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LA CUESTIÓN LIBERAL: RESPUESTA A MARTÍN RUIZ CALVENTE

                                                Luis Fernández-Castañeda

El liberalismo, cuando sueña, siempre tiene la misma pesadilla:  un poder político hegemónico que regula todos los aspectos de la vida humana, dejando en nada las libertades individuales.  Por eso es tan eficaz su crítica a los totalitarismos, y tan razonable, y tan humano.

Pero el liberalismo, cuando se despierta, se empeña en ver la realidad a través de los ojos del sueño, y cree que la clave del problema está en los Estados, que son despilfarradores, demasiado grandes y corruptos por norma general. Hay que poner coto a este dispendio, se dice. Hay que limitar las ansias del poder político, que si por él fuera, oprimiría a toda la humanidad. Si consiguiéramos fijar hasta dónde debe llegar el Estado en sus atribuciones, haciéndole imposible extenderlas, la sociedad prosperaría.

Sin embargo, lo que vivimos hoy día en España no es precisamente la opresión de un poder político insoportable, sino más bien su insufrible debilidad. Es incapaz de afirmarse frente a los bancos, frente a la Europa del Norte, por no ir más allá. El nacionalismo catalán ha detectado su falta de fuerzas y ha comenzado su enésima campaña, con más brío del esperado. Pero el liberal repite su mantra: menos Estado, limitación del poder político.

Pero, ¿por qué quedarse en que la cuestión del liberalismo es la de los límites del poder político? Digámoslo a las claras: lo que piensa el liberalismo es que la culpa de todo la tiene el Estado. Traducido a España: si el Estado no se hubiera endeudado tanto, si no se hubiera corrompido tanto recalificando terrenos y chupando impuestos para engordar a la casta política, España estaría ahora mucho mejor y la crisis económica nos golpearía sólo de lado.

El liberalismo jamás tiene en cuenta que con un Estado mínimo la libertad de los ricos aplasta la de los menos ricos, no digamos la de los pobres. No tiene en cuenta que el poder político está hibridado con el económico: no son para nada independientes. Más aún, el liberalismo practicado desde la era Thatcher-Reagan ha descubierto que el Estado es su gran aliado, dado que es una máquina de obtener ingresos (impuestos) que se puede utilizar en beneficio propio.

¿Cuál es la alternativa?, se nos dirá. ¿Un Estado fuerte, de sesgo totalitario? No: un Estado mejor. Se trata de más Estado en el sentido de mejor Estado. Un Estado que regule la actividad económica, que impida la desigualdad creciente, que sostenga las libertades de los menos ricos mediante la garantía de derechos básicos, como son el no quedarte en la calle porque estás en paro y no puedes pagar la hipoteca. Claro que a esto último siempre han respodido los liberales  que si ayudas mucho a los necesitados, se volverán vagos: por eso el subsidio de paro en Estados Unidos es de seis meses.

 

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