente, y comenzar incesantemente es nacer- y de donde resulta la configuración del propio pasado, es a la vez la posibilidad de su memoria. Memoria, entonces, y en contraste con lo supuestamente ya habido antes que ella, de lo propio; y, en cuanto tal, memoria de la esperanza al serlo precisamente de lo que cada vez por vez primera como imprevisible comienzo nos constituye.

 

 b) Herencia de la propia anticipación.

 Por otra parte, el carácter imprevisible del horizonte a que se está sin cesar expuesto da lugar, desde el abismo despejado de su intemperie, a las anticipaciones de sentido que atravesando su imprevisibilidad se hallan destinadas a conquistar lo ajeno. La exposición a la intemperie deja simultáneamente en suspenso cualesquiera anticipaciones ya desarrolladas -o en camino de hacerlo- que el nacido pudiese encontrar empeñado en el desarrollo de las propias. De esta manera, su siempre recién estrenada anticipación de lo ajeno va decantando no ya en la constancia del rasgo irreductible de la pura iniciativa –o inédito comienzo- en que el desarrollo de determinadas posibilidades pasadas se ha sostenido, sino, ahora, en la constancia del rasgo constituido por la señalada orientación del conjunto de posibilidades que habría ido llevando a cabo –enlazándose sus cumplimientos con las anteriores, re-significando progresivamente el resultado de las mismas, etc.

 Esta madeja de posibilidades que va tejiendo mi existencia decanta progresivamente –como hemos señalado- no ya en mi ser-nacido como inédito comienzo, sino ahora -y a la vez- como comienzo de lo inédito; este resultante pasado no se ofrece a la memoria del nacer como rasgo progresivamente decantado de mi iniciativa- sino como el dibujado por mi propia anticipación llevada a cabo en el porvenir. El término de esta eventual memoria difiere, pues, del anterior: no se refiere ya al “cómo” irreductible con que mi singularidad se ha ido constituyendo; trasciende a éste, en cambio, hacia el “qué” –irreductible también- de la orientación de mis posibilidades desarrolladas y, de cierta manera, objetivables y medibles en sus resultados. A través de esta característica por la que se asimila mi pasado a un escenario de devenida anticipación en posibilidades nos es dado descender sin cesar hacia la pura anticipación misma con que no deja de abrirse el propio porvenir. Lo que ahora puede ser término último de la memoria es precisamente esa apertura a la que se desciende, desde el rasgo de su devenida orientación, hacia el invariable estallido original de su fuente. Memoria, pues, de la esperanza al serlo precisamente del comienzo en el imprevisible que nos constituye.

 

1.2 La memoria de la esperanza como actualización del nacimiento.

 Quizá podamos ahora determinar lo que nos limitamos a anticipar en la Introducción: ¿por qué hemos de atribuir a la memoria de la esperanza el ser la capacidad más propia del nacido? Respondemos: porque mediante ella se actualiza el origen de la propia existencia como nacer. ¿Memoria, entonces, del nacer? En efecto. Ahora bien: la memoria se refiere al pasado y el nacer -que es fuente incesante de donde venimos inauguralmente a la existencia- actúa en el hoy y se dirige al porvenir. ¿Cómo se encontrarían pues, ambos –memoria y nacer- el uno al otro remitidos?

 El nacido aparece súbitamente expuesto a un horizonte donde le aguarda el fin -cuya conquista se aplaza incesantemente- ; y lo hace a la vez anticipando en ese horizonte el propio fin: permaneciendo, entonces, más acá como expectante orientación indefinida de sí mismo. La anticipación en el horizonte imprevisible inaugura el nacer como comienzo de lo nuevo; mientras que la propia división entre el propio fin capturado en el horizonte y la indefinida expectación del mismo inaugura, como imprevisible venir incesante a nuestra irreductible singularidad, el nacer como nuevo comienzo. Lo primero abre el porvenir; lo segundo, el pasado. Pero insistamos en ello ¿de qué manera?

 El pasado no se limita a “pasar” desde el “siendo ahora” al “dejar de ser”, sino que es el haber despertado al sentido desde del abismo imprevisible a partir del cual venimos sin cesar a nosotros mismos –a nuestra inédita iniciativa- como nuevo comienzo; y el porvenir no se limita a aguardarnos como lo que será a la manera de la semilla que espera su germinación: son las posibilidades que cobran sentido desde la anticipación originaria en el horizonte -horizonte que así se despliega sobre nosotros abriéndonos hacia lo otro como comienzo de lo nuevo. Ahora bien, tanto la inédita iniciativa -que da lugar a lo propio- como la anticipación de lo inédito -que da lugar a lo ajeno- son esperanza: esperanza encerrada en el acto imprevisiblemente inaugurado que inaugura a la vez lo imprevisible. De ello nos cabe tener memoria: memoria entonces de la esperanza como de la capacidad misma del nacer.

 Que esta memoria actualice al nacer quiere decir que rigurosamente lo repite. Y lo hace en el sentido de la re-creación: lo trae consigo al sentido cada vez como inédita iniciativa –siginificado incluido en el “re” de re-creación- y por vez primera como anticipación originaria –significado de “creación” incluido en el mismo término. Dicho con otras palabras: esta memoria consiste en repetir –en el sentido de re-crear- en nuestra existencia tanto la esperanza del inédito comienzo como del comienzo de lo inédito que somos –en tanto que nacidos- actualizándolos, en consecuencia, como memoria de la esperanza.

 Hemos dicho memoria precisamente de la esperanza. Y así es. Pues ¿qué sentido tendría una memoria que no lo fuese de la esperanza? ¿Qué otra significación atribuirle, si sólo se detuviese en lo que ha quedado definitivamente a la zaga, que la de una inconsistente actividad planeando, errática, fuera de lo que constituye nuestra existencia nacida? Ella traicionaría doblemente el nacimiento -que es lo único que ha hecho posible y que sostiene sin cesar esa existencia- : traicionaría su pasado convirtiéndolo en un indiferente archivador de recuerdos sin vida, y el porvenir dándole definitivamente la espalda. Pero rescatar el pasado no consiste en ceder a la vana fantasía que habría de poblar su ausencia sino en avivar cada vez la iniciativa con la cual venimos imprevisiblemente a nosotros mismos como inédita singularidad, fuente de inagotable esperanza, y como apertura a lo ajeno que late con su inquietud bajo la orientación del conjunto de nuestras posibilidades devenidas.

 

 1.3 Itinerarios de la memoria individual: infancia y adolescencia.

 La memoria que desciende, a través del doble rasgo del nacido, hasta la esperanza escondida en su iniciativa y latente bajo el desarrollo de sus posibilidades, tiene su último escalón de descenso en la infancia. Esta no aparece ahora, sin embargo, como mero recuerdo de episodios aislados con que podamos encontrarnos arrastrados por nostálgicas cavilaciones. Si así fuese (lo que suele asociarse, a menudo, con la remota memoria errabunda de los ancianos que no logran recordar, al contrario, sucesos transcurridos en el pretérito cercano); si así fuese, decimos, los hechos y circunstancias evocados no guardarían, a pesar de la emotividad que acaso despertasen, mas que una relación externa con nuestra avanzada existencia. Sólo aparecerían a la conciencia actual acentuando el contraste entre el frágil universo infantil, ya desaparecido, y la sólida configuración de la existencia presente. El verdadero descenso de la memoria de la esperanza, en cambio, actualiza de manera decisiva la proximidad a la infancia –proximidad a la promesa latente en nuestra iniciativa y anticipación inaugurales- como algo activamente insistente aún en la ya consolidada singularidad y en el protagonismo ante el porvenir en curso de nuestra vida actual. Nos desconocemos en las triviales circunstancias que hemos vivido de niños en la misma medida en que nos es dado reconocernos, a través del gesto o la repentina sonrisa agitada de entonces, en la temprana frescura de aquella iniciativa que hubo de dar los primeros pasos de su afirmación y en el estilo con que nos empeñábamos, con inusual entrega, en determinada tarea. En un caso, pues, será el recuerdo puramente accidental de un pasado que permanece en exterioridad al presente vivido y ya no nos concierne; en otro, tendrá lugar la memoria que re-crea la capacidad de volver inéditamente a comenzar dando a la vez comienzo a lo inédito.

 La infancia de la que en este caso hace objeto la memoria -descendiendo a la proximidad de la pura promesa del nacer que late debajo- es lo que paradójicamente más destaca, a pesar de su aparente fragilidad, en su vigoroso carácter de “rasgo”. Lejos de disolver la consistencia de sus vagos contornos en lo que de manera misteriosa la precede y hace posible, su vecindad al origen confiere al rasgo un destello incomparable -y ante cuya firmeza retroceden a menudo las diversas configuraciones de estilo que consideramos propias de la madurez. Dicha firmeza no se encuentra sin embargo en la riqueza anecdótica de su configuración -que sólo alcanzaría posteriormente en el devenir de la existencia nacida- : se trata de la visibilidad de su energía a la intensa luz del inicio que inmediatamente le sostiene. Como el nacimiento mismo, su inmadurez revela la proto-madurez ontológica de su acontecer como surgimiento original de toda esperanza. De ahí que en la infancia se intuya siempre una fase excepcional del desarrollo del nacido, ya que se halla ostensiblemente envuelta aún en la atmósfera propia del nudo nacer: no hace mucho acababa de esbozarse la exposición al horizonte donde huye el fin inatrapable y la remisión –tras el fallido retorno a sí mismo- a ese mismo horizonte donde se encuentra atrapado, ahora, el propio fin; no hace mucho se había estrenado el venir a sí mismo desde el abismo sin fondo de la propia división y la exposición al abismo de la pura intemperie imprevisible abierta ante sí. Apenas había echado a andar la afirmación de la propia singularidad –iniciativa- y la exposición a lo ajeno –protagonismo en la orientación del propio porvenir. Y es en este primer tanteo del camino donde surge para nosotros esa prematura aparición maravillada del rasgo que, con todo el vigor de lo inaugural, despierta ante la memoria en incontestable vecindad al puro nacer.

 Suele decirse que el hombre en trance de morir es invadido por los recuerdos más remotos de su vida. Recuerdos que le llevan hasta la primera infancia, donde se desocultan repentinamente vivencias largo tiempo escondidas –y a menudo más determinantes- del pasado. La inminente desaparición de su existencia toda llevaría entonces al anciano hacia el origen de su esperanza, esperanza primera con que de forma inédita vino al mundo a comenzar –con otras palabras, vino naciendo. Curioso ejercicio de la memoria justo en los instantes que auguran el fin de toda esperanza. Parece haber, en efecto, en esa memoria un sabor a tiempo negligentemente extraviado, a vida transcurrida sin darse cuenta. En esta paradoja que trae el recuerdo de haber venido a comenzar justo en los momentos previos al cese de todo comienzo, sentimos habernos alejado tanto del origen que sólo con dificultad nos damos cuenta de que éste nunca ha dejado de estar presente a lo largo de toda nuestra existencia. Habíamos permanecido, en efecto, viviendo el nacimiento como si ya hubiese meramente pasado; pero éste no se encuentra nunca aislado en el pasado sino que nos reclama, siempre, desde el porvenir. Nuestra memoria no ha de hacer más que re-crearlo como la esperanza que indefinidamente nos había aguardado –y que nos aguarda aún-, como la fuente misma de toda iniciativa y el aliento de toda anticipación.

 Para ello nos ayuda el descubrimiento de los rasgos más tempranos de esa infancia, de ese inaugural echar a andar por el mundo en vibrante proximidad al origen -al comienzo de nosotros mismos y de lo que fuere. Si es verdad que su evocación, a menudo cercana a la propia muerte, busca de manera excepcional retroceder a lo que mas tempranamente hemos sido, lo es a la vez que ella, cuando aparece sin ser forzada en el transcurso de la madurez nos muestra también que antes que haberlo perdido todo, todo vuelve a recuperarse en el soberano protagonismo de nuestra existencia naciente. La infancia se prodiga así a la memoria como su alimento más vigoroso, alimento del origen cuya pureza inalterable encamina sin cesar toda afirmación y todo proyecto de vida nacida.

 

 Hay otro momento, posterior a la infancia, al que también suele volverse a la hora de evaluar, ya mayores, el pasado decurso de nuestra vida. No es ya el mero balbuceo de iniciativa y anticipación de la infancia -y su incesante retorno a la imaginación, donde intentamos sortear precipitadamente los obstáculos de nuestros deseos. Ahora, en cambio, es el momento en que el aprendizaje de la realidad ha comenzado a tener lugar y nos exige tomar las iniciales decisiones que habrían de configurar –al menos en intención- nuestra existencia. En la adolescencia el nacido se encuentra ya con un contorno de posibilidades entre las cuales ha de escoger. Es el tiempo de la más solemne elección inaugural: aquella que se extendería al futuro adulto moldeando el carácter de su iniciativa y la orientación de las múltiples anticipaciones con que habría de desplegarse su porvenir.

 El adulto habrá de detenerse, con su memoria, en las alternativas en juego de aquel remoto escenario y en la determinación con que fueron escogidas y se preguntará, acaso, por la relación al cabo devenida entre los tempranos deseos de entonces y el posterior decurso de su existencia. Ante esta pregunta podrán tener lugar dos respuestas: la de quienes descubren en sí mismos el cumplimiento de esos decisivos anhelos y la de quienes experimentan en cambio su fracaso –añadiéndose preferentemente, en el segundo caso,  que han sido los obstáculos sobrevenidos en el desarrollo de la propia existencia los responsables de tal decepción. Pero en cualquiera de estas dos alternativas suele escaparse lo más verdadero de esa adolescencia, manipulada en el recuerdo por la estrategia de una memoria elusiva. El adolescente que hemos sido no puede, en efecto, ser evaluado con los criterios de nuestra actual existencia con el objeto de poner a ésta en orden y justificarla –ya sea en la satisfecha complacencia o en la decepción ante los resultados cuya expectativa abrigaba. Al adolescente que fuimos hemos ante todo de dejarlo hablar; la memoria ha de abrirse con su más pura disponibilidad limitándose a aguardar que lo evocado le revele la pura pasión de su deseo, la intensidad y amplitud de su esperanza. Esa esperanza no está –ni estará nunca- subordinada a nuestra consistente existencia adulta ya desarrollada; al contrario, se elevará sin cesar por encima de la misma con la insistencia de la más rigurosa exigencia inaugural; la pasión y el deseo adolescentes no son lo que ya pasó, sino el incesante porvenir que late bajo todo el desarrollo de nuestra existencia nacida. Desbordada memoria de la esperanza, ella trasciende todo empeño adulto por limitarla y contenerla en los estrechos límites de una frágil madurez alcanzada. De ella esta última sólo debe indefinidamente aprender. El vigor y la transparencia de sus inquietudes –restauración incansable de la esperanza- han de liberarse entonces, a través de la memoria, como rigurosa pedagogía del porvenir.

 

 

    

2 - La memoria de la esperanza en la relación filial.

 

2.1 Primera aproximación a la memoria de la esperanza del hijo en la relación filial.

 Lo dicho hasta aquí sólo ha acogido las aperturas de pasado y porvenir en el contexto del nacido aisladamente considerado. Pero en tanto la ascendencia –el provenir de determinados padres- es dimensión esencial de todo nacido: a) el constituir un inédito comienzo habrá de configurarse en cada cual como el progresivo abandono de la iniciativa paterna para afirmar y consolidar la propia; sólo desde ese abandono, en efecto, se logrará actualizar el incesante venir a sí como incomparable singularidad. Y b) el constituir un comienzo de lo inédito sólo habrá de configurarse como cuestionamiento del desarrollo del sentido del progenitor (que al hijo aparece ex-puesto) y, de inmediato, como agradecida acogida de los estímulos más eficaces de las posibilidades pasadas para fecundar las del nuevo porvenir -a lo que llamamos, a diferencia de la herencia del propio decurso pasado de posibilidades, la herencia filial (Fernando Ojea: Nacimiento y filiación, op.cit.)

 Veamos, enseguida, de qué manera la relación entre padre e hijo sería experimentada y llevada a cabo en cada uno de los dos señalados momentos como memoria de la esperanza.

 a) El alejamiento de la iniciativa paterna implica simultáneamente -en la correspondencia verdadera con ella- una singular acción de retorno al padre mismo: mediante su totalización y en consecuencia relativización, el hijo remite a éste a su más desnuda finitud; de esta manera, la singularidad paterna destacará ante el descendiente como fuente inagotable de estímulo de cara a la configuración de su recién estrenada iniciativa. Ello se actualiza mediante la memoria, una memoria que puede beber incansablemente en la profundidad abismal de la pura iniciativa paterna convertida, ahora, en insistente antecedente silencioso de la del hijo. Memoria, entonces, promotora de esperanza: la que surge tras el abandono de la iniciativa progenitora gracias a lo cual el hijo inaugura y afianza la propia.

 b) Por su parte, en el paralelo cuestionamiento del porvenir paterno expuesto ante el hijo, éste depura el contenido de su desarrollo acogiendo los estímulos más eficaces para el curso de su nuevo porvenir; el descendiente cultiva de esta manera una herencia. El estímulo acogido y su cultivo alimentan la esperanza abierta en el porvenir, pero lo hacen, ahora, desde la memoria del camino ya andado de las posibilidades paternas: memoria de la esperanza encerrada en esas posibilidades acogidas en su tensa anticipación y que han de recrearse y hacerse fecundas en la nueva resolución anticipadora del descendiente.

 De esta manera, como nacimiento del acto que es, el nuevo nacido rescata para sí mismo, abandonando la iniciativa paterna para afianzar la propia, la imprescindible memoria silenciosa de la esperanza; y como acto de nacimiento rescata, depurando y acogiendo el estímulo del desarrollado sentido paterno para emprender el propio, la esperanza de un inédito cumplimiento latente en el decurso ya devenido de la existencia progenitora. Veámoslo aún más de cerca.

 

2.2 Segunda aproximación

 a) La correspondencia con la iniciativa paterna no tiene por objeto (o término) “contenido” concreto alguno, no se refiere a lo que haya hecho o dejado de hacer el propio padre; remite, en cambio, a la irreductible peculiaridad en que cualquier iniciativa suya se haya puesto en pié (independientemente de “lo que” hubiese sostenido y en consecuencia desarrollado en su porvenir). La iniciativa designa siempre el acto: el nacimiento como acto irrumpiente en el curso de la continuidad natural y que, dando fin a toda indiferente prolongación de “sucesos”, inaugura imprevisiblemente lo inédito. Por ello de la iniciativa paterna jamás podrían obtenerse orientaciones o consignas: sólo el mudo latir de su cada vez irreductible afirmación. Ella es aquí objeto de la memoria filial. Y sólo podrá ser ejecutada verdaderamente si se dispone, a partir del abandono del hijo, a consagrar su nueva iniciativa. El recuerdo tiene desde ya sus contenidos –la imagen y eventualmente la voz del padre alzándose cada vez como comienzo. Pero sería un error utilizar dichos contenidos para descifrar en ellos el “qué-hacer” que se hubiese trazado mediante la orientación paterna en determinadas posibilidades: aquí no se trata en efecto de ningún determinado “desarrollo del sentido” previamente anticipado en su porvenir, sino del puro carácter (o irreductible “cómo”) con que se alza ante la memoria, desde el pasado, la iniciativa precedente. Por ello cuando el hijo más esforzadamente pretenda evocar al padre,  lejos de orientación o prescripción alguna referente a “qué haceres” sólo encontrará, de inmediato, esbozos confusamente trazados de una ya abandonada iniciativa que se limitarán a sostener y guiar su memoria sin configurar un riguroso término intencional: sólo el rasgo único de la inapresable capacidad de comienzo del progenitor. Con otras palabras, la memoria del hijo no se dirige (aquí) sino al ensimismamiento del padre en su propia iniciativa, al margen de un despliegue de la misma en una u otra dirección. Busca ser memoria de la fuente misma desde la que se ha alzado y sostenido el curso del sentido paterno –haya sido éste el de lo que fuere. El padre aparece como nacido porque nunca ha sido otra cosa más que comienzo, porque se ha constituido como una insustituible capacidad de iniciar; porque se ha instalado súbita e imprevisiblemente en la existencia como inédita inauguración: y es ahora éste comienzo lo que nos es dado evocar y celebrar con la memoria como alentador antecedente de nuestra propia iniciativa de hijos. El vigor que mana de su fuente resulta así, como riguroso término de la memoria, esperanza: justo la que habita -fraternalmente ahora- en el propio alzarse inaugural del hijo como nuevo comienzo; esperanza conservada y re-creada por la memoria filial.

 b) Pero el padre no se limita a haber sido una inédita iniciativa sino a la vez, como nacido, iniciativa de lo inédito. De este modo aparece, también, como quien ha llevado a cabo, desde el imprevisible horizonte al que ha permanecido abierto, determinadas anticipaciones de sentido -con la fortuna que fuere. Y es el haber llevado a cabo esas anticipaciones, el haber desplegado las posibilidades encerradas en ellas lo que, tras su ex-posición al cuestionamiento del hijo puede ser recogido por éste precisamente en sus múltiples insuficiencias para ser re-orientado (y así transformado) en un nuevo porvenir. Así una ya devenida tarea pasa a constituir el material en que ha de fecundar, en el hijo, la propia herencia paterna grávida de esperanza. ¿De qué manera? Veamos.

 El padre ha llevado a cabo esto o aquello; pero el padre aparece entonces como el que “no ha podido” hacer lo que el hijo precisamente echa en falta tras cuestionar su existencia. Sin embargo, ese no haber podido implica necesariamente un poder cuya concreción ha permanecido circunstancialmente en suspenso y que, como tal, encierra para el descendiente la esperanza de un cumplimiento inédito. Y es éste el desafío, cargado ahora de una nueva expectativa ante lo imprevisible, lo que el hijo recoge de las posibilidades paternas heredadas. Es el riguroso estímulo que ha de obrar en la eventual fecundidad de su nuevo porvenir. Esperanza, pues, pero sostenida por la memoria dirigida al arsenal de posibilidades incumplidas cuya realización aguarda imprevisiblemente al hijo en el desarrollo de su porvenir.

 Una vez más: lo que el padre “no ha podido” lo es precisamente por “haberlo podido” -aún sin haberlo llevarlo a cabo- : y es éste “poder”, incumplido pero latente en el pasado y arrojado ahora al porvenir lo que al hijo le es dado acoger con esperanza: lo que llena de vigor el propio aliento hacia su porvenir. Memoria, pues, de la esperanza: de un inédito cumplimiento en la imprevisible andadura del descendiente; memoria de un pasado ya expuesto en su desnudez que, al comenzar el decurso en un nuevo horizonte el hijo tiene la posibilidad –y el privilegio único- de transformar.

 

 Hemos establecido ya la diferencia entre la memoria de la iniciativa paterna y la memoria de sus devenidas posibilidades: la primera, decimos, hace presente el “rasgo” propio del ser-comienzo del progenitor, el “cómo” peculiar de la manera de alzarse con su iniciativa para andar el propio camino; la segunda se refiere a determinadas posibilidades que se han hecho presentes y así expuesto al cuestionamiento más decisivo del hijo. El “rasgo” se extiende, también aquí, a las posibilidades paternas: más allá de sus resultados –objetivables acaso tanto para el hijo como eventualmente para cualquier otro nacido- se extiende al carácter singular de la orientación que ha guiado el desarrollo de su existencia, es decir, al carácter de la propia anticipación con que el padre ha llevado a cabo sus posibilidades. A continuación nos detendremos en la comparación entre ambos rasgos –de iniciativa y de orientación- y en sus consecuencias.

 

2.3 La doble acepción del genitivo en “la memoria (de) la esperanza”

 Fijémonos ante todo en una significativa diferencia entre la memoria de la esperanza del hijo que se encuentra con la pura iniciativa paterna y la que lo hace en cambio con la de su ya devenido sentido. En la primera, esa iniciativa parece “venir hacia” la del hijo -con todo el vigor surgido de su hondura abismal- reivindicando su presencia, solicitando su recuerdo. Es como si, casi inevitablemente, el hijo experimentara la “llamada” de aquello que exige ser recordado y cuyo eco parece resonar ahora –más allá de toda efímera distracción- en su propia iniciativa en camino. Como si el abandono (mediante el cual el descendiente ha respondido al repliegue de la iniciativa paterna para afirmar la propia) se viera asaltado por el irreductible eco de su ya lejano punto de partida. La memoria del padre se desencadena de esa manera (contra todo olvido del inaugural comienzo en marcha del descendiente) para seguir alimentando, con la singularidad incomparable de su vigor, el nuevo comienzo que –precisamente para afianzarse- habría dejado a ese mismo vigor atrás. Es cuando el nuevo nacido se reconoce incontestablemente hijo de éste padre. De pronto el inesperado recuerdo de un gesto, de una mirada fugaz o de una voz irrepetible –con otras palabras: de una manera incomparable de dirigirse a los demás, al mundo y a sí mismo- resucita el “cómo” según el cual había tenido cada vez lugar el incomparable comienzo paterno insistiendo, ahora, en la nueva iniciativa del descendiente –que tuvo (repitámoslo) que abandonar a aquél para afirmar y consolidar el propio.

 Cosa bien distinta parece ocurrir, sin embargo,  con la alzada esperanza del ya desarrollado porvenir paterno. Aquí la memoria que brota y se sostiene tras el cuestionamiento del sentido del progenitor -acogiendo el efectivo “poder hacer” del mismo cuyas limitaciones llaman, desafiantes, a la tarea de un inédito cumplimiento- ; aquí esta memoria, decimos, presente en el hijo, parece “ir hacia” el padre para, nutriéndose del curso accidentado de su “poder haber hecho”, re-crearlo consumando de inédita manera su cumplimiento. En éste caso no parece sobrevenirle al hijo la memoria del padre, sino al padre mismo la del hijo. Dicho de otra manera: no parece resultar el hijo atrapado inadvertidamente por la memoria de la iniciativa paterna, sino conduciendo la memoria del desarrollo ya habido de esa iniciativa hacia un esperanzado cumplimiento que sólo al descendiente le sería dado llevar a cabo.

 La diferencia, a la vez que la íntima relación, entre ambas cosas bien puede verse si en la formulación “memoria de la esperanza” pensamos el genitivo que incluye bien objetiva, bien subjetivamente. Veamos.

 En el caso de la memoria de la iniciativa paterna, la memoria “de” la esperanza no querrá decir ante todo que tenga por objeto la esperanza en la silenciosa evocación tonificante del comienzo paterno alimentando el propio sino, en cambio, que esa misma memoria pertenece a la esperanza (genitivo subjetivo). Esa brusca invasión del recuerdo del padre en su incesante y mudo acto (rasgo) de comenzar, cualquiera que fuese el eventual sentido que hubiese desarrollado en el porvenir, no sólo se orienta –como incesantemente recuperado objeto de la memoria- a la esperanza del inédito comienzo del hijo sino que aparece, además, habiendo atrapado el propio corazón de esa esperanza.

 Pero en el caso del desarrollado porvenir paterno la memoria “de” la esperanza no querrá decir que ella pertenezca (genitivo subjetivo) a esa cuestionada anticipación como escondido desafío de fecundidad; sino, en cambio, que la esperanza del hijo, dispuesto a protagonizar ahora su propio horizonte, tiene precisamente por objeto la re-creación y el cumplimiento transformador de toda anticipación paterna (genitivo objetivo).

 Fácil es advertir, pues, que en la memoria de la esperanza que abre la correspondencia del hijo con la iniciativa paterna destaca el genitivo en su carácter subjetivo; a la evocada iniciativa paterna pertenece, en efecto, la esperanza del hijo, la inauguración de su propia iniciativa como nuevo comienzo que tiene lugar tras el abandono de la iniciativa progenitora: y precisamente a raíz de ese abandono, de haber éste totalizado y relativizado la iniciativa de la que se aleja, la constituye en fuente inagotable de aliento que invade su propia iniciativa. De ahí que en este momento de la correspondencia es la memoria del padre la que parece “venir hacia” el hijo e imponérsele en el corazón mismo del afianzamiento de la propia iniciativa de éste.

 Por su parte, en la memoria de la esperanza abierta por la correspondencia del hijo respecto del sentido desarrollado por el padre prevalecerá el énfasis en el genitivo objetivo: no es ya la iniciativa paterna la que invade con su memoria el inédito comienzo del hijo para solidarizarse calladamente con él: ahora parece ser la esperanza del hijo, es decir, su vigorosa anticipación en el propio horizonte la que reclama como suya y conduce (como “su objeto”) la propia memoria de las posibilidades paternas para recoger su legado transformando inéditamente su cumplimiento. De ahí que en este segundo momento es la esperanza del hijo la que parece “ir hacia” y conducir la memoria del porvenir paterno para apropiárselo creadoramente como herencia.  

 Hay que comprender, pues, que aunque en “la memoria de la esperanza” el genitivo objetivo y el subjetivo afectan tanto a la memoria de la iniciativa como a la de la capacidad de anticipación, en su manifestación explícita el genitivo subjetivo se refiere ante todo a la memoria de la iniciativa en tanto el objetivo lo hace a la de la anticipación. Cuando la memoria está referida a la iniciativa paterna se ha operado el abandono de ésta última: el descendiente se desentiende de esa iniciativa para afirmar la propia; pero tras ello -al totalizarla y así relativizarla remitiéndola a su rigurosa finitud- descubre inesperadamente, descendiendo a través del irrepetible “rasgo” con que el progenitor ha configurado su capacidad de comenzar, la fuente inagotable desde la que le es dado afianzar la propia. Esta memoria pertenece a su objeto (genitivo subjetivo de la memoria “de” la esperanza): no se pone ante todo de manifiesto como memoria dirigida a la esperanza que habita el ser-comienzo del progenitor sino más bien como esperanza escondida en la iniciativa del progenitor que no cesa, ahora, de avanzar hacia la propia. En cambio, en la memoria donde el hijo rescata el poder latente tras las desarrolladas posibilidades paternas para emprender un inédito cumplimiento de las mismas (cultivando su herencia) la evocación filial no se manifestará ante todo hallándose incorporada a la esperanza escondida en la capacidad paterna de anticipación; lo hace, en cambio, como la propia memoria activa de descendiente dirigiéndose a las posibilidades transmitidas por el padre.

                        

2.4 Determinación ontológica de la apelación en la estructura del nacimiento y en el contexto de la filiación

 Comencemos por el nacimiento y los tiempos esenciales en que se estructura su desarrollo.

 El tiempo original, donde el neonato aparece absorbido en el horizonte persiguiendo en vano el fin inalcanzable, y donde –en su segunda fase- tras el intento de retorno a sí mismo y su inmediato fracaso se ve remitido nuevamente al horizonte hallando, ahora, atrapado en éste su propio fin; este tiempo, decimos (tiempo inaugural del nacer) acoge ante todo una apelación: la apelación del fin. Fin de lo propio –siempre a distancia de sí, capturado en el horizonte- y fin de lo ajeno –inalcanzable en el horizonte imprevisible a que el nacido se halla expuesto. Es el fin mismo en su inalcanzabilidad el que, desde un riguroso punto de vista ontológico, llama y mueve con su llamada el despertar al sentido y, con ello, las condiciones donde habría de desarrollarse la denominada “subjetividad”. Hemos mostrado en otro lugar (Fernando Ojea: Sentido del nacimiento y origen del sentido, Ed. Arena Libros, Madrid, 2008) que al tiempo originario sucede lo que denominamos el des-tiempo, el vehemente impulso de apropiación instantánea del fin; y que a éste segundo tiempo, tras su fracaso –debido a la letalidad de su virtual cumplimiento- sucede el contra-tiempo: vano intento de hacer descender el fin al objeto para conseguir una ilusoria conquista progresiva del mismo. Traslademos, ahora, estas indicaciones al contexto de la relación filial. 

 Recién desde el contra-tiempo puede hablarse de la adquisición tardía de un pasado –re-significación progresiva de las posibilidades habidas en el mundo desde el abismo imprevisible de donde el nacido viene por vez primera a sí mismo- , y de un porvenir –acogida de las posibilidades habidas para, protagonizando ahora el nuevo porvenir, darles un cumplimiento inédito. Tanto esa re-significación como esta acogida, que han de determinar el origen y desarrollo de la apelación en el seno de la relación filial, suponen sin embargo el fin mismo que desde el tiempo original del nacer aparece como la proto-interpelación inaugural a la que el nacido responde constituyéndose –inauguralmente a su vez- en cuanto tal. Al cabo se desemboca en el contra-tiempo: tras la re-significación, en él, de las posibilidades paternas el nacido resultará interpelado por ellas y destinado, mediante la acogida de sus estímulos más adecuados, a su transformación en el despliegue del nuevo horizonte de lo inédito en que echa a andar.

 La apelación paterna, a su vez, remite a la apelación surgida desde el fondo más amplio de lo transmitido de la que el progenitor en cuestión resulta simultáneamente deudor. Es la llamada del “poder” incluido en el “haber podido” llevar a cabo posibilidades en alternativos sentidos, lo que desde el padre –y con ello desde la tradición a que el padre mismo se debe- interpela al hijo asignándole la singular responsabilidad de un destino. De esta manera interpelación, respuesta y destino convergen como argumento en que ha de determinarse finalmente el nacido que somos como “subjetividad”.

 El concepto de apelación acoge, en fin, en el contexto ontológico del nacimiento y de la inevitable filiación que le pertenece, las siguientes dimensiones conceptuales que le son propias: a) la alteridad absoluta (apriorísticamente ajena al “sujeto”) cuyo reclamo constituye la tarea propia de cualquier nacido al inaugurar su camino en el mundo, es decir, al poner en marcha sus propias posibilidades; b) el aparecer el sujeto, a la vez, implicado inevitablemente en el seno de la interpelación misma: el encontrar absorbida en ella la primaria orientación del curso de posibilidades cuya interpelación no hará ante todo sino consentir o rechazar (ambas cosas de múltiples maneras) como condición inevitable de todo desarrollo de las propias.

  La alteridad de la interpelación –por ejemplo, de la palabra que alcanza al nacido desde el dominio (ante todo filial) del Otro- no aparece nunca como añadido a su ser-sujeto, sino como posibilidad original del mismo. Pero si ello resulta así hay que ver con igual originalidad la inevitable respuesta (siempre alternativa) del nacido al reclamo de la apelación: sin la cual ésta, recíprocamente, sería inconcebible en cuanto tal.

 En este sentido, no nos será difícil advertir desde los análisis que ya hemos comenzados que la apelación interpela al nacido, a través de su memoria, como esperanza.

 Sabemos que la memoria es capaz de descender, desde el rasgo de la orientación propia de las posibilidades precedentes, hasta la anticipación originaria latente en su devenido “poder hacer” –en que habría desembocado finalmente la anticipación ya devenida de todo “haber podido hacer”. Ahora bien, este puro poder de la anticipación progenitora es viento de esperanza que habrá de alentar, con su eficaz estímulo, la nueva tarea porvenir para conducirla a un inédito cumplimiento. No buscamos en los padres -ni en la tradición a que estos se deben- ninguna lección ya concluida relativa a quehaceres que debamos limitarnos a reproducir -excepto que hayamos escogido la correspondencia encubridora con la progenitura y el permanecer, de acuerdo con ella, sometidos a la dirección ya trazada por el desarrollo de su sentido- ; en cambio, mediante la crítica al sentido expuesto del progenitor y a raíz de la benéfica vacilación del mismo, buscaremos acoger los estímulos más eficaces para llevar ese mismo sentido a un cumplimiento por lo pronto imprevisible. Esto quiere decir que a la apelación corresponde esencialmente, por parte del nacido, una respuesta alternativa; el apelado también “puede”: tiene la posibilidad, inherente a su propia anticipación de escoger (de diversas maneras) el rechazo o el consentimiento a lo transmitido. El pasado de que el padre resulta a su vez deudor, por más remoto en el tiempo que se presente al hijo, puede ser efectivamente escuchado o ignorado; y puede, en el primer caso, ser meramente consentido (sometimiento) o rechazado (ignorancia activa del repudio); pero puede, a la vez, ser consentido críticamente en función de una transformación inédita de la en principio inconmensurable esperanza latente bajo su orientación. En cualquier caso, el nacido sólo descubrirá la apelación, a que debe el comienzo de su andadura en la existencia, en el curso ya iniciado de sus propias posibilidades: esto quiere decir que la llamada de la apelación ya ha tenido lugar antes y para su propia constitución como un “sujeto” proyectado en determinadas posibilidades. Pero quiere a la vez decir que esa apelación sólo ha adquirido su estatuto de tal –su eficacia ontológica- en y por la implicación esencial del destinatario en ella misma.

 Hasta aquí sólo hemos señalado la interpelación que nos reclama desde la anticipación ya devenida del pasado –que reclama nuestra memoria desde la esperanza latente en él. Pero fácil resulta advertir que ello tiene asimismo lugar con el otro momento esencial al nacido: la iniciativa; es decir, el ser no sólo comienzo de lo nuevo –acto de nacimiento- sino también nuevo comienzo –nacimiento del acto. De esta manera, por ejemplo, la inhibición o la temeridad de la iniciativa que signó las decisiones del pasado puede ahora, retomando la amplitud de la esperanza latente en su puro ser-comienzo, ser nuevamente alzada con una inédita determinación: el retraimiento puede adquirir una inesperada apertura -así como la temeridad ser templada por nuevos límites que harían más eficaz su decisión. Nada absolutamente reprochable habría en la cavilación de aquella iniciativa que no llegó a cristalizar con suficiente vigor en el pasado pero que hoy puede hallar recreada su esperanza en la firmeza de un inédito comienzo; nada puramente negativo habría, tampoco, en esa impetuosa vehemencia que vio naufragar sus deseos pero que ahora, al haberse templado de diversa manera su decisión en el descendiente acaso pueda alentar, en él, una ejecución más fecunda. Como quiera que fuese, la memoria de la esperanza latente en las iniciativas que nos precedieron apela desde su propia inquietud inaugural a nuestra eventual decisión de desoírlas o transformarlas en el milagroso comienzo -comienzo al cual como inédita iniciativa de nacidos aparecemos arrojados. Esta alternativa posibilidad se halla en la inevitable respuesta del interpelado para que la llamada de la apelación se constituya. Lo que apela, acogido por la memoria, es la esperanza latente bajo todo pasado comienzo -como inaugural comienzo que fue.

 

                       

3 - La piedad y el asombro

 La piedad significó en Grecia el fiel cumplimiento de las exigencias reclamadas por la divinidad. Ello tiene su fundamento en un don, al que se ha de rendir de variada manera veneración y agradecimiento. A los dioses debemos, de acuerdo con la cultura helena, todo cuanto poseemos.

 También hemos recibido el don de nuestra procedencia biológica y de la educación –en el más amplio sentido del término- de nuestros padres. En consecuencia, la piedad filial –el compromiso adquirido como contrapartida de los beneficios recibidos- resulta otra forma de llevarse a cabo su disposición como respuesta al don. Por extensión se pone de manifiesto la piedad hacia los más próximos, en primer lugar hacia los hermanos con quienes compartimos la misma progenitura –el doble rostro de la piedad de Antígona, empeñada en dar sepultura a su hermano en contra de la ley pública (humana) dictada por el Rey, se dirige a la vez que a los dioses que así lo prescriben al hermano cuyos restos reclaman ser protegidos por la memoria.

 Además de la piedad con quienes nos unen lazos de sangre se halla, en fin, la piedad hacia todos los humanos con quienes compartimos una misma condición y en consecuencia una mayúscula progenitura.

 La eusebía concebida por los griegos se transmite a la pietas romana (cfr. Cicerón, De Natura Deorum) y de allí al cristianismo (Sto Tomás trata exhaustivamente de ella -Suma Teológica, II-II).

 En tanto que disposición, pues, hay que comprender la piedad como la actitud que nos lleva a recrear, mediante la memoria, el don que nos ha sido concedido y que sigue alimentando nuestra existencia. Ello no se refiere –hay que advertirlo- al mero hecho pretérito de haber sido beneficiados por determinado episodio, ni a la actitud bruscamente surgida en nosotros ante la desaparición trágica de quien así se ha prodigado; es, en cambio, la correspondencia hacia el don que continúa alimentándonos –es decir, cuya riqueza perdura vivificando activamente nuestra existencia toda.

 Lo dicho sucede, yendo de inmediato al contexto de nuestro análisis, en la correspondencia del hijo con sus padres. Adelantémoslo: la piedad consiste aquí en la disposición propia de la memoria de la esperanza; memoria que tiene por objeto la iniciativa paterna y la orientación de sus posibilidades, como fuente vigorizante de nuestra propia afirmación en la existencia y del desafío hacia el cumplimiento inédito de las ya habidas anticipaciones. Bien visto el asunto, si esta memoria lo es efectivamente “de la esperanza”, lo será como memoria fecunda que recrea la iniciativa del padre en función de la del hijo –y con ello de todo inédito comienzo nacido- a la vez que la anticipación progenitora en función de la apertura a lo imprevisible en el descendiente –y con ello de todo nacido comienzo de lo inédito.

 La disposición que es la piedad se relaciona de inmediato con su complementaria: el asombro. Le llamaremos –volveremos más adelante a ello- el asombro maravillado. Es esta la memoria aprehendida ahora desde el énfasis puesto en su objeto –al que a la vez pertenece- : la esperanza. Es, precisamente, el destino de toda piadosa memoria y que a esta memoria habita. Su objeto consiste en la inauguración de la pura iniciativa –de la pura capacidad de comenzar perteneciente al nacer- que se alumbra desde la memoria del comienzo del propio progenitor, y en la inauguración de la pura anticipación de su porvenir -pura capacidad de dar lugar (proyectándolo) a lo inédito desde el estímulo de las anticipaciones ya habidas. Ante esto se despierta y activa el asombro.

 De esta manera, si la memoria de la esperanza es el ejercicio de la capacidad más propia del nacido en relación con sus padres, la piedad y el asombro resultan las disposiciones que implica –y que esa memoria actualiza- : piadosa memoria de la (asombrosa) esperanza que es como el nacer se re-crea a sí mismo en la relación filial. Profundicemos aún en ello.

 

 El concepto de piedad, como ha quedado sugerido, recorre un largo camino en nuestra tradición: desde la búsqueda de su carácter específico en el Eutifron -entonces como actitud, incluida en la justicia, que busca nuestra relación acertada con la divinidad- hasta llegar, tras la traducción romana del griego (origen, por lo demás, del término en nuestra lengua) a la visión cristiana de la devoción y del culto al único Dios. En el uso habitual en nuestra lengua el hilo conductor del concepto se decanta a la vez por el de un sentimiento de compasión hacia quien sufre o se encuentra –de la manera que fuere- singularmente desfavorecido. La relación entre ambos dominios semánticos (la piedad como trato adecuado con lo divino y como sentimiento compasivo hacia los demás) es fácil de advertir; su parentesco va implícito en el culto hacia lo divino que, por extensión, alcanza a todo lo producido o creado por él; en consecuencia, a las necesidades o sufrimientos de cualquier semejante que requiera nuestro auxilio.  

 Ahora bien, las dos acepciones señaladas de la piedad (tanto su relación con lo divino como con los semejantes) implican la solicitud de algo que reclama una específica actitud y comportamiento hacia ello. ¿Qué significa este reclamo? Y ¿cuál sería, en cualquier caso, su fuente de legitimación? Lo cierto es que para acreditarse a sí mismo debe mostrarnos nuestra deuda respecto al objeto al que supuestamente nos debemos (el don previamente recibido). Con ello no nos referimos, sin duda, a ninguna obligatoriedad inscrita en leyes que regulasen nuestra pública convivencia, con su manifiesto carácter prescriptivo y la prevista penalización de su incumplimiento. La legitimidad de la deuda cuya compensación resultaría exigida en la piedad bien puede, es verdad, aparecer contingentemente regulada en el ámbito político –recordemos el juicio realizado contra Sócrates, bajo la acusación de impiedad hacia los dioses venerados en Atenas- ; pero aquí se trata de perseguir el fundamento ontológico de la misma que es lo único que puede últimamente prestar sentido a toda concreta –y por tanto contingente- legislación social.

 Ya nos hemos referido a Santo Tomás: siguiendo las indicaciones de la Ética nicomaquea de su maestro griego nos confirma que la exigencia de piedad prescribe determinado comportamiento hacia los propios padres –haciéndolo, por extensión filial, hacia los hermanos y demás miembros de la familia que comparten, respectivamente, la misma progenitura y una más amplia procedencia- y, en fin, hacia todos los ciudadanos libres por pertenecer a la misma condición mortal y proceder –limitándonos aquí a Aristóteles- de los mismos dioses. Desde ya que la exigencia más alta lo es hacia los dioses, inmortales promotores de todo “bien” concedido a los humanos. Lo divino, los padres –y por extensión la familia- : la característica esencial de nuestra piedad consiste en la exigencia de corresponder –de ser consecuentes- con el don que nuestra procedencia –en sus más diversos sentidos- nos ha concedido.

 Ahora bien, la procedencia más inmediatamente visible de los humanos es la de los propios padres. Ella no sólo implica el siempre presente punto de partida de nuestra existencia biológica: incluye, también, el aprendizaje de las tradiciones que nutren el sentido de la patria común y el respeto y cumplimiento de las obligaciones para con los dioses –paternidad mayúscula de todos. De esta manera los padres aparecen como el objeto inmediato de nuestra piedad.

 Pero si la piedad es la correspondencia acertada con el don recibido ¿qué correspondencia más original podría caber al hijo sino la de, tras totalizar y relativizar la iniciativa paterna, llevarla al más riguroso límite de su finitud y, de esa manera, regresar incesantemente -con veneración- al abismo del que no cesa de emerger su irreductible singularidad? Y ¿qué correspondencia más verdadera que la que, tras someter a crítica la exposición del desarrollo de sus posibilidades volver –con agradecimiento- hacia ellas para transformarlas en un inédito cumplimiento? Si llamamos veneración a la actitud respecto de la iniciativa paterna y agradecimiento a la referida al desarrollo de su porvenir, tenemos, pues, que la piedad hacia los padres consistirá en la veneración ante la inagotable riqueza de su singularidad y en el agradecimiento a las posibilidades por ellos ofrecidas –y a cuyo estímulo debemos la capacidad de abrirnos a toda inédita realización porvenir.

 Subrayemos enseguida la relación entre la veneración y el agradecimiento –dimensiones de la piedad- con la memoria de la esperanza. Para ello volvamos a preguntarnos ¿no se actualizará acaso la disposición propia de la piedad en la memoria de la esperanza -como ejercicio de la capacidad esencial a todo nacido? Hasta ahora hemos considerado esta piedad refiriéndola ante todo a la memoria. Y en efecto, no es difícil advertir que tanto la veneración como el agradecimiento se fundan en la memoria que los actualiza rigurosamente recordando (trayendo a la presencia). Es ella la que re-crea la iniciativa paterna: la que, tras relativizarla y así fijarla en su estricta finitud se inclina hacia ella para beber de la fuente inagotable de su singularidad; es a la vez la memoria la que re-crea el desarrollo llevado a cabo de las posibilidades paternas: la que, tras la crítica a su exposición retorna para extraer de ellas los estímulos que han de promover su inédito cumplimiento. En esta doble re-creación de la memoria han de tener lugar, entonces, la veneración de la iniciativa paterna y el agradecimiento al transmitido desarrollo de sus posibilidades. Pero entonces la memoria que dirige el nuevo nacido hacia su progenitor se relaciona a la vez con la esperanza –o es, en su riguroso cumplimiento, memoria de la esperanza. En efecto:

 a) esta memoria desciende, desde el rasgo paterno hasta la iniciativa única que no deja de latir tras sus múltiples decisiones, para, desde allí, desbordarse como pura capacidad de comenzar –como pura capacidad de inédita inauguración naciente. Se convierte, pues, en piadosa memoria de la esperanza que estalla en las manos del hijo como remisión a su propia capacidad de comenzar y, con ello, como puro comienzo inaugural propio de todo nacer.

 b) A la vez, esta misma memoria desciende, desde el rasgo único según el cual el padre ha orientado sus posibilidades llevadas a cabo hasta la pura capacidad de anticipar que late bajo ellas: siendo desbordada, con ello, por la pura capacidad de anticipación. Convirtiéndose, de este modo, en memoria agradecida de la esperanza.

 Si reunimos los dos momentos de veneración y agradecimiento bajo la única disposición que los domina, que es la de la piedad, podemos hablar entonces de la piadosa memoria de la esperanza.

 

 Hasta aquí sólo habríamos tomado esa fórmula, sin embargo, subrayando el genitivo objetivo que incluye. Pero si la consideramos tomando ahora su carácter subjetivo (es decir, la rigurosa pertenencia de esta memoria a la esperanza –de que a la vez hace objeto-) ¿no debería destacarse ante nuestros ojos el protagonismo no sólo de esa memoria sino también de la esperanza misma a la que pertenece? Y en efecto, la esperanza que ha sido recreada ya por la memoria hasta descender a su desbordamiento debe verse ahora en su propia trascendencia: ella consiste en el latir de la pura iniciativa paterna desde la cual se alza entonces la del propio hijo -y por extensión la de todo nacido- como memoria esperanzada de un nuevo comienzo; y, simultáneamente, consiste en el pulso de la pura capacidad paterna de inaugurar lo imprevisible desde la cual se alza también la del propio hijo -y con ello la de todo nacido- como memoria esperanzada del comienzo de lo nuevo.

 Ahora bien, si la piedad es la disposición venerante y agradecida actualizada por la memoria ¿qué disposición habría de actualizar en cambio la esperanza alzada y sostenida a consecuencia de ella? La disposición que aquí se pone de manifiesto es el asombro maravillado ante el abismo desde el que venimos imprevisiblemente a la pura iniciativa de lo propio, y ante la intemperie imprevisible donde se inaugura la posibilidad de lo ajeno. Nada hay aquí de pasado a recrear mediante la memoria, nada a qué venerar ni a qué agradecer; es la exposición a un puro dominio de imprevisibilidad lo que se revela y ante el cual sólo cabe permanecer en la fascinada conmoción del asombro. Hay que comprender, pues, el asombro a cuya manifestación nos conduce la piedad de la memoria como asombro maravillado de la esperanza.

 Curioso destino el de la memoria; habiendo emprendido la recreación de lo pasado he aquí que éste termina elevándose por encima de ella y trascendiéndola hacia el porvenir. Si el recuerdo no apuntase a la posibilidad escondida en su objeto permanecería como una vana tarea de clasificación donde todo pasado y todo porvenir –todo nuevo comienzo y todo comienzo de lo nuevo- habrían sucumbido en ella para siempre. Curioso destino el de lo recordado en su incomparable conclusividad: hallarse destinado, desde el secreto de su ser único, a trascender la memoria hacia la conmovida indeterminación de lo abierto –recreándose incesantemente en ello. Curioso destino el de la esperanza: anticiparse en el porvenir dejando atrás el pasado para, retornando al mismo, volver a lanzar su aventura en un renovado porvenir. Es el circular movimiento de la memoria de la esperanza. Cuando seguimos el puro surgimiento de ésta, tras el penetrante descenso de evocación, la piedad desemboca una vez más en el asombro de lo inesperado –es decir, de la expectación maravillada de lo nuevo.

 

 

 

 

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